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25.12.24

Sin maíz no hay país

Fabrizio Mejía Madrid

El maíz es anterior al país y, por eso, como cultura no sólo es agrícola o gastronómica, sino que es la existencia misma de los habitantes de México. Es el fundamento del sustento, hasta la fecha. Nos comemos 27 millones de toneladas al año, 80 kilos por persona en el campo y 57 kilos por persona en las ciudades.


Arrocillo, Cacahuacintle, Chalqueño, Cónico, Cónico Norteño, Dulce, Elotes Cónicos, Mixteco, Mushito, Mushito de Michoacán, Negrito, Palomero de Jalisco, Palomero Toluqueño y Uruapeño, Dzit-Bacal, Comiteco, Coscomatepec, Motozinteco, Olotillo, Olotón, Tehua, Negro de Chimaltenango, Quicheño, Serrano, Mixeño y Serrano Mixe, Apachito, Azul, Complejo Serrano de Jalisco, Cristalino de Chihuahua, Gordo y Mountain Yellow, Blando de ocho hileras, Onaveño, Harinoso de Ocho, Tabloncillo, Tabloncillo Perla, Bofo, Elotes Occidentales, Tablilla de Ocho, Jala, Zamorano Amarillo, Ancho y Bolita, Conejo, Nal-Tel, Ratón y Zapalote Chico, Celaya, Tepecintle, Tuxpeño, Tuxpeño Norteño, Vandeño, Zapalote Grande, Nal-Tel de Altura, Pepitilla, Chiquito, Choapaneco y Cubano Amarillo, Chapalote, Dulcillo del Noroeste, Elotero de Sinaloa y Reventador. Esos son los 64 nombres de nuestros tipos de maíz. De ellos, 59 son nativos y han dado lugar a una gastronomía de las más variadas en el planeta. Por ejemplo, sin el maíz bolita, no hay tlayudas, así como sin el cacahuazintle no habría pozole, sin el maíz dulce, tampoco hay uchepos.

Mil 500 años antes de nuestra era, los olmecas representaron a la diosa del maíz con la forma de una “U”, por la manera en cómo las hojas enmarcan a una mazorca. Esa “U” la vemos por todas las culturas originarias de México y Centroamérica en la frente de los jaguares humanizados, porque son deidades de la lluvia. Así, si usted ve una “U” en cualquier relieve, pintura, códice y escultura prehispánicas está ante la imagen de una diosa que es nuestro maíz. El maíz es anterior al país y, por eso, como cultura no sólo es agrícola o gastronómica, sino que es la existencia misma de los habitantes de México. Es el fundamento del sustento, hasta la fecha. Nos comemos 27 millones de toneladas al año, 80 kilos por persona en el campo y 57 kilos por persona en las ciudades. Nuestros maíces aportan el 38 por ciento de proteínas, el 45 por ciento de calorías y el 50 por ciento del calcio que consumimos los mexicanos. No hay otro país en el mundo en el que el consumo sea tan alto, por lo que los estudios comparativos en ese tema nunca son concluyentes. Eso acaba de sucederle a México en el panel de los acuerdos de comercio con EU y Canadá: no hay forma de medir el impacto del maíz modificado genéticamente por las patentes corporativas en un país como el nuestro en que se cultivan 64 razas de maíz en los 32 estados que lo componen, no importando climas, lluvias, altura, o catástrofes naturales. No hay comprobación de que el maíz transgénico haga daño a la salud, pero tampoco de que sea inocuo, es decir, que no haga daño. Pero el problema real es que, si aceptáramos sembrarlo, tendería a uniformar los maíces blancos que comemos, a contaminarlos con trazas de genes manufacturados por la agroindustria de Estados Unidos.

El motivo de esta columna es doble. Por un lado, tratar de explicar qué diablos es el maíz transgénico y, por el otro, argumentar cómo nuestros maíces no son una simple mercancía, con un precio, y una forma de cocinarse, sino que sustentan una veneración que todavía tiene en su fundamento una traza de espiritualidad. Empecemos por el principio.

Los organismos genéticamente manipulados son los que cambian un gen de su ADN por el de otro organismo. Por ejemplo, a un maíz le ponen un gen de una bacteria o de un hongo. ¿Para qué lo hacen? Para hacer al maíz inmune a una plaga o a una enfermedad o, incluso, a una sequía. En este último caso, el de la sequía o las heladas, el CINVESTAV del Poli desarrolló maíces resistentes para proteger a las cosechas de los campesinos. Esta intervención en los genes se hace de distintas maneras: hay una en que literalmente se les bombardea de partículas a alta velocidad, otra en que se utiliza a un virus o una bacteria para que sirvan de transporte para meterlo a las células. Luego, con un filtro químico se separa a las células que recibieron el gen de las que no lo aceptaron, y se pasa a cultivar sólo las modificadas. Así se crea una nueva variedad resistente a lo que sea el problema que se quería resolver. Hasta ahí, todo parece una tecnología benigna. El problema y es esto para el maíz, viene cuando las abejas, moscas, colibríes, es decir, los polinizadores, o el simple viento se llevan genes modificados y los van insertando en otras variedades, a través del polen. Como ustedes saben, el polen es la célula sexual masculina de las plantas con flores. Lleva por lo tanto los genes del ADN de la planta. Por eso, con la aparición del maíz transgénico se habla de “deriva del polen” ---no de la autoritaria--- por la contaminación de una raza manufacturada en un laboratorio hacia los maíces nativos, como los nuestros. Es decir, que la raza manufacturada, más resistente, se fija como la dominante en contra de las demás, tendiendo a que se haga un monocultivo.  

Ahora hablemos del maíz como mercancía y de sus rasgos genéticos como supuestos “derechos de autor”. Resulta que corporativos como Monsanto patentan las secuencias del ADN que manipulan. De hecho, han logrado que la segunda generación de sus semillas sean estériles, obligando a los agricultores a comprarles nuevas semillas cada año. Esto es, por supuesto, un abuso del supuesto “derecho de autor”. Pienso, para mis adentros: imagínense que, habiendo leído el libro, ya no lo pudiera uno releer y tuviera uno que comprarlo otra vez. O una película, como si tuviera una caducidad, una obsolescencia programada como los focos. Pues ese es el caso con las semillas de Monsanto que llevó a un grado de abuso la llamada “privatización de la naturaleza”. Usar los “derechos de autor” para monopolizar los alimentos humanos es acaso el más infame de los atropellos contra la historia del planeta. Porque, Monsanto puede haber modificado una planta de maíz para que sea insensible a una plaga de hongos, pero no creó el maíz. El maíz se creó en el mundo, es una cosa que sucedió, simplemente. Y hace unos ocho mil años, unos humanos que vivían en lo que hoy es México, la cultivaron y la hicieron lo que es hoy. Se trata, en breve, de todo el patrimonio alimenticio del planeta en manos de un monopolio de secuencias genéticas privatizadas. Es de locos, pero es, si nos descuidamos, el futuro que heredaremos a las siguientes generaciones: monocultivos de una sola variedad, a precios de monopolio para los campesinos y agricultores. Actualmente, sólo cuatro corporativos biotecnológicos controlan el 60 por ciento de las semillas que se siembran en el planeta: la propia Monsanto-Bayer, Syngenta, Corteva (que es DuPont aliada con Dow), y ChemChina. El 80 por ciento de las semillas de maíz en los Estados Unidos son de Bayer-Monsanto. Es decir, es un monopolio. Pero los gobiernos de Estados Unidos no solamente no han hecho nada contra él, sino que pretenden que sus semillas se siembren en México, argumentando que es una mercancía que protege el comercio de América del Norte. Y eso, sembrar maíz transgénico, como ha dicho la Presidenta Claudia Sheinbaum, estará prohibido en la Constitución. Si no lo hiciéramos, estaríamos mutilando la herencia agricultural, el patrimonio alimenticio, la cultura del maíz para las nuevas generaciones. Aceptarlo sería suicida.

Y aquí viene el segundo motivo de esta columna. Es nuestra relación con el maíz. Para los antiguos mexicanos, era una diosa. Se le comparaba con la abundancia, con las lluvias, y con el jaguar, en la tradición más añeja, que es la Olmeca. Pero todas las civilizaciones que le siguieron tienen al maíz, no sólo como una divinidad, sino como mito de la fundación, el relato antes del tiempo, de donde venimos. Como dice Alfredo López Austin en Los brotes de la milpa: “Los mitos se forman en los descansos con el sudor refrescante de la sombra; se forman en los encuentros con el gesto, con la charla, con la lección, con el cruce indiferente; se forman con todos los enunciados del amor, y con los del dolor, la duda, el sueño y el ensueño; con saberes y misterios; con las pautas y con sus violaciones. Se forman, en suma, en las repeticiones y repeticiones de lo cotidiano; esas repeticiones que se integran con partículas novedosas, sorpresivas. Los verdaderos creadores de los mitos nunca saben que siempre están ha- ciéndolos”.

