28.8.17

Los comisarios del pensamiento único II

Carlos Fazio

Para Noam Chomsky, la tarea de los corporativos mediáticos consiste en crear un público pasivo y obediente, no un participante activo en la toma de decisiones. Se busca crear una comunidad atomizada y aislada, de forma que no pueda organizarse y ejercer sus potencialidades para convertirse en una fuerza poderosa e independiente que pueda hacer saltar por los aires todo el tinglado de la concentración del poder. (Un ejemplo de cómo ejercer la fuerza organizada en una democracia participativa y protagónica, son los 8 millones 89 mil 320 votantes que el 30 de julio, a despecho de las amenazas militaristas de D. Trump y la ofensiva terrorista paramilitar, decidieron empoderar a las/os nuevos constituyentes venezolanos).

Para que el mecanismo que genera un público sumiso y obsecuente funcione, es necesario, también, el adoctrinamiento de los medios. Su domesticación; generar una mentalidad de manada. Hacer que los periodistas y la comentocracia huyan de todo imperativo ético y caigan en las redes de la propaganda o el doble pensar. Es decir, que se crean su propio cuento y lo justifiquen por autocomplacencia, pragmatismo puro, individualismo exacerbado o regodeo nihilista. Y que, disciplinados, escudados en la razón de Estado, asuman la ideología del patrioterismo reaccionario.

En definitiva, el miedo a manifestar el desacuerdo termina trastocando la prudencia en asimilación, sometimiento y cobardía. A su vez, el pensamiento reaccionario se refuerza bajo un discurso de desprecio y odio xenófobo, racista y clasista: siete jóvenes fueron quemados en Venezuela por parecer chavistas.

No se vale, pues, discrepar con el consenso. Sólo se debe pensar en la dirección presentada por el sistema de dominación capitalista. Y si para garantizar el consentimiento es necesario aplicar las herramientas de la guerra sicológica para el control de masas (azuzar el miedo y generar un terror paralizantes), los vigilantes del Gran Hermano entran en operación bajo el paraguas de lo políticamente correcto, amparados por todo un sistema de dádivas y premios que brindan migajas de confort y poder acomodaticio.

Aduladores de los poderes fácticos que actúan en zonas de penumbra, los social-conformistas de los medios practican el lenguaje operacional del orden sistémico, reproduciendo de forma expansiva la lógica de la dominación de clase. Cada día en Ciudad de México, Madrid, Bogotá o Buenos Aires, el pensamiento reaccionario apuntala la contrarrevolución en Venezuela. Y ello es así porque el poder real ha creado un ejército de paraperiodistas dedicados a mantener y reproducir la ideología neoliberal y desarticular el pensamiento crítico; a frenar el cambio social y democrático de los de abajo mediante la mentira del silencio (Sader). Es decir, negando la existencia de lo que no se quiere que se conozca: por ejemplo, silenciando la formidable victoria del chavismo bravío el 30/J.

Los saberes políticamente correctos forman parte del modelo de dominación y marcan el ritmo de la pulsión del poder: quienes levanten la voz y se aparten de la manada serán denigrados, hostigados y/o castigados. El poder reclama una única racionalidad. Por eso, como la división de un ejército vasallo en el frente externo −y dado que toda intervención militar es precedida por una campaña de intoxicación mediática con eje en la guerra sicológica−, los paraperiodistas tienen la misión de vigilar, hostigar y presionar a quienes, como Luis Hernández y la línea editorial de La Jornada, se apartan del consenso de la elite reaccionaria.

Los hornos crematorios del nazismo funcionaron a plena luz del día; el genocidio de Hitler fue un acto consentido por el pueblo alemán. Con distintas modalidades y ante un mundo pasivo, el horror y la solución final de Auschwitz, Dachau y Treblinka se replican hoy en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Colombia y el México de la necropolítica y las fosas clandestinas.

En pleno siglo XXI, las víctimas mortales de las aventuras coloniales del Pentágono y la OTAN en Afganistán, Pakistán e Irak ascienden a cuatro millones. Los escombros de Damasco y Palmira, en Siria, exhiben los horrores de la guerra. La seguridad democrática de Álvaro Uribe generó 6.5 millones de desplazados internos. La prensa libre de Occidente ha apoyado, distorsionado o justificado esas atrocidades. Es fácil predecir qué ocurrirá en caso de estallar una intervención humanitaria en Venezuela auspiciada por Estados Unidos.

El uso de la mentira, el fanatismo y la histeria de guerra, y los ataques difamatorios con fines de explotación política son de vieja data. En 1950, el informe de la Comisión Tydings sobre el macartismo y el senador Joseph McCarthy, señaló: “Hemos visto utilizar por primera vez en nuestra historia la técnica de ‘la gran mentira’. Hemos visto cómo, mediante la insistencia y la mezcla de falsedades (simples habladurías, tergiversaciones, murmuraciones y mentiras deliberadas), es posible engañar a un gran número de gente”. Los periodistas, editores y directores de la prensa estadunidense sabían que McCarthy mentía y divulgaron sus dichos, dejando que el lector, que no tenía ningún medio de averiguarlo, intentara deducir la verdad. El senador republicano John Bricker le dijo a McCarthy: Joe, usted es realmente un hijo de puta. Pero a veces es conveniente tener hijos de puta a nuestro alrededor para que se encarguen de los trabajos sucios.

El propósito del macartismo fue destruir las instituciones de Estados Unidos, minar la Declaración de Derechos y revertir el pacto social keynesiano (el Estado benefactor) que redistribuía parte de las ganancias del capital hacia abajo. La revolución conservadora de Ronald Reagan profundizó el proyecto neoliberal, con epicentro en la liquidación de los bienes del Estado y la esfera pública y la mercantilización y privatización radical de todo. El macartismo hizo escuela y el trabajo sucio lo practican hoy legiones de paraperiodistas en el caso Venezuela… pero sus madres no tienen culpa.

