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10.3.25

El proyecto globalista ingresa en su fase porno

SALVADOR GÓMEZ 
eXtramuros

En tres días entre febrero y marzo Zelensky se peleó en vivo con Trump, no firmó el acuerdo sobre minerales, fue echado a patadas de la Casa Blanca y su cena la comieron los periodistas, viajó a Londres donde Starmer lo consoló y prometió “boots on the ground and planes in the air” en apoyo a la inminente victoria ucraniana, y al día siguiente Zelensky dijo que estaba dispuesto a arreglar las cosas, reconocer que Trump es su firme líder, y firmar el acuerdo sobre minerales “en cualquier formato que se considere conveniente”.
Occidente se divide mientras busca un nuevo camino. El poder viejo, que es el globalismo con sede principal en la City de Londres, más los restos del neocon en EEUU, intenta sus penúltimos trucos. Por su parte, el intento de la administración Trump de tomar el poder efectivo en Estados Unidos, luego de haber ganado las elecciones, enfrenta dificultades esperables. Las demoras favorecen a Londres. La administración Trump sigue con su retórica dadaísta mientras da golpes fuera de cámaras al corazón del proyecto anterior. Pero si matan o derriban a Trump antes de que la derrota en Ucrania se produzca con claridad, todo el cambio puede sufrir un retraso de años



En esta nota sugiero un esquema de interpretación para ubicar las líneas principales de lo que estamos viendo ocurrir a nivel internacional. Para ello, me limitaré a ordenar los elementos principales, yendo de lo general a lo particular.

1) La situación civilizatoria

A nivel de civilizaciones, el esquema sigue totalmente incambiado con respecto a lo que, en diversas notas de esta revista, se ha ya delineado. Mientras que China y Rusia consolidan su alianza estratégica, a la cual zonas del Islam también van integrándose bastante rápido, Occidente ha entrado en una fase de su crisis interna de decadencia, y quizá relanzamiento, que se hace más y más notable por momentos.

Los proyectos civilizatorios occidentales han estado comandados por el mundo anglo en los últimos 210 años, luego de la derrota de Napoleón. La contradicción de base con respecto al rumbo civilizatorio occidental ha estado entre dos proyectos: el proyecto británico, y el proyecto de un Estados Unidos soberano. Londres representa el proyecto globalista, apoyado por determinada proyección universalista de los intereses financieros y corporativos occidentales al resto del mundo. Washington siguió en los últimos 80 años, en los rasgos fundamentales de sus políticas monetaria, financiera y exterior, ese liderazgo británico. Tanto en la creación de la FED, como en la construcción de influencia del Council on Foreign Relations, como en la génesis de la inteligencia americana de posguerra, como en la proyección internacional del mundo financiero “de Wall Street”, entre otros factores, han tenido gran participación y control los británicos. Es inglesa la inspiración para el PNAC neoconservador. Y los lobbies judíos en Estados Unidos, tan influyentes en la política exterior del tiempo de hegemonía global norteamericana, tienen una larga y nunca ocultada vinculación con la City de Londres.

En este momento, lo fundamental que ha cambiado es que, con la segunda administración Trump, ha tomado forma y vuelo el proyecto de un Estados Unidos que se conciba más autónomo del poder, los intereses y la manipulación de Londres. La civilización occidental está, pues, en un momento de quiebre y de redefinición. Las fuerzas de lo viejo, que viene dirigiéndolo todo, especialmente el discurso y la narrativa occidental central desde los inicios de la Guerra Fría, están enfrentando su propia caducidad. Todavía pueden dar un golpe desesperado, que aplace quizá por años su pérdida total de poder, si consiguen derribar la administración Trump o al menos detenerla en todo lo importante, como hicieron ya en 2017.
Mientras tanto, lo que los Estados Unidos están buscando bajo esta nueva y contradictoria administración es retomar un camino propio, que puede ser seguido o no por el resto de Occidente.

2) La situación geopolítica

a) El proyecto globalista de Londres

El proyecto globalista ha ubicado como objetivo estratégico fundamental la guerra en Ucrania, o como se le llama más precisamente a veces, el “Project Ukraine”, que involucra más que el conflicto bélico. Estrictamente, la guerra en Ucrania estuvo perdida por Occidente desde el punto de vista militar desde antes de empezar. Eso no detuvo en absoluto el proyecto de provocarla, pues el objetivo nunca fue ganarla, sino usar a Ucrania, desangrándola por el mayor tiempo posible, para proteger y promover objetivos estratégicos del proyecto globalista. Ucrania es frontera entre civilizaciones. Su destino como escenario de conflicto contra Moscú viene de lejos en la historia. La única guerra directa entre Inglaterra y Rusia ocurrió en Crimea en el siglo XIX, como parte del Great Game, la confrontación de largo plazo entre Londres y Moscú por el control de las conexiones euro-asiáticas. En su última fase, el proyecto Ucrania viene desde que Londres se dio cuenta de que había una “rebelión soberanista” de Putin en curso. “Extending Rusia” (algo así como “estresar a Rusia”), el documento de la RAND de 2019 escrito por viejos halcones guerreristas como James Dobbins o politólogos financiados por la FED como Howard Shatz, no es más que uno de los más notables ejemplos de que el rumbo de acción en política exterior del globalismo (en Washington se los ha llamado neoconservadores) ha sido provocar a Rusia a entrar en conflicto, con el fin de debilitarla, sancionarla, aislarla y, de ser posible, provocar un colapso y un cambio de régimen que abriese las puertas a ciertos recursos rusos en condiciones ventajosas para Occidente. Se intenta volver a los años 90, cuando en conjunción con los oligarcas rusos, el mundo financiero y corporativo globalista se quedaba con enormes tajadas de esos recursos, ante la desaparición de cualquier soberanía rusa. Como continuación de esa línea, en 2022 la RAND publicó otro reporte donde explica por qué hay que “debilitar a Alemania”, objetivo por cierto conseguido ya con total éxito.

Parte importante del asunto han sido pues, y también, los recursos de Ucrania misma, que contienen no solo gas natural y petróleo, sino diversos minerales de gran interés, e inmensos recursos agrícolas. Los acuerdos de Cargill (ej: proyecto Neptuno en el puerto de Pivdenyii en el Mar Negro), Monsanto (ej: inversiones gigantescas en una planta de semillas de maíz) o Dupont (ej: planta de titanio-magnesio en Zaporizhia), o los de consorcios occidentales con Naftogaz por el gas bajo Crimea (gas que los británicos perdieron debido a la vuelta de Crimea a la órbita rusa en 2014, luego de una masiva decisión en plebiscito, que los británicos aun pretenden fue “una invasión”), son ejemplos de todo lo que la intervención rusa destruyó o hizo inviable, y explican, en parte, por qué ese proyecto globalista ha estado peculiarmente obsesionado con la derrota rusa. Ellos lo expresan con frases tremendas del tipo “en Ucrania se juega el futuro de la democracia”. En realidad, lo que ocurre es que por la intervención rusa están perdiendo mucho dinero. Una de las formas de resarcirse ha sido transfiriendo descomunales recursos del contribuyente americano, y/o por vía de la manipulación monetaria, a costa de la destrucción del poder adquisitivo de ese mismo contribuyente. Ucrania no es una nación democrática, sino que está mejor descrita como una dictadura corrupta bajo la fachada de elecciones, también manipuladas por un acoso de años a la población opositora, y una “democracia” que es originalmente fruto de un golpe de estado concretado en febrero/marzo de 2014, con un gobierno títere sumiso a Londres, puesto allí a dedo por los neoconservadores norteamericanos que siempre han respondido a Londres. Gobierno que apenas instalado inició una limpieza étnica contra un tercio de su propia población, de lengua y cultura rusa. Rusia, jugada a la diplomacia y en fase de actualización de su poder militar y sus alianzas estratégicas, demoró mucho en intervenir efectivamente para detener todo esto, pero cuando finalmente lo hizo, estaba claro que iba a salvaguardar sus intereses de seguridad nacional aun frente a la oposición de todo Occidente.

La explicación de por qué nunca creímos en una victoria de Occidente sobre Rusia, tal como lo venimos detallando desde el inicio de esta guerra, es extremadamente simple: ante una Rusia decidida, la única opción es una guerra nuclear.

Si bien es posible que Londres aceptase ir a una guerra nuclear por desesperación, no era fácil obligar a Estados Unidos a inmolarse por el globalismo en una guerra que no tiene el menor interés estratégico para el público norteamericano. Las direcciones anteriores en Washington, en el mismo bote que sus orientadores londinenses, hicieron por cierto sus negocios con la guerra en Ucrania. Entre ambos lograron destruir la industria alemana, al forzar a los alemanes -controlando a su elite política- a suicidarse, abandonando el gas ruso, y mirando para otro lado, cuando la marina británica –según alegación rusa aquí tergiversada por Reuters– hizo volar los gasoductos nordstream. No solo los vendedores de energía en Estados Unidos se vieron beneficiados, sino también los brokers de energía en Londres y Holanda. La transferencia masiva de fondos públicos a las facciones privadas comprometidas con la guerra tomó proporciones épicas en estos tres años, y el negocio financiero de la guerra se vio altamente estimulado. Ni qué hablar del negocio de la reconstrucción. Involucrar a los no muy brillantes políticos que gobiernan Europa en esto garantizó un renovado flujo de fondos europeos hacia el negocio financiero del complejo militar industrial, al aumentar por fuerza el gasto militar de los europeos, y dos nuevos miembros de OTAN, lateralmente, significan más aportes del fisco de esos países a ese casino financiero del complejo militar industrial.
¿Cuál es el rol de la Unión Europea en esto? Prácticamente ninguno, puesto que se trata de una unidad burocrática sin apoyo popular significativo. El día que cese la propaganda que brota de Londres -que ni siquiera forma parte de la Unión-, será difícil para la eurocracia mantenerse en el poder, puesto que la oposición que han suscitado es ya notable en todos lados. Por ejemplo en Grecia o en Rumania estos días.

Para hacer posible esta estrategia, toneladas de propaganda londinense han sido volcadas para sugerir una posible victoria militar ante Rusia, cuya probabilidad es igual a cero. Londres puede aspirar a hacer desaparecer físicamente a Putin, empleando para ello alguna técnica terrorista, o la influencia del lobby occidental en Rusia, pero aun si Putin fuese asesinado o muriese, cosa no imposible, a esta altura hay un rumbo estratégico de Rusia que no cambiaría, y quienes vengan detrás de Putin podrían no tener la firmeza estratégica ni la paciencia del actual líder. Todo esto solo haría la situación más explosiva para Londres.

b) La alternativa americana.

Consciente de que el tiempo de actuar es muy breve, en menos de dos meses la segunda administración Trump ha mostrado con total claridad que tiene una estrategia contraria a la de Londres. Por debajo de una retórica delirante (Groenlandia, Gaza, Canadá, Panamá…) que parece destinada a irritar a la propaganda neocon-londinense y dejarla enredada con su propia ira e indignación, la Casa Blanca procede a toda velocidad a dar golpes al corazón del poder globalista, tanto en suelo americano como a nivel mundial. No solo bloqueó una de las organizaciones principales del soft-power neocon/globalista en el mundo como USAID, sino que le ha puesto la proa al discurso propagandístico exitista sin fundamentos de Londres. Al iniciar conversaciones con Putin, ha hecho varias cosas a la vez. Ha mostrado que el rumbo estratégico que tienen los Estados Unidos de MAGA pasa por la creación de un nuevo orden mundial multipolar que termine de liquidar no solo los mínimos vestigios del orden de la Guerra Fría, sino también el vigente orden neocon de los ’90. Para ello, precisa liquidar la estrategia globalista de una vez para siempre. Y el golpe de gracia a la estrategia globalista pasa por una derrota total de Londres y sus aliados de la UE y de Washington, en Ucrania. Una clara victoria rusa, que no deje el menor lugar a dudas, es la única forma de terminar con cualquier legitimidad para el proyecto futuro del globalismo, de la City de Londres, y de sus seguidores. Desde luego, el globalismo vende una posible derrota en Ucrania como el fin de la democracia, el “mundo libre”, y Occidente entero. Bullshit. Se trata del fin del globalismo y del liderazgo de Londres y los neocon, no del fin de Occidente.

Esa resolución en Ucrania es lo que está en juego aun, y de la resolución de eso, o de su nueva postergación -que es lo que Londres busca- depende el cambio de orden mundial y la apertura a nuevas posibilidades completamente distintas de lo que hemos tenido hasta ahora.
La alternativa americana pasa por un nuevo rumbo en las relaciones internacionales y prioridades del país, un renacimiento industrial y comercial en condiciones más ventajosas para Estados Unidos, una profundización del liderazgo tecnológico americano, la liquidación de los conflictos artificiales promovidos por Londres y el globalismo, una nueva estrategia económica y financiera, y luego probablemente el fin de la OTAN y una reformulación completa del mundo burocrático internacional, eliminando también de él los factores del poder de Londres y neocons, que lo han dominado desde hace décadas.

3) La realidad de la guerra en Ucrania

Para eso, el reconocimiento de la realidad es lo central. Y la realidad es: la City de Londres y sus aliados norteamericanos y europeos han sido derrotados en Ucrania. El armamento que enviaron ha sido metódicamente destruído por Rusia. Los ucranianos, sobrepasados en tropas y armamento y obligados a lanzarse a la ofensiva para recuperar el territorio perdido inmediatamente al comienzo de la guerra, han tenido que enfrentar esas desventajas, perdiendo entre 5 y 7 hombres por cada ruso muerto, y los rusos muertos en la guerra, según el sitio independiente de ideología pro-ucraniana que es el único confiable en materia metodológica, Meduza-Mediazone, son unos 140.000. Esto significa que Ucrania ha perdido al menos 700.000 hombres hasta ahora, además de haber perdido un 20% de territorio, que probablementre al terminar la guerra será más. Volodimir Zelensky ha sido presentado como un héroe por la propaganda inglesa. Sin embargo, se trata de un asset de Londres en su propio país, que ha jugado el rol de facilitar la estrategia londinense de guerra con Rusia, y con ello, ha enviado -usando el discurso ultranacionalista de siempre y, cuando no funcionó más, el reclutamiento forzoso- a centenares de miles de sus compatriotas a la muerte. Hoy se niega tenazmente a que haya elecciones en su país alegando la guerra.

En suma, la estrategia de Londres y los neocon de “estresar a Rusia” claramente ha fracasado. Pese a las sanciones y debido a las imposibilidades que estas representaron para los vínculos de Rusia con la UE -muy especialmente con Alemania-, los rusos se vieron obligados a pivotar hacia Asia. El acuerdo ruso-chino anunciado ya el 4 de febrero de 2022 fue uno de los mojones de la nueva estrategia, que Rusia obviamente ya tenía concebida antes de intervenir y ser mega-sancionada. En febrero de 2022, al comenzar la guerra, el BRICS tenía cinco miembros. Hoy, luego de un supuesto “aislamiento completo” de la Rusia de Putin, tiene 10, y una importante lista de espera. La población de los 10 países del BRICS es el 46% del total de la tierra, y su PPA es 36%. Esto es porque los nuevos miembros incluyen países estratégicamente decisivos, de inmensa población, o muy ricos, como Irán, Indonesia, Egipto o los Emiratos. Antes de 2022 Rusia era claramente un actor secundario en el escenario mundial, mientras que hoy es, aparte de China e India, un articulador central de la diplomacia y economía de ese “otro lado” respecto de Occidente. La economía rusa no colapsó, el rublo se mantuvo a flote, la inflación existe pero ha sido controlada, y con el lanzamiento del primer oreshnik los rusos mostraron a quienes tuvieron la capacidad de admitirlo como acaso el principal experto en armas nucleares norteamericano, Prof. Theodore Postol, que su tecnología militar está, al menos en algunos aspectos, más avanzada que la de Estados Unidos. En cuanto al poder de guerra, en materia no solo de tecnología sino de industria militar y experiencia bélica, las pretensiones de Keir Starmer de liderar un especie de fuerza europea para enfrentar a Rusia son, con todo respeto, una broma. Inglaterra puede, desde luego, provocar un autoatentado o una agresión nuclear contra Rusia. Si lo hace, sería suicida para cualquier proyecto futuro que su elite quiera seguir imponiendo.