Es en los mitos en que nos reconocemos como mexicanos. ¿Cómo explicarnos que comamos tanto maíz, en tantísimas formas? Porque estamos hechos de él, según el mito originario. No es que realmente lo creamos que estamos hechos de él, sino que nos da una talla cósmica al ser lo que comemos de la tierra. No es una explicación como tal, sino una sustancia, la sustancia de la cultura. Así, los mayas en el Popol Vuh relatan que los dioses en ese tiempo antes de la historia, crearon a los animales. Cuando les pidieron que dijeran sus nombres, todo lo que obtuvieron fueron graznidos, ladridos, chillidos, y rugidos. Así que los exiliaron a los montes para servir de alimento. Entonces se propusieron crear algo que pudiera decir su nombre. Primero, intentaron con barro, pero se quebraba y no tenía alma. Luego, hicieron hombre y mujer de distintas maderas, pero anduvieron por ahí sin destino, obnubilados por la falta de entendimiento. Así que, finalmente, enviaron al ocelote, al coyote, a la guacamaya, y al cuervo a traer las mazorcas amarillas y blancas de Paxil y Cayalá. Molieron el maíz, hicieron con la masa nueve bebidas, y con ellas crearon la carne y la sangre del primer varón y la primera mujer, su fuerza y su vigor. Las maravillosas criaturas fueron la primera madre y el primer padre, y tuvieron unos hijos y unos nietos que alabaron y alimentaron con sus ofrendas a los dioses.

Así, también hay entre los nahuas, tepehuanes, purépechas, tzotziles y huastecos una misma historia mítica. El personaje central es el maíz. Su mamá queda preñada de un músico, un flautista, que la abandona y se va al País de los Relámpagos. El niño nace, pero su madre, furibunda por el abandono del músico, lo tira a un río. Cuando el niño nace, busca a la madre y, al enterarse de su desdicha, decide ir tras el padre al País de los Relámpagos. Al principio es atrapado por los rayos y torturado, pero logra escapar. Enfrenta, entonces, al Rayo Mayor y, tras una batalla, lo derrota. Con la victoria se le ofrecen dos regalos: uno, que su papá volverá a vivir cada año y que, también cada año, habrá lluvias. El hijo, entonces, toma la flauta del padre y la repara para que vuelva a tocar. Es este un mito fundador que explica cómo la vida debe regresar de la bodega debajo de la tierra, la de los muertos, cada año, como la lluvia y los músicos itinerantes. Todavía nuestro calendario de fiestas marca el inicio de las lluvias con la Santa Cruz en mayo y el Día de Muertos en noviembre, cuando termina de llover.  

Así, también, los mayas, mopanes, choles, tzeltales, tojolabales, mochós, kekchíes, quichés, pokomames, cakchiqueles, mames, jacaltecos, achíes, tzutujiles, chortíes, pipiles, huastecos, totonacos, nahuas, mazatecos, cuicatecos, chinantecos, chatinos y chontales cuentan la historia de cómo el mismo Quetzalcóatl, el dios-gobernante, es el que descubre a una hormiga cargando una semilla de maíz y manda al mandamás de la lluvia, Nanahuatzin, a sacar al maíz de una cueva a la que tiene que entrar con el poder del relámpago. Lo acompañan sus cuatro hermanos, los tlaloque, cada uno de un color distinto. Una vez descubierto el tesoro del maíz, los tlaloque se lo roban y se los llevan a los cuatro puntos cardinales del mundo. Por eso, los colores del maíz son distintos en cada región de este país. Este es un mito que da cuenta de la variedad, eso que hoy llamamos “biodiversidad” y que Monsanto simplemente lo destruiría por vender sus semillas cada año.

La cultura es volver a contarse. Cuando tenemos un mito como el del maíz que nos habla del tiempo cíclico de la vida y la muerte, de la presencia y la ausencia, del brote de la milpa y su descenso a la bodega de lo muerto, ahí tenemos un relato que nos da coherencia. Pero también nos enorgullece de haber, no sólo domesticado a esta planta, sino de haberla hecho fundamento de una cosmovisión que tuvo en la observación astronómica la viabilidad de los cultivos en la tierra, esta tierra, estas tierras. Sin grandes astrónomos, no se hubiera dado la intensidad del cultivo de nuestros maíces. Sin conocimientos de las lluvias y su relación con la órbita de Venus. Sin la pausada selección de granos para la siguiente cosecha. Cada vez que comemos tortillas deberíamos de celebrar, asombrados, de lo que hemos sido capaces. No “autores” como los señores de Monsanto, sino victoriosos sobre el Rayo y la Muerte, como el hijo del músico. Es una historia de resistencia, de ciclos, de muerte y resurrección. Esta es la historia que encierra nuestro maíz que, en efecto, fue anterior al mismo país. Pero ahora le toca al país defender a su planta. Estoy seguro que triunfaremos.

30.7.22

Engordar con el hambre

Persiste la ola de incremento de precios de los alimentos, aumentando las hambrunas. Aunque mediáticamente se insiste en el efecto de la guerra en Ucrania, esto es apenas una parte menor del problema. Ciertamente, los dos años pasados en pandemia son un factor de peso. No obstante, ninguno de éstos son la causa principal de la crisis alimentaria. El factor fundamental es que la cadena agroindustrial de alimentos –que provee gran parte de lo que se vende en supermercados y ventas al menudeo– está fuertemente dominada por unas cuantas trasnacionales, cuyo interés es la ganancia, no la alimentación.

De semillas a supermercados, pasando por el comercio de cereales y el procesamiento de alimentos y bebidas, de cuatro a 10 empresas controlan la mayoría del mercado global en cada eslabón de la cadena. A esto se suma la irrupción en el mercado agro-alimentario de las mayores empresas tecnológicas y las gestoras de inversión.

Como analiza Grain, enfrentamos una crisis de precios, no de escasez de alimentos. Principalmente debida a la especulación financiera de los que controlan la cadena alimentaria industrial, no por falta de producción ni de existencias (Grain, julio 2022, https://tinyurl.com/2f7dtxzt).

En su índice de precios globales, la FAO señala que los precios de los alimentos están en el punto más alto (170 puntos) desde 1990, cuando comenzaron esta estadística. En 2022 el aumento superó incluso el punto más alto de la crisis alimentaria de 2007-2008.

No obstante, señala Grain, las gráficas de la FAO muestran que la producción y las existencias de alimentos almacenados se han mantenido estables, con ligeros aumentos desde 1990, mientras los precios se dispararon a porcentajes absurdamente altos, desvinculados totalmente de la producción y existencias.

Esto es cierto también para el trigo, uno de los cereales que se nombran como crucialmente afectados por la guerra en Ucrania. Aún al día de hoy no faltan existencias, pese a que las poblaciones más pobres en los países que dependen en alto grado de las importaciones de Ucrania y Rusia sufren un fuerte impacto. Esto debido a que las empresas que controlan el comercio de trigo del resto del mundo –cerca del 80 por ciento de las exportaciones de ese cereal– han aumentado oportunistamente los precios, lo cual impacta sobre todo en los más pobres de zonas urbanas, que usan hasta 60 por ciento de sus ingresos en comprar alimentos.

Un reciente informe de Oxfam, muestra que la escalada de aumento de precios de los alimentos coincide con ganancias extraordinariamente elevadas de las mayores empresas del sector de alimentos y de sus dueños. Junto a las empresas tecnológicas, las de energía y las farmacéuticas, estos cuatro son los sectores que más han lucrado durante los años de la pandemia de covid-19 (Oxfam, mayo 2022, Beneficiarse del sufrimiento https://tinyurl.com/mrn4za88).

Reportan que la riqueza conjunta de los mil millonarios del sector alimentario y agroindustrial se incrementó en 45 por ciento en los pasados dos años. Además, 62 accionistas del sector se agregaron al grupo de personas mil millonarias en el mundo.

Cargill, la mayor empresa global de comercio de granos y la tercera más grande en cría industrial de animales, obtuvo en 2021 ingresos netos por 5 mil millones de dólares, la mayor ganancia neta de toda su historia. Se prevé que volverá a obtener ganancias récord en 2022. Louis Dreyfus (LDC), también entre las siete mayores globales del comercio de granos, aumentó sus ganancias 82 por ciento en 2021.

Walmart, la mayor empresa del mundo en ventas y el mayor supermercado a nivel global también reportó ganancias extraordinarias en 2021. La familia Walton, principal accionista de la empresa, aumentó su fortuna en 8 mil 800 millones de dólares desde 2020, un ritmo de 503 mil dólares por hora estimó Oxfam.

Por su parte, la trasnacional Nestlé, la mayor empresa global en procesamiento de alimentos, ganó más de 16 mil millones de dólares, por lo que sus ganancias netas en 2021 fueron 38.2 por ciento mayores que el año anterior (https://tinyurl.com/3bzfdd9u). Apoyar a este gigante de la mala comida, como hizo el presidente de México, aumenta su plataforma para obtener estas ganancias demenciales, mientras somete a pésimas condiciones a las y los productores campesinos (Luis Hernández Navarro, 19/7/22 https://tinyurl.com/36jewzyf).

El sistema alimentario agroindustrial controlado por oligopolios trasnacionales es la principal causa estructural de las crisis alimentarias, de las hambrunas y también de la crisis de debilidad inmunológica debido a la proliferación de comida chatarra y comida de baja calidad nutricional.

Salir de la espiral viciosa de crisis alimentarias y de salud, así como de la dependencia de las corporaciones trasnacionales, es urgente, viable y posible. Requiere construir soberanía alimentaria, no como aislamiento ni cierre de fronteras, sino como plantea La Vía Campesina, con reconocimiento a los derechos y apoyo real y en sus términos a la producción campesina, sostenible, agroecológica, a mercados locales y nacionales, en sistemas solidarios y responsables socialmente, que impidan el control y la especulación de las corporaciones en algo tan vital como la comida de todas y todos.

9.1.22

En curso, un nuevo totalitarismo global capitalista seudomédico: C. J. Hopkins

Carlos Fazio
 

Según C. J. Hopkins estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de totalitarismo.

“No el ‘comunismo’. No el ‘fascismo’. El totalitarismo global-capitalista. Totalitarismo seudomédico. Totalitarismo patologizado. Una forma de totalitarismo sin dictador, sin ideología definible. Un totalitarismo basado en la ‘ciencia’, en los ‘hechos’, en la ‘realidad’ que él mismo crea”.

