Fabrizio Mejía Madrid
El maíz es anterior al país y, por eso, como cultura no sólo es
agrícola o gastronómica, sino que es la existencia misma de los
habitantes de México. Es el fundamento del sustento, hasta la fecha. Nos
comemos 27 millones de toneladas al año, 80 kilos por persona en el
campo y 57 kilos por persona en las ciudades.
Arrocillo, Cacahuacintle, Chalqueño, Cónico, Cónico Norteño, Dulce,
Elotes Cónicos, Mixteco, Mushito, Mushito de Michoacán, Negrito,
Palomero de Jalisco, Palomero Toluqueño y Uruapeño, Dzit-Bacal,
Comiteco, Coscomatepec, Motozinteco, Olotillo, Olotón, Tehua, Negro de
Chimaltenango, Quicheño, Serrano, Mixeño y Serrano Mixe, Apachito, Azul,
Complejo Serrano de Jalisco, Cristalino de Chihuahua, Gordo y Mountain
Yellow, Blando de ocho hileras, Onaveño, Harinoso de Ocho, Tabloncillo,
Tabloncillo Perla, Bofo, Elotes Occidentales, Tablilla de Ocho, Jala,
Zamorano Amarillo, Ancho y Bolita, Conejo, Nal-Tel, Ratón y Zapalote
Chico, Celaya, Tepecintle, Tuxpeño, Tuxpeño Norteño, Vandeño, Zapalote
Grande, Nal-Tel de Altura, Pepitilla, Chiquito, Choapaneco y Cubano
Amarillo, Chapalote, Dulcillo del Noroeste, Elotero de Sinaloa y
Reventador. Esos son los 64 nombres de nuestros tipos de maíz. De ellos,
59 son nativos y han dado lugar a una gastronomía de las más variadas
en el planeta. Por ejemplo, sin el maíz bolita, no hay tlayudas, así
como sin el cacahuazintle no habría pozole, sin el maíz dulce, tampoco
hay uchepos.
Mil 500 años antes de nuestra era, los olmecas representaron a la diosa
del maíz con la forma de una “U”, por la manera en cómo las hojas
enmarcan a una mazorca. Esa “U” la vemos por todas las culturas
originarias de México y Centroamérica en la frente de los jaguares
humanizados, porque son deidades de la lluvia. Así, si usted ve una “U”
en cualquier relieve, pintura, códice y escultura prehispánicas está
ante la imagen de una diosa que es nuestro maíz. El maíz es anterior al
país y, por eso, como cultura no sólo es agrícola o gastronómica, sino
que es la existencia misma de los habitantes de México. Es el fundamento
del sustento, hasta la fecha. Nos comemos 27 millones de toneladas al
año, 80 kilos por persona en el campo y 57 kilos por persona en las
ciudades. Nuestros maíces aportan el 38 por ciento de proteínas, el 45
por ciento de calorías y el 50 por ciento del calcio que consumimos los
mexicanos. No hay otro país en el mundo en el que el consumo sea tan
alto, por lo que los estudios comparativos en ese tema nunca son
concluyentes. Eso acaba de sucederle a México en el panel de los
acuerdos de comercio con EU y Canadá: no hay forma de medir el impacto
del maíz modificado genéticamente por las patentes corporativas en un
país como el nuestro en que se cultivan 64 razas de maíz en los 32
estados que lo componen, no importando climas, lluvias, altura, o
catástrofes naturales. No hay comprobación de que el maíz transgénico
haga daño a la salud, pero tampoco de que sea inocuo, es decir, que no
haga daño. Pero el problema real es que, si aceptáramos sembrarlo,
tendería a uniformar los maíces blancos que comemos, a contaminarlos con
trazas de genes manufacturados por la agroindustria de Estados Unidos.
El motivo de esta columna es doble. Por un lado, tratar de explicar qué
diablos es el maíz transgénico y, por el otro, argumentar cómo nuestros
maíces no son una simple mercancía, con un precio, y una forma de
cocinarse, sino que sustentan una veneración que todavía tiene en su
fundamento una traza de espiritualidad. Empecemos por el principio.
