COMUNICADO
REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
La República Bolivariana de Venezuela rechaza, repudia y denuncia ante la comunidad internacional la gravísima agresión militar perpetrada por el Gobierno actual de los Estados Unidosde América contra territorio y población venezolanos en las localidades civiles y militares de la ciudad de Caracas, capital de la República, y los estados Miranda, Aragua y La Guaira. Este acto constituye una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas, especialmente de sus artículos 1 y 2, que consagran el respeto a la soberanía, la igualdad jurídica de los Estados y la prohibición del uso de la fuerza. Tal agresión amenaza la paz y estabilidad internacional, concretamente de América Latina y el Caribe, y pone en grave riesgo la vida de millones de personas.
El objetivo de este ataque no es otro que apoderarse de los recursos estratégicos de Venezuela, en particular de su petróleo y minerales, intentando quebrar por la fuerza la independencia política de la Nación. No lo lograrán. Tras más de doscientos años de independencia, el pueblo y su Gobierno legítimo se mantienen firmes en defensa de la soberanía y del derecho inalienable de decidir su destino. El intento de imponer una guerra colonial para destruir la forma republicana de gobierno y forzar un "cambio de régimen", en alianza con la oligarquía fascista fracasará como todos los intentos anteriores.
Desde 1811, Venezuela ha enfrentado y vencido imperios. Cuando en 1902 potencias extranjeras bombardearon nuestras costas, el Presidente Cipriano Castro proclamó: "La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria." Hoy, con la moral de Bolívar, Miranda y nuestros libertadores, el pueblo venezolano se alza nuevamente para defender su independencia ante la agresión imperial.
Pueblo a la calle
El Gobierno Bolivariano llama a todas las fuerzas sociales y políticas del país a activar los planes de movilización y repudiar este ataque imperialista. El pueblo de Venezuela y su Fuerza Armada Nacional Bolivariana, en perfecta fusión popular-militar-policial, se encuentran desplegados para garantizar la soberanía y la paz. Simultáneamente, la Diplomacia Bolivariana de Paz elevará las correspondientes denuncias ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el Secretario General de dicha organización, la CELAC y el MNOAL, exigiendo la condena y rendición de cuentas del Gobierno estadounidense.
El Presidente Nicolás Maduro ha dispuesto todos los planes de defensa nacional para ser implementados en el momento y circunstancias adecuadas, en estricto apego a lo previsto en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la Ley Orgánica sobre Estados de Excepción y la Ley Orgánica de Seguridad de la Nación.
En este sentido, el Presidente Nicolás Maduro ha firmado y ordenando la implementación del Decreto que declara el estado de Conmoción Exterior en todo el territorio nacional, para proteger los derechos de la población, el funcionamiento pleno de las instituciones republicanas y pasar de inmediato a la lucha armada. Todo el país debe activarse para derrotar esta agresión imperialista
Del mismo modo ha ordenado el inmediato despliegue del Comando para la Defensa Integral de la Nación y de los Órganos de Dirección para la Defensa Integral en todos los estados y municipios del país.
En estricto apego al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, Venezuela se reserva el derecho a ejercer la legítima defensa para proteger a su pueblo, su territorio y su independencia. Convocamos a los pueblos y gobiernos de América Latina, el Caribe y el mundo a movilizarse en solidaridad activa frente a esta agresión imperial.
Como señaló el Comandante Supremo Hugo Chávez Frías “ante cualquier circunstancia de nuevas dificultades, del tamaño que fueren, la respuesta de todos y de todas los patriotas…es unidad, lucha, batalla y victoria”.
Caracas, 3 de enero de 2026
3.1.26
REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
22.12.25
El factor Johnson
22 de diciembre de 2025
Mientras se discute una eventual fusión de los comandos Norte y Sur del Pentágono –que como proyección de poder hemisférico se convertiría en Comando América–, en el campo militar, de seguridad e inteligencia, antes de conocerse, el Corolario Trump a la Doctrina Monroe de 1823 ya había arrojado buenos dividendos en México. Tal como lo reconoció el viernes pasado en Washington el secretario de Estado, Marco Rubio, la colaboración entre Estados Unidos y México “es la más alta de su historia”. Pero no dio detalles.
Algunos antecedentes de la alianza militar estratégica hablan por sí solos. Como reveló La Jornada el 4 de febrero de 2002 (C. Fazio, “Planea el Pentágono crear una fuerza militar junto con México y Canadá”), nuestro país quedó integrado de facto al perímetro de seguridad de Estados Unidos bajo control del Comando Norte. A su vez, en el marco de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN o el TLCAN militarizado, 2005), la Iniciativa Mérida (2007) llevaría a una desnacionalización acelerada del sistema de seguridad interna. Entonces, las prioridades de la administración Bush Jr fueron: guerra a las drogas (en el territorio mexicano); guerra al terrorismo (ídem); seguridad fronteriza (en los confines norte y sur de México); control sobre la seguridad pública y las distintas policías de México; penetración de las fuerzas armadas locales (Sedena y Semar); creación de bases militares encubiertas denominadas oficinas bilaterales de inteligencia o centros de fusión; construcción de instituciones y reglas similares a las de Estados Unidos (homologación de leyes como parte de la integración silenciosa y subordinada de México). Así, sin límites de continuidad, Estados Unidos sería codiseñador de la estrategia de “seguridad nacional” mexicana, lo que, más allá de juegos semánticos y otras simulaciones, significó una cesión de soberanía.
Desde el comienzo de su segundo mandato en enero pasado, utilizando como caballitos de batalla el tema del fentanilo y la designación de los grupos de la economía criminal mexicanos como “organizaciones terroristas extranjeras”, Trump aplicó al gobierno de la Cuarta Transformación aspectos del llamado “ciclo OODA”: observar, orientar, decidir, actuar. El aspecto clave de esa estrategia de combate es el ciclo: no se trata de un ejercicio único, sino de una serie de acciones conectadas, cada una de las cuales se alimenta de la otra. Se toma una acción y se observa la reacción del enemigo. Se orienta en la reacción y se decide qué opción es mejor antes de actuar. El enemigo reacciona y el ciclo se repite. Hasta que el enemigo muere.
Públicamente, la presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido a la presión de Trump con su estrategia de la “cabeza fría”, utilizando siempre como frágil herramienta de combate la Constitución mexicana. Sin embargo, por el carril militar, al más alto nivel, el recurrente lenguaje oficial entre el Pentágono, la Sedena y la Semar siguió siendo el de “la seguridad hemisférica y la prosperidad conjunta”, “la colaboración a largo plazo y el entendimiento mutuo”, “la interoperabilidad en situaciones complejas”. Esa fue la narrativa que primó en junio pasado, cuando los secretarios de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla, y de Marina, Raymundo P. Morales, estuvieron en la base militar de Colorado Springs, sede del Comando Norte y del Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (Norad). La misma utilizada el 19 de noviembre último, durante la visita a México del jefe del Comando Norte, general Gregory M. Guillot.
La reunión de Guillot con Trevilla y Morales se dio después del enésimo exabrupto de Trump de que en México “gobiernan los cárteles”, y en el marco del lanzamiento de la Operación Lanza del Sur del Pentágono, que incrementó la escalada aeronaval en el Caribe frente a las costas venezolanas, seguida de actos de piratería y terrorismo internacional, mientras circulaban versiones del sobrevuelo de un avión de reconocimiento P-3B Orion monitoreando comunicaciones y la detección de movimientos en la zona serrana de Sinaloa.
A comienzos de noviembre, diversos medios señalaron que Estados Unidos utilizaría, en caso de aprobarse, drones para desmantelar laboratorios de droga y asesinar a jefes de las organizaciones criminales mexicanas. Y según la cadena de televisión NBC, se movilizarían unidades pertenecientes al Comando Conjunto de Operaciones Especiales del Pentágono. Ergo, bajo la autoridad de la “comunidad de inteligencia” y regulados con “el estatus de Título 50”, que se refiere a operaciones encubiertas fuera del contexto militar tradicional, México sería un escenario de acciones clandestinas contra grupos criminales considerados ahora “terroristas” por Washington.
Por eso, un factor clave del encuentro entre Guillot, Trevilla y Morales fue la inusual presencia del embajador Ronald Johnson, un coronel retirado cuyos antecedentes como mando de las fuerzas especiales del ejército y miembro de la sección operativa de la Agencia Central de Inteligencia (acciones encubiertas), exhiben que desde el comienzo de la actual administración, México fue considerado un blanco estratégico del ahora Corolario Trump. Como siempre, la narrativa oficial aludió a la cooperación militar para enfrentar al crimen organizado, la migración irregular, el terrorismo y las operaciones de desinformación y ataques cibernéticos, presuntamente, con origen en Rusia y China. Pero omitió, obvio, las operaciones encubiertas de la CIA, a su ejecutor sobre el terreno y sus activos nativos (native assets), por lo que la contrainteligencia de las fuerzas armadas deberá estar atenta más allá del discurso nacionalista de la presidenta Sheinbaum.
17.12.25
México toma distancia de China
Mario Campa
"Si algo enseñó la pandemia es que la sana distancia puede ayudar a
reducir riesgos de contagio, aunque presenta inconvenientes de largo
plazo. En el mejor caso, los aranceles contentarán a Washington,
aumentarán la cuota de mercado de las importaciones mexicanas en Estados
Unidos, blindarán a la industria automotriz y generarán recaudación
para dinamizar el Plan México. En el peor, excluirán a México del futuro
epicentro de la economía global".
En la política como en las relaciones humanas, la elección entre
inconvenientes es un acto inexorable. La guerra comercial abierta por
Trump lo ejemplifica. El Congreso mexicano aprobó el miércoles una
legislación que incrementará, o impondrá por primera vez, aranceles a
las importaciones de más de mil 400 bienes procedentes de países sin
acuerdo comercial con México, y China acapara reflectores. Los aranceles
que entrarán en vigor en enero abarcan más de una docena de sectores,
desde autopartes y vehículos ligeros hasta textiles y aluminio, y
oscilan entre el cinco y el 50 por ciento. Para bien o para mal, se
trata del mayor cambio en la política comercial del país en lo que va de
siglo.
El vuelco drástico responde a cuatro motivaciones perceptibles. En
primer lugar, a la revisión programada del TMEC para 2026 en medio del
mayor proteccionismo estadounidense desde la Gran Depresión, que tiene
como efecto indeseado la presión de Washington para que México eleve el
contenido regional y desaliente las exportaciones chinas que buscan
burlar los aranceles prohibitivos por la puerta trasera. En segundo, al
déficit comercial de casi 15 a 1 de México con China. En tercero, a una
recaudación adicional estimada por Hacienda de casi 52 mil millones de
pesos en una coyuntura de espacio fiscal acotado y endeudamiento
creciente. Y, por último, a un relanzamiento de la política industrial
bajo el paraguas del Plan México que pretende sustituir importaciones
asiáticas y proteger el empleo en sectores vulnerables. Todo sugiere que
la decisión obedeció a un análisis multifactorial.
La medida, necesaria para mantener la estabilidad macroeconómica,
conlleva riesgos. La inflación es uno, si bien moderado: por un lado, un
aumento de impuestos reprime la demanda agregada, y por otro los nuevos
aranceles de hasta 50 por ciento a los automóviles chinos podrían
incentivar el retorno de autos chuecos o bien encarecer por menor
competencia los modelos de las armadoras tradicionales. Un riesgo mayor
es la dependencia comercial que México no podrá sacudirse en décadas:
ahora mismo, 85 de cada 100 dólares de exportaciones van a los Estados
Unidos, y la tendencia es alcista. Por último, una tercera amenaza de
cuidado es la irritación previsible de China.
