Fabrizio Mejía Madrid
"Lo que digo es que no hay victoria posible porque no existen objetivos claros. Tampoco quién encabeza la guerra".
Donald Trump anunció hace unos días que Estados Unidos terminaría su
bombardeo en Irán en “dos o tres semanas”. Se rindió frente al cierre
del Estrecho de Ormuz. Se rindió también ante el supuesto uranio
almacenado. Se rindió ante el cambio de régimen diciendo que el hijo del
asesinado líder supremo es menos radical y más amable. Confunde el
cambio de régimen con el cambio de personas y ni siquiera pudo hacer un
cambio de familia.
Esta es una guerra que nunca tuvo un objetivo claro y tampoco un país
que la encabezara. Veamos. El 28 de febrero dijo que era para que Irán
no produjera un arma nuclear. Era el mismo argumento que había utilizado
en junio de 2025 para, según él, “borrar” las instalaciones
supuestamente nucleares de los iraníes. Según esto, Irán fue capaz de
volver a construir sus reactores en ocho meses. Construir un reactor
nuclear requiere de entre seis y diez años. Según Trump, Irán lo habría
hecho en ocho meses. Ahí hay una primera mentira: o en junio no “arrasó”
con las instalaciones o Irán no iba a producir nada. Las dos cosas no
pueden ser ciertas. Además, Trump se refirió a su guerra con Israel en
Asia Occidental como “un pequeño viaje”.
Hay que recordar que, primero, la administración de Trump trató de hacer
una revolución de colores en Irán aprovechando el casi nulo valor de su
moneda y el desabasto de alimentos. No salió. Luego, hicieron tres
rondas de negociaciones para lo del uranio. Hay que recordar que unas
horas antes del ataque, el ministro de Exteriores de Omán, Badr
Albusaidi, había dicho que la tercera ronda de negociaciones indirectas
entre EU e Irán en Ginebra ---cito---: “era una que alcanzará la paz
porque Irán se ha comprometido a no almacenar uranio enriquecido y que
acepta las inspecciones del órgano internacional de regulación de la
energía nuclear”. Las pláticas habían sido entre el ministro iraní Abbas
Araghchi y los enviados de Trump, incluidos Steve Witkoff y Jared
Kushner, su yerno. Así que muy probablemente la bomba nuclear de Irán
sea como tan real como las “armas de destrucción masiva” de Sadam
Hussein en la última guerra en Iraq. Pero pronto cambió de objetivo.
Tres días después, el 2 de marzo, Trump dijo que era para cambiar el
régimen de Irán y que alentaba a la oposición interna a tomar las
calles. Las mismas calles que estaban siendo bombardeadas. Lo que
sucedió no fue el final del régimen que se había fortalecido con los
ataques de junio, sino el asesinato del líder Supremo de Irán, una
figura sagrada que provocó que los combatientes iraníes vieran su muerte
como un sacrificio. Ya, al final, dijo que era para abrir el Estrecho
de Ormuz y alentó a los países europeos y asiáticos a ayudarle a
destrabarlo. Todos se negaron. Ahora mismo dice que no es su problema
porque Estados Unidos tiene mucho petróleo y, además, se robó el de
Venezuela. Esto, aunque la propia administración gringa dice que Estados
Unidos importó en enero pasado 139 mil barriles de pertróleo por día.
La autosuficiencia petrolera es también una mentira. No dijo nada de su
absoluta dependencia de los fertilizantes que pasan por el Estrecho de
Ormuz. La urea, por ejemplo, ha subido el doble, de 450 la tonelada a
860 dólares. Luego tenemos el caso del helio que no puede ser almacenado
más allá de mes y medio y que sirve para enfriar semiconductores, sean
de las máquinas resonancia magnética en los hospitales o en la
fabricación de chips. Además, el precio del barril aumenta globalmente,
no en lo nacional. Ha aumentado el 33 por ciento la gasolina y el gas en
Estados Unidos.
Pero bueno. Lo que digo es que no hay victoria posible porque no existen
objetivos claros. Tampoco quién encabeza la guerra. Marco Rubio dijo
que había sido Israel quien decidió atacar primero y que EU simplemente
lo secundó. Luego, Trump le echó la culpa a su yerno por malinterpretar
las negociaciones y, todavía después, a su extraño Secretario de Guerra
por no pensar que Irán atacaría a los países del Golfo Pérsico y que
cerraría Ormuz. Ahora él asume la guerra como victoria.
Sigue Trump: “Ésta noche, hace apenas un mes que el ejército de Estados
Unidos inició la Operación Furia Épica, dirigida contra Irán, el
principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo. En estas
últimas cuatro semanas, nuestras fuerzas armadas han logrado victorias
rápidas, decisivas y contundentes en el campo de batalla. Victorias como
pocas personas han visto antes. Esta noche, la armada iraní ha sido
destruida. Su fuerza aérea está en ruinas. Sus líderes, la mayoría de
ellos, el régimen terrorista que dirigían, están muertos. Su mando y
control sobre el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está
siendo diezmado en este preciso instante. Su capacidad para lanzar
misiles y drones se ha visto drásticamente reducida. Y sus armas,
fábricas y lanzacohetes están siendo destruidos por completo. Quedan muy
pocos”.
Aquí hay varias cosas que decir. La primera es que se pueden ganar todas
las batallas y perder una guerra. Eso ocurrió en Vietnam y Afganistán.
Ni el Frente de Liberación Nacional de Ho Chi Minh y Le Duan ganaron una
sola batalla y, aún así, Estados Unidos fue derrotado. Lo mismo con los
talibanes quienes, diez años después, siguen en el poder en Afganistán.
La segunda es que no son la armada, marina, y guardia lo que sostiene
en este momento la defensa de Irán, sino los misiles, hackeos, radares, y
el cierre del Estrecho de Ormuz.
También dice Trump: “Cancele el acuerdo nuclear con Irán de Barack
Hussein Obama, un desastre. Obama les dio mil 700 millones de dólares en
efectivo. Dinero en efectivo, dinero verde, lo sacó de bancos de
Virginia, Washington D.C. y Maryland. Todo el efectivo que tenían. Lo
transportó en avión en un intento de comprar su respeto y lealtad, pero
no funcionó. Se rieron de nuestro Presidente y siguieron adelante con su
misión de obtener una bomba nuclear. Su acuerdo con Irán habría dado
lugar a un arsenal colosal de armas nucleares para Irán. Las habrían
tenido hace años, las habrían usado y el mundo habría sido diferente. En
mi opinión —y la de muchos expertos—, no existirían ni Oriente Medio ni
Israel ahora mismo si no hubiera cancelado ese terrible acuerdo. Me
sentí muy honrado y orgulloso de hacerlo, pero fue un desastre desde el
principio”.
Aquí habría que decir que Obama no les pagó mil 700 millones de dólares a
los iraníes a cambio de que ya no produjeran una bomba nuclear. Fue una
indemnización que Estados Unidos tenían desde 1979 cuando le prometió
al Sha de Irán 400 millones en armas y no se las entregó. El litigio fue
al Tribunal de La Haya que reconoció la deuda. No fueron mil 700 sino
400. Tampoco fue en dólares en efectivo, sino en euros y francos suizos
porque Irán no tiene acceso al sistema bancario internacional, debido a
las sanciones. Las sanciones se remontan a 1984 cuando Ronald Reagan los
responsabiliza de un atentado en Líbano y les quita el acceso al
sistema financiero. Luego, en 1996, Bill Clinton impide que los
inversionistas de petróleo y gas lleguen a Irán. De 2006 a 2010 la ONU
impone sanciones extras hasta que se llega al acuerdo con Obama en 2015 y
las restricciones se aflojan. Pero es la primera presidencia de Trump
que regresa todas las sanciones hasta hacerlas las más difíciles de
sortear, como en Venezuela y Cuba.
Ahora, mucho más importante es el acuerdo de Obama con Irán. El único
problema con ese acuerdo fue que no lo firmó Trump. La Comisión de
Energía de la Unión Europea le dio seguimiento y verificó cómo Irán
desmanteló sus plantas y no almacenó más uranio. Así que cuando en 2018,
Trump desbarató el acuerdo, no había nada de malo con él. Pero Trump
descarta toda esa historia y se presenta como el gran salvador. Dice:
“En esencia, hice lo que ningún otro Presidente estuvo dispuesto a
hacer. Cometieron errores y yo los estoy corrigiendo (…) Durante años,
todos han dicho que Irán no puede tener armas nucleares. Pero al final,
son solo palabras. Si no están dispuestos a actuar cuando llegue el
momento.”
Según él este era el momento aunque todo indica que miente. Lo que no
dice es que los únicos motivos para esta guerra eran los intereses de
Israel en la región, su idea de invadir Líbano, y su delirante derecho
divino a quitarle a los demás pueblos el derecho a existir.