22.8.17

Los negociadores del TLCAN en Washington, sin estrategia



En 1993, cuando se firmó el TLCAN, se prometía para México un generoso crecimiento económico con una fuerte creación de empleos, salarios mejor remunerados. Mayor bienestar social, en suma. Pero en más de 23 años esos objetivos no se cumplieron. Y ahora que los representantes de los tres países firmantes se reúnen en Washington para actualizar, mejorar o modernizar ese espíritu original, llama la atención que los negociadores mexicanos no lleven en sus documentos y estrategias una propuesta para lograrlo.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En 1990 México, Estados Unidos y Canadá anunciaron su decisión de iniciar pláticas formales, al año siguiente, para establecer un tratado de libre comercio, que a la postre sería una renovación y complemento del acuerdo que desde hacía años tenían los dos segundos.

México, encabezado por un reformador e hiperactivo presidente Carlos Salinas de Gortari –que devendría, por muchas razones, en uno de los mandatarios más denostados en la historia del país–, no se quería quedar fuera del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que se convertiría en una poderosa región comercial, económica y financiera.

Con el TLCAN, aseguraba el gobierno, México no sólo será “potencia exportadora, en el marco de la globalización económica” sino, por fin, un país moderno, integrante del mayor bloque comercial del mundo, con suficiente empleo, una industria dinámica y eficiente usufructuaria de la tecnología de punta, con un crecimiento explosivo de las exportaciones, mejores niveles de ingreso, una economía altamente competitiva, sin fugas de mano de obra ni de capitales, el mejor de los tratos con los colosos del norte.

Fueron tres años de arduas y complicadas negociaciones. Finalmente, el TLCAN se firmó a finales de 1993 y entró en vigor el 1 de enero de 1994.

De ser una economía cerrada y poco competitiva a finales de los ochenta, México es hoy una de las economías más abiertas al mundo. Algunos aranceles se cancelaron al momento de entrada en vigor del tratado, otros fueron sujetos a periodos de transición desde cinco y hasta 15 años (el maíz, por ejemplo). Hoy en día no hay producto, al menos de los que están incluidos en el tratado, que no esté libre de aranceles.

Las pláticas entre los tres países que iniciaron en Washington el pasado miércoles 16 para “renegociar” el TLCAN, “modernizarlo”, “actualizarlo”, “mejorarlo”, se realizan bajo los peores augurios.

Pero los malos augurios vienen porque los negociadores estadunidenses tienen la encomienda casi única de cumplir el capricho de su presidente, Donald Trump, de reducir el déficit comercial que tiene Estados Unidos con México, de más de 63 mil millones de dólares.

Déficit que –según su miopía y poco entendimiento de la economía y el comercio internacional– le parece “injusto”, “abusivo”, de parte de México, que le “roba” empleos a Estados Unidos y que sólo podrá reducir obligando a México a comprarle más bienes a Estados Unidos o imponiéndole aranceles a las exportaciones mexicanas que van a Estados Unidos… aun a costa de que los consumidores estadunidenses compren productos más caros.

Pero como fue una promesa de campaña y no quiere que se le caiga como muchas otras y siga haciendo el ridículo ante su electorado –como el impuesto de ajuste fronterizo, el tambaleante muro en la frontera o el fracaso con el Obamacare y otros–, los negociadores pondrán toda la carne en el asador para bajar el déficit comercial con México… y hacerle ganar a Trump algunos puntos en su vapuleado nivel de aprobación pública.

Las expectativas

Si bien las actuales negociaciones apenas se inician, no se sabe realmente cuándo terminen ni en qué términos. La delegación mexicana, independientemente de que lleva la consigna de levantarse de la mesa si Estados Unidos insiste en imponer aranceles o cualquier tipo de impuestos o trabas a las exportaciones mexicanas –medidas proteccionistas, pues–, tienen el tiempo encima y saben que todo esto debe terminar antes del proceso sucesorio de la Presidencia.

Lo que llama la atención de estas nuevas pláticas es que si bien son muchos los temas por incluir, actualizar, mejorar o modernizar, los negociadores mexicanos no llevan en sus carpetas, en sus estrategias, en sus escenarios y mucho menos en sus mentes ni en sus propósitos un TLCAN renovado que recupere el espíritu del tratado original, que prometía para México un generoso crecimiento económico, con una fuerte creación de empleos, salarios mejor remunerados y, en suma, mayor bienestar social. Y que no se cumplieron.

Sí, el TLCAN le cambió el rostro al país, le dio una nueva imagen, una nueva presencia… pero el alma se la dejó intacta. Con el tratado México se volvió una potencia exportadora. Si antes lo fue de petróleo, ahora es de manufacturas, principalmente en el sector automotriz. En 1993, el año previo a la entrada en vigor del TLCAN, México no aparecía ni siquiera entre los primeros 30 países con el mayor comercio exterior.

Según el informe 2016 de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2015 México era el país número uno en exportaciones e importaciones en América Latina; estaba en la posición 13 de los grandes exportadores del mundo y en el 12 entre los importadores.

Ese mismo año, la OMC registró un valor total de las exportaciones mexicanas por 381 mil millones de dólares, equivalentes a 2.3% del total de exportaciones de todo el mundo, apenas abajo de 2.5% de Canadá, y muy por debajo de Estados Unidos, que hizo exportaciones por 1 billón 505 mil millones de dólares (9.1% del total mundial) y muy lejos de los 2 billones 275 mil millones de dólares que exportó China en 2015 y que la llevaron al primer lugar en exportaciones en el mundo, con 13.8% de las exportaciones totales.

Arriba de México, entre los 12 que lo superaban por el monto de sus exportaciones, estaban, en ese orden, China, Estados Unidos, Alemania, Japón, Holanda, Hong Kong, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá y Bélgica. Pero debajo de México había, en la lista de la OMC en su reporte de 2016, 37 países con menor capacidad exportadora, entre ellos potencias como Rusia, Suiza, España, India, Emiratos Árabes Unidos, Polonia, Brasil, entre otros.