Conforme a lo esperado, el gobierno de China manifestó desacuerdo. Un
portavoz del Ministerio de Comercio instó el jueves a México a "corregir
sus prácticas erróneas de unilateralismo y proteccionismo lo antes
posible". Como antecedente, el Ministerio de Comercio inició a finales
de septiembre una investigación sobre barreras comerciales y de
inversión contra México, misma que está en marcha. Bajo aviso no hay
engaño.
China está lejos de ser una blanca paloma del comercio internacional. Es
la máxima historia de éxito y desarrollo de las últimas cuatro décadas,
pero también encarna muchas de las amenazas vigentes de la economía
global. ¿Cómo frenar la desindustrialización que China provoca en las
naciones desarrolladas? ¿Cómo competir con sus generosos subsidios
industriales, la subvaluación intencional del yuan y su poder asimétrico
para fijar precios? ¿Cómo lograr soberanía en el Sur Global sin
reproducir dependencias de antaño? ¿Cómo romper con el extractivismo que
promueve y que condena al subdesarrollo a ventajas comparativas fijas y
de escaso valor agregado?
México tenía un arsenal limitado de políticas para nivelar una cancha
dispareja. De los aranceles ya se habló. La segunda opción son los
controles de capital. Por poner sólo un ejemplo, China obliga a las
multinacionales interesadas en invertir en el país a conformar empresas
conjuntas con empresarios o gobiernos locales. Una razón histórica de
peso es que el partido comunista chino desconfiaba de la corrupción del
poder judicial. Si México fuera más selectivo con la Inversión
Extranjera Directa, empresas como BYD podrían haber entrado al mercado
nacional por la puerta grande. Sin embargo, cualquier control de capital
habría tenido poco impacto de corto plazo en el déficit comercial, hoy
bajo la lupa de Trump.
Una opción más realista era competir con sansón a las patadas. El
economista Dani Rodrik calculaba hace una década que al menos dos puntos
porcentuales de crecimiento del PIB chino eran atribuibles a la
subvaluación del yuan, misma que Trump critica. Cuando China ingresó a
la OMC, la organización limitó sus subsidios directos a la exportación e
impuso un recorte general de aranceles. Para preservar su modelo
orientado a la exportación, China devaluó por estrategia: una moneda
débil en casa tiene el mismo efecto económico que un subsidio a las
exportaciones combinado con un impuesto a las importaciones. México
olvidó ese detalle. Si el Banxico no hubiera mantenido la política
monetaria en territorio restrictivo durante años, otro gallo hubiera
cantado. Al mantener tasas de interés elevadas en relación a la
inflación y a otros países, el banco central incentivó la llegada de
capitales de corta madurez en busca de retornos fáciles y poco
productivos. La postura, ajena al poder ejecutivo, causó como efecto
indeseable una superapreciación del peso en relación al yuan, engordando
el déficit comercial de México. Los errores de política monetaria
cuestan.
Con esta camisa de fuerza, el gobierno federal optó por nuevos
aranceles. La historia de China en el siglo XIX, humillada por el
colonialismo británico, hacen suponer que tomará nota de cualquier
ofensa comercial. Un antecedente regional relevante es el de Canadá, que
en octubre del 2024 aranceló con el 100 por ciento a los automóviles
chinos y el 25 por ciento al acero y aluminio, para en marzo del 2025
ser contraatacada por China con represalias a bienes agrícolas y
marítimos. La respuesta a México podría venir en una magnitud similar.
En cualquier escenario, las relaciones se enfriarían.
Si algo enseñó la pandemia es que la sana distancia puede ayudar a
reducir riesgos de contagio, aunque presenta inconvenientes de largo
plazo. En el mejor caso, los aranceles contentarán a Washington,
aumentarán la cuota de mercado de las importaciones mexicanas en Estados
Unidos, blindarán a la industria automotriz y generarán recaudación
para dinamizar el Plan México. En el peor, excluirán a México del futuro
epicentro de la economía global (Asia), acentuarán la dependencia en
las tecnologías y el capital del Norte Global, no protegerán a
industrias nacientes sino a intereses enquistados, y abrirán a Trump el
apetito de más medallas en la forma de concesiones.
Con un nuevo orden mundial en ciernes, hoy cabe un lamento: pobre
México, tan lejos de China y tan cerca de Estados Unidos. Pero mañana,
las desventajas de la hiperglobalización serán más evidentes para quien
tenga ojos para ver. Es una lección, por las malas, de soberanía
elemental.
13.12.25
Semiótica del National Security Strategy 2025 de USA
Fernando Buen Abad Domínguez
¿Qué significa todo esto?
Desde nuestra mirada semiótica crítica, este documento no puede leerse
meramente como plan militar o diplomático, es una guerra cognitiva o
batalla cultural burguesa sobre el orden económico y simbólico mundial,
es una nueva gramática de dominación, un reordenamiento de sentidos
sobre patria, soberanía, amenaza, identidad, poder. Constituye una
operación de hegemonía simbólica: redefine lo que es normal, deseable,
legítimo; lo que es amenaza, inseguridad, decadencia; lo que merece
protección, intervención, coerción. Y en ese juego
simbólico‑estratégico, hay una apuesta por la domesticación del miedo,
por la militarización del imaginario social, por la naturalización de la
xenofobia, por la resemantización del nacionalismo como escudo contra
el caos. Se instituye una nueva semiótica del Estado‑gendarme, de la
frontera fortificada, del antagonismo perpetuo, de la soberanía cerrada,
de la identidad homogénea. Es un escenario irrenunciable para la disputa
por el sentido.
No es un documento neutro; es una operación de poder que respira
violencia simbólica, que construye realidades y legitima hegemonías.
Desde su primera línea, proclama la soberanía absoluta del Estado-nación
como principio irrenunciable, y en esa declaración se inscribe una
gramática de exclusión: América no debe compartir su destino, debe
defenderlo como un territorio sagrado, como un espacio delimitado por
fronteras invisibles y amenazas siempre acechantes. La fuerza no es
opción; es mandato, y la legitimidad de la violencia se convierte en
norma, en principio rector de la seguridad, en ley no escrita que
organiza el mundo y lo redefine. El texto no describe peligros, los
produce, los magnifica, los codifica en signos que la sociedad
interioriza, que el ciudadano acepta como inevitables. Cada enemigo
nombrado —migrantes, potencias extranjeras, actores no estatales— no es
simplemente una amenaza; es un significante cargado de miedo, un símbolo
que condensa caos, decadencia y peligro, una excusa para justificar el
control total y la intervención preventiva. Justificación perfecta para
la industria de las armas.
Convierte la historia en mito selectivo y su memoria en instrumento de
poder. Europa es decadencia, América Latina es subordinación, Asia es
competencia implacable, y cada espacio geopolítico recibe un valor moral
y estratégico, un signo que lo posiciona en el tablero de la
supremacía. Se establece así un código semiótico de aliados y enemigos
que no depende de hechos objetivos, sino de narrativas mercantiles
cuidadosamente elaboradas, Europa debe salvarse de sí misma, América
Latina debe obedecer, China debe ser contenida, y el orden internacional
queda redefinido por la prioridad absoluta del interés estadounidense.
La violencia se naturaliza como método, el miedo se normaliza como
estado, y la intervención se convierte en derecho inherente del poder
que se sabe superior.
En el corazón del documento late una obsesión con la identidad nacional
que trasciende la política y toca la cultura misma, lo americano es
virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es diversidad, es amenaza;
la mezcla no es riqueza, es descomposición. Los signos de la alteridad
—idiomas, costumbres, migración, prácticas culturales— son
resignificados como vectores de inseguridad, y esa re-significación
opera sobre la percepción social con la fuerza de una máquina
disciplinaria: condiciona el imaginario, moldea comportamientos, genera
consenso y miedo a la vez. Cada palabra de la estrategia actúa sobre el
lector, sobre el ciudadano, sobre la comunidad, construyendo la
sensación de que sin control absoluto y vigilancia permanente la nación
sucumbiría.
Se despliega además como una coreografía de poder. La fuerza militar no
es instrumento, es lenguaje; la economía no es intercambio, es signo de
influencia; la diplomacia no es diálogo, es dispositivo de dominación.
Cada decisión, cada línea, cada categoría semántica comunica jerarquía y
orden: la seguridad se entiende como supremacía, y la supremacía como
necesidad moral. La retórica de urgencia y declive articula un crescendo
de peligro que legitima cualquier medida, desde la militarización de
fronteras hasta la presión económica y la manipulación diplomática. No
hay neutralidad; no hay pausa; todo está destinado a producir
consentimiento, obediencia, aceptación silenciosa del imperativo de
dominio.
Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, el NSS 2025 es un
dispositivo de construcción de realidades, produce enemigos, inventa
riesgos, crea consenso mediante la normalización del miedo, y redefine
la idea misma de lo legítimo y lo ilegal, lo propio y lo extraño. No se
limita a describir la seguridad; la fabrica. No se limita a planear la
defensa; condiciona el deseo y la percepción. No se limita a identificar
aliados; establece categorías morales que ordenan el mundo y definen la
jerarquía de valores. La estrategia, en su esencia, es un acto
performativo, produce la realidad que proclama, instituye el orden que
anuncia, naturaliza la violencia que necesita para sostenerse.
Finalmente, el documento revela que la seguridad contemporánea no es
protección ni bienestar, sino hegemonía. La NSS 2025 nos muestra que la
nación se mantiene erguida sobre la exclusión, que la paz se alcanza
mediante la fuerza y que la moralidad se mide por la capacidad de
imponer un orden global unilateral. Cada signo del texto, cada
enunciado, cada construcción discursiva es una herramienta de poder que
disciplina cuerpos, moldea imaginarios, crea consentimiento y miedo
simultáneamente. Leerlo con semiótica crítica es ver más allá de la
estrategia, es reconocer un entramado simbólico que redefine la
política, la cultura y la subjetividad, y que revela que el arma del
Estadoy del sistema no es solamente el armamento, sino la capacidad de
dar sentido al mundo y al peligro, y de hacer que ese sentido se perciba
como inevitable.
Ese NSS 2025 es una operación semiótica que reinscribe al poder global
bajo nuevos códigos, redefine enemigos y aliados, reelige valores,
legitima estrategias de dominación y condiciona los imaginarios
colectivos. Como tal, debe leerse como discurso político‑estratégico
—una narrativa de seguridad, amenaza, identidad, soberanía y resguardo—
cuyo contenido revela mucho más allá de datos militares, diplomáticos o
económicos. La primera semántica sobre la que se levanta el texto es la
de la “soberanía nacional” y la “primacía del Estado-nación”. Al afirmar
que “los días en que Estados Unidos sostenía el orden mundial como
Atlas han terminado”, el NSS marca una ruptura con la pretensión de
universalismo exportador de valores —democracia, derechos humanos,
liberalismo global— y reivindica, en cambio, un realismo duro, orientado
a los intereses propios, al resguardo interno, al control de fronteras,
al dominio estratégico.
Esa declaración semiótica implica una reconfiguración simbólica del
papel de EE. UU. ya no como gendarme global idealista, sino como
potencia que prioriza su integridad cultural, económica, territorial. Se
legitima una ética del “nosotros primero”: identidad nacional, control
de migraciones, preservación de un imaginario homogéneo frente a lo
extraño o lo otro. Ese “nosotros” implica una construcción del otro como
amenaza simbólica y existencial. Las “migraciones masivas”, según el
NSS, no solamente se describen como un problema administrativo o
demográfico, sino como factor de ruptura social: erosionan la cohesión,
distorsionan mercados laborales, incrementan crimen, debilitan recursos
públicos, perturban la “identidad nacional”. Ese discurso no sólo
sataniza a los migrantes, los convierte en signos de desorden, de
declive de la nación, de crisis de comunidad. Los migrantes, la
movilidad transnacional, se resemantizan como amenazas simbólicas al
orden, al bienestar, a la continuidad del “pueblo‑nación”. Se instituye
un régimen semiótico‑político que vincula migración con inseguridad,
extranjería con peligro, diversidad con disolución.