Luego, Trump trató de calmar a los consumidores que han visto una
inflación de 2.4 y un desempleo del 4.5. Dice: “Estados Unidos nunca ha
estado mejor preparado económicamente para afrontar esta amenaza. Todos
lo saben. Construimos la economía más fuerte de la historia. Estamos
viviendo ahora mismo la más fuerte de la historia. Y en un año, hemos
transformado un país muerto y debilitado”. Aquí tengo que interrumpir a
Trump y despertar a quien le redacta los discursos. Un país no puede
estar muerto Y debilitado. Si ya está muerto no tiene sentido
preguntarnos por su fortaleza. Sigue Donald: “Me duele decirlo, pero
éramos un país muerto y debilitado tras la administración anterior y lo
hemos convertido en el país más próspero del mundo, con una diferencia
abismal, sin inflación, con inversiones récord en Estados Unidos (más de
18 billones de dólares) y el mercado bursátil más alto de la historia,
con 53 máximos históricos en tan sólo un año. Todo esto nos preparó para
erradicar un cáncer que llevaba mucho tiempo latente. Se le conoce como
el Irán nuclear, y no sabían lo que se les venía encima. Jamás lo
habrían imaginado”. Lo de la inversión de 18 billones de dólares es una
mentira en despoblado. 18 billones de dólares son tres cuartas partes
del PIB total de Estados Unidos en 2024. Es imposible atraer una
inversión de ese tamaño en un año que lleva Trump. La Oficina de
Análisis Económico del Departamento de Comercio de los Estados Unidos ha
dicho que la inversión es de 151 mil millones de dólares, es decir, 133
mil millones de dólares menos de lo que repite Trump.
Pero la mentira no lo detiene en su afán de hablar de sí mismo en
tercera persona. Dice: “Gracias a las políticas de la administración
Trump, producimos más petróleo y gas que Arabia Saudita y Rusia juntas”.
Esto es inexacto porque Estados Unidos produce 13 millones de barriles
diarios y Rusia más Arabia llegan a 20 millones. Pero se le perdona su
inexactitud porque viene lo bueno: su rendición sobre lo que provocó su
guerra junto con Israel, el cierre del Estrecho de Ormuz. Dice: “Estados
Unidos prácticamente no importa petróleo a través del Estrecho de Ormuz
y no lo hará en el futuro. No lo necesitamos. No lo hemos necesitado, y
no lo necesitamos. Hemos derrotado y diezmado por completo a Irán.
Están diezmados militar y económicamente, y en todos los demás aspectos.
Y los países del mundo que reciben petróleo a través del Estrecho de
Ormuz deben cuidar ese paso. Deben valorarlo. Deben aprovecharlo y
valorarlo. Podrían hacerlo fácilmente. Les ayudaremos, pero deberían
tomar la iniciativa para proteger el petróleo del que dependen
desesperadamente. Ármense de valor. Deberían haberlo hecho antes.
Deberían haberlo hecho con nosotros, como les pedimos. Vayan al frente y
simplemente tómenlo, protéjanlo, úsenlo para ustedes. Irán ha sido
prácticamente diezmado. Lo más difícil ya está hecho, así que debería
ser fácil. Y en cualquier caso, cuando termine este conflicto, el
estrecho se abrirá naturalmente. Simplemente se abrirá. Querrán vender
petróleo porque es lo único que tienen para intentar reconstruir. El
flujo se reanudará y los precios del gas bajarán rápidamente. Las
cotizaciones bursátiles volverán a subir rápidamente. Francamente, no
han bajado mucho. Bajaron un poco. Pero han tenido días muy buenos en
los últimos días. De hecho, nos ha ido mucho mejor de lo que pensaba.
Pero tuvimos que hacer ese pequeño viaje a Irán para eliminar esta
terrible amenaza”.
Hasta ahí, Trump le estuvo hablando a los bolseros de Wall Street. Ahora
se dirigió a su base, la del MAGA, que es básicamente guerrerista y
xenófoba. A ellos les dedica su retórica de la crueldad, aunque sepa que
está admitiendo crímenes de lesa humanidad: “Vamos a atacarlos con
extrema dureza durante las próximas dos o tres semanas. Los vamos a
hacer retroceder a la Edad de Piedra, donde pertenecen. Mientras tanto,
las negociaciones continúan. El cambio de régimen no era nuestro
objetivo. Nunca hablamos de un cambio de régimen, pero este se ha
producido debido a la muerte de todos sus líderes originales. Todos
están muertos. El nuevo grupo es menos radical y mucho más razonable.
Sin embargo, si durante este tiempo no se llega a un acuerdo, tenemos la
vista puesta en objetivos clave. Si no hay acuerdo, atacaremos con
fuerza todas y cada una de sus centrales eléctricas, probablemente de
forma simultánea. No hemos atacado sus instalaciones petroleras, aunque
sean el objetivo más fácil, porque no les daría ni la más mínima
posibilidad de sobrevivir o reconstruirse. Pero podríamos atacarlas y
desaparecerían. Y no podrían hacer nada al respecto. No tienen equipo
antiaéreo. Su radar está completamente destruido. Somos una fuerza
militar imparable. Las instalaciones nucleares que arrasamos con los
bombarderos B-2 han sido atacadas con tal intensidad que tardaríamos
meses en acercarnos al polvo nuclear. Además, las mantenemos bajo una
intensa vigilancia y control satelital. Si vemos que hacen algún
movimiento, incluso un intento de ataque, los atacaremos con misiles con
gran contundencia. Tenemos todas las de ganar. Ellos no tienen
ninguna”. Es decir, Trump está amenazando con derruir instalaciones que
está prohibido atacar sin enfrentar un juicio por genocidio en La Haya.
El Presidente de los gringos culminó su discurso con este párrafo
olvidable mañana en el desayuno: “El país ha sido devastado y, en
esencia, ya no representa una amenaza. Eran los matones de Oriente
Medio, pero ya no lo son. Esta es una verdadera inversión en el futuro
de sus hijos y nietos. El mundo entero está observando y no pueden creer
el poder, la fuerza y la brillantez; simplemente no pueden creer lo
que ven. Déjenlo a su imaginación, pero no pueden creer lo que ven: la
brillantez del ejército de Estados Unidos. Esta noche, todos los
estadounidenses pueden esperar con ilusión el día en que finalmente nos
liberemos de la maldad de la agresión iraní y del espectro del chantaje
nuclear. Gracias a las medidas que hemos tomado, estamos a punto de
poner fin a la siniestra amenaza de Irán para Estados Unidos y el mundo.
Y les aseguro que el mundo está observando. Y cuando lo logremos,
cuando todo haya terminado, Estados Unidos será más seguro, más fuerte,
más próspero y más grande que nunca”.
Y todos sabemos que no es más seguro, sino mucho más caro.
3.4.26
La rendición de Trump
16.2.26
Marco Rubio y sus peones en México
Carlos Fazio
En su campaña presidencial para 2028, el secretario de Estado y
consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Marco Rubio, trae
agenda propia. Producto de la mafia terrorista cubano-estadunidense
que históricamente ha lucrado con la industria de la
contrarrevolución al sur de la Florida, Rubio opera una diplomacia
paralela que responde a los intereses del anticastrismo militante y
del sionismo colonizador-genocida.
Mentiroso pertinaz y compulsivo, como documentó la plataforma
independiente Drop Site News, Rubio desinforma y manipula a Donald
Trump acerca de las “conversaciones” con Caracas y La Habana. Y en
su cínica y engañosa relación con México, utiliza a sus alfiles de
Miami y a sus quinta columnas domésticos como agentes provocadores y
de penetración con fines desestabilizadores golpistas. Ejemplos de
los primeros son el congresista republicano Carlos Giménez y sus
correligionarios, Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar, a
quienes sumó a últimas fechas una figura de su propia creación: la
tarifada Rosa María Payá, su proxy infiltrada en la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA, bendecida por
los veteranos ex activos de la CIA, Frank Calzón y Carlos Alberto
Montaner. Entre los segundos figuran el ex canciller Jorge G.
Castañeda, Ricardo Salinas Pliego, Federico Döring, Beatriz Pagés,
René Bolio Hallorán, Juan Peña Nader, Mariana Gómez del Campo,
Francisco García Cabeza de Vaca y otros vendepatrias amanuenses de
poca monta como Carlos Alazraki, Carlos Tello Díaz y Jorge Fernández
Meléndez.
Hijo putativo de la ex congresista Ileana Ros-Lehtinen ( la Loba
feroz), y respaldado en sus orígenes políticos por la Fundación
Nacional Cubano Americana (FNCA) del CEO Jorge Mas Canosa y
dirigentes de la Brigada 2506 –organización directamente asociada a
la invasión mercenaria de Bahía de Cochinos derrotada en playa
Girón–, Rubio también contó entre sus padrinos al terrorista confeso
Luis Posadas Carriles (“Pusimos la bomba, ¿y qué?”), copartícipe,
con Orlando Bosch, del atentado en pleno vuelo contra la aeronave de
Cubana de Aviación en 1976, en el cual murieron 73 personas, y
Orlando Gutiérrez Boronat, líder del Directorio Democrático Cubano,
organización fachada de la Agencia Central de Inteligencia.