¿Qué significan, pues, todos los últimos acontecimientos de febrero-marzo, las reuniones de diplomáticos americanos y rusos, los viajes desesperados de Macron y Starmer a Washington, el “acuerdo por los minerales ucranianos” fallido, la escena que se montaron Zelensky, Vance y Trump el viernes 28, y la subsiguiente “cumbre europea” en Londres?
Desde el punto de vista simbólico, es la exhibición, en versión porno, de la derrota del liderazgo viejo de Occidente en esa guerra.

Es, también, un sombrío recordatorio de que una guerra mundial que envuelva a Europa, Rusia y Estados Unidos (además probablemente de Israel e Irán) no está totalmente fuera de los planes de Londres. Aunque cabe esperar que no la logren, y no es probable que tengan fuerza como para imponerla, es evidente que las fuerzas de lo viejo siguen intentando hacerle creer a la gente que aun tienen un plan.  

Pero lo único que esperan y desean, es algo más de tiempo. Precisan tiempo para ver cómo salen de esta situación. La nota principal de Foreign Affairs -el órgano norteamericano más importante de bajada de línea profesional que tiene la facción globalista dirigida desde Londres, junto al Financial Times– se pregunta desde el título “Cómo hacemos para no terminar la guerra en Ucrania”. Hábleme de pacifistas. Y dice, en esencia, eso: ‘precisamos tiempo’. ‘No hay que correr a una paz que no sea luego sostenible’, argumentan, criticando los acuerdos de Minsk, que ellos mismos violaron. Lo que saben a ciencia cierta es que, sin Estados Unidos -como incluso Starmer admitió en su delirante discurso luego de la Cumbre “todos detrás de Zelensky” del 3 de marzo- no hay otra alternativa que la derrota. Y con Estados Unidos también, que es lo que ya ocurrió, y de lo que la nueva administración intenta desmarcarse.

4) ¿Habrá una reacción antiTrumpista?

¿Tiempo para qué, entonces, si Estados Unidos bajo Trump no muestra ningún interés en sumarse a ninguna estrategia londinense? Bueno, si el objetivo es abortar el cambio de época y volver al rumbo anterior -control del discurso con el fin de imponer una distopía globalista de reinado de las corporaciones con cero democracia efectiva y una población convertida en rebaño digitalizado- lo que precisa Londres es buenos argumentos para acusar a Trump de “traidor a Occidente” o cosas similares. No me refiero en la prensa, donde se hace todos los días, sino a nivel político efectivo. Desde luego, cualquier fin de la situación en Ucrania que muestre la realidad de la guerra en el terreno, será usado por Londres y quienes aun estén dispuestos a ir con él para fundar esa traición, y tratar de construir el espacio político mínimo como para movilizar a la parte del estado profundo yanqui que aun esté con Londres, que no creo que sea pequeña.

Pero el delirio tiene siempre un límite. Mientras voy escribiendo este informe, lo acontecimientos se precipitan. Bastó que los Estados Unidos anunciasen efectivamente la suspensión de toda ayuda militar a ucrania. Casi de inmediato, de las bravatas absurdas de Keir Starmer y la posición europea de “Trump dio un espectáculo deplorable, estamos todos con Zelensky” de domingo 2 y lunes 3, hacia el mediodía del martes nos enteramos que ahora Zelensky está arrepentido, quiere firmar a como dé lugar, admira y ama a los Estados Unidos y a Trump. Sí usted no lo sabe aun, lea el siguiente viraje sorprendente, que se resume en estas declaraciones del jefe ucraniano del día 4 de marzo: “Mi equipo y yo estamos preparados para trabajar bajo el firme liderazgo del presidente Trump para conseguir una paz duradera. Nuestra reunión en Washington, en la Casa Blanca el viernes, no salió como se esperaba. Es lamentable que haya sucedido así. Es hora de arreglar las cosas. Nos gustaría que la cooperación y la comunicación futuras fueran constructivas. En cuanto al acuerdo sobre minerales y seguridad, Ucrania está dispuesta a firmarlo en cualquier momento y en cualquier formato conveniente.”
Se habla insistentemente de reuniones, acuerdos, encuentros en Ryad, etcétera. Mientras tanto, el 8 de marzo Ucrania anuncia que ha sido derrotada ahora también en su minúscula “invasión de territorio ruso” en Kursk.

En fin, se verá cuál es la reacción de Trump y su equipo. Con estas idas y vueltas de Zelensky, Londres mantiene las cosas en movimiento para comprar ese tiempo que hace falta, y quizá encontrar algún error de Trump para comprometerlo más. Para ello, Londres precisa pues ir y venir, y hacer malabares. Tiene que aparentar estar liderando un proceso que no controla, y al mismo tiempo no alejar del todo a los Estados Unidos -al menos retóricamente-, para luego poder acusarlo de traición cuando las cosas sigan su rumbo real en la guerra. Así, por ejemplo, Starmer declaró que UK iba a poner “boots on the ground and planes in the air” en Ucrania para “garantizar” un supuesto “acuerdo de paz”. O sea quiere paz, pero pretende conseguirla derrotando a Rusia en la guerra con sus propias tropas -al tiempo que aclara que esto no puede hacerse sin respaldo norteamericano. Hoy, las fuerzas completas de la Unión Europea en orden de batalla, con todos los recursos militares -los dos portaaviones, los seis destructores y las once fragatas británicas, por ejemplo- durarían muy poco en el teatro ucraniano de guerra real. Rusia ya anunció que trataría a cualquier fuerza extranjera que entre en Ucrania como un beligerante.

Mientras tanto, la propaganda de Londres en los medios masivos igual que en Foreign Affairs -empleando la pluma de un ucraniano que es analista senior del Atlantic Council y del Centre for Defence Strategies creado en Kiev por los ingleses en 2020- busca convencer al mundo de que, si bien los rusos han mantenido una constante superioridad y las armas enviadas no han surtido ningún efecto, de todos modos bastaría con seguir haciendo lo mismo un poco más, para conseguir que Rusia se derrumbe. Sobre esto, ver la nota sobre rusofrenia en esta misma edición. Starmer, además, dice que Europa está “preparando un acuerdo de cese al fuego”. ¿Cómo puede Europa, o Londres, hablar de que van a crear un cese al fuego, si los rusos tienen planeado seguir disparando? Pero bueno, el mundo delirante del poder viejo es así. Siguen controlando los medios grandes, y siguen haciendo que mucha gente crea en el heroísmo de un comediante comprado para jugar el rol de un combatiente por la democracia.

Mientras tanto, y paradójicamente, Trump es la única carta de relativa supervivencia aun para Londres y el mundo globalista. Porque Trump es el único que puede hablar con los rusos y hacer pasar la derrota militar y estratégica del globalismo como un “acuerdo de paz”.- Cuando ese acuerdo se produzca, observe bien si, como resultado del acuerdo que se alcance, pasa alguna de estas cosas: (a) ¿Ingresa Ucrania a la OTAN? (b) ¿Recupera Crimea o cualquiera de los oblast que plebiscitaron su integración a Rusia? (c) ¿Sigue en pie el régimen ultranacionalista y su ejército? (d) ¿Quedan tropas de combate europeas o americanas como garantes exclusivas del acuerdo?

Si la respuesta a estas cuestiones es “si”, entonces Rusia perdió la guerra. Sino, la ganó, pues estos eran todos lo objetivos de Rusia al intervenir. Y Trump sería alguien capaz de mitigar esa derrota ante la opinión pública europea y norteamericana.

Parte de la distorsión perceptiva llamada “visión occidental del mundo”, que es la que hegemoniza la comunicación mainstream en nuestra civilización, consiste en que toda la discusión sobre Ucrania se lleva adelante sin el menor interés por el punto de vista ruso, tanto antes como durante como ahora. Esta anomalía solo puede ser una debilidad: esconder o invisibilizar aquello que daría realidad a las elucubraciones autosatisfactorias. No es ni siquiera Trump el que puede dar realidad final a todo esto, y con ello hacer un bien a la discusión pública occidental, sino Rusia.

Pero ya lo sabemos: para la dirigencia globalista, toda referencia a la realidad es calificada como un discurso de odio.

4) Incertidumbres

Si Trump concretase definitivamente las siguientes cosas que ya ha esbozado, el mundo se abriría a una perspectiva completamente distinta a la anterior. Enumero esas cosas:
– fin de las guerras artificialmente provocadas (Serbia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Ucrania)  por el globalismo neocon norteamericano y londinense
– normalización diplomática con Rusia y fin de las sanciones
– apertura de EEUU a nuevas relaciones comerciales con China, Rusia y el resto, en base a la estricta competencia por la defensa de los intereses comerciales de cada uno de los participantes
– crecimiento del BRICS y, con ello, oportunidades de crédito y comercio más amplias y menos condicionadas para los países en desarrollo
– destrucción del poder globalista en Naciones Unidas, desfinanciamiento de ONGs globalistas y agendistas, y reformulación de ese poder para que refleje el orden actual (en ese caso, por ejemplo, los británicos y franceses no tienen nada más que hacer en el Consejo de Seguridad, al que deberían agregarse, con derecho a veto, naciones que representen los intereses de África, Asia y América del Sur)
– defensa por principios de la libertad de expresión y otros derechos constitucionales.
– Desarticular los organismos y mecanismos de censura de redes sociales armados en los últimos 8 años
– limpieza del pantano gubernamental via DOGE
– abandono de las estrategias de soft-power imperial norteamericano, como por ejemplo el desmantelamiento de USAID
– liquidación de los programas Bid y Banco Mundial que tengan orientaciones tendientes a mantener el subdesarrollo y destruir la educación de los países dependientes
– tratar a Europa como un mercado posible, no como un vasallo, y tampoco como un aliado estratégico a usar contra terceros
– limpiar los organismos reguladores de salud y alimentación de su dependencia del complejo científico-médico-corporativo
– abandonar los planes del estado profundo de dominio mundial en base a armas químicas y bacteriológicas, etc.
– promover, a largo plazo, un desarme nuclear real
– ¿cuáles serán las relaciones reales entre Trump e Israel? La retórica actual de convertir Gaza en un resort-casino lleno de oro suenan totalmente irreales.
etc.

Con sus decisiones, en menos de dos meses de gobierno la administración americana actual ha mostrado una cara muy distinta a la de la primera administración Trump. Ahora parece tener de su lado no solo un apoyo popular que se manifestó en las urnas, sino ambas cámaras, y está por primera vez interviniendo directamente en los resortes directos del poder del estado profundo: inteligencia, soft-power, burocracia.
Con este enfrentamiento por vez primera al poder real establecido durante décadas, es evidente que Trump arriesga ser asesinado, o un golpe de estado puede ser montado abierta o encubiertamente en los Estados Unidos.

Algo de eso ya ocurrió en 2020 cuando el partido Demócrata robó las elecciones aprovechando la extrema debilidad de aquella primera administración Trump y usando, entre otras cosas, el caos que Covid y las movilizaciones raciales fogoneadas desde el estado profundo causaron. ¿Quién tomaría la posta de Trump, y cómo reaccionaría el pueblo norteamericano a esa eventualidad? Esa pregunta solo puede ser formulada, pero cualquier respuesta hoy sería mera conjetura. El mundo actual y la política actual no son las de 2020 o 2022, cuando las redes sociales estaban totalmente controladas por el discurso globalista y la propaganda neocon- londinense. Hoy los grandes medios siguen -en menor medida- controlados por esa propaganda, simplemente porque el poder político actual en Estados Unidos aun no tuvo tiempo de generar una comprensión política más amplia, que solo se logra en base a resultados palpables por parte de la gente. Pero sí que tuvo tiempo de respaldar la libertad de expresión en el mundo digital, lo cual es de cierta importancia.

Tanto lo es, que con años de atraso, Pedro Sánchez ha reunido a los presidentes de Colombia, Chile, Brasil y Uruguay para animarlos a que comiencen a censurar las redes sociales en sus propios países.
Tal parece que los políticos contemporáneos son incapaces de aprender nada.

Ya fue De Moraes el hazmerreír del Brasil y del mundo entero cuando quiso terminar con Telegram primero, con X/Twitter después. Su orden duró menos de 24 horas, y todo Brasil tuiteaba por VPN desde Manaos a Porto Alegre. Sigilosamente, el gobierno brasileño “llegó a un acuerdo” con Musk, y X (y Starlink) siguen operando en Brasil igual que antes. Pero en verdad “Xandâo” no llegó a ningún acuerdo: fue aplastado por la realidad, pese al respaldo de lo más refinado de la izquierda VIP globalista, como Zuboff o Varoufakis.

Estos gobiernos “de izquierda” -en realidad, gobiernos adeptos al proyecto occidental viejo, dirigido desde la City de Londres y en derrota civilizatoria hoy día- ahora dicen que van a “moderar los contenidos” en redes sociales, dado que esa “moderación” no se produce ya en el Estados Unidos de Trump. No pudieron hacerlo cuando Biden gobernaba, pero lo volverán a intentar ahora. Lo que ellos quieren es imponer la censura de toda la información que avive a la gente respecto de lo estentóreo de su actual debacle, no solo en Ucrania sino como proyecto en sí. No entienden que los viejos conceptos del orden ideológico de la Guerra Fría no tienen más vida ni referencia. Siguen sin entender que no basta con acusar a todo el que vea el mundo distinto a ellos de “ultraderechista”, que es en realidad lo que ellos son: partidarios de un régimen global de eliminación de la libertad individual y los derechos de las personas, en nombre de ideas supuestamente unánimes que deben ser impuestas eliminando las opiniones en contrario, e intentando usar la nueva tecnología para controlar toda esa imposición. Los liberales, el centro socialdemócrata, y buena parte de la derecha, en América del Sur, mientras tanto, siguen en Babia. No han alzado su voz denunciando la conferencia de Pedrito Sánchez y sus acólitos. Son parte del orden viejo y no tienen permitido, por sus propios tabúes internos, comprender el cambio de época, que quien sabe si progresará o se verá aplazado por un tiempo más.

7.3.25

The agony of the “political West”

Last week, I recounted the events concerning the Ukrainian conflict, emphasizing that the French president, Emmanuel Macron, as brilliant as he is, was incapable of adapting to changes in the world.
This week, I take the same elements, and many others that followed, to show that the divorce of Europeans from each other and of the EU from the United States has become a reality.
There is no longer time to procrastinate: the ancient world has just been destroyed. If we do not position ourselves immediately, we will be swept away with him.
However, for the moment, the United Kingdom and France are competing to take the place of the United States on the continent and not to reform.


Christoph Heusgen, former permanent representative of Germany to the United Nations and current president of the Munich Security Conference, cries upon discovering the divorce between the United States and the Europeans.

The last two weeks, we have experienced a turning point in History comparable to that of the Battle of Berlin, in April-May 1945, when the Red Army took Berlin and overthrew the Third Reich: this time, it was the Trump administration which definitively put the European Union back on the ropes.

For the moment, the EU, the G7 and the G20 have not yet been dissolved, but these three structures are already dead. The World Bank and the United Nations could follow.

Let’s look back at these events, which happened so quickly that almost none of us followed them and understood their consequences.

WEDNESDAY, FEBRUARY 12

The major European powers (i.e. Germany, Spain, France, Italy, Poland, the United Kingdom and the European Union), who feared what the Trump administration might decide, met in Paris on February 12 to develop a common position on the Ukrainian conflict. In this case, they agreed to continue what they have been doing for three years:
 deny having violated the commitments made during German reunification not to extend NATO to the East,
- deny that Ukraine is in the hands of “integral nationalists” (i.e. the party of Nazi collaborators)
-and continue the Second World War, no longer against the Nazis, but against the Russians.

Meanwhile, in Kiev, Treasury Secretary Scott Bessent presented the US aid bill: $500 billion and proposed paying it by exploiting the rare earths of which the country is proud. I have already explained that this proposal was only a response from the shepherd to the shepherdess: Ukraine having falsely claimed to ultimately offer Westerners the opportunity to exploit these riches which do not exist. However, from a European point of view, what was going on was frightening: if the United States seized these so-called riches, they excluded the Europeans from benefiting from the sharing they had agreed upon. Without informing their fellow citizens, they shared Ukraine between them during its reconstruction: to the British, the ports, to the Germans, the mines, etc. They had already done this during the invasions of Iraq and Libya and during the war against Syria.