En particular, las exportaciones manufactureras dieron un salto espectacular. En el primer año del TLCAN se exportaron productos manufacturados por 49 mil 84.2 millones de dólares. Casi 50 mil millones. En 2016, ese monto ascendió a 336 mil 81 millones de dólares. Un brinco, “nada más”, de casi 585%.

Y dentro de la industria manufacturera, que es el gran motor de la economía mexicana, la joya de la corona es la industria automotriz, que sin duda será uno de los temas de discusión más fuertes en las recién iniciadas pláticas para la renegociación del TLCAN.

Una vez que ganó las elecciones presidenciales, Trump empezó a presionar a las grandes armadoras automotrices para que abandonaran México y regresaran a Estados Unidos.

Trump y sus negociadores tienen la mira puesta en la industria automotriz mexicana que, gracias al tratado ha descollado. En 1994 dicha industria representaba 1.9% del PIB nacional; hoy supera el 3%. También, en el primer año del TLCAN, significaba 10.9% del PIB manufacturero y ahora está más cerca de 20%.

Lo que no le gusta a Trump

Datos de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA) señalan que en 1994 México produjo poco más de 1 millón de vehículos, sobre todo ligeros, y para 2015 la producción superó los 3 millones y medio. Un brinco espectacular que permitió al país convertirse en el séptimo productor mundial de vehículos y primero en América Latina durante 2015, que son los datos consolidados más recientes.

Por delante de México están China, Estados Unidos, Japón, Alemania, Corea e India; y atrás, España, Brasil y Canadá.

También, dice la AMIA, de cada 100 vehículos producidos en el mundo, en 2015, casi cuatro fueron ensamblados en México, y 80% de la producción de vehículos está destinado a los mercados del exterior.

Es más, dice el organismo empresarial, la industria automotriz es el principal generador de divisas netas para el país. En 2015 la balanza comercial automotriz generó un superávit de 52 mil 503 millones de dólares; el saldo de esa balanza duplica los ingresos por remesas y contribuye con más de una cuarta parte del valor de las exportaciones manufactureras.

Una industria automotriz mexicana, pues, cada vez más competitiva, que no le gusta a Trump, a la que le quiere cambiar las reglas del juego, para que las armadoras se instalen en su país y se lleven los empleos que México le ha “robado”.

En el campo la historia no es muy diferente. Resulta que el TLCAN, pese a los gritos y pataleos –justos en muchos casos– de las organizaciones campesinas, ha significado una transformación que poco se conoce.

Información de la compañía Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, que dirige el experto Juan Carlos Anaya Castellanos –asesor de organismos empresariales, de empresas agropecuarias, dependencias federales y gobiernos de los tres niveles–, señala que México es el décimo productor agroalimentario en el mundo, después de Estados Unidos, China, la Unión Europea, India, Brasil y otros.

Advierte que entre 1994 y 2017 han cambiado mucho las cosas. No tanto la superficie cosechada, pues en el primer año del TLC había 18 millones 370 mil hectáreas cosechadas y en este 2017 son 20 millones 710 mil. No es mucha la diferencia. Pero sí la productividad: en 1994 hubo 154.5 millones de toneladas de productos agroalimentarios y este año van 273 millones. En 1994 el valor de la producción fue de 28 mil 177 millones de dólares y ahora es de 52 mil 212, un aumento nominal de 85.3% en el valor de la producción.

Entre enero y mayo de este año, el sector agroalimentario ocupó el tercer lugar en las exportaciones totales del país; el primer lugar lo ocupa el sector manufacturero, con 94 mil 237 millones de dólares; el segundo, el sector automotriz, con 39 mil 10 millones de dólares; el tercero, el sector agroalimentario, con 14 mil 346 millones de dólares, y en cuarto lugar el sector petrolero, con 8 mil 326 millones de dólares. Es decir, el sector agroalimentario exportó, entre enero y mayo de 2017, 72% más que el sector petrolero.

Además, según la información del Grupo Consultor en Mercados Agrícolas, mientras que en los primeros 20 años del TLC la balanza comercial agropecuaria siempre fue deficitaria, desde 2016 es superavitaria. Entre enero y mayo de este año el comercio exterior agroalimentario arrojó un saldo superavitario de 3 mil 979 millones de dólares, producto de exportaciones por 14 mil 346 millones de dólares e importaciones por 10 mil 367 millones.

Los desajustes

Lo que no se ve en el discurso del gobierno mexicano ni en las estrategias del equipo negociador es cómo hacer para que el TLCAN y su cauda de deslumbrantes éxitos lleguen al común de la gente. Porque de poco ha servido que el comercio exterior, particularmente las exportaciones, hayan crecido, en la era del tratado, a un ritmo promedio anual de entre 10% y 12%, mientras que la economía apenas lo hizo en 2.5%, que lo único que dejó en claro es que la orientación exportadora del modelo económico no creó los necesarios lazos y encadenamientos productivos con el resto de la economía nacional.

Y eso quiere decir que no tenemos una industria nacional fuerte. Sí una industria manufacturera exportadora potente pero muy concentrada. Son pocas las que realizan la mayor parte de las exportaciones. Es una industria exportadora excluyente, que prefiere tener en México a proveedores extranjeros antes que mexicanos.

Y los indicadores socioeconómicos de hoy no son diferentes de los que había antes del TLCAN. Por ejemplo, los salarios. De acuerdo con la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, dependiente de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, el salario mínimo real a mayo de 2017 (en pesos de la segunda quincena de diciembre de 2010) era de 63 pesos con 69 centavos (63.69), mientras en enero de 1994, mes de entrada en vigor del TLC, el salario mínimo real era de 81 pesos con 26 centavos (81.26).

Es decir, con todo y que el salario mínimo nominal es 80.04 pesos, en términos reales es de (en mayo pasado) 63.69 pesos, o 17.57 pesos menos que en enero de 1994. O lo que es lo mismo, el salario mínimo real de mayo de 2017 vale 22% menos que el de enero de 1994. O también, con un salario de mayo de 2017 se podía comprar un 22% menos que con un salario de 1994.