Vinculado al movimiento conservador Tea Party, Rubio obtuvo en 2010
la senaturía por el Partido Republicano en Florida, y seis años
después, con apoyo de los neoconservadores, el ala más militarista
del estamento de seguridad nacional republicano, compitió por la
presidencia de Estados Unidos con Donald Trump, contando entre sus
donantes a megamillonarios como Larry Ellison, fundador de Oracle,
contratista del Pentágono; el magnate de los casinos Sheldon Adelson
(y luego su viuda Miriam); el gestor de hedge funds Paul Singer,
estrecho aliado del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y
miembro de la Coalición Judía Republicana, un lobby de presión a la
derecha del AIPAC, e instituciones bancarias como Goldman Sachs,
Morgan Stanley y Bank of America. En un giro pragmático oportunista,
Little Marco −como lo llamó entonces de manera burlona el magnate−,
se alió después con su vencedor, cortejando a los líderes de MAGA y
a personajes influyentes del entorno trumpista como Stephen K.
Bannon y Donald Trump Jr. y se ha convertido en el miembro más
poderoso del gabinete, siendo el primer secretario de Estado que
ocupa simultáneamente la cartera de asesor de seguridad nacional
desde Henry Kissinger.
Desde esa posición de fuerza Rubio opera las políticas de cambio de
régimen contra Cuba y Venezuela, y en el caso mexicano mueve sus
fichas y estrecha vínculos con la ultraderecha palafrenera cipaya.
Esa fue la tarea principal del congresista Carlos Giménez y la
comisionada anticastrista de la CIDH, Rosa María Payá, durante sus
recientes visitas a México. Tras su encuentro con los legisladores
Kenia López (PAN), Alejandro Moreno (PRI) y Pedro Haces (Morena),
Giménez, un ex bombero representante del condado Miami-Dade, se
reunió con el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson,
y rindió pleitesía a los marines de la sede diplomática.
Posteriormente denostó a la presidenta Claudia Sheinbaum por seguir
con lo que llamó “su patética jugada de saquear al pueblo mexicano”
para “oxigenar a sus compinches de la dictadura moribunda en Cuba”;
“¡Desde el Congreso de Estados Unidos denunciamos su penosa
desfachatez!”, escribió en X. A su vez, con su discurso de odio e
impulsando las matrices de opinión de la CIA, Rosa María Payá
participó a hurtadillas el 22 de enero pasado, en un foro contra
Cuba organizado en la Universidad de la Libertad del empresario
Ricardo Salinas Pliego, que derivó en el envío de una nota
diplomática de la cancillería mexicana a la secretaría ejecutiva del
organismo de la OEA.
Peones de Marco Rubio en el sur de la Florida, Carlos Giménez y su
colega María Elvira Salazar, enfrentan contradicciones con la
política migratoria de Trump en ese estado de cara a las cruciales
elecciones de medio término. Si bien Rubio no puede oponerse
abiertamente a la agenda del presidente sin pagar costos políticos
inmediatos, rehén del anticastrismo radical que opera como un factor
de disciplinamiento interno dentro del Partido Republicano sí puede
condicionar la información de inteligencia que recibe y administrar
los tiempos de la diplomacia en su beneficio personal. No es el caso
de Salazar, quien enfrenta ahora la hostilidad de organizaciones
como la John Birch Society, que al grito de “América para los
americanos”, pide, con el estratega Anthony Sisk, la deportación de
la congresista de origen cubano.
18.1.26
El síndrome de China y el declive estadounidense
Richard Seymour
I.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) sorprende, dada la
histórica agonía de Trump ante el auge de la superpotencia china, ya que
en su mayor parte no trata sobre China.
Su principal preocupación es la defensa de la patria, es decir, las
guerras culturales, las fronteras y la preservación del dominio étnico
blanco. En segundo lugar, en la escala de preocupaciones, se encuentra
Europa, especialmente el refuerzo de la extrema derecha europea contra
la «eliminación» de la civilización. China, retratada desde la NSS de
2015 como una «potencia revisionista», ocupa el tercer lugar. Gran parte
del documento se dedica a alabar la política comercial de Trump, que ha
fracasado estrepitosamente este año.
Voy a argumentar que la política comercial de Trump fracasó porque,
entre otras razones, se basaba en una comprensión espectacularmente
anticuada e inexacta del capitalismo chino. Pero hay que distinguir
entre lo que se sabe oficialmente y lo que se fantasea
extraoficialmente. La administración Trump tiene acceso a información
extremadamente sofisticada y actualizada sobre China, y se basa en ella.
Sin embargo, la formulación de políticas se ha visto distorsionada
durante años por un «síndrome de China» bipartidista, que oscila entre
la fascinación sinomaníaca y el pánico sinófobo, el odio y la admiración
por un país que actúa sin piedad, que controla los medios de producción
(dixit Hillary Clinton) y logra lo que nosotros no nos atrevemos, la
moralización compensatoria sobre las prácticas «desleales» y el «engaño»
de China, salpicada de exuberantes arrebatos de envidia emulativa
(deberíamos ser más como ellos), las fantasías recurrentes sobre China
como titiritero omnipotente, invasor y espía (TikTok, pánico por los
globos meteorológicos), máquina hiperracional, déspota oriental
irracional, etc., todo ello sugiere que China no es solo otro rival
geopolítico, sino una pantalla en la que la clase dirigente
estadounidense percibe su propio estancamiento, incoherencia y
decadencia.
Como sabemos, los aranceles de Trump a China se basaban en última
instancia en una versión idiota de la hipótesis de Pettis-Miran, y el
documento refuerza esta lógica. Según la teoría, China ha podido crecer
mientras reprimía el consumo interno y acumulaba un exceso de ahorro
gracias al enorme superávit comercial generado por la manipulación
monetaria. El papel de Estados Unidos como emisor de la moneda de
reserva mundial le obliga a absorber el exceso de ahorro de otros países
a través de los déficits comerciales. El resultado del espectacular
crecimiento de China ha sido que Estados Unidos y Europa se han visto
inundados de productos básicos baratos que han dejado de fabricar ellos
mismos. Esto ha hecho que Estados Unidos sea menos competitivo, incluso
en la floreciente región del Indo-Pacífico. Los aranceles, al obligar a
China a internalizar la demanda en lugar de exportarla —es decir, a
redistribuir los ingresos entre los hogares— corregirían este
desequilibrio.
Si esto le parece más plausible de lo que esperaba, hay una razón para
ello. La versión del argumento representada por Michael Pettis tiene su
origen en la izquierda y ha sido muy influyente en ella. Tanto The Great
Rebalancing (2013) como Trade Wars are Class Wars (con Matthew Klein,
2020) afirman esta relación entre la balanza por cuenta corriente y la
desigualdad interna. Por lo que yo sé, los datos empíricos son bastante
confusos en cuanto a si esta relación se aplica de manera general, pero
parecía encajar bastante bien con China. Al fin y al cabo, China había
crecido gracias a una espectacular explotación laboral, se había
expandido a través de las exportaciones a Estados Unidos y Europa, tenía
unas tasas de consumo de los hogares comparativamente bajas y había
acumulado un exceso de ahorro que gastó en gran parte en bonos del
Tesoro estadounidense. Ho-fung Hung acogió con satisfacción The Great
Rebalancing con algunas salvedades cuando se publicó por primera vez, y
ofreció una versión de la tesis en su propio libro The China Boom
(2015).
La teoría encajaba en un conjunto más amplio de argumentos sobre China
que iban en contra de la corriente de la sinomanía y sus productos
intelectuales. Por ejemplo, Martin Jacques, en When China Rules the
World, argumentaba que la civilización-Estado china estaba a punto de
desplazar a Occidente como centro de gravedad económica en favor de un
orden más flexible y sinocéntrico, basado no en bases militares ni
siquiera en la aceptación de valores, sino en el crecimiento, el crédito
y las oportunidades. Pero la tesis de Pettis apoyaba el argumento de
que China no era ni una alternativa al neoliberalismo ni un serio
competidor por el poder mundial, porque dependía demasiado de las
instituciones neoliberales y de Washington. Luchaba por mejorar su
posición dentro de un orden liderado por Estados Unidos, no por erigirse
en rival.
Desgraciadamente, esos argumentos, que habrían estado muy de moda en los
años noventa y principios de los dos mil, ya estaban quedando obsoletos
en la década de 2010.
II.
Tomemos como ejemplo The China Boom, de Ho-fung. En esencia, sostiene
que el auge de China se basó en invertir en las ciudades costeras para
impulsar las exportaciones: el «segmento de la economía» más «integrado
en el orden neoliberal global». Al estar impulsado por las
exportaciones, suprimió el consumo interno y produjo desigualdades
asombrosas (especialmente entre las zonas urbanas y rurales), lo que lo
hizo dependiente de los mercados estadounidenses y europeos. Su stock
acumulado de inversión extranjera directa (IED) fue pequeño (317 000
millones de dólares, frente a los 3,3 billones de dólares de Estados
Unidos).
Esta dependencia también implicó a China en la perpetuación de la
hegemonía del dólar, tanto por la vinculación del renminbi al dólar
desde 1994 para impulsar las exportaciones como por la adquisición de
1,2 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense para absorber
sus enormes reservas de divisas: Krugman calificó su compulsión por
comprar valores estadounidenses como la «trampa del dólar» . Esto le dio
a China la opción nuclear de deshacerse de sus activos en dólares en
cualquier momento, para provocar el caos financiero y fiscal en Estados
Unidos, pero no tenía ningún incentivo para hacerlo. China, lejos de
representar una alternativa al capitalismo neoliberal liderado por
Estados Unidos, había elegido un camino de desarrollo que la hacía
dependiente del dominio estadounidense y la encerraba en una
codependencia desequilibrada con el capitalismo estadounidense: lo que
Niall Ferguson denominó «Chimerica». Al reproducir el neoliberalismo a
nivel interno, también sufrió una acumulación de deudas incobrables y
una sobreacumulación de capital, problemas que las intervenciones
estatales solo habían aplazado, pero no resuelto.