Los organismos genéticamente manipulados son los que cambian un gen de
su ADN por el de otro organismo. Por ejemplo, a un maíz le ponen un gen
de una bacteria o de un hongo. ¿Para qué lo hacen? Para hacer al maíz
inmune a una plaga o a una enfermedad o, incluso, a una sequía. En este
último caso, el de la sequía o las heladas, el CINVESTAV del Poli
desarrolló maíces resistentes para proteger a las cosechas de los
campesinos. Esta intervención en los genes se hace de distintas maneras:
hay una en que literalmente se les bombardea de partículas a alta
velocidad, otra en que se utiliza a un virus o una bacteria para que
sirvan de transporte para meterlo a las células. Luego, con un filtro
químico se separa a las células que recibieron el gen de las que no lo
aceptaron, y se pasa a cultivar sólo las modificadas. Así se crea una
nueva variedad resistente a lo que sea el problema que se quería
resolver. Hasta ahí, todo parece una tecnología benigna. El problema y
es esto para el maíz, viene cuando las abejas, moscas, colibríes, es
decir, los polinizadores, o el simple viento se llevan genes modificados
y los van insertando en otras variedades, a través del polen. Como
ustedes saben, el polen es la célula sexual masculina de las plantas con
flores. Lleva por lo tanto los genes del ADN de la planta. Por eso, con
la aparición del maíz transgénico se habla de “deriva del polen” ---no
de la autoritaria--- por la contaminación de una raza manufacturada en
un laboratorio hacia los maíces nativos, como los nuestros. Es decir,
que la raza manufacturada, más resistente, se fija como la dominante en
contra de las demás, tendiendo a que se haga un monocultivo.
Ahora hablemos del maíz como mercancía y de sus rasgos genéticos como
supuestos “derechos de autor”. Resulta que corporativos como Monsanto
patentan las secuencias del ADN que manipulan. De hecho, han logrado que
la segunda generación de sus semillas sean estériles, obligando a los
agricultores a comprarles nuevas semillas cada año. Esto es, por
supuesto, un abuso del supuesto “derecho de autor”. Pienso, para mis
adentros: imagínense que, habiendo leído el libro, ya no lo pudiera uno
releer y tuviera uno que comprarlo otra vez. O una película, como si
tuviera una caducidad, una obsolescencia programada como los focos. Pues
ese es el caso con las semillas de Monsanto que llevó a un grado de
abuso la llamada “privatización de la naturaleza”. Usar los “derechos de
autor” para monopolizar los alimentos humanos es acaso el más infame de
los atropellos contra la historia del planeta. Porque, Monsanto puede
haber modificado una planta de maíz para que sea insensible a una plaga
de hongos, pero no creó el maíz. El maíz se creó en el mundo, es una
cosa que sucedió, simplemente. Y hace unos ocho mil años, unos humanos
que vivían en lo que hoy es México, la cultivaron y la hicieron lo que
es hoy. Se trata, en breve, de todo el patrimonio alimenticio del
planeta en manos de un monopolio de secuencias genéticas privatizadas.
Es de locos, pero es, si nos descuidamos, el futuro que heredaremos a
las siguientes generaciones: monocultivos de una sola variedad, a
precios de monopolio para los campesinos y agricultores. Actualmente,
sólo cuatro corporativos biotecnológicos controlan el 60 por ciento de
las semillas que se siembran en el planeta: la propia Monsanto-Bayer,
Syngenta, Corteva (que es DuPont aliada con Dow), y ChemChina. El 80 por
ciento de las semillas de maíz en los Estados Unidos son de
Bayer-Monsanto. Es decir, es un monopolio. Pero los gobiernos de Estados
Unidos no solamente no han hecho nada contra él, sino que pretenden que
sus semillas se siembren en México, argumentando que es una mercancía
que protege el comercio de América del Norte. Y eso, sembrar maíz
transgénico, como ha dicho la Presidenta Claudia Sheinbaum, estará
prohibido en la Constitución. Si no lo hiciéramos, estaríamos mutilando
la herencia agricultural, el patrimonio alimenticio, la cultura del maíz
para las nuevas generaciones. Aceptarlo sería suicida.
Y aquí viene el segundo motivo de esta columna. Es nuestra relación con
el maíz. Para los antiguos mexicanos, era una diosa. Se le comparaba con
la abundancia, con las lluvias, y con el jaguar, en la tradición más
añeja, que es la Olmeca. Pero todas las civilizaciones que le siguieron
tienen al maíz, no sólo como una divinidad, sino como mito de la
fundación, el relato antes del tiempo, de donde venimos. Como dice
Alfredo López Austin en Los brotes de la milpa: “Los mitos se forman en
los descansos con el sudor refrescante de la sombra; se forman en los
encuentros con el gesto, con la charla, con la lección, con el cruce
indiferente; se forman con todos los enunciados del amor, y con los del
dolor, la duda, el sueño y el ensueño; con saberes y misterios; con las
pautas y con sus violaciones. Se forman, en suma, en las repeticiones y
repeticiones de lo cotidiano; esas repeticiones que se integran con
partículas novedosas, sorpresivas. Los verdaderos creadores de los mitos
nunca saben que siempre están ha- ciéndolos”.