De los empleos ni qué decir. Apenas la semana pasada el Instituto Nacional de Estadística y Geografía dio a conocer los indicadores estratégicos de ocupación y empleo en el segundo trimestre de 2017. Sólo por mencionar algunos datos dramáticos: 70% de quienes tienen un empleo perciben entre cero pesos y tres salarios mínimos (240.12 pesos al día).

De las 52.2 millones de personas ocupadas 19.6 millones (38%) tienen acceso a instituciones de salud, pero la mayoría –32.4 millones (62%)– no.

En materia de pobreza, muy a pesar del 25 aniversario de la Sedesol y de los sexenales programas para abatirla, seguimos tablas. En 1992, en plenas negociaciones del TLCAN original, había 46 millones de mexicanos en condiciones de pobreza. En 2012 se llegó al extremo de 53.3 millones de pobres, de los cuales 11.5 millones estaban en pobreza extrema. Y en 2014, según el último dato consolidado del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, había 46.2 millones de pobres, de los cuales 35.6 millones vivían en pobreza moderada y 9.8 en pobreza extrema.

En suma, el espectacular desempeño del sector exportador parece haber pasado de largo para el grueso de la población… y de la propia economía, que no se vio impactada positivamente en más de 23 años de TLCAN.

14.8.17

Los comisarios del pensamiento único

Carlos Fazio

Hoy, cuando la canalla mediática está desatada en el mundo occidental, no está de más recordar que como otros términos del discurso político, la palabra “democracia” tiene un significado técnico orwelliano cuando se usa en exaltaciones retóricas o en el “periodismo” habitual, para referirse a los esfuerzos de Estados Unidos y de sus aliados para imponer la democracia liberal representativa a Estados considerados “forajidos” como la Venezuela actual.

En ese contexto, se ha convertido en un lugar común que cuando más democracia y libertades se dice reconocer y defender, más se reprime la facultad de pensar; sobre todo, la actividad de pensar a contracorriente. Con la novedad de que en la persecución del pensamiento crítico ya no hay fronteras. Pero sucede, además, que en el nuevo panóptico planetario y en el marco de la guerra de espectro completo en curso, quienes cuestionan el orden hegemónico o no se ajustan al marco del dogma establecido por los amos del universo, pueden convertirse en un objetivo político-militar.

Pensar entraña riesgos y trae consecuencias. Ello ocurre en las ciencias sociales y las humanidades, pero también en el periodismo. En la actual coyuntura, bien lo saben, entre otros, Atilio Borón (Página 12, Rebelión.org,) y Luis Hernández (coordinador de Opinión de La Jornada), quienes por practicar el ejercicio crítico de pensar con cabeza propia, son objeto de mofa, presiones y campañas de estigmatización y criminalización por un puñado de diletantes vigilantes del pensamiento único neoliberal que responden a un mismo y nauseabundo guión de Washington.

“Nicolás Maduro dictador” emite la voz del amo desde las usinas del poder mundial, y el eco es amplificado urbi et orbi por una cohorte de amanuenses subvencionados y tarifados. El esquema es simple: para el periodismo mercenario, el “Maduro dictador” sustituye hoy a “las armas de destrucción masivas” de Sadam Hussein, en 2003. El saldo de la mentira del Pentágono como arma de guerra costó más de un millón de muertos; pero eran iraquíes.

El modelo “comunicacional” está bien engrasado. Permite debates, críticas y discrepancias, en tanto se permanezca fielmente dentro del sistema de presupuestos y principios que constituyen el consenso de la elite. Es un sistema tan poderoso que puede ser interiorizado en su mayor parte, sin tener conciencia de ello. En general, quien tiene ideas equivocadas o intenta romper el molde es apartado o ignorado; pero en ocasiones puede ser satanizado por los llamados intelectuales públicos, los pensadores políticamente correctos, la gente que escribe editoriales y cosas así, y es colocado frente al paredón de la “prensa libre”.

 Recuerda Marcos Roitman que los ideólogos del actual sistema de dominación han reinterpretado los saberes y el conocimiento bajo una única racionalidad: la del capital. El capital niega su carácter totalitario. En su dimensión política, el capitalismo socializa la violencia y deslastra la historia que le resulta incómoda. Bajo los criterios de la “colonialidad del saber”, es capaz de eliminar al nazismo y al fascismo −también al franquismo, al somocismo, al duvalierismo y el pinochetismo− como fenómenos inherentes a su racionalidad.

W. Lippmann y la ingeniería del consenso

Hace más de un cuarto de siglo, en Los guardianes de la libertad (Grijalbo Mondadori, 1990), Noam Chomsky y Edward S. Herman develaron el uso operacional de los mecanismos de todo un modelo de propaganda al servicio del “interés nacional” (de EU) y la dominación imperial. Nos enseñaron a examinar la estructura de los medios (la riqueza del propietario) y cómo se relacionan con otros sistemas de poder y de autoridad. Por ejemplo, el gobierno (que les da publicidad, fuente principal de ingresos), las corporaciones empresariales, las universidades.

Asimismo, diseccionaron a los medios de elite (The New York Times, The Washington Post, CBS y otros) que marcan “la agenda” de los gestores políticos, empresariales y doctrinarios (profesores universitarios), pero también la de otros periodistas, analistas y “expertos” de los medios de difusión masiva que se ocupan de organizar el modo en que la gente debe pensar y ver las cosas.

Demostraron, en síntesis, cómo mediante la violencia psicológica o simbólica e indignantes campañas de intoxicación lingüística (des)informativas y supresiones (“las peores mentiras son las que niegan la existencia de lo que no se quiere que se conozca”, nos alerta a su vez Emir Sader); manipulaciones, normas doble-estándares y duplicidades; sesgos sistemáticos, matizaciones, énfasis y tonos, y de la selección del contexto, las premisas y el orden del día general, se lleva a cabo el control elitista de la sociedad mediante lo que Walter Lippmann denominó “la ingeniería del consenso”.