Algunos de estos argumentos quedaron obsoletos tan pronto como China se
unió a la Organización Mundial del Comercio. Por ejemplo, el RMB no
había estado vinculado al dólar desde 2005 (y de nuevo, brevemente en
2008-10), y la moneda se había apreciado frente al dólar durante la
década siguiente. La inversión comenzó a desplazarse hacia el interior
con una serie de estrategias regionales: «Apertura del Oeste» (2000),
«Revitalización del Noreste» (2003) y «El auge del Centro» (2004). En
consecuencia, la tendencia al alza de la desigualdad interna se detuvo
(sin revertirse de manera significativa). La participación del comercio
en el PIB había disminuido sustancialmente desde mediados de la década
de 2000. En consecuencia, la fuerte caída de la participación del
consumo de los hogares en el PIB se detuvo y se invirtió alrededor de
2010. Las cifras recientes sugieren que el consumo de los hogares
representa la mayor parte del crecimiento (82,5 % el año pasado).
Esto no es principalmente el resultado de las transferencias sociales.
Como dijo Xi Jinping en 2021, denunciando el izquierdismo
latinoamericano, el Gobierno estaba decidido a no apoyar a «los
perezosos a través del «asistencialismo»». Más bien refleja una
combinación de maduración estructural, el ascenso de China en la cadena
de valor mundial y las políticas desplegadas bajo la rúbrica de la
iniciativa «Made in China» (2015), diseñada para estimular el consumo
interno de productos chinos.
Para ser justos, el análisis de Ho-fung sobre las tenencias del Tesoro
chino, el énfasis en las exportaciones a los mercados de EE. UU. y la
UE, y la inversión extranjera directa acumulada aún no estaba claramente
desfasado en 2015. Sin embargo, desde entonces, la inversión china
tanto en EE. UU. como en la UE se ha desplomado, sus tenencias de bonos
del Tesoro estadounidense han caído desde el máximo alcanzado en 2012
(no se trata solo de una venganza por el «Día de la Liberación») y el
stock acumulado de IED de China a finales de 2024 era de 3,14 billones
de dólares. Durante años, ha estado entre los tres principales
inversores extranjeros. China, como admite la NSS, se ha convertido en
un importante exportador de capital, cada vez más, a través de la
Iniciativa del Cinturón y Rutas de la Seda, a países de ingresos bajos y
medios. En otras palabras, desde su adhesión a la Organización Mundial
del Comercio, China se ha vuelto mucho menos dependiente de los mercados
estadounidenses, las exportaciones y el dólar.
Lejos de que la rivalidad entre Estados Unidos y China esté impulsada
por los desequilibrios comerciales, el último libro de Ho-fung, Clash of
Empires (2022), presenta un argumento muy bien documentado de que surge
de una lucha entre las empresas estadounidenses y los gigantes chinos
emergentes respaldados por el Estado. Las empresas estadounidenses
habían formado un gran y poderoso lobby chino en el Congreso durante las
décadas de 1990 y 2000. En la década de 2010, se dieron cuenta de que, a
medida que China ascendía en la cadena de valor, también promovía a sus
propias empresas nacionales líderes en los mercados chinos y se
preparaba para competir con el capital estadounidense en los mercados
extranjeros. Retiraron su apoyo y se produjo un rápido movimiento
bipartidista contra China, lo que creó el espacio político en el que la
Administración Trump pudo iniciar las guerras comerciales. La ironía es
que, al hacerlo, hizo más plausible la predicción de Jacques.
III.
¿Qué pasó con el capitalismo chino y cómo? En 2018, Xi Jinping se jactó
de que el liderazgo del PCCh era la «mayor ventaja competitiva» del
país. «En los ámbitos militar, científico y civil, en todas las
direcciones, el liderazgo del Partido lo es todo».
Tal es la grandilocuencia del poder, concretamente de los príncipes, la
nomenklatura y los «capitalistas rojos» que gobiernan el PCCh. Tal es
también la confianza en sí mismo de un sistema de poder dinástico: Xi
proviene de una generación de hijos de líderes revolucionarios. Sin
embargo, cuando se consideran las transformaciones impulsadas por las
políticas del capitalismo chino (estrategias de desarrollo interior,
«Belt and Roads», «Made in China») y la incapacidad equivalente de los
Estados capitalistas occidentales para ajustarse racionalmente a sus
propios intereses —para comportarse como el «capitalista colectivo
ideal», como Engels describió al Estado capitalista—, es casi tentador
pensar que tiene razón. De hecho, el extraordinario éxito del
partido-Estado en el desarrollo capitalista ha provocado en la última
década un renovado interés por las ideas del «capitalismo de Estado». Y
es cierto que los cambios que describo fueron coextensivos con una
centralización del poder económico decisivo en manos del Estado, una
difusión del control del partido en el capital privado y una infusión de
la alta burguesía en el partido.
Pero el «capitalismo de Estado» es un concepto demasiado abstracto para
captar la forma cambiante del sistema chino. No capta las
especificidades y tensiones de la relación entre el Estado y el
capitalismo en la China actual. Irónicamente, la etiqueta se aplica
mejor al período en el que China no se proclamaba capitalista: los
treinta años transcurridos desde la revolución hasta 1978. (Véase Owen
Miller et al para un estudio comparativo del capitalismo de Estado en el
Asia oriental de la posguerra). La revolución dio poder al liderazgo de
un ejército guerrillero de base campesina que, cuando tomó el control
de la industria, la tierra, los bancos y el comercio, se convirtió en
una nueva clase burocrática estatal. La burocracia se comportó como un
capitalista colectivo, explotando la mano de obra bajo la presión de la
competencia geopolítica, a través de la cual se impuso la ley del valor.
(Existe un debate válido, que aquí solo señalo, sobre hasta qué punto
la ley del valor puede aplicarse realmente cuando la mano de obra no
está generalmente mercantilizada). A través de la colectivización
forzosa y el Gran Salto Adelante, el Estado trató de disciplinar a la
mano de obra, romper los cuellos de botella en la producción y acelerar
la acumulación primitiva de capital industrial. Las reformas posteriores
a 1978 no fueron una restauración, sino una mutación, impulsada en
parte por la necesidad desesperada de producir en masa bienes de la
industria ligera.
Lo que surgió en la década de 1980 fue una forma extrañamente rural y
descentralizada de capitalismo dirigido por el Estado, sin ningún
equivalente al MITI japonés o a la Junta de Planificación Económica de
Singapur. Los gobiernos locales debían crear empresas municipales y
rurales (TVE) en el campo, controlar los ingresos y gestionarlas como
corporaciones diversificadas.
Yasheng Huang, defensor del espíritu emprendedor del capitalismo rural
chino, afirma que de los 12 millones de TVE que había en 1985, unos 10
millones eran «completa y manifiestamente privadas». Eso no es
literalmente cierto. La mayoría eran propiedad y estaban gestionadas por
partidos locales, y empleaban a unos 69,8 millones de personas. Las
empresas privadas, que empleaban a unos 4,75 millones de personas, a
menudo se hacían pasar por públicas —lo que se conoce como «llevar el
sombrero rojo»— porque el sistema bancario estatal estaba cerrado a los
capitalistas privados. (Nota: el término «privado» se utiliza aquí por
conveniencia: nunca ha tenido una definición jurídica clara en China).
Esto era importante: la apertura del capitalismo privado tenía que
gestionarse políticamente. Mientras que las empresas estatales (SOE)
seguían teniendo la obligación de proporcionar empleo de por vida,
vivienda, asistencia sanitaria, escuelas, pensiones, etc. —el «bol de
arroz de hierro»—, las TVE no solo absorbían el excedente de mano de
obra, sino que eran la base de ingresos de los pueblos y municipios. Lo
que es justo decir es que se comportaban más como capitalistas privados
que como empresas estatales, aplicando un régimen laboral sin
prestaciones sociales completas y, por lo tanto, explotando la mano de
obra de forma más eficaz. Su productividad se disparó, mientras que las
OSE se quedaron rezagadas.
El PCCh no tenía intención de abolir simplemente el sistema de
planificación, por lo que desarrolló un mercado basado en la pequeña
producción de mercancías paralelo a él. Sin embargo, a finales de los
años ochenta ya se había alcanzado el límite máximo. La producción rural
estaba muy dispersa, era de baja tecnología, requería mucha mano de
obra y no podía integrarse fácilmente en los mercados mundiales. Aquí es
donde entran en juego las zonas económicas especiales (ZEE) y la
estrategia de desarrollo costero. Las ZEE se abrieron por primera vez a
principios de la década de 1980, basándose en un concepto del
capitalismo irlandés de la posguerra en el que se atraía la inversión
extranjera directa con incentivos fiscales especiales. Las primeras ZEE
se abrieron en Shenzhen, Shantou, Zhuai y Xiamen, y se crearon como
enclaves controlados políticamente en los que operaban el capital
extranjero, la fabricación para la exportación y los precios de mercado.