Un totalitarismo patologizado de vigilancia y control total de libro de texto, impulsado por las clases dominantes del capitalismo global mediante eslóganes repetidos de manera sistemática, que está transformando a la sociedad en una distopía totalitaria, donde las intervenciones médicas invasivas obligatorias (inyecciones en fase de pruebas clínicas de efectos desconocidos) y los documentos de acatamiento digital (como el pasaporte Covid) son comunes, pero que no puede mostrarse como lo que es, ni siquiera como autoritarismo. Es decir, no puede reconocer su naturaleza política: Para existir, no debe existir. Y sobre todo, debe borrar su violencia y presentarse ante las masas aterrorizadas y sumidas en una histeria sin sentido como una respuesta esencialmente benéfica a una crisis de salud pública global.

Autor de Zone 23, una novela satírico-distópica editada en 2017 que anticipó mucho de lo que hemos vivido en los últimos dos años, C. J. Hopkins, escritor, dramaturgo y ensayista estadunidense residente en Berlín desde hace más de tres lustros, ha publicado una serie de artículos sobre la nueva normalidad en su portal Consent Factory (Fábrica del consentimiento), en alusión al modelo de propaganda descrito por Noam Chomsky y Edward Herman y su uso para manufacturar el consentimiento masivo mediante la falsificación sistemática de hechos y realidades. Como crítica satírica, su símbolo es un triángulo rojo invertido (similar al de los uniformes de los presos políticos y miembros de la resistencia en los campos de concentración nazis) con una letra U negra en el centro, que significa Unvaccinated (No vacunado).

Ésa es su forma de expresar su oposición al sistema de segregación totalitario y seudomédico. Al respecto, señala que los medios de comunicación corporativos y estatales, líderes gubernamentales, funcionarios de la salud y los fanáticos que chillan en las redes sociales han lanzando una implacable propaganda oficial que demoniza a los no vacunados, los nuevos Untermenschen oficiales (subhumanos en la teoría biológico-médico-científica de la higiene racial nazi); una subclase de otros infrahumanos que las masas de la Nueva Normalidad están condicionados a odiar. (La gran purga de la Nueva Normalidad, Contrarrelatos, 24/X/2021).

Tomando como referencia países como Austria, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra, Australia y Estados Unidos, describe a los New Normals (Novo Normales, a quienes primero llamó corona-totalitarios) como miembros de un movimiento totalitario y sicópata que adhiere a la ideología oficial y demoniza y persigue a cualquier persona que se desvíe de la narrativa impuesta por las autoridades sanitarias mundiales. Quien no se ajuste a la nueva realidad está siendo purgado, despersonificado, lanzado a un agujero negro, eliminado.

En Introducción al totalitarismo patologizado, Hopkins señala que en noviembre pasado, el “gobierno de la New Normal/Austria decretó que, a partir de febrero próximo, las inyecciones de ARNm (aún en fase de pruebas clínicas) serán obligatorias, para combatir un virus que causa síntomas similares a los de una gripe, de leves a moderados (o ningún síntoma) en más de 95 por ciento de los infectados y con una tasa general de letalidad por infección de 0.1 a 0.5 por ciento. (Ver: Pathologized Totalitarianism 101 [101 designa curso introductorio en EU], 22/XI/2021, y Ioannidis: WHO-BLT.20.265892).

La secta covidiana de GloboCap

Rechaza ser un teórico de la conspiración, negacionista del covid, antivacunas y se define como un hombre con principios que valora la libertad y siente que no está preparado para adentrarse suavemente en la noche globalizada, patologizada-totalitaria. Afirma que la pandemia apocalíptica del coronavirus fue un caballo de Troya para introducir la Nueva Normalidad y que hay que hacer visible su violencia, es decir, enmarcar esa lucha en términos político-ideológicos y no en los términos seudomédicos propagados por la narrativa oficial de covid.

Sostiene Hopkins: “Ésta es una lucha para determinar el futuro de nuestras sociedades. Ese hecho es el que las clases dominantes del capitalismo global (satíricamente GloboCap) están decididas a ocultar. El despliegue de la Nueva Normalidad fracasará si se percibe como político (es decir, una forma de totalitarismo)”. Agrega que la narrativa oficial seudomédica es el escondite hermenéutico que lo hace inmune a la oposición política, por lo que hay que negarle ese reducto perceptivo y exhibirlo como lo que es: una forma patologizada de totalitarismo.

Señala que “la esencia del totalitarismo −independientemente de los disfraces y la ideología que lleve− es el deseo de controlar completamente la sociedad, cada aspecto de la sociedad, cada conducta y pensamiento individual”. Y añade que “todo sistema totalitario, ya sea una nación entera, una minúscula secta o cualquier otra forma de cuerpo social, evoluciona hacia este objetivo inalcanzable… la transformación ideológica total y el control de cada elemento de la sociedad. Esa búsqueda fanática del control total, la uniformidad ideológica absoluta y la eliminación de toda disidencia es lo que hace que el totalitarismo sea totalitario”.

A partir de octubre de 2020, Hopkins publicó una serie de ensayos que denominó La secta covidiana (The Covidian Cult), donde examina al totalitarismo New-Normal (es decir, patologizado), como un culto a gran escala, a escala social, analogía válida para todas las formas de totalitarismo, pero en especial para el totalitarismo de la Nueva Normalidad, la primera forma global de totalitarismo en la historia.

Dice que una de las características del totalitarismo es la conformidad masiva con una narrativa oficial sicótica. No una narrativa oficial normal, como la de la Guerra Fría o la Guerra contra el Terror, sino una narrativa delirante que tiene poca o ninguna conexión con la realidad y se contradice con la preponderancia de los hechos. Apunta que el nazismo y el estalinismo son los ejemplos clásicos, pero el fenómeno se observa mejor en las sectas y otros grupos sociales subculturales como la familia Manson, el Templo del Pueblo de Jim Jones, la Iglesia de la Cienciología o Heaven’s Gate, cada uno con su propia narrativa oficial sicótica: Helter Skelter, el Comunismo Cristiano, Xenu y la Confederación Galáctica, etcétera.

Plantea que mirando desde la cultura dominante (o hacia atrás en el tiempo en el caso de los nazis), la naturaleza delirante de esas narrativas es claramente obvia para la mayoría de personas racionales. Lo que mucha gente no entiende es que para aquellos que caen presa de ellas, ya sean miembros individuales de una secta o sociedades totalitarias enteras, “esas narrativas no se registran como sicóticas. Al contrario, se sienten completamente normales. Todo en su ‘realidad’ social refuerza y reafirma la narrativa, y cualquier cosa que la desafíe o contradiga se percibe como una amenaza existencial”.

Sustenta que esas narrativas son invariablemente paranoicas y presentan a la secta como amenazada o perseguida por un enemigo maligno o una fuerza antagonista, de la que sólo la conformidad incuestionable con la ideología de la secta puede salvar a sus miembros. Poco importa que ese antagonista sea la cultura dominante, los terapeutas corporales, los judíos o un virus. La cuestión no es la identidad del enemigo. La cuestión es la atmósfera de paranoia e histeria que genera la narrativa oficial, que mantiene a los miembros de la secta (o a la sociedad) sumisos.

Y dice que por eso tanta gente −personas capaces de reconocer fácilmente el totalitarismo en sectas y países extranjeros− no puede percibir el totalitarismo que está tomando forma ahora, justo delante de sus narices (o, más bien, en sus mentes). Tampoco pueden percibir la naturaleza delirante de la narrativa oficial del covid-19, al igual que aquellos en la Alemania nazi fueron incapaces de percibir lo delirante que era la narrativa oficial sobre la raza superior. Esas personas no son ignorantes ni estúpidas. Han sido iniciadas con éxito en una secta, que es esencialmente lo que es el totalitarismo, aunque a escala social.

Hopkins afirma que la iniciación en la secta covidiana comenzó en enero de 2020, cuando autoridades médicas y los medios corporativos activaron el Miedo, con proyecciones de cientos de millones de muertes y fotos falsas de gente falleciendo en las calles. El condicionamiento sicológico continuó durante meses: “Las masas mundiales han sido sometidas a un flujo constante de propaganda, histeria fabricada, especulación salvaje, directivas contradictorias, exageraciones, mentiras y efectos teatrales descarados. Bloqueos, hospitales de campaña y morgues de emergencia, personal sanitario bailando y cantando, camiones de la muerte, unidades de terapia intensiva desbordadas, bebés muertos de covid, estadísticas manipuladas, cuadrillas de acosadores uniformados armados, mascarillas, pruebas constantes…”.

Cita que en agosto de 2020, el jefe del Programa de Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud confirmó básicamente una tasa de mortalidad infantil de 0.14 por ciento, aproximadamente la misma que la de la gripe estacional. Y tasas de supervivencia superiores a 99.5 por ciento en personas de 50 a 69 años y de 94.6 por ciento en personas de más de 70. En abril de 2021, Hopkins escribió que a pesar de la ausencia de cualquier evidencia científica real de una plaga apocalíptica (y la abundancia de pruebas en contrario), millones de personas siguen comportándose “como si se tratara de una plaga (y) como miembros de una enorme secta de la muerte, paseando en público con mascarillas de aspecto médico, repitiendo robóticamente perogrulladas vacías, torturando a niños, ancianos y discapacitados, exigiendo que todo el mundo se someta a inyecciones de peligrosas ‘vacunas’ experimentales y, en general, actuando de forma delirante y sicótica”.