Ese modelo de propaganda −por lo general dicotómico o maniqueo: verbigracia “Maduro dictador vs. la oposición democrática de la MUD”; las hordas chavistas vs. los luchadores de la libertad de D. Trump− deja entrever que el “propósito social” de los medios es inculcar y defender el orden del día económico, social y político de los grupos privilegiados. Para ello, la fórmula es sencilla: los dueños de la sociedad utilizan a una “clase especializada” −conformada por “hombres responsables” y “expertos” que tienen acceso a la información y a la comprensión, en particular, académicos, intelectuales y periodistas− para que regule las formas de organización del rebaño desconcertado; para manufacturar el consentimiento y mantener a la chusma a raya.

Todo el sistema de ideas políticas del imperialismo tiende a argumentar su derecho a la dominación, a la supeditación del Estado a los monopolios en todas las esferas de la vida; a la manipulación de las masas y la desinformación de la “opinión pública. Según Lippmann, la labor del público es limitada. El público no razona, no investiga, no convence, no negocia o establece. Por ese motivo, “hay que poner al público en su lugar”. La multitud aturdida, que da golpes con los pies y ruge, “tiene su función: ser el espectador interesado de la acción”. No el participante.

Medios domesticados: la mentira del silencio

Para Chomsky, la tarea de los medios privados que responden a los intereses de sus propietarios, consiste en crear un público pasivo y obediente, no un participante en la toma de decisiones. Se trata de crear una comunidad atomizada y aislada, de forma que no pueda organizarse y ejercer sus potencialidades para convertirse en una fuerza poderosa e independiente que pueda hacer saltar por los aires todo el tinglado de la concentración del poder. ¿Ejemplo? Los 8.089.320 votantes que a despecho de las amenazas imperiales y la ofensiva terrorista paramilitar decidieron empoderar a los/as nuevos constituyentes.

Sólo que para que el mecanismo funcione, es necesaria, también, la domesticación de los medios; su adoctrinamiento. Es decir, generar una mentalidad de manada. Hacer que los periodistas y columnistas huyan de todo imperativo ético y caigan en las redes de la propaganda o el doble pensar. Es decir, que se crean su propio cuento y lo justifiquen por autocomplacencia, pragmatismo puro, individualismo exacerbado o regodeo nihilista. Y que, disciplinados, escudados en la “razón de Estado” o el “deber patriótico”, asuman –por intereses de clase o por conservar su estabilidad laboral− la ideología del patrioterismo reaccionario. En definitiva, el miedo a manifestar el desacuerdo termina trastocando la prudencia en asimilación, sumisión y cobardía.

Moraleja: no se vale discrepar con el consenso. Solo se debe pensar en una sola dirección, la presentada por el sistema de dominación capitalista. Y si para garantizar el consentimiento es necesario aplicar las herramientas de la guerra psicológica para el control de las masas (como azuzar el miedo, fomentar la sumisión y generar un pánico y terror paralizantes), los comisarios del gran hermano entran en operación bajo el paraguas de lo políticamente correcto, amparados por todo un sistema de dádivas y premios que brindan un poco de confort y poder acomodaticio.

La no noticia y el Consenso de Lima

Ya encarrerado, el pensamiento reaccionario se refuerza bajo un discurso de desprecio y odio clasista, xenófobo y racista. Siete jóvenes han sido quemados por parecer “chavistas” por los “demócratas” que defienden los 12 presidentes latinoamericanos del “Consenso de Lima”.

En consecuencia, aduladores de los poderes fácticos que actúan en las zonas de penumbra, los social-conformistas de los grandes medios –con el periódico El País de Madrid como buque insignia de la prensa en español− practican a diario el lenguaje operacional del orden sistémico, reproduciendo la lógica de la dominación de manera expansiva.

Así, casi cada día durante los últimos cuatro meses, en Ciudad de México, Madrid, Bogotá o Buenos Aires, el pensamiento reaccionario apuntala la contrarrevolución en Venezuela. Y ello es así porque el poder real ha creado un ejército de hombres y mujeres dedicados a mantener y reproducir la ideología dominante y desarticular el pensamiento crítico; dedicados a frenar el cambio social y democrático de los de abajo mediante “la mentira del silencio” (Sader). Es decir, negando la existencia de lo que no se quiere que se conozca, por ejemplo, en la coyuntura, la formidable victoria del chavismo bravío y los nuevos constituyentes antisistémicos (anticapitalistas y antimperialistas). O, como señala Ángeles Díez, sustituyendo la información principal por la “no noticia”: un atentado de los violentos de la MUD se atribuyó mágicamente a la “represión” de Maduro (aderezado con titulares que reforzaban una matriz de opinión con eje en el autogolpe de Estado, la violencia, el caos y la emergencia humanitaria), para difuminar la verdadera noticia: que el 30/J ocho millones respaldaron la Constituyente.

El poder reclama una única racionalidad, un solo orden, una sola intransigencia verdadera. Es por eso, también, que a la manera de divisiones y/o francotiradores de un ejército vasallo en el frente externo −y dado que toda intervención militar es precedida por una campaña de intoxicación mediática con eje en la guerra psicológica−, los paraperiodistas tienen la misión de vigilar, hostigar y presionar a quienes, como Atilio Borón y Luis Hernández, se apartan del consenso de la elite reaccionaria.

A la biopolítica del cuerpo se suma hoy la psicopolítica de la mente (Roitman). Y así, los saberes políticamente correctos forman parte del modelo de dominación y marcan el ritmo de la pulsión del poder: quienes levanten la voz y se aparten de la manada serán denigrados, hostigados y/o castigados. En sentido contrario, y en el marco de la guerra no convencional y asimétrica que libran el Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) contra el gobierno constitucional y legítimo de Nicolás Maduro y el pueblo de Venezuela, una agenda con la atención constante hacia las víctimas de la represión de la “dictadura” venezolana, ayuda a convencer al público de la maldad del enemigo y prepara el terreno para justificar la subversión de la MUD y una eventual intervención “humanitaria” del Pentágono.