Su premisa “paz a través de la fuerza” se convierte en fundamento
conceptual, la supremacía militar, la hegemonía económica, el control de
fronteras, las alianzas selectivas, la presión comercial —todo ello
como instrumentos simbólicos de poder. Su fuerza no aparece como última
ratio, sino como medio preferente de legitimación. Esto reconfigura el
significado de “seguridad”, ya no como garantía de vida, bienestar o
promiscuidad democrática, sino como mantenimiento del dominio,
preservación del statu quo, imposición del orden. La violencia —o su
mera posibilidad— se normaliza como parte constitutiva del régimen de
seguridad.
Advierte sobre una posible “desaparición civilizacional” de Europa,
ligada a migraciones, crisis demográficas, declive económico, pérdida de
identidad y dependencia de instituciones supranacionales. Esa retórica
no solo es estratégica: es simbólica: reconstruye Europa como espacio
decadente, impotente, en descomposición, en contraste con la vigorosa
identidad nacional‑estadounidense. Esa memoria histórica selectiva y esa
narrativa de declive funcionan como dispositivo de miedo, de rechazo,
de prohibición a la “mezcolanza”.
Simultáneamente, el documento promueve una re-latinización del dominio
estadounidense: bajo el paraguas de un “Corolario Trump” a la Doctrina
Monroe, el hemisferio occidental es reinstalado como esfera prioritaria
de influencia, como patio trasero geoestratégico, económico y militar.
Esta revalorización del “patio trasero” conlleva una carga simbólica
fuerte: América Latina es rehecha como zona de mampara, de recurso, de
control, de subordinación estratégica. Se legitima una hegemonía directa
basada en la proximidad geográfica, en la dependencia económica, en la
militarización. Esa narrativa reproduce viejos imaginarios
neocoloniales, condensados ahora en forma de política de seguridad
nacional. Apela al mito de la grandeza nacional, a la memoria de una
“América poderosa”, autónoma, soberana, autosuficiente; un pasado
imaginado de supremacía, vitalidad cultural, dominio económico y
militar. Esa nostalgia simbólica funciona como ethos nacionalista:
legitima la restauración del predominio, la recuperación del control, la
reafirmación de valores identitarios frente a la globalización, la
mezcla, la disolución. El miedo al otro —al inmigrante, al extranjero,
al distinto— se convierte en fundamento moral de la seguridad interna y
externa.
Los migrantes, por ejemplo, son resignificados como vectores de
inseguridad y desestabilización cultural. La amenaza ya no es solo
tangible o física, sino simbólica: se construye la idea de que la
alteridad, la diferencia y la movilidad social constituyen riesgos para
la continuidad del Estado-nación, generando un marco discursivo que
naturaliza políticas de exclusión y control. El documento también opera
mediante la retórica de la fuerza como medio legitimador. La supremacía
militar, la presión económica y la intervención selectiva se presentan
no como alternativas, sino como imperativos estratégicos para preservar
la integridad nacional. La normalización del uso de la fuerza, incluso
preventiva, constituye un signo semiótico que imponeestabilidad,
autoridad y dominio. En este sentido, la violencia se convierte en un
elemento constitutivo del orden, mientras la diplomacia y la cooperación
son relegadas a un plano secundario, subordinadas al imperativo de
seguridad entendido como monopolio del Estado sobre la protección de su
espacio y su identidad.
Contra la idea de comunidad internacional basada en cooperación y
consenso, el documento adopta una semántica de soberanías fragmentadas,
de bilateralismo selectivo y de proteccionismo económico. Se construye
una lógica en la que la interdependencia se percibe como vulnerabilidad,
y la autonomía estratégica se convierte en principio rector. Esta
operación simbólica es, en esencia, un reordenamiento del sentido de la
seguridad global, que legitima la reducción del multilateralismo y el
fortalecimiento del poder unilateral como norma de conducta. No sólo
describe un mundo amenazante, sino que lo configura, determina cómo se
perciben los enemigos, cómo se legitiman las políticas y cómo se
construye la idea misma de lo nacional frente a lo externo. La narrativa
simbólica del documento instituye jerarquías, impone categorías de
valor y amenaza, y produce una gramática de orden que condiciona la
acción y la percepción de la comunidad.
Cada enemigo nombrado en el texto —migrantes, potencias rivales, actores
no estatales— no es un problema abstracto; es signo, es símbolo de
caos, de decadencia, de peligro inminente. Los migrantes son más que
cuerpos en movimiento: son alteridad codificada como amenaza, vector de
desorden cultural, riesgo de erosión de la identidad nacional. China y
Rusia no son solo competidores estratégicos; son representaciones de
desafío, signos de contrariedad que la narrativa resemantiza para
justificar la supremacía estadounidense. El documento transforma la
percepción social: la amenaza no se encuentra en la realidad objetiva,
sino en la forma en que se construye discursivamente, en la cadencia de
sus frases, en la insistencia de sus imágenes de crisis y peligro
perpetuo.
Su superioridad militar no es instrumento; es lenguaje. La economía no
es intercambio; es poder que se impone y se reconoce. La diplomacia no
es negociación; es maniobra para consolidar la hegemonía. Cada oración
es performativa: produce consenso, disciplina imaginarios, legitima
decisiones que en otros contextos serían cuestionadas. La estrategia
convierte la violencia en norma y el miedo en herramienta, y en ese acto
de semiótica política, lo simbólico y lo material se confunden: lo que
se dice construye lo que se hace y condiciona lo que se percibe como
inevitable. El texto también manipula la historia y la memoria:
construye nostalgia, inventa grandeza, selecciona relatos de gloria y
derrota para consolidar un ethos nacionalista. La grandeza
estadounidense es ideal, mito y norma; lo otro es siempre riesgo,
declive y amenaza.
No es un documento, es un relámpago. Cada palabra fulmina certezas, cada
línea reconstruye la realidad bajo la tiranía de la soberanía. América
no se defiende: se erige. No protege: impone. Desde su inicio, proclama
que el mundo se organiza alrededor de su poder, que la identidad
nacional es escudo y espada, que lo otro, lo diferente, lo migrante, es
peligro, es amenaza, es fractura de un orden que se sabe absoluto. La
seguridad no es una política; es un acto de creación, una semiótica del
miedo, una coreografía de hegemonía que obliga a mirar, temer y aceptar.
Lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es riqueza,
es fractura; la alteridad no es pluralidad, es amenaza. Migración,
lengua, costumbre, cultura: signos codificados en pánico, vectores de
control. Cada palabra del documento es una operación semiótica:
disciplina cuerpos, condiciona deseos, convierte la percepción en
obediencia y el miedo en legitimidad. La seguridad deja de ser
protección y se convierte en espectáculo de dominio, en ritual de
imposición, en lógica de inevitabilidad. La estrategia no habla de
paz,habla de supremacía. No habla de cooperación, habla de dominio. No
habla de comunidad internacional: habla de jerarquía. Cada signo del
texto es una señal: obedecer o temer. Cada frase, un acto de poder:
producir consenso, fabricar enemigos, normalizar la fuerza, hacer que lo
inevitable parezca natural. La fuerza, el miedo, la identidad se
entrelazan en un solo código que atraviesa la política, la cultura y la
conciencia misma de quienes observan, temen y aceptan.
No organiza sólo ejércitos ni despliega estrategia, organiza
imaginarios, construye realidades, instala leyes invisibles de poder.
Cada palabra es un martillo, cada oración una tromba. La estrategia no
solo predice el mundo; lo fabrica. No sólo describe amenaza; la inventa.
No sólo llama a la acción; la impone, desde la percepción hasta la
obediencia, desde la identidad hasta la moralidad. La seguridad se
vuelve hegemonía, y la hegemonía se vuelve espectáculo, y el espectáculo
se convierte en verdad que todos reconocen y aceptan, mientras el mundo
gira bajo un código de miedo y poder que nadie osa cuestionar.
El documento arde en su propia cadencia, golpea con ritmo de relámpago,
deslumbra con la claridad del poder que se sabe absoluto. Leerlo con
semiótica crítica es ver la arquitectura de la dominación: cómo se
construyen enemigos, cómo se codifica la amenaza, cómo se fabrica la
obediencia, cómo el miedo se vuelve estética y la hegemonía se vuelve
belleza terrible y luminosa. Este documento no solo organiza seguridad:
organiza percepción, conciencia, imaginación, voluntad. Cada palabra es
un acto de fuerza, cada línea un rayo que corta, y cada párrafo es un
fuego que ilumina, ciega y obliga a mirar el poder en toda su desnudez.
Su narrativa no sólo construye amenaza; construye identidad. Lo
americano es virtud; lo otro es riesgo. La diferencia no es riqueza
cultural; es fractura. Cada palabra, cada enunciado, disciplina cuerpos,
moldea deseos y dirige la conciencia. La seguridad deja de ser
protección para convertirse en espectáculo de poder: un orden visible e
invisible, un código que atraviesa lo político, lo social y lo
subjetivo, un instrumento que convierte la inevitabilidad del dominio en
certeza moral.
Esa es la semiótica de la hegemonía contemporánea: no es suficiente
controlar fronteras, desplegar ejércitos o ejercer diplomacia. El poder
se ejerce sobre la percepción: cada palabra es arma, cada frase es
ritual, cada párrafo es acto performativo que disciplina, moldea y
organiza la realidad. La estrategia no predice el mundo; lo fabrica. No
describe riesgo; lo produce. No propone seguridad; impone orden y
consentimiento. La hegemonía se vuelve narrativa, y la narrativa se
vuelve experiencia colectiva: leer la NSS 2025 es observar cómo el poder
convierte miedo, identidad y fuerza en un solo código semiótico que
atraviesa todo, desde la percepción hasta la moralidad, desde la
política hasta la conciencia. En ese entramado se evidencia que la
verdadera fuerza de la estrategia no reside en sus recursos materiales,
sino en su capacidad de dar sentido al mundo y de hacer que ese sentido
se perciba como inevitable, justo y necesario. La geopolítica es
traducida a lenguaje moral: no organiza sólo ejércitos ni despliega sólo
tropas; organiza percepciones, códigos de miedo y obediencia que
atraviesan cultura, política y subjetividad. La historia es
seleccionada, el mito es instrumento, la memoria es construcción
estratégica: lo americano es virtud, lo otro es peligro. La diferencia
no es riqueza; es fractura; la alteridad no es pluralidad; es amenaza.
Su texto arde, golpea, deslumbra, indigna y ciega. La NSS 2025 no sólo
comunica; devasta y reconstituye, y quien lo lee no sólo comprende, se
enfrenta a un paisaje horrible del poder burgués en su forma más cruda,
al acto de creación simbólica que desfigura la identidad, amenaza,
obediencia y futuro. Cada signo es martillo, cada frase es chispa, cada
párrafo es relámpago que ilumina y quema la percepción, recordando que
la hegemonía no se sostiene solamente con recursos materiales, sino con
la fuerza de la narrativa, la fuerza del sentido y la fuerza de la
semiótica que atraviesa la conciencia colectiva y convierte miedo,
identidad y poder en una sola corriente indomable. Horrible.
5.12.25
Para un análisis semiótico de TV azteca
Fernando Buen Abad Domínguez
TV Azteca no nació como un fenómeno cultural autónomo ni como un
emprendimiento empresarial aislado; nació como un manotazo
ideológico-mercantil oligarca en sus alianzas neoliberales como vector
de una semiótica del poder que encontró en la televisión una prótesis
para la reproducción de su estulticia. Los favores del poder fueron
televisados.
