Jose Romero
Uno de los rasgos más persistentes de la política mexicana es el temor
estructural de sus funcionarios a contradecir, incomodar o incluso
malinterpretar la voluntad de Estados Unidos. No es un miedo irracional
ni una cobardía individual, sino una conducta aprendida y normalizada.
Nace de la historia, se refuerza con la dependencia económica y se
reproduce en una élite formada bajo la lógica del poder dominante. Lo
que se dice, se calla o se decide frecuentemente se filtra según lo que
Washington puede tolerar.
La raíz es profunda. Tras la guerra de 1846-1848, México perdió más de
la mitad de su territorio y quedó marcado por una relación desigual con
su vecino del norte. En el siglo XX, esa subordinación se expresó desde
la ocupación de Veracruz en 1914 hasta las presiones tras la
expropiación petrolera de 1938. En los 80, la crisis de la deuda colocó
al país bajo la tutela del Tesoro estadunidense, el FMI y el Banco
Mundial. Fue el inicio de un condicionamiento sofisticado pero
limitante.
El TLCAN, firmado en 1994, profundizó esa lógica. Presentado como un
acuerdo entre iguales, en la práctica insertó a México en las cadenas de
valor de Norteamérica como proveedor de bajo costo. Hoy, más de 84 por
ciento de nuestras exportaciones va a Estados Unidos, las remesas
alcanzaron 63 mil 300 millones de dólares en 2023 –4.1 por ciento del
PIB–, y 95 por ciento provino de connacionales en Estados Unidos. Más de
50 por ciento de la inversión extranjera es estadunidense y más de 70
por ciento del sistema bancario opera con capital extranjero. Esta red
de vínculos configura dependencia: cualquier gesto de autonomía se
percibe como amenaza.
En ese contexto, las represalias comerciales o diplomáticas no necesitan
concretarse para surtir efecto. México se anticipa y se regula a sí
mismo. Basta con la expectativa. El país actúa como si ya hubiese sido
reprendido, incluso antes de decidir por sí mismo.
Pero el miedo no es sólo económico. También es expresado en lo simbólico
y cultural. Una gran parte de la élite política y técnica se formó en
universidades y organismos multilaterales moldeados por Estados Unidos.
Esto engendró un "colonialismo académico" que no impone dominio por la
fuerza, sino por legitimidad intelectual. Incluso quienes estudiaron en
instituciones nacionales lo hicieron bajo la tutela intelectual de
profesores formados en el extranjero, herederos de visiones ajenas. Si
algún funcionario o analista propone una postura que no encaja con lo
que Washington o los mercados esperan, se le considera ingenuo o poco
profesional. El alineamiento ya no se impone desde el exterior: se
introyecta, se normaliza y se convierte en sentido común. Así surge una
élite que no sólo teme contradecir a Washington, sino que ni siquiera
puede imaginar una alternativa.
En este marco, la política exterior mexicana ha sido reactiva. Se
practica una política de "no molestar": ni a Washington ni a los
mercados, tampoco a organismos internacionales. Las decisiones no se
toman por el bien de México, sino para no incomodar actores externos. Y
así, la soberanía se disuelve en los márgenes invisibles de la
prudencia.
Un caso revelador fue la amenaza de Trump en 2019 de imponer aranceles
de 5 por ciento si no se contenía la migración. En menos de 48 horas,
México desplegó a la Guardia Nacional y aceptó, de hecho, ser "tercer
país seguro". No hubo defensa jurídica ni consulta al Congreso: sólo
acatamiento automático.
Esta lógica persiste. Hoy el gobierno enfrenta nuevas formas de
coacción: amenazas arancelarias, exigencias en seguridad, presiones por
el fentanilo, restricciones agrícolas y reglas sobre aviación
internacional. Bajo el T-MEC, las decisiones internas se evalúan desde
el exterior por supuesto cumplimiento. Se exige cooperación, pero casi
nunca negociación. México sigue operando en el margen del miedo, no del
interés propio.
Sin embargo, sí existen márgenes para mayor autonomía. México no
pertenece a alianzas militares ni enfrenta sanciones y conserva posición
diplomática gracias a su neutralidad. Tiene ubicación geoestratégica,
acceso a dos océanos, frontera con la principal economía del mundo y
relaciones crecientes con América Latina, Asia y Europa. Existe
capacidad para diversificar alianzas y mercados. Lo que falta no es
permiso, sino voluntad política e instituciones capaces de sostener una
estrategia propia.