Auschwitz, el trabajo sucio y los neomaccarthistas

El genocidio de Hitler y la Alemania nazi fue un acto consentido por el pueblo alemán; los hornos crematorios funcionaron a plena luz del día. Con distintas modalidades, el horror de Auschwitz y Treblinka se replica hoy en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Colombia y en el México de las fosas comunes. Las víctimas mortales de las guerras coloniales del Pentágono y la OTAN en Afganistán, Pakistán e Irak ascienden a cuatro millones. En general, la “buena prensa” de Occidente ha apoyado o justificado todas esas atrocidades. Es fácil predecir qué ocurriría en caso de estallar una intervención “humanitaria” o una guerra civil auspiciada por Estados Unidos en Venezuela.

El uso de la mentira con fines políticos es de vieja data. En 1950, el informe de la Comisión Tydings sobre el senador Joseph McCarthy y el maccarthismo, señaló: “Hemos visto utilizar aquí por primera vez en nuestra historia la técnica de ‘la gran mentira’. Hemos visto cómo, mediante la insistencia y la mezcla de falsedades (simples habladurías, tergiversaciones, murmuraciones y mentiras deliberadas), es posible engañar a un gran número de gente”.

Los periodistas, editores y directores de la gran prensa estadunidense, que con frecuencia sabían que McCarthy estaba mintiendo, escribían y divulgaron lo que él decía y dejaban que el lector, que no tenía ningún medio de averiguarlo, intentara deducir la verdad. Un día, el senador republicano John Bricker, le dijo a McCarthy: “Joe, usted es realmente un hijo de puta. Pero a veces es conveniente tener hijos de puta a nuestro alrededor para que se encarguen de los trabajos sucios”.

El propósito del maccarthismo fue revertir el pacto social keynesiano (el Estado benefactor) que redistribuía parte de las ganancias del capital hacia abajo. Ronald Reagan profundizó el proyecto conocido hoy como neoliberalismo, con epicentro en la liquidación de los bienes y la esfera pública y la mercantilización y privatización radical de todo. El macartismo hizo escuela y lo practican ahora muchos periodistas en el caso Venezuela (¡estúpidos, es el petróleo!), pero las madres no tienen la culpa…

5.8.17

Educación socioemocional: la nueva ruta para la explotación laboral

Lev Moujahid Velázquez Barriga

El siglo XXI fue el escenario de una nueva oleada de reformas curriculares neoliberales que secundaron a las de los años 90, cuyo eje articulador continuó siendo el modelo estandarizado basado en competencias; no obstante, éstas hicieron un primer intento de quitarse el estigma empresarial. Fue así que las competencias holísticas y para atender la complejidad entraron en escena con un discurso renovador, para sustentar la invasión mercantilista de la pedagogía; sin embargo, uno a uno de los planteamientos (propiciar el diálogo entre materias, aprendizajes que permitirían seguir obteniendo otros aprendizajes, aprender por proyectos y la movilización amplia de saberes, emociones, valores, aptitudes y no sólo capacidades para el trabajo) fueron sepultados con la perversa reducción del currículo a los contenidos de las pruebas estandarizadas.

Un segundo intento viene con el nuevo modelo educativo del actual sexenio, cuyos planes y programas de estudio tienen ligeros cambios, pero sin modificar la orientación empresarial. De la misma forma engañosa que el proceso anterior, aparenta tener una concepción integradora del alumno, que consiste en incorporar el desarrollo de su dimensión socioemocional; en realidad, mantiene la misma matriz economicista que se propone formar capital humano o, en otras palabras, que la escuela pública siga siendo el espacio gratuito de la iniciativa privada para la capacitación de fuerza física, intelectual y emocional para el trabajo.

El nuevo modelo educativo es el producto de un set renovado de competencias laborales que demandan los procesos reorganizativos de las empresas del capitalismo del siglo XXI, las nuevas formas de consumo personal y online, pero también de control y dominación que han adquirido otras dimensiones relacionadas con los avances científicos y tecnológicos. Por ejemplo, las neurociencias han abierto un nuevo campo de colonización que hasta hoy había sido impenetrable para el sistema de dominación: el cerebro humano, pues han descubierto que es posible la manipulación de sus funciones para hacer más eficientes las dinámicas de producción y consumo de mercancías.

Hace varios años, antes incluso que en el ámbito educativo, el mundo empresarial experimenta la estrecha relación que existe entre el desarrollo emocional de sus empleados y el crecimiento de las ganancias, entre la invención de identidades familiares de los trabajadores con la empresa y el cumplimiento de altas metas de productividad que arrastran hasta niveles inusitados de superexplotación. Un manejo adecuado del estrés en circunstancias de excesiva flexibilidad laboral ha sido esencial para contener disfuncionalidades en estos procesos de precarización del trabajo y esclavización emocional.

Lo que hay detrás de la reforma y su propuesta educativa es el modelo coaching, desarrollado para la esfera de la empresa, pero trasladado al ámbito escolar; en él juega un papel muy importante la ilusión de ser un emprendedor, que tiene como base la programación neurolingüística con el sí se puede. El reforzamiento de la autoestima cotidiana y la actitud de liderazgo autorregulan la condición opresiva en el trabajador explotado, le crean la falsa expectativa de ser ejecutivo o de llegar a serlo; las capacitaciones mediadas por la emocionalidad le impiden reconocer con claridad la sutileza de estos mecanismos de sometimiento, en los que las relaciones de seguridad social y laboral son obviadas tras estas interconexiones emocionales que le hacen sentirse un socio libre y no trabajador explotado.

