25.8.22

Los motivos de Ayotzinapa

Fabrizio Mejía Madrid


El encubrimiento fue ordenado por el Procurador Murillo Karam que manufacturó una escena de un crimen y una historia de narcotraficantes en un municipio del sur pobre de este país.


Los normalistas iban asustados pero decididos a conseguir los quince autobuses para llegar a una conmemoración más de la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968. En Chilpancingo, unas horas antes, la policía los había perseguido y las líneas de transportes se habían negado esta vez. Pero tenían el compromiso. Lo habían adquirido el 19 de septiembre, en la reunión de las 17 normales en la Emiliano Zapata, de Amilcingo, Morelos. Una vez que la normal de Tenería, en el Estado de México, se declaró incapaz de operar la logísitica de la movilización, que incluía comida y estancia por varias noches, Ayotzinapa se obligó a ello. Eran la normal de Genaro Vázquez Rojas, de Lucio Cabañas, de Othón Salazar. No podían quedar mal. Después del revés en Chilpancingo, decidieron mandar a los de primer ingreso a la toma de los camiones en Iguala. La mayoría tenía 16, 17 años y estaban rapados. Sabían que era el territorio de los Casarrubias Salgado, los “Guerreros Unidos” que se dedicaban desde hacía décadas al tráfico tanto de heroína como de metanfetaminas. Los criminales, dueños de autolavados, tenían en un puño a las policías municipales de Guerrero hasta Morelos, pasando por las del Estado de México. Eran las 5 y media de la tarde del 26 de septiembre de 2014 cuando los muchachos salieron de Tixtla.

No había forma de separar a las policías municipales de “Guerreros Unidos”: a “Los Bélicos”, el grupo de élite encargado de la seguridad en Iguala y Cocula; el cartel los uniformaba, dotaba de armas, y salarios. De hecho, los policías eran el brazo armado de los delincuentes, y no al revés. “Guerreros Unidos” se habían hecho del control, entre otras, de las indeminizaciones que les corresponían a los ejidatarios del Carrizalillo y Mezcala, por el uso de sus tierras para la extracción de oro, plata y cobre por parte de varias mineras canadienses. Había muchos negocios con las mineras: desde el pago por derecho de piso, el uso de los transportes y las rutas, hasta la venta de heroína para los mineros que se fracturaban los huesos. Ni policías ni sicarios, sino un cuerpo intermedio entre autoridad legal e ilegal, “los bélicos” llegaron a ser secretarios de seguridad del estado de Guerrero. Nada sorprendente en el país de Genaro García Luna y Felipe Calderón. Se encargaban de cobrar venta de protección, extorsiones, y levantones para el crimen organizado. El informe de la Comisión sobre Ayotzinapa nos recuerda tan sólo que Víctor Jorge León Maldonado, el coordinador general de la SIEDO de Eduardo Medina Mora como procurador, integró mal la averiguación que permitió la liberación de Salomón Pineda, acusado de atacar a los normalistas. Después, el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, lo invitó a ser el subprocurador del estado. Esos eran los policías como brazo ejecutor del crimen. No hay por qué considerarlos por separado.

El Ejército tenía espiados los movimientos y comunicaciones de los estudiantes de Ayotzinapa desde 2010, mediante el programa Pegasus. Para ellos, eran subversivos y los trataron con planes de contrainsurgencia. Por haber inflitrado a tres estudiantes, entre ellos a Julio López Patolzin, que llevaba dos años dentro del internado normalista, los militares sabían de las movilizaciones, los debates, los apodos, los nombres y procedencias de los demás alumnos y maestros. El teniente de infantería, Francisco Macías Barbosa era a quien reportaban en el 27 Batallón. Éste recibía órdenes directas del Coronel José Rodríguez Pérez. El Comandante de la 35 Zona Militar en Chilpancingo, el General Alejandro Saavedra, estaba al tanto de todas las comunicaciones en tiempo real. Después de Ayotzinapa, el secretario de la defensa, Salvador Cienfuegos, pensó en él como su sucesor, y así se lo pidió al Presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, pero él se negó.