Hace falta una política industrial como auténtica estrategia de
transformación productiva nacional. Esto exige articular políticas
financieras, cambiarias, fiscales, comerciales, tecnológicas y de
formación de capacidades. En el centro deben estar las empresas
mexicanas, con la inversión extranjera en una posición periférica y
regulada. El objetivo es construir un aparato productivo nacional, con
valor agregado, empleo calificado y soberanía económica. Para ello, se
requiere un proceso de innovación acumulativa mediante el aprendizaje
del propio sector manufacturero. Las empresas mexicanas deben aprender a
producir por sí mismas, dominar tecnología y dejar la dependencia
externa. Eso es lo que ha faltado en los últimos 43 años: una estrategia
de largo plazo para fortalecer nuestras capacidades internas de
producción, innovación y autonomía tecnológica.
Persiste un temor paralizante: el de violar compromisos del T-MEC o
provocar represalias transitorias. ¿Para qué seguir cuidando normas de
un tratado que, en los hechos, ya está muerto? Fue presentado como entre
iguales, pero firmado entre países profundamente desiguales. Ha
funcionado como una arquitectura jurídica de subordinación más que como
marco de cooperación. Hoy opera como instrumento de presión unilateral.
Ese miedo inhibe cualquier intento serio de regulación o impulso al
capital nacional.
Ese miedo no se vence con discursos abstractos. Se supera con banca,
industria y ciencia nacionales; con universidades comprometidas con el
desarrollo y desvinculadas del tutelaje extranjero. Hace falta una élite
que piense desde México, con mirada crítica y compromiso con el bien
común. Hoy existen condiciones políticas, respaldo popular y legitimidad
institucional para dar ese paso. El cambio no será inmediato. Requerirá
años, quizá décadas, pero debe comenzar hoy. Hoy, ante un nuevo ciclo
político, esa decisión no puede seguir postergándose. La soberanía no se
decreta: se construye paso a paso, con visión y voluntad. Recuperarla
exige que rompamos los automatismos del miedo y nos atrevamos a pensar
con voz propia.
27.7.25
Ni iguales ni soberanos: la política del miedo
22.5.24
Plan C
Fabrizio Mejía Madrid
“Lo que realmente importa es lo sucedido con el Poder Judicial en
este sexenio y por el cual estamos llamando a votar masivamente
con el Plan C, a lo que Camín y Krauze llaman con ligereza
‘autoritarismo'”.
Empezaré por el desplegado de Enrique Krauze y Aguilar Camín en el
que apoyan a Xóchitl Gálvez. El manifiesto urgente que llama
“integrantes de la comunidad cultural” lo mismo a ex funcionarios
del gobierno de Fox y de Calderón que a los fabricantes de mentiras
desde la Operación Berlín, y hasta a quien fundó una editorial de
poesía con el dinero que le pagó Raúl Salinas de Gortari por
publicarlo, Mendiola. No dejo de lado al vocero del propio Carlos
Salinas cuando fue presidente, Carreño, o a la neutral académica que
elaboró las preguntas sesgadas del INE en el primer debate
presidencial, Reguillo. En muchos casos, estos serían parte de una
“comunidad cultural”, sólo si pensamos que la corrupción es cultura.