Toda su historia —desde su privatización exprés hasta la consolidación
de su retórica sensacionalista, doctrinaria y mercantil— es una crónica
de cómo el capital mediático se fusiona con el poder político que
manipula para fabricar consensos, disciplinar percepciones y naturalizar
los privilegios. La frase “los favores del poder fueron televisados” no
es un juicio moral sino una descripción materialista: hubo beneficios,
hubo pactos, hubo mecanismos de blindaje político, hubo propaganda
disfrazada de entretenimiento, y todo ello se volvió espectáculo para
que la relación entre la élite gobernante y la élite mediática pareciera
algo normal, inevitable, incluso patriótico.
Un análisis semiótico-histórico exige revisar el origen del signo
televisivo que reproduce TV Azteca. No se trata solo de imágenes: es un
régimen de signos. La pantalla funciona como dispositivo de
simplificación, dramatización y alineamiento. El signo televisivo
empresarial se articula alrededor de tres operaciones semióticas:
primero, la espectacularización, que convierte todo conflicto social en
entretenimiento para neutralizarlo; segundo, la personalización, que
reduce la lucha de clases a un drama individual y sentimental; tercero,
la mercantilización, que convierte incluso la desgracia en una
mercancía. TV Azteca se especializó en estas operaciones desde su
origen, porque así se correspondía con la exigencia política de su
nacimiento, ofrecer estabilidad simbólica al mismo poder que le regaló
concesiones, ventajas regulatorias y un mercado publicitario
prácticamente cautivo. Mucho embute y mucho gasto propagandístico
gubernamental
Cuando en los años noventa el Estado mexicano transfirió parte de su
poder televisivo a la nueva empresa, no estaba democratizando el
espectro: estaba sustituyendo un monopolio estatal- privado por un
duopolio funcional al modelo neoliberal emergente. Se reconfiguró la
semiótica de la obediencia. TV Azteca aparece como “competencia”, pero
en realidad es un doble reforzado, dos bocas para una sola ideología
dominante. El signo de la pluralidad operaba como una máscara. Al mismo
tiempo, se vendía como un imaginario colectivo en el que la televisión
ya no era sólo entretenimiento, sino árbitro moral, juez emocional y
orientador político. Aunque la empresa se presentaba como la
modernización mediática de México, en realidad actuó como amplificador
de la política de despojo económico que avanzaba, y como legitimadora de
gobiernos que se beneficiaban de la violencia simbólica que ella misma
producía. La semiótica del “país que avanza” fue construida a
contracorriente de la realidad social que se deterioraba.
Con mucho fútbol.En la pantalla de TV Azteca, los favores políticos no
solamente se mencionaban, se narraban como épica. Se disfrazaban de
éxito empresarial, de patriotismo económico o de renovación
generacional. El poder político necesitaba un medio que dramatizara la
narrativa del nuevo México: competitivo, privatizado, “global”,
obediente al capital financiero. Y TV Azteca cumplió. Sus noticieros
fabricaron una estética de la urgencia donde el conflicto social
minimizado o presentado como anomalía, nunca como consecuencia
estructural. Sus programas de opinión funcionaron como dispositivos de
persecución simbólica contra cualquiera que amenazara la estabilidad del
régimen. La semiótica no es solo contenido: es tono, es ritmo, es
encuadre, es silencio. TV Azteca dominó el arte de los silencios
estratégicos, que son tan ideológicos como sus editoriales.
Su televisión privada no se limita a informar: codifica comportamientos.
La historia semiótica de TV Azteca es la historia de cómo una nación
fue enseñada a mirar. Mirar con desconfianza al pobre, con fascinación
al millonario, con sumisión al poderoso, con morbo al crimen, con
indiferencia al origen social de la violencia. La pantalla construyó un
país donde la desigualdad aparece como un paisaje natural, donde el
sufrimiento se vuelve espectáculo y donde la corrupción es un escándalo
momentáneo que no altera el orden jerárquico. En esa narrativa, el poder
político siempre aparece como árbitro, nunca como responsable
estructural. Así se televisan los favores: convirtiendo la complicidad
en paisaje, la violencia en rating y la injusticia en costumbre.
Esa semiótica histórica de TV Azteca incluye, necesariamente, la
arquitectura legal que la sostiene. Leyes hechas a la medida,
concesiones eternizadas, regulaciones laxas o inexistentes, y una clase
política que utiliza la pantalla como mercado negro de legitimidad. La
reciprocidad es total, el poder garantiza el negocio; el negocio
garantiza la narrativa. Así, la empresa se convierte en un ministerio no
oficial de la ideología, uno que opera sin necesidad de uniformes ni
discursos solemnes, porque su poder reside en la naturalidad, en que el
espectador crea que lo que ve es “la realidad”. Esa es la victoria
suprema de la semiótica burguesa, cuando ya no se siente como ideología,
sino como sentido común. Y todo sin pagar impuestos.
Su historia semiótica como empresa está todavía presente. Cada
noticiero, cada novela, cada reality reproduce un orden semiótico que
invisibiliza las causas y exhibe las consecuencias, que culpabiliza al
de abajo y disculpa al de arriba, que convierte la política en escándalo
y el escándalo en mercancía. En ese circuito, el poder se televisa no
para ser comprendido, sino para ser aceptado.
Es la empresa que el poder necesitó, y que contribuyó a consolidar un
modelo de control social donde la obediencia es espectáculo. Los favores
del poder fueron televisados, sí, pero no como excepciones, como
normalidad. La pantalla no mostró la complicidad, la celebró. No la
ocultó, la estetizó. No la denunció, la convirtió en parte de la
identidad nacional.
Ese es el núcleo del problema, mientras la televisión siga siendo un
aparato para anestesiar la conciencia crítica, cualquier proyecto
emancipador deberá confrontar su semiótica, desmontar sus signos,
revelar sus operaciones y disputar su hegemonía. Porque la historia de
TV Azteca es una lección sobre cómo el poder se transmite no solamente
por decretos, sino por imágenes; no sólo por leyes, sino por narrativas;
no sólo por coerción, sino por “seducción”. Y mientras esa maquinaria
siga intacta, la democracia será una escenografía y la verdad una
mercancía.
28.11.25
Krauze, Castañeda, PRIAN: háganse responsables del Frankenstein fascista
Héctor Alejandro Quintanar
"El antiobradorismo y la oposición partidista hoy no se ha dado
cuenta que estas hordas impresentables de fascistas no son excepciones o
anécdotas en esa corriente opositora. Son muchos, son representativos y
son autoritarios. Los que se autonombran intelectuales liberales llevan
años transitando juntos con estos inmundos compañeros de ruta".
Corría el año de 2006, hace ya dos décadas, cuando México vivió un
momento inédito en la historia de su democracia, porque el partido en el
poder entonces, el PAN, decidió poner al proceso democrático en jaque y
optó por emitir una avalancha sin precedentes -debido a su costo
monetario y a su nivel de vileza- de campañas ilegales y sucias en la
competencia presidencial de ese año.
Emitir propaganda sucia no era algo nuevo en México. Por ejemplo, en
1968, desde los turbios sótanos de la Secretaría de Gobernación se
publicaron miles ejemplares de un panfleto apócrifo llamado "El
Móndrigo", que era un supuesto diario encontrado en un joven
perteneciente al movimiento estudiantil de ese año. El libro era una
farsa sucia que pretendía demeritar a los estudiantes movilizados,
pintarlos como exaltados pro-soviéticos o algo así, y, obviamente, con
eso justificar su represión.
Si bien la autoría de ese libelo indigno se le atribuyó al escritor
priista Emilio Uranga, el autor real, como dio a conocer Gerardo Antonio
Martínez, fue Jorge Joseph, un priista guerrerense que era un vulgar
porro, pero tenía a su favor ser un tipejo letrado, y que en 1968 fungía
de asesor de Díaz Ordaz. Más allá de la redacción del libelo "El
Móndrigo", es más memorable que en un diálogo epistolar, Octavio Paz y
Carlos Fuentes se refirieran a ese texto de propaganda sucia como un
“asco” y señalaran que su autor -fuera Uranga o Joseph- era una vil
“cucaracha”.
Asimismo, en la historia del Siglo XX en México, los periódicos y
noticiarios -radiales o televisivos- fueron espacios de abierta calumnia
a muchos actores políticos. Desde el recurrente uso del “transgresores
de la ley” con que Zabludovsky solía demeritar a activistas sociales
hasta Lolita de la Vega inventando desde Televisa, en 1994, que un grupo
de periodistas italianos eran los reales responsables de la creación
del EZLN. No hace falta ahondar más para documentar que mucha de la
cháchara que históricamente ha provenido de los medios alineados del
viejo régimen y del panismo ha sido propaganda sucia.
Pero con el PRI y hasta antes de 2006 esa suciedad solía aparecer
mayormente en la línea editorial de medios oficialistas -como
noticiarios parciales- y en plataformas clandestinas -como el libelo
apócrifo de "El Móndrigo"-; mientras que el discurso oficial del
priismo, sea de sus presidentes o de sus candidatos y sus campañas,
siempre era, demagógicamente, proclive a las exaltaciones populares, y,
por razones de hipocresía y no de convicción, difícilmente se le iba a
ver a este discurso lanzando invectivas directas contra amplios sectores
sociales.
El año 2006 fue un cambio radical en ese sentido, porque por primera vez
en la historia, la campaña oficial del partido en el poder se basaba no
en exaltar las virtudes de su candidato, sino en deturpar, agredir y
mentir contra el principal candidato opositor, su entorno y a la
corriente social que representaba. Si el PRI hacía eso mediante terceros
o con vías soterradas en el Siglo XX, el PAN agravó con cinismo esta
práctica al usar sus tiempos oficiales de su campaña a la presidencia
con espots (esos mensajes históricos y mentirosos o de pánico moral que
apelaban al “peligro para México”) y suciedades por internet, pagadas
con dinero público, que, deliberadamente, violaban varios artículos del
Cofipe, código que también violó el presidente Fox, al convertirse en el
primer mandatario en la historia en intervenir con campañas abiertas
pagadas del erario en horario triple A. En 1994 Salinas hizo algo
parecido con Zedillo poniendo ilegalmente recursos del Estado a su
favor, pero hasta ese fraudulento priista supo actuar con una
estratégica discreción.
De vuelta a 2006, hagamos un recuento de algunas de las bajezas que esa
campaña sucia panista emitió en medios electrónicos y, principalmente
por internet, que, como zona no regulada, fue convertida por el foxismo y
el calderonismo en un inmundo muladar fascista. Por adelantado ofrezco
una disculpa por el tono indigno y soez de las frases siguientes, pero
tal cual se emitieron, y en honor a la verdad, aquí se comparten. En un
pasquín apócrifo llamado "La Neta", publicado en el bajío con dinero
proveniente de erarios locales y federal panistas, se dijo, por ejemplo
que:
1. El verdadero nombre de López Obrador era Manuel Andrés, y sus siglas eran MALO.
2. Se dijo que AMLO asesinó a su hermano cuando niños.
3. Se dijo que AMLO se alzaría violentamente para obtener lo que los votos no le dieron.
4. Lo acusaron de ser dictador en la Ciudad de México.
En internet, desde la Secretaría de Gobernación foxista, convertida en
una letrina goebbelsiana de terrorismo ideológico, con cargo al erario y
con uso de logística pública, se enviaban correos electrónicos por
millones, donde se decía que “AMLO era el whiskas porque ocho de cada
diez gatos lo prefieren”; se decía que AMLO quería hacer un eje
México-La Habana-Caracas; se decía que AMLO tenía una casa en
Chapultepec; que no se había titulado; que estaba recibiendo armas del
ejército venezolano; que tenía operadores bolivarianos en la Ciudad de
México; que había cometido bestialismo con una mula o que había
asesinado a su hermano. Todo, desde luego, no sólo rotundamente falso,
sino indigno de una política civilizada.