La tierra seguía siendo de propiedad estatal, las finanzas estaban bajo
control estatal y la mano de obra migrante procedente del campo se veía
políticamente precaria debido al sistema hukou.
El capitalismo chino se elaboró, entonces, a través de modelos de
explotación en capas, dentro de las limitaciones impuestas por los
requisitos de seguridad del régimen. En los años ochenta, el capitalismo
rural lideraba; en los noventa, el capitalismo industrial de
exportación estaba al mando, con la expansión y el alcance de las ZEE.
El cambio al capitalismo de exportación estaba fuertemente vinculado a
los mercados estadounidenses. La mayoría de las exportaciones se
dirigían directamente, o a través de Hong Kong, a los Estados Unidos. Y
el PCCh cortejó a empresas estadounidenses como Boeing, AT&T y
Caterpillar, para asegurarse de que el estatus de «nación más
favorecida» de China no estuviera vinculado a los derechos humanos, como
exigían los sindicatos estadounidenses. En esto, como documenta
Ho-fung, tuvieron éxito. El efecto de este modelo fue prácticamente el
que describe Pettis: un aumento vertiginoso de la desigualdad por clases
y regiones, una caída en picado de la participación del trabajo en la
renta nacional, una disminución del consumo de los hogares y un
superávit comercial constante. Es más difícil demostrar la afirmación de
Ho-fung, y también la de altos cargos de la Administración Trump, de
que esto costó puestos de trabajo en el sector manufacturero
estadounidense, ya que la participación del empleo en este sector
llevaba décadas disminuyendo en las principales economías capitalistas.
IV.
Obviamente, la adhesión a la Organización Mundial del Comercio en 2001
impulsó inicialmente esas tendencias. China se convirtió en la «fábrica
del mundo» y su superávit por cuenta corriente se disparó. Sin embargo,
el partido-Estado no se contentaba con permanecer en la parte inferior
de la cadena de valor.
Y el PCCh reforzó su control económico incluso después de la «gira por
el sur» de Deng, en la que se alabaron las reformas del mercado, a pesar
de que las TVE y las SOE fueron despojadas de sus obligaciones sociales
y privatizadas (una vez que el sector exportador fue lo suficientemente
grande como para absorber la mano de obra desplazada), e incluso cuando
se estaba desarrollando un sistema financiero moderno bajo el impulso
de Zhu Rongji.
La construcción de la distintiva máquina de inversión de China en la
década de 2000 se produjo en un contexto de reacción contra el bloque
liberalizador, costero y orientado a las finanzas del Politburó, cuyas
reformas fueron acusadas de causar anarquía, desigualdad excesiva y
hacer que China dependiera demasiado del capital extranjero. El
liderazgo de Hu Jintao y Wen Jiabao reflejó ese cambio, y los planes de
desarrollo regional resultantes movilizaron enormes esfuerzos
crediticios, infraestructurales e industriales para mitigar las
desigualdades desestabilizadoras. Se ampliarían los mercados, pero se
reforzaría el control político sobre las condiciones del metamercado.
Los cuatro grandes bancos creados a partir del Banco Popular de China se
comercializaron, pero siguieron bajo control político. Justo antes de
que China se incorporara a la OMC, Zhu Rongji había orquestado una
limpieza del caos bancario derivado de la crisis financiera asiática de
1998. Las deudas impagables de los bancos estatales se transfirieron a
empresas de gestión de activos creadas especialmente para ello, y los
bancos se recapitalizaron. Esto los dejó en buena salud y listos para
salir a bolsa con éxito, pero las acciones de control seguían en manos
de Central Huijin Investment (un fondo soberano estatal) y del
Ministerio de Finanzas. El crédito siguió estando subvencionado y
fácilmente disponible para las empresas estatales que, a pesar de su
retraso en productividad, eran estratégicamente importantes. El control
estatal de la tierra también se convirtió en un elemento central de su
modelo fiscal, ya que los gobiernos locales utilizan las rentas de la
tierra como garantía para el crédito bancario.
La reforma de las empresas estatales restantes también afianzó el
control del partido-Estado. Pasaron a estar bajo el paraguas de la
Comisión de Supervisión y Administración de Activos Estatales del
Consejo de Estado (SASAC), que, como accionista estatal de las
principales empresas estatales, actuaba como gestora de activos. El
objetivo de la SASAC era hacer que las empresas estatales funcionaran
más como gigantes comerciales, manteniendo al PCCh al mando. El antiguo
sistema de planificación no se desmanteló, sino que se reformó. La
Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (NDRC) no planificaba
directamente la producción y el consumo como la antigua Comisión Estatal
de Planificación. Más bien, trasladó la planificación a un nivel más
abstracto, movilizando recursos y orientando las políticas hacia
objetivos generales de desarrollo. Y el plan era, según el Plan a Medio y
Largo Plazo para la Ciencia y la Tecnología publicado por el Consejo de
Estado en 2006, con la aportación de miles de expertos, sacar a China
del montaje de bajo valor y empujarla hacia sectores de mayor valor y
alta tecnología.
Cuando Xi Jinping asumió la presidencia en 2012, las élites costeras
podrían haber esperado un nuevo impulso hacia la reforma impulsada por
el mercado. Xi no era un representante de la izquierda del partido,
había hablado de «reformas del lado de la oferta» y estaba especialmente
comprometido con la liberalización del sector financiero. De hecho,
inicialmente siguió adelante con medidas para reformar los tipos de
interés, dar más libertad a los bancos comerciales y abrir los mercados
de capitales a los inversores extranjeros, pero todo ello se vio frenado
por la agitación del mercado de valores en 2015. Lo que surgió entonces
fue un Xi muy diferente, estatista, bajo cuyo mandato el PCCh extendió
su alcance a todos los aspectos de las relaciones internas y externas de
China, incluyendo sobre todo el resurgimiento de las células del
partido dentro de las empresas: más del 73 % de las empresas privadas
habían establecido células del partido en 2018. Si los mercados iban a
expandirse, el liderazgo político a nivel de la toma de decisiones
corporativas era aún más vital. El Estado también creó empresas de
inversión de capital para comprar participaciones en empresas privadas y
así obtener más influencia, lo que resultó crucial durante la crisis
financiera de 2015, ya que los fondos de participación estatal pudieron
comprar un total de 1,3 billones de RMB en acciones.
La política industrial también se amplió al sector privado. Antes de
2015, la política industrial funcionaba a través de las empresas
estatales, los bancos estatales, las infraestructuras y la contratación
pública. Sin embargo, el problema es que las empresas estatales acumulan
pérdidas y emplean a una pequeña parte de la población activa. Son
estratégicamente importantes, pero no constituyen una gran fuente de
influencia industrial. Made in China 2015 cambió eso: identificó
sectores clave como la robótica, la industria aeroespacial y los
semiconductores, y les fijó objetivos explícitos. Si aceptaban estos
objetivos nacionales, obtendrían acceso a crédito barato, demanda
estatal, ventajas normativas, financiación para I+D, concesiones de
terrenos y mercados nacionales protegidos. «Campeones» nacionales como
Huawei, BYD, CATL, DJI y SMIC se vieron envueltos en esta red de
coordinación público-privada. Este es el tipo de desarrollo que enfrentó
a las empresas estadounidenses con China y llevó a un importante grupo
de presión empresarial (Morgan Stanley, GM, Playboy, etc.) a exigir
medidas contra las distorsiones del mercado chino y la manipulación de
la moneda. Esta es la base de la rivalidad interimperialista que se está
desarrollando entre China y Estados Unidos, y del síndrome de China.
Lo que hemos visto aquí no es una retirada progresiva del poder estatal
de la economía. Más bien, el control estatal se reestructuró en torno al
control estratégico de los fundamentos de la producción y las finanzas,
y luego del propio sector empresarial. La tendencia ha sido difuminar
la distinción entre lo estatal y lo no estatal, tanto en la economía
como en la sociedad en general. Por eso, la mejor descripción de lo que
ha surgido bajo Xi (Pearson et al, 2023) es «capitalismo de
partido-Estado». Si los filamentos de la organización del partido
sobresalen de los niveles más enrarecidos del Estado, ahora están
conectados a los niveles más inmediatos de la producción. A través del
control directo, la planificación industrial, la influencia indirecta y
la vigilancia, el partido-Estado fusiona el poder político con el ámbito
de clase de la dirección interconectada.
Esto, por supuesto, ha causado cierta tensión con los capitalistas
privados que no quieren ser funcionarios de un proyecto de acumulación
nacional. Pero la mayoría de ellos, como quieren hacerse ricos, y luego
hacerse aún más ricos, y hacerse aún más ricos, obscenamente ricos,
increíblemente ricos, más riquezas, más dinero, más riqueza, más casas,
más jets, acumular, explotar la mano de obra viva hasta hartarse y
seguir explotándola— no critican públicamente como lo hizo Jack Ma. Las
críticas de Ma a la regulación financiera le llevaron a ceder el control
del gigante fintech, Ant Group, y salió relativamente bien parado en
comparación con Sun Dawu, que fue encarcelado durante dieciocho años
aparentemente por una disputa territorial con el Estado. El capital
privado es extremadamente poderoso en China, pero no es soberano y no
está en condiciones de desafiar la soberanía del partido-Estado.
