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18.1.26

De la derrota, crear primavera

Ante el primer paso expansionista de Donald Trump

Carlos Fazio desde México 
Semanario Brecha de Montevideo, 9 enero, 2026

El mundo en el que nos despertamos el 3 de enero es diferente y más peligroso. Donald Trump se quitó la máscara de hipocresía con que actuaban sus antecesores en la Casa Blanca y, sin una declaración de guerra previa contra Venezuela, con una escalada militar vertiginosa, contundente y exitosa inauguró 2026. La agresión criminal y el secuestro del presidente en ejercicio Nicolás Maduro y de la primera dama, Cilia Flores −ahora convertidos en rehenes−, fueron una acción imperialista pura y dura que enterró de facto al derecho internacional.

Las normas establecidas desde los tratados de Westfalia en 1648 hasta la paz de Yalta, el sistema de Naciones Unidas, los Convenios de Ginebra de 1949, la multilateralidad, la idea misma de la globalización y la propia Constitución de Estados Unidos saltaron por los aires. Hoy solo vuelve a regir la ley del más fuerte: la fuerza bruta. Y parece un proceso irreversible. El presidente de Estados Unidos dijo que quería comportarse como un dictador y lo está haciendo. Ya no solo habla y blufea. También actúa, fanfarronea y se burla. El lunes, el Departamento de Estado subió a sus redes sociales un cartel con una imagen del republicano y una elocuente inscripción en ruso: «No jueguen con Trump». El magnate también dijo que, si el general Dan Caine, que coordinó el ataque a Venezuela, hubiera estado en Moscú, la «operación especial» rusa en Ucrania habría terminado en un día. La ironía no debió caer bien en el Kremlin. Y no es un problema de ideologías.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 −difundida en noviembre pasado, pero puesta en práctica desde que Trump asumió su segundo mandato, el 20 de enero pasado− es una declaración de intenciones para crear un imperio estadounidense desde Groenlandia hasta la Patagonia. Trump ha repetido que el continente americano le pertenece a Estados Unidos y que solo Washington determinará quién y qué se hace en él. Proclamó la renovación de la doctrina Monroe y dijo que se debe expulsar «adversarios» y «competidores» de las Américas. El mensaje a China y Rusia es inequívoco. Pero también a Brasil, México, Colombia y Cuba, además de Groenlandia. Trump afirma que someterá a todos y disparará sin previo aviso cuando quiera.

El artero ataque a Venezuela marca un primer paso expansionista. Trump dijo que quería el petróleo de Venezuela y «otros recursos» críticos geoestratégicos (tierras raras, litio, agua, etcétera). Y no hay memoria de un deseo imperial tan sinceramente público. Ahora, el brutalismo trumpiano está dando los pasos para la consecución de esos fines. Porque nunca fueron la democracia, los derechos humanos ni el narcotráfico; esas siempre fueron matrices utilizadas como arma de guerra para el manejo mediático-propagandístico de las guerras del imperio.

Y hay un nuevo elemento peligroso: las armas nucleares han dejado de ser un factor disuasorio. El año pasado, junto con Israel, Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares en Irán y decapitó generales y científicos, y los ucranianos dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) atacaron la tríada nuclear en el territorio profundo de Rusia. Ya no hay reglas ni tampoco inviolabilidad de presidentes en funciones.

Según declaró el lunes 5 a CNN el supremacista coordinador de gabinete de la Casa Blanca Stephen Miller, el futuro del «mundo libre» depende de Washington. Dijo: «Estamos al mando [de Venezuela] porque tenemos a las Fuerzas Armadas estacionadas afuera del país. [Durante la transición] fijamos las condiciones. Tenemos un embargo completo sobre su petróleo [y] para que puedan comerciar necesitan nuestro permiso […]. Somos una superpotencia y bajo el presidente Trump nos conduciremos como una superpotencia. Es absurdo que permitamos que un país de nuestro patio trasero se convierta en proveedor de recursos a nuestros adversarios […]. Vamos a hacer valer nuestros intereses sin disculpas».

Las bravatas de Miller indican que Trump quiere imponer un estilo de «negocios» abiertamente imperialista y neocolonial. Un pretendido tutelaje regido por una nueva fase de máxima presión sobre el gobierno venezolano, que, por necesidad y desesperación ante la creciente desdolarización del mercado energético impulsado por China y Rusia en el llamado Sur global, necesita intensificar la «cuarentena» sobre el tránsito de hidrocarburo en el Caribe hacia países considerados enemigos y revertir la política de bloqueo sistemático que construyó Trump durante su primer mandato. En su afán de detener el declive de su hegemonía ante el avance de China, el petróleo como botín de guerra.

LOS HECHOS

El mismo día del ataque, el New York Times difundió un reportaje sobre el desarrollo de la Operación Resolución Absoluta para secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, con algunos datos informativos que no figuraban en el show mediático protagonizado durante la mañana del 3 de enero por Trump, los secretarios de Estado y de Guerra, Marco Rubio y Pete Hegseth, respectivamente, el jefe de las Fuerzas Armadas, Dan Caine, y el director de la CIA, John Ratcliffe. Allí ofrecieron detalles sobre la planificación de la agresión.

El reportaje del Times daba cuenta de la infiltración de un equipo clandestino de la CIA en Venezuela desde agosto pasado para recopilar información sobre los movimientos diarios de Maduro, combinada con una «fuente humana cercana» al mandatario y una flota de drones furtivos que volaban sobre él, que permitió a la agencia trazar un mapa con detalles minuciosos sobre sus rutinas. Esa información fue decisiva para la incursión del amanecer del sábado 3 por comandos de élite de la Fuerza Delta (Delta Force) del ejército, que fueron conducidos a su objetivo −en la base militar más fortificada de Venezuela− por una unidad de élite del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (Night Stalkers). Mientras en una sala dentro de Mar-a-Lago, en Florida, Trump y sus principales ayudantes veían cómo se desarrollaba el asalto en tiempo real, los comandos SEAL (de tierra, mar y aire, reputados como asesinos profesionales) capturaban y secuestraban a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, trasladándolos al USS Iwo Jima, un buque de guerra estacionado en el Caribe a unos 160 quilómetros de la costa de Venezuela. Luego ambos fueron llevados a la base naval de Guantánamo, donde el FBI tenía un Boeing 757 esperando para conducirlos a un aeropuerto controlado por militares al norte de Manhattan.

Previo a la entrada de los helicópteros de la Fuerza Delta, dos aviones EC-130H Compass Call de la Fuerza Aérea, especiales para la guerra electromagnética, enviaron ondas de energía no cinética que cegaron los sistemas antiaéreos rusos, los radares y las torres de comunicación en la zona de El Volcán, en Caracas. La generación de una densa niebla informacional permitió crear un corredor aéreo seguro y mantener el elemento de sorpresa táctica, para pasar de la fase aérea de neutralización masiva a la de ataques de decapitación del sistema nervioso central de las Fuerzas Armadas venezolanas: un F-35 con un misil destruyó una de las antenas principales y detrás entraron los F-18 a bombardear puntos militares estratégicos, entre ellos Fuerte Tiuna, corazón del poder militar, y la base aérea de La Carlota, haciendo colapsar al mando central venezolano. También fueron alcanzados el puerto de La Guaira y el aeropuerto de Higuerote.

Luis Quiñonez, que se identificó como exasesor de Trump, dijo a los medios que Estados Unidos tenía identificados 412 puntos de importancia para destruir, pero solo se atacaron 16. También aseguró que hubo «un tiroteo enorme», que pudo ser neutralizado rápidamente con los helicópteros de ataque con una fuerza abrumadora. Trump reportó media docena de soldados estadounidenses heridos, pero según el investigador venezolano Sergio Rodríguez Gelfenstein, varios resultaron muertos y se está ocultando a la opinión pública por razones políticas. Del lado venezolano fueron eliminados en combate o a consecuencia de los bombardeos medio centenar de efectivos, 19 del Batallón de Honor Presidencial, además de 32 cubanos internacionalistas que se encontraban cumpliendo tareas de protección y defensa institucional. Según un análisis técnico-militar de la operación que involucró a más de 150 aeronaves de Estados Unidos y fuerzas especiales (Delta Force y Night Stalkers), la defensa venezolana registró fallos críticos en cuatro pilares fundamentales: la inteligencia, el mando y control, la defensa antiaérea y la seguridad presidencial. La cronología del Pentágono revela que la operación fue la culminación de meses de planificación y de un exhaustivo trabajo de inteligencia. Parece innegable que estaban localizados los sistemas de defensa antiaérea venezolanos, los aviones, los helicópteros. También, que hubo una penetración humana al más alto nivel, lo que sugiere una «entrega» o «venta» de información (ergo, una traición) desde el círculo más íntimo de Maduro. Sin esa premisa, la inserción de tropas por aire en Caracas era una misión casi imposible. La contrainteligencia tampoco pudo detectar y neutralizar el espionaje electrónico y el seguimiento físico del presidente. Aunque no está confirmado, algunos reportes indican que los cazas Su-30MK2, el principal vector de superioridad aérea, fueron destruidos en tierra. También fue vulnerado el anillo de seguridad personal de Maduro: aunque efectivos de la Guardia de Honor Presidencial y los internacionalistas cubanos combatieron, se quedaron sin apoyo y el resultado final fue el secuestro de Maduro, un objetivo de alto valor.

(No parece un dato casual que Maduro fuera secuestrado un 3 de enero, el mismo día que, después de estar refugiado desde el 20 de diciembre de 1989 en la sede diplomática del Vaticano en Panamá, el nuncio Sebastián Laboa entregó en la base Howard del Comando Sur al general Manuel Noriega y que Trump ordenara el asesinato, en 2020, del alto mando iraní Qasem Soleimani, en Irak.)

A partir de un avasallamiento tecnológico-militar de última generación y una operación aérea de saturación tipo enjambre, Trump infligió una derrota táctica a la revolución bolivariana, pero no logró un cambio de régimen ni de gobierno, ni descabezar al Estado nacional. No hubo un vacío de poder. El alto mando político y militar no se fracturó y en menos de 48 horas la respuesta fue institucional.

Desde la mañana del 3 de enero Trump y su círculo áulico habían iniciado una nueva fase de la disputa narrativa por la cual se ha ido construyendo la imagen de Hugo Chávez y Maduro como «dictadores» y presentando a Venezuela como un Estado fallido y/o un narco-Estado. Maduro fue señalado, por ejemplo, como jefe del inexistente cártel de los Soles, mientras se construía un discurso tecnocrático de la invasión (dijeron: «Fuimos quirúrgicos»), y como parte de la guerra psicológica comenzaron a jugar la carta de la división para generar caos y desestabilización.

Para las mayorías pasó desapercibido que como pocas veces antes, en su conferencia de prensa, Trump leyó lo que dijo. Igual el secretario de Estado Rubio y el general Caine. No se podían salir del libreto. La última carta de la CIA y el Pentágono es jugar a la división interna; introducir la duda sobre la supuesta traición de Delcy Rodríguez («Estamos hablando con la vicepresidenta y la tenemos bajo control» apareció como nueva matriz de opinión). Sin embargo, quienes la conocen no dudan de su lealtad al proceso. De allí que ahora, con una mujer al mando y el pueblo movilizado, la derrota táctica podría convertirse en una victoria estratégica y moral en el marco de una nueva fase de la confrontación entre la doctrina Monroe y el bolivarianismo.