Estas turbiedades apócrifas por internet tuvieron, sin embargo su
correlato en la campaña oficial o en el discurso abierto. Es decir, no
se trató sólo de bestias desquiciadas diciendo estupideces en internet,
como si se tratara de las vandalizadas paredes de un baño público, que
pueden mover al asco, pero pareciera que no salen de ahí. No fue así.
Porque esas bajezas sucias y de la web que emitía el Gobierno foxista, y
luego el calderonista, tenían equivalentes abiertos, con nombre y
apellido, en el discurso público donde personajes visibles las
repitieron como loros mentirosos.
Por ejemplo, un porro de Tv Azteca, Jaime Sánchez Susarrey, repitió la
tontería de que AMLO era Manuel Andrés; Germán Martínez retomó en una
entrevista con López Dóriga en 2006 la mentira de que López Obrador no
se había titulado; el periódico salinista La Crónica de Hoy publicó el 6
de marzo de 2006 la falsedad de los recursos venezolanos en la campaña
de AMLO; y hasta el turbio Jefe Diego, en el famoso debate con López
Obrador de marzo de 2000, tuvo el acierto de condenar la mentira de que
AMLO mató a su hermano, engaño muy vil que sin embargo los foxistas y
calderonistas sí reprodujeron en vías anónimas.
La conclusión de la campaña de 2006 no acabó con esta inmundicia, que
fue retomada por la Secretaría de Gobernación del calderonismo, como
expuso el periodista Jaime Avilés en noviembre de 2007, porque desde esa
instancia se enviaban diariamente millones de correos electrónicos -el
equivalente a las granjas de bots de hoy, pero pagadas y emitidas desde
el entramado público- donde se decían cosas como éstas:
1. AMLO de niño mató a un amigo suyo con una bola de béisbol.
2. El pejelagarto hijo de su pejeperra madre y su esposo ocultaron que su hijo asesinó a su hermano.
3. López tiene problemas psicológicos, como epilepsia mental y profunda incultura.
4. Encinas y López Obrador son la jitomata y la perejila.
5. Dolores “Pamierda” quiere hacerse del control del PRD.
Asimismo, esos correos se referían a periodistas de La Jornada como
“ardidos maricones”; y a los partícipes de las marchas contra la
privatización petrolera en 2008 como “gatos acarreados”; y a los
periodistas críticos de Calderón se referían como “cotorras legítimas y
rancias”. Ningún paladín del liberalismo dijo entonces que estas bajezas
era un intento de intimidación del calderonismo contra la prensa
crítica. Ya en exposiciones más viles y preocupantes, en esos correos
también se instaba a llevar comida envenenada al plantón de Reforma en
2006; o se instaba al magnicidio de López Obrador. Este acoso virtual
grotesco duró todo el sexenio calderonista, porque los últimos correos
así se terminaron de enviar el 30 de noviembre de 2012. Si Calderón
convirtió al país en fosa común con su entrega del país al narco,
también le debemos haber convertido al debate público en una fosa
séptica con sus bajezas virtuales.
Y no era cháchara irrelevante esa avalancha de inmundicia. Eran correos
electrónicos que, de nuevo, con cargo al erario y desde la operación de
la Secretaría de Gobernación, cometían la indecencia de emitir
propaganda goebbelsiana; pero también toda esa basura tenía su
equivalente más mustio en periódicos y noticiarios de las derechas
mexicanas, donde, por ejemplo; un farsante mendaz llamado Leopoldo
Mendívil, publicó en el pasquín salinista La Crónica de Hoy en 2011 la
mentira de que AMLO estaba quizá enfermo de diabetes y eso tendría que
inhabilitarlo como candidato presidencial en 2012; mientras en Letras
Libres, el pseudoperiodista Ricardo Alemán inventó en octubre de 2006 el
mito de que López Obrador “mandó al diablo las instituciones”. Por
cierto, 12 años más tarde, en plena campaña de 2018, en mayo Alemán
publicó una incitación al asesinato de López Obrador. Y cuando
obviamente Canal Once y Televisa, medios donde participaba ese porro
irresponsable, lo mandaron al diablo a él, y con razón, por incitar a un
crimen, el tipo graznó censura y acusó a AMLO, que aún no ganaba la
elección de ese año, de ser el responsable. Como siempre: los fascistas
son victimarios con discurso de víctimas.
Así, esa campaña sucia que comenzó en 2006 y se ha extendido por décadas
no tenía precedentes ni tiene hoy equivalentes. En su momento fue la
inversión en propaganda sucia en contra de un candidato más cara en la
historia de la democracia mexicana. Y no se agotaría ahí. Los grupos
empresariales que violaron abiertamente al Cofipe en 2006, volvieron
ellos sí a mandar al diablo a las instituciones en 2008, al emitir de
nuevo spots televisivos contra López Obrador, a quien compararon con
Hitler, Pinochet y Victoriano Huerta, por el atrevimiento del tabasqueño
y su movimiento de demandar que hubiera diálogo democrático en el
Congreso respecto a la Reforma Energética del calderonismo en ese año.
Desde entonces, en el discurso de ese espectro que podemos definir como
antiobradorismo, la mentira, la especulación absurda y la calumnia vil
han sido una parte sustancial de su construcción. Como dijo Carlos
Monsiváis, desde Francisco I. Madero, ningún actor político ni ningún
movimiento ha sido tan calumniado, que no criticado, como el
obradorismo, que ha padecido el acoso desde los años ochenta en Tabasco,
cuando los porros priistas lo acusaban de querer convertir las iglesias
en células soviéticas, hasta hoy, donde cada día surgen nuevos bulos y
agresiones.
En este lapso, ha habido momentos definitorios, donde los ideólogos de
la derecha presuntamente liberal, tuvieron oportunidad de darse cuenta
de esta vena profundamente autoritaria y canallesca que es esencia del
antiobradorismo. Se enlistan aquí algunos ejemplos de cercanías de este
espectro político con posturas absolutamente impresentables:
1. Cuando Felipe Calderón escupió su frase de que él ganaría “haiga sido
como haiga sido”, donde evidenció con cinismo que ni a él ni a su
partido, en ese momento en el poder, le importaba violar las reglas de
la democracia para imponerse en el poder.
2. El desafuero de López Obrador en 2004-2005, episodio que mostró que
Fox y el PAN estaban dispuestos a la regresión autoritaria de hacer un
golpe de estado técnico y encarcelar a un inocente con tal de frenarlo
políticamente y, de nuevo, no perder el poder.
3. La cínica frase de un ex canciller foxista, como Jorge Castañeda,
quien en 2004 excretó con todo cinismo -y en pleno contexto del golpista
desafuero- que a López Obrador había que ganarle a la buena, a la mala o
de todas las formas posibles. Exactamente veinte años más tarde, en
marzo de 2024, fiel a su convicción autoritaria, ese pedante fracasado
exigió en televisión nacional, que Xóchitl Gálvez y el PAN violaran la
ley electoral de nuevo y se dedicaran a hacer guerra sucia, “pero sucia
en serio”, para reducir la ventaja en encuestas de Claudia Sheinbaum.
Por cierto, lo hicieron, y no sirvió de nada.
4. Cuando en 2009 se supo que Salvador Borrego, nazi mexicano,
panfletista exaltador y hagiógrafo de Hitler; primer revisionista
negador del holocausto en lengua castellana y conocido judeófobos, había
votado por Fox, igual que muchos palurdos autoritarios de la
ultraderecha mexicana, que incluso tuvieron puestos clave en su gobierno
y hacían comentarios fascistas, como Ramón Muñoz o Carlos Abascal.
5. Cuando repetidamente se supo de los intentos de fortalecer la raíz
nazi del PAN, como cuando Óscar Sánchez invitó toda la vida al nazi
Salvador Borrego a dar cursos de formación política a jóvenes militantes
panistas, como se hizo público en el año 2013.
6. Cuando en 2014 se supo que un grupo de jovenzuelos neonazis eran
también militantes del PAN y organizaban faramallas militaristas, pero
también tenían vínculos con preeminentes militantes del blanquiazul
jalisciense y con Emilio González, ex gobernador panista de esa entidad,
que sin embargo comenzó su juventud política en el Partido Demócrata
Mexicano, heredero del sinarquismo.
Esos momentos no fueron anecdóticos. Fueron reveladoras puntas de
iceberg para tener idea de qué tipo de gente conformó al antiobradorismo
autoritario en el poder -como en los gobiernos de Fox y Calderón-; y a
qué tipo de escoria, incluso de corte fascista, podían interpelar
socialmente.
Un resumen breve de estos años de propaganda sucia contra el obradorismo
diría lo siguiente: la campaña de mentiras repetidas mil veces lleva
cuatro décadas de existir, se agravó en el bienio 2004-2006, no tenía
precedente ni tiene hoy equivalente alguno. Y, como señalaron los
caricaturistas Toño Helguera y José Hernández en Proceso en 2008, esa
campaña contaminó irremediablemente a la democracia mexicana.
Con estos carísimos y sistemáticos antecedentes, a absolutamente nadie
debería sorprenderle lo siguiente. En las marchas de la oposición
partidista a partir de 2018, sea con los “chalecos amarillos”, FRENAA o
la Marea Rosa, hemos visto exabruptos de esta magnitud:
En las marchas irrisorias de la oposición y de FRENAA en 2019 y 2020,
algunos partícipes decían barbaridades como que Martí Batres era espía
de la extinta KGV; Gilberto Lozano decía sin tapujos, y reproduciendo la
judeofobia del siglo XX, que Claudia Sheinbaum era una “señora
soviética”; algunos asistentes juraban que AMLO no era mexicano sino “un
indio de argentina”; y no faltó quien llamó a que asesinaran a López
Obrador. Cosa que, por cierto, ya habían hecho algunos faranduleros
ridículos como Celia Lora o Eliuh Gil, en 2019. Y, en un caso no
insólito pero indignante, en la marcha de la presuntamente democrática
Marea Rosa de noviembre de 2022, quien robó protagonismo fue una
asistente genuina, quien en un ánimo racista gritó que López Obrador era
un indio patarrajada.
Así, el discurso panista -y también del PRI- ceñido al antiobradorismo,
ha sido, con sus mentiras, bajezas, calumnias, promovidas con dinero
público, desde el aparato del estado y por décadas, el caldo de cultivo
perfecto para radicalizar a entes mal informados, esos sí resentidos y
acomplejados, quienes encuentran su solaz en el autoengaño o sienten que
odiar al obradorismo les da estatus o algo así. Pero lo más temible no
es eso, sino que en el camino han violado sistemáticamente la ley, las
reglas de competencia electoral y han fraguado golpes autoritarios
indignos de un país democrático, como el desafuero o fraude de 2006.
En esa medida, ¿a quién sorprende que en las últimas dos marchas de las
derechas hayan salido grupúsculos nazis de sus cloacas para llamar “puta
judía” a la Presidenta Sheinbaum o vistieran suásticas? A nadie. Cambie
usted el tono, y no hay diferencia alguna entre el “puta judía” que
escupió un nazi desquiciado, y el “Sheinbaum es una judía búlgara” que
espetó Vicente Fox en 2024; como tampoco hay diferencia en la tipa
racista que en la Marea Rosa llamó “indio patarrajada” a AMLO y el “AMLO
es el mesías tropical” de Enrique Krauze en 2006.