Al manifiesto le veo, al menos, tres contradicciones: una es que
llaman a votar por el PRI y el PAN para que no haya una “regresión
autoritaria”. Pues, ¿qué no es el PRIAN el régimen del
autoritarismo, el Partido Único, los fraudes electorales, el saqueo
descarado? Los historiadores nos llaman a votar por Alito Moreno y
Manlio Fabio Beltrones, porque no vaya a ser la de malas que
regresemos a los tiempos del PRI. La siguiente es que se quejan de
la polarización pero ellos mismos promueven. Dicen los firmantes del
manifiesto a favor del PRIAN: “Las elecciones de junio serán una
confrontación entre autoritarismo y democracia. La opción
democrática está representada por Xóchitl Gálvez”. ¿Así o más
polarizados los historiadores? Imagínense si esto fuera cierto: más
de 30 millones de votantes de Claudia Sheinbaum estaríamos votando
por el autoritarismo. Y los electores de Máynez estarían flotando en
el aire de la deriva del alma. Sólo los 10 o 12 millones de votantes
de Xóchitl serían auténticos demócratas. ¿Cuál es el rasero? Pues
que están de acuerdo con Krauze y Camín. La democracia soy yo. No
hay más ruta que la nuestra. Y la tercera contradicción de su
manifiesto es que hablan de polarización y fueron ellos mismos, los
intelectuales de Nexos, Letras Libres y la élite de la UNAM, los que
llamaron a eliminar la pluralidad y concentrar todo en la alianza
PRI-PAN-PRD. Si eso no es eliminar la pluralidad, no sé qué es. Pero
ellos mismos lo advierten y, entonces, le dan una barnizada al hecho
de que votar por Xóchitl es votar por el PRI, Ricardo Anaya, Lilly
Téllez, y Jesús Zambrano. Dicen con un alto nivel poético: “Apoyamos
la pluralidad multicolor de la oposición”. Pero se equivocan, otra
vez. No es un asunto de cuantos colores tienen los partidos, sino de
qué se trata de su única y solitaria opción electoral, donde no hay
ni siquiera un proyecto sobre el que se hayan puesto de acuerdo
entre tantos multicolores. Para que haya pluralidad no es necesario
que tengan muchos logotipos —la pluralidad no es diseño gráfico—
sino que se expliciten los principios, programas de cada uno. En el
caso del PRIAN esto no existió y en lo único que pudieron ponerse de
acuerdo fue en que ellos representaban la democracia y, por
consiguiente, 8 de cada 10 mexicanos que apoyamos al Presidente
López Obrador, somos “autoritarios”. Ahora representan, también, el
colorido, la paleta, los tintes, las tonalidades, la vistosidad de
su candidata que, hace muchos meses, se declaró daltónica.
Pero hasta aquí con el célebre manifiesto de su “comunidad
cultural”. Lo que realmente importa es lo sucedido con el Poder
Judicial en este sexenio y por el cual estamos llamando a votar
masivamente con el Plan C, a lo que Camín y Krauze llaman con
ligereza “autoritarismo”. Lo que ha sucedido es que la Suprema Corte
ha cambiado en los hechos el régimen político del país al usurpar
las facultades del poder legislativo. Esos ministros a los que nadie
vota, suplantaron al Congreso de la Unión en estos seis años de
obradorismo. Lo ha dicho Lenia Batres, la ministra de la Suprema
Corte: esta instancia ha anulado 74 leyes aprobadas por el Congreso
de la Unión. Para dimensionar esto, hay que recordar que en el
sexenio de Zedillo, que jubiló de un plumazo a toda la Suprema Corte
el primero de enero de 1995, nunca le anularon una sola ley; en el
de Fox, 3; con Calderón, 7; y con Peña, 16. La Corte desaprobó esa
cifra de 74 leyes votadas por mayoría en las Cámaras de diputados y
senadores, con un argumento tramposo, inconstitucional: que no se
debate lo suficiente. Inventaron para ello que los jueces deberían
proteger algo llamado “democracia deliberativa”, que no existe en
nuestra Constitución y menos en la realidad, si recordamos que la
propia opisición del McPRIAN se negó a siquiera leer las iniciativas
que mandaba el Presidente López Obrador en su “moratoria
legislativa” que —por cierto— apoyaron los abajofirmantes de la
“comunidad cultural”. Entonces, si la oposición se negó a debatir y
la mayoría electa democráticamente votó las 74 leyes, ¿por qué usa
la Corte aquello de que no se discutió suficiente? El invento es
notable porque sirvió para anular las decisiones del Congreso
electo. Lo que hizo la Suprema Corte fue tomar un artícul, el 26
constitucional, que tiene que ver con la planeación del estado y los
programas nacionales de desarrollo, y decir que eso se refiere a las
cámaras de diputados y senadores. Y no, se refiere a la economía, a
la planeación en la que deben participar los afectados en las
comunidades, por ejemplo, donde se planean minas de cielo abierto o
desviación de ríos, es decir, está hecha para proteger a las
minorías sociales, no al PRIAN. De hecho, el término fue inventado
por el filósofo alemán Jürgen Habermas para contrarrestar las
decisiones que se dicen “puramente técnicas” de la élite experta.