A las 7 y cuarto de la tarde, los normalistas toman un autobus Costa Line que venía de Acapulco. A las 8 otros negocian con un chofer en la central camionera de Iguala pero se niega a manejar a la Normal. Una hora más tarde, llegan los estudiantes que se habían quedado boteando en la caseta de Iguala y en Rancho de la Cura. Recorren los andenes en busca de otro camión que les de chance. Se les permiten dos autobuses de Costa Line y uno de Estrella Roja. Antes de subirse a los camiones, es la última vez que estarán juntos. A eso de las nueve 25 de la noche salen en cinco autobuses rumbo a su escuela. Pero la policía estatal comienza a seguirlos. Le disparan a uno y se detiene en la carretera Iguala-Chilpancingo. Otro, es detenido debajo del puente con rumbo al Palacio de Justicia. A los otros tres, un operativo policiaco de bloqueos les impide dar vuelta a derecha o izquierda por la Calle Juan N. Álvarez. Cuando los estudiantes pretenden mover una de las patrullas atravesadas, un balazo le da en la cabeza al normalista de 19 años, Aldo Gutiérrez Solano. Es entonces que las policías desatan una balacera indiscriminada contra los autobuses. Algunos tienen 96 impactos. Los estudiantes se comunican con sus compañeros en Tixtla y Chilpancingo para pedir ayuda. Un personaje que el informe identifica como “El Caminante” sirve de enlace entre los policías que disparan y los “halcones” de “Guerreros Unidos”. Es en ese momento que el subdirector de la policía de Cocula, César Nava González, se desplaza hacia el tiroteo en Iguala sin que nadie se lo ordene. También lo hace el director de policía de Huizuco, Javier Nuñez Duarte con sus dos hijos, Celedonio y Ariel, en cinco camionetas con casi la mitad de los policías del municipio, que son 89. Son los que hacen las detonaciones contra un camión del equipo de futbol Avispones y contra unos taxis, y participan en el ataque al autobus de los estudiantes en las inmediaciones del Palacio de Justicia. Mueren un jugador, el chofer del autobus del equipo de futbol, y una pasajera del taxi. También se apersonan hasta ahí los policías federales. Su jefe, Victor Manuel Colmenares Campos y sus oficiales, Luis Dorantes y Emmanuel de la Cruz Pérez Arizpe, justo en el puente, cobijados de las cámaras de videovigilancia. “Guerreros Unidos” bloquea las carreteras a Chilpancingo y hacia Teloloapan. Entonces tenemos que se instala un cerco a los autobuses por parte de los policías, desde las 9 y media de la noche hasta casi las once. Dentro de ese sitio se dispara a civiles desarmados. Están heridos, tumbados boca abajo en las calles, esposados. Esa noche hay 6 asesinados por las fuerzas policiaco-sicario. Hay 40 heridos de bala. En la clínica Cristina, un capitán del ejército, José Martínez Crespo, toma nota de los heridos, les pide identificaciones, y se va. Durante todo el episodio homicida, el ejército patrulló vigilando el evento y lo comunicó en tiempo real. El CISEN de la secretaría de Gobernación de Osorio Chong también lo estuaba monitoreando.

La desaparición de los 43 es una orden. Algunos de los normalistas que están detenidos a las once y media de la noche en la barandilla de Iguala, son sacados por los policías de Cocula. Son desaparecidos. Se les va separando en grupos, de diez, de quince, para irlos moviendo en camionetas, con los policías vestidos de civiles. Los normalistas que alcanzan a escapar por un cerro se unen a los maestros de la Coordinadora en Guerrero, la CETEG, y organizan una conferencia de prensa pasada la media noche. Quince minutos dura su aparición porque llegan disparando sicarios de “Guerreros Unidos” y asesinan a dos normalistas que acababan de llegar de Tixtla en apoyo a sus compañeros. Uno corre por la calle Juárez, Julio Cesar Mondragón, a quien después se encontrará sin rostro. Son “Los Bélicos”, el grupo de élite policiaco, el que se encarga de las desapariciones. Son las 3 de la mañana cuando se da esa orden. La da alguien desde la ciudad de México, un “licenciado”, llamado el A1, que promete que todo se va a enfriar rápido. Son asesinados, despedazados, y puestos en bolsas que se dispersarán en las siguientes horas en las inmediaciones de Iguala y, otros, cremados en las dos sedes de funeraria “El Ángel”. Luego, las bolsas se disgregan en pozos de minas, cerros, y dentro de las instalaciones del ejército en Guerrero. A quienes participan en esta monstruosidad, se les prometen cinco mil pesos extras. Un grupo de seis jóvenes que están en un lugar oscuro llamado La Bodega Vieja permanecen con vida todavía hasta el 30 de septiembre. Hay evidencias telefónicas de que muchos de los cuerpos, llamados “paquetes”, son llevados al cuartel del 27 Batallón del ejército. Ahí, el Coronel José Rodríguez Pérez, los resguarda. Los batallones y zonas militares cuentan con crematorios. A pesar de que uno de sus inflitrados, Julio López Patolzin es uno de los desaparecidos, el ejército no hará nada por rescatarlo, como ordena su protocolo y código militares. El secreto es más potente que la institución.