Es en los mitos en que nos reconocemos como mexicanos. ¿Cómo explicarnos
que comamos tanto maíz, en tantísimas formas? Porque estamos hechos de
él, según el mito originario. No es que realmente lo creamos que estamos
hechos de él, sino que nos da una talla cósmica al ser lo que comemos
de la tierra. No es una explicación como tal, sino una sustancia, la
sustancia de la cultura. Así, los mayas en el Popol Vuh relatan que los
dioses en ese tiempo antes de la historia, crearon a los animales.
Cuando les pidieron que dijeran sus nombres, todo lo que obtuvieron
fueron graznidos, ladridos, chillidos, y rugidos. Así que los exiliaron a
los montes para servir de alimento. Entonces se propusieron crear algo
que pudiera decir su nombre. Primero, intentaron con barro, pero se
quebraba y no tenía alma. Luego, hicieron hombre y mujer de distintas
maderas, pero anduvieron por ahí sin destino, obnubilados por la falta
de entendimiento. Así que, finalmente, enviaron al ocelote, al coyote, a
la guacamaya, y al cuervo a traer las mazorcas amarillas y blancas de
Paxil y Cayalá. Molieron el maíz, hicieron con la masa nueve bebidas, y
con ellas crearon la carne y la sangre del primer varón y la primera
mujer, su fuerza y su vigor. Las maravillosas criaturas fueron la
primera madre y el primer padre, y tuvieron unos hijos y unos nietos que
alabaron y alimentaron con sus ofrendas a los dioses.
Así, también hay entre los nahuas, tepehuanes, purépechas, tzotziles y
huastecos una misma historia mítica. El personaje central es el maíz. Su
mamá queda preñada de un músico, un flautista, que la abandona y se va
al País de los Relámpagos. El niño nace, pero su madre, furibunda por el
abandono del músico, lo tira a un río. Cuando el niño nace, busca a la
madre y, al enterarse de su desdicha, decide ir tras el padre al País de
los Relámpagos. Al principio es atrapado por los rayos y torturado,
pero logra escapar. Enfrenta, entonces, al Rayo Mayor y, tras una
batalla, lo derrota. Con la victoria se le ofrecen dos regalos: uno, que
su papá volverá a vivir cada año y que, también cada año, habrá
lluvias. El hijo, entonces, toma la flauta del padre y la repara para
que vuelva a tocar. Es este un mito fundador que explica cómo la vida
debe regresar de la bodega debajo de la tierra, la de los muertos, cada
año, como la lluvia y los músicos itinerantes. Todavía nuestro
calendario de fiestas marca el inicio de las lluvias con la Santa Cruz
en mayo y el Día de Muertos en noviembre, cuando termina de llover.
Así, también, los mayas, mopanes, choles, tzeltales, tojolabales,
mochós, kekchíes, quichés, pokomames, cakchiqueles, mames, jacaltecos,
achíes, tzutujiles, chortíes, pipiles, huastecos, totonacos, nahuas,
mazatecos, cuicatecos, chinantecos, chatinos y chontales cuentan la
historia de cómo el mismo Quetzalcóatl, el dios-gobernante, es el que
descubre a una hormiga cargando una semilla de maíz y manda al mandamás
de la lluvia, Nanahuatzin, a sacar al maíz de una cueva a la que tiene
que entrar con el poder del relámpago. Lo acompañan sus cuatro hermanos,
los tlaloque, cada uno de un color distinto. Una vez descubierto el
tesoro del maíz, los tlaloque se lo roban y se los llevan a los cuatro
puntos cardinales del mundo. Por eso, los colores del maíz son distintos
en cada región de este país. Este es un mito que da cuenta de la
variedad, eso que hoy llamamos “biodiversidad” y que Monsanto
simplemente lo destruiría por vender sus semillas cada año.