La economía construida a través de ese control del partido-Estado sigue
haciendo las delicias de la prensa económica: casi supera a Estados
Unidos en investigación y desarrollo, avances en baterías, energías
renovables, robótica, combustibles alternativos y productos
farmacéuticos. Básicamente, China está tomando la delantera en las
industrias del futuro. Mientras Estados Unidos se obsesiona con la IA,
las inversiones de China están mucho más diversificadas. Mientras
Estados Unidos dificulta la vida a los estudiantes chinos, China les da
una calurosa bienvenida: una fuga de cerebros inversa. Nada de esto
contradice los graves desequilibrios de la economía china, la
acumulación de deuda, los probables problemas del envejecimiento de la
sociedad y el descenso de la productividad, la enorme duplicación y el
desperdicio de recursos, o la posibilidad muy real de una crisis
incontrolable que suponga un peligro político existencial para el PCCh.
El intento de estimular un crecimiento fantasma con préstamos fantasma
muestra cómo el control del partido-Estado puede, como se suele decir,
agudizar las contradicciones. Y, sin embargo, tampoco se trata solo de
un despotismo irracional. Como digo, la fanfarronada de Xi de que el
liderazgo del partido lo es «todo» tiene, si se cree en el capitalismo,
un pequeño punto muy discutible, pero muy palpable.
V.
Así que estaba diciendo algo sobre Trump y su nueva Estrategia de
Seguridad Nacional. En abril, los aranceles del «Día de la Liberación»
se declararon como un marco de influencia generalizado. Como instrumento
coercitivo, los aranceles castigaban a otros países por tener superávit
comercial con Estados Unidos, probablemente con el fin de obtener
diversas concesiones no comerciales. Como instrumento fiscal, gravaban a
los consumidores estadounidenses para financiar objetivos fiscales y
apoyar recortes de impuestos sobre el patrimonio, los beneficios y los
ingresos. Pero el supuesto objetivo a largo plazo era reestructurar el
comercio y las finanzas y forzar la relocalización de la industria
manufacturera.
La amenaza de aranceles superiores al cien por cien a China, con una
desconexión espectacularmente destructiva de las dos mayores economías
comerciales, se suponía que iba a ser la palanca de esa
reestructuración. En lugar de llevar a cabo una desconexión total,
parece que la administración Trump tenía la intención de utilizar los
aranceles en un proceso de negociación diseñado para obligar a China a
reajustar la integración entre las dos economías, dejando que su moneda
se apreciara, pagando una compensación u ofreciendo otras concesiones no
comerciales. Así, en términos generales, es la interpretación de
Stephen Miran sobre el asunto. Si esa era la estrategia, no funcionó.
Las concesiones de China fueron menores y recíprocas. Suspendió el
control de las exportaciones de tierras raras a cambio de que Estados
Unidos suspendiera sus propias normas recientes sobre licencias de
exportación. A cambio de que Trump suspendiera las tasas portuarias a
los buques chinos, China renunció a sus contramedidas contra los buques
estadounidenses. Los ajustes arancelarios y la cooperación en cuestiones
como el fentanilo, TikTok y el comercio agrícola también fueron mutuos.
La imposición de una crisis existencial tuvo escasos beneficios. En
pocas palabras, fue una importante retirada de Trump, una derrota que
reforzó la posición global de China. ¿Por qué?
Una razón obvia es que China podía soportar más fácilmente los costes de
la desconexión que Estados Unidos, precisamente porque no depende de
las exportaciones a Estados Unidos y ahora es una economía compleja y de
alta tecnología con un mercado interno desarrollado. Las exportaciones
de China a Estados Unidos, como admite con pesar la NSS, ahora
representan «algo más del 2 % de su PIB». Otra razón es que, en la
medida en que sigue siendo una economía muy dependiente de las
exportaciones, ahora cuenta con vastos mercados más allá de Estados
Unidos. Como dice la NSS con desesperación y admiración: «Las
exportaciones de China a los países de bajos ingresos son hoy casi
cuatro veces superiores a sus exportaciones a Estados Unidos». Sin
embargo, la NSS sigue hablando de políticas comerciales diseñadas para
«reequilibrar la economía china hacia el consumo doméstico», lo que nos
lleva a pensar en expresiones como «cerrar la puerta del establo» o
«tarde demasiado». También habla de la posibilidad de elaborar algún día
una especie de «plan conjunto para el llamado “Sur Global”» para
contrarrestar la ventaja comercial de China, aunque deja esa perspectiva
tentadoramente vaga. De hecho, aunque el documento tiene razón en
cuanto a los recursos económicos que Estados Unidos puede movilizar para
ese fin, Estados Unidos simplemente no tiene los recursos políticos
para orquestar un plan de ese tipo. Así pues, la guerra comercial es
inútil, la guerra comercial se está perdiendo y la batalla por el
control de las tecnologías y los combustibles del futuro (aparte de la
IA) se ha cedido de antemano, lo que deja a Estados Unidos con la
ventaja militar, siempre y cuando China no explote su capacidad
industrial y militar, mucho mayor. Y la NSS habla debidamente de
«disuasión» en el Indo-Pacífico, aunque Estados Unidos también reconoce
tácitamente la primacía china en ciertos corredores marítimos.
Curiosamente, una versión larga secreta del documento propone un
resultado diferente. Afirma abiertamente que la «hegemonía» ha fracasado
y que siempre fue «algo erróneo». Según dice, Estados Unidos no debería
intentar gobernar el mundo. Lo que no se dice, pero se entiende
claramente, es que la hegemonía es una trampa liberal que debilita a
Estados Unidos. Para ser justos, esto no es más que una versión de lo
que los «realistas» de la Administración Trump han dicho abiertamente, y
la eliminación de programas como USAID forma parte de esa lógica. A
continuación, se habla de reestructurar el liderazgo mundial con una
nueva organización llamada «Core 5», basada en las potencias
continentales: Estados Unidos, Rusia, China, India y Japón. No creo que
sea una casualidad que esto excluya a la Unión Europea, o que la
administración se centre en apoyar a la extrema derecha nativista contra
la clase política europea, o que Trump esté mostrando su disposición a
romper la alianza de la OTAN mediante la anexión de Groenlandia.
Tácitamente, el mundo se dividiría en esferas de influencia: Estados
Unidos en su «hemisferio», Rusia en Eurasia, China en el Indo-Pacífico.
Esto no se explica formalmente como un objetivo estratégico, pero la
retirada de la hegemonía global es real, al igual que la retirada
hemisférica de Estados Unidos bajo la rúbrica de la «Doctrina Donroe».
Permítanme concluir poniendo esto en contexto. La hegemonía, en las
relaciones internacionales, no tiene que ver con el «poder blando». Es
una interpretación errónea de Gramsci considerar que la hegemonía opera
únicamente a través de la producción de consentimiento. Los mecanismos
del derecho, los incentivos materiales, las garantías de seguridad y las
interpelaciones ideológicas siempre están inscritos en la violencia. El
consentimiento y la coacción, según Poulantzas, son co-constitutivos.
La hegemonía estadounidense desde 1945 ha consistido en la gestión
geopolítica del desarrollo desigual y combinado, en este caso, a través
de la globalización del Estado y el capital, las infraestructuras, los
métodos de producción y las cadenas de valor y las normas
estadounidenses. Estados Unidos ha sido patrocinador, garante y ejecutor
de un orden basado en normas al que no estaba sujeto de la misma manera
que otros Estados, pero que confiere cierta previsibilidad al sistema.
En el núcleo de ese sistema, dotándolo de fuerza material, se ha
encontrado la alianza euroamericana, consolidada no solo a través de la
OTAN, sino también a través de los esfuerzos estadounidenses por
impregnar a los Estados aliados (políticamente subordinados) con sus
imperativos, promover bloques de poder atlantistas y organizar
incentivos materiales para que acojan e incluso exijan el «liderazgo»
estadounidense . Esa alianza ha sido la columna vertebral de un orden
basado en instituciones multilaterales y en la aplicación de la
violencia hacia las naciones consideradas una amenaza para ese orden.
Esto, la globalización del capitalismo estadounidense, va mucho más allá
del marco neoliberal.
Ese orden lleva tiempo en decadencia, y Trump no es el primero en
reconocerlo. Sin embargo, la administración Biden todavía creía que
podía evitar el colapso mientras reestructuraba el capital
estadounidense para otros cien años de dominio en un acuerdo
posneoliberal: de eso se trataba el discurso sobre un «punto de
inflexión» en la NSS 2022. Seguía favoreciendo las alianzas
fundamentales (OTAN, AUKUS, el Quad, etc.) detrás del dominio global en
lugar de las áreas geográficas de dominio. Seguía favoreciendo el
lenguaje de las normas globales, el Estado de derecho, etc. Y, en última
instancia, aunque su política arancelaria era una continuación y
radicalización de los aranceles del primer mandato de Trump, su
intención era utilizar los aranceles y otras herramientas políticas para
seguir siendo la potencia global preeminente frente a «potencias
revisionistas» como Rusia y China.