El día siguiente comienza la otra historia de Ayotzinapa: la del encubrimiento de lo que había sucedido. A eso se le llamó “la verdad histórica”. Se trata de hacer pasar a las víctimas como narcotraficantes. Se inventa una versión en la que el encargado de la toma de los autobuses por parte de los estudiantes, Bernardo Flores Alcaraz, a quien apodaban “El Cochiloco” —por la película El infierno—, era parte del cartel enemigo, “Los Rojos”, así como el mismísimo director de la normal “Isidro Burgos”, José Luis Hernández Rivera. Las declaraciones son obtenidas mediante tortura. El 27 de octubre, la Marina graba con un dron cómo el Procurador Jesús Murillo Karam y el Tomás Zerón, el encargado de la investigación criminal en el país, siembra bolsas con restos en un basurero de Cocula, encienden un fuego para, después, dar paso a los forenses que acrediten la escena. Lo que vimos en marzo pasado fue el video de la Marina expuesto por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, el GIEI, donde se comprueba que se fabricó una escena del crimen que iba a ser ratificada como real por los miembros de “Guerreros Unidos” bajo tortura física y amenazas. 77 de esos saldrían libres, sin que el juez de Tamaulipas, Samuel Ventura Ramos, investigara quién y por qué los había torturado para declarar contra los normalistas desaparecidos y asegurar que los 43 había sido incinerados en un basurero. Otra magistrada, ahora de Guerrero, mandó destruir los videos de vigilancia tomadas por las cámaras callejeras en el Palacio de Justicia la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014. A esto se le acompañó de una película, libros, y cientos de columnas y primeras planas en los principales medios de comunicación. 26 testigos de los hechos murieron en el transcurso de estos ocho años, incluyendo al jefe de “Guerreros Unidos”, Mario Casarrubias Salgado. Hasta el jefe de gobierno en la ciudad de México, Miguel Ángel Mancera participa del encubrimiento: el 20 de noviembre de ese año, ordena que el cuerpo de granaderos embista a una multitud de 220 mil personas que nos manifestábamos en el Zócalo capitalino.

La orden de la desaparición la dio alguien llamado A1. El encubrimiento fue ordenado por el Procurador Murillo Karam que manufacturó una escena de un crimen y una historia de narcotraficantes en un municipio del sur pobre de este país. En esos días, el gobierno de Peña Nieto celebraba en Guadalajara el Día Mundial del Turismo, enaltecía los discursos del Presidente en Naciones Unidas, el secretario de Hacienda, Luis Vidergaray, era nombrado ministro de finanzas del año por la revista Euromoney. La idea era darle vuelta a la página. El 5 de diciembre del año de la desaparición, Peña Nieto declara: “Superemos esta etapa de dolor y demos un paso adelante”. Un mes después, delante de los rectores de las universidades, insiste: “Este instante de pena, tragedia y dolor, no puede dejarnos atrapados. No podemos quedarnos ahí”.

Esta columna contiene la pregunta por los motivos de Ayotzinapa. El informe presentado por el subsecretario Alejandro Encinas, implica que, en el llamado “quinto” camión había una “mercancía” que les importaba a los criminales. Quizás droga, quizás dinero. Se insiste en que, en un retén de sus adversarios en Puebla, unos meses antes, se habían perdido paquetes de heroína por un valor de 30 millones de dólares. El otro motivo que aduce el Informe es que los “Guerreros Unidos” creyeron los autobuses de los normalistas eran de un grupo rival que les disputaba el control de la zona minera recién conquistada. Lo cierto es que, para saber el motivo, hay que recurrir a la historia.

Una mañana del 28 de junio de 1995, cuando a Guerrero lo gobernaba un compadre del Presidente Zedillo, Rubén Figueroa Alcocer, unos campesinos que cultivaban café tomaron unos camiones para ir a Coyuca de Benítez para participar en un mitin que exigía que los apoyos al campo se cumplieran. Un grupo de policías judiciales, les paró el alto, y los bajó de los camiones de carga. Una vez sometidos, los fusiló. Ahí murieron 17 campesinos desarmados de la Organización Campesina Sierra del Sur. Tras matarlos y herir a 40 más, la policía judicial les sembró armas a los cadáveres para que pareciera un enfrentamiento. El motivo fue tan difuso como el de Ayotzinapa: desprecio por los pobres, incredulidad de que su muerte tendrá repercusiones, certeza de que, desde las altas esferas de la autoridad, se puede fabricar y comprar la verdad.