La cultura es volver a contarse. Cuando tenemos un mito como el del maíz
que nos habla del tiempo cíclico de la vida y la muerte, de la
presencia y la ausencia, del brote de la milpa y su descenso a la bodega
de lo muerto, ahí tenemos un relato que nos da coherencia. Pero también
nos enorgullece de haber, no sólo domesticado a esta planta, sino de
haberla hecho fundamento de una cosmovisión que tuvo en la observación
astronómica la viabilidad de los cultivos en la tierra, esta tierra,
estas tierras. Sin grandes astrónomos, no se hubiera dado la intensidad
del cultivo de nuestros maíces. Sin conocimientos de las lluvias y su
relación con la órbita de Venus. Sin la pausada selección de granos para
la siguiente cosecha. Cada vez que comemos tortillas deberíamos de
celebrar, asombrados, de lo que hemos sido capaces. No “autores” como
los señores de Monsanto, sino victoriosos sobre el Rayo y la Muerte,
como el hijo del músico. Es una historia de resistencia, de ciclos, de
muerte y resurrección. Esta es la historia que encierra nuestro maíz
que, en efecto, fue anterior al mismo país. Pero ahora le toca al país
defender a su planta. Estoy seguro que triunfaremos.
Según C. J. Hopkins estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de totalitarismo.
“No el ‘comunismo’. No el ‘fascismo’. El totalitarismo global-capitalista. Totalitarismo seudomédico. Totalitarismo patologizado. Una forma de totalitarismo sin dictador, sin ideología definible. Un totalitarismo basado en la ‘ciencia’, en los ‘hechos’, en la ‘realidad’ que él mismo crea”.
Un totalitarismo patologizado de vigilancia y control total
de libro de texto
, impulsado por las clases dominantes
del capitalismo global mediante eslóganes repetidos de manera
sistemática, que está transformando a la sociedad en una distopía
totalitaria
, donde las intervenciones médicas invasivas
obligatorias (inyecciones en fase de pruebas clínicas de
efectos desconocidos) y los documentos de acatamiento
digital
(como el pasaporte Covid) son comunes, pero que
no puede mostrarse como lo que es, ni siquiera como
autoritarismo. Es decir, no puede reconocer su naturaleza
política: Para existir, no debe existir
. Y sobre todo,
debe borrar su violencia
y presentarse ante las masas
aterrorizadas y sumidas en una histeria sin sentido
como una respuesta esencialmente benéfica a una crisis de
salud pública global
.
Autor de Zone 23, una novela satírico-distópica editada en
2017 que anticipó mucho de lo que hemos vivido en los últimos
dos años, C. J. Hopkins, escritor, dramaturgo y ensayista
estadunidense residente en Berlín desde hace más de tres
lustros, ha publicado una serie de artículos sobre la nueva
normalidad
en su portal Consent Factory (Fábrica del
consentimiento), en alusión al modelo de propaganda descrito
por Noam Chomsky y Edward Herman y su uso para manufacturar el
consentimiento masivo mediante la falsificación sistemática de
hechos y realidades. Como crítica satírica, su símbolo es un
triángulo rojo invertido (similar al de los uniformes de los
presos políticos y miembros de la resistencia en los campos de
concentración nazis) con una letra U
negra en el
centro, que significa Unvaccinated
(No vacunado).
Ésa es su forma de expresar su oposición al sistema de
segregación totalitario y seudomédico
. Al respecto,
señala que los medios de comunicación corporativos y
estatales, líderes gubernamentales, funcionarios de la salud y
los fanáticos que chillan
en las redes sociales han
lanzando una implacable propaganda oficial que demoniza a los
no vacunados, los nuevos Untermenschen oficiales
(subhumanos
en la teoría biológico-médico-científica
de la higiene
racial
nazi); una subclase de otros
infrahumanos
que las masas de la Nueva Normalidad están condicionados a
odiar
. (La gran purga de la Nueva Normalidad
,
Contrarrelatos, 24/X/2021).
Tomando como referencia países como Austria, Alemania,
Francia, Italia, Inglaterra, Australia y Estados Unidos,
describe a los New Normals
(Novo Normales, a quienes
primero llamó corona-totalitarios
) como miembros de un
movimiento totalitario y sicópata
que adhiere a la
ideología oficial y demoniza y persigue a cualquier persona
que se desvíe de la narrativa impuesta por las autoridades
sanitarias
mundiales. Quien no se ajuste a la nueva
realidad está siendo purgado, despersonificado, lanzado a
un agujero negro, eliminado
.