El lunes 5 se produjo una virtual sincronía histórica: después de quedar instalada la Asamblea Nacional el día que señala la Constitución venezolana, Delcy Rodríguez se juramentaba ante los legisladores y el cuerpo diplomático como encargada temporal de la presidencia; el embajador Samuel Moncada denunciaba ante el Consejo de Seguridad de la ONU la agresión imperialista y el secuestro del presidente, y Maduro, a quien Trump pretendía presentar como un trofeo de guerra, desbarataba el show mediático al declarar ante un tribunal federal en Nueva York: «Soy no culpable y presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela. Fui secuestrado en mi casa, me considero un prisionero de guerra y me acojo a la Convención de Viena».

El miércoles 7, la presidenta Delcy Rodríguez destituyó al general Javier Marcano Tábata, quien se desempeñaba como comandante del regimiento Guardia de Honor Presidencial y director general de Inteligencia Militar, el órgano especializado en operaciones antiterroristas y de contraespionaje. Marcano fue sustituido por el general Gustavo González López. Según un despacho difundido por Venevisión hacia la medianoche del martes 6, Marcano habría sido arrestado por la «entrega» de Maduro. Se lo acusa de haber desactivado los protocolos de defensa aérea en el Fuerte Tiuna; mantenido información cifrada con la CIA semanas antes del 3 de enero y entregado las coordenadas exactas donde permanecía Maduro, así como los puntos ciegos del anillo de seguridad cubano-venezolano del mandatario, y facilitado la «ruta de extracción» de los comandos Delta del Pentágono que lo secuestraron. Sería la «fuente humana» con que contaba la CIA. Según Venevisión, también se habrían registrado detenciones de oficiales de inteligencia y contrainteligencia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar que respondían a Marcano.

13.12.25

Semiótica del National Security Strategy 2025 de USA

Fernando Buen Abad Domínguez


¿Qué significa todo esto?

Desde nuestra mirada semiótica crítica, este documento no puede leerse meramente como plan militar o diplomático, es una guerra cognitiva o batalla cultural burguesa sobre el orden económico y simbólico mundial, es una nueva gramática de dominación, un reordenamiento de sentidos sobre patria, soberanía, amenaza, identidad, poder. Constituye una operación de hegemonía simbólica: redefine lo que es normal, deseable, legítimo; lo que es amenaza, inseguridad, decadencia; lo que merece protección, intervención, coerción. Y en ese juego simbólico‑estratégico, hay una apuesta por la domesticación del miedo, por la militarización del imaginario social, por la naturalización de la xenofobia, por la resemantización del nacionalismo como escudo contra el caos. Se instituye una nueva semiótica del Estado‑gendarme, de la frontera fortificada, del antagonismo perpetuo, de la soberanía cerrada, de la identidad homogénea. Es un escenario irrenunciable para la disputa por el sentido.

No es un documento neutro; es una operación de poder que respira violencia simbólica, que construye realidades y legitima hegemonías. Desde su primera línea, proclama la soberanía absoluta del Estado-nación como principio irrenunciable, y en esa declaración se inscribe una gramática de exclusión: América no debe compartir su destino, debe defenderlo como un territorio sagrado, como un espacio delimitado por fronteras invisibles y amenazas siempre acechantes. La fuerza no es opción; es mandato, y la legitimidad de la violencia se convierte en norma, en principio rector de la seguridad, en ley no escrita que organiza el mundo y lo redefine. El texto no describe peligros, los produce, los magnifica, los codifica en signos que la sociedad interioriza, que el ciudadano acepta como inevitables. Cada enemigo nombrado —migrantes, potencias extranjeras, actores no estatales— no es simplemente una amenaza; es un significante cargado de miedo, un símbolo que condensa caos, decadencia y peligro, una excusa para justificar el control total y la intervención preventiva. Justificación perfecta para la industria de las armas.

Convierte la historia en mito selectivo y su memoria en instrumento de poder. Europa es decadencia, América Latina es subordinación, Asia es competencia implacable, y cada espacio geopolítico recibe un valor moral y estratégico, un signo que lo posiciona en el tablero de la supremacía. Se establece así un código semiótico de aliados y enemigos que no depende de hechos objetivos, sino de narrativas mercantiles cuidadosamente elaboradas, Europa debe salvarse de sí misma, América Latina debe obedecer, China debe ser contenida, y el orden internacional queda redefinido por la prioridad absoluta del interés estadounidense. La violencia se naturaliza como método, el miedo se normaliza como estado, y la intervención se convierte en derecho inherente del poder que se sabe superior.

En el corazón del documento late una obsesión con la identidad nacional que trasciende la política y toca la cultura misma, lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es diversidad, es amenaza; la mezcla no es riqueza, es descomposición. Los signos de la alteridad —idiomas, costumbres, migración, prácticas culturales— son resignificados como vectores de inseguridad, y esa re-significación opera sobre la percepción social con la fuerza de una máquina disciplinaria: condiciona el imaginario, moldea comportamientos, genera consenso y miedo a la vez. Cada palabra de la estrategia actúa sobre el lector, sobre el ciudadano, sobre la comunidad, construyendo la sensación de que sin control absoluto y vigilancia permanente la nación sucumbiría.

Se despliega además como una coreografía de poder. La fuerza militar no es instrumento, es lenguaje; la economía no es intercambio, es signo de influencia; la diplomacia no es diálogo, es dispositivo de dominación. Cada decisión, cada línea, cada categoría semántica comunica jerarquía y orden: la seguridad se entiende como supremacía, y la supremacía como necesidad moral. La retórica de urgencia y declive articula un crescendo de peligro que legitima cualquier medida, desde la militarización de fronteras hasta la presión económica y la manipulación diplomática. No hay neutralidad; no hay pausa; todo está destinado a producir consentimiento, obediencia, aceptación silenciosa del imperativo de dominio.

Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, el NSS 2025 es un dispositivo de construcción de realidades, produce enemigos, inventa riesgos, crea consenso mediante la normalización del miedo, y redefine la idea misma de lo legítimo y lo ilegal, lo propio y lo extraño. No se limita a describir la seguridad; la fabrica. No se limita a planear la defensa; condiciona el deseo y la percepción. No se limita a identificar aliados; establece categorías morales que ordenan el mundo y definen la jerarquía de valores. La estrategia, en su esencia, es un acto performativo, produce la realidad que proclama, instituye el orden que anuncia, naturaliza la violencia que necesita para sostenerse.

Finalmente, el documento revela que la seguridad contemporánea no es protección ni bienestar, sino hegemonía. La NSS 2025 nos muestra que la nación se mantiene erguida sobre la exclusión, que la paz se alcanza mediante la fuerza y que la moralidad se mide por la capacidad de imponer un orden global unilateral. Cada signo del texto, cada enunciado, cada construcción discursiva es una herramienta de poder que disciplina cuerpos, moldea imaginarios, crea consentimiento y miedo simultáneamente. Leerlo con semiótica crítica es ver más allá de la estrategia, es reconocer un entramado simbólico que redefine la política, la cultura y la subjetividad, y que revela que el arma del Estadoy del sistema no es solamente el armamento, sino la capacidad de dar sentido al mundo y al peligro, y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable.

Ese NSS 2025 es una operación semiótica que reinscribe al poder global bajo nuevos códigos, redefine enemigos y aliados, reelige valores, legitima estrategias de dominación y condiciona los imaginarios colectivos. Como tal, debe leerse como discurso político‑estratégico —una narrativa de seguridad, amenaza, identidad, soberanía y resguardo— cuyo contenido revela mucho más allá de datos militares, diplomáticos o económicos. La primera semántica sobre la que se levanta el texto es la de la “soberanía nacional” y la “primacía del Estado-nación”. Al afirmar que “los días en que Estados Unidos sostenía el orden mundial como Atlas han terminado”, el NSS marca una ruptura con la pretensión de universalismo exportador de valores —democracia, derechos humanos, liberalismo global— y reivindica, en cambio, un realismo duro, orientado a los intereses propios, al resguardo interno, al control de fronteras, al dominio estratégico.  

Esa declaración semiótica implica una reconfiguración simbólica del papel de EE. UU. ya no como gendarme global idealista, sino como potencia que prioriza su integridad cultural, económica, territorial. Se legitima una ética del “nosotros primero”: identidad nacional, control de migraciones, preservación de un imaginario homogéneo frente a lo extraño o lo otro. Ese “nosotros” implica una construcción del otro como amenaza simbólica y existencial. Las “migraciones masivas”, según el NSS, no solamente se describen como un problema administrativo o demográfico, sino como factor de ruptura social: erosionan la cohesión, distorsionan mercados laborales, incrementan crimen, debilitan recursos públicos, perturban la “identidad nacional”.  Ese discurso no sólo sataniza a los migrantes, los convierte en signos de desorden, de declive de la nación, de crisis de comunidad. Los migrantes, la movilidad transnacional, se resemantizan como amenazas simbólicas al orden, al bienestar, a la continuidad del “pueblo‑nación”. Se instituye un régimen semiótico‑político que vincula migración con inseguridad, extranjería con peligro, diversidad con disolución.

Su premisa “paz a través de la fuerza” se convierte en fundamento conceptual, la supremacía militar, la hegemonía económica, el control de fronteras, las alianzas selectivas, la presión comercial —todo ello como instrumentos simbólicos de poder. Su fuerza no aparece como última ratio, sino como medio preferente de legitimación. Esto reconfigura el significado de “seguridad”, ya no como garantía de vida, bienestar o promiscuidad democrática, sino como mantenimiento del dominio, preservación del statu quo, imposición del orden. La violencia —o su mera posibilidad— se normaliza como parte constitutiva del régimen de seguridad.

Advierte sobre una posible “desaparición civilizacional” de Europa, ligada a migraciones, crisis demográficas, declive económico, pérdida de identidad y dependencia de instituciones supranacionales.  Esa retórica no solo es estratégica: es simbólica: reconstruye Europa como espacio decadente, impotente, en descomposición, en contraste con la vigorosa identidad nacional‑estadounidense. Esa memoria histórica selectiva y esa narrativa de declive funcionan como dispositivo de miedo, de rechazo, de prohibición a la “mezcolanza”.

Simultáneamente, el documento promueve una re-latinización del dominio estadounidense: bajo el paraguas de un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, el hemisferio occidental es reinstalado como esfera prioritaria de influencia, como patio trasero geoestratégico, económico y militar.  Esta revalorización del “patio trasero” conlleva una carga simbólica fuerte: América Latina es rehecha como zona de mampara, de recurso, de control, de subordinación estratégica. Se legitima una hegemonía directa basada en la proximidad geográfica, en la dependencia económica, en la militarización. Esa narrativa reproduce viejos imaginarios neocoloniales, condensados ahora en forma de política de seguridad nacional. Apela al mito de la grandeza nacional, a la memoria de una “América poderosa”, autónoma, soberana, autosuficiente; un pasado imaginado de supremacía, vitalidad cultural, dominio económico y militar. Esa nostalgia simbólica funciona como ethos nacionalista: legitima la restauración del predominio, la recuperación del control, la reafirmación de valores identitarios frente a la globalización, la mezcla, la disolución. El miedo al otro —al inmigrante, al extranjero, al distinto— se convierte en fundamento moral de la seguridad interna y externa.