13.8.22

La espada de Bolívar

Fabrizio Mejía Madrid

Tras la toma de protesta de Gustavo Petro como presidente de Colombia, leí distintas críticas a su decisión de ordenar devolver al pueblo la espada de Bolívar que su organización política, el M-19, había decidido extraer hace casi medio siglo. De los oligarcas, leí que los guerrilleros habían "robado una pieza del patrimonio nacional", que eran terroristas, y que Petro se preparaba –desde el primer día de asunción– para perpetuarse en una dictadura. De los liberales leí que no se podía llamar a la paz y a un acuerdo nacional si se usaba como símbolo un arma. De los monárquicos, que el rey de España no tenía por qué levantarse de su silla al ver pasar una espada "que era del dictador Simón Bolívar". Algunas feministas criticaron el carácter "fálico" de quien tiene una vicepresidenta afroamericana y que anunció un plan contra la violencia a las mujeres. Me parece que, quien ignora la historia de la espada de Bolívar, cae con facilidad en una incomprensión presentista. No es la espada. Es lo que significa hoy para los colombianos. Esta es su historia.

La idea de sacar de su letargo la espada de Bolívar en Colombia y "devolverla a la lucha" provino del ejemplo de los Tupamaros que habían expropiado la bandera del libertador de Uruguay, José Artigas. Fue un 16 de julio de 1969. En Colombia, entre el 14 y el 17 de enero de 1974, Jaime Bateman y Luis Otero Cifuentes pagan unos anuncios publicitarios en El Tiempo de Bogotá con un mensaje que parece de una medicina: “¿Parásitos… gusanos?… espere, M-19.” La última inserción pagada en el diario coincide con la extracción de la espada de la Quinta Bolívar a la hora del cierre, a las cinco de la tarde. Al tomarla, El Turco, Álvaro Fayad se sorprende de lo pequeña que es ya en su mano, en comparación a cómo la imaginaba. Antes de llevársela, deja un mensaje: "Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Y apunta ahora a los explotadores del pueblo". Fue el nacimiento del M-19, una guerrilla bolivariana, anti-imperia-lista, pero no necesariamente marxista ni guevarista. Bateman y Otero habían pertenecido al Partido Comunista colombiano, pero se habían salido. De hecho ellos se decían, más bien, "comuneros". Al tomar la espada de Bolívar y retenerla durante 17 años, sin que la policía pudiera jamás reapropiársela, el M-19 la regresó al espacio popular: primero estuvo "donde unas putas", envuelta en una jerga; luego, estuvo guardada por el casi octogenario poeta León Grieff, en su casa del barrio de Santa Fe, en carrera 16-A, número 23-35. Grieff era un personaje del "gótico tropical", del "vanguardismo académico", que decía de sí mismo que su estado civil era "casado, bígamo y trigémino" y que: Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa / dicen que soy poeta… cuando no / porque iluso /suelo rimar –en verso de contorno difuso– /mi viaje byroniano por las vegas de Zipa. Con él estuvo la espada de Bolívar hasta 1976, año en que el poeta murió:

–¿Sufre mucho, don León?–, le pregunta una comandante de la guerrilla.

–Sufre mucho el hombre hace 2 mil años.

Después del 23 de abril de 1976, la espada pasa a ser el fondo de un sofá que se construye en torno a ella. Sobre ella se sienta a escribir otro viejo poeta, Luis Vidales: Este solar de tierra de Colombia nos duele / con un dolor de aquellos que no es grito ni grita (…) Usamos este amor para tomar fuerza en la vida, / porque no hay mayor belleza que la utilización de las cosas. / Lo usamos como se ama la aparición del día / y porque no le estamos pidiendo explicación a la aurora.

Vidales había dirigido el Partido Comunista colombiano entre 1932 y 34 pero se alejó decepcionado de su dogmatismo para apoyar con el periódico Jornada al candidato Jorge Eliécer Gaitán. Cuando el líder es asesinado aquel 9 de abril de 1948, Vidales escribe, al día siguiente: "¡Se les cayó el muerto encima! Era pesado el cadáver, y cayó como el inmenso cedro, dejando un gran boquete en la selva." El boquete se haría más y más grande, con una violencia que duraría casi medio siglo. Vidales entra en la clandestinidad para seguir publicando pero termina por exiliarse durante 11 años en Chile, después de que un militar de apellido Huerta lo lleva vendado a una mazmorra militar para interrogarlo sobre la espada.