En Introducción al totalitarismo patologizado
,
Hopkins señala que en noviembre pasado, el “gobierno de la New
Normal/Austria decretó que, a partir de febrero próximo, las
inyecciones de ARNm (aún en fase de pruebas clínicas) serán
obligatorias, para combatir un virus que causa síntomas
similares a los de una gripe, de leves a moderados (o ningún
síntoma) en más de 95 por ciento de los infectados y con una
tasa general de letalidad por infección de 0.1 a 0.5 por
ciento. (Ver: Pathologized Totalitarianism 101
[101
designa curso introductorio
en EU], 22/XI/2021, y
Ioannidis: WHO-BLT.20.265892).
La secta covidiana de GloboCap
Rechaza ser un teórico de la conspiración
,
negacionista del covid
, antivacunas
y se define
como un hombre con principios que valora la libertad y siente
que no está preparado para adentrarse suavemente en la
noche globalizada, patologizada-totalitaria
. Afirma que
la pandemia apocalíptica del coronavirus
fue un
caballo de Troya para introducir la Nueva Normalidad y que hay
que hacer visible su violencia, es decir, enmarcar esa lucha
en términos político-ideológicos y no en los términos
seudomédicos propagados por la narrativa oficial de covid.
Sostiene Hopkins: “Ésta es una lucha para determinar el
futuro de nuestras sociedades. Ese hecho es el que las clases
dominantes del capitalismo global (satíricamente GloboCap
)
están decididas a ocultar. El despliegue de la Nueva
Normalidad fracasará si se percibe como político (es decir,
una forma de totalitarismo)”. Agrega que la narrativa oficial
seudomédica es el escondite hermenéutico que lo hace inmune a
la oposición política, por lo que hay que negarle ese reducto
perceptivo y exhibirlo como lo que es: una forma patologizada
de totalitarismo.
Señala que “la esencia del totalitarismo −independientemente de los disfraces y la ideología que lleve− es el deseo de controlar completamente la sociedad, cada aspecto de la sociedad, cada conducta y pensamiento individual”. Y añade que “todo sistema totalitario, ya sea una nación entera, una minúscula secta o cualquier otra forma de cuerpo social, evoluciona hacia este objetivo inalcanzable… la transformación ideológica total y el control de cada elemento de la sociedad. Esa búsqueda fanática del control total, la uniformidad ideológica absoluta y la eliminación de toda disidencia es lo que hace que el totalitarismo sea totalitario”.
A partir de octubre de 2020, Hopkins publicó una serie de
ensayos que denominó La secta covidiana
(The Covidian
Cult), donde examina al totalitarismo New-Normal
(es
decir, patologizado), como un culto a gran escala, a
escala social
, analogía válida para todas las formas de
totalitarismo, pero en especial para el totalitarismo de la
Nueva Normalidad, la primera forma global de totalitarismo
en la historia
.
Dice que una de las características del totalitarismo es la
conformidad masiva con una narrativa oficial sicótica
.
No una narrativa oficial normal
, como la de la Guerra
Fría
o la Guerra contra el Terror
, sino una
narrativa delirante
que tiene poca o ninguna conexión
con la realidad y se contradice con la preponderancia de los
hechos. Apunta que el nazismo y el estalinismo son los
ejemplos clásicos, pero el fenómeno se observa mejor en las
sectas y otros grupos sociales subculturales como la familia
Manson, el Templo del Pueblo de Jim Jones, la Iglesia de la
Cienciología o Heaven’s Gate, cada uno con su propia narrativa
oficial sicótica: Helter Skelter, el Comunismo Cristiano, Xenu
y la Confederación Galáctica, etcétera.
Plantea que mirando desde la cultura dominante (o hacia atrás
en el tiempo en el caso de los nazis), la naturaleza delirante
de esas narrativas es claramente obvia para la mayoría de
personas racionales
. Lo que mucha gente no entiende es
que para aquellos que caen presa de ellas, ya sean miembros
individuales de una secta o sociedades totalitarias enteras,
“esas narrativas no se registran como sicóticas. Al contrario,
se sienten completamente normales. Todo en su ‘realidad’
social refuerza y reafirma la narrativa, y cualquier cosa que
la desafíe o contradiga se percibe como una amenaza
existencial”.
Sustenta que esas narrativas son invariablemente paranoicas y
presentan a la secta como amenazada o perseguida por un enemigo
maligno
o una fuerza antagonista
, de la que sólo
la conformidad incuestionable con la ideología de la secta
puede salvar a sus miembros. Poco importa que ese
antagonista sea la cultura dominante, los terapeutas
corporales, los judíos o un virus. La cuestión no es la
identidad del enemigo. La cuestión es la atmósfera de
paranoia e histeria que genera la narrativa oficial, que
mantiene a los miembros de la secta (o a la sociedad)
sumisos
.