Above all, while Washington and Moscow were exchanging prisoners, the American presidents, Donald Trump, and Russian presidents, Vladimir Putin, spoke by telephone for an hour and a half. This summit was preceded by a conversation, in the Kremlin, between President Putin and Steve Wilkoff, President Trump’s special envoy who came to organize the prisoner exchange. Wilkoff had given his president a report on his mission that shattered everything NATO claimed to know about Ukraine.

Both bosses now had the same information.

The direct line between the White House and the Kremlin had just been reestablished.

THURSDAY, FEBRUARY 14

On February 14, the Vice President of the United States, JD Vance, addressed the diplomatic and military elite of the EU at the Security Conference in Munich. He drew up an indictment against the autism of European leaders: They refuse to respond to the concerns of their fellow citizens in terms of freedom of expression and immigration. However, if they are afraid of their people, the United States will be able to do nothing for them, he asserted, making the president of the conference, the German ambassador Christoph Heusgen, cry.

MONDAY, FEBRUARY 17

A second meeting was held on February 17, still in Paris, with the same participants, plus Ursula von der Leyen, President of the European Commission, and Mark Rutte, Secretary General of NATO. They agreed to stand together against Donald Trump and not to accept any questioning of Western policy towards Russia.

Olaf Scholz, outgoing German chancellor, declared after the summit: “There must be no

division of security and responsibility between Europe and the United States. NATO is built on the fact that we always act together and share risks […]. This should not be questioned. »

Donald Tusk, Prime Minister of Poland, said: “No matter what everyone may say to each other, sometimes in harsh words […], there is no reason why the Allies cannot find a common language among themselves on the most important issues. [It is] in the interest of Europe and the United States to cooperate as closely as possible. »

Also on February 17, the Ukrainian army attacked US, Israeli and Italian interests in Russia. It bombed facilities partially owned by Chevron (15%), ExxonMobil (7.5%) and ENI (2%). Around twenty drones caused serious damage to the Caspian Pipeline Consortium (CPC), which supplies Israel with Russian oil.

The Europeans reacted no more to this operation than when the CIA sabotaged the Nord Stream gas pipeline (September 26, 2022), although it is owned not only by the Russian Gazprom (50%), but also by the Germans BASF/Wintershall and Uniper, the French Engie, the Austrian OMV and the British Royal Dutch Shell. This sabotage has thrown Germany into an economic recession, which continues to spread to the rest of the EU, not to mention increasing energy prices for all EU households.

In both cases (the Nord Stream sabotage and the CPC attack), the Europeans were unable to defend their interests. They successively let their main ally hurt them, then their allies fight each other.

TUESDAY, FEBRUARY 18

The European powers learned with astonishment that, at their first meeting in Riyadh (Saudi Arabia), on February 18, the US and Russian delegations agreed:
 to denazify and neutralize Ukraine,
 to respect the commitments made during German reunification and to withdraw NATO troops from all countries that joined the Atlantic Alliance after 1990.

President Trump had suddenly abandoned the plan of General Keith Kellogg, his special envoy for Ukraine, as it had been published in April 2024 by the America First Foundation. On the contrary, he had used the plan of his friend Steve Witkoff, special envoy for the Middle East, who had met Vladimir Putin in Moscow through the Saudi Crown Prince Mohamed bin Salman (known as “MBS”), hence the choice of Riyadh for these negotiations. Kellogg reasoned with NATO’s ideas, while Witkoff listened, heard and verified the validity of the Russian position.

The European powers were quickly able to verify that the order to withdraw had been transmitted to certain US troops, in the Baltic countries and in Poland. The security architecture in Europe, that is to say the system ensuring peace, was destroyed. Of course, there is no immediate threat of invasion, Russian or Chinese, but in the long term and given the time required for rearmament, everyone must immediately prepare for the best or the worst.

WEDNESDAY, FEBRUARY 19

On February19, EU ambassadors approved the 16th package of unilateral coercive measures (misleadingly called “sanctions” by Atlantic propaganda) against Russia. It was to be officially approved on 24 February by the Foreign Affairs Council on the occasion of the third anniversary of the Russian special military operation in Ukraine. In addition, the EU decided to disconnect 13 banks from the Swift system and to ban three financial institutions from trading. In addition, 73 ships of the Russian “ghost fleet” were sanctioned, and 11 Russian ports and airports that circumvent the oil price cap were banned from trading. Finally, 8 Russian media outlets also had their broadcasting licenses in the EU suspended.

Meanwhile, on the same day, February 19, President Donald Trump vented his anger at his unelected Ukrainian counterpart, calling him a “modestly successful comedian” and an “unelected dictator,” and then accusing him of provoking the war. Meanwhile, General Kellogg, the White House’s special envoy to Kiev, canceled his press conference with Volodymyr Zelensky. The Trump administration had broken with the Kiev government that the Biden administration had praised to the skies.

THURSDAY, FEBRUARY 20

Libertarian Senator Mike Lee (Utah) introduced a bill in the Senate on February 20 to completely withdraw the United States from the United Nations. Representative Chip Roy (Texas) introduced the same bill in the House of Representatives the following day.

While President Donald Trump is a “Jacksonian” (i.e., a disciple of Andrew Jackson, who wanted to replace war with business), Washington has now embraced “American exceptionalism.” This is a political theology according to which the United States is a chosen people who must bring the light they have received to the rest of the world. As such, they do not have to negotiate anything with others and especially not be accountable to them.

“American exceptionalism” should not be confused with the “isolationism” that led the Senate to refuse to join the League of Nations in 1920. This organization, unlike the UN that succeeded it, had provided for military solidarity between states that recognized international law. Consequently, the United States would have had to maintain troops to maintain peace in Europe and the Europeans could have intervened in Latin America (Washington’s “backyard” according to the “Monroe Doctrine”) to maintain peace there.

SATURDAY, FEBRUARY 22

Without waiting, Polish President Andrzej Duda went to Washington uninvited on February 22. He managed to meet President Donald Trump for ten minutes, not at the White House, but on the sidelines of the Conservative Political Action Conference (CPAC). He asked him not to withdraw US troops from his country, giving Poland time to complete its military restructuring. Since Warsaw has already initiated a profound internal revolution by reestablishing universal military service and building a very large army, he managed to get him to postpone, not cancel, his order.

Andrzej Duda is Polish President, at least until the May elections. Constitutionally, he does not exercise executive power, but he is nonetheless the head of the armed forces. His Prime Minister, Donald Tusk, had promised in Paris not to negotiate separately with the United States.

So, whatever one might say, the united front of the Europeans was broken. It had only lasted ten days.

MONDAY, FEBRUARY 24

On the third anniversary of the Russian special military operation in Ukraine, on 24 February, Roberta Metsola, President of the European Parliament, António Costa, President of the European Council and Ursula von der Leyen, President of the European Commission, issued a completely out-of-place joint statement. In it, they called for “a comprehensive, just and lasting peace based on the Ukrainian peace formula”, meaning they stuck to the old narrative: there are no Nazis in Ukraine and Russia is the aggressor. In doing so, they contradicted not only the facts, but also the recent statements of their economic and military overlord, the United States.

On the same day, French President Emmanuel Macron travelled to Washington, on behalf of all Atlanticist Europeans. Before receiving him, President Donald Trump had his chief of staff take him to a wing of the White House to participate in a G7 video conference that he was chairing… from another room.

For two hours, the heads of state and government of the G7, plus the Spanish Prime Minister and the unelected Ukrainian president, tried in vain to make their overlord relent. He would not budge: the Ukrainian conflict was not started by Russia, but by the Ukrainian fundamentalist nationalists hiding behind Zelensky alone. In any case, as a matter of principle, it is not possible to defend people who have just attacked US interests, even if they are located in Russia. To make himself clearly understood, Donald Trump refused to sign the final communiqué prepared by the Europeans and announced to them that, if this text were published (it had already been distributed under embargo to journalists), he would deny it and his country would leave the G7.

Only after this scandal did he receive President Emmanuel Macron. The latter chose not to confront him, but to celebrate transatlantic friendship. At the joint press conference, he interrupted his host when the latter repeated that Ukraine, not Russia, had provoked the war, but ultimately did not dare contradict him.

Meanwhile, in New York, the UN General Assembly was debating a resolution proposed by Ukraine. It denounced “the total invasion of Ukraine by the Russian Federation” and demanded that it withdraw “immediately, completely and unconditionally all its military forces from the territory of Ukraine within the internationally recognized borders of the country and that the hostilities conducted by the Russian Federation against Ukraine, in particular all attacks against civilians and civilian objects, cease immediately.”

For the first time in history since World War II, the US delegation voted against a text, along with that of Russia, against those of Canada, the Europeans and Japan who approved it.

Then, the United States presented a second resolution itself so that “the conflict be ended as soon as possible.” This text aimed to align the General Assembly with the position of the US negotiators in Riyadh. But Russia voted against it because the text “advocates for a lasting peace between Ukraine and the Russian Federation” and not for a “lasting peace within Ukraine.” As a result, the United States, considering that it had poorly drafted its proposal, abstained on its own text, while Canada, the Europeans and Japan condemned it.

TUESDAY, FEBRUARY 25

Kaja Kallas, EU High Representative for Foreign Affairs and Security Policy, travelled to Washington to meet with Secretary of State Marco Rubio. The meeting, which had been announced for a long time, was cancelled at the last minute by Mr Rubio’s secretariat, officially due to his overbooked schedule.

Ms Kallas said that instead, she would meet “with senators and (…) members of Congress to discuss Russia’s war against Ukraine and transatlantic relations”.

After EU members voted against the US at the UN, the Secretary of State refused to meet his European counterpart.

WEDNESDAY, FEBRUARY 26

At a press conference in kyiv, Volodymyr Zelensky assured on February 26 that without security guarantees from the United States and NATO, any peace agreement would be unfair and there would be no real ceasefire.

THURSDAY 27 FEBRUARY

Before leaving Washington, Kaja Kallas, High Representative of the EU for Foreign Affairs and Security Policy, gave a lecture at the Hudson Institute on February 27. She said: “We need to put pressure on Russia to also want peace. It is in a position where it does not want peace.”

Keir Starmer, British Prime Minister, went to the White House, carrying an invitation from King Charles III for a second state visit to the United Kingdom. Her Majesty’s diplomats believe that President Trump greatly enjoyed the premiere and that, given his pride, he would be sensitive to the pomp of the Crown.

During the two leaders’ press conference, President Trump claimed not to remember calling Volodymyr Zelensky a “dictator” (“Did I say that? I can’t believe I said it!”). In addition, he expressed openness to the idea of the 25% tariff hike not affecting the United Kingdom and to London returning the Chagos Islands (including the Diego Garcia base) to Mauritius.

On the substance, Keir Starmer managed to renew his country’s "special relationship" with the United States. This includes the "Five Eyes" global interception and espionage system and the delegation of the strike force (remember that the British atomic bomb could not work without the support of US military scientists).

Meanwhile, US and Russian negotiators met for six and a half hours at the US Consulate General in Istanbul for a second round of negotiations, at a "technical level". It was not a question of progress on the substance, but of resolving problems that had been addressed by the ministers in Riyadh. Namely, the operating conditions of the respective embassies in Washington and Moscow, which President Joe Biden had considerably supervised and to which Moscow had responded identically.

FRIDAY, FEBRUARY 28

The unelected Ukrainian President, Volodymyr Zelensky, visited the White House on February 28. President Trump and Vice President Vance received him, not to listen to his version of events, but to sign an agreement on rare earths that Ukraine claims to possess. Of course, he could not have done so, since they do not exist, but it was a way for the Trump administration to show the man who is no longer known whether it considers him a “democrat” or a “dictator” that he no longer had any cards in his hand.

The welcome press briefing will be remembered. The Western press was shocked by the altercation between President Trump and his guest. We must be wary of images here: they do not say the same thing at all if we stick to a selected excerpt or if we listen to the entire exchange. In an excerpt, we remember the arguments that are stated, while overall, we understand why they are stated.

During the fifty minutes of this press briefing, President Donald Trump constantly recalled that he was not aligned with either party, Russian or Ukrainian, but that he was negotiating with Russia to defend the interests of his country and, ultimately, for all of Humanity. As President of the United States, he speaks with everyone, is careful not to insult anyone and recognizes the positive points of each. On the contrary, Volodymyr Zelensky has constantly accused Russia of aggression since 2014, of murders, kidnappings and torture. He even claimed that President Vladimir Putin had violated his own signature 15 times.

Contrary to what the Western press saw, this press briefing did not focus on military aid, rare earths and even less on a division of territories. It escalated when Vice President Vance noted that his host’s narrative was “propaganda,” then returned to the charge, declaring of both versions of the facts: “We know you’re wrong!” Ultimately, President Trump noted that Ukraine was in bad shape and that his guest not only was not grateful for U.S. support, but did not want a ceasefire. Exasperated, he observed that Vladimir Putin had never violated his signature, neither with Barack Obama nor with him, but only with Joe Biden because of what the latter did to him. He then recalled the repeated false accusations made against Russia by President Biden.

SUNDAY, MARCH 2

British Prime Minister Keir Starmer said Europe is “at a crossroads of history” as he welcomed to Downing Street the leaders of Ukraine, France, Germany, Denmark, Italy, the Netherlands, Norway, Poland, Spain, Canada, Finland, Sweden, the Czech Republic and Romania, as well as the Turkish foreign minister, the NATO secretary general and the presidents of the European Commission and European Council.

The UK and France are competing to replace the US and guarantee peace on the European continent. Both countries are said to be prepared to guarantee the security of others with their nuclear weapons. However, no one seriously considers that these would be sufficient to ensure peace in the absence of serious conventional forces, which neither London nor Paris has. At most, Warsaw began reorganising its armies and generalising conscription for its young people more than two years ago, but it still does not have enough weapons.

After the meeting, which aimed to create a “coalition of the willing”, Keir Starmer said on behalf of all participants:

“Today I welcomed to London counterparts from across Europe, including from Türkiye, as well as the Secretary General of NATO and the Presidents of the European Commission, the Council of the EU and Canada, to discuss our support for Ukraine.

Together, we reaffirmed our determination to work towards a permanent peace in Ukraine, in partnership with the United States. Europe’s security is our primary responsibility. We will tackle this historic task and increase our investment in our own defence.

We must not repeat the mistakes of the past when weak agreements allowed President Putin to invade again. We will work with President Trump to secure a strong, just, and lasting peace that ensures Ukraine’s future sovereignty and security. Ukraine must be able to defend itself against future Russian attacks. There must be no talks on Ukraine without Ukraine. We agreed that the United Kingdom, France, and others will work with Ukraine on a plan to end the fighting that we will discuss further with the United States and move forward together (…) In addition, many of us have expressed our readiness to contribute to Ukraine’s security, including through a force of European and other partners, and will intensify our planning. We will continue to work closely together to advance next steps and make decisions in the weeks ahead.”

The participants in this summit have not changed their analysis of the Ukrainian conflict at all. They remain deaf to the United States and, as a result, no longer understand it. They managed to unite not to deploy a peace stabilisation force in Ukraine, but to protect critical infrastructure in western Ukraine or in similar strategic areas. They agreed not to make fragmented national efforts, but to take advantage of the economic power of the European Union (EU) by redirecting its recovery funds. They therefore convened a special European Council on March 6. However, to transform the EU from a common market to a military alliance, they will need not a majority, but the unanimity of the 27 Member States, including Hungary and Slovakia.

And yet, already, Viktor Orbán, the Hungarian Prime Minister, has responded to the draft final declaration of the European Council by stressing that there are “strategic differences” between the EU states. He therefore advocates that there should be no written conclusions, because "any attempt to do so would project the image of a divided European Union."