A inicios de 1979, recuperar la espada se convierte en una prioridad de la contrainsurgencia colombiana. Torturado, el dirigente del M-19, Cali Iván Marino Ospina, les relata el mito que el ejército cree a medias: que la fraguaron en un bloque de cemento y la tiraron al río Magdalena, es decir, al caudal que cruza todo el país de sur a norte. No es así: envaselinada, envuelta en estopa con alquitrán –para evadir el olfato de algún perro policía–, es llevada por los dirigentes del M-19, en un Renault fuera de Bogotá. Bateman, El Turco Fayad, y Carlos Toledo Plata, el "médico del pueblo", se toman una sesión fotográfica con ella. Pero la represión que se viene contra los civiles que la han cuidado, que incluye a un político prominente en su jardín, decide a los guerrilleros a sacarla del país para esconderla en Cuba. Por eso la enigmática frase de Navarro Wolf: "Sabemos llegar a ella, pero no dónde está". Como instrumento simbólico, y tras el desastre de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, los comandantes deciden que debe estar en la patria de Bolívar, es decir, por toda América Latina. Hacen 12 copias y las reparten por todo el continente: a México llega para el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo; a Argentina con las Madres de la Plaza de Mayo; a Panamá con la familia de Omar Torrijos. Mario Benedetti y Eduardo Galeano no la reciben, aunque están en la lista de lo que se llamó "la Orden de la espada", que incluía un pergamino, la idea de unos centros culturales, y una promesa que no alcanzan a ver los que creen que es un objeto "robado" o un "falo patriarcal" o símbolo de guerra.

No lo es: regresa la espada a Colombia cuando el M-19 decide deponer las armas y hacerse partido político. El último día de enero de 1991 queda resguardada en el banco de la República, por órdenes del presidente César Gaviria. La entrada del movimiento armado a la vida político-electoral se firma junto con una Constitución que incorpora los derechos sociales en ese año. Es la Constitución de la que Petro leyó el primer artículo en su toma de posesión, porque nunca se aplicó.

La espada es disidencia de izquierdas, poetas comprometidos, signo de los latinoamericanos, ofrenda de paz y derechos. Pero hay que conocer su viaje para poder empuñarla.

8.8.22

EU y la geopolítica del petróleo II

Carlos Fazio

Con prepotencia y desdén, la diplomacia de fuerza de la administración Biden circula por varios carriles. Es la ventaja de ser un imperio. Después de desatar una guerra por delegación contra Rusia en Ucrania para apropiarse el mercado de hidrocarburos en Europa y subordinar más a Alemania, acaba de cruzar una línea roja con China con la provocación estilo Pearl Harbor o golfo de Tonkin protagonizada por la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, con su visita a Taiwán. En un esfuerzo por conservar la declinante hegemonía imperial en el orbe, el Estado profundo que controla los hilos de la Casa Blanca ha decidido intensificar las hostilidades contra las dos potencias balísticas nucleares euroasiáticas dotadas de materias primas y tecnología avanzada, lo que podría generar un conflicto a gran escala.

Combinada con la deliberada cuasi paralización de la economía mundial de los regímenes covid, la guerra de "sanciones" de EU y la OTAN contra Rusia llevó al mercado energético europeo a una fase de alarma y potenció una recesión e inflación en la zona del euro de grandes proporciones que podría recrudecer el próximo invierno. El gran ganador de la debacle energética europea fue EU, que por primera vez en la historia se convirtió en el principal exportador de gas natural licuado (GNL) del mundo, superando al transportado por los gasoductos rusos. En abril de 2022, Francia, España, Reino Unido, Países Bajos y Polonia representaron 54.1 por ciento del total de las exportaciones de GLN de EU. En adición al alto precio del gas (seis o siete veces superior a la cifra normal y que necesitan para calentar sus hogares y suministrar energía a las empresas), esos cinco países europeos deben pagar 40 por ciento más por el GNL por procesamiento y transporte.