La inteligencia emocional, como la denomina Daniel Goleman en su best seller del mismo nombre, ha sido también adoptada con éxito por la mercadotecnia. Los estudios de las neurociencias aplicadas a los patrones de consumo estiman que 70 por ciento de las razones que motivan una compra están asociadas a cuestiones emocionales y en menor porcentaje porque la gente realmente necesita lo que adquiere, de suerte que la contaminación propagandística empieza a utilizar de manera excesiva la posibilidad de recrear la vivencia socioemocional mediante consumo. El eslogan Destapa la felicidad ejemplifica muy bien cómo una marca de bebidas azucaradas utiliza recursos emotivos para incitar a consumir sin culpa ni raciocinio sobre las implicaciones para la salud que tienen sus productos.

En nuestra sociedad, los patrones de consumo en lugares masivos se han ido individualizando paulatinamente; entonces, cada sujeto es visto como portador personal de mercancías que siguen siendo de producción masiva, pero ofertadas de forma directa, por catálogo, desde sus redes sociales y en sus dispositivos personales, por teléfono o sin salir de casa. Por eso el nuevo modelo educativo se propone formar vendedores de mercadurías capaces de conectarse emocionalmente con los deseos, intimidades, empatías, vacíos, estímulos, miedos y necesidades comunicativas y existenciales de los consumidores.

Siguen viendo a los alumnos como potenciales portadores de habilidades para producir, vender y consumir. Educar para el desarrollo socioemocional resulta significativo para su propuesta en la medida en que es parte de las nuevas competencias que las empresas ya han incorporado a sus lógicas de producción y consumo, de superexplotación y precarización laboral, de biopoder y colonización sobre la mente humana. El humanismo que profesan es sólo una máscara y detrás de ella se esconde el rostro demacrado del mercado, la ganancia para los de arriba como fin superior de la educación neoliberal.

1.8.17

México y Venezuela: la diferencia entre dictadura y contrarrevolucion


Arsinoé Orihuela

Para Rubén Espinosa y Nadia Vera (In Memoriam)


México y Venezuela atraviesan un período de intensa crisis política. Eso nadie lo puede objetar. Lo que sí es objeto de discusión es la génesis o causa de esa crisis. Y es allí donde el analista y el público deben concentrar la atención.

Con frecuencia se dice que el problema en México es de carácter extrainstitucional; es decir, que la causa de la crisis es el narcotráfico (entendido como un agente extraño a las instituciones). Esta consigna admite matices, y generalmente acaba reconociendo que se trata de un problema que entraña “complejidad”, no sin deslizar los argumentos hacia una neutralidad inocua. En el caso de Venezuela, y sólo con escasas excepciones, las opiniones (sólo eso, “opiniones” desprovistas del imperativo de la evidencia empírica) profesan a ultranza la univocidad: todas coinciden en resaltar la responsabilidad primordial de un “gobierno autoritario” que lacera al país, dirigido por el “dictador” Nicolás Maduro. Esta consigna no admite concesiones, e irreductiblemente acaba por alentar la primitiva idea de que el problema es de una sola variable, cuya única solución es el derrocamiento por la fuerza (para la “oposición” venezolana eso significa “democracia”).

Y como el léxico es absolutamente determinante en el campo de la lucha política, cabe hacer acá algunas apreciaciones, sostenidas en hechos susceptibles de comprobación.

México es una dictadura a su modo. Una “nueva dictadura”, advierte el poeta Javier Sicilia, líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Y no es la única ocasión que alguien lo dice públicamente. Los resultados de la guerra contra el narcotráfico permiten hacer esta conjetura; y más de una organización civil comulga con el testimonio de Sicilia. En enero de 2016, Estela de Carlotto, presidenta de la organización argentina Abuelas de Plaza de Mayo, declaró, durante la presentación de un reporte de Amnistía Internacional, que “el narcotráfico es la dictadura de México”. Y agregó: “México nos duele, es el dolor de América Latina que aún tiene abierta la herida de los años más sangrientos de nuestra historia reciente”.

La hipótesis de que el narcotráfico es la dictadura en México se sostiene en indicadores que reproducen el comportamiento de las dictaduras militares en Sudamérica. Por ejemplo: las desapariciones forzadas, la tortura atribuida a efectivos militares, el encarcelamiento de opositores políticos, la eliminación física de estudiantes-defensores de derechos humanos-periodistas, y la multiplicación de ejecuciones sumarias extrajudiciales. En suma, un conjunto de acciones que por definición perfilan y constituyen una dictadura. (Glosa marginal: en mayo del año en curso, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, presentó un informe que reporta que México es el segundo país más violento del mundo, sólo detrás de Siria).

De acuerdo con Amnistía Internacional, más de 30 mil personas han sido desaparecidas desde 2006 en México. Organizaciones civiles estiman que se trata por lo menos del doble (60 mil desapariciones). En relación con esta modalidad de crimen, se calcula que cerca de 78 por ciento involucra a agentes estatales, lo que configura desaparición forzada, y, por consiguiente, crímenes de lesa humanidad. Amnistía Internacional destaca que “sólo se han dictado siete condenas a escala federal por desaparición forzada, todas ellas entre 2005 y 2010” ( La Jornada 25-II-2015). Prácticamente un 100 por ciento de impunidad.

Sobre Venezuela, la prensa hegemónica nunca acude a ese indicador, acaso porque allí la estadística es incluso menor a la de algunos países desarrollados. Cabe destacar que antes de la llegada de Hugo Chávez al poder, en ese país se registraron más de 10 mil personas desaparecidas. Y desde el inicio de la Revolución Bolivariana hasta 2013, la organización Provea tan sólo recopiló 114 casos de desaparición ( El Universal 30-IV-2015), en las que, por cierto, no está probada la participación de agentes estatales en la comisión de esos delitos. Por añadidura, cabe recordar que, tras la promulgación de la Constitución Bolivariana en 1999, por iniciativa del comandante Hugo Chávez, “Venezuela se convirtió en el primer país de América Latina en calificar la desaparición forzada como un delito de lesa humanidad” ( Correo del Orinoco 21-I-2017).