Para oponerse a la nueva forma de totalitarismo en ciernes se necesita comprender en qué se parece y se diferencia de los sistemas totalitarios anteriores. Dice C. J. Hopkins: Las similitudes son obvias: la suspensión de los derechos constitucionales, gobiernos que mandan por decreto, la propaganda oficial, los rituales de lealtad pública, la ilegalización de la oposición política, censura, segregación social, cuadrillas de acosadores uniformados armados que aterrorizan al público, etcétera.

Pero las diferencias no son tan obvias. Sostiene que el totalitarismo New Normal se diferencia fundamentalmente de los totalitarismos del siglo XX en términos de su ideología, o aparente falta de ella. “Mientras que el totalitarismo del siglo XX era más o menos nacional y abiertamente político, el totalitarismo New Normal es supranacional y su ideología es mucho más sutil. La Nueva Normalidad no es el nazismo ni el estalinismo. Es un totalitarismo capitalista global, y el capitalismo global no tiene una ideología, técnicamente, o mejor dicho, su ideología es la ‘realidad’ ”.

Pero la diferencia más significativa es cómo el totalitarismo de la Nueva Normalidad patologiza su naturaleza política, haciéndose efectivamente invisible y, por lo tanto, inmune a la oposición política. Mientras que el totalitarismo del siglo XX usó su política en la manga, el totalitarismo New Normal se presenta como una reacción no ideológica (es decir, tecnocrática, suprapolítica) a una emergencia de salud pública global”. Y, por lo tanto, sus características totalitarias clásicas (por ejemplo, la revocación de los derechos y libertades básicos, la centralización del poder, gobernar por decreto, la vigilancia policial opresiva de la población, la demonización y persecución de una clase bajo la figura del chivo expiatorio, la censura, la propaganda, etc.) no se ocultan, porque son imposibles de ocultar, sino que se recontextualizan en una narrativa oficial patologizada.

Así, los Untermenschen (subhumanos) de la Alemania nazi se convierten en los no vacunados. Los alfileres de solapa con esvástica se convierten en máscaras de aspecto médico. Los documentos de identidad arios se convierten en pases de vacunación. Las restricciones sociales irrefutablemente insensatas y los rituales obligatorios de obediencia pública se convierten en confinamientos, distanciamiento social, etc. El mundo está unido en una guerra total goebbelsiana, no contra un enemigo externo (es decir, un enemigo racial o político), sino contra un enemigo patológico interno.

Añade que esa narrativa oficial patologizada es “más poderosa (e insidiosa) que cualquier ideología, ya que funciona no como un sistema de creencias o ethos, sino como una ‘realidad’ objetiva”. No se puede discutir ni oponerse a la realidad. “La ‘realidad’ no tiene oponentes políticos. Aquellos que desafían la ‘realidad’ son ‘locos’”, es decir, teóricos conspiparanoicos, antivacunas, negadores del covid, extremistas. Y, por lo tanto, la narrativa de la Nueva Normalidad también patologiza a sus oponentes políticos y los despoja de legitimidad política mientras proyecta su propia violencia sobre ellos.

Según Hopkins, como en toda sociedad totalitaria, en la sociedad de la Nueva Normalidad el miedo y la conformidad serán omnipresentes. A diferencia de la ideología racializada de los nazis, la ideología y la simbología de la Nueva Normalidad serán patológicas: “El miedo a la enfermedad, la infección y la muerte y la atención obsesiva a los asuntos de salud dominarán todos los aspectos de la vida. La propaganda paranoica y el condicionamiento ideológico serán omnipresentes y constantes. Todos se verán obligados a usar mascarillas para mantener un nivel constante de miedo y una atmósfera omnipresente de enfermedad y muerte, como si el mundo fuera una gran sala de enfermedades infecciosas (…) Así como los nazis creían que estaban librando una guerra contra las ‘razas subhumanas’, los Nuevo Normales librarán una guerra contra las ‘enfermedades’ y contra cualquiera que ponga en peligro la salud pública al desafiar su narrativa ideológica”. (Ver Hopkins, “La invasión de… los ‘Nuevos Normales’”, 10 de agosto de 2020).

La guerra de la propaganda

C. J. Hopkins sostiene que todos los sistemas totalitarios de la historia han utilizado el poder de la propaganda visual para generar una nueva realidad, una que reifica su ideología oficial, rehaciendo el mundo a su propia imagen paranoica. Dice que el totalitarismo New Normal no es una excepción.

En su texto La guerra de la propaganda (y cómo combatirla) toma como ejemplo al periódico londinense The Guardian –socio de fundaciones de plutócratas como Rockefeller, Gates y Soros− del 17 de julio de 2021, y tras reproducir una serie de notas e imágenes sobre la pandemia del covid-19 señala que no se trata simplemente de periodismo tendencioso o sensacionalista: es propaganda oficial sistemática, no diferente de la difundida por cualquier otro sistema totalitario a lo largo de la historia. Pide olvidarse del contenido de los artículos y observar el efecto visual acumulado, y dice que se trata menos de hacernos creer cosas, de crear una realidad oficial e imponerla a la sociedad por la fuerza. “Cuando se trata de conjurar una nueva ‘realidad’, las imágenes son herramientas extremadamente poderosas, tanto o más que las palabras”. (Contrarrelatos, 20 de julio de 2021).

Señala que el objetivo de ese tipo de propaganda no es simplemente engañar o aterrorizar al público: “Eso es parte de ello, por supuesto, pero la parte más importante es obligar a la gente a mirar estas imágenes, una y otra vez, hora tras hora, día tras día, en casa, en el trabajo, en las calles, en la televisión, en Internet, en todas partes. Es así como creamos la ‘realidad’”.

Esa es, también, la razón por la que las máscaras obligatorias han sido esenciales para el despliegue de la ideología de la Nueva Normalidad. Afirma Hopkins: “Obligar a las masas a llevar máscaras de aspecto médico en público fue una jugada maestra de propaganda. Sencillamente, si puedes obligar a la gente a vestirse como si estuviera yendo a trabajar en la sala de enfermedades infecciosas de un hospital todos los días durante meses… ¡listo! Tienes una nueva ‘realidad’… una nueva ‘realidad’ patologizada-totalitaria; una ‘realidad’ paranoica-sicótica, parecida a una secta, en la que las personas antes semirracionales han sido reducidas a lacayos parlanchines que tienen miedo de salir a la calle sin permiso de ‘las autoridades’ y que están inyectando a sus hijos con ‘vacunas’ experimentales”.

Añade que el mero poder de la imagen visual de esas máscaras, y el verse obligados a repetir el comportamiento ritual de ponérselas, ha sido casi irresistible. Afirma: “El hecho es que la gran mayoría del público ha estado realizando robóticamente ese ritual teatral, y acosando a los que se niegan a hacerlo, y así simulando colectivamente una ‘plaga apocalíptica’. Los Novo Normales no se están comportando así porque sean estúpidos. (Lo hacen) porque están viviendo en una nueva ‘realidad’ que ha sido creada para ellos en el transcurso de los últimos meses por una masiva campaña de propaganda oficial, la más extensa y efectiva en la historia de la propaganda”.

Según Hopkins, la gran mayoría de los obedientes Nuevos Normales no son fanáticos totalitarios: “Están asustados, y son débiles, así que siguen órdenes, ajustando sus mentes a la nueva ‘realidad’ oficial. La mayoría de ellos no se perciben a sí mismos como adherentes de un sistema totalitario o como segregacionistas, aunque eso es lo que son. Se perciben como personas ‘responsables’ que siguen ‘directivas sanitarias’ sensatas para ‘protegerse’ a sí mismos y a los demás del virus y de sus ‘variantes’ mutantes en constante multiplicación”.

¿Cómo se llegó a ese estado de cosas? A través de un programa de cambio de comportamiento, dice Hopkins, en el que millones de personas en el mundo no son conscientes de la agenda final ni del contenido completo del paquete. “Se les bombardeó con una propaganda aterradora, se les encerró, se les despojó de sus derechos civiles, se les obligó a llevar mascarillas en público, a realizar absurdos rituales de ‘distanciamiento social’, a someterse a constantes ‘pruebas’ (...) Cualquiera que no cumpla con ese programa de cambio de conducta o que desafíe la veracidad y racionalidad de la nueva ideología es demonizado como un ‘teórico de la conspiración’, ‘negacionista del covid’, ‘antivacunas’”.

Pero para rehacer el mundo en su imagen paranoica, para remplazar la realidad con su propia ‘realidad’, las clases dominantes de GloboCap −plantea Hopkins− echaron mano de la fuerza de la policía y el ejército, de los medios de comunicación masiva hegemónicos, de los expertos y científicos, de la academia y la industria cultural. De toda la maquinaria de fabricación de ideología.

Para él no hay nada sutil en ese proceso. Normalmente, lo que se requiere para que las sociedades se acostumbren a nuevas realidades es una crisis, una guerra, un estado de excepción o… una pandemia mundial mortal. Durante el cambio de la vieja realidad a la nueva realidad, la sociedad se desgarra. La vieja realidad se está desmontando y la nueva aún no ha ocupado su lugar. Se siente como una locura y, en cierto modo, lo es. Dice que ese periodo es crucial para el movimiento totalitario. Necesita negar la vieja realidad para implementar la nueva, y no puede hacerlo con la razón y los hechos, así que tiene que hacerlo con miedo y fuerza bruta. Necesita aterrorizar a la mayoría de la sociedad y sumirla en un estado de histeria masiva sin sentido, que pueda volverse contra aquellos que se resisten a la nueva realidad.