Lo que la administración Trump parece estar contemplando ahora no es
solo el repudio del multilateralismo, el «estado de derecho» y una
esfera de influencia global, sino una ofensiva contra las mismas
alianzas que sustentaban la hegemonía global. Sin duda, como sospechan
algunos analistas chinos, lo ven como algo parecido a una reducción de
plantilla en una empresa, recortando las inversiones deficitarias y
resurgiendo como una potencia agresiva y dominante. Pero no
racionalicemos esto. La ruptura con Europa, la obsesión por las
fronteras y el dominio étnico, el anhelo por Groenlandia, el recorte de
la financiación para la investigación científica, la demolición de la
salud de la población trabajadora, el ataque a la propia base productiva
de Estados Unidos mediante el recorte de la inversión en tecnologías
renovables... Todo esto es profundamente ideológico y contraproducente.
Es, quizás, la verdad última del síndrome de China, a saber, que la
fascinante hostilidad hacia China fue siempre, en parte, la expresión de
un profundo desprecio hacia sí mismo y una voluntad de autodestrucción.
Richard Seymour es autor de varios libros, entre
ellos Corbyn: The Strange Rebirth of Radical Politics (Verso, 2016). Su
último libro, The Twittering Machine (Indigo Press, 2019), es un ataque
muy bien recibido por la crítica a la industria social: Twitter,
Facebook, YouTube y los efectos políticos y culturales de la captura
capitalista de la vida social. Además, es editor fundador de la revista
Salvage. Escribe principalmente comentarios políticos marxistas.
De la derrota, crear primavera
Ante el primer paso expansionista de Donald Trump
Carlos
Fazio desde México
Semanario
Brecha de Montevideo, 9 enero, 2026
El mundo en el que nos despertamos el 3 de enero es diferente y más peligroso. Donald Trump se quitó la máscara de hipocresía con que actuaban sus antecesores en la Casa Blanca y, sin una declaración de guerra previa contra Venezuela, con una escalada militar vertiginosa, contundente y exitosa inauguró 2026. La agresión criminal y el secuestro del presidente en ejercicio Nicolás Maduro y de la primera dama, Cilia Flores −ahora convertidos en rehenes−, fueron una acción imperialista pura y dura que enterró de facto al derecho internacional.
Las normas establecidas desde los tratados de Westfalia en 1648 hasta la paz de Yalta, el sistema de Naciones Unidas, los Convenios de Ginebra de 1949, la multilateralidad, la idea misma de la globalización y la propia Constitución de Estados Unidos saltaron por los aires. Hoy solo vuelve a regir la ley del más fuerte: la fuerza bruta. Y parece un proceso irreversible. El presidente de Estados Unidos dijo que quería comportarse como un dictador y lo está haciendo. Ya no solo habla y blufea. También actúa, fanfarronea y se burla. El lunes, el Departamento de Estado subió a sus redes sociales un cartel con una imagen del republicano y una elocuente inscripción en ruso: «No jueguen con Trump». El magnate también dijo que, si el general Dan Caine, que coordinó el ataque a Venezuela, hubiera estado en Moscú, la «operación especial» rusa en Ucrania habría terminado en un día. La ironía no debió caer bien en el Kremlin. Y no es un problema de ideologías.
La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 −difundida en noviembre pasado, pero puesta en práctica desde que Trump asumió su segundo mandato, el 20 de enero pasado− es una declaración de intenciones para crear un imperio estadounidense desde Groenlandia hasta la Patagonia. Trump ha repetido que el continente americano le pertenece a Estados Unidos y que solo Washington determinará quién y qué se hace en él. Proclamó la renovación de la doctrina Monroe y dijo que se debe expulsar «adversarios» y «competidores» de las Américas. El mensaje a China y Rusia es inequívoco. Pero también a Brasil, México, Colombia y Cuba, además de Groenlandia. Trump afirma que someterá a todos y disparará sin previo aviso cuando quiera.
El artero ataque a Venezuela marca un primer paso expansionista. Trump dijo que quería el petróleo de Venezuela y «otros recursos» críticos geoestratégicos (tierras raras, litio, agua, etcétera). Y no hay memoria de un deseo imperial tan sinceramente público. Ahora, el brutalismo trumpiano está dando los pasos para la consecución de esos fines. Porque nunca fueron la democracia, los derechos humanos ni el narcotráfico; esas siempre fueron matrices utilizadas como arma de guerra para el manejo mediático-propagandístico de las guerras del imperio.
Y hay un nuevo elemento peligroso: las armas nucleares han dejado de ser un factor disuasorio. El año pasado, junto con Israel, Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares en Irán y decapitó generales y científicos, y los ucranianos dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) atacaron la tríada nuclear en el territorio profundo de Rusia. Ya no hay reglas ni tampoco inviolabilidad de presidentes en funciones.
Según declaró el lunes 5 a CNN el supremacista coordinador de gabinete de la Casa Blanca Stephen Miller, el futuro del «mundo libre» depende de Washington. Dijo: «Estamos al mando [de Venezuela] porque tenemos a las Fuerzas Armadas estacionadas afuera del país. [Durante la transición] fijamos las condiciones. Tenemos un embargo completo sobre su petróleo [y] para que puedan comerciar necesitan nuestro permiso […]. Somos una superpotencia y bajo el presidente Trump nos conduciremos como una superpotencia. Es absurdo que permitamos que un país de nuestro patio trasero se convierta en proveedor de recursos a nuestros adversarios […]. Vamos a hacer valer nuestros intereses sin disculpas».
Las bravatas de Miller indican que Trump quiere imponer un estilo de «negocios» abiertamente imperialista y neocolonial. Un pretendido tutelaje regido por una nueva fase de máxima presión sobre el gobierno venezolano, que, por necesidad y desesperación ante la creciente desdolarización del mercado energético impulsado por China y Rusia en el llamado Sur global, necesita intensificar la «cuarentena» sobre el tránsito de hidrocarburo en el Caribe hacia países considerados enemigos y revertir la política de bloqueo sistemático que construyó Trump durante su primer mandato. En su afán de detener el declive de su hegemonía ante el avance de China, el petróleo como botín de guerra.
LOS HECHOS
El mismo día del ataque, el New York Times difundió un reportaje sobre el desarrollo de la Operación Resolución Absoluta para secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, con algunos datos informativos que no figuraban en el show mediático protagonizado durante la mañana del 3 de enero por Trump, los secretarios de Estado y de Guerra, Marco Rubio y Pete Hegseth, respectivamente, el jefe de las Fuerzas Armadas, Dan Caine, y el director de la CIA, John Ratcliffe. Allí ofrecieron detalles sobre la planificación de la agresión.
El reportaje del Times daba cuenta de la infiltración de un equipo clandestino de la CIA en Venezuela desde agosto pasado para recopilar información sobre los movimientos diarios de Maduro, combinada con una «fuente humana cercana» al mandatario y una flota de drones furtivos que volaban sobre él, que permitió a la agencia trazar un mapa con detalles minuciosos sobre sus rutinas. Esa información fue decisiva para la incursión del amanecer del sábado 3 por comandos de élite de la Fuerza Delta (Delta Force) del ejército, que fueron conducidos a su objetivo −en la base militar más fortificada de Venezuela− por una unidad de élite del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (Night Stalkers). Mientras en una sala dentro de Mar-a-Lago, en Florida, Trump y sus principales ayudantes veían cómo se desarrollaba el asalto en tiempo real, los comandos SEAL (de tierra, mar y aire, reputados como asesinos profesionales) capturaban y secuestraban a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, trasladándolos al USS Iwo Jima, un buque de guerra estacionado en el Caribe a unos 160 quilómetros de la costa de Venezuela. Luego ambos fueron llevados a la base naval de Guantánamo, donde el FBI tenía un Boeing 757 esperando para conducirlos a un aeropuerto controlado por militares al norte de Manhattan.
Previo a la entrada de los helicópteros de la Fuerza Delta, dos aviones EC-130H Compass Call de la Fuerza Aérea, especiales para la guerra electromagnética, enviaron ondas de energía no cinética que cegaron los sistemas antiaéreos rusos, los radares y las torres de comunicación en la zona de El Volcán, en Caracas. La generación de una densa niebla informacional permitió crear un corredor aéreo seguro y mantener el elemento de sorpresa táctica, para pasar de la fase aérea de neutralización masiva a la de ataques de decapitación del sistema nervioso central de las Fuerzas Armadas venezolanas: un F-35 con un misil destruyó una de las antenas principales y detrás entraron los F-18 a bombardear puntos militares estratégicos, entre ellos Fuerte Tiuna, corazón del poder militar, y la base aérea de La Carlota, haciendo colapsar al mando central venezolano. También fueron alcanzados el puerto de La Guaira y el aeropuerto de Higuerote.