Y dice que por eso tanta gente −personas capaces de reconocer
fácilmente el totalitarismo en sectas y países extranjeros− no
puede percibir el totalitarismo que está tomando forma
ahora, justo delante de sus narices (o, más bien, en sus
mentes)
. Tampoco pueden percibir la naturaleza delirante
de la narrativa oficial del covid-19, al igual que aquellos en
la Alemania nazi fueron incapaces de percibir lo delirante que
era la narrativa oficial sobre la raza superior
. Esas
personas no son ignorantes ni estúpidas. Han sido
iniciadas con éxito en una secta, que es esencialmente lo
que es el totalitarismo, aunque a escala social
.
Hopkins afirma que la iniciación en la secta covidiana
comenzó en enero de 2020, cuando autoridades médicas y los
medios corporativos activaron el Miedo
, con
proyecciones de cientos de millones de muertes y fotos falsas
de gente falleciendo en las calles. El condicionamiento
sicológico
continuó durante meses: “Las masas mundiales
han sido sometidas a un flujo constante de propaganda,
histeria fabricada, especulación salvaje, directivas
contradictorias, exageraciones, mentiras y efectos teatrales
descarados. Bloqueos, hospitales de campaña y morgues de
emergencia, personal sanitario bailando y cantando, camiones
de la muerte, unidades de terapia intensiva desbordadas, bebés
muertos de covid, estadísticas manipuladas, cuadrillas de
acosadores uniformados armados, mascarillas, pruebas
constantes…”.
Cita que en agosto de 2020, el jefe del Programa de
Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud
confirmó básicamente una tasa de mortalidad infantil de 0.14
por ciento, aproximadamente la misma que la de la gripe
estacional. Y tasas de supervivencia superiores a 99.5 por
ciento en personas de 50 a 69 años y de 94.6 por ciento en
personas de más de 70. En abril de 2021, Hopkins escribió que
a pesar de la ausencia de cualquier evidencia científica
real de una plaga apocalíptica
(y la abundancia de
pruebas en contrario), millones de personas siguen
comportándose “como si se tratara de una plaga (y) como
miembros de una enorme secta de la muerte, paseando en público
con mascarillas de aspecto médico, repitiendo robóticamente
perogrulladas vacías, torturando a niños, ancianos y
discapacitados, exigiendo que todo el mundo se someta a
inyecciones de peligrosas ‘vacunas’ experimentales y, en
general, actuando de forma delirante y sicótica”.
Para oponerse a la nueva forma de totalitarismo
en ciernes se necesita comprender en qué se parece y se
diferencia de los sistemas totalitarios anteriores. Dice C. J.
Hopkins: Las similitudes son obvias: la suspensión de los
derechos constitucionales, gobiernos que mandan por decreto,
la propaganda oficial, los rituales de lealtad pública, la
ilegalización de la oposición política, censura, segregación
social, cuadrillas de acosadores uniformados armados que
aterrorizan al público, etcétera
.
Pero las diferencias no son tan obvias. Sostiene que el
totalitarismo New Normal se diferencia fundamentalmente de los
totalitarismos del siglo XX en términos de su ideología, o
aparente falta de ella
. “Mientras que el totalitarismo
del siglo XX era más o menos nacional y abiertamente político,
el totalitarismo New Normal es supranacional y su ideología es
mucho más sutil. La Nueva Normalidad no es el nazismo ni el
estalinismo. Es un totalitarismo capitalista global, y el
capitalismo global no tiene una ideología, técnicamente, o
mejor dicho, su ideología es la ‘realidad’ ”.
Pero la diferencia más significativa es cómo el totalitarismo
de la Nueva Normalidad patologiza
su naturaleza
política, haciéndose efectivamente invisible
y, por lo
tanto, inmune a la oposición política. Mientras que el
totalitarismo del siglo XX usó su política en la manga, el
totalitarismo New Normal se presenta como una reacción no
ideológica (es decir, tecnocrática, suprapolítica) a una
emergencia de salud pública global”. Y, por lo tanto, sus
características totalitarias clásicas (por ejemplo, la
revocación de los derechos y libertades básicos, la
centralización del poder, gobernar por decreto, la vigilancia
policial opresiva de la población, la demonización y
persecución de una clase bajo la figura del chivo
expiatorio
, la censura, la propaganda, etc.) no se
ocultan, porque son imposibles de ocultar, sino que se
recontextualizan en una narrativa oficial patologizada
.