Translation
Roger Lagassé

3.3.25

El plan maestro de Donald Trump para la economía

Yanis Varoufakis


Frente a las medidas económicas del presidente Trump, sus críticos centristas oscilan entre la desesperación y una conmovedora fe en que se desvanezca su frenesí arancelario. Suponen que Trump resoplará y resoplará hasta que la realidad deje al descubierto la vacuidad de su razonamiento económico. No han estado prestando atención: la fijación arancelaria de Trump forma parte de un plan económico global que es sólido, aunque sea algo intrínsecamente arriesgado.

Su forma de pensar [de ellos] conecta directamente con un concepto erróneo de cómo se mueven el capital, el comercio y el dinero en todo el mundo. Como el cervecero que se emborracha con su propia cerveza, los centristas acabaron creyéndose su propia propaganda: que vivimos en un mundo de mercados competitivos en el que el dinero es neutral y los precios se ajustan para equilibrar la oferta y la demanda de todo. Ese Trump tan poco sofisticado es, de hecho, mucho más sofisticado que ellos en el sentido de que entiende cómo el poder económico en bruto, y no la productividad marginal, decide quién hace qué a quién, tanto a escala nacional como internacional.

Aunque nos arriesgamos a que el abismo nos devuelva la mirada cuando intentamos darle una ojeada a la mente de Trump, necesitamos comprender su pensamiento en relación con tres cuestiones fundamentales: ¿por qué piensa él que los Estados Unidos están explotados por el resto del mundo? ¿Cuál es su visión de un nuevo orden internacional en el que los Estados Unidos puedan volver a ser “grandes”? ¿Cómo piensa conseguirlo? Sólo entonces podremos elaborar una crítica sensata del plan director económico de Trump.

¿Por qué cree el presidente que los Estados Unidos ha recibido un trato malo? Su principal queja consiste en que la supremacía del dólar puede conferir enormes poderes al gobierno y a la clase dirigente de los Estados Unidos, pero, en última instancia, los extranjeros la están utilizando de forma que garantiza el declive de los Estados Unidos. Así es que lo que la mayoría considera un privilegio desorbitado de los Estados Unidos, lo ve él como una carga desorbitada.

Trump lleva décadas lamentando el declive de la industria manufacturera estadounidense: “Si no tienes acero, no tienes país”. Pero ¿por qué culpar de esto al papel global del dólar? Pus porque, responde Trump, los bancos centrales extranjeros no dejan que el dólar se ajuste a la baja hasta el nivel “correcto”, en el que las exportaciones estadounidenses se recuperan y las importaciones se frenan. No es que los bancos centrales extranjeros estén conspirando contra los Estados Unidos. Es tan solo que el dólar es la única reserva internacional segura de la que pueden echar mano. Es natural que los bancos centrales europeos y asiáticos atesoren los dólares que fluyen hacia Europa y Asia cuando los norteamericanos importan cosas. Al no cambiar sus reservas de dólares por sus propias monedas, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón, el Banco Popular de China y el Banco de Inglaterra suprimen la demanda de sus monedas (y, por tanto, su valor). Esto ayuda a sus propios exportadores a aumentar sus ventas a los Estados Unidos y ganar aún más dólares. En un círculo sin fin, estos dólares frescos se acumulan en las arcas de los banqueros centrales extranjeros que, para ganar intereses con seguridad, los utilizan para comprar deuda pública estadounidense.

Y ahí está el problema. Según Trump, los Estados Unidos importan demasiado porque son un buen ciudadano global que se siente obligado a proporcionar a los extranjeros los activos en dólares de reserva que necesitan. En resumen, la industria manufacturera estadounidense entró en declive porque los Estados Unidos son un buen samaritano: sus trabajadores y su clase media sufren para que el resto del mundo pueda crecer a su costa.

Pero el estatus hegemónico del dólar también apuntala el excepcionalismo estadounidense, como bien sabe y aprecia Trump. La compra de bonos del Tesoro norteamericano por parte de los bancos centrales extranjeros permite al gobierno norteamericano incurrir en déficit y pagar un ejército sobredimensionado que llevaría a la bancarrota a cualquier otro país. Y al constituir el eje de los pagos internacionales, el dólar hegemónico permite al presidente ejercer el equivalente moderno de la diplomacia de las cañoneras: sancionar a voluntad a cualquier persona o gobierno.

Esto no es suficiente, a los ojos de Trump, para compensar el sufrimiento de los productores norteamericanos que se ven debilitados por extranjeros cuyos banqueros centrales explotan un servicio (las reservas de dólares) que los Estados Unidos les prestan gratuitamente para mantener sobrevalorado el dólar. Para Trump, Estados Unidos se está socavando a sí mismo por la gloria del poder geopolítico y la oportunidad de acumular beneficios ajenos. Estas riquezas importadas benefician a Wall Street y a los agentes inmobiliarios, pero sólo a expensas de las personas que le han elegido dos veces: los norteamericanos de las zonas centrales que producen aquellos bienes «varoniles» como el acero y los automóviles que una nación necesita para seguir siendo viable.

Y esa no es la peor de las preocupaciones de Trump. Su pesadilla es que esta hegemonía sea efímera. Ya en 1988, mientras promocionaba su Art of the Deal con Larry King y Oprah Winfrey, se lamentaba: “Somos una nación deudora. Va a pasar algo en los próximos años en este país, porque no se puede seguir perdiendo 200.000 millones de dólares al año”. Desde entonces, está cada vez más convencido de que se acerca un terrible punto de inflexión: a medida que la producción de los Estados Unidos disminuye en términos relativos, la demanda mundial del dólar aumenta más rápidamente que los ingresos norteamericanos. El dólar tiene entonces que apreciarse aún más rápido para satisfacer las necesidades de reservas del resto del mundo. Esto no puede durar eternamente.

Cuando los déficits norteamericanos superen un cierto umbral, los extranjeros entrarán en pánico. Venderán sus activos denominados en dólares y buscarán otra moneda con la que atesorar. Los norteamericanos quedarán en medio del caos internacional, con un sector manufacturero destrozado, unos mercados financieros en ruinas y un Gobierno insolvente. Este escenario de pesadilla ha convencido a Trump de que tiene la misión de salvar a los Estados Unidos: que tiene el deber de marcar el comienzo de un nuevo orden internacional. Y esa es la esencia de su plan: llevar a cabo en 2025 un decisivo shock anti-Nixon, una conmoción global que anule la obra de su predecesor al poner fin al sistema de Bretton Woods de 1971, que fue la punta de lanza de la era de la financiarización.

Un elemento central de este nuevo orden mundial sería un dólar más barato que siguiera siendo moneda de reserva mundial, lo cual reduciría aún más los tipos de interés de los préstamos a largo plazo de los Estados Unidos. ¿Puede Trump nadar (con un dólar hegemónico y unos bonos del Tesoro norteamericano de bajo rendimiento) y guardar la ropa (con un dólar depreciado)? Sabe que los mercados nunca lo conseguirán por sí solos. Sólo los bancos centrales extranjeros pueden hacerlo por él. Pero para que acepten hacerlo, primero hay que provocarles una sacudida. Y ahí es donde entran en juego sus aranceles.

Y esto es lo que sus críticos no entienden. Creen erróneamente que él piensa que sus aranceles reducirán por sí solos el déficit comercial de Estados Unidos. Él sabe que no lo reducirán. Su utilidad estriba en su capacidad para conmocionar a los bancos centrales extranjeros y hacer que reduzcan los tipos de interés nacionales. En consecuencia, el euro, el yen y el renminbi se debilitarán frente al dólar. Esto anulará las subidas de precios de los bienes importados a Estados Unidos y no afectará a los precios que pagan los consumidores norteamericanos. Los países con aranceles pagarán de hecho los aranceles de Trump.

Pero los aranceles son únicamente la primera fase de su plan maestro. Con unos aranceles elevados como nuevo valor por defecto, y con el dinero extranjero que se acumula en el Tesoro, Trump puede esperar su momento mientras claman por hablar amigos y enemigos en Europa y Asia. Es entonces cuando entra en acción la segunda fase del plan de Trump: la gran negociación.

A diferencia de sus predecesores, de Carter a Biden, Trump desdeña las reuniones multilaterales y las negociaciones multitudinarias. Es un hombre del tú a tú. Su mundo ideal es un modelo de centro y radios, como la rueda de una bicicleta, en el que ninguno de los radios individuales influye demasiado en el funcionamiento de la rueda. En esta visión del mundo, Trump confía en que puede tratar cada radio secuencialmente. Con los aranceles por un lado y la amenaza de retirar el escudo de seguridad de Estados Unidos (o desplegarlo contra ellos) por el otro, cree que puede conseguir que la mayoría de los países den su aquiescencia.

¿Aquiescencia a qué? A una apreciación substancial de su moneda sin liquidar su tenencia de dólares a largo plazo. No sólo esperará que cada interlocutor recorte los tipos de interés nacionales, sino que exigirá cosas distintas de los distintos interlocutores. A los países asiáticos, que son los que más dólares atesoran en la actualidad, les exigirá que vendan una parte de sus activos en dólares a corto plazo a cambio de su propia moneda (que se apreciará). A una eurozona relativamente pobre en dólares y plagada de divisiones internas, lo cual incrementa su poder de negociación, Trump puede exigirles tres cosas: que acepten cambiar sus bonos a largo plazo por bonos a muy largo plazo o incluso perpetuos, que permitan que la fabricación alemana emigre a Estados Unidos, y, naturalmente, que compren muchas más armas fabricadas en los Estados Unidos.

¿Se imaginan la sonrisa de Trump al pensar en esta segunda fase de su plan maestro? Cuando un gobierno extranjero acceda a sus demandas, se habrá apuntado otra victoria. Y cuando algún gobierno recalcitrante se resista, los aranceles no se moverán, proporcionando a su Tesoro un flujo constante de dólares de los que podrá disponer como mejor le parezca (ya que el Congreso sólo controla los ingresos fiscales). Una vez completada esta segunda fase de su plan, el mundo se habrá dividido en dos bandos: un bando protegido por la seguridad norteamericana a costa de una moneda apreciada, la pérdida de plantas de fabricación y la compra forzosa de exportaciones norteamericanas, incluidas las armas. El otro campo estará estratégicamente más cerca tal vez de China y Rusia, pero todavía conectado a los EE.UU. a través de un comercio reducido que todavía proporcionará a los EE.UU. ingresos arancelarios regulares.

La visión de Trump de un orden económico internacional deseable puede ser violentamente diferente de la mía, pero eso no nos da a ninguno de nosotros licencia para subestimar su solidez y propósito, como hace la mayoría de los centristas. Como todos los planes bien trazados, esto puede torcerse, por supuesto. La depreciación del dólar puede que no sea suficiente para anular el efecto de los aranceles sobre los precios que pagan los consumidores norteamericanos. O puede que la venta de dólares sea demasiado grande como para mantener lo suficientemente bajos los rendimientos de la deuda norteamericana a largo plazo. Pero además de estos riesgos manejables, el plan maestro se pondrá a prueba en dos frentes políticos.

La primera amenaza política a su plan maestro es interna. Si el déficit comercial empieza a reducirse según lo previsto, el dinero privado extranjero dejará de inundar Wall Street. De golpe, Trump tendrá que traicionar a su propia tribu de financieros y agentes inmobiliarios indignados o a la clase trabajadora que le eligió. Mientras tanto, se abrirá un segundo frente. Considerando a todos los países como radios de su eje, Trump puede pronto descubrir que ha fomentado la disidencia en el exterior. Pekín puede abandonar sus precauciones y convertir los BRICS en un nuevo sistema de Bretton Woods en el que el yuan desempeñe el papel de anclaje que desempeñó el dólar en el Bretton Woods original. Este sería acaso el legado más asombroso, y el merecido que recibiría el plan maestro, impresionante por demás, de Trump.
 
Yanis Varoufakis  exministro de Finanzas de Grecia, dirigente del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas. Su último libro es “Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo” (Ed. Argentina, 2024).
Fuente:
Unherd, 12 de febrero de 2025, https://unherd.com/2025/02/why-trumps-tariffs-are-a-masterplan/

2.3.25

Trump y Vance acusan a Zelensky de provocar la tercera guerra mundial: ¿suicidio europeo o "síndrome de Masada"?

 Alfredo Jalife-Rahme

En el encontronazo del presbiteriano Trump y su vicepresidente, el católico J. D. Vance, con el clepto-porno-comediante jázaro (https://bit.ly/3QqemJr) Zelensky resaltó lo que verdaderamente está en juego: una tercera guerra mundial (TGM) contra Rusia instigada por los cuatro jinetes BlackRock/Banca Rothschild/George Soros/Bloomberg, amos del ilegítimo presidente ucranio quien finiquitó su mandato en mayo del año pasado.

Además, está en juego el vellocino de oro del siglo 21: US$13 billones (trillones en anglosajón) de tierras raras en Ucrania y su inigualable “tierra negra ( chernozem)”, donde los cuatro jinetes apostaron pletóricos capitales y quienes, al parecer, prefieren una TGM antes de que estalle la burbuja financiera de los “derivados financieros (https://bit.ly/3D5i6gw)” que se manejan fuera de los balances contables tradicionales (off-balance-sheet) y que pueden alcanzar la aterradora cifra de US$2 mil billones (¡ megasic!), inherentes al modelo especulativo de la globalización financierista, cuya explosión sería peor a una conflagración termonuclear. Poco se presta atención a la grave situación financiera en Occidente cuando nada menos que Elon Musk reconoce la inviabilidad de la deuda de EU con el pago de sus intereses que exceden su gasto militar anual (https://bit.ly/41zEzvE). That’s the name of the game!

Más allá de la folclórica expulsión de Zelensky de la Casa Blanca (https://bit.ly/3QEQ3Yz), The Telegraph expone su grave error por haber interpelado al vicepresidente Vance (https://bit.ly/3XmtRWW), como parte de su desastre diplomático, cuando Trump conminó al ilegítimo presidente ucranio a “regresar cuando esté listo para hacer la paz (https://bit.ly/4hXNNHR)”. Se suicidó Europa –en particular la triada bélica Londres/París/Berlín– transmutada en el clepto-porno-comediante jázaro Zelensky, quien practica el clásico “síndrome de Masada (https://bit.ly/4iepUfz)” de sus correligionarios. The Economist, de los banqueros Rothschild, reconoce el doble desastre de Zelensky y Ucrania en la Casa Blanca (https://bit.ly/3XpLSUh).

Más allá de que los neonazis (literal) de la facción Bandera hoy festejen en los bares de Kiev que Zelensky confrontó a Trump y a J. D. Vance en la Casa Blanca, lo real es que Ucrania se quedó huérfana del relevante apoyo de su otrora principal aliado EU. Ahora los omnipotentes multimedia que controlan los cuatro jinetes jázaros se han lanzado en nado sincrónico a la yugular de Trump al tildarlo, en la revista gala Le Point, de “agente de la KGB (https://bit.ly/4bpNR0Q)” con el mote de Krasnov, y tanto The Economist (https://bit.ly/43hgKdu) como el jázaro Thomas Freedman, del NYT, lo injurian de “gánster (https://bit.ly/4h2j23l)”. ¡No, bueno!

El problema es que los dos bandos que hoy chocan por el alma de Occidente –Trump/Vance/Musk vs los cuatro jinetes BlackRock/Banca Rothschild/George Soros/Bloomberg– se tildan mutuamente de gánsteres, como es el caso notorio de Kash Patel, hoy flamante director de la FBI con Trump, quien publicó hace año y medio su estrujante libro Los gánsteres del gobierno: el DeepState, la verdad y la batalla por nuestra democracia (https://bit.ly/4gYrVuR)”.

El muy influyente senador republicano Lindsey Graham descuartizó al ya despellejado Zelensky al reclamar su renuncia o defenestración expeditas (https://bit.ly/41CZxtR). Seguirá resonando la frase de Trump cuando interrumpió a Zelensky para decirle que carecía de cartas para jugar frente a Rusia sin la ayuda de EU. En efecto, el destino de Ucrania y Zelensky se definieron hace mucho en el campo de batalla.

Hoy Putin detenta y ostenta las cartas, quien, por cierto, se entrevistó largamente por teléfono con el mandarín Xi Jinping, otro gran triunfador del nuevo orden mundial que cada vez más se asienta que será tripolar o no será. En la fase post-Zelensky (https://bit.ly/4hYgjt4), Trump/Vance ya pueden cooperar con Putin sobre las pletóricas tierras raras que detenta Rusia en su propio territorio y que conquistó en la misma Ucrania (https://bit.ly/3EZPu97).