Las clases dominantes y los medios corporativos a su servicio conocen los hechos y saben que éstos contradicen sus narrativas. Pero a ellos no les importa, porque no se trata de hechos sino de poder, dice Hopkins. Así es como se fabrica la realidad no sólo en los sistemas totalitarios, sino en todo sistema social organizado: Los que están en el poder instrumentalizan a las masas para imponer la conformidad con su ideología oficial. El totalitarismo es sólo su forma más extrema y peligrosamente paranoica y fanática. No es un debate civilizado sobre hechos, es una pelea. Y hay que actuar.

10.1.21

We Are at War

Peter Koenig

 

We are at war. Yes. And I don’t mean the West against the East, against Russia and China, nor the entire world against an invisible corona virus.


No. We, the common people, are at war against an ever more authoritarian and tyrannical elitist Globalist system, reigned by a small group of multi-billionaires, that planned already decades ago to take power over the people, to control them, reduce them to what a minute elite believes is an “adequate number” to inhabit Mother Earth – and to digitize and robotize the rest of the survivors, as a sort of serfs. It’s a combination of George Orwell’s “1984” and Aldous Huxley’s “Brave New World”.


Welcome to the age of the transhumans. If we allow it.


Vaccination


That’s why vaccination is needed in warp speed, to inject us with transgenic substances that may change our DNA, lest we may wake up, or at least a critical mass may become conscious – and change the dynamics. Because dynamics are not predictable, especially not in the long-term.


The war is real and the sooner we all realize it, the sooner those in masks and those in social distancing take cognizance of the worldwide “anti-human” dystopian situations we have allowed our governments to bestow on us, the better our chance to retake our sovereign selves.


Today we are confronted with totally illegal and oppressive rules, all imposed under the pretext of “health protection”.


Non-obedience is punishable by huge fines; military and police enforced rules: Mask wearing, social distancing, keeping within the allowed radius of our “homes”, quarantining, staying away from our friends and families.


Actually, the sooner, We, the People, will take up an old forgotten characteristic of human kind – “solidarity” – and fight this war with our solidarity, with our love for each other, for mankind, with our love for LIFE and our Love for Mother Earth, the sooner we become again independent, self-assured beings, an attribute we have lost gradually over the last decades, at the latest since the beginning of the neoliberal onslaught of the 1980s.


Slice by tiny slice of human rights and civil rights have been cut off under false pretexts and propaganda – “security” – to the point where we, drowned in propagated dangers of all kinds, begged for more security and gladly gave away more of our freedoms and rights. How sad.


Now, the salami has been sliced away.


We suddenly realize, there is nothing left. Its irrecoverable.


We have allowed it to happen before our eyes, for promised comfort and propaganda lies by these small groups of elitists – by the Globalists, in their thirst for endless power and endless greed – and endless enlargements of their riches, of their billions. – Are billions of any monetary union “riches”? – Doubtfully. They have no love. No soul, no heart just a mechanical blood-pump that keeps them alive, if you can call that a “life”.


These people, the Globalists, they have sunk so deep in their moral dysfunction, totally devoid of ethics, that their time has come – either to be judged against international human rights standards, war crimes and crimes against humanity – similar as was done by the Nuremberg Trials after World War II, or to disappear, blinded away by a new epoch of Light.


As the number of awakening people is increasing, the western Powers that Be (PTB) are becoming increasingly nervous and spare no efforts coercing all kinds of people, para-government, administrative staff, medical personnel, even independent medical doctors into defending and promoting the official narrative.


It is so obvious, when you have known these people in “normal” times, their progressive opinions suddenly turning, by 180 degrees, to the official narrative, defending the government lies, the lies of the bought “scientific Task Forces” that “advise” the governments, and thereby provide governments with alibis to “tighten the screws” a bit more (Ms. Merkel’s remarks) around the people, the very people the governments should defend and work for; the lies and deceptive messages coming from “scientists” who may have been promised “eternal, endless ladders of careers”, or of lives in a hidden paradise?


What more may they get in turn for trying to subvert their friends’, peers’, patients’ opinions about the horror disease “covid-19”? – Possibly something that is as good as life itself – and is basically cost free for the avaricious rich. For example, a vax-certificate without having been vaxxed by the toxic injections, maybe by a placebo – opening the world of travel and pleasurable activities to them as “before”.


By the way, has anybody noticed that in this 2020 / 2021 winter flu-season, the flu has all but disappeared? – Why? – It has conveniently been folded into covid, to fatten and exaggerate the covid statistics. It’s a must, dictated by the Globalists, the “invisible” top echelon, whose names may not be pronounced. Governments have to comply with “covid quotas”, in order to survive the hammer of the Globalists.


Other special benefits for those selected and complacent defender of the official narrative, the placebo-vaxxed, may include dispensation from social distancing, mask wearing, quarantining – and who knows, a hefty monetary award. Nothing would be surprising, when you see how this tiny evil cell is growing like a cancer to take over full power of the world – including and especially Russia and China, where the bulk of the world’s natural resources are buried, and where technological and economic advances far outrank the greed-economy of the west. They will not succeed.


What if the peons don’t behave? – Job loss, withdrawal of medical licenses, physical threats to families and loved ones, and more.


The Globalists evil actions and influence-peddling is hitting a wall in the East, where they are confronted with educated and awakened people.


We are at war. Indeed. The 99.999% against the 0.001%.


Their tactics are dividing to conquer, accompanied by this latest brilliant idea – launching an invisible enemy, a virus, a plandemic, and a fear campaign to oppress and tyrannize the entire world, all 193 UN member countries.


The infamous words, spoken already more than half a century ago by Rockefeller protégé, Henry Kissinger, comes to mind:


Who controls food supply controls the people; who controls the energy can control whole continents; who controls money can control the world.”


Quoted below are some lines and thoughts of a 1 January 2021, RT Op-Ed article by Helen Buyniski entitled “Civil war, medical discrimination, spy satellites and cyborgs! How 2021 could make us yearn for 2020”. The article may point us in a direction of what may happen in 2021, that we certainly do not yearn for:


People everywhere are eager to bid farewell to 2020, a year in which our lives were turned upside down by power-mad elites who seized the Covid-19 pandemic as a chance to go full police state.


But be careful what you wish for…. merely putting up a new calendar does nothing to address [the mounting repression and tyranny], which seem certain to reach a breaking point.


Humanity has been pushed to the limit with arbitrary rules, enforced poverty, and mandated isolation — it will only take a spark or two for things to explode.”


And it continues –


As vaccines are rolled out to the general public, the divide between those obeying the rules and the dissidents will only grow. Those who decline to get the jab will be treated as pariahs, banned from some public spaces and told it’s their fault life hasn’t gone back to normal, just as so-called “anti-maskers” have been.”


And more glorious prospects


Anyone who isn’t thrilled by the idea of ingesting an experimental compound whose makers have been indemnified from any lawsuits, will be deemed an enemy of the state, even separated from their children or removed from their home as a health risk. Neighbors will gleefully rat each other out for the equivalent of an extra chocolate ration, meaning even the most slavishly obedient individuals could end up in “quarncentration camps” for upsetting the wrong person.”


Yes, we are in the midst of war.


A war that has already ravaged our society, divided it all the way down to families and friends.


If we are not careful, we may not look our children and grandchildren in the eyes, because we knew, we ought to have known what was and is going on, what is being done, by a small dark power elite – the Globalists. We must step out of our comfort zone, and confront the enemy with an awakened mind of consciousness and a heart filled with love – but also with fierce resistance.


If we fail to step up and stand up for our rights, this war goes on to prepare future generations – to abstain from congregating with other people.


They are already indoctrinating our kids into keeping away from friends, school colleagues, peers, and from playing in groups with each other – as the New Normal.


The self-declared cupula – the crème of the crop of civilization – the Globalist evil masters, already compromised and continue to do so, the education systems throughout the globe to instill into kids and young adults that wearing masks is essential for survival, and “social distancing” is the only way forward.


Must see Video


Children of the Great Reset


https://www.youtube.com/watch?v=8ncE5yYQvJY (6 min. video).


Breaking the Social Fabric. Towards Totalitarian Rule


They, the Globalists, know damned well that once a civilization has lost its natural cohesion – the social fabric is broken, the very fabric that keeps a civilization together and dynamically advancing, they have won the battle. Maybe not the war, since the war will last as long as there is resistance. The “dynamic advancing” – or simply dynamics itself – is their nightmare, because dynamics is what makes life tick – life, people, societies, entire nations and continents. Without dynamics life on the planet would stand still.


And that’s what they want – a Globalist dictator, controlling a small population of serfs, or robotized slaves, that move only when told, own nothing and are given a digital blockchain controlled universal income, that, depending on their behavior and obedience, they may use to buy food, pleasure and comfort. Once the slaves are dispensable or incorrigible, their electronically controlled brains are simply turned off – RIP.


This may turn out to be the most devastating war mankind has ever fought.


May We, the People, see through this horrendous sham which is already now playing out, in Year One of the UN Agenda 21 /30;


And may We, the People, the commons, win this war against a power-thirsty elite and its bought administrators and “scientists” throughout the world – and restore a sovereign, unmasked, socially coherent society – in solidarity.


See the following Global Research articles by Peter Koenig on the “The Great Reset”

The World Economic Forum (WEF) Knows Best – The Post-Covid “Great Global Reset”,

The Post Covid World, The WEF’s Diabolical Project: “Resetting the Future of Work Agenda” – After “The Great Reset”. A Horrifying Future

Die Post-Covid-Welt, das teuflische Projekt des WEF: „Resetting the Future of Work Agenda“ – Nach dem „Großen Reset“. Eine erschreckende Zukunft

COVID and Its Man-Made Gigantic Collateral Damage: The Great Reset – A Call for Civil Disobedience

Covid-19: The Great Reset – Revisited. Scary Threats, Rewards for Obedience….