También en materia de tortura, la incidencia en México es alarmante. En octubre de 2015, Amnistía Internacional condenó la virulencia de ese delito en el país: “La epidemia de tortura en México ha alcanzado niveles catastróficos” (La Jornada 23-X-2015). Y advirtió que lo más preocupante es la rutinaria participación de la fuerza pública en la violación de un derecho humano básico (i.e. anulación de toda protección jurídica del detenido). Según datos de la Procuraduría General de la República, el número de denuncias por tortura a nivel federal aumentó más del doble entre 2012 y 2014, ya que registró un aumentó de mil 165 a 2 mil 403.

Sobre los presuntos casos de tortura contra “opositores” en Venezuela, Luis Hernández Navarro recoge un episodio ilustrativo: “Durante meses, Lilian Tintori aseguró que su esposo, Leopoldo López, estaba siendo torturado en prisión. Incluso se dijo que había fallecido. Multitud de medios dieron por buena esta versión sin corroborarla. Sin embargo, cuando el pasado 8 de julio López pasó a prisión domiciliaria, parecía más un instructor de fisicoculturismo que un reo martirizado” ( La Jornada 25-VII-2017). Por cierto, el pasado abril, la Corte Penal Internacional (CPI) desechó la denuncia por supuestas torturas sufridas por los hermanos Alejandro y José Sánchez, afiliados al partido derechista Primero Justicia, y detenidos el jueves 13 de abril ( Telesur 19-IV-2017).

De acuerdo con cálculos del senador Alejandro Encinas, en México suman alrededor de 800 presos políticos. Elena Arzaola, investigadora de l Centro de Investigación y Estudios en Antropología Social (CIESAS) estima que “cuatro de cada 10 presos en México están en la cárcel sin sentencia” ( La Opinión 22-III-2016).

Hasta antes de la escalada de violencia opositora en Venezuela en abril de este año, la propia Organización de Estados Americanos (OEA) reconoció que en ese país había 117 presos políticos, no pocos de ellos acusados por delitos graves que tienen poca o nula relación con un quehacer político legítimo. Entre ellos, el tristemente célebre Leopoldo López, actualmente libre, pero inhabilitado políticamente por hechos de corrupción, vinculado a instituciones financiadas por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), y responsable confeso de acciones desestabilizadoras. El repunte del terror inoculado por la derecha en las calles de Venezuela elevó la cifra de detenidos a 359 ( El Nacional 17-VI-2017). Pero difícilmente alguien puede argüir que se trate de “presos políticos”.

A propósito de persecuciones políticas, en México la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas sigue impune. La singularidad de este delito de lesa humanidad es que involucró a la totalidad de las instituciones de Estado: fuerza pública, corporaciones policiales, instituciones de justicia, partidos políticos, y los tres niveles de gobierno (municipal, estatal y federal). Toda una extraordinaria acción concertada para la comisión material del crimen, y la ulterior operación de ocultamiento, con el único propósito de proteger los negocios del narcotráfico. Ayotzinapa encierra una verdad políticamente inconfesable: que México es una narco dictadura.

También en Venezuela persiguen y matan bestialmente a civiles. Pero no es exactamente el gobierno el autor de esos crímenes. Otra vez Hernández Navarro relata un incidente representativo de la violencia en ese país: “Carlos Eduardo Ramírez salió a buscar empleo el jueves 18 de mayo. Alrededor de las 3 de la tarde caminaba por una de las calles cercanas a la estación del Metro de Altamira, en Caracas, cuando un grupo de unos 20 opositores al gobierno encapuchados lo abordó. De inmediato comenzaron a golpearlo con palos y piedras. Uno llevaba una pistola. ‘¡Mátalo, mátalo, mátalo! ¡Se tiene que morir ese chavista!’, le gritaron… Desde entonces, los enemigos de la revolución bolivariana no han parado de quemar a seres humanos por el delito de ser chavistas. Los fanáticos han prendido fuego a 19 personas, en su inmensa mayoría negros, pobres o funcionarios gubernamentales” ( Ibidem ).

México es uno de los peores países en el mundo para ejercer el periodismo. Hasta la fecha, hay registro de 123 periodistas asesinados desde el año 2000, y otros 25 están desaparecidos. “En la lista de los lugares más mortíferos para ser reportero, México está ubicado entre Afganistán, un país devastado por la guerra, y Somalia, categorizado como Estado fallido. El año pasado [2016] fueron asesinados once periodistas mexicanos, la mayor cifra durante este siglo” ( The New York Times 29-IV-2017). En México, “prevalece un 99.75 por ciento de impunidad en casos de violencia contra comunicadores” ( Telesur 3-V-2017).

De acuerdo con el balance cuatrimestral (enero-abril 2017) de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas de la Federación Latinoamericana de Periodistas, catorce periodistas fueron asesinados en cinco países de Latinoamérica: siete asesinatos ocurrieron en México, dos en, Perú, dos en República Dominicana, uno en Guatemala, uno en Honduras y uno más en Venezuela ( Resumen Latinoamericano I-IV-2017).

En el folio de Venezuela del sitio oficial de Reporteros Sin Frontera, las estadísticas de los últimos años sobre el periodismo en ese país registran: “cero periodistas muertos”; “cero periodistas ciudadanos asesinados”; “cero colaboradores muertos” (https://rsf.org/es/venezuela).

Cuando se le preguntó acerca de la crisis venezolana en la Conferencia de Seguridad de Aspen el pasado 20 de julio, el director de la CIA, Mike Pompeo, contestó: "Cada vez que tienes un país tan grande, y con la capacidad económica de un país como Venezuela, Estados Unidos tiene profundos intereses… Basta señalar que estamos muy optimistas de que puede haber una transición en Venezuela… Acabo de estar en Ciudad de México en Bogotá, la semana antepasada, hablando sobre este tema precisamente, intentando ayudarles a entender las cosas que podrían hacer para lograr un mejor resultado para su rincón del mundo y nuestro rincón del mundo (¡sic!)" ( El Nuevo Herald 26-VII-2017).

¿Está clara la diferencia entre una dictadura y una contrarrevolución?