24.2.25

El ocaso del "proyecto Ucrania": ¿qué le espera a Europa y al mundo?

Nikolay Sofinskiy*

La crisis ucrania, que no comenzó ayer sino mucho antes, fue el resultado de la miopía estratégica de Occidente y de la traición a las promesas dadas. Rusia advirtió en repetidas ocasiones que la expansión de la OTAN y los intentos de arrastrar a Ucrania a un proyecto antirruso llevarían a una tragedia. Sin embargo, en Washington y Bruselas prefirieron ignorar estas señales.

El régimen neonazi de Kiev, que llegó al poder como resultado de un golpe de Estado inconstitucional en febrero de 2014, apostó por la represión violenta de quienes no aceptaron la nueva realidad. Los Acuerdos de Minsk, que podrían haber evitado la catástrofe, fueron utilizados por el régimen de Kiev y sus tutores occidentales sólo como una pantalla para preparar a Ucrania para la guerra. Esto ya ha sido reconocido hace tiempo por los ex líderes de Alemania y Francia.

Desde el golpe de Estado, Kiev ha seguido un camino sistemático de desmantelamiento de todo lo ruso: el idioma, la cultura, la historia. El cierre de medios de comunicación en ruso, la prohibición de la educación en ruso y la persecución de la Iglesia ortodoxa ucrania son signos de una política nacionalista que, en última instancia, sólo ha profundizado la división interna. Además, los ataques contra la población civil han continuado todos estos años.

En febrero de 2022, Rusia se vio obligada a tomar la única decisión posible en esas circunstancias: iniciar una operación militar especial (basándose en el artículo 51 de la Carta de la ONU) para proteger a los habitantes de Donbás y cambiar el equilibrio de poder que amenazaba la propia existencia del Estado ruso.

¿Y qué está ocurriendo ahora? Ucrania se encuentra en una situación sin salida. Las élites occidentales están cansadas de la guerra, su economía está estancada. En Washington y Bruselas comprenden que el "proyecto Ucrania" se ha convertido en una carga insoportable. Incluso dentro de la propia Ucrania, el estado de ánimo está cambiando: la movilización forzosa masiva de soldados, la corrupción y la división en las élites están debilitando las posiciones del líder ilegítimo Zelensky. En realidad, Ucrania ya ha perdido como Estado y se ha convertido en un Estado fallido, que lo sacrificó todo en favor de los juegos geopolíticos ajenos.

Hoy día, ya es evidente que la crisis ucrania es parte de una reconfiguración global del mundo. Moscú ya no jugará según las reglas impuestas, y el mundo avanza rápidamente hacia la multipolaridad, donde Occidente colectivo ya no es el hegemón indiscutible. Sin embargo, en esta nueva realidad surge un desafío: ¿es posible el diálogo?

Espero que sí. En este contexto, las recientes negociaciones entre Rusia y Estados Unidos son una señal importante. Washington, que hasta hace poco rechazaba categóricamente la posibilidad de discutir una solución pacífica con Moscú, ha cambiado su posición. El presidente Trump es el único líder occidental que ha declarado pública y abiertamente que una de las causas fundamentales de la situación en Ucrania fue la línea agresiva de la administración anterior para arrastrar a Ucrania a la OTAN.

¿Está Rusia preparada para el diálogo? Sin duda. Nuestro país ha afirmado durante todos estos años que es necesario resolver el problema de la seguridad mundial. En estas condiciones, Rusia propone crear en Eurasia un nuevo sistema de seguridad que tenga en cuenta los intereses de todos los estados de este vasto continente, basado no en una estructura de bloques, sino en garantías de seguridad colectiva bilaterales y multilaterales. Proponemos un modelo basado en los principios del diálogo, la cooperación y el respeto por las decisiones soberanas de sus participantes.

Es importante que esta nueva arquitectura esté abierta para todos: tanto para los países de Europa como para los miembros de la OTAN. Es evidente que esto no puede lograrse de inmediato, pero en un futuro previsible se podría acercar a una discusión con los europeos sobre posibles formas de establecer en el continente euroasiático un marco de seguridad equitativo e indivisible. Esto responde objetivamente a los intereses de Europa, si desea mantenerse como uno de los centros independientes del desarrollo mundial. Sin garantías de seguridad confiables y buenas relaciones con Rusia, este objetivo difícilmente será alcanzable.

*Embajador de Rusia en México

2.2.25

La era Trump (Dossier)

Michael Hudson 

Melvin A. Goodman 

Romaric Godin 

John Helmer 

Critic of Political Economy

La guerra de Trump contra México y el mundo entero por la balanza de pagos

Michael Hudson

El camino al caos

En la década de 1940 se estrenaron varias películas con Bing Crosby y Bob Hope, empezando por Camino a Singapur en 1940. La trama era siempre similar. Bing y Bob, dos estafadores o cómicos parlanchines, se metían en un lío en algún país, y Bing se salía de él vendiendo a Bob como esclavo (Marruecos en 1942, donde Bing promete recomprarlo) o comprometiéndolo a ser sacrificado en alguna ceremonia pagana, y así sucesivamente. Bob siempre acepta el plan, y siempre hay un final feliz al estilo de Hollywood en el que escapan juntos, con Bing siempre consiguiendo a la chica.

En los últimos años hemos visto una serie de escenificaciones diplomáticas similares con Estados Unidos y Alemania (en representación de Europa en su conjunto). Podríamos llamarlo el camino al caos. Estados Unidos ha traicionado a Alemania al destruir Nord Stream, con el canciller alemán Olaf Scholtz (el desafortunado personaje de Bob Hope) dándole la razón, y con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, interpretando el papel de Dorothy Lamour (la chica, el premio de Bing en las películas de La Ruta de Hollywood) exigiendo que toda Europa aumente su gasto militar en la OTAN más allá de la demanda de Biden del 2 % hasta la escalada de Trump al 5 %. Para colmo, Europa va a imponer sanciones al comercio con Rusia y China, obligándolas a trasladar sus principales industrias a Estados Unidos.

Así que, a diferencia de las películas, esto no terminará con Estados Unidos corriendo a salvar a la crédula Alemania. En cambio, Alemania y Europa en su conjunto se convertirán en ofrendas sacrificiales en nuestro esfuerzo desesperado pero inútil por salvar al Imperio estadounidense. Aunque Alemania puede que no acabe inmediatamente con una población que emigre y se reduzca como Ucrania, su destrucción industrial está en marcha.

Trump dijo en el Foro Económico de Davos el 23 de enero: «Mi mensaje a todas las empresas del mundo es muy sencillo: vengan a fabricar su producto en Estados Unidos y les ofreceremos uno de los impuestos más bajos de cualquier nación del mundo». De lo contrario, si continúan intentando producir en casa o en otros países, sus productos estarán sujetos a aranceles del 20 % que Trump ha amenazado con imponer.

Para Alemania esto significa (parafraseando): «Lo siento, sus precios de la energía se han cuadruplicado. Vengan a Estados Unidos y consíganlos a un precio casi tan bajo como el que pagaban a Rusia antes de que sus líderes electos nos dejaran cortar Nord Stream».

La gran pregunta es cuántos otros países serán tan tranquilos como Alemania cuando Trump cambie las reglas del juego: el orden basado en reglas de Estados Unidos. ¿En qué momento se alcanzará una masa crítica que cambie el orden mundial en su conjunto?

¿Puede haber un final de Hollywood para el caos que se avecina? La respuesta es no, y la clave está en el efecto sobre la balanza de pagos de los aranceles y las sanciones comerciales que Trump ha amenazado con imponer. Ni Trump ni sus asesores económicos comprenden el daño que su política amenaza con causar al desequilibrar radicalmente la balanza de pagos y los tipos de cambio en todo el mundo, haciendo inevitable una ruptura financiera.

La balanza de pagos y la restricción del tipo de cambio sobre la agresión arancelaria de Trump

Los dos primeros países a los que Trump amenazó fueron los socios estadounidenses del TLCAN, México y Canadá. Trump ha amenazado con aumentar los aranceles estadounidenses a las importaciones procedentes de ambos países en un 20 % si no obedecen sus exigencias políticas.

Ha amenazado a México de dos maneras. En primer lugar, con su programa de inmigración de exportación de inmigrantes ilegales y la concesión de permisos de trabajo de corta duración para que la mano de obra mexicana estacional trabaje en la agricultura y los servicios domésticos. Ha sugerido deportar a México la oleada de inmigrantes latinoamericanos, alegando que la mayoría han llegado a Estados Unidos a través de la frontera mexicana a lo largo del Río Grande. Esto amenaza con imponer una enorme carga de bienestar social a México, que no tiene muro en su propia frontera sur.

También existe un fuerte coste de balanza de pagos para México y, de hecho, para otros países cuyos ciudadanos han buscado trabajo en Estados Unidos. Una importante fuente de dólares para estos países ha sido el dinero remitido por los trabajadores que envían a sus familias lo que pueden permitirse. Esta es una importante fuente de dólares para las familias de América Latina, Asia y otros países. La deportación de inmigrantes eliminará una fuente sustancial de ingresos que ha estado apoyando los tipos de cambio de sus monedas frente al dólar.

La imposición de un arancel del 20 % u otras barreras comerciales a México y otros países sería un golpe fatal para sus tipos de cambio al reducir el comercio de exportación que la política estadounidense promovió a partir del presidente Carter para promover una subcontratación del empleo estadounidense mediante el uso de mano de obra mexicana para mantener bajos los salarios estadounidenses. La creación del TLCAN bajo Bill Clinton dio lugar a una larga fila de plantas de ensamblaje de maquiladoras justo al sur de la frontera entre Estados Unidos y México, que emplean mano de obra mexicana con salarios bajos en líneas de montaje establecidas por empresas estadounidenses para ahorrar costes laborales. Los aranceles privarían abruptamente a México de los dólares recibidos para pagar pesos a esta fuerza laboral, y también aumentarían los costes para sus empresas matrices estadounidenses.

El resultado de estas dos políticas de Trump sería una caída en la fuente de dólares de México. Esto obligará a México a tomar una decisión: si acepta pasivamente estos términos, el tipo de cambio del peso se depreciará. Esto encarecerá las importaciones (cotizadas en dólares a nivel mundial) en términos de pesos, lo que provocará un aumento sustancial de la inflación interna. Alternativamente, México puede poner su economía en primer lugar y decir que la interrupción del comercio y los pagos causada por la acción arancelaria de Trump le impide pagar sus deudas en dólares a los tenedores de bonos.

En 1982, el impago de México de sus bonos tesobono denominados en dólares desencadenó la bomba de impagos de la deuda de América Latina. Los actos de Trump parecen estar forzando una repetición. En ese caso, la respuesta compensatoria de México sería suspender el pago de sus bonos en dólares estadounidenses.

Esto podría tener efectos de gran alcance, porque muchos otros países de América Latina y del Sur Global están experimentando una presión similar en su balanza de pagos y comercio internacional. El tipo de cambio del dólar ya se ha disparado frente a sus monedas como resultado de la subida de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal, atrayendo fondos de inversión de Europa y otros países. Un dólar en alza significa un aumento de los precios de importación del petróleo y las materias primas denominados en dólares.

Canadá se enfrenta a una situación similar de restricción de la balanza de pagos. Su contrapartida a las plantas maquiladoras de México son sus plantas de piezas de automóvil en Windsor, al otro lado del río desde Detroit. En la década de 1970, los dos países acordaron el Pacto del Automóvil, que asignaba en qué plantas de montaje trabajarían en su producción conjunta de automóviles y camiones estadounidenses.

Bueno, «acordado» puede que no sea el verbo apropiado. Yo estaba en Ottawa en ese momento, y los funcionarios del gobierno estaban muy resentidos por haber sido los más perjudicados en el acuerdo automovilístico. Pero sigue vigente hoy, cincuenta años después, y sigue siendo un importante contribuyente a la balanza comercial de Canadá y, por lo tanto, al tipo de cambio de su dólar, que ya ha estado cayendo frente al de Estados Unidos.

Por supuesto, Canadá no es México. La idea de suspender el pago de sus bonos en dólares es impensable en un país dirigido en gran medida por sus bancos e intereses financieros. Pero las consecuencias políticas se sentirán en toda la política canadiense. Habrá un sentimiento antiamericano (siempre burbujeando bajo la superficie en Canadá) que debería acabar con la fantasía de Trump de convertir a Canadá en el estado número 51.

Los fundamentos morales implícitos del orden económico internacional

Hay un principio moral ilusorio básico en juego en las amenazas arancelarias y comerciales de Trump, y subyace en la amplia narrativa con la que Estados Unidos ha tratado de racionalizar su dominación unipolar de la economía mundial. Ese principio es la ilusión de reciprocidad que apoya una distribución mutua de beneficios y crecimiento, y en el vocabulario estadounidense se entrelaza con los valores democráticos y la charlatanería sobre los mercados libres que prometen estabilizadores automáticos bajo el sistema internacional patrocinado por Estados Unidos.

Los principios de reciprocidad y estabilidad fueron fundamentales en los argumentos económicos de John Maynard Keynes durante el debate a finales de la década de 1920 sobre la insistencia de Estados Unidos en que sus aliados europeos en tiempos de guerra pagaran las fuertes deudas por las armas compradas a Estados Unidos antes de su entrada formal en la guerra. Los aliados acordaron pagar imponiendo reparaciones alemanas para trasladar el coste al perdedor de la guerra. Pero las exigencias de Estados Unidos a sus aliados europeos, y a su vez de estos a Alemania, superaban con creces su capacidad de cumplimiento.

El problema fundamental, explicó Keynes, era que Estados Unidos estaba aumentando sus aranceles contra Alemania en respuesta a la depreciación de su moneda, y luego impuso el arancel Smoot-Hawley contra el resto del mundo. Eso impidió que Alemania ganara la moneda fuerte para pagar a los aliados, y que estos pagaran a Estados Unidos.

Para que el sistema financiero internacional de servicio de la deuda funcione, señaló Keynes, una nación acreedora tiene la obligación de proporcionar a los países deudores la oportunidad de recaudar el dinero para pagar mediante la exportación a la nación acreedora. De lo contrario, se producirá un colapso monetario y una austeridad paralizante para los deudores. Este principio básico debería estar en el centro de cualquier diseño de cómo debería organizarse la economía internacional con controles y equilibrios para evitar tal colapso.

Los opositores de Keynes —el monetarista antialemán francés Jacques Rueff y el defensor del comercio neoclásico Bertil Ohlin— repitieron el mismo argumento que David Ricardo expuso en su testimonio de 1809-1810 ante el Comité de Bullion de Gran Bretaña. Afirmó que el pago de las deudas externas crea automáticamente un equilibrio en los pagos internacionales. Esta teoría económica basura proporcionó una lógica que sigue siendo el modelo básico de austeridad del FMI en la actualidad.

Según la fantasía de esta teoría, cuando el pago del servicio de la deuda reduce los precios y los salarios en el país que paga la deuda, aumentarán sus exportaciones al hacerlas menos costosas para los extranjeros. Y, supuestamente, el cobro del servicio de la deuda por parte de las naciones acreedoras se monetizará para aumentar sus propios precios (la Teoría Cuantitativa del Dinero), reduciendo sus exportaciones. Se supone que este cambio de precios continuará hasta que el país deudor que sufre una salida monetaria y austeridad sea capaz de exportar lo suficiente para poder pagar a sus acreedores extranjeros.

Pero Estados Unidos no permitió que las importaciones extranjeras compitieran con sus propios productores. Y para los deudores, el precio de la austeridad monetaria no fue una producción de exportación más competitiva, sino una perturbación y un caos económicos. El modelo de Ricardo y la teoría neoclásica estadounidense fueron simplemente una excusa para una política de línea dura con los acreedores. Los ajustes estructurales o la austeridad han sido devastadores para las economías y los gobiernos a los que se les han impuesto. La austeridad reduce la productividad y la producción.