Peter Koenig is a geopolitical analyst and a former Senior Economist at the World Bank and the World Health Organization (WHO), where he has worked for over 30 years on water and environment around the world. He lectures at universities in the US, Europe and South America. He writes regularly for online journals and is the author of Implosion – An Economic Thriller about War, Environmental Destruction and Corporate Greed; and co-author of Cynthia McKinney’s book “When China Sneezes: From the Coronavirus Lockdown to the Global Politico-Economic Crisis” (Clarity Press – November 1, 2020).

4.4.19

Mexico and the Sustainable Development Goals

Laura Dowley*

The capture of the State by the corporate elite largely explains the SDGs’ slow progress - particularly in Mexico.

Agreed upon by UN member States and designed “to end poverty, protect the planet and ensure that all people enjoy peace and prosperity”, the Sustainable Development Goals (SDGs) for 2030 are commendable objectives indeed. But three years after they came into effect, progress has been sluggish, particularly in Mexico. What is going wrong?

Albeit not the only cause, the capture of the State by corporate elites goes a long way towards explaining the problem. Undue corporate influence on State institutions and policy decision-makers undermines the State’s ability to promote economic growth, reduce poverty and inequality, and protect the environment.

The capture of the State is both the cause and the effect of the stark disparities of wealth which beset Mexico and which the 2030 Sustainable Development Agenda acknowledges as one of the “huge challenges” facing sustainable development. While the Mexican economy is now the world’s 15th largest, Mexico ranks 17 in the most unequal country index in terms of distribution of wealth.

Since economic power translates into social and political power, what we end up with is a system in which the economic elite are able to ensure that the country is governed in line with their own interests. This, in turn, tends to intensify inequality.
All around the world, extreme concentration of wealth has reduced the amount of public resources available for development.
All around the world, extreme concentration of wealth has reduced the amount of public resources available for development. As countries become richer, government s paradoxically become poorer, mostly due to high levels of tax evasion and avoidance, illicit financial flows and the hiding of private profits in tax havens. A 2018 World Bank report on development found that multinational corporations are transferring up to 40% of their profits to tax havens, and that Mexico is one of the economies most affected by this phenomenon. In 2015, the Mexican State lost 197.1 billion pesos (14.2 billion dollars at the average exchange rate for that year) through tax evasion by private companies.

The establishment of a strong tax base in Mexico would undoubtedly result in a huge increase in funds available for sustainable development. Sadly, for so long as the Mexican State continues to consent to corporate interests, this is unlikely to happen.

The current human rights crisis in Mexico is symptomatic of a system that allows economic interests to shape State laws, regulations and public policies for their own benefit. Considering the high degree of convergence between human rights and the SDGs, Mexico must find a way to properly implement international human rights standards if it is even remotely serious about these goals.

Violence against journalists and human rights defenders has spiralled out of control in recent years: 120 journalists were murdered between January 2000 and October 2018 and, in 2017, Mexico was the third most dangerous country in Latin America and the fourth most dangerous in the world for land defenders and environmental activists. Today, only three months into the new administration, 14 journalists and human rights defenders have already been killed.
The capture of the State has meant that, time and time again, the Mexican State has failed to implement laws that seek to prevent human rights violations by private businesses.
The majority of the attacks against human rights activists happen in the context of business activities - not surprisingly, given the obvious discrepancy between sustainable community-led development and private-sector profit-driven interests. Mining, infrastructure construction, energy and logging are all industrial activities frequently related with targeted attacks against those who oppose them.

The capture of the State has meant that, time and time again, the Mexican State has failed to implement laws that seek to prevent human rights violations by private businesses. More often than not, large businesses act with almost complete impunity, the effect of which is to increase violence further.

The 2014 spill of toxic waste from a Grupo México copper mine into rivers in the state of Sonora, in northern Mexico – the worst environmental disaster in the history of the mining sector in Mexico – is emblematic of the Mexican State’s failure to implement laws for the protection of local communities.

At the time of the spill, the environmental regulator had actually allowed a Grupo México subsidiary to operate without the environmental permits required for handling hazardous waste, in breach of its international obligation to prevent violations of the local communities’ right to a healthy environment.

Not only are laws not properly implemented; in some cases, national legislation is unduly lenient with the private sector regarding its obligation to contribute to sustainable development.

The mining lobby, for example, has managed to ensure regulations which favour its interests over those of the affected communities. Under the guise of encouraging development, the Mining Act considers mining to be in the public interest and preferential to any other use of the land – which means that the land of indigenous and farming communities is in practice readily available to extractive companies.

The Act violates the principle of international law establishing the communities’ right to self-determination. Moreover, considering that 50% of the population in the gold and silver producing areas are living in conditions of extreme poverty, the Mexican government must ask itself if mining has actually been the catalyst for local development it had promised.

Can things change under the administration of new president Andrés Manuel López Obrador (AMLO)? His promise to fight corruption and inequality is clearly a step in the right direction.

But the road ahead will be a tough one. Both phenomena have come to be deeply entrenched under the rule of the Institutional Revolutionary Party (PRI) – the party that held power from 1929 to 2000. The conservative National Action Party (PAN) took over the presidency from 2000 until 2012, and then the PRI returned to power for a six year term marked by corruption scandals in the Federal Government.

The cancellation of the new Mexico City airport – a project mired in corruption and human rights abuses – following a nation-wide public consultation in October 2018 looked like a promising move by AMLO, who was then president elect.

But the process was criticised by experts for being non-binding and failing to meet international standards for public participation - the decision should have been made by the communities whose land was affected by the project, not by the nation as a whole.

Only a few weeks later, the new administration conducted a second consultation regarding another major development project. The results of this consultation did not go the way the 82 potentially affected indigenous communities had hoped.
The construction of the Mayan Train will go ahead despite obvious violations of the international law principle that indigenous peoples must give their free, prior and informed consent to projects which may affect them and their territories.
The construction of the Mayan Train – a train line in the south-east of the country – will go ahead despite obvious violations of the international law principle that indigenous peoples must give their free, prior and informed consent to projects which may affect them and their territories.

Presented by the government as a boost to social and economic development, with due respect for local indigenous cultures, the train also happens to cross five states that are home to major energy projects. The government itself admits that one of the project’s objectives is to allow the energy industry to flourish.

One wonders who will actually benefit from this kind of development. It looks increasingly as if local communities will be sidelined, yet again, by development policies designed to produce massive financial gains for the business and political elite.

*openDemocracy

13.5.18

La élite del poder, colusión de magnates y políticos

 
 

Es la élite de la iniciativa privada que domina los distintos sectores económicos del país y que durante décadas ha salvaguardado sus intereses financiando campañas presidenciales, recurriendo al chantaje e impulsando cercos publicitarios a medios de información. Se trata del Consejo Mexicano de Negocios, del que Proceso presenta un perfil e identifica a varios de sus miembros. Esta exclusiva cúpula empresarial, beneficiada (en parte) de las privatizaciones que han operado diversos presidentes, tiene su origen en 1962, cuando respondió al interés de frenar el desarrollo de la izquierda en México.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como “cúpula de cúpulas” está regida por algunas reglas básicas que cimentan la confianza entre sus miembros: el ingreso de un nuevo integrante debe ser aceptado por unanimidad, la membresía se hereda, las reuniones y su contenido se llevan a cabo a puerta cerrada.

Y quizás la principal, aunque no haya una postura partidista, todos comparten el mismo objetivo: concretar el proyecto neoliberal en México mediante pactos con el presidente de la República.

Sus refrescos, panes, tortillas, latas, medicamentos, cervezas y licores surten todas las tiendas del país. Controlan los principales espacios de distribución (Soriana, Chedraui, La Comer y Oxxo, entre otros), tienen bancos y aseguradoras, manejan las telecomunicaciones y parte del contenido mediático, detentan las concesiones mineras más redituables, operan las principales empresas de transporte y producen la mayor parte del cemento, del acero y de la pintura.

Aunque sus integrantes se dejan ver cada vez más, aún no hay un registro público de su membresía. Mediante solicitudes de información a la Presidencia de la República y de búsquedas en terceras fuentes, Proceso identificó a por lo menos 52 miembros, entre ellos apenas tres mujeres.


A excepción de Blanca Treviño de Vega, la primera mujer en ingresar al entonces llamado Consejo Mexicano de Hombres de Negocios –su nombre perdió la palabra “hombres” tras la integración de la regiomontana–, todos heredaron sus grupos o se beneficiaron de las privatizaciones, que el propio organismo –ahora llamado Consejo Mexicano de Negocios (CMN)– promovió durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.


Entre ellos destacan siete mexicanos que Forbes incluyó en su lista de multimillonarios globales de 2018: Carlos Slim Helú, Alberto Bailleres González, Emilio Azcárraga Jean, Germán Larrea Mota Velasco, María Asunción Aramburuzabala Larreguí, Roberto Hernández Ramírez y Juan Beckmann Vidal.

También lo forman nueve integrantes del “Grupo de los Diez” de Nuevo León: Armando Garza Sada, Rogelio Zambrano Lozano, Tomás González Sada, Sergio Gutiérrez Muguerza, José Antonio Fernández Carbajal, Eduardo Garza, Enrique Zambrano Benítez, Adrián Sada González y Eugenio Garza Herrera.

Acostumbrado a la discreción, el CMN suele expresarse mediante un único canal de comunicación: su presidente en turno, puesto ocupado actualmente por Alejandro Ramírez Magaña, dueño de Cinépolis.