Luis Quiñonez, que se identificó como exasesor de Trump, dijo a los medios que Estados Unidos tenía identificados 412 puntos de importancia para destruir, pero solo se atacaron 16. También aseguró que hubo «un tiroteo enorme», que pudo ser neutralizado rápidamente con los helicópteros de ataque con una fuerza abrumadora. Trump reportó media docena de soldados estadounidenses heridos, pero según el investigador venezolano Sergio Rodríguez Gelfenstein, varios resultaron muertos y se está ocultando a la opinión pública por razones políticas. Del lado venezolano fueron eliminados en combate o a consecuencia de los bombardeos medio centenar de efectivos, 19 del Batallón de Honor Presidencial, además de 32 cubanos internacionalistas que se encontraban cumpliendo tareas de protección y defensa institucional. Según un análisis técnico-militar de la operación que involucró a más de 150 aeronaves de Estados Unidos y fuerzas especiales (Delta Force y Night Stalkers), la defensa venezolana registró fallos críticos en cuatro pilares fundamentales: la inteligencia, el mando y control, la defensa antiaérea y la seguridad presidencial. La cronología del Pentágono revela que la operación fue la culminación de meses de planificación y de un exhaustivo trabajo de inteligencia. Parece innegable que estaban localizados los sistemas de defensa antiaérea venezolanos, los aviones, los helicópteros. También, que hubo una penetración humana al más alto nivel, lo que sugiere una «entrega» o «venta» de información (ergo, una traición) desde el círculo más íntimo de Maduro. Sin esa premisa, la inserción de tropas por aire en Caracas era una misión casi imposible. La contrainteligencia tampoco pudo detectar y neutralizar el espionaje electrónico y el seguimiento físico del presidente. Aunque no está confirmado, algunos reportes indican que los cazas Su-30MK2, el principal vector de superioridad aérea, fueron destruidos en tierra. También fue vulnerado el anillo de seguridad personal de Maduro: aunque efectivos de la Guardia de Honor Presidencial y los internacionalistas cubanos combatieron, se quedaron sin apoyo y el resultado final fue el secuestro de Maduro, un objetivo de alto valor.
(No parece un dato casual que Maduro fuera secuestrado un 3 de enero, el mismo día que, después de estar refugiado desde el 20 de diciembre de 1989 en la sede diplomática del Vaticano en Panamá, el nuncio Sebastián Laboa entregó en la base Howard del Comando Sur al general Manuel Noriega y que Trump ordenara el asesinato, en 2020, del alto mando iraní Qasem Soleimani, en Irak.)
A partir de un avasallamiento tecnológico-militar de última generación y una operación aérea de saturación tipo enjambre, Trump infligió una derrota táctica a la revolución bolivariana, pero no logró un cambio de régimen ni de gobierno, ni descabezar al Estado nacional. No hubo un vacío de poder. El alto mando político y militar no se fracturó y en menos de 48 horas la respuesta fue institucional.
Desde la mañana del 3 de enero Trump y su círculo áulico habían iniciado una nueva fase de la disputa narrativa por la cual se ha ido construyendo la imagen de Hugo Chávez y Maduro como «dictadores» y presentando a Venezuela como un Estado fallido y/o un narco-Estado. Maduro fue señalado, por ejemplo, como jefe del inexistente cártel de los Soles, mientras se construía un discurso tecnocrático de la invasión (dijeron: «Fuimos quirúrgicos»), y como parte de la guerra psicológica comenzaron a jugar la carta de la división para generar caos y desestabilización.
Para las mayorías pasó desapercibido que como pocas veces antes, en su conferencia de prensa, Trump leyó lo que dijo. Igual el secretario de Estado Rubio y el general Caine. No se podían salir del libreto. La última carta de la CIA y el Pentágono es jugar a la división interna; introducir la duda sobre la supuesta traición de Delcy Rodríguez («Estamos hablando con la vicepresidenta y la tenemos bajo control» apareció como nueva matriz de opinión). Sin embargo, quienes la conocen no dudan de su lealtad al proceso. De allí que ahora, con una mujer al mando y el pueblo movilizado, la derrota táctica podría convertirse en una victoria estratégica y moral en el marco de una nueva fase de la confrontación entre la doctrina Monroe y el bolivarianismo.
El lunes 5 se produjo una virtual sincronía histórica: después de quedar instalada la Asamblea Nacional el día que señala la Constitución venezolana, Delcy Rodríguez se juramentaba ante los legisladores y el cuerpo diplomático como encargada temporal de la presidencia; el embajador Samuel Moncada denunciaba ante el Consejo de Seguridad de la ONU la agresión imperialista y el secuestro del presidente, y Maduro, a quien Trump pretendía presentar como un trofeo de guerra, desbarataba el show mediático al declarar ante un tribunal federal en Nueva York: «Soy no culpable y presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela. Fui secuestrado en mi casa, me considero un prisionero de guerra y me acojo a la Convención de Viena».
El miércoles 7, la presidenta Delcy Rodríguez destituyó al general Javier Marcano Tábata, quien se desempeñaba como comandante del regimiento Guardia de Honor Presidencial y director general de Inteligencia Militar, el órgano especializado en operaciones antiterroristas y de contraespionaje. Marcano fue sustituido por el general Gustavo González López. Según un despacho difundido por Venevisión hacia la medianoche del martes 6, Marcano habría sido arrestado por la «entrega» de Maduro. Se lo acusa de haber desactivado los protocolos de defensa aérea en el Fuerte Tiuna; mantenido información cifrada con la CIA semanas antes del 3 de enero y entregado las coordenadas exactas donde permanecía Maduro, así como los puntos ciegos del anillo de seguridad cubano-venezolano del mandatario, y facilitado la «ruta de extracción» de los comandos Delta del Pentágono que lo secuestraron. Sería la «fuente humana» con que contaba la CIA. Según Venevisión, también se habrían registrado detenciones de oficiales de inteligencia y contrainteligencia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar que respondían a Marcano.
3.1.26
REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
COMUNICADO
REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
La República Bolivariana de Venezuela rechaza, repudia y denuncia ante la comunidad internacional la gravísima agresión militar perpetrada por el Gobierno actual de los Estados Unidosde América contra territorio y población venezolanos en las localidades civiles y militares de la ciudad de Caracas, capital de la República, y los estados Miranda, Aragua y La Guaira. Este acto constituye una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas, especialmente de sus artículos 1 y 2, que consagran el respeto a la soberanía, la igualdad jurídica de los Estados y la prohibición del uso de la fuerza. Tal agresión amenaza la paz y estabilidad internacional, concretamente de América Latina y el Caribe, y pone en grave riesgo la vida de millones de personas.
El objetivo de este ataque no es otro que apoderarse de los recursos estratégicos de Venezuela, en particular de su petróleo y minerales, intentando quebrar por la fuerza la independencia política de la Nación. No lo lograrán. Tras más de doscientos años de independencia, el pueblo y su Gobierno legítimo se mantienen firmes en defensa de la soberanía y del derecho inalienable de decidir su destino. El intento de imponer una guerra colonial para destruir la forma republicana de gobierno y forzar un "cambio de régimen", en alianza con la oligarquía fascista fracasará como todos los intentos anteriores.
Desde 1811, Venezuela ha enfrentado y vencido imperios. Cuando en 1902 potencias extranjeras bombardearon nuestras costas, el Presidente Cipriano Castro proclamó: "La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria." Hoy, con la moral de Bolívar, Miranda y nuestros libertadores, el pueblo venezolano se alza nuevamente para defender su independencia ante la agresión imperial.
Pueblo a la calle
El Gobierno Bolivariano llama a todas las fuerzas sociales y políticas del país a activar los planes de movilización y repudiar este ataque imperialista. El pueblo de Venezuela y su Fuerza Armada Nacional Bolivariana, en perfecta fusión popular-militar-policial, se encuentran desplegados para garantizar la soberanía y la paz. Simultáneamente, la Diplomacia Bolivariana de Paz elevará las correspondientes denuncias ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el Secretario General de dicha organización, la CELAC y el MNOAL, exigiendo la condena y rendición de cuentas del Gobierno estadounidense.
El Presidente Nicolás Maduro ha dispuesto todos los planes de defensa nacional para ser implementados en el momento y circunstancias adecuadas, en estricto apego a lo previsto en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la Ley Orgánica sobre Estados de Excepción y la Ley Orgánica de Seguridad de la Nación.
En este sentido, el Presidente Nicolás Maduro ha firmado y ordenando la implementación del Decreto que declara el estado de Conmoción Exterior en todo el territorio nacional, para proteger los derechos de la población, el funcionamiento pleno de las instituciones republicanas y pasar de inmediato a la lucha armada. Todo el país debe activarse para derrotar esta agresión imperialista
Del mismo modo ha ordenado el inmediato despliegue del Comando para la Defensa Integral de la Nación y de los Órganos de Dirección para la Defensa Integral en todos los estados y municipios del país.
En estricto apego al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, Venezuela se reserva el derecho a ejercer la legítima defensa para proteger a su pueblo, su territorio y su independencia. Convocamos a los pueblos y gobiernos de América Latina, el Caribe y el mundo a movilizarse en solidaridad activa frente a esta agresión imperial.
Como señaló el Comandante Supremo Hugo Chávez Frías “ante cualquier circunstancia de nuevas dificultades, del tamaño que fueren, la respuesta de todos y de todas los patriotas…es unidad, lucha, batalla y victoria”.
Caracas, 3 de enero de 2026