En 1944, cuando Keynes intentaba resistirse a la demanda estadounidense de comercio exterior y sumisión monetaria en la conferencia de Bretton Woods, propuso el bancor, un acuerdo intergubernamental de balanza de pagos que exigía a las naciones acreedoras crónicas (a saber, Estados Unidos) que perdieran su acumulación de derechos financieros sobre los países deudores (como se convertiría Gran Bretaña). Ese sería el precio a pagar para evitar que el orden financiero internacional polarizara el mundo entre países acreedores y deudores. Los acreedores tenían que permitir que los deudores pagaran, o perderían sus derechos financieros de cobro.

Keynes, como se ha señalado anteriormente, también hizo hincapié en que si los acreedores quieren cobrar, tienen que importar de los países deudores para que estos puedan pagar.

Se trataba de una política profundamente moral, y tenía la ventaja adicional de tener sentido desde el punto de vista económico. Permitiría a ambas partes prosperar, en lugar de que una nación acreedora prosperara mientras los países deudores sucumbían a la austeridad, lo que les impedía invertir en la modernización y el desarrollo de sus economías mediante el aumento del gasto social y de los niveles de vida.

Bajo Donald Trump, Estados Unidos está violando ese principio. No existe un acuerdo keynesiano tipo bancor, pero sí las duras realidades de su diplomacia unipolar, donde Estados Unidos es lo primero. Si México quiere salvar su economía de la austeridad, la inflación de precios, el desempleo y el caos social, tendrá que suspender el pago de sus deudas externas denominadas en dólares.

El mismo principio se aplica a otros países del Sur Global. Y si actúan juntos, tienen una posición moral para crear una narrativa realista e incluso inevitable de las condiciones previas para que funcione cualquier orden económico internacional estable.

Las circunstancias, por tanto, están obligando al mundo a romper con el orden financiero centrado en Estados Unidos. El tipo de cambio del dólar estadounidense se disparará a corto plazo como resultado de que Trump bloquee las importaciones con aranceles y sanciones comerciales. Este cambio en el tipo de cambio presionará a los países extranjeros que tienen deudas en dólares de la misma manera que se presionará a México y Canadá. Para protegerse, deben suspender el servicio de la deuda en dólares.

Esta respuesta a la sobrecarga de la deuda actual no se basa en el concepto de deudas odiosas. Va más allá de la crítica de que muchas de estas deudas y sus condiciones de pago no eran en interés de los países a los que se les impusieron estas deudas en primer lugar. Va más allá de la crítica de que los prestamistas deben tener cierta responsabilidad a la hora de juzgar la capacidad de pago de sus deudores, o sufrir pérdidas financieras si no lo han hecho.

El problema político del exceso de deuda en dólares del mundo es que Estados Unidos está actuando de una manera que impide a los países deudores ganar el dinero para pagar las deudas externas denominadas en dólares estadounidenses. La política estadounidense plantea, por lo tanto, una amenaza para todos los acreedores que denominan sus deudas en dólares, al hacer que estas deudas sean prácticamente impagables sin destruir sus propias economías.

La suposición de la política estadounidense de que otros países no responderán a la agresión económica de Estados Unidos

¿Sabe Trump realmente lo que está haciendo? ¿O su política de descontrol simplemente está causando daños colaterales a otros países? Creo que lo que está en juego es una profunda y básica contradicción interna de la política estadounidense, similar a la de la diplomacia estadounidense en la década de 1920. Cuando Trump prometió a sus votantes que Estados Unidos debía ser el «ganador» en cualquier acuerdo comercial o financiero internacional, estaba declarando la guerra económica al resto del mundo.

Trump le está diciendo al resto del mundo que deben ser perdedores y aceptar el hecho amablemente como pago por la protección militar que brinda al mundo en caso de que Rusia pueda invadir Europa o China envíe su ejército a Taiwán, Japón u otros países. La fantasía es que Rusia tendría algo que ganar al tener que apoyar una economía europea en colapso, o que China decide competir militarmente en lugar de económicamente.

La arrogancia está presente en esta fantasía distópica. Como potencia hegemónica mundial, la diplomacia estadounidense rara vez tiene en cuenta cómo responderán los países extranjeros. La esencia de su arrogancia es suponer de manera simplista que los países se someterán pasivamente a las acciones de Estados Unidos sin repercusiones. Esa ha sido una suposición realista para países como Alemania, o aquellos con políticos clientes de Estados Unidos similares en el poder.

Pero lo que está sucediendo hoy en día tiene un carácter sistémico. En 1931 se declaró finalmente una moratoria sobre las deudas entre aliados y las reparaciones alemanas. Pero eso fue dos años después del crac bursátil de 1929 y de las hiperinflaciones anteriores en Alemania y Francia. En la misma línea, en la década de 1980 se amortizaron las deudas de América Latina mediante los bonos Brady. En ambos casos, las finanzas internacionales fueron la clave del colapso político y militar general del sistema, porque la economía mundial se había financiarizado de forma autodestructiva. Algo similar parece inevitable hoy en día. Cualquier alternativa viable implica la creación de un nuevo sistema económico mundial.

La política interna de EE. UU. es igualmente inestable. El teatro político de «Estados Unidos primero» de Trump que le llevó a la presidencia puede hacer que su banda pierda el poder a medida que se reconozcan y sustituyan las contradicciones y consecuencias de su filosofía operativa. Su política arancelaria acelerará la inflación de precios en EE. UU. y, lo que es aún más fatal, provocará el caos en los mercados financieros estadounidenses y extranjeros. Las cadenas de suministro se verán interrumpidas, lo que afectará a las exportaciones estadounidenses de todo tipo de productos, desde aviones hasta tecnología de la información. Y otros países se verán obligados a hacer que sus economías dejen de depender de las exportaciones estadounidenses o del crédito en dólares.

Y tal vez, a largo plazo, esto no sea algo malo. El problema está en el corto plazo, ya que las cadenas de suministro, los patrones comerciales y la dependencia se reemplazan como parte del nuevo orden económico geopolítico que la política estadounidense está obligando a desarrollar a otros países.

Trump basa su intento de romper los vínculos existentes y la reciprocidad del comercio y las finanzas internacionales en la suposición de que, en un caótico saco de sorpresas, Estados Unidos saldrá victorioso. Esa confianza subyace en su voluntad de deshacerse de las interconexiones geopolíticas actuales. Piensa que la economía estadounidense es como un agujero negro cósmico, es decir, un centro de gravedad capaz de atraer hacia sí todo el dinero y el excedente económico del mundo. Ese es el objetivo explícito de America First. Eso es lo que convierte el programa de Trump en una declaración de guerra económica al resto del mundo. Ya no existe la promesa de que el orden económico patrocinado por la diplomacia estadounidense hará prósperos a otros países. Las ganancias del comercio y la inversión extranjera deben enviarse y concentrarse en Estados Unidos.

El problema va más allá de Trump. Él simplemente está siguiendo lo que ya ha estado implícito en la política estadounidense desde 1945. La imagen que tiene Estados Unidos de sí mismo es que es la única economía del mundo que puede ser completamente autosuficiente económicamente. Produce su propia energía y también su propia comida, y suministra estas necesidades básicas a otros países o tiene la capacidad de cerrar el grifo.

Lo más importante es que Estados Unidos es la única economía sin las limitaciones financieras que afectan a otros países. La deuda de Estados Unidos está en su propia moneda, y no ha habido límite en su capacidad de gastar más allá de sus posibilidades inundando el mundo con dólares en exceso, que otros países aceptan como sus reservas monetarias como si el dólar siguiera siendo tan bueno como el oro. Y por debajo de todo esto está la suposición de que, casi con solo pulsar un interruptor, Estados Unidos puede llegar a ser tan autosuficiente industrialmente como lo fue en 1945. Estados Unidos es la Blanche DuBois del mundo en Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, viviendo en el pasado sin envejecer bien.

La narrativa neoliberal egoísta del Imperio estadounidense

Para obtener la aquiescencia extranjera en la aceptación de un imperio y vivir en paz en él se requiere una narrativa tranquilizadora que describa al imperio como un motor de progreso para todos. El objetivo es distraer a otros países para que no se resistan a un sistema que en realidad es explotador. Primero Gran Bretaña y luego Estados Unidos promovieron la ideología del imperialismo de libre comercio después de que sus políticas mercantilistas y proteccionistas les dieran una ventaja de costes sobre otros países, convirtiendo a estos países en satélites comerciales y financieros.

Trump ha levantado este telón ideológico. En parte, esto se debe simplemente a que se reconoce que ya no puede mantenerse frente a la política exterior de EE. UU./OTAN y su guerra militar y económica contra Rusia y las sanciones contra el comercio con China, Rusia, Irán y otros miembros del BRICS. Sería una locura que otros países no rechazaran este sistema, ahora que su narrativa empoderadora es falsa a la vista de todos.

La pregunta es: ¿cómo podrán ponerse en posición de crear un orden mundial alternativo? ¿Cuál es la trayectoria probable?

Países como México realmente no tienen otra opción que actuar por su cuenta. Canadá puede sucumbir, dejando caer su tipo de cambio y aumentando sus precios internos, ya que sus importaciones están denominadas en dólares de «moneda fuerte». Pero muchos países del Sur Global están en la misma situación de presión sobre la balanza de pagos que México. Y a menos que tengan élites de clientes como Argentina (siendo su élite los principales tenedores de bonos en dólares de Argentina), sus líderes políticos tendrán que detener los pagos de la deuda o sufrir austeridad interna (deflación de la economía local) junto con la inflación de los precios de importación a medida que los tipos de cambio de sus monedas se hunden bajo las tensiones impuestas por un dólar estadounidense en alza. Tendrán que suspender el servicio de la deuda o ser destituidos de sus cargos.

No muchos políticos destacados tienen el margen de maniobra que tiene la alemana Annalena Baerbock para decir que su Partido Verde no tiene que escuchar lo que los votantes alemanes dicen que quieren. Las oligarquías del Sur Global pueden contar con el apoyo de Estados Unidos, pero Alemania es sin duda un caso atípico en cuanto a su disposición a cometer un suicidio económico por lealtad a la política exterior estadounidense sin límites.

Suspender el servicio de la deuda es menos destructivo que seguir sucumbiendo al orden de «Estados Unidos primero» de Trump. Lo que bloquea esa política (policy) es una cuestión política (politics), junto con el temor centrista de embarcarse en el importante cambio de política necesario para evitar la polarización económica y la austeridad.

Europa parece tener miedo de utilizar la opción de simplemente poner en evidencia a Trump, a pesar de que es una amenaza vacía que sería bloqueada por los propios intereses creados de Estados Unidos entre la clase alta. Trump ha declarado que si no se compromete a gastar el 5 % de su PIB en armamento militar (en gran parte procedente de Estados Unidos) y a comprar más energía de gas natural licuado (GNL) estadounidense, impondrá aranceles del 20 % a los países que se resistan. Pero si los líderes europeos no se resisten, el euro caerá quizás un 10 o un 20 %. Los precios nacionales subirán y los presupuestos nacionales tendrán que recortar programas de gasto social, como el apoyo a las familias para que compren gas o electricidad más caros para calentar y dar energía a sus hogares.

Los líderes neoliberales de Estados Unidos acogen con satisfacción esta fase de guerra de clases de las demandas estadounidenses a los gobiernos extranjeros. La diplomacia estadounidense ha estado activa en paralizar el liderazgo político de los antiguos partidos laboristas y socialdemócratas en Europa y otros países de manera tan exhaustiva que ya no parece importar lo que quieran los votantes. Para eso está la National Endowment Democracy de Estados Unidos, junto con su propiedad y narrativa de los principales medios de comunicación. Pero lo que se está sacudiendo no es solo el dominio unipolar de Estados Unidos en Occidente y su esfera de influencia, sino la estructura mundial del comercio internacional y las relaciones financieras, e inevitablemente, también las relaciones y alianzas militares.

 

El regreso de Donald el Destructor

Melvin Goodman

Nuestra preocupación por la política, las políticas y la propaganda de Donald Trump subestima la cuestión central de su presidencia: ¿Está Donald Trump psicológicamente capacitado para ser presidente de los Estados Unidos? En el primer mandato de Trump, psiquiatras y psicólogos advirtieron de que nuestro peligroso y desordenado presidente era una amenaza para la seguridad nacional e internacional. El comportamiento errático de Trump como candidato en 2015-2016 y como presidente en 2017-2021 llevó al principio ético conocido como el «deber de advertir» del peligro que representaba.

El narcisismo maligno de Trump quedó bien establecido en su primer mandato, cuando afirmó que sabía más que nadie y que solo él podía solucionar nuestros problemas. La demonización de la prensa y de sus oponentes por parte de Trump, así como su trato a las minorías y su gestión de las cuestiones de inmigración, apuntaban a la paranoia. La separación de familias inmigrantes demostró la falta de empatía que acompaña al narcisismo. Su falta de control de los impulsos era especialmente preocupante en una era nuclear que no presenta controles y equilibrios reales sobre el papel de un comandante en jefe en relación con el uso de armas nucleares. Es la combinación de paranoia y control de impulsos lo más preocupante, porque puede conducir a actos destructivos.

Como resultado de su desempeño como presidente, Trump se enfrentó a un nivel inusual de críticas públicas por parte de sus propios nombramientos, entre ellos el jefe de gabinete John Kelly, el secretario de Estado Rex Tillerson, el asesor de seguridad nacional H. R. McMaster e incluso el director de inteligencia nacional Dan Coats. Las críticas de Tillerson, McMaster y Coats les costaron sus puestos de trabajo, y fueron reemplazados por leales en ese momento, como Mike Pompeo en el Departamento de Estado, John Bolton en el Consejo de Seguridad Nacional y John Ratcliffe como director de inteligencia nacional. La mayoría de sus nombramientos del primer mandato se negaron a apoyar sus esfuerzos para obtener un segundo mandato. Trump no se enfrentará a cuestiones de lealtad en su segundo mandato porque, sin excepción, sus actuales nombramientos le han mostrado fidelidad.

En su primer mandato, Trump declaró la guerra a la gobernanza, la inteligencia, la jurisprudencia, la diplomacia, la aplicación de la ley, el servicio público y la investigación de hechos, especialmente en la comunidad científica. Pero había «adultos en la sala» que eran capaces de desafiar e incluso moderar sus peores impulsos. Esta vez no habrá «adultos en la sala», ya que Trump ha nombrado a personas que también son impetuosas y autoritarias. La visión de «América primero» animó el primer y segundo discurso de investidura de Trump. Esta vez, Trump también ha afirmado que la intervención divina lo salvó de la bala de un asesino para que pudiera «hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande».

Trump declaró que sería un dictador desde el primer día y fue fiel a su palabra. Además de indultar a 1600 delincuentes de los disturbios del 6 de enero, Trump emitió una orden de inmigración inconstitucional que niega la ciudadanía por derecho de nacimiento, una violación de la 14ª enmienda de la Constitución que garantiza la ciudadanía a cualquier persona nacida en los Estados Unidos. Trump también restableció la orden de su primer mandato que creó una nueva clasificación para los funcionarios federales —el Anexo F— que pondría fin a las protecciones de la función pública y le permitiría eliminar a decenas de miles de personas de la nómina federal.

Los funcionarios de alto nivel del Departamento de Justicia y de la Agencia Central de Inteligencia son especialmente vulnerables. El primer día, Trump sustituyó a los líderes de tres de las fiscalías más importantes de Estados Unidos, además de destituir a funcionarios clave de las divisiones más importantes del Departamento de Justicia. Esto marcó el comienzo de la militarización del Departamento de Justicia. Estas medidas apuntan a la crisis democrática a la que se enfrenta la nación con un nuevo director de la Oficina Federal de Investigación (Kash Patel) con una lista de enemigos y una nueva directora de inteligencia nacional (Tulsi Gabbard) ansiosa por demostrar su lealtad a Donald Trump. Patel y Gabbard aún no han sido confirmados.