De manera poco habitual, el jueves 3, el CMN publicó en varios periódicos un desplegado titulado “Así no”, en el que calificó de “injuriosas y calumniosas” las expresiones que empleó Andrés Manuel López Obrador, el candidato presidencial de la coalición Juntos Haremos Historia, cuando se refirió a la élite empresarial como “minoría rapaz”.

Proyecto neoliberal

La creación del CMN como grupo informal, en 1962, respondió a un interés urgente: impedir el desarrollo de la izquierda en México, apenas tres años después del triunfo de la Revolución Cubana, a la que el PRI de Adolfo López Mateos enviaba señales de solidaridad.

Para garantizar sus intereses, el CMN se valió de todo: varios de sus miembros financiaron las campañas de Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo o Vicente Fox –aunque otros, como Juan Sánchez Navarro, denunciaron estas prácticas–, recurrieron al chantaje, fomentaron el boicot publicitario contra el periódico Excélsior de Julio Scherer, aplaudieron la represión de 1968 y orquestaron campañas sucias contra los candidatos de izquierda, ya fuera Cuauhtémoc Cárdenas o López Obrador.

El CMN impulsó la privatización de las empresas paraestatales y la disminución del gasto público, logró reducir los derechos laborales y contener los salarios y obtuvo la apertura de la economía a la inversión extranjera, como lo mostró la politóloga Marcela Briz Garizurieta en su tesis de doctorado El Consejo Mexicano de Hombres de Negocios en la transición hacia un nuevo modelo de desarrollo, presentada en mayo de 2006.

En los tiempos más decisivos para la élite del sector privado, el CMN colocó a uno de sus integrantes al frente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) –un órgano en el que el CMN tiene voz y voto, y del que Juan Sánchez Navarro, miembro del club, fue el primer presidente– y de la Asociación Mexicana de Banqueros, a las que utilizó para presionar al gobierno.

En 1986, por ejemplo, el empresario priista Claudio X. González, presidente del consejo de administración de Kimberly-Clark, utilizó su doble condición, como miembro del CMN y presidente del CCE, para presentar al entonces presidente Miguel de la Madrid una “propuesta” de política económica en diez puntos para contener la inflación.

Fue precisamente durante el sexenio de De la Madrid que el CMN tomó fuerza –que culminó en el sexenio de su sucesor, Carlos Salinas de Gortari–: a raíz de la expropiación bancaria de 1982 “el (CMN) figuró como intermediario clave para recomponer las relaciones entre la administración de Miguel de la Madrid y el sector privado”, sostuvo la académica.

El entonces presidente necesitaba contener la inflación, pero no quería negociar con el CCE, demasiado afín al PAN. Al frente de sus grupos, los miembros del CMN tenían el control sobre los precios de los productos y una mayor disposición a negociar, como refirió el exmandatario en sus memorias.

Empresarios y gobierno acordaron en 1987 el Pacto de Solidaridad Económica, en el que la élite del sector privado consiguió, a cambio de controlar sus precios, que el gobierno federal iniciara la privatización de las empresas paraestatales y abriera las puertas a los capitales extranjeros.

El CMN tenía entonces por interlocutor a Carlos Salinas de Gortari, el secretario de Programación y Presupuesto, afecto al proyecto neoliberal. Ya instalado en Los Pinos –con la ayuda financiera de varios integrantes del Consejo–, Salinas reprivatizó la banca y aceleró la venta de paraestatales.

Cada año desde 1996, el presidente en turno del CMN protagoniza un ritual público: tras realizar un breve análisis de la situación económica del país, anuncia el monto –en dólares– de las inversiones que los integrantes del exclusivo club realizarán el año siguiente. El presidente, en respuesta, agradece a los empresarios sus esfuerzos y presume el monto de la inversión como un logro de su administración. En diciembre pasado, por ejemplo, Enrique Peña Nieto dio las gracias a la cúpula por invertir “más de 150 mil millones de dólares” durante su sexenio.

Las reuniones que el CMN celebraba cada año con el titular del Ejecutivo solían llevarse a cabo a puerta cerrada, hasta que en enero de 2016 Peña decidió abrir en parte a la prensa una reunión en el exclusivo Club de Empresarios Bosques. Ello generó molestia en la cúpula empresarial y desde esa fecha las reuniones están marcadas por un protocolo rígido.

En cada esquina

La herencia de los negocios familiares, así como la adquisición de bancos y empresas durante el periodo de privatización, instalaron a los integrantes actuales del CMN al frente de grupos que dominan los distintos sectores económicos del país.

Slim es dueño de las telecomunicaciones, Azcárraga controla la televisión abierta, Bailleres y Larrea la minería –el segundo, con Grupo México, controla además el transporte ferroviario–, Ramírez Magaña posee la mayoría de las salas de cine y Zambrano produce más de la mitad del cemento que se utiliza en el sector de la construcción del país.

José Antonio Fernández Carbajal y Juan Gallardo, presidentes de los consejos de administración de FEMSA y de la organización Cultiba, respectivamente, dominan el mercado mexicano de refrescos.

Eduardo Tricio Haro –presidente de Grupo Lala y Aeroméxico–, junto con Aramburuzabala y Valentín Díez Morodo, lideran los mercados de la leche y de la cerveza, mientras que el sector alimenticio del CMN también cuenta con los gigantes Bimbo y Herdez –dirigidos por las familias Servitje y Hernández-Pons Torres, respectivamente–, así como con Bachoco, el principal productor de pollo del país.

En el comercio minorista están Ricardo Martín Bringas, Antonio Chedraui Obeso o Carlos González Zabalegui, presidentes de los consejos de administración de Grupo Soriana, Chedraui y La Comer, respectivamente. Esos consorcios operan las cadenas de tiendas de autoservicio Soriana, Chedraui, La Comer, City Market y Mega, entre otras.

Por parte del sector bancario destacan Roberto Hernández Ramírez, el presidente de Grupo Financiero Banamex, quien se enriqueció vertiginosamente cuando se privatizó de la banca, así como Antonio del Valle Ruiz, quien vendió su grupo Bital a HSBC en 2002 y dirige actualmente la química Mexichem.

Si bien el Grupo Financiero BBVA Bancomer no está presidido por un integrante del CMN, en su consejo de administración se mezclan los intereses de algunos grupos del exclusivo club de empresarios: en él se encuentran Bailleres y Ramírez Magaña, así como Carlos Vicente Salazar Lomelín, quien hasta diciembre de 2017 fue director general de FEMSA.

Aunque la mayor parte de los grupos no tienen negocios al amparo directo del poder, algunos de ellos destacaron entre los grandes beneficiarios de contratos gubernamentales durante la administración de Peña Nieto.

Grupo Carso, de Carlos Slim, obtuvo contratos por más de 123 mil millones de pesos durante el sexenio; encabezó el consorcio que obtuvo el principal del Nuevo Aeropuerto Internacional de México para la construcción del edificio de la terminal, por 84 mil millones de pesos.

Y no es el único: Aramburuzabala (Sixsigma Networks), Azcárraga (Televisa), Bailleres (Grupo Nacional Provincial), Agustín Franco Macías (Grupo Infra), Bernardo Quintana Isaac (ICA) y Luis Orvañanos Lascuráin (Corporación GEO), entre otros, también obtuvieron jugosos contratos durante la administración de Peña Nieto (Proceso 2160).

El operador

Con el paso de las décadas creció la membresía del CMN: de seis fundadores llegó a 37 empresarios en 1989 y ahora lo integran por lo menos 52 personas. Veinte de los miembros –o sus herederos– de 1989 permanecen en el grupo y 32 se incorporaron después, lo que diluyó la cohesión y diversificó sus posturas, observó Briz en su tesis doctoral.

En el Consejo de Administración de Banamex, por ejemplo, ocho de los 15 consejeros pertenecen al CMN; en Grupo México se encuentran seis de sus miembros; en el de Grupo Televisa son cinco y el mismo número se encuentra en el grupo regiomontano Alfa.

El financiero Valentín Díez Morodo, presidente el Consejo de Administración de Grupo Modelo –comprado en 2015 por el gigante transnacional de origen holandés AB Inbev– es socio consejero de Kimberly- Clark, Banamex, Grupo KUO, Grupo DINE, Mexichem, todas presididas por miembros del CMN.

Claudio X. González Laporte, presidente de Kimberly-Clark de México y miembro de mayor antigüedad en el CMN, junto con Antonio del Valle Ruiz y Alberto Bailleres, se encuentra en los consejos de administración de los grupos de Slim –Carso, Inbursa y Sanborns–, de Armando Garza Sada –Grupo Alfa—y de Germán Larrea –Grupo México.

Desde su ingreso al club, en 1978, su estrategia no cambió: presente en los consejos de administración de los principales grupos, en las organizaciones empresariales –presidió el CMN y el CCE en tres ocasiones– y en las más altas esferas de la política, asumió el papel más protagónico en la defensa de los intereses de la élite.

En noviembre de 1997 el empresario regiomontano Juan Sánchez Navarro dijo a este semanario: “Claudio era del gobierno, asesor (de Salinas en materia de inversión extranjera). Su situación era equívoca. Es excelente empresario, pero como tal no podía pertenecer al Estado. Era casi una simbiosis que no es aceptable”.

En abril de 2002, al terminar su presidencia al frente del CCE, Claudio X. González denunció los “retrocesos en materia fiscal” de Vicente Fox y sostuvo que “siguen pendientes cambios que permitan la inversión privada en generación de electricidad y gas e, incluso, en la petroquímica”.

Con la doble batuta CMN-CCE, el empresario chantajeó al entonces presidente Fox, al advertirle que el sector empresarial no firmaría el acuerdo político sin el compromiso del gobierno federal de reformar el marco jurídico para abrir parte del sector energético a la inversión privada, a ablandar la ley laboral para eliminar las “excesivas prestaciones” o desregular la educación privada.