Los migrantes, por ejemplo, son resignificados como vectores de inseguridad y desestabilización cultural. La amenaza ya no es solo tangible o física, sino simbólica: se construye la idea de que la alteridad, la diferencia y la movilidad social constituyen riesgos para la continuidad del Estado-nación, generando un marco discursivo que naturaliza políticas de exclusión y control. El documento también opera mediante la retórica de la fuerza como medio legitimador. La supremacía militar, la presión económica y la intervención selectiva se presentan no como alternativas, sino como imperativos estratégicos para preservar la integridad nacional. La normalización del uso de la fuerza, incluso preventiva, constituye un signo semiótico que imponeestabilidad, autoridad y dominio. En este sentido, la violencia se convierte en un elemento constitutivo del orden, mientras la diplomacia y la cooperación son relegadas a un plano secundario, subordinadas al imperativo de seguridad entendido como monopolio del Estado sobre la protección de su espacio y su identidad.

Contra la idea de comunidad internacional basada en cooperación y consenso, el documento adopta una semántica de soberanías fragmentadas, de bilateralismo selectivo y de proteccionismo económico. Se construye una lógica en la que la interdependencia se percibe como vulnerabilidad, y la autonomía estratégica se convierte en principio rector. Esta operación simbólica es, en esencia, un reordenamiento del sentido de la seguridad global, que legitima la reducción del multilateralismo y el fortalecimiento del poder unilateral como norma de conducta. No sólo describe un mundo amenazante, sino que lo configura, determina cómo se perciben los enemigos, cómo se legitiman las políticas y cómo se construye la idea misma de lo nacional frente a lo externo. La narrativa simbólica del documento instituye jerarquías, impone categorías de valor y amenaza, y produce una gramática de orden que condiciona la acción y la percepción de la comunidad.

Cada enemigo nombrado en el texto —migrantes, potencias rivales, actores no estatales— no es un problema abstracto; es signo, es símbolo de caos, de decadencia, de peligro inminente. Los migrantes son más que cuerpos en movimiento: son alteridad codificada como amenaza, vector de desorden cultural, riesgo de erosión de la identidad nacional. China y Rusia no son solo competidores estratégicos; son representaciones de desafío, signos de contrariedad que la narrativa resemantiza para justificar la supremacía estadounidense. El documento transforma la percepción social: la amenaza no se encuentra en la realidad objetiva, sino en la forma en que se construye discursivamente, en la cadencia de sus frases, en la insistencia de sus imágenes de crisis y peligro perpetuo.

Su superioridad militar no es instrumento; es lenguaje. La economía no es intercambio; es poder que se impone y se reconoce. La diplomacia no es negociación; es maniobra para consolidar la hegemonía. Cada oración es performativa: produce consenso, disciplina imaginarios, legitima decisiones que en otros contextos serían cuestionadas. La estrategia convierte la violencia en norma y el miedo en herramienta, y en ese acto de semiótica política, lo simbólico y lo material se confunden: lo que se dice construye lo que se hace y condiciona lo que se percibe como inevitable. El texto también manipula la historia y la memoria: construye nostalgia, inventa grandeza, selecciona relatos de gloria y derrota para consolidar un ethos nacionalista. La grandeza estadounidense es ideal, mito y norma; lo otro es siempre riesgo, declive y amenaza.

No es un documento, es un relámpago. Cada palabra fulmina certezas, cada línea reconstruye la realidad bajo la tiranía de la soberanía. América no se defiende: se erige. No protege: impone. Desde su inicio, proclama que el mundo se organiza alrededor de su poder, que la identidad nacional es escudo y espada, que lo otro, lo diferente, lo migrante, es peligro, es amenaza, es fractura de un orden que se sabe absoluto. La seguridad no es una política; es un acto de creación, una semiótica del miedo, una coreografía de hegemonía que obliga a mirar, temer y aceptar.

Lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es riqueza, es fractura; la alteridad no es pluralidad, es amenaza. Migración, lengua, costumbre, cultura: signos codificados en pánico, vectores de control. Cada palabra del documento es una operación semiótica: disciplina cuerpos, condiciona deseos, convierte la percepción en obediencia y el miedo en legitimidad. La seguridad deja de ser protección y se convierte en espectáculo de dominio, en ritual de imposición, en lógica de inevitabilidad. La estrategia no habla de paz,habla de supremacía. No habla de cooperación, habla de dominio. No habla de comunidad internacional: habla de jerarquía. Cada signo del texto es una señal: obedecer o temer. Cada frase, un acto de poder: producir consenso, fabricar enemigos, normalizar la fuerza, hacer que lo inevitable parezca natural. La fuerza, el miedo, la identidad se entrelazan en un solo código que atraviesa la política, la cultura y la conciencia misma de quienes observan, temen y aceptan.

No organiza sólo ejércitos ni despliega estrategia, organiza imaginarios, construye realidades, instala leyes invisibles de poder. Cada palabra es un martillo, cada oración una tromba. La estrategia no solo predice el mundo; lo fabrica. No sólo describe amenaza; la inventa. No sólo llama a la acción; la impone, desde la percepción hasta la obediencia, desde la identidad hasta la moralidad. La seguridad se vuelve hegemonía, y la hegemonía se vuelve espectáculo, y el espectáculo se convierte en verdad que todos reconocen y aceptan, mientras el mundo gira bajo un código de miedo y poder que nadie osa cuestionar.

El documento arde en su propia cadencia, golpea con ritmo de relámpago, deslumbra con la claridad del poder que se sabe absoluto. Leerlo con semiótica crítica es ver la arquitectura de la dominación: cómo se construyen enemigos, cómo se codifica la amenaza, cómo se fabrica la obediencia, cómo el miedo se vuelve estética y la hegemonía se vuelve belleza terrible y luminosa. Este documento no solo organiza seguridad: organiza percepción, conciencia, imaginación, voluntad. Cada palabra es un acto de fuerza, cada línea un rayo que corta, y cada párrafo es un fuego que ilumina, ciega y obliga a mirar el poder en toda su desnudez.

Su narrativa no sólo construye amenaza; construye identidad. Lo americano es virtud; lo otro es riesgo. La diferencia no es riqueza cultural; es fractura. Cada palabra, cada enunciado, disciplina cuerpos, moldea deseos y dirige la conciencia. La seguridad deja de ser protección para convertirse en espectáculo de poder: un orden visible e invisible, un código que atraviesa lo político, lo social y lo subjetivo, un instrumento que convierte la inevitabilidad del dominio en certeza moral.

Esa es la semiótica de la hegemonía contemporánea: no es suficiente controlar fronteras, desplegar ejércitos o ejercer diplomacia. El poder se ejerce sobre la percepción: cada palabra es arma, cada frase es ritual, cada párrafo es acto performativo que disciplina, moldea y organiza la realidad. La estrategia no predice el mundo; lo fabrica. No describe riesgo; lo produce. No propone seguridad; impone orden y consentimiento. La hegemonía se vuelve narrativa, y la narrativa se vuelve experiencia colectiva: leer la NSS 2025 es observar cómo el poder convierte miedo, identidad y fuerza en un solo código semiótico que atraviesa todo, desde la percepción hasta la moralidad, desde la política hasta la conciencia. En ese entramado se evidencia que la verdadera fuerza de la estrategia no reside en sus recursos materiales, sino en su capacidad de dar sentido al mundo y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable, justo y necesario. La geopolítica es traducida a lenguaje moral: no organiza sólo ejércitos ni despliega sólo tropas; organiza percepciones, códigos de miedo y obediencia que atraviesan cultura, política y subjetividad. La historia es seleccionada, el mito es instrumento, la memoria es construcción estratégica: lo americano es virtud, lo otro es peligro. La diferencia no es riqueza; es fractura; la alteridad no es pluralidad; es amenaza.

Su texto arde, golpea, deslumbra, indigna y ciega. La NSS 2025 no sólo comunica; devasta y reconstituye, y quien lo lee no sólo comprende, se enfrenta a un paisaje horrible del poder burgués en su forma más cruda, al acto de creación simbólica que desfigura la identidad, amenaza, obediencia y futuro. Cada signo es martillo, cada frase es chispa, cada párrafo es relámpago que ilumina y quema la percepción, recordando que la hegemonía no se sostiene solamente con recursos materiales, sino con la fuerza de la narrativa, la fuerza del sentido y la fuerza de la semiótica que atraviesa la conciencia colectiva y convierte miedo, identidad y poder en una sola corriente indomable. Horrible.

27.11.25

Golpe en Marcha: Doctrina Monroe 2.0

Óscar David Rojas Silva


Ha iniciado una operación en México para incluir de facto a nuestro país en la lista negra de los países que desafían la hegemonía estadounidense. El primer paso de esta campaña es situar a México en la lista de los países que tienen problemas estructurales y en los que se debiera justificar la injerencia y tutela exterior para “resolver” los propios efectos nocivos de la expansión imperialista. En entregas anteriores (9 de octubre 2025) hemos revisado cómo la ideología neocolonial instrumentaliza la democracia y los derechos humanos como banderas para poder golpear a los países en resistencia. Hoy se adiciona un nuevo elemento: el narcotráfico.

La mal llamada marcha de la generación Z es la prueba del comienzo de este periodo de golpeteo trasnacional. Una primera paradoja que surge de esta marcha es que no fue protagonizada por la propia generación Z, al contrario, esta fue sustituida por la vieja reacción de la “marea rosa” más un bloque violento de acción directa, mezclada con el amargo y dantesco pánico de Salinas Pliego al ver desaparecer aquel poder judicial que garantizaba sus mecanismos de elusión fiscal. No es un detalle menor la reciente exploración de este personaje para convertirse en el Milei mexicano, lo que significa combinarse abiertamente con las fuerzas trasnacionales de ultraderecha.

Esta marcha contó con un periodo de calentamiento ideológico marcado por la campaña de “narco-gobierno”, mismo que ha entroncado con la política estadunidense de presionar a nuestro país con declaraciones acosadoras que buscan desacreditar la estrategia mexicana e imponer como única solución la intervención directa (bombardeos) de nuestro vecino del norte. No olvidemos cómo durante los momentos más intensos de la guerra arancelaria, las negociaciones comerciales fueron anclados a temas de seguridad y narcotráfico. El punto cumbre fue, sin duda, el artero asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, cuya lucha fue apresuradamente cooptada por la narrativa de derecha a tal grado que la propia familia se deslindó de la marcha en cuestión.

Todos estos elementos han sido reencuadrados ahora bajo la operación de una “revolución de color”, estrategia regular utilizada por los EUA para los cambios de régimen en países con intereses estratégicos. No perdamos de vista cómo estos procesos son una puesta en escena para el golpeteo mediático masivo, por ello este pasado 15 de noviembre observamos una distinción: ya no se trató de un templete con mensajes políticos sino la búsqueda directa de violencia y provocación para lograr las escenas necesarias que puedan convencer de que las protestas sociales son orgánicas y que realmente hay una crisis tal que podría llevar al derrocamiento.

Ya lo estamos experimentando en tiempo real, mientras que al interior de nuestro país podemos identificar perfectamente que estas escenas no representan en lo absoluto la realidad social del país, en el exterior los poderes mediáticos corporativos globales dan por válido, en forma automática, el mensaje distorsionado tan anhelado por la guerra híbrida. La realidad es que el problema del narcotráfico es transexenal y transnacional por lo que su combate no se limita a asuntos de seguridad sino de la recuperación integral de la economía sobre el sistema criminal de cobros de piso, sustitución de productores, comerciantes y aprovechamiento del proceso de exportación para el lavado masivo de dinero. No tiene sentido omitir que nada de este poder es posible sin la participación del sistema bancario internacional.