El antiobradorismo y la oposición partidista hoy no se ha dado cuenta
que estas hordas impresentables de fascistas no son excepciones o
anécdotas en esa corriente opositora. Son muchos, son representativos y
son autoritarios. Los que se autonombran intelectuales liberales llevan
años transitando juntos con estos inmundos compañeros de ruta. Y, hay
que insistirlo, no se limitan a ser desquiciados de internet o bots o
ciberpiojos. Ahí están como ejemplo no sólo la campaña “haiga sido”
oficial del PAN en 2006 sino también la Operación Berlín de Fernando
García Ramírez y Enrique Krauze en 2018. Hoy, los autores de esas
bajezas son muy similares al Jorge Joseph que Octavio Paz y Carlos
Fuentes llamaron “asco” y “cucaracha”.
Hoy esa derecha partidista y de la comentocracia, en vez de sorprenderse
o indignarse por la aparición de nazis en marchas contra Claudia
Sheinbaum, debería hacerse responsable del monstruo que han ayudado a
forjar. Y no sólo con los nazis sino con la derecha estándar, esa que
desde cargos públicos foxistas o calderonistas y peñistas; o en el
periodismo vil, creen que “haiga sido como haiga sido”; “hagamos guerra
sucia en serio”; “mientras más mentiras digas contra Morena mejor te va”
o “la verdad ya es irrelevante” son consignas válidas, cuando en
realidad son exabruptos reveladores de una naturaleza autoritaria y
miserable que no se aleja demasiado de las suásticas indignas.
O si no logran hacerse responsables, por lo menos deberían cuestionarse
por qué ese tipo de gente secunda sus discursos. Porque esa sempiterna
campaña sucia o de pánico moral que comenzó en 2006 no ha servido para
construir mayorías, sino solamente para fanatizar a lo peor de la
sociedad mexicana, que hoy puede ver en Salinas Pliego a un referente
también. En vez de acusar que hoy se vive “autoritarismo” háganse cargo
del Frankenstein cuya existencia daña a todos, incluidos a sus
creadores.
27.11.25
Golpe en Marcha: Doctrina Monroe 2.0
Óscar David Rojas Silva
Ha iniciado una operación en México para incluir de facto a nuestro país
en la lista negra de los países que desafían la hegemonía
estadounidense. El primer paso de esta campaña es situar a México en la
lista de los países que tienen problemas estructurales y en los que se
debiera justificar la injerencia y tutela exterior para “resolver” los
propios efectos nocivos de la expansión imperialista. En entregas
anteriores (9 de octubre 2025) hemos revisado cómo la ideología
neocolonial instrumentaliza la democracia y los derechos humanos como
banderas para poder golpear a los países en resistencia. Hoy se adiciona
un nuevo elemento: el narcotráfico.
La mal llamada marcha de la generación Z es la prueba del comienzo de
este periodo de golpeteo trasnacional. Una primera paradoja que surge de
esta marcha es que no fue protagonizada por la propia generación Z, al
contrario, esta fue sustituida por la vieja reacción de la “marea rosa”
más un bloque violento de acción directa, mezclada con el amargo y
dantesco pánico de Salinas Pliego al ver desaparecer aquel poder
judicial que garantizaba sus mecanismos de elusión fiscal. No es un
detalle menor la reciente exploración de este personaje para convertirse
en el Milei mexicano, lo que significa combinarse abiertamente con las
fuerzas trasnacionales de ultraderecha.
Esta marcha contó con un periodo de calentamiento ideológico marcado por
la campaña de “narco-gobierno”, mismo que ha entroncado con la política
estadunidense de presionar a nuestro país con declaraciones acosadoras
que buscan desacreditar la estrategia mexicana e imponer como única
solución la intervención directa (bombardeos) de nuestro vecino del
norte. No olvidemos cómo durante los momentos más intensos de la guerra
arancelaria, las negociaciones comerciales fueron anclados a temas de
seguridad y narcotráfico. El punto cumbre fue, sin duda, el artero
asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, cuya lucha
fue apresuradamente cooptada por la narrativa de derecha a tal grado que
la propia familia se deslindó de la marcha en cuestión.
Todos estos elementos han sido reencuadrados ahora bajo la operación de
una “revolución de color”, estrategia regular utilizada por los EUA para
los cambios de régimen en países con intereses estratégicos. No
perdamos de vista cómo estos procesos son una puesta en escena para el
golpeteo mediático masivo, por ello este pasado 15 de noviembre
observamos una distinción: ya no se trató de un templete con mensajes
políticos sino la búsqueda directa de violencia y provocación para
lograr las escenas necesarias que puedan convencer de que las protestas
sociales son orgánicas y que realmente hay una crisis tal que podría
llevar al derrocamiento.
Ya lo estamos experimentando en tiempo real, mientras que al interior de
nuestro país podemos identificar perfectamente que estas escenas no
representan en lo absoluto la realidad social del país, en el exterior
los poderes mediáticos corporativos globales dan por válido, en forma
automática, el mensaje distorsionado tan anhelado por la guerra híbrida.
La realidad es que el problema del narcotráfico es transexenal y
transnacional por lo que su combate no se limita a asuntos de seguridad
sino de la recuperación integral de la economía sobre el sistema
criminal de cobros de piso, sustitución de productores, comerciantes y
aprovechamiento del proceso de exportación para el lavado masivo de
dinero. No tiene sentido omitir que nada de este poder es posible sin la
participación del sistema bancario internacional.
Como se ha visto, EUA ha decidido elevar la tensión en nuestro
subcontinente, ha comenzado por presionar a Venezuela y a Colombia a
través de ejecuciones directas y extrajudiciales contra supuestos
narcotraficantes en lanchas. Previamente presenciamos las presiones
directas por parte de este país a Panamá en el marco de la campaña
anti-China. Trump ha utilizado sus micrófonos para influir en las
decisiones soberanas de países como Brasil en su lucha contra la
ultraderecha y ha convertido al presidente de Argentina en su bufón
personal del endeudamiento mientras que se atreve a dictar preferencias
electorales. Lo que quiero destacar es que estamos frente a una campaña
continental para intentar operar una Doctrina Monroe 2.0.
¿Por qué ahora? Como se sabe, y no es para nada un detalle menor, la
hegemonía estadounidense se encuentra en su ciclo final, la propia
estridencia y virulencia del Make America Great Again acepta que su
poder ha declinado y que busca recuperarlo de alguna forma (o mejor
dicho de cualquier forma). La mala noticia para nuestros vecinos es que
estos procesos son irreversibles, como la propia historia de otras
potencias nos lo demuestra. No se trata de un asunto voluntario sino de
las fuerzas históricas concretas. Por lo que esta nueva andanada
significa que aquel poder ya no puede ser ejercido a escala global por
lo que retorna, transitoriamente, a la búsqueda de fortalecer la
hegemonía regional.
Desde la interpretación de los propios estadounidenses ya queda claro
que no han tenido, sino que aceptar una tripolaridad de facto, no han
podido ya imponer sus condiciones a Rusia –con las implicaciones que
tiene para mantener el dominio sobre Europa– ni a China –con lo que
pierde el dominio del pacífico– por lo que buscan fortalecer su posición
ajustando su dominio sobre América Latina y el Caribe.
Pero, y este es el punto central, la visión proveniente desde el sur
global está optando por la construcción de un mercado mundial
multipolar, es decir, uno que permita las interconexiones directas y de
libre asociación basada en los intereses de cada una de las naciones. Se
trata de la necesaria afirmación de la soberanía de los países en sus
decisiones de política económica y planificación general de la
estructura económica. No es un detalle menor enfatizar que este proyecto
impulsado por China tiene su fuerza en un ejercicio contundente para
lograr emanciparse del influjo hegemónico, no de hoy, sino de una larga
lucha anticolonial y antiimperialista, todo esto basado en gran medida
por la potenciación del análisis del mercado mundial basado en la teoría
marxista.
Por todo lo anterior es necesario apuntar elementos singulares para
afinar la estrategia de tránsito hacia la visión multipolar antes que a
la tripolar. La afirmación de soberanía, por tanto, es esencial para el
éxito del proceso de transformación. México tiene, una vez más, una
serie de características inéditas que vale la pena poner al frente para
ajustar las velas en el mar contemporáneo. Al mismo tiempo que EUA
quisiera simplemente imponerse como lo hizo durante los gobiernos
neoliberales (o incluso con los gobiernos autoritarios del siglo XX) su
posición post-hegemónica implica una desindustrialización crónica por lo
que necesita de nuestro país para sus propias cadenas productivas, el
TLCAN logró constituir una fusión productiva que ha constituido el
mercado norteamericano – junto con Canadá– como un polo global
unificado.
El Plan México, por ello, representa la estrategia para poder recibir
inversión extranjera directa con miras a facilitar la transferencia de
tecnología y dirigir este metabolismo bajo una planificación estratégica
propia. No debe pasarse por alto que esto que pareciera un deseo
abstracto ha comenzado a tener concreción, especialmente desde la
recuperación estratégica del dominio energético, pero también el de la
recuperación democrática del poder judicial, mismo que durante el
neoliberalismo se dedicó a garantizar privilegios para el capital
nacional y trasnacional, pero que hoy se ha estrenado en una nueva era
al cobrarle impuestos al quinto hombre más rico del país y establecer
multas sustantivas al sector minero. Sin dejar de mencionar que su
democratización disminuye dramáticamente los riesgos del tan temido
lawfare.
México está adquiriendo condiciones para avanzar en las posibilidades de
otro tipo de políticas económicas y sus formas de distribución. Las
condiciones globales están a favor además para la búsqueda de la
diversificación. Por ello, desde mi punto de vista, esta nueva campaña
es virulenta puesto que es la única manera en la que EUA podría
debilitar o desestabilizar el proceso mexicano. Si bien, como hemos
dicho, es de su propio interés la industrialización relativa de México
para su propio objetivo de consolidar la tripolaridad, asume que tiene
el derecho de conducir su proceso sin la molesta restricción de la
coordinación con un gobierno de izquierda.
Todas estas condiciones exigen, especialmente de parte de las izquierdas
(especialmente desde el academicismo), una toma de conciencia de que el
“antigobiernismo” que se instauró en estos movimientos durante el
neoliberalismo no pueden continuar sin sufrir una autorreflexión
profunda, puesto que la mayoría de los análisis se ha quedado a nivel de
lo político electoral y sus falencias (algo natural puesto que el
sistema político es heredado) pero no se repara en los cambios
estructurales a nivel de Estado que están ocurriendo desde 2018. Se le
quiere medir con la misma vara a este gobierno por el solo hecho de ser
gobierno, lo cual no solo refleja una falla epistemológica sino también
de claridad ideológica.
Es decir, el proyecto nacional que está en evolución es mucho más amplio
que lo que sucede en el partido del poder, pero también más amplio que
el propio programa de gobierno. El problema de esta relativización es
que le abre espacio a la injerencia puesto que los grandes problemas que
todavía tenemos, como es el caso del narcotráfico o la desigualdad
estructural, inhiben una defensa clara y contundente del derecho
democrático que nuestro país está ejerciendo frente a la tormenta global
del cambio hegemónico.
La marcha de la mal llamada Generación Z ha sido un intento burdo por
recrear las condiciones pre-2018 donde muchos de nosotros estuvimos en
las calles, debemos tener cuidado de caer en la trampa del “todos son
iguales” que tanto conviene a las fuerzas de derecha, pero sobre todo a
la ultraderecha internacional. El movimiento mayoritariamente electo ha
aceptado el proceso de resolución integral, de fondo, de estos grandes
conflictos, la guerra y las respuestas estridentes nunca han servido más
que para patear el balón hacia adelante, por ello la respuesta frente a
esta problemática ha sido por la vía del fortalecimiento de la
seguridad, nuevo marco contra las extorsiones y el comienzo de la limpia
del poder judicial que liberaba delincuentes los fines de semana, pero
sobre todo es una respuesta de fondo para levantar la economía regional y
con ello reordenar la correlación de fuerzas entre economía criminal y
el proyecto nacional.