Así, los Untermenschen
(subhumanos) de la Alemania
nazi se convierten en los no vacunados
. Los alfileres
de solapa con esvástica se convierten en máscaras de aspecto
médico. Los documentos de identidad arios se convierten en pases
de vacunación
. Las restricciones sociales
irrefutablemente insensatas y los rituales obligatorios de
obediencia pública se convierten en confinamientos
, distanciamiento
social
, etc. El mundo está unido en una guerra total
goebbelsiana, no contra un enemigo externo (es decir, un
enemigo racial o político), sino contra un enemigo
patológico interno
.
Añade que esa narrativa oficial patologizada es “más poderosa
(e insidiosa) que cualquier ideología, ya que funciona no como
un sistema de creencias o ethos, sino como una ‘realidad’
objetiva”. No se puede discutir ni oponerse a la realidad
.
“La ‘realidad’ no tiene oponentes políticos. Aquellos que
desafían la ‘realidad’ son ‘locos’”, es decir, teóricos
conspiparanoicos
, antivacunas
, negadores del
covid
, extremistas
. Y, por lo tanto, la
narrativa de la Nueva Normalidad también patologiza a sus
oponentes políticos y los despoja de legitimidad política
mientras proyecta su propia violencia sobre ellos.
Según Hopkins, como en toda sociedad totalitaria, en la sociedad de la Nueva Normalidad el miedo y la conformidad serán omnipresentes. A diferencia de la ideología racializada de los nazis, la ideología y la simbología de la Nueva Normalidad serán patológicas: “El miedo a la enfermedad, la infección y la muerte y la atención obsesiva a los asuntos de salud dominarán todos los aspectos de la vida. La propaganda paranoica y el condicionamiento ideológico serán omnipresentes y constantes. Todos se verán obligados a usar mascarillas para mantener un nivel constante de miedo y una atmósfera omnipresente de enfermedad y muerte, como si el mundo fuera una gran sala de enfermedades infecciosas (…) Así como los nazis creían que estaban librando una guerra contra las ‘razas subhumanas’, los Nuevo Normales librarán una guerra contra las ‘enfermedades’ y contra cualquiera que ponga en peligro la salud pública al desafiar su narrativa ideológica”. (Ver Hopkins, “La invasión de… los ‘Nuevos Normales’”, 10 de agosto de 2020).
La guerra de la propaganda
C. J. Hopkins sostiene que todos los sistemas
totalitarios de la historia han utilizado el poder de la
propaganda visual para generar una nueva realidad
, una
que reifica su ideología oficial, rehaciendo el mundo a su
propia imagen paranoica. Dice que el totalitarismo New Normal
no es una excepción.
En su texto La guerra de la propaganda (y cómo
combatirla)
toma como ejemplo al periódico londinense
The Guardian –socio de fundaciones de plutócratas como
Rockefeller, Gates y Soros− del 17 de julio de 2021, y tras
reproducir una serie de notas e imágenes sobre la pandemia
del covid-19 señala que no se trata simplemente de periodismo
tendencioso
o sensacionalista
: es propaganda
oficial sistemática, no diferente de la difundida por
cualquier otro sistema totalitario a lo largo de la historia.
Pide olvidarse del contenido de los artículos y observar el
efecto visual acumulado, y dice que se trata menos de hacernos
creer cosas, de crear una realidad oficial e imponerla a la
sociedad por la fuerza. “Cuando se trata de conjurar una nueva
‘realidad’, las imágenes son herramientas extremadamente
poderosas, tanto o más que las palabras”. (Contrarrelatos, 20
de julio de 2021).
Señala que el objetivo de ese tipo de propaganda no es simplemente engañar o aterrorizar al público: “Eso es parte de ello, por supuesto, pero la parte más importante es obligar a la gente a mirar estas imágenes, una y otra vez, hora tras hora, día tras día, en casa, en el trabajo, en las calles, en la televisión, en Internet, en todas partes. Es así como creamos la ‘realidad’”.