Como se ha visto, EUA ha decidido elevar la tensión en nuestro subcontinente, ha comenzado por presionar a Venezuela y a Colombia a través de ejecuciones directas y extrajudiciales contra supuestos narcotraficantes en lanchas. Previamente presenciamos las presiones directas por parte de este país a Panamá en el marco de la campaña anti-China. Trump ha utilizado sus micrófonos para influir en las decisiones soberanas de países como Brasil en su lucha contra la ultraderecha y ha convertido al presidente de Argentina en su bufón personal del endeudamiento mientras que se atreve a dictar preferencias electorales. Lo que quiero destacar es que estamos frente a una campaña continental para intentar operar una Doctrina Monroe 2.0.

¿Por qué ahora? Como se sabe, y no es para nada un detalle menor, la hegemonía estadounidense se encuentra en su ciclo final, la propia estridencia y virulencia del Make America Great Again acepta que su poder ha declinado y que busca recuperarlo de alguna forma (o mejor dicho de cualquier forma). La mala noticia para nuestros vecinos es que estos procesos son irreversibles, como la propia historia de otras potencias nos lo demuestra. No se trata de un asunto voluntario sino de las fuerzas históricas concretas. Por lo que esta nueva andanada significa que aquel poder ya no puede ser ejercido a escala global por lo que retorna, transitoriamente, a la búsqueda de fortalecer la hegemonía regional.

Desde la interpretación de los propios estadounidenses ya queda claro que no han tenido, sino que aceptar una tripolaridad de facto, no han podido ya imponer sus condiciones a Rusia –con las implicaciones que tiene para mantener el dominio sobre Europa– ni a China –con lo que pierde el dominio del pacífico– por lo que buscan fortalecer su posición ajustando su dominio sobre América Latina y el Caribe.

Pero, y este es el punto central, la visión proveniente desde el sur global está optando por la construcción de un mercado mundial multipolar, es decir, uno que permita las interconexiones directas y de libre asociación basada en los intereses de cada una de las naciones. Se trata de la necesaria afirmación de la soberanía de los países en sus decisiones de política económica y planificación general de la estructura económica. No es un detalle menor enfatizar que este proyecto impulsado por China tiene su fuerza en un ejercicio contundente para lograr emanciparse del influjo hegemónico, no de hoy, sino de una larga lucha anticolonial y antiimperialista, todo esto basado en gran medida por la potenciación del análisis del mercado mundial basado en la teoría marxista.

Por todo lo anterior es necesario apuntar elementos singulares para afinar la estrategia de tránsito hacia la visión multipolar antes que a la tripolar. La afirmación de soberanía, por tanto, es esencial para el éxito del proceso de transformación. México tiene, una vez más, una serie de características inéditas que vale la pena poner al frente para ajustar las velas en el mar contemporáneo. Al mismo tiempo que EUA quisiera simplemente imponerse como lo hizo durante los gobiernos neoliberales (o incluso con los gobiernos autoritarios del siglo XX) su posición post-hegemónica implica una desindustrialización crónica por lo que necesita de nuestro país para sus propias cadenas productivas, el TLCAN logró constituir una fusión productiva que ha constituido el mercado norteamericano – junto con Canadá– como un polo global unificado.

El Plan México, por ello, representa la estrategia para poder recibir inversión extranjera directa con miras a facilitar la transferencia de tecnología y dirigir este metabolismo bajo una planificación estratégica propia. No debe pasarse por alto que esto que pareciera un deseo abstracto ha comenzado a tener concreción, especialmente desde la recuperación estratégica del dominio energético, pero también el de la recuperación democrática del poder judicial, mismo que durante el neoliberalismo se dedicó a garantizar privilegios para el capital nacional y trasnacional, pero que hoy se ha estrenado en una nueva era al cobrarle impuestos al quinto hombre más rico del país y establecer multas sustantivas al sector minero. Sin dejar de mencionar que su democratización disminuye dramáticamente los riesgos del tan temido lawfare.

México está adquiriendo condiciones para avanzar en las posibilidades de otro tipo de políticas económicas y sus formas de distribución. Las condiciones globales están a favor además para la búsqueda de la diversificación. Por ello, desde mi punto de vista, esta nueva campaña es virulenta puesto que es la única manera en la que EUA podría debilitar o desestabilizar el proceso mexicano. Si bien, como hemos dicho, es de su propio interés la industrialización relativa de México para su propio objetivo de consolidar la tripolaridad, asume que tiene el derecho de conducir su proceso sin la molesta restricción de la coordinación con un gobierno de izquierda.

Todas estas condiciones exigen, especialmente de parte de las izquierdas (especialmente desde el academicismo), una toma de conciencia de que el “antigobiernismo” que se instauró en estos movimientos durante el neoliberalismo no pueden continuar sin sufrir una autorreflexión profunda, puesto que la mayoría de los análisis se ha quedado a nivel de lo político electoral y sus falencias (algo natural puesto que el sistema político es heredado) pero no se repara en los cambios estructurales a nivel de Estado que están ocurriendo desde 2018. Se le quiere medir con la misma vara a este gobierno por el solo hecho de ser gobierno, lo cual no solo refleja una falla epistemológica sino también de claridad ideológica.

Es decir, el proyecto nacional que está en evolución es mucho más amplio que lo que sucede en el partido del poder, pero también más amplio que el propio programa de gobierno. El problema de esta relativización es que le abre espacio a la injerencia puesto que los grandes problemas que todavía tenemos, como es el caso del narcotráfico o la desigualdad estructural, inhiben una defensa clara y contundente del derecho democrático que nuestro país está ejerciendo frente a la tormenta global del cambio hegemónico.

La marcha de la mal llamada Generación Z ha sido un intento burdo por recrear las condiciones pre-2018 donde muchos de nosotros estuvimos en las calles, debemos tener cuidado de caer en la trampa del “todos son iguales” que tanto conviene a las fuerzas de derecha, pero sobre todo a la ultraderecha internacional. El movimiento mayoritariamente electo ha aceptado el proceso de resolución integral, de fondo, de estos grandes conflictos, la guerra y las respuestas estridentes nunca han servido más que para patear el balón hacia adelante, por ello la respuesta frente a esta problemática ha sido por la vía del fortalecimiento de la seguridad, nuevo marco contra las extorsiones y el comienzo de la limpia del poder judicial que liberaba delincuentes los fines de semana, pero sobre todo es una respuesta de fondo para levantar la economía regional y con ello reordenar la correlación de fuerzas entre economía criminal y el proyecto nacional.

Óscar David Rojas Silva*
*Economista (UdeG) con estudios de maestría y doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán y la UAM Xochimilco. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.

5.9.25

Guerras, mentiras y videos

Carlos Fazio

El affaire de esta semana de la narcolancha hundida en altamar y el despliegue de tropas y barcos estadounidenses en el Caribe apuntarían sobre todo a aislar a Venezuela del eje Rusia-China y a reforzar el control de Washington sobre una zona estratégica.


El 2 de setiembre, el presidente estadounidense, Donald Trump, publicó en su red Truth Social un video de 30 segundos, aparentemente grabado desde un dispositivo militar de la Marina de Guerra, en el que se observa una pequeña embarcación con cuatro motores con unos bultos y unas difusas siluetas a bordo. El metraje avanza y se observa una explosión, y a continuación la lancha rápida encendida en llamas. En la publicación que acompañaba el video, Trump escribió: «Esta mañana temprano, siguiendo mis órdenes, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos llevaron a cabo un ataque cinético contra narcoterroristas del Tren de Aragua [TDA] identificados positivamente en el área de responsabilidad del Southcom. El TDA es una organización designada como terrorista extranjera, que opera bajo el control de Nicolás Maduro y es responsable de asesinatos en masa, tráfico de drogas, tráfico sexual y actos de violencia y terrorismo en todo Estados Unidos y el hemisferio occidental. El ataque se produjo mientras los terroristas se encontraban en aguas internacionales transportando narcóticos ilegales con destino a Estados Unidos. El ataque se saldó con la muerte de 11 terroristas en acción». Por su parte, el secretario de Estado, Marco Rubio, señaló que el incidente se produjo en el sur del Caribe y que había sido un «ataque letal».

El video exhibido por la Casa Blanca carece de información verificable y no aporta pruebas de que el bote transportara drogas, ni que proviniera de Venezuela, ni datos sobre su destino, y se desconocen las coordenadas del lugar donde habría ocurrido el hecho. Incluso no hay forma de comprobar quiénes eran los tripulantes de la embarcación, porque fueron «eliminados». Tampoco hay contexto. Y además, con la moderna tecnología de la Armada estadounidense, ¿por qué degradar de manera deliberada la nitidez y la claridad del video al extremo de hacerlo inservible para el análisis?

Lo anterior permite conjeturar que bien podría tratarse de un video fake, de una operación de guerra híbrida y psicológica cuyo objetivo es manipular a la opinión pública y escalar la violencia imperial, de un incidente fabricado, tal como ocurrió en el golfo de Tonkín en 1964, cuando Washington inventó un ataque norvietnamita para justificar la escalada de la guerra en Vietnam y décadas después se comprobó que había sido falso.

En la noche del martes 2, el ministro de Comunicación de Venezuela, Freddy Ñáñez, afirmó que el video podría haber sido creado por inteligencia artificial (IA). «Parece que Marco Rubio sigue mintiéndole a su presidente: luego de meterlo en un callejón sin salida, ahora le da como “prueba” un video con IA», escribió en su canal de Telegram. Ñáñez mostró además una consulta a Gemini, la inteligencia artificial de Google, a la que le pidió analizar el video. La respuesta fue que «es muy probable que se haya creado mediante IA».

Un día antes, Maduro había alertado que el despliegue militar estadounidense en el Caribe buscaba generar un falso positivo, es decir, una operación de bandera falsa para justificar una escalada de agresión a Venezuela. Señaló como ejemplos históricos el incidente del acorazado Maine en la bahía de La Habana, que dio pie al inicio de la guerra hispano-estadounidense en 1898 y es el origen del periodismo amarillo de William Randolph Hearst, y el citado incidente del golfo de Tonkín.

No obstante, parece improbable que en el corto y mediano plazo el Comando Sur contemple ejecutar una operación militar formal contra Venezuela, que es lo que quieren hacer ver como inminente. Lo que puede haber es una intensificación de la guerra no convencional. El escenario previsible es un recrudecimiento de la «máxima presión», que incluye el aumento en las operaciones psicológicas para tensionar (recordar la strategia della tensione usada por la OTAN en Italia en los años sesenta y setenta como instrumento de desestabilización).

TRUMP, EL ZAR DE LA POSVERDAD

La puesta a punto de la renovada «estrategia de máxima presión» de la administración Trump 2.0 sobre Venezuela se montó sobre varios ejes. Uno de ellos fue la reactivación de bulos ideológico-propagandísticos de InSight Crime y la Fundación Heritage, que aluden a la fábula que ubica a Maduro como jefe de los cárteles de los Soles y TDA, y a Venezuela como un «narco-Estado».

La génesis de ambas maquinaciones de desinformación (propaganda gris), sin base empírica y carentes de una investigación seria, de evidencia judicial y de pruebas forenses, remite a un informe fraudulento redactado por Joseph Humire, director del Center for a Secure Free Society, un think tank conservador ligado a la extrema derecha estadounidense, que a su vez retomó una ficción ideológica de InSight Crimeque, según el diario The Guardian de Londres, «se basaba en fuentes no verificadas». Titulado «Descarrilando el Tren de Aragua» y publicado por la Fundación Heritage el 5 de diciembre de 2024, el informe de Humire se presentó como un documento estratégico para la «seguridad hemisférica». Pero lo que revela, según un análisis del 21 de agosto de la página web venezolana Misión Verdad, «no es una amenaza criminal real, sino una mentira calculada, construida a partir de supuestos, generalizaciones y una manipulación descarada del lenguaje».