Mientras tanto, los nombramientos de Trump ya han dado pasos que van desde lo contraproducente hasta lo simplemente mezquino. El nuevo asesor de seguridad nacional, Michael Waltz, que no requiere confirmación del Congreso, ordenó que todos los empleados abandonaran la sala de crisis de la Casa Blanca antes del mediodía del 20 de enero, antes incluso de que Trump hubiera completado su juramento del cargo. La sala de crisis está ocupada por más de cien personas que no son nombramientos políticos. Muchos de ellos son cedidos por la comunidad de inteligencia para hacer frente a puntos sensibles de crisis internacionales. Como resultado de la orden de Waltz, no estarán en posición de informar al personal entrante. Presumiblemente, esta fue la forma en que Waltz demostró lealtad al nuevo presidente.

Un acto particularmente mezquino fue la eliminación del retrato del general Mark Milley del prestigioso pasillo del Pentágono, que cuenta con retratos de todos los exjefes del Estado Mayor Conjunto. Esto se hizo solo unas horas después de que el expresidente Joe Biden indultara a Milley. Trump ha sugerido que Milley podría ser ejecutado por traición debido a su llamada a su homólogo chino para asegurarle que Estados Unidos estaba «100 % estable» tras la insurrección del 6 de enero. El Pentágono se niega a decir quién ordenó la retirada del retrato de Milley, lo que ha contribuido a los temores entre los generales y almirantes de alto rango de que pronto se producirá una reorganización masiva. Pete Hegseth, aún a la espera de confirmación (ahora ya confirmado, nota del traductor), ha declarado en numerosas ocasiones que hay demasiados generales y almirantes de cuatro estrellas y que nadie está por encima de la revisión. Al igual que Waltz y Patel, Hegseth estará ansioso por demostrar su lealtad a Trump.

El hecho de que el inquietante discurso inaugural de Trump se pronunciara en el día festivo en honor al Dr. Martin Luther King se suma a la ansiedad que muchos de nosotros sentimos. El estado de derecho no significa nada para Donald Trump, que parece decidido a romper tradiciones e instituciones de larga duración. La idea de Trump de ley y orden es perdonar a los insurrectos que amenazaron con matar al vicepresidente Mike Trump.

El hecho de que tenga seguidores leales a MAGA, un Partido Republicano que apoya todos sus movimientos y un Tribunal Supremo dócil apunta a la aparición de unos Estados Unidos de América mucho menos democráticos. Una de las preguntas básicas en el estudio de la historia es si los líderes individuales dan forma a la historia o si las fuerzas históricas dan forma a los líderes individuales. Creo que pronto obtendremos una respuesta a ese dilema, y no será tranquilizadora.

 

México en primera línea contra el nuevo imperialismo de Estados Unidos

Romaric Godin

Donald Trump amenaza con imponer aranceles del 25% a partir del 1 de febrero. Las economías de los dos países son muy interdependientes, pero la nueva administración de Washington parece dar prioridad a su lógica de depredación.

Nada más tomar posesión de su cargo, Donald Trump apuntó a los dos principales socios comerciales de Estados Unidos, Canadá y México, amenazándoles con aranceles del 25% a partir del 1 de febrero si no «reducían» el flujo de migrantes y de fentanilo, un opiáceo destructivo, hacia Estados Unidos.

Vista desde México, la amenaza es motivo de preocupación. En los últimos diez años aproximadamente, el país ha experimentado un débil crecimiento. Su PIB per cápita, en paridad de poder adquisitivo y en dólares constantes, era menor en 2023 que en 2018, según el Banco Mundial. Pero desde hace dos años, un rayo de esperanza ilumina a sus dirigentes: el desarrollo de las exportaciones a Estados Unidos.

El año 2023 fue simbólico de este desarrollo: México destronó a China como primer socio comercial de bienes de Estados Unidos. Con 475.000 millones de dólares, los envíos mexicanos a su vecino del norte se han disparado más de un 25% (o 119.000 millones de dólares) desde 2019. Al mismo tiempo, los envíos de China han caído un 10,9% en el mismo período.

En 2024, la tendencia sigue siendo la misma. En los once primeros meses del año, las importaciones de bienes mexicanos sumaron 467.000 millones de dólares, un 8% más que en el mismo periodo de 2023. En 2023, México representaba el 16% de las importaciones estadounidenses, pero a cambio, las exportaciones a Estados Unidos representan el 80% del total mexicano.

La economía mexicana es, por tanto, muy dependiente de su vecino. Desde hace tres años, los anuncios de nuevas fábricas salpican la vida económica de México, reforzando un fenómeno que tiene tres fuentes. La primera es el establecimiento del Acuerdo Canadá-Estados Unidos-México (Aceum) por parte de la anterior administración Trump el 1 de julio de 2020. Este nuevo tratado reforzó la integración de las tres economías, en particular al supeditar la ausencia de derechos de aduana para los automóviles a un mínimo del 75% de componentes norteamericanos.

La segunda fuente de dependencia de México es la crisis sanitaria, que ha hecho tomar conciencia a muchas empresas estadounidenses de la importancia de disponer de centros de producción cerca de los lugares de consumo. Esta tendencia se ha visto reforzada por un tercer factor, la guerra comercial con China, iniciada en 2018 por Donald Trump y continuada por Joe Biden, que ha fomentado la inversión en regiones consideradas más seguras. Este fenómeno se conoce como nearshoring .

Todos estos factores han convertido a México en un proveedor lógico para Estados Unidos, por su cercanía, su integración en el mercado norteamericano y sus bajos costes laborales. México no ha ocupado directamente el lugar de China, como a menudo se cree. Por el contrario, las estrategias para evitar las sanciones contra China han consistido en establecer operaciones en el sudeste asiático, y la inversión china en México es muy pequeña (0,8% del total en 2024).

La producción mexicana refleja una dinámica propia, en particular la especialización en automóviles y piezas de automóviles (20% de las ventas mexicanas a Estados Unidos en 2022), máquinas-herramienta y determinados productos electrónicos como ordenadores (en total, 40% de las ventas). Así pues, México ha ido progresivamente ascendiendo en el mercado, pero con un fuerte sentido de la dependencia y sobre la base de la inversión extranjera. Así pues, el valor producido en México es captado en gran medida por grupos extranjeros, principalmente estadounidenses (que poseen el 40% del stock de inversión) y europeos, sobre todo españoles y alemanes (20% del stock).

El efecto ambivalente de los derechos de aduana

Partiendo de esta interdependencia, hay que analizar los efectos del aumento de los derechos de aduana al 25%. En una visión simplista, podríamos pensar que la producción mexicana se volvería inmediatamente demasiado cara, incitando a los grupos a deslocalizar sus actividades hacia Estados Unidos. Pero las cosas son más complicadas.

El proteccionismo sólo reduce las importaciones en determinadas condiciones y a un determinado coste. El giro proteccionista dado por Estados Unidos durante el primer mandato de Donald Trump, por ejemplo, no ha conducido a una reindustrialización masiva del país, ni siquiera a la deslocalización de la producción china gravada.

Esto se debe a que, inicialmente, el aumento de los derechos de aduana provoca una subida de los precios, cuyo objetivo es mantener los márgenes de beneficio. Cuando este aumento resulta insostenible para la demanda, puede plantearse un cambio en el origen de la producción, pero esto no significa automáticamente la relocalización hacia el país que grava los productos.

Esto implica un cálculo complejo que tiene en cuenta muchos factores, entre ellos la magnitud de las inversiones en los centros de producción y las diferencias en los costes laborales. Por no hablar del estado de las cadenas de suministro y de la competitividad no relacionada con los costes de los nuevos centros de producción (infraestructuras, calidad de la mano de obra, fiscalidad).

Desde 2018, una gran parte de la producción final destinada a Estados Unidos se ha trasladado a países del sudeste asiático, pero estos centros siguen siendo propiedad de grupos chinos y dependen en gran medida de los suministros chinos. En otras palabras, esto permite eludir los derechos de aduana, preservando al mismo tiempo la mayor parte de la cadena de producción.

La situación podría ser similar para México. El país es un eslabón esencial en la cadena de suministro de la automoción o la electrónica para los grupos estadounidenses. Su fuerza reside en que se beneficia de numerosos acuerdos de libre comercio, lo que lo convierte en un nodo ideal para las cadenas logísticas hacia Estados Unidos. La magnitud del stock de inversión estadounidense, cercano a los 300.000 millones de dólares, sugiere que la producción mexicana no será abandonada, sino integrada en un nuevo esquema en el que México seguirá siendo central.

Es concebible que parte de la producción mexicana se utilice para abastecer a plantas de ensamblaje en países menos afectados por los aranceles estadounidenses. No sabemos si los aumentos de los derechos de aduana se generalizarán, lo que podría llevar a trasladar parte de la producción mexicana a Asia, o incluso a China. En cuanto a la deslocalización a Estados Unidos, sería necesariamente parcial y estaría limitada en gran medida por la cuestión de los costes laborales.

El salario medio de la industria manufacturera en Estados Unidos es de 30,98 dólares por hora, según la Oficina de Trabajo estadounidense. En comparación, los salarios mexicanos siguen siendo extremadamente bajos, entre 4,5 y 5 dólares la hora. Así que no es seguro que unos aranceles del 25% basten para animar a dejar de producir en México. Tanto más cuanto que los aranceles deberían reducir el valor del peso mexicano, lo que compensaría su efecto sobre los precios.

En caso de relocalización, los grupos no sólo tendrían que soportar un fuerte aumento de los costes de producción, sino que también verían depreciarse sus inversiones mexicanas. Por supuesto, Donald Trump dice ofrecer energía abundante y barata a los fabricantes, mientras que esto es una debilidad para México. Pero su política migratoria presionará al alza los salarios. La única solución, entonces, sería que la administración estadounidense apoye estas deslocalizaciones con ayudas masivas permanentes y ejerza una presión a la baja sobre los salarios. Contrariamente a la creencia popular, el proteccionismo suele ir acompañado de represión social.

¿Un objetivo político?

La relación de interdependencia entre México y Estados Unidos es estrecha y sin precedentes. Por supuesto, México se verá debilitado por los aranceles, porque las nuevas inversiones serán inevitablemente más débiles y parte de la producción se verá sometida a presión. Pero no es seguro que Estados Unidos tenga mucho que ganar con ello, dada la presión que se ejercerá sobre los márgenes de los fabricantes.

México también podría tomar conciencia de su altísima dependencia de Estados Unidos y del considerable coste que supone para su desarrollo. Esto supondría, sin duda, un cambio total de perspectiva para la clase política mexicana, incluida la de izquierdas, que ha confiado masivamente en esta interdependencia. En el contexto de la competencia entre las grandes potencias, las instalaciones productivas de México también podrían interesar a otros inversores, entre ellos China. Ver llegar a la República Popular a las puertas del Río Grande sería, cuando menos, un efecto irónico del trumpismo....

La guerra comercial con México que pretende iniciar el nuevo presidente es, por tanto, altamente arriesgada. Mientras pretende continuar su pulso con Pekín, parece decidido a sabotear su relación con un país geográficamente cercano y que siempre ha buscado mantener buenas relaciones con Estados Unidos, especialmente desde 2018. Una hipótesis sería que la amenaza de aranceles le permitiría sobre todo obtener concesiones políticas. Reflejarían entonces la nueva lógica imperialista de Estados Unidos, que no conoce aliados sino vasallos supeditados a sus propios intereses.

La Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha señalado que está dispuesta al diálogo, pero «no a la sumisión». Ya en noviembre, habló de medidas comerciales de represalia. En 2018, el entonces presidente mexicano, Rafael Peña Nieto, se enzarzó en un tira y afloja con Donald Trump por los aranceles antes de que su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, negociara con Washington. Las conversaciones desembocaron en el acuerdo de Aceum. Pero ahora la situación es muy distinta. El Donald Trump de 2025 rechaza el acuerdo negociado por el Donald Trump de 2017.

Queda el problema de saber cuáles son los objetivos de la Casa Blanca, cuando el Gobierno mexicano ya ha reducido considerablemente los cruces ilegales de la frontera, ha detenido en gran medida las caravanas de migrantes e incluso ha aumentado las incautaciones de fentanilo en los últimos meses.

¿Quiere Washington intervenir directamente contra los cárteles, declarados grupos terroristas extranjeros en uno de los primeros decretos de Donald Trump, en territorio mexicano? De ser así, México tendría que abdicar de su soberanía, lo que, una vez más, refleja las nuevas formas de hegemonía estadounidense que consideran el continente norteamericano como su territorio. Esto dará lugar, sin duda, a nuevas exigencias, incluidas las económicas. Pero es probable que sea políticamente inaceptable para Claudia Sheinbaum.

La ofensiva contra México prueba el sentido de omnipotencia de Donald Trump, resumido por el representante republicano Andy Ogles quien, al presentar un proyecto de ley que autoriza al presidente a negociar la compra de Groenlandia, proclamó: «Somos francamente el depredador dominante.» La dependencia de México lo convierte en presa fácil, y las amenazas de represalias de Claudia Sheinbaum no se toman en serio. Ésta es también la consecuencia de la visión neocolonial de la nueva administración: este sentimiento de superioridad hace que ignore o subestime el impacto que tendría para Estados Unidos una guerra comercial con México.

Este primer episodio de diplomacia arancelaria marca la pauta de la nueva presidencia de Trump: ya no hay aliados para Estados Unidos, sólo víctimas. En primera línea, el Gobierno mexicano tiene que elegir ahora entre la sumisión pura y dura o el abandono de su política de dependencia del vecino del norte. En cualquiera de los dos casos, el proceso será doloroso y con mucho riesgo.

 

El Picnic de los oligarcas: qué hay en el menú cuando los oligarcas de Trump negocian con los oligarcas de Putin

John Helmer

 

Si hoy te adentras en el bosque, te espera una gran sorpresa

Si hoy te adentras en el bosque, será mejor que vayas disfrazado

Porque todos los oligarcas que ha habido

Se reunirán allí con seguridad porque

Hoy es el día en que los oligarcas hacen su picnic.

Todos los oligarcas que se han portado bien están seguros de que hoy habrá un regalo

Hay muchas cosas maravillosas para comer y juegos maravillosos para jugar

Debajo de los árboles donde nadie ve

Jugarán al escondite todo el tiempo que quieran

Así es como los oligarcas hacen su picnic.

No hay mucha diferencia, políticamente hablando, entre los ositos de peluche de la vieja canción, los oligarcas que creen que acaban de poner a Donald Trump en el poder y los oligarcas que creen que han mantenido a Vladimir Putin en el poder desde 1999. Todos quieren lo mismo: «un capricho hoy, cosas maravillosas para comer y juegos maravillosos para jugar».

En una palabra, dinero en tramos de miles de millones de dólares. Y como creen esto, le han dicho a Trump y a Putin que una vez que lleguen al picnic que han planeado en el campo de batalla de Ucrania, estarán obligados a ponerse de acuerdo sobre lo que quieren hacer juntos.

Por supuesto, será en secreto, «bajo los árboles donde nadie ve».

Entre 1911 y 1915, durante la Primera Guerra Mundial, Robert Michels, un sociólogo italiano, explicó que esto era algo muy común. No solo describió la inevitabilidad de que los oligarcas llegaran a dominar los gobiernos y las organizaciones de la oposición en ambos bandos de esa guerra; esto lo llamó la «ley de hierro de la oligarquía». También informó de que la propia guerra aceleraría el proceso por el cual esta dominación oligárquica en ambos bandos dictaría el resultado para satisfacer los intereses comunes de ambos.

«Nunca es mayor el poder del Estado», escribió Michels, «y nunca son menos efectivas las fuerzas de los partidos políticos de la oposición que al estallar la guerra. Esta deplorable guerra, que llega como una tormenta en la noche, cuando todos, cansados de las labores del día, se sumían en un merecido sueño, hace estragos en todo el mundo con una violencia sin precedentes, y con tal falta de respeto por la vida humana y de consideración por las creaciones eternas del arte que pone en peligro los propios pilares de una civilización que data de hace más de mil años». (Para más información sobre la ley de hierro de Michels de la oligarquía aplicada a Rusia, lea esto.)