Esa es, también, la razón por la que las máscaras obligatorias han sido esenciales para el despliegue de la ideología de la Nueva Normalidad. Afirma Hopkins: “Obligar a las masas a llevar máscaras de aspecto médico en público fue una jugada maestra de propaganda. Sencillamente, si puedes obligar a la gente a vestirse como si estuviera yendo a trabajar en la sala de enfermedades infecciosas de un hospital todos los días durante meses… ¡listo! Tienes una nueva ‘realidad’… una nueva ‘realidad’ patologizada-totalitaria; una ‘realidad’ paranoica-sicótica, parecida a una secta, en la que las personas antes semirracionales han sido reducidas a lacayos parlanchines que tienen miedo de salir a la calle sin permiso de ‘las autoridades’ y que están inyectando a sus hijos con ‘vacunas’ experimentales”.
Añade que el mero poder de la imagen visual de esas máscaras, y el verse obligados a repetir el comportamiento ritual de ponérselas, ha sido casi irresistible. Afirma: “El hecho es que la gran mayoría del público ha estado realizando robóticamente ese ritual teatral, y acosando a los que se niegan a hacerlo, y así simulando colectivamente una ‘plaga apocalíptica’. Los Novo Normales no se están comportando así porque sean estúpidos. (Lo hacen) porque están viviendo en una nueva ‘realidad’ que ha sido creada para ellos en el transcurso de los últimos meses por una masiva campaña de propaganda oficial, la más extensa y efectiva en la historia de la propaganda”.
Según Hopkins, la gran mayoría de los obedientes Nuevos
Normales
no son fanáticos totalitarios: “Están
asustados, y son débiles, así que siguen órdenes, ajustando
sus mentes a la nueva ‘realidad’ oficial. La mayoría de ellos
no se perciben a sí mismos como adherentes de un sistema
totalitario o como segregacionistas, aunque eso es lo que son.
Se perciben como personas ‘responsables’ que siguen
‘directivas sanitarias’ sensatas para ‘protegerse’ a sí mismos
y a los demás del virus y de sus ‘variantes’ mutantes en
constante multiplicación”.
¿Cómo se llegó a ese estado de cosas? A través de un programa de cambio de comportamiento, dice Hopkins, en el que millones de personas en el mundo no son conscientes de la agenda final ni del contenido completo del paquete. “Se les bombardeó con una propaganda aterradora, se les encerró, se les despojó de sus derechos civiles, se les obligó a llevar mascarillas en público, a realizar absurdos rituales de ‘distanciamiento social’, a someterse a constantes ‘pruebas’ (...) Cualquiera que no cumpla con ese programa de cambio de conducta o que desafíe la veracidad y racionalidad de la nueva ideología es demonizado como un ‘teórico de la conspiración’, ‘negacionista del covid’, ‘antivacunas’”.
Pero para rehacer el mundo en su imagen paranoica, para
remplazar la realidad con su propia ‘realidad’, las clases
dominantes de GloboCap −plantea Hopkins− echaron mano de la
fuerza de la policía y el ejército, de los medios de
comunicación masiva hegemónicos, de los expertos
y
científicos, de la academia y la industria cultural. De toda
la maquinaria de fabricación de ideología.
Para él no hay nada sutil en ese proceso. Normalmente, lo que
se requiere para que las sociedades se acostumbren a nuevas
realidades es una crisis, una guerra, un estado de excepción
o… una pandemia mundial mortal. Durante el cambio de la vieja
realidad a la nueva realidad
, la sociedad se desgarra.
La vieja realidad se está desmontando y la nueva aún no ha
ocupado su lugar. Se siente como una locura y, en cierto modo,
lo es. Dice que ese periodo es crucial para el movimiento
totalitario. Necesita negar la vieja realidad para implementar
la nueva, y no puede hacerlo con la razón y los hechos, así
que tiene que hacerlo con miedo y fuerza bruta. Necesita
aterrorizar a la mayoría de la sociedad y sumirla en un estado
de histeria masiva sin sentido, que pueda volverse contra
aquellos que se resisten a la nueva realidad
.
Las clases dominantes y los medios corporativos a su servicio
conocen los hechos y saben que éstos contradicen sus
narrativas. Pero a ellos no les importa, porque no se trata de
hechos sino de poder, dice Hopkins. Así es como se fabrica la
realidad
no sólo en los sistemas totalitarios, sino en
todo sistema social organizado: Los que están en el poder
instrumentalizan a las masas para imponer la conformidad con
su ideología oficial. El totalitarismo es sólo su forma más
extrema y peligrosamente paranoica y fanática. No es un
debate civilizado sobre hechos, es una pelea
. Y hay que
actuar.