El texto reproduce, casi textualmente, las líneas centrales del libro-reportaje El Tren de Aragua: la banda que revolucionó el crimen organizado en América Latina, escrito por la periodista venezolana Ronna Rísquez, que según el analista Diego Sequera «cumple con todas las pulsiones confirmatorias que asocian el Tren de Aragua con el gobierno [venezolano], con más de una pirueta que le dé la cuadratura al círculo». El apoyo en fuentes secundarias y una narrativa deliberadamente ficcional para la consideración de políticas gubernamentales en Washington conjuga una deslegitimación de esa misma matriz, tanto por origen como por sus consecuencias.

El informe de Humire se convirtió en documento rector para la segunda administración Trump, que lo adoptó como base para una estrategia de «seguridad integral» contra Venezuela. No se trata de luchar contra el crimen organizado, sino de legitimar una política de injerencia destructiva para un cambio de régimen. Entre sus recomendaciones, figura la creación de un grupo de trabajo hemisférico, inspirado en la Operación Resolución Inherente –la campaña militar contra el Estado Islámico en Siria e Irak–, para «derrotar al TDA» mediante una «aproximación de todo el gobierno» (whole-of-government approach). Eso incluye, eventualmente, el despliegue de fuerzas especiales, asesoría militar desde el Comando Sur y la intervención directa en territorios de países vecinos.

Pero lo más grave es la instrumentalización del TDA para criminalizar a toda una nación. Humire afirma que «el TDA es el proxy perfecto y una herramienta de guerra asimétrica para desestabilizar países democráticos mientras conserva un alto grado de negación plausible». Y en un torpe giro ideológico añade que, dado que está «vinculado» con el gobierno venezolano, el TDA tiene «cimientos socialistas», una asociación absurda que enlaza el anticomunismo del siglo pasado, actualizado con el lenguaje de la «guerra al terrorismo», que cumple una doble función en la actual administración Trump: por un lado, intenta asociar el chavismo con la criminalidad; por otro, se convierte en un dispositivo para generar pánico y justificar el endurecimiento de las políticas migratorias. Así, de pronto, las olas migratorias venezolanas son descritas como «invasiones híbridas», una amenaza existencial que requiere respuestas militares.

EL FACTOR RUBIO

En relación con la actual política de máxima presión contra Venezuela, el verdadero punto de inflexión llegó en mayo, tras un reacomodo en la cúpula de seguridad de Washington que llevó a que Marco Rubio fuera designado como asesor de seguridad nacional interino, a la par de ejercer el cargo de secretario de Estado. Tal dualidad de funciones, que recuerda el poder concentrado por Henry Kissinger en la década del 70, le otorgó a Rubio un rango de acción sin precedentes en materia de seguridad y política exterior, lo que consolidó un viraje más agresivo y centralizado en la agenda de Estados Unidos hacia América Latina, en particular hacia Cuba y Venezuela.

Rubio coordina actualmente todas las agencias de seguridad y defensa estadounidenses, además de articular las recomendaciones estratégicas en materia militar y de inteligencia que recibe el presidente. En este esquema, el asesor se convierte en el verdadero filtro estratégico, capaz de orientar a Trump hacia decisiones más agresivas, sobre todo cuando confluyen factores como la presión de sectores militares y la narrativa de la guerra contra el terrorismo y el narcotráfico. A la vez, esa condición lo ubica en una posición privilegiada dentro del Ejecutivo para utilizar el aparato de seguridad nacional como una herramienta de su propia agenda política y sus ambiciones presidenciales.

El actual movimiento militar de Estados Unidos en el Caribe –incluido el presunto incidente de la narcolancha–, cuya tutela la lleva el exsenador republicano, puede tener un trasfondo estratégico que sugiere que esas operaciones cumplen varias funciones principales:

1) Se activó un nuevo escenario de operaciones psicológicas que podría abarcar ciberataques, sabotajes contra infraestructura crítica y focos de violencia armada urbana como parte de una estrategia de desgaste. El despliegue militar naval en aguas cercanas a Venezuela buscaría minar la moral y condicionar la toma de decisiones de Caracas, así como enviar una señal de amenaza latente sin disparar un solo misil. De todas maneras, la recompensa de 50 millones de dólares por Maduro ofrecida por Trump podría alentar a militares disidentes a dar un golpe de Estado con apoyo naval in situ, sin descartar una operación de extracción del mandatario por un comando de élite del Pentágono.

2) Al ubicar activos militares cerca de Venezuela (las versiones indican alrededor de 4 mil marines, un número muy poco significativo para una invasión), podría tratarse de una provocación calculada mediante la cual Washington eleva la tensión y fuerza a los gobiernos de la región a pronunciarse, lo que crea un clima de hostigamiento e, incluso, empuja un casus belli.

3) Washington exhibe una capacidad de acción militar real; aunque funcionarios estadounidenses insisten en que se trata de una «demostración de fuerza», la orden ejecutiva de Trump habilita operaciones militares directas.

4) Sumado a la puesta en escena de la lancha rápida, no se puede descartar otra eventual operación de bandera falsa articulada entre ExxonMobil y el gobierno de Guyana, cuyo objetivo sería escenificar un ataque en zonas marítimas en disputa en el Esequibo. Tal eventualidad responde al manual clásico de las operaciones de falsa bandera que se inician con las acciones encubiertas que atribuyen la culpa al adversario, utilizadas históricamente como justificación para intervenciones, sanciones ilegales y guerras. En este caso, Guyana aparece como punta de lanza de un dispositivo geopolítico mayor en el que Washington y transnacionales como ExxonMobil encuentran terreno fértil para avanzar su ofensiva.1

5) Otra variable más grave sería el uso por el Pentágono y la CIA de las metodologías bélicas utilizadas por la OTAN en Siria, Ucrania y Palestina ocupada, en particular, el empleo de drones, modalidad que ha revolucionado las guerras actuales.
En suma, el actual despliegue naval y aéreo de Estados Unidos –que incluye el crucero USS Lake Erie, con capacidad de disparar misiles Tomahawk, aviones de reconocimiento P8 Poseidón y un submarino de ataque nuclear, un verdadero exceso para la lucha contra el narcotráfico– es multifacético y deliberadamente ambiguo: combina disuasión, presión psicológica y preparación bélica, con un claro trasfondo político de ataque contra el gobierno venezolano.

Pero la ficción acusatoria contra Maduro no es un error: es un plan, dice Misión Verdad. Y mientras haya quien repita el guion sin cuestionarlo, la mentira seguirá siendo política. De allí que, más allá de la retórica antidrogas que se presenta como justificativo, lo que está en marcha es un rediseño del tablero regional bajo la impronta de Rubio y de los sectores de poder que lo respaldan («la mafia de Miami», la llamó Maduro), para lo cual es condición sine qua non ejecutar un cambio de régimen en Venezuela.

Desde hace décadas, Estados Unidos ha apelado al discurso antidrogas y a la etiqueta del terrorismo como coartadas para justificar intervenciones en América Latina y el Caribe. De allí que lo que hoy se presenta como lucha contra el crimen transnacional o el terrorismo no es más que una pantomima para revestir con apariencia de «legitimidad» lo que en esencia sigue siendo un plan de cambio de régimen, con la mira puesta en el petróleo, el gas y las tierras raras del país sudamericano, así como el control del Mediterráneo de Estados Unidos (el golfo de México y el Caribe), de cara a una eventual guerra con China. En ese sentido, y dado que la operación no responde a una lógica antinarcóticos –las evidencias públicas son inexistentes–, ¿se montó la operación naval a la manera de un cordón sanitario en el Caribe ante la urgencia de contener la multipolaridad energética que se fraguó esta semana en Tianjin, China, en el marco de la 25.a cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS)?

Como señaló el analista Tito Ura, «el capitalismo estadounidense, atravesado por sobreacumulación, deuda y pérdida de reservas de petróleo pesado, recurre a la forma más extrema de su reproducción: la guerra como valor de uso para restablecer la renta geopolítica» (Rebelión, 28-VIII-25). ¿Funcionará el cerco naval como una valla aduanera flotante sin necesidad de ocupar territorio venezolano? ¿Percibe Washington la posible incorporación de Venezuela como observador pleno en la OCS como una réplica de la doctrina Monroe invertida, con la multipolaridad desembarcando en su tradicional patio trasero? ¿Quiere mostrar músculo ante su pérdida de hegemonía? ¿Se trata de un aviso preventivo no a los grupos criminales, sino al eje Rusia-China-India-Irán, y a Brasil, mostrando que Washington todavía tiene capacidad de presión militar? ¿Es un arma de disuasión para frenar la expansión de China y Rusia en América Latina, condicionar a Maduro y erosionar el relato multipolar de la OCS en un momento clave?
  
 1. Guyana apoyó el despliegue militar estadounidense en el Caribe. ↩︎

24.7.25

Reescribir el futuro: el nuevo orden económico global y la lucha ideológica

Óscar David Rojas Silva

I

El dominio del imperialismo capitalista tiene en la ideología una de sus armas más poderosas. Recientemente hemos atestiguado la instalación de la guerra cognitiva como una de las principales herramientas para moldear y tergiversar la realidad, de modo que dificulta comprender los fenómenos, llevando a desestimar la posibilidad de intervenir en ellos, o, simplemente, a la indiferencia ante su significado. Cualquiera de estas opciones produce una despolitización que beneficia al status quo. La infodemia ha logrado en el mundo occidental un anesteciamiento frente a horrores como las guerras, hambrunas y genocidios. Es una gran droga mediático-militar que garantiza impunidad frente a la barbarie.

II

La captura ideológica se consigue, principalmente, a través de la desarticulación de la memoria histórica. De pronto, fenómenos cruciales de la historia desaparecen del imaginario colectivo, se impone una narrativa cuyo objetivo es siempre mostrar que una realidad alternativa a la dominante es simplemente imposible, que no tiene sentido. Esta racionalización tiene que ver con la imposición del núcleo de la guerra híbrida: la falsa universalización del proyecto de modernidad occidental. Los fenómenos sin historia son difíciles de comprender puesto que se ignoran sus raíces y su dinámica. Cancelar la historia es una forma de cancelar la capacidad de plantear los mundos alternativos. Por ello, la historia debe ser revisada a contrapelo, como bien recomendaba Walter Benjamin –el filósofo místico de la Escuela de Frankfurt– porque la historia contada por los vencedores siempre anulará a los vencidos. Por tanto, la primera labor de liberación es recuperar y amplificar la visión histórica más allá de la narrativa oficial de los vencedores.

III

Actualmente vemos una lucha cruenta entre el bloque liderado por Estados Unidos (G7) y el bloque asiático liderado por China (BRICS). Este es el conflicto principal que detona todos los demás puntos de crisis en el actual sistema internacional. Pero el contenido de la misma no se ha enunciado, desde mi punto de vista, lo suficientemente claro: se trata de una nueva edición de la lucha anticolonial, comenzada justo después de la segunda guerra mundial. Es decir, si bien los BRICS comenzaron a sonar ya en el siglo XXI, estos tienen antecedentes históricos, como es el grupo de los 77 (G-77), que representa la organización de países del sur global bajo el espíritu de liberación del mundo colonial (todavía vigente a mediados del siglo XX, cosa que no debe perderse de vista) proveniente de la Conferencia de Bandung, celebrada en Indonesia en 1955 para promover la cooperación como base para los países desde el sur global.