Hoy estamos más o menos en el mismo punto, pero los oligarcas piensan en términos comerciales, no sociales o éticos. Para los oligarcas, el punto en ambos lados es que la guerra de sanciones de los últimos tres años ha creado la mayor brecha entre el valor real de los activos y el valor comercial que existe en el mercado global hoy en día: esta es la brecha entre el valor rentable anterior a la guerra de los productos básicos, recursos y activos corporativos rusos y su precio descontado bajo las sanciones. Para los oligarcas de ambos bandos, la cuestión es cómo ganar dinero cerrando esta brecha a través de las negociaciones de fin de guerra.

Se pidió a un puñado de fuentes rusas lo suficientemente cercanas a los oligarcas rusos que predijeran cuáles serán los términos de fin de guerra que los oligarcas rusos y estadounidenses presionarán a sus presidentes para que acepten. Estos son los términos que predicen.

·       Petróleo y gas. Los rusos creen que es poco probable que se llegue a un acuerdo para relajar las sanciones actuales porque los oligarcas estadounidenses han convencido a Trump de que utilice las sanciones para aumentar el precio, la rentabilidad y la cuota de mercado internacional del petróleo y el gas estadounidenses. La última amenaza de Trump es la prueba. «Voy a hacerle un gran FAVOR a Rusia, cuya economía está fallando, y al presidente Putin», declaró Trump el 22 de enero. «¡Lleguen a un acuerdo ahora y DETENGAN esta guerra ridícula! SOLO VA A EMPEORAR. Si no llegamos a un «acuerdo», y pronto, no tendré más remedio que imponer altos niveles de impuestos, aranceles y sanciones a todo lo que Rusia venda a Estados Unidos y a otros países participantes». Una fuente rusa cree que la última frase de Trump significa que se dirigirá a los principales beneficiarios del actual comercio con descuento de petróleo y gas rusos: China e India. Las fuentes rusas creen que el objetivo de Trump será evitar que el precio del petróleo suba por encima de los 80 dólares por barril o caiga por debajo de los 60 dólares. «Esto será contraproducente», añade una fuente de la industria petrolera. «[El primer ministro Narendra] Modi pretende convertir a la India en una superpotencia petrolera. La guerra de sanciones de EE. UU. le está ayudando a conseguirlo. Trump no tendrá forma de impedirlo».

·       Aviones Boeing. En los últimos cinco años, Boeing Corporation ha perdido casi la mitad de su capitalización bursátil. La seguridad, la gestión, la logística y otros factores también han hecho que la empresa pierda cuota de mercado internacional en el sector aeronáutico y han llevado a especular con una división de activos.

Una fuente rusa cree que una relajación de las sanciones sobre la operación rusa de su flota aérea de Boeing sería el tipo de rescate que Boeing necesita. Es comparable, recuerda la fuente, al intento de salvar a General Motors en bancarrota vendiendo su división Opel al grupo Russian Machines de Oleg Deripaska, un acuerdo que Hillary Clinton detuvo en 2009.

·       Bienes inmuebles. Los oligarcas rusos como Roman Abramovich y Oleg Deripaska poseen propiedades inmobiliarias palaciegas en Estados Unidos, en Manhattan, Washington D. C., así como en zonas turísticas de Colorado y Florida. Se cree que el tipo de acuerdo que favorecen Trump y su familia es relajar las sanciones para permitir que estas personas recuperen el acceso a sus propiedades en Estados Unidos o que puedan vender sus bienes inmuebles a cambio de dinero convertible. La posibilidad de que tal conversión genere un gran margen de beneficio para los compradores relacionados con Trump es un soborno legal.

·       Redolarización. En su discurso de campaña ante el Club Económico de Nueva York el pasado mes de septiembre, Trump argumentó que la guerra de sanciones era mala para el dólar estadounidense porque «en última instancia, acabará con el dólar y con todo lo que representa. Tenemos que seguir teniendo esa moneda como moneda mundial... Creo que si perdemos el dólar como moneda mundial, sería el equivalente a perder una guerra. Eso nos convertiría en un país del tercer mundo... estás perdiendo a Irán; estás perdiendo a Rusia. China está ahí fuera tratando de que su moneda sea la dominante... quiero utilizar las sanciones lo menos posible». Por lo tanto, fuentes rusas esperan una relajación de la exclusión de Rusia del sistema de pagos SWIFT y otras medidas para aumentar la influencia del Banco Central Ruso y de su gobernadora, Elvira Nabiullina, en la toma de decisiones del Kremlin.

·       Cielos libres. El sobrevuelo de Rusia y otras limitaciones de rutas aéreas fueron en gran medida autoimpuestas por las aerolíneas estadounidenses, europeas y de los estados aliados, lo que provocó represalias por parte de Rosaviatsiya, la Agencia Federal de Transporte Aéreo. El efecto ha sido la presión de los costes sobre las aerolíneas occidentales y la pérdida de cuota de mercado. Es probable que Trump se atribuya el mérito de la apertura de los cielos al levantar las restricciones estadounidenses y presionar a la Unión Europea para que haga lo mismo.

·       El centro de operaciones de Dubái, el cierre de Chipre. La Administración Biden forzó el cierre de las estructuras de evasión fiscal de los oligarcas rusos en Chipre, y provocó su reubicación en los Emiratos Árabes Unidos (EAU), en particular en Dubái. Una fuente reconoce: «utilizan el sistema SWIFT y todo lo que hacen es totalmente transparente para los estadounidenses. Las tres últimas listas de sanciones incluyen tantas entidades de los EAU que cabe esperar que compartan toda la información sobre flujos financieros que exigen los estadounidenses. Sin embargo, a diferencia de los chipriotas, los emiratíes no están atacando a los rusos. Chipre ha sido diferente en varios aspectos. Los chipriotas blanquearon dinero activamente para los oligarcas a través de precios de transferencia y otros esquemas durante 25 años. Han sido el principal centro offshore para la salida de capital ruso sin ningún servicio real para el comercio. Por el contrario, Dubái presta servicios comerciales y es más que un centro extraterritorial para la transferencia de capital, es mucho más. Los chipriotas vendían pasaportes a los oligarcas y se embolsaban mucho dinero. Los EAU no han hecho eso. Bajo la presión de EE. UU., los chipriotas vendieron a todos sus rusos y se convirtieron en uno de los estados más desagradables de la UE en su actitud antirrusa. Trump puede presionar a Dubái para que haga lo mismo, pero no tendrá éxito. Los EAU mantendrán su papel: están sustituyendo a Chipre, Londres e incluso Amberes en el comercio de diamantes. Esto se debe a que son el centro perfecto para que los rusos inviertan en sus sistemas de transporte marítimo, seguros y liquidación comercial con India y China.

¿Cómo pagarán los osos su picnic?

Con memecoins y criptomonedas, añade una fuente de Moscú. "Creo que Trump será muy amable con los emiratíes y también con los saudíes". Personas como Justin Sun (es el cerebro y el operador detrás de los planes de criptomonedas de Donald y Melania Trump) y Pavel Durov de Telegram protegen el núcleo de sus negocios en los EAU, y esos son negocios de los que Trump y su familia ya se están beneficiando. Es donde eventualmente pueden acumular su riqueza. Los oligarcas de Trump y los oligarcas de Putin también.

 

Canadá contra Trump en materia de comercio: el tipo del «arte del trato» nos la está jugando

Comentarios sobre el comercio, los aranceles y la dependencia entre EE. UU. y Canadá

Critic of Political Economy

Con el regreso de Donald Trump, parece como si nos hubieran enviado de vuelta a 2016, cuando los aliados de EE. UU. corrian como pollos sin cabeza. No es tanto que Trump sea un genio, a pesar de ser un político hábil, sino que el inmenso poder de la presidencia le permite intimidar a otros estados con poca o ninguna estrategia. Yo no diría que no tiene ningún as bajo la manga, ya que siempre he visto que Trump sigue un patrón bastante claro. Consiste en 1) hacer una petición ridícula a la gente, 2) seguir presionando para causar pánico y 3) usar esa presión para conseguir concesiones. No sé si esto es algo de lo que Trump habla en The Art of the Deal, pero no me extrañaría. Como presidente, funciona.

La coherencia lógica, por supuesto, no importa. Los liberales piensan que señalar que Trump es un mentiroso es algo propio, lo cual es gracioso teniendo en cuenta que todos los presidentes de EE. UU. tienen un doctorado en mentir y engañar. Eso es parte del trabajo. No importa que Trump fuera quien quiso prohibir TikTok, o que fuera quien renegoció recientemente el TLCAN pero ahora diga que el comercio entre los países sigue siendo injusto. Esto es solo una maniobra política.

En este sentido, quería destacar brevemente algunos datos sobre el comercio entre Canadá y EE. UU. Cualquiera que no esté viviendo en una cueva sabe que Trump amenaza a sus dos mayores socios comerciales, Canadá y México, con un 25 % de aranceles a partir del 1 de febrero. Por lo tanto, pensé que sería interesante destacar un poco el contenido del comercio entre EE. UU. y Canadá para que la gente tenga más contexto.

No hace falta decir que el comercio entre Estados Unidos y Canadá es una fuente fundamental de actividad económica para ambos estados:

"Estados Unidos y Canadá tienen una de las relaciones comerciales bilaterales más importantes del mundo, que incluye mercados energéticos y automovilísticos altamente integrados" (Kitamura, p. 1).

El gran volumen de comercio no puede ser subestimado. Canadá exportó el 77 % de sus bienes e importó la mitad de los EE. UU. en 2023. En lo que respecta a la inversión extranjera directa, los EE. UU. son la mayor fuente de capital en Canadá, con alrededor de 455 000 billones de dólares, y Canadá es la tercera mayor fuente de IED en los Estados Unidos, con 671 700 billones.

El artículo de mayor valor, y uno que tiene implicaciones importantes para una guerra comercial, es el comercio de petróleo crudo. Canadá es el mayor proveedor de importaciones energéticas de EE. UU., incluyendo «petróleo crudo, gas natural y electricidad». (Kitamura, p. 1)

De hecho, EE. UU. y Canadá solo se han vuelto más interdependientes en los últimos años en lo que respecta al petróleo:

"La participación de Canadá en las importaciones de petróleo crudo de EE. UU. en cantidad aumentó del 33 % (924 millones de barriles) en 2013 al 60 % (1400 millones de barriles) en 2023" (Kitamura, p. 1).

Si desglosamos aún más el comercio, nos hacemos una idea de cómo se obtienen varios insumos clave de Canadá. Estados Unidos importa el 27 % de su uranio, el 70 % de su aluminio en bruto, casi el 90 % de su potasa y, por supuesto, alrededor del 60 % de sus importaciones de petróleo crudo de Canadá (véase Trew 2025).

La relación ha estado sujeta a varios acuerdos comerciales diferentes, el más reciente de los cuales se negoció bajo la administración Trump.

"Durante los últimos 35 años, las relaciones comerciales entre EE. UU. y Canadá se han regido primero por el Tratado de Libre Comercio entre EE. UU. y Canadá de 1989, luego por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994 y ahora por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) de 2020" (Kitamura, p. 1).

El USMCA cubre varias áreas de importancia para los tres estados, incluyendo vehículos de motor, productos lácteos, DPI, energía, trabajo y medio ambiente y adquisiciones gubernamentales en general.

Algunos de los cambios más importantes incluyeron el aumento de las «normas de origen» para incrementar el número de componentes fabricados en Norteamérica. Además, se concedió a EE. UU. un mayor acceso a los mercados lácteos canadienses, ya que estos mercados están estrictamente controlados por el «sistema de gestión de la oferta» de Canadá.

Hay mucho más que discutir potencialmente, pero quiero pensar un poco en una posible situación arancelaria. Como destaca Stuart Trew del Canadian Center for Policy Alternatives, la situación crearía precariedad económica para ambos países. En particular, Canadá tiende a tener precios más altos de los alimentos, y estos aranceles solo empeorarían las cosas.

Pero, ¿es todo un farol? ¿De verdad Trump va a poner un arancel a cosas como el petróleo, lo que sabemos que cabrearía a muchos estadounidenses? Subir los precios del petróleo es la forma que tienen los estadounidenses de decir «este presidente la ha cagado». Así que, en muchos sentidos, es poco probable. Si Canadá tomara represalias con algo como aranceles e impuestos a la exportación, podría afectar mucho a las empresas. Como señala Trew, las empresas estadounidenses necesitan insumos canadienses:

"La demanda estadounidense de estas exportaciones canadienses clave es inelástica, lo que significa que es poco probable que la demanda cambie mucho incluso con las fluctuaciones de precios. Por lo tanto, es poco probable que un impuesto a la exportación afecte el flujo del comercio canadiense hacia Estados Unidos, pero aumentaría los costos para los compradores estadounidenses, incluidas las refinerías de petróleo crudo, las centrales nucleares, la agricultura, las industrias derivadas que dependen del gas natural (por ejemplo, productos químicos) y los fabricantes estadounidenses que dependen del aluminio canadiense".

Por lo tanto, dado que no hay ninguna posibilidad de que se produzca un cambio importante en la demanda, y no existen otras fuentes razonables de estos valores de uso, Canadá podría, en teoría, aplicar medidas para obtener más ingresos en este caso.

¿Qué va a pasar ahora? Supongo que, al igual que con Trump, se negociará algo después de más amenazas y alguna acción. Pero no tengo ni idea, no soy un experto en comercio. Lo único que sé es que la posibilidad de que Estados Unidos se «desvinculen» de Canadá es nula, y que lo que va a pasar es otra ronda de renegociación de los términos de comercio entre los estados.

Obras citadas

Kitamura, Kyla H. «U.S.-Canada Trade Relations». Congressional Research Service, 14 de enero de 2025. https://crsreports.congress.gov/product/pdf/IF/IF12595.

Villarreal, M Angeles, Kyla H Kitamura y Danielle M Trachtenberg. «U.S.-Mexico-Canada (USMCA) Trade Agreement». Servicio de Investigación del Congreso, 6 de diciembre de 2024. https://crsreports.congress.gov/product/pdf/IF/IF10997.

Trew, Stuart. «Para responder a los aranceles de EE. UU., Canadá debería golpear a Trump donde más le duele». CCPA (blog), 17 de enero de 2025. https://www.policyalternatives.ca/news-research/to-respond-to-u-s-tariffs-canada-should-hit-trump-where-it-hurts/.

 

 

 
es un economista estadounidense, profesor de Ciencias Económicas en la Universidad de Missouri-Kansas City e investigador en el Levy Economics Institute del Bard College, además de exanalista de Wall Street, consultor político, comentarista y periodista. Es colaborador de The Hudson Report, un podcast semanal de noticias económicas y financieras producido por Left Out. Autor de varios libros, su nuevo libro, The Destiny of Civilization, será publicado por CounterPunch Books el próximo mes.
 
es miembro sénior del Center for International Policy y profesor de Gobierno en la Universidad Johns Hopkins. Exanalista de la CIA, Goodman es autor de Failure of Intelligence: The Decline and Fall of the CIA y National Insecurity: The Cost of American Militarism. y A Whistleblower at the CIA. Sus libros más recientes son American Carnage: Las guerras de Donald Trump (Opus Publishing, 2019) y Contener el Estado de Seguridad Nacional (Opus Publishing, 2021). Goodman es columnista de seguridad nacional para counterpunch.org.
 
periodista desde 2000. Se incorporó a La Tribune en 2002 en su página web, luego en el departamento de mercados. Corresponsal en Alemania desde Frankfurt entre 2008 y 2011, fue redactor jefe adjunto del departamento de macroeconomía a cargo de Europa hasta 2017. Se incorporó a Mediapart en mayo de 2017, donde sigue la macroeconomía, en particular la francesa. Ha publicado, entre otros, La monnaie pourra-t-elle changer le monde Vers une économie écologique et solidaire, 10/18, 2022 y La guerre sociale en France. Aux sources économiques de la démocratie autoritaire, La Découverte, 2019
 
periodista nacido en Australia y corresponsal en el extranjero afincado en Moscú (Rusia) desde 1989
 
es un blog de Economia Política de un investigador interesado en el Estado, la política de clases, la política pública, la política internacional, el trabajo y la moneda.
Fuente:
Counterpunch, 24 y 27/01/25; Mediapart, 24/01/25; Dances with Bears, 13/01/25; Substack de Critic of Political Economy, 15/01/25
Traducción:
Antoni Soy Casals