Se convirtió en una de las voces más críticas contra López Obrador en las últimas dos décadas: en 2005 resultó el más firme promotor del desafuero al candidato y en octubre pasado apoyó abiertamente a José Antonio Meade Kuribreña, el candidato presidencial de la coalición encabezada por el PRI.

29.9.17

Cuando las “super élites” no pagan impuestos

 

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Para resarcir la crisis financiera de 2007, los gobiernos aplicaron la misma receta neoliberal: se endeudaron para salvar el sector financiero del colapso y, en lugar de recaudar dinero en el sector privado –sobre todo en las empresas transnacionales–, impusieron medidas de austeridad a sus pueblos, con lo que redujeron sus gastos en sectores clave como la educación o la salud públicas.

A una década de esa crisis, instituciones internacionales y organizaciones de la sociedad civil deploran que los gobiernos no abordaran de manera coordinada dos puntos clave del sistema financiero internacional: la competencia tributaria entre países y los paraísos fiscales que bancos, empresas transnacionales y personajes multimillonarios siguen utilizando para eludir los impuestos en los países donde sacan sus ganancias.

En su informe anual 2017, publicado el jueves 14, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) realizó un análisis sorprendentemente crítico sobre los impactos de la “hiperglobalización” y de las medidas de austeridad en las sociedades.
El organismo urgió a los gobiernos a asestar un “impulso fiscal concertado” para “reequilibrar las economías y las sociedades”.

A lo largo de sus 200 cuartillas, el reporte denuncia la extrema concentración de la riqueza en el sector financiero –los bancos acaparan 100 billones de dólares–, la privatización generalizada de los sectores de la salud, la educación y las pensiones, así como el surgimiento de “súper élites” internacionales, mejor conocidas en la opinión pública como “el 1%”.

Como resultado, la desigualdad se disparó en el seno de los países, y la riqueza global se concentró en las manos de ese 1%, que amenaza a los gobiernos con desplazar sus centros de producción y capitales hacia otros países en el caso de que incrementen los impuestos. La impotencia de los Estados dejó un terreno fértil a los discursos xenofóbicos y nacionalistas, constata el informe.

México es el más desigual de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) –los cuatro hombres más ricos del país concentran 9% del PIB– y el que menos impuestos recauda: un 17.4% de su PIB, apenas la mitad del promedio de las naciones del organismo.

También es uno de los países del llamado G24 con la menor tasa de tributación a las empresas: apenas 10.9% de sus ingresos fiscales provienen de las corporaciones.

Entre sus recomendaciones, la UNCTAD llamó a los gobiernos a incrementar sus ingresos fiscales –mediante impuestos a las propiedades y los ingresos del capital, o con el abandono de las condonaciones fiscales, entre otros– y luchar de manera eficiente contra los paraísos fiscales.

El documento subrayó que ningún país puede tomar esta iniciativa por sí sólo, puesto que enfrentaría el riesgo de que los ricos saquen las riquezas y sus capitales, que la moneda colapse o que arranque un ciclo deflacionista.

Y no sólo la UNCTAD: la Comisión Económica para América Latina (Cepal) y la OCDE multiplicaron los llamados a los gobiernos para que colaboren y pongan un “hasta aquí” a los abusos de las empresas transnacionales y del sector financiero.

Segundo plano

En medio de la crisis de derechos humanos que azota a México, el tema fiscal pasa a un segundo plano, lamenta la abogada chilena Magdalena Sepúlveda Carmona, exrelatora especial de la ONU sobre pobreza extrema y derechos humanos.

Sepúlveda es integrante de la Comisión Independiente para la Reforma Internacional de la Fiscalidad Corporativa (ICRICT, por sus siglas en inglés), la cual aboga a favor de una reforma fiscal internacional que iría más allá de las iniciativas de la OCDE, el “club” de los países occidentales más ricos del planeta.

“Los países recortan sus presupuestos sin buscar nuevos ingresos, dicen que no tienen recursos disponibles para mejorar los servicios de salud”, observa Sepúlveda, en entrevista con Apro.

Enseguida añade: “En América Latina, tenemos una base de impuestos bajísima en relación con la OCDE. No me digan que no tienen el dinero cuando en realidad regalan el dinero a las transnacionales y al sector más rico de la población. No están haciendo lo máximo que pudieran hacer, no me digan que deben tomar medidas de austeridad”.

Junto con los demás integrantes de la ICRICT –entre ellos el Nobel de Economía estadunidense Joseph Stiglitz, consultores y representantes de comunidades religiosas–, Sepúlveda busca mostrar que el tema fiscal es un tema de derechos humanos, que “nos afecta a todos, porque si el 1% de los más ricos no paga, es difícil que los Estados tengan el presupuesto suficiente para una política social”.

La chilena recuerda que las empresas transnacionales suelen negociar al tú por tú con los gobiernos, mediante acuerdos secretos –exenciones de impuestos, agilización de trámites, por ejemplo– y a veces a través de actos de corrupción. Los gobernantes, a su vez, justifican el otorgamiento de ventajas a estas empresas por la creación de empleos.

“Para que la sociedad civil pueda realmente estimar si la creación de estos empleos vale o no la pena, hay que saber cuánto las empresas dejaron de pagar impuestos. El riesgo que se corre es que los trabajos de la industria extractiva son de bajos salarios, y las empresas dejan de pagar muchos impuestos. En ello necesitamos que haya más transparencia, que esto sea público”, opina.

De acuerdo con la experta, “ahora más que nunca” los Estados deben implementar políticas tributarias progresistas que incrementen la base impositiva de los grupos económicos más fuertes y las empresas transnacionales.

“Este tema es donde más queda patente la injusticia: no pagan impuestos donde están generando el dinero, se van adonde tienen un pago de impuestos menor y se crea una competencia fiscal dañina”, deplora.

La experta cita la investigación periodística global Los Papeles de Panamá –en la que participó Proceso–, que exhibió las entrañas del mundo offshore, cuya secrecía y beneficios fiscales son usados tanto por los conglomerados transnacionales para reducir sus impuestos como por grupos criminales para lavar dinero de procedencia ilícita.

“Estos mismos sistemas que están promovidos por abogados, por empresas de contaduría, que facilitan que las empresas no paguen impuestos, también están utilizadas por las mafias”, asevera. Y añade: “Cuando hablamos de la tributación, no hablamos de temas que no le competen a la sociedad civil, porque afectan a la cohesión social de nuestros países”.

Sepúlveda señala algunos avances a nivel internacional. El pasado 16 de noviembre, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés) criticó por primera vez a Suiza por sus políticas protectoras del secreto bancario y la información tributaria.

En sus observaciones sobre el país helvético, el organismo internacional se “preocupó” de que las políticas suizas favorables a las empresas transnacionales “puedan tener un efecto negativo en la capacidad de otros Estados, particularmente los que tienen escasos ingresos, para movilizar al máximo los recursos disponibles con miras a hacer efectivos los derechos de la mujer”.

Conciencia global

En enero pasado, la OCDE deploró que en México “la evasión y la elusión fiscal reducen los ingresos del gobierno” y, en un informe publicado el pasado miércoles 13, el organismo destacó que México es el país con la menor recaudación de impuestos, así como con la menor tasa de redistribución a través de impuestos y transferencias.

Ello es problemático, pues una baja recaudación fiscal implica una baja redistribución de las riquezas de un país, lo que se traduce en la concentración de los recursos en pocas manos y una baja inversión en los servicios públicos.

De acuerdo con este documento, la administración mexicana recauda impuestos equivalentes a 17.4% del PIB, una tasa mucho menor que en Dinamarca, donde se eleva a 45%.

El coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en el ingreso, sólo se reduce en 0.3% después de los impuestos en México. Es decir: el efecto redistributivo de la recaudación de impuestos simplemente no existe en el país, mientras que en Irlanda los impuestos “corrigen” el 41% de la desigualdad medida por el índice de Gini.

En su informe anual, la UNCTAD plantea: “Lo que se requiere es una estrategia de expansión (fiscal) y de incremento del gasto público, coordinada a nivel internacional”.

Enseguida añade que el objetivo de los gobiernos debería consistir en “poner fin a la austeridad y contener el sector financiero para servir la sociedad de nuevo”.

“Con la renuencia de los países desarrollados a realizar un impulso (fiscal) coordinado, la austeridad se convirtió en la política macroeconómica estándar en muchas economías emergentes, que enfrentan desbalances fiscales y altos niveles de deuda”, indicó.

“Desde los principios de la hiperglobalización, el sector financiero tendió a generar inmensas ganancias, absurdamente desproporcionadas con sus beneficios sociales”, observó la UNCTAD. En paralelo, las mayores corporaciones transnacionales acapararon una parte siempre más importante de la economía, a través de las privatizaciones de servicios públicos, por ejemplo.

El informe toma el ejemplo “bien conocido” de la privatización de Telmex durante la administración del expresidente Carlos Salinas.

Recuerda que, al comprar Telmex, el magnate Carlos Slim obtuvo un monopolio en el sector de las telecomunicaciones, desde el cual aplicó tarifas indebidas. De acuerdo con la OCDE, tan sólo entre 2005 y 2009, los mexicanos pagaron 25.8 mil millones de pesos de más cada año a la empresa del magnate, equivalente a 1.8% del PIB del país.

“Ello se presta a apoyar la visión de que la hiperglobalización promueve las ‘ganancias sin prosperidad’, y que el poder asimétrico en los mercados es un factor que contribuye fuertemente al incremento de la desigualdad en el ingreso”, sostiene el reporte.