Quizá el punto de mayor alcance político se logró con la resolución 3281,  adoptada por la Asamblea General de la ONU en 1974, que dio paso a la Declaración de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, cuyo objetivo fue la fundación de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI). El centro de esta carta está en asegurar a los países el derecho al desarrollo, la autonomía de sus políticas económicas y la soberanía frente al poder de las empresas trasnacionales.

Obviamente este acontecimiento quedó borrado de la memoria pues inmediatamente después de esta declaración comenzó el despliege del neoliberalismo, ocultando todos esos esfuerzos bajo la narrativa unilateral de la globalización occidental y la glorificación de los “derechos” de la inversión extranjera directa (IED) por encima de los Estados nacionales (EN). Los resultados de estos principios hoy se pueden observar con claridad: un planeta con crisis climática, con crisis humanitaria, estancamiento económico, con desigualdad estructural y violencia esparcida por todos sus poros. Ni siquiera los supuestos ganadores hoy se benefician de este proyecto: viven también bajo crisis dentro de sus propias fronteras.

IV

La crisis hegemónica de EU es la crisis hegemónica de todo el modelo de gobernanza global basado en la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyo diseño es esencialmente anti-democrático, pues a través de la votación ponderada y el derecho al veto permite la existencia de un grupo que toma el control de las decisiones. Por ello, cuando ese grupo liderado por Estados Unidos decide violar las normas internacionales de manera abierta y sin pudor (recuérdese el reciente bombardeo a Irán) no hay ninguna instancia que le pueda sancionar. Y si le sumamos que frente a esta crisis, EUA ha decidido utilizar la guerra comercial arancelaria a discreción, lo único que se ratifica es la existencia de una especie de monarquía financiera global que revela las contradicciones de su supuesto carácter democrático y se presenta como un sistema que, al perder fuerza, revela su carácter neocolonial anacrónico.

Es un detalle paradójico para la historia del pensamiento económico que la otrora potencia industrial busque ahora reindustrializarse a partir de medidas comerciales al estilo del viejo mundo mercantilista. Cuando los poderes de la modernidad pierden fuerza, muestran con claridad la anacronía de su verdadero pelaje: la de la explotación sistemática de una metrópoli con respecto a sus colonias. Este es el modelo que ya no puede continuar más. El mundo construído a la sombra del hongo atómico en 1945 hoy ya ha llegado a su límite histórico. Por ello es necesario organizar un nuevo frente para retomar el multilateralismo bajo los principios de la NOEI.

V

No es un detalle menor que los países del modelo occidentel estén creciendo en un promedo de 1.5 por ciento, mientras que el promedio de los BRICS se encuentra alrededor del 3.4 por ciento. Y si observamos al G-77 del sur global, el promedio sube a 4.1 por ciento. Esto significa que lejos de la narrativa de los países industriales que “jalan” a los demás países, hoy el modelo económico occidental es una traba para la potencialidad de los países del sur global. La vía para ordenar esta nueva fase comienza por la recuperación de los principios de soberanía sobre los recursos, el derecho al desarrollo y el control de los capitales extranjeros, principios que fueron defendidos por la NOEI y que vale la pena recuperar para orientar nuestras acciones.

VI

El retorcimiento ideológico del trumpismo ha sido colocarse como un país víctima de todos los demás. El NOEI de 1974 fue borrado por el imperio del dólar generando todo un proceso de succión de la riqueza mundial. La violencia proveniente del modelo neoliberal todavía causa estragos en todo el sur global. Por ello es que en el momento en el que EU se coloca como víctima es, simplemente, una inversión radical de la historia. En contraste, el multilateralismo aboga por una reestructuración bajo principios del respeto a la soberanía de los países bajo relaciones de coordinación y no de subordinación.

Los distintos países agraviados hoy por la presión arancelaria están distinguiendo nítidamente las diferencias entre modelos. Mientras que EU exige cambios políticos bajo el símbolo del injerencismo, China proyecta colaboración en infraestructura sin meter en la ecuación la esfera política de cada país. La forma de superación monárquica es la reafirmación del carácter republicano bajo independencia económica sustantiva, es decir, superando la modernidad colonial. Estos son los términos de la batalla de cara a la entrada del segundo cuarto del siglo XXI.

*Economista (UdeG) con estudios de maestría y doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.

9.4.25

Trump y la sombra del marxismo chino, ¿inicia nueva Era para el capitalismo?



Las políticas de Trump buscan sustituir el paradigma del liberalismo económico, pero no anular el capitalismo: con los aranceles recíprocos, EU estima generar ingresos durante la próxima década por 6 billones de dólares. Con esta nueva estructura comercial, pretende redistribuir el flujo de ingresos desde su comercio externo, capturar una mayor proporción a su favor vía cobro de aranceles, redirigir flujos de inversión externa y nacional hacia sus propias industrias en decadencia, y ganar tiempo para su reestructuración en condiciones menos desventajosas con relación a las actuales. No obstante, el gran disruptivo del concierto globalista del capitalismo ha sido la República Popular de China, con una concepción distinta para su acción al interior de la globalización

Donald Trump procesa desde su gobierno nacional y con su equipo de asesores la sustitución del paradigma del liberalismo económico articulado a la reconfiguración del capitalismo mediante la globalización de los flujos e intercambios económicos, por medio del neoproteccionismo para la rehechura de la competitividad estratégica, la redistribución de los ingresos mundiales del comercio regional y global, articulado a una nueva concepción absoluta de la seguridad nacional de Estados Unidos, basada no sólo o principalmente en el poder militar y sus alianzas y bases militares, sino en torno al reposicionamiento mundial de la base nacional de su economía.

Uno de sus asesores, Peter Navarro, sostuvo el 30 de marzo de este año que, con una parte de dicha política, estiman generar 6 billones de dólares en ingresos durante la próxima década, lo que –aún ajustado a una inflación promedio– triplicaría el aumento histórico de impuestos del año 1942 para financiar su intervención en la Segunda Guerra Mundial (citado en un documento del Tesoro  de 2006, que refiere que en dicho momento, se recaudaron 10 mil millones de dólares, cifra que ajustada a la inflación, representa hoy 200 mil millones de dólares). Esto, dicho por quien es considerado el principal asesor del presidente Trump en la materia. Peter Navarro agregó: “el mensaje es que los aranceles son recortes de impuestos, son empleos, son seguridad nacional. […] Harán que Estados Unidos vuelva a ser grande”. Con ello, reiteró que no son como dicen los opositores impuestos que pagarán empresas y consumidores, sino los agentes económicos extranjeros. Ello, previo a la vigencia del arancel del 25 por ciento para China, Canadá y México en el comercio de autos importados, que representa uno de los mayores golpes al sector externo mexicano, a sus empresas integradas a la cadena de valor en este sector industrial (Chris Isidore, CNN, Economía y Dinero, 31 de marzo de 2025).

El anuncio del presidente Trump del “Día de la Liberación” –cuando fijó aranceles recíprocos para todo el mundo– no escapa a lógica del funcionamiento del sistema socio económico capitalista, a su lógica de maximización de beneficios. Se estima que sólo estos aranceles recaudarán 600 mil millones de dólares al año, que son los 6 billones mencionados para la próxima década. Reconfigura así los ingresos nacionales, los beneficios para las empresas participantes en la cadena mundial de valor, así como la demanda de consumidores de vehículos importados, toda vez que aumentarán su precio en el mercado estadounidense. El objetivo último es la reconstrucción de la tasa de ganancias y la recaudación fiscal para el Estado nacional.

El presidente Donald Trump intenta, mediante un comportamiento teórico y político disruptivo, insertarse en los grandes escenarios pisados por los estadistas reformadores en la historia de EU. Hace 30 o 35 años (desde la década de 1990) la reconfiguración histórica del capitalismo como sistema mundial, apuntaba en un sentido contrario. Para entender mejor el cambio en proceso actualmente, es necesario recuperar la perspectiva histórica del trayecto de un sistema económico que ha representado un inmenso avance histórico, pero también grandes carencias para las mayorías sociales y dificultades sin fin para sus hacedores, no puede librarse de la competencia con sus rivales en el mercado, tampoco del costo de la mano de obra y su productividad, igualmente, de la fiscalidad del Estado que mejor lo representa y promueve, de la imperiosa necesidad de los “grandes saltos tecnológicos”, y por consecuencia, de la recomposición de la tasa de ganancias. Y no es “doctrinarismo”, sino una realidad implacable que se impone una y otra vez.

¿Cómo llegamos a este punto desde el paradigma anterior?, ¿este proceso de un paradigma sustitutivo constituirá una nueva Era del capitalismo mundial?  El gran disruptivo del concierto globalista del capitalismo ha sido la República Popular de China, con una concepción distinta para su acción al interior de la globalización: el gigante dormido despertó y avanzó. Además de “las cuatro modernizaciones”, esta concepción integró la dimensión política: un diálogo constructivo con EU y occidente todo, cuando era presidente Ronald Reagan.

El capitalismo globalista emergió en un contexto de crisis estructurales que requerían una superación hacia adelante, una vez derrotado el enemigo histórico: “el socialismo realmente existente” representado por “el campo socialista” formado sobre la base del poder del Estado y de la economía soviética, ante su incapacidad para superar su propia crisis que Mijaíl Gorbachov conceptualizó como “una palanca de freno” articulada a un excesivo burocratismo y corrupción, más privilegios extendidos de la llamada “nomenklatura”, del partido, el Estado y el ejército.

Sin homogeneidad, pronto la unificación doctrinaria del capitalismo en lo fundamental, se diversificó en tres versiones o estructuras nacionales distintas de ese capitalismo globalista: el estadunidense y el británico (anglosajón), el europeo encabezado por Alemania unificada, y el japonés, que irradió en Asia Oriental y Asia del Sur, resistiéndose al debilitamiento sustantivo del Estado interventor en la economía y la sociedad, aunque aceptaron la liberalización de los mercados, la apertura externa, la integración financiera regionalizada y el aceleramiento de la tasa de innovación tecnológica para sostener el capitalismo globalizado en términos de una estructura de ventajas competitivas como vía para triunfar en las regiones y luego o simultáneamente en la estructura global del mercado.

Se sostuvo por los teóricos más importantes, que este proceso se desarrollaba en un escenario marcado por la “neutralidad”, no había ventajas de partida, todo se construía a partir de aceptar las “nuevas reglas del juego”, de incorporarse a las estructuras en desarrollo, un discurso globalista plagado de ideología. Se planteó después que al tener un nuevo protagonismo las regiones (desde la integración de mercados liberalizados), los procesos de integración regional contratados entre Estados resultaban una vía ideal para lograr la acumulación de ventajas competitivas regionalizadas, en donde cada país aportaba sus atributos económicos para el éxito colectivo o bilateral.

En el capitalismo intensivo, es fundamental la innovación tecnológica a partir de la destrucción creativa (Schumpeter) expresada en tasas de productividad crecientes que abaraten el costo del capital y las nuevas inversiones, pero en una competencia abierta por el control de mercados en proceso de expansión, en donde el bajo costo de la incorporación tecnológica es también fundamental, la reducción del costo de la mano de obra cada vez más cualificada, comparativamente, es imprescindible.