Óscar David Rojas Silva*
*Economista (UdeG) con estudios de maestría y
doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Académico de
la FES Acatlán y la UAM Xochimilco. Director del Centro de Estudios del
Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento
crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.
13.11.25
Carlos Manzo con el PRIAN
Fabrizio Mejía Madrid
"Para entender la violencia siempre será necesario volver al año que
todo comenzó, el 2006 y la idea de Calderón de que la seguridad era la
voluntad de un sólo personaje y que la testosterona era una política
pública. Porque, en el fondo, lo que la derecha Mcprianista reivindica
es al vengador ranchero. Y en eso han tratado de convertir al difunto
Carlos Manzo".
El video empieza cuando Carlos Manzo pone una caja de donas Krispy Kreme
en una mesa al lado de un maletín negro. Atrás está el publicista
político Carlos Alazraki deglutiendo una dona mientras observa hacia
otro cuarto de donde salen aplausos. Alazraki es, desde el año 2000, el
propagandista personal de Roberto Madrazo, exgobernador de Tabasco y
dueño familiar de Latinus. Antes, este anunciante fue el creador del
eslogan de la campaña de Arturo Montiel para la gubernatura del estado
de México en 1999 que decía: “Los derechos humanos son para los humanos,
no para las ratas”. Lo que significaba, desde entonces, que había un
discurso fascistoide de negarle el derecho a un juicio a los
delincuentes y ejecutarlos sin mediar investigación. En el video
aparece, de pronto, Jesús Ortega exdirigente del desaparecido PRD, y
Rubén Moreira, el guardaespaldas del porro Alito en el PRI, quien le
estrecha con énfasis la mano a Manzo que tiene puesto el sombrero que se
tambalea. Rubén Moreira es Diputado del PRI y exgobernador de Coahuila
entre 2011 y 2017 y, junto con su hermano, endeudó a su estado hasta el
2044. También ha sido relacionado con una mega red de huachicol fiscal
de combustible de contrabando manejada por el Mono Muñoz Luévano, el
lavador de dinero de Los Zetas, capturado en 2016 en España, extraditado
a Estados Unidos donde se declaró culpable, y ahora preso en México. En
el video, Alazraki le pregunta a un hombre calvo que entra al cuadro de
la cámara si conoce al Presidente Municipal de Uruapan. El calvo es
Rubén Aguilar, exvocero de Vicente Fox, quien responde, efusivo: “Lo he
visto en las fotos y rompiendo madres, diciendo lo que se requiere
porque es lo que se requiere”. Después de haber sido vocero de Fox, lo
fue también de Ricardo Anaya, y escribió un libro ---sí, escuchó bien---
un libro con Rubén Moreira llamado “Jaque mate al crimen organizado”, y
cuyo prólogo proviene del puño decisivo de Jorge Castañeda, el
excanciller de Vicente Fox. Con la entrada de Aguilar nos damos cuenta
de que lo que estamos viendo es el final de una reunión. Chucho Ortega
felicita al Alcalde de Uruapan y se va. Moreira empieza a advertirle
algo. Alazraki le pide el teléfono de su yerno al exvocero de Fox porque
Rubén Aguilar es suegro de Jorge Álvarez Máynez, el excandidato
presidencial del Movimiento Ciudadano. Mario di Constanzo, economista
del ITAM y actual vocero del PRI, se acerca para pedir una foto con
Carlos Manzo. Quien está grabando el video le pregunta a Constanzo si
quiere que le tome la foto con el Alcalde de Uruapan y ahí se corta el
video.
Empiezo esta columna con la descripción del video porque me resulta
notable esta reunión de la minúscula familia del McPRIAN al menos por
tres razones. Una: que todos estos personajes se acerquen para saludar a
un simple Presidente Municipal como era el de Uruapan. Segunda: me
pareció también notable el nivel de familiaridad con el que lo tratan.
“¡Maestro!”, lo saluda Moreira. Y, por último, me parece significativo
que exista este video, es decir, que quien lo tomó lo centrara en la
visita de este Presidente Municipal al final de una reunión de lo más
apolillado del McPRIAN. No quiero especular. Lo único que sabemos de
cierto es que esta reunión existió cuando ya era el Presidente
Municipal, es decir, en algún momento entre su elección el 2 de junio de
2024 y su asesinato el primero de noviembre de este año.
Lo que siguió es lo que me interesa. La creación de un personaje después
de muerto. Estos mismos opositores lo tomaron como una bandera
---quizás lo única que tienen--- para llamar a un sector de la población
a la exasperación, al enardecimiento, y finalmente a la violencia. No
otra cosa fue juntar la convocatoria a la supuesta marcha de la
generación Z con el homicidio del Alcalde y con el bloque negro que ha
irrumpido en todas las protestas menos las de la Marea Rosa o Xóchitl
Gálvez. La intención es generar imágenes de violencia, aunque sea con
porros disfrazados con uniformes de la Guardia Nacional. La vida pública
de Carlos Manzo empieza después de su asesinato como lo que tanto le ha
gustado a la derecha: los vengadores. Esos personajes que surgieron en
el sexenio de Vicente Fox como Isabel Miranda de Wallace o Alejandro
Martí encarnaron, al menos en la creación de su propio mito, que el
problema de la seguridad se arregla por pura voluntad de un hombre o una
mujer y que el Estado no sirve ni para perseguir o investigar y menos
para impartir justicia. Así, el vengador detenta a la justicia como algo
personal. Es interesante que el mismo Felipe Calderón o Genaro García
Luna trataran también de encarnar al vengador cuando usurparon no sólo
al poder presidencial por medio del fraude electoral de Fox contra López
Obrador en 2006, sino el legislativo y el judicial porque aplicaron
leyes que no existían para impartir la supuesta justicia de las armas,
la tortura, el desplazamiento, y la desaparición. Calderón es un
usurpador de los tres poderes de la República porque jugó a disfrazarse
con un uniforme que siempre le quedó grande: Quiso personificar a una
autoridad individual, solitaria, que ejercía una fuerza ilegal contra
supuestos transgresores de alguna ley. Eso lo decidía él y García Luna,
nadie más. Asesinaron y detuvieron personas que eran declarados “daños
colaterales” o acusados ante los medios de comunicación como
narcotraficantes y que salían liberados por los jueces en números
exorbitantes. Casi el 90 por ciento de los supuestos narcotraficantes
exhibidos ante las cámaras de televisión como delincuentes salieron
libres después. Así que esos vengadores como Calderón y García Luna
supuestamente buscaban cumplir con alguna concepción de justicia pero,
al hacerlo, usurpan la autoridad del Estado mexicano. Pero también había
un contenido de clase en todo esto. Los vigilantes buenos eran
empresarios que habían sufrido un agravio como un secuestro, pero había
unos malos, los pobres que linchaban a un supuesto ratero. Mientras los
medios ensalzaban a unos, condenaban a los otros y exigían que la
autoridad los encarcelara por tomar la justicia por propia mano. Cuando
llegó Calderón, el asunto estaba legitimado a tal grado que una parte de
la población creyó que unos mexicanos tenían que morir para que los
demás vivieran seguros. Esa mentalidad de guerra es la guerra de una
sola persona que sabe qué es la justicia, que la aplica por sí misma, y
que no le importa ni la proporcionalidad del uso de la fuerza, ni las
consecuencias de sus acciones.
Ese es el mito que han tratado de inflar de Carlos Manzo: un justiciero
solitario que no necesitaba del Estado para hacer el bien y que murió
porque lo dejaron solo o, ya instalados en el delirio flotante, como
Salinas Pliego, que lo asesinó Morena, es decir, un partido político.
Eso, por supuesto, no tiene nada que ver con la relación real de Manzo
con poderes fácticos en su ciudad o con las reuniones con el PRIAN, pero
esa es la creación mediática después del asesinato. Más allá de esto,
la idea del hombre que logra hacer justicia por su sola mano no sólo es
anti-estado de derecho, sino que va en contra de lo que consideramos
justicia: que haya procedimientos imparciales y conocidos por todos. Lo
que hizo Calderón fue una matanza de inocentes ---porque todos, antes de
una sentencia, somos inocentes--- sin aportar nada a la reconstrucción
del sistema judicial ni al respeto por las leyes. Fue todo lo contrario
por carecer de un diagnóstico y un plan. Fue contraproducente porque
usurpó poderes legislativas al estar el Ejército fuera de la ley, y del
judicial al ejecutar y detener personas sin investigar. El resultado fue
el aumento del 148 por ciento de la violencia en su sexenio. Algo que
tardó más de una década en revertirse como tendencia y que ahora resulta
ridículo reivindicar ante el despliegue de todo el Estado mexicano, no
sólo de las fuerzas de seguridad, sino de educación, empleo, salud,
deporte, cultura, caminos para dar una opción pacífica a quien esté
siendo obligado a insertarse en el crimen. Ya lo hemos dicho: los
abrazos son todas esas opciones que se tienen al momento de decidir si
se delinque o no. Si no hay esas opciones y sólo la amenaza de morir, la
decisión no cambiará. Eso, por supuesto, no elimina a quien decida
incorporarse al crimen. No es magia, es una opción. Por eso resultó tan
ridículo que TvAzteca tratara de desprestigiar el modelo de seguridad
actual diciendo que el asesino de Manzo estaba en edad de recibir su
beca del Bienestar.
Pero volvamos a la creación del Alcalde de Uruapan después de muerto. Lo
del sombrero, por ejemplo, es una condición de un estereotipo del campo
privatizado. La clave es la palabra “Independiente”. Se dice que era un
Alcalde independiente, aunque en realidad sólo era sin partido. La
reunión con sus excamaradas del PRI del que fue militante de las
Juventudes Revolucionarias en Michoacán, desmiente ese mito, pero no
importa para el caso de su construcción post-mortem. El ranchero
independiente, con sus botas de charol y su sombrero blanco, es Vicente
Fox en su campaña del año 2000. El ranchero se siente superior a los
ejidatarios que cultivan y cosechan en colectivo. Él es tan
autosuficiente que resulta petulante. Él vive de la ilusión de que uno
consigue por sí mismo el destino y que, además, está justificado si lo
defiende con las armas. Él es recio porque no tiene pasado ni futuro,
sólo un espacio ilimitado de presente. A lo mejor por eso nos dicen que
dejemos hablar del pasado cuando tratamos de explicar la raigambre que
fundamenta un desarreglo tan profundo como la seguridad y la justicia en
México. Que ya no hablemos de Calderón o, como dice el Reforma, que
dejemos de echarle la culpa al pasado. Me pregunto si es un problema de
culpa o de responsabilidad. No se trata de pecados, como podrían pensar
los acólitos de Junco, sino de compromiso, que es muy distinto. Para
responsabilizarse de algo hay que entenderlo y trazar una ruta para
modificarlo. Y, para entender la violencia, siempre será necesario
volver al año que todo comenzó, el 2006 y la idea de Calderón de que la
seguridad era la voluntad de un sólo personaje y que la testosterona era
una política pública. Porque, en el fondo, lo que la derecha
Mcprianista reivindica es al vengador ranchero. Y en eso han tratado de
convertir al difunto Carlos Manzo.