A largo plazo, el objetivo de la administración Biden es destruir el papel central de Rusia en la economía energética mundial. En 2021 Rusia fue el segundo productor mundial de petróleo (536 millones de toneladas), detrás de Estados Unidos (711 millones) y por delante de Arabia Saudita (515 millones), lo que en masa significa, respectivamente, 13, 17 y 12 por ciento de la producción mundial. La imposición de las "sanciones secundarias" que castigarían a los compradores extranjeros que no cumplan con las restricciones de EU, podría bloquear la posibilidad de hacer negocios con empresas estadunidenses a China, India, Turquía y otros países que compran hidrocarburos rusos.

A corto plazo, el principal perdedor de las sanciones coercitivas de EU y la OTAN para provocar un cambio de régimen en el Kremlin y desvincular a Rusia de la economía mundial es Alemania. Desde la caída del muro de Berlín y el colapso de la URSS, Alemania había venido construyendo un bloque de economías interdependientes que agrupa, en su flanco occidental, a Austria, Suiza, Bélgica y Holanda, y en el oriental, a República Checa, Eslovaquia, Hungría, Polonia y Eslovenia, con diferentes roles, con Alemania como centro hegemónico. Eso convirtió a Alemania en la tercera potencia económica del mundo, detrás de EU y China, país que se convirtió en el principal socio comercial germano. Asimismo, círculos industriales teutones habían creado sinergias entre China, Rusia, Kazajistán y Ucrania, con el objetivo de integrar estados que reunieran zonas logísticas, productivas y exportadoras de energía, e importadoras de bienes industriales de China y Alemania. Rusia, con sus gasoductos Nordstream 1 y 2, fungía como el conector indispensable entre China y Alemania. Además, Rusia abastecía al "bloque alemán" de cereales, fertilizantes, níquel, uranio y metales "críticos" como titanio, escandio y paladio. La subordinación a EU obligó a Alemania a debilitar sus lazos con China y cerrar sus canales de comunicación con Rusia, lo que reducirá su rol subimperial en Europa.

Ante la escasez de hidrocarburos derivada de la política de caos mundial impulsada por EU −que llevó a Francia, Alemania, Italia y Austria a regresar al uso de carbón, exhibiendo la estafa retórica sobre la "transición verde"−, Washington y Bruselas debieron recurrir a dos países productores integrantes del "eje del mal" para que rescaten al "mundo civilizado": Irán y Venezuela, que han logrado sobrevivir a años de medidas coercitivas ilegales.

En el marco de la geopolítica del petróleo estadunidense el caso venezolano es paradigmático. Venezuela, con las reservas de hidrocarburos probadas más grandes del mundo, logró derrotar un gol­pe de Estado del Pentágono y la CIA en 2002 y a sucesivas modalidades de guerra no convencional (de cuarta generación, híbrida, cognitiva, cibernética, golpe blando, guerra económica-financiera, cultural y mediática), incluidos intentos de magnicidio contra el presidente Maduro, la confiscación de cuentas de PDVSA (la petrolera estatal) en el exterior y el secuestro de los activos físicos de su filial CITGO.

Como acaban de admitir de manera cínica el ex asesor de Seguridad Nacional John Bolton y el ex secretario de Defensa Mark Esper, ambos participaron en los planes de Trump para derrocar a Maduro e incluso asesinarlo. En su libro A Sacred Oath ( Un juramento sagrado), Esper detalla la Operación Centinela para interceptar barcos iraníes y venezolanos en alta mar como parte del bloqueo petrolero y naval del Pentágono contra ambos países e impedir las relaciones comerciales y de intercambio de tecnología petrolera entre ambas naciones. Con la intención de destruir la estructura e infraestructura energética venezolana, Esper revela que durante una reunión con el presidente pelele Juan Guaidó en Washington, en febrero de 2020, se contempló una invasión militar directa de EU; el robo del petróleo venezolano en aguas internacionales; el bloqueo naval a Cuba y Venezuela aunque fuera un "acto de guerra" bajo la legislación internacional, y un ataque militar aéreo o anfibio con tropas especiales de EU al estratégico Complejo Industrial Petrolero y Petroquímico José A. Anzoástegui, en el oriente de Venezuela. Exhibe, también, la participación del ex consejero de Seguridad Nacional, Mauricio Claver-Carone (hoy titular del BID), en la fracasada Operación Gedeón, el 3 de mayo de 2020, con mercenarios y ex marines estadunidenses.

Colofón: como dijo el viernes 5 de agosto Donald Trump para golpear a Biden, ahora "somos una nación que mendiga petróleo a Venezuela, Arabia Saudita y muchos otros".