Asociar países con industrias altamente intensivas en capital, abundancia de capital de inversión y con costos crecientes de mano de obra, con países de un costo comparativo menor en los costos de producción (incluyendo mano de obra, transporte, aduanas, fiscalidad) expresaba una fórmula de competitividad y penetración eficiente de mercados a costa de los rivales económicos. Pero es también esencial mantener los mercados nacionales, no sólo conquistar los mercados externos, y para ello era necesario, aprovechando los avances tecnológicos que permitieron descomponer los procesos industriales en distintas etapas, requería también pasar de los procesos trasnacionales a la fábrica globalizada, trasladando la parte más intensiva en mano de obra, a los países que tenían una oferta abundante de ella, y que con un adiestramiento esencial, podía generar como resultado un costo total de producción competitivo.

El mismo proceso siguieron las tres versiones del capitalismo globalista dando como resultado el avance industrial manufacturero de los países que captan inversiones con gran requerimiento de costos competitivos. Pero este proceso históricamente ha sido progresivo y demandó trasladar cada vez en mayor extensión, procesos más intensivos en capital y tecnología, generando niveles más avanzados de asimilación tecnológica y mano de obra calificada. La diferencia del costo de producción era y es, entre 5 y 10 veces, lo que se volvió un factor determinante de la productividad, la inversión y la competitividad en las regiones y la economía globalizada misma.

Reseñamos este proceso porque la decadencia de Estados Unidos dentro de la globalización económica que tanto le benefició en sus primeras décadas, es precisamente esta: perdió competitividad (con todo lo que implica) dentro de sus industrias y dentro de los mercados de sus socios comerciales, ante otros competidores de talla mundial que asumieron las “nuevas reglas del juego” (el nuevo paradigma) y han superado a EU en ambos espacios: en los mercados nacionales y en los mercados regionales y globales. En México, esto es evidente y estadísticamente comprobable de manera contundente. En esta variable, podemos resumir la problemática estructural, no momentánea o pasajera, de EU, lo cual requiere varios años de reestructuración de sus procesos industriales, tecnológicos, de productividad y competitividad.

En este contexto, la nueva estructura comercial lanzada para su inserción económica regional y global, cuyo eje es una nueva subestructura arancelaria, pretende tres logros, principalmente: redistribuir el flujo de ingresos desde su comercio externo capturando una mayor proporción a su favor vía cobro de tarifas arancelarias, redirigir flujos de inversión externa y nacional hacia sus propias industrias en decadencia, y ganar tiempo para su reestructuración en condiciones menos desventajosas con relación a las actuales.

Con ello se pretende poner en funcionamiento una política nacional de contención del proceso actual de decadencia. Algunos ya le llaman “política de reindustrialización”, como se denominó al programa económico de Ronald Reagan en su momento, que en realidad tuvo mayores variables y alcances: la reaganomics. Otros estudiosos, por el contenido socio político e ideológico la denominaron “revolución conservadora”, incluso, por las bases teóricas de su doctrina económica.

Los dirigentes del partido y del gobierno chino –no solamente ellos, pero si principalmente– entendieron perfectamente bien el proceso de debilitamiento y crisis final del socialismo soviético convertido en modelo a seguir, además de toda la problemática socio política, ideológica e institucional, que avanzó desde la década de 1970 (el punto de inflexión del modelo de socialismo en China, cambió a partir del “programa de las 4 industrializaciones” lanzado por Deng Xiaoping en 1979, que sepultó una parte del maoísmo) en cuanto a que si el socialismo fracasa o se empantana en la generación progresiva de riqueza, su liquidación histórica está cerca. Se orientaron, no por una economía estatizada casi en su totalidad, sino de inversión y producción mixta con apertura externa, cunado las condiciones lo permitieron para volcarse hacia el exterior a competir en las regiones y en el globalismo, marcado por su ingreso a la OMC en 2004.

Dentro de esta superación de parte del “socialismo chino” sobre las tres versiones del capitalismo globalista, hay poca consideración ente los analistas, hacia las diferencias de las culturas asiáticas –especialmente la de China– con las culturas de la civilización occidental, atlántica (el caso con Japón es especial), que inciden en los procesos estatales, del trabajo, del ahorro y la inversión, del gasto y consumo, es decir, en el ciclo político y económico dentro de un sistema de economía abierta y competitiva.

Lo que los especialistas llaman la cultura oriental, tiene como expresión histórica a China, Japón, India y Asia islámica; nos centraremos en China, pero ¿por qué es muy importante la cultura al interior del sistema socio económico? En primer lugar, la historia cultural genera diferencias producto de las condiciones materiales en las que la misma se inserta y actúa, es su escala de valores colectivos los que le dan congruencia al proceso de adaptación a las cambiantes situaciones histórico-sociales. La filosofía legendaria en varios de tales países y en China, es el confucianismo y neo confucianismo, y son determinantes de conductas y relaciones sociales, articulada en forma desigual, en Corea, China, Japón o Vietnam, y otros, muy influyente en las propias respuestas ante el avance occidental y su filosofía y doctrinas en la región, generando productos históricos distintos, aunque con bases en común.

No hay espacio, pero diremos brevemente que la diferencia entre el confucianismo, y el neo confucianismo, es que este último centra su fuerza cultural en las enseñanzas y doctrina específica del propio Confucio, el gran sabio de la cultura china y oriental, y el primero centra sus fortalezas en la dinastía Zu que se desarrolló en la parte occidental de China. Por ello, el referente principal de las enseñanzas del neo confucianismo cambió desde “Los Cinco Clásicos” a “Los Cuatro Libros”. Ahora bien, el neo confucianismo está integrado por dos cuerpos doctrinarios, el budismo y el taoísmo, fusión producida mediante las actividades de los pensadores de la dinastía Song (o Sung) que se desarrolló en el periodo de 960-1279. Esencialmente enseñan: la buena conducta en la vida, el buen gobierno con honestidad y sabiduría, la justicia y el respeto a la jerarquía, el cuidado de la tradición, el estudio y la meditación.  (Enciclopedia, Significados, Sección Religión y Espiritualidad)

En ese tenor, el neo confucianismo, como el protestantismo occidental (calvinista o luterano), es una filosofía con valores abiertos al progreso material de la sociedad, a la acumulación de riqueza. La inmensa pobreza existente en China, se explica, por las condicionantes materiales de su historia, pero no por las bases filosóficas y doctrinarias vigentes por siglos, no tiene y no tuvo en esos espacios, bloqueos de educación y cultura para asumir los términos indispensables de la adaptación a las “nuevas reglas” del capitalismo globalizado, articuladas con sus tradiciones filosóficas milenarias que le fueron dando contenido, funcionalidad y razón de ser a las instituciones en su prolongado trayecto social.

Así, en segundo término, al no ser un sistema cultural de valores cerrado, fueron una sociedad y Estado preparados para la adaptación dinámica y creativa, y no como fue el ejemplo del islam asiático tradicional, incapaz de adaptarse al nuevo paradigma del capitalismo globalista, abierto, con nuevos valores sociales. Por ello, en tercer término, un pensamiento originario que es conquistado por culturas con sistemas de valores e instituciones distintos, genera una subcultura que coexiste con la cultura predominante, externa, lo que resulta en híbridos complejos para asumir las nuevas tareas, habiendo en ocasiones una lucha cultural prolongada que impide el desarrollo material; tal vez, India e Irán hoy sean ejemplos válidos de esto, en alguna medida. (Obregón, Carlos, Nueva Imagen, 1997)

Ello dilata los procesos de inserción en la generación de riqueza. Es la ética política y la visión filosófica de la sociedad, expresada en los programas de los gobernantes, más la lucha político-social, la que define la distribución de esa riqueza, la flexibilidad de sus instituciones para el efecto y para operar las transformaciones necesarias. Pero nada más lejano que pensar que China partía casi de cero, al contrario, tenía avances muy importantes en la industria, la tecnología y el comercio (norte de China) y a partir de siglos más atrás, con la adopción del papel moneda y de la navegación. (Kennedy, Paul, 27-65, 2007)

Henry Kissinger sostuvo en su amplio estudio sobre este país que ha robado el sueño a los últimos gobernantes en EU: “China es singular. No existe otro país que pueda reivindicar una civilización tan continuada en el tiempo, ni un vínculo tan estrecho con su antiguo pasado y con los principios clásicos de la estrategia y la habilidad política” (2012). Agrego: cuando China enfrenta las artificiosas “guerras del opio” impuestas por Occidente, China tenía un PIB 60 por ciento superior al de Occidente, región a la que consideraban los gobernantes de la dinastía Ching “región de bárbaros”.

La emergencia multifacética del poderío chino en nuestros días ofrece dos grandes lecciones: la derrota del comunismo durante la guerra fría y el Orden Bipolar, o del marxismo si se quiere: i) fue una victoria parcial y transitoria del sistema capitalista a escala mundial. El líder del capitalismo globalista Donald Trump hoy se declara anti globalista porque reconoce la superioridad de la economía china en distintos sectores de la industria y los servicios modernos y genera un repliegue estratégico con una ofensiva que apela a los valores del capitalismo del siglo XX, antes de que se consume una derrota total frente al poderío chino, como el que ellos proclamaron a principios de los años 90 pasados, ante la debacle del socialismo soviético.

Hoy el eje de las transformaciones para el progreso económico y social, no están en occidente, ni en toda Asia, sino en la economía china asumiendo el paradigma capitalista de fines del siglo XX y principios del siglo XXI, no sólo con industrias de gran expansión nacional y mundial, cuya organización y tecnología deslumbraban al mundo, y mucha fama y orgullo dieron a los pesadores y gobernantes occidentales, sino además, con conquistas sociales que constituyen avances de la humanidad hacia la primera mitad del siglo XXI. Inimaginable éxito que no ha concluido. Es una gran derrota, aunque aún incompleta, del atlantismo capitalista. Hay que subrayarlo porque quedará inscrito en los grandes anales de la historia.

El capitalismo globalista desarrolló un ataque mortal al Estado, a la política social, a los instrumentos de regulación del mercado, concibiendo al mercado como una institución antípoda del Estado, y señalando a este último, como el culpable de la crisis de la década de 1970, de finales de la década de 1990 y principios del siglo XXI. Sus bases teóricas y doctrinales son conocidas como el pensamiento institucionalista y la elección pública, la teoría económica neoclásica y el liberalismo clásico decimonónico en cuanto al comercio libre. China reconstruyó el Estado, la economía pública y logró una articulación con el mercado, desatando un proceso de apertura externa controlada, gradual, reivindicando la política social como esencia del desarrollo económico.

Xi Jinping, declaró en el contexto de la crisis desatada por el trumpismo, y en el último congreso del Partido Comunista de China, que el marxismo ha sido la base de la transformación de la economía, y que dicha ideología y teoría permitió a su país convertirse en un ejemplo único de desarrollo moderno, y ha sido a partir de la revolución, la reforma y la construcción, sustentadas en esta visión del mundo”.