Ahora bien: Vicente Fox, al responder a una pregunta de esa humanista
llamada Beatriz Pagés Rebollar en el Atypical que tan cálidamente
recibió al Alcalde de Uruapan, sobre cómo hacían para que la gente
saliera a votar por la revocación del mandato de la Presidenta de
México, Fox cruelmente sólo dijo: “La mitad del trabajo ya la hizo
Carlos Manzo. Ahora nos toca a nosotros la otra mitad”. El muerto usado
como publicidad electoral. En el mismo tenor, otro supuesto ranchero,
Diego Fernández de Cevallos, cuyo mayor rancho fue hasta hace poco el
Poder Judicial, escribió sobre el asesinato en Milenio: “Muerte
maravillosa”, en un texto en el que llama “arpía” a la Presidenta de
México, y clama a los cielos tormentosos de su imaginación degradada,
cito textualmente: “Ojalá que las multitudes en Uruapan y en muchos
municipios de Michoacán sean preludio de lo que pronto veamos en las
calles y plazas del país; y que se escuche en todas partes el grito
ensordecedor de: ¡Fuera zánganos malparidos!”
La viuda de Manzo no contribuyó a la paz, sino a seguir sacando del pozo
de los votos nulos. En su discurso como interina dijo en su mitin en
Uruapan: “Quienes mandaron matar a Carlos Manzo no supieron que este
sombrero tiene una fuerza imparable, incansable y que en 2027 les vamos a
dar ese voto de castigo porque vamos a hacer valer la memoria de Carlos
Manzo”. La viuda apenas estaba tomando posesión del cargo de su marido
que duró apenas un año y ya estaba en campaña electoral para el 2027. Y
su propuesta era votar por el PRIAN como venganza. En sintonía con Diego
Fernández, Vicente Fox, y el PRI recién inyectado con el botox de la
Generación Z, la viuda no dejó pasar su oportunidad de refrendar el
acuerdo de su esposo de seguir independiente aunque dentro de las
coordenadas del PRIAN.
Es como si el cargo fuera una propiedad y pudiera justificarse la
legítima defensa. La idea es que una persona que no está haciendo nada
malo, que actúa plenamente dentro de sus derechos, no debería estar
obligada a ceder terreno a alguien que sí lo está haciendo. Este terreno
a defender es una propiedad con su cerca de púas y sus caballos; es una
cosa de los rancheros de la frontera del Oeste estadounidense. No se
refiere a la Presidencia de la República donde el rancho sería todo el
país o a un estado o a una ciudad como Uruapan. No existe legítima
defensa en el caso de los representantes populares. Es un delirio que
sólo alguien como Fox o Fernández de Cevallos intentarían sostener: que
una autoridad debe comportarse como un vengador justiciero o como
Batman. Pero ese es el delirio que le quieren vender a la sociedad. Otra
vez sin diagnóstico, sin un plan, ni un objetivo al que llegar. Otra
vez pensando que es una cosa de la voluntad de una persona. O bueno,
ahora de un muerto o quizás, tan sólo, de su sombrero.
14.10.25
Acta de defunción para el Premio Nobel de la Paz
Requiescat in pace
Fernando Buen Abad Domínguez
I. Declaración inicial
Se extiende el acta de defunción al llamado “Premio Nobel de la Paz”,
muerto por causas estructurales y degenerativas propias del sistema
capitalista que lo engendró. Su muerte ocurrió en plena era de la guerra
económica, militar, financiara y mediática, bajo la presión del
golpismo imperialista de una burguesía que convirtió la “paz” en
mercancía macabra y espectáculo de inmoralidad. No fue un fallecimiento
súbito. Fue una agonía lenta, sostenida por discursos de filantropía
hipócrita, por aparatos mediáticos que anestesiaron conciencias, por
fundaciones que hicieron de la guerra un negocio y de la paz un
pretexto.
La fecha de defunción se inscribe en la cronología difusa del
capitalismo tardío, cuando las guerras preventivas se declararon
“humanitarias”, cuando las bombas se presentaron como portadoras de
democracia y cuando los premios —en lugar de la justicia— se
convirtieron en absoluciones para los verdugos.
II. Causas del fallecimiento
Murió el Premio Nobel de la Paz de sobredosis de cinismo. La paz que
decía exaltar fue consumida por la misma lógica del capital que fabrica
enemigos, que necesita de la guerra para reproducirse, y que lava su
rostro ensangrentado en los templos del prestigio burgués. Murió
envenenado por su propia contradicción: pretendía celebrar la concordia
en un mundo edificado sobre la competencia, la violencia y la
expropiación.
El acta “médica”, firmada por la historia, indica que su sistema
inmunológico-ideológico fue destruido por la hipocresía. Cada vez que
premiaba a un asesino con palabrerío de estadista, su cuerpo sufría una
hemorragia de sentido. El Premio Nobel de la Paz murió porque la paz
dejó de ser un horizonte emancipador y se volvió un pretexto de
dominación. En manos del imperialismo, el galardón fue degradado a sello
de legitimación política, a máscara moral que disimula los intereses
del poder mundial. Murió de asfixia semiótica: el signo “paz” perdió su
contenido emancipador y fue reemplazado por un significante hueco,
dócil, rentable.
III. Lugar del fallecimiento
Murió en la catedral del espectáculo macabro global. En el altar de los
noticiarios, en los palcos diplomáticos, en los banquetes donde los
empresarios de la guerra brindan con champagne por la “paz”. Murió en
los pasillos de las cancillerías, en las oficinas de marketing político,
en las pantallas que transforman el sufrimiento en rating y la
hipocresía en virtud. Murió rodeado de cámaras, aplausos y discursos. No
hubo silencio respetuoso ni duelo verdadero. Fue un funeral mediático:
los mismos que lo mataron transmitieron su sepelio en vivo, con
comentarios sobre “el legado” y “la inspiración humanitaria”. El
espectáculo de su muerte fue su última función: un cadáver que aún
servía para simular moralidad. Ella sonreía.
IV. Certificado de causas estructurales
-Causa primera: El divorcio entre ética y economía política.
La paz fue transformada en símbolo desvinculado de la producción
material de la vida. En lugar de cuestionar las causas de la violencia
—la explotación, el saqueo, la dominación imperialista—, el Nobel de la
Paz se dedicó a premiar los síntomas. Esa abstracción idealista fue su
sentencia de muerte.
-Causa segunda: El fetichismo mediático.
La medalla, el discurso, la ceremonia: todo se convirtió en simulacro.
La “paz” fue estetizada hasta volverse irreconocible. En el brillo del
oro del medallón se reflejaba el oro del capital.
-Causa tercera: La complicidad institucional.
Las academias, los parlamentos, las corporaciones y los medios se
alinearon para canonizar a los verdugos. Así se construyó la narrativa
de una paz funcional al orden establecido.
-Causa cuarta: La desfiguración del signo “humanidad”.
Murió el Premio Nobel de la Paz cuando se divorció la palabra “humano”
de su contenido histórico. La humanidad fue reducida a un concepto
sentimental, vacío, despolitizado. Ganó el golpismo.
V. Autopsia semiótica
Al abrir el cuerpo semiótico del difunto, se hallaron rastros de
discursos en descomposición. En el interior del tórax: promesas
incumplidas. En los pulmones: aire viciado de diplomacia hipócrita. En
el estómago: residuos de marketing humanitario. En el corazón: una
cicatriz profunda con forma de dólar. Todo intoxicado con clamores de
inasión, muerte, antidemocracia y entreguismo obsceno.
Las vísceras ideológicas mostraron que su metabolismo simbólico dependía
de la aprobación mediática. Cada aplauso era una transfusión de
legitimidad. Cada silencio cómplice, un analgésico. Se detectaron
múltiples infecciones: relativismo moral, neutralidad cobarde,
universalismo abstracto.
El cerebro del Premio Nobel de la Paz mostraba una atrofia avanzada de
pensamiento crítico. Las áreas dedicadas al análisis de las causas
estructurales de la violencia estaban atrofiadas, sustituidas por una
hiperactividad de relaciones públicas. En su memoria, fragmentos de
discursos se repetían como bucles sin contenido: “esperanza”, “diálogo”,
“compromiso”, “valores compartidos”… Palabras que habían perdido toda
conexión con la praxis emancipadora.
VI. Contexto histórico de la defunción
Murió en el siglo XXI, cuando la guerra se volvió digital, cuando los
ejércitos se camuflaron en redes sociales, cuando las sanciones
económicas mataron más que las balas, y cuando los drones bombardearon
en nombre de los derechos humanos. Murió cuando el capital aprendió a
vender la destrucción como desarrollo, la ocupación como libertad, la
tortura como justicia preventiva. En ese contexto, el Premio Nobel de la
Paz se convirtió en un fetiche global. Su muerte fue la muerte de una
semiosis humanista. Lo que alguna vez pretendió ser símbolo filantrópico
burgués de reconciliación se transformó en emblema de hipocresía
institucionalizada.
VII. Testigos de la muerte
Firmaron como testigos del fallecimiento los pueblos del mundo que nunca
recibieron el premio, aunque soportaron todas las guerras. Testificaron
los niños palestinos bajo los escombros, los campesinos africanos
desplazados, las madres latinoamericanas que buscan a sus hijos
desaparecidos, los trabajadores explotados por las corporaciones que
financian los comités del premio. Ellos fueron los verdaderos jueces y
notarios de esta defunción. Su silencio, su dignidad y su resistencia
son la prueba más elocuente de que la paz auténtica no necesita premios
sino justicia.
VIII. Última voluntad del difunto
En sus últimos suspiros, el Premio Nobel de la Paz pidió que no se le
erigieran monumentos ni se repitieran sus ceremonias. Dijo que prefería
el anonimato del olvido a la perpetuación de su farsa. Pidió que su
epitafio dijera:
“Aquí yace una idea que el capital desfiguró. Murió de tanto ser usada contra los pueblos.”
Pidió, también, que su cuerpo simbólico fuese donado a la filosofía de
la semiosis, para su estudio crítico. Que se analicen sus signos, sus
discursos, sus metamorfosis, hasta entender cómo un símbolo de
emancipación puede convertirse en máscara de dominación.
IX. Acta filosófica de constatación
En rigor dialéctico, esta defunción no es solo la muerte de un premio,
sino la manifestación del ocaso de una civilización que ha perdido el
sentido del bien común. La “paz” institucionalizada, domesticada y
comercializada, revela el agotamiento moral de una ideología que ya no
puede sostener su propio discurso sin recurrir a la mentira. El signo
“paz”, en manos del capitalismo, se convierte en antónimo de sí mismo.
Donde dice “paz” hay estrategia de dominación; donde dice
“reconciliación”, hay impunidad; donde dice “esperanza”, hay propaganda.
La semiosis burguesa de la paz opera como narcótico colectivo: un opio
semántico que calma las conciencias, pero perpetúa las cadenas.
X. Certificación semiótica final
Certifico que el Premio Nobel de la Paz ha muerto, pero declaro
simultáneamente que el signo “paz” no está condenado a la extinción. Lo
que ha muerto es su fetichización burguesa. Su nueva vida sólo será
posible bajo nuevas condiciones históricas, cuando la paz deje de ser
consigna y se vuelva praxis material, cuando la justicia no sea premio
sino principio, cuando la humanidad sea consciente de que la paz no se
decreta: se construye con lucha de clases, con ciencia, con solidaridad,
con organización. La paz verdadera no necesita comités de selección,
necesita sujetos históricos emancipados. Su lugar de nacimiento no será
un palacio sueco, sino los territorios donde los pueblos se niegan a
morir.
XI. Epitafio filosófico
“Murió el Premio Nobel de la Paz, pero no la esperanza de una paz justa.
Murió el signo domesticado, pero la semiosis emancipadora sigue viva.
Murió el simulacro, pero la historia aún respira en los pueblos que luchan.”
XII. Firma del notario
Firmo esta acta no como burócrata del sentido, sino como testigo crítico
de su muerte. No hay duelo, hay conciencia. No hay nostalgia, hay
análisis. El cadáver del Premio Nobel de la Paz descansa en el panteón
del humanismo traicionado.
Filosofía de la semiosis, año de la conciencia crítica.