Ninguna teoría, ninguna reflexión histórica, ninguna metodología con las herramientas del análisis científico en las ciencias sociales, logró posicionar el conocimiento humano en la esencia, naturaleza, lógica de funcionamiento y proyección histórica del capitalismo, y ninguna ha sido tan profundo y acertado como el logrado por el marxismo. El fracaso soviético fue soviético, no universal como lo han querido presentar por 35 años los ideólogos del capitalismo liberal e integracionista. Terminó diciendo el presidente de China: “hay países que diseñan el futuro desde el pasado”. Se oyó hasta la Casa Blanca, en Washington DC.

ii) Los avances en la sociedad humana, en los seres humanos, son impresionantes, además, reconocidos por medios de comunicación occidentales: en los programas contra la pobreza extrema en china, trabajaron intensamente tres millones de servidores y funcionarios públicos, de 2012 a 2021, para que casi 100 millones de personas dejaran la situación de pobreza extrema, un logro social y humano descomunal, a la par que avanzaba la tecnología, la economía, el poder militar, la alimentación popular. Y lo más importante, es que fue una de las más relevantes iniciativas de Xi Jinping, un auténtico hito humano, un gran regalo en el 100 aniversario de la fundación del Partido Comunista chino, por Mao Tse Tung. El programa costó 1.6 billones de yuanes, es decir, cerca 248 mil millones de dólares americanos. Recordemos que los aranceles del 25 por ciento a los automóviles de importación de México, Canadá y China, recaudarán 600 mil millones de dólares. Con poco más de la tercera parte lograron la proeza en China en el mismo periodo aproximadamente.

Es importante consignar que el criterio de medición y clasificación en China de la pobreza extrema se define en un nivel de poder adquisitivo real de 2.2 dólares por día, algunos opinan que, por debajo de lo que recomienda el Banco Mundial, pero, en fin, es otra clasificación.  En otros casos el BM clasifica a este tipo de personas con un ingreso de 1.9 dólares por día. Y además se rehabilitaron viviendas en las que habitan más de 9.6 millones de personas, reubicadas desde las áreas de mayor pobreza, dada la escasez de agua y el inhóspito acceso para los alimentos. Para el occidente capitalista, estos datos ocultan masivas violaciones a los derechos humanos. ¿EU respeta los de millones de inmigrantes?  En ese mismo periodo China pasó de aportar al PIB mundial del 1.5 por ciento, al casi 16 por ciento.

Adicionalmente, en un informe conjunto de China y el Banco Mundial se reconoce que, desde finales de la década de 1970, China ha sacado de la pobreza 800 millones de personas, es decir, en 40 años, lo que representó cambiar la realidad de cientos de millones de seres humanos. Aquí tenemos también un nuevo paradigma de combate a la pobreza con alcance para cientos de millones de personas. (Comunicado de Prensa conjunto, 1 de abril, de 2022).  En China según el propio Banco Mundial registraba en el año de 1981, 878 millones de pobres por debajo de la línea de 1.9 dólares al día por persona. Eso es progreso humano en los términos básicos, de allí para arriba (Progresive International, enero de 2024).

Un tema fundamental para estos logros es la obtención de un ciclo mediano de crecimiento de la economía a tasas superiores al 10 por ciento del PIB anual, tasas de ahorro interno del 47 por ciento del PIB, y tasas de inversión del 40 por ciento del propio PIB, sostenidamente. Tampoco hay grandes secretos económicos en ello, las leyes de la macroeconomía son claras a este respecto, pero lo trascendente es lograrlo distribuyendo los beneficios del crecimiento hacia abajo, no hacia arriba.

Donald Trump y sus Órdenes Ejecutivas se orientan a la creación de las bases de un nuevo sistema internacional empezando por retraer el orden comercial libre del capitalismo globalizado, para financiar sin déficit sus importaciones y financiar también el déficit de las finanzas públicas, variables macroeconómicas que en tiempos de Reagan otros les denominaron “los déficits gemelos”, con los cuales la economía estadounidense coexiste desde hace décadas, se alejan y reaparecen. Otro tema estructural.

Trump hoy con sus políticas comerciales marca la agenda global, pero evidencia que, contra la tesis generalizada de la mayoría absoluta de pensadores del globalismo capitalista, la globalización sí es plenamente reversible.

En los años de la concepción del sistema internacional como una estructura de centro-periferia, de países pobres y países ricos, que tanto explotaron los teóricos del dependentismo latinoamericano, pensar que el curso de la historia estaba marcado por determinantes inherentes al desarrollo de los países del capitalismo occidental, hacía inconcebible lo hecho hoy por la economía china, pero en el campo del marxismo, en donde hay muchos análisis de sus mejores teóricos sobre las determinantes y formas del cambio mundial,  uno de esos casos es que se discutía la validez y pertinencia de la Ley del Desarrollo Desigual y Combinado, en donde se asientan las bases para entender cómo países que están en una posición subordinada en la estructura internacional, pueden pasar a ocupar espacios de liderazgo y supremacía sobre quienes antes eran los poderes dominantes en dicha estructura. Se trata de una alternativa intelectual, una categoría de análisis para investigar y/o comprender los trayectos históricos de los países, naciones, sociedades, Estados e instituciones, empresas, y organizaciones diversas, al no existir el desarrollo homogéneo de tales entidades históricamente, en sus tendencias generales, en la Era precapitalista y capitalista y en sus distintas fases.

El mejor ejemplo es Estados Unidos, que pasa de un estatus colonial a mediados y finales del siglo XVIII , al de una potencia mediana a mediados del siglo XIX ,y luego  a una posición de república imperial (como la llamó Reymond Aaron) a finales del XIX y principios del siglo XX, finalmente, en la segunda posguerra es la potencia hegemónica dentro de la estructura del capitalismo, dejando atrás a su anterior Estado colonizador, la Gran Bretaña y muy atrás a los viejos imperios coloniales,  España, Francia, Bélgica, Holanda y Portugal, y destruida a la hasta entonces potencia asiática, Japón, y a una China en efervescencia  revolucionaria.

En consecuencia, muy resumidamente, esta ley del desarrollo histórico ha actuado en la etapa actual del capitalismo evidenciando la superioridad del desarrollo chino frente al capitalismo globalizador, manifestando el encumbramiento de China por encima del capitalismo europeo y asiático, y parcialmente del capitalismo anglosajón de los EU. Porque esta ley establece que el factor más importante del progreso humano es el dominio y desarrollo sobre los factores productivos, que conlleva la apropiación creativa de la naturaleza, de sus variados recursos.

Ello se produce de manera desigual, a ritmos diferentes en los diversos segmentos de la sociedad, la economía, la tecnología, las instituciones públicas, etc., de tal manera que en dicho proceso se alternan las formas avanzas con formas en rezago, cuya complementariedad es transitoria porque terminan predominando unas sobre las otras, siempre, las formas más avanzadas del desarrollo sobre las más retrasadas, de lo cual surgen formas de desarrollo peculiares, específicas, produciéndose oscilaciones imprevistas, saltos cualitativos en el desarrollo social o nacional, generando la aptitud de unas sociedades antes retrasadas para superar a otras que tenían un status de mayor avance relativo o comparativo, y se presentan en los más diversos procesos histórico-sociales (Novak, George, Bogotá, 1974).

Hoy China es el mejor ejemplo, y es la primera economía del mundo en orden al método de cálculo económico que desarrolla el FMI llamado “paridad del poder adquisitivo”. Es la mejor evidencia como antes lo fue Estados Unidos.

Dice Juan Esteban Orduz en El País que el gobierno de Trump es el gobierno de la emocionalidad, el desconocimiento, el desorden y la arrogancia”, la incertidumbre y las contradicciones que terminarán aislando a EU, por sus decisiones impulsivas. Considero que es verdad, pero no siento que hay improvisación, sino que las líneas maestras de este gobierno están en un documento de la Fundación Heritage, llamado “Proyecto 2025”, que ya se expresa en la praxis política del gobierno.

La lucha política dentro de EU definirá la continuidad o ruptura de este proyecto que tiene muchas condenas políticas y morales, pero menos explicaciones desde una perspectiva histórica, como lo hemos intentado aquí.

El periódico The Angeles Times constató que hay organizaciones en 50 estados de la Unión Americana que procesan una organización de oposición a Trump y tratan de unificar los tiempos y acciones en una misma agenda. (Barrow, Kramon y Lathan, 4 de marzo de 2025). Mientras el Partido Demócrata sin un sólido liderazgo (Kamala Harris desapareció del escenario post electoral) y un programa alternativo, se encuentra rebasado por la contundencia de las reformas impulsadas por el MAGA (Make American Great Again), con apoyo en quienes ejecuta en tiempo récord el presidente Trump los cambios más importantes de los últimos 30 años, por lo menos. Los demócratas se han concentrado en el Congreso, en sus liderazgos, pero con opiniones muy divididas.

James Carville, líder político demócrata con presencia mediática, ex asesor de Bill Clinton ha planteado la postura más polémica:

No hacer absolutamente nada. Su tesis es que, en este segundo mandato, en lugar de priorizar los temas por los que hizo campaña (seguridad pública, inmigración, la frontera y, sobre todo, la economía e inflación), Trump ha optado por desmantelar el Gobierno federal aliándose con Elon Musk. Pero que “no hay nada que los demócratas puedan hacer legítimamente para detenerlo, incluso si quisiéramos. Sin un líder claro que exprese nuestra oposición y sin control en ninguna rama del gobierno, es hora de que los demócratas se embarquen en la maniobra política más audaz en la historia de nuestro partido: dar marcha atrás y hacerse los muertos. Permitir que los republicanos se derrumben bajo su propio peso y hacer que el pueblo estadounidense nos extrañe. Silencio hasta que la administración Trump haya caído en picado hasta un porcentaje de aprobación pública de entre el 40 y el 30 por ciento en las encuestas. Hasta entonces, estoy pidiendo una retirada política estratégica” (El Mundo, Suanzes, R. Pablo, 11 de marzo de 2025).

En contrario, David Axelrod (del equipo de Obama) sostienen que las bases demócratas están ansiosas de ver a sus dirigentes luchar, pero sin un liderazgo fuerte, confrontar hoy al gobierno no parece prudente. Katherine Clark congresista de la minoría demócrata, sostiene que: “nuestro mensaje a los americanos es que no les vamos a abandonar, no vamos a dejar que les roben la salud, los programas de ayuda, las subvenciones a los granjeros para que haya otra rebaja de impuestos a los millonarios. Vamos a luchar por vosotros”. Hay también cierta visión de escoger tácticamente cada batalla, no ir al choque frontal (Ídem).

Es una pésima postura de los demócratas desviar la atención de los temas sustantivos que está realizando Donald Trump, situándose en una postura de “belicismo anti ruso y pro Zelenski”. Pero ello a pesar de lo absurdo, expresa también otra faceta de dualidad de la oposición que se desarrolla en EU:

La dinámica política detrás de este cambio es clara: existen dos formas fundamentalmente diferentes de oposición al Gobierno de Trump. Existe una creciente oposición de la clase trabajadora a sus ataques a los programas sociales fundamentales, su destrucción de los derechos democráticos, su persecución de los inmigrantes y su apoyo al genocidio de Gaza. Y existe la oposición de sectores significativos de la clase dominante, que se oponen a los cambios en la política exterior de Trump, particularmente en Ucrania” (World Socialista Web, Martin y Kishore, 5 de abril de 2025).

Todo indica que Donald Trump cursará por un periodo, quizá no muy largo, de ejercicio omnímodo del poder, hasta que las huelgas obreras y las movilizaciones populares, así como la necesidad de luchar de los demócratas y que sea entendida por la cúpula del partido, se haga presente, para tener la posibilidad real de lograr recuperar la mayoría en la Cámara de Representantes y detener un intento de Trump de cambiar la constitución y reelegirse.

Mientras tanto, no podrá evitar que la sombra del exitoso marxismo chino le agobie, se le oponga en la arena internacional y en los flujos de comercio e inversión mundializados en donde China ha logrado ya un avance fundamental.

 Fuente: https://contralinea.com.mx/interno/semana/trump-y-la-sombra-del-marxismo-chino-inicia-nueva-era-para-el-capitalismo/