Habermas se refería a la “democracia deliberativa” en la sociedad
alemana e instaba a los medios de comunicación a dar información
suficiente para formar una opinión pública racionalista, donde no
intervengan las emociones. Es por eso, por ahistórica, que la
“democracia deliberativa” de Habermas cayó hace décadas en desuso
porque, como podemos atestiguar todos los días, la política no
separa razón y emoción, sino que potencia ambas. La idea de Habermas
es un modelo racional en un mundo en el que no existen conflictos ni
deseos, ni articulaciones colectivas de cómo uno quiere que sea su
país, sino unos solitarios ciudadanos que usan la información para
tomar decisiones muy racionales. Según el filósofo alemán la
democracia deliberativa llegaría a una “suave coacción” del mejor
argumento. Pero esa idea está desconectada de la práctica y de la
historia. Es un modelo. Pero, aún si la Constitución tuviera ese
modelo, el artículo usado por la Corte no se refiere a las sesiones
de las cámaras, ni al tiempo que le dedicaron a discutir las leyes,
sino a otra cosa completamente distinta: la economía, la planeación
de industrias que debe tomar en cuenta a las comunidades que afecta
y que éstas puedan tener una voz en esas discusiones. Es decir, se
refiere a algo que la Suprema Corte desdeña, junto con el resto del
bloque opositor: las consultas populares. “La justicia no se
consulta”, sentenció el magistrado de las empresas eléctricas
extranjeras, Laynez Potisek.
En realidad, más allá de la usurpación de funciones que hizo la
Corte del Congreso legislador, hay otra suplantación de las minorías
reales, las sociales, sustituyéndolas por las minorías millonarias,
como Iberdrola, las mineras canadienses, Bonafont, Coca Cola, y
Bimbo. Esto lo hemos visto cada vez que la Suprema Corte anula una
ley del Congreso: considera minoría a la élite económica
trasnacional. Esta suplantación si arde porque la “democracia
deliberativa” estaba concebida en Alemania para proteger a los
obreros y los campesinos, no a los corporativos globales. Estaba
pensada contra la decisiones técnicas de los expertos que afectaron
la vida de millones, a favor de una argumentación que, según
Habermas, podía arrojar resultados racionales. No eran para el
PRIAN.
Sujetar al escrutinio judicial los actos políticos de los
parlamentarios los condujo a anular 74 leyes en este sexenio para
proteger a una minoría que no es social sino electoral y
parlamentaria. Así, la Suprema Corte se convirtió en el último
recurso de los que no quisieron leer las iniciativas presidenciales.
Por ejemplo, en junio de 2023, cuando el Plan B de la ley electoral
para desaparecer plurinominales, bajar el presupuesto a los
partidos, y terminar con los gastos excesivos de las burocracias del
partidismo, el ministro Laynez Potisek argumentó que los diputados
opositores no “habían sabido cuál iniciativa se estaba votando”,
cuando el que la puso a votación fue su líder, Santiago Creel. Es
decir, la Suprema Corte acabó anulando la ley electoral, el Plan B,
por la distracción de los dipuatdos opositores. Así, en vez de
decidir sobre la constitucionalidad o no de las leyes impugnadas por
el McPRIAN, el magistrado supremo decidió sobre una circunstancia de
despiste, de descuido de la oposición. Imagínense esa “democracia
deliberativa” donde Habermas dijera: “no a ver, se anula esta ley,
estábamos muy distraídos cuando la votamos”. Así se lo dijo la
oficina jurídica de la Presidencia: “El ministro instructor refiere
en su proyecto que hubo una confusión que impidió a los diputados de
las minorías saber qué propuesta se estaba discutiendo. La confusión
que atribuye el ministro Javier Laynez a la oposición es una
apreciación personal que no debería formar parte del análisis de la
constitucionalidad de las normas impugnadas”.
Otro ejemplo, cuando desecharon la ley eléctrica, Aguilar Morales y
Pérez Dayán protegieron un derecho humano que no existe: la libre
competencia. Es como si las empresas eléctricas españolas fueran
individuos o comunidades indígenas y no mega consorcios
multinacionales. Su sentencia dice, entre otras joyas: “el mecanismo
que decide cuáles centrales generadoras de electricidad inyectan
primero su energía a la red nacional transgrede los principios de
competencia y libre concurrencia”. Imagínense lo que tienen en la
cabeza algunos magistrados: todo mundo se conecta a la red de la CFE
y sube sin pleaneación su energía porque la “libre comptencia” es
más importante que sobrecargar la red y que explote. Total. Siempre
va a ser culpa de quien tiene los cables de transmisión que es la
CFE.
De 2019 a 2023, la Suprema Corte emitió 425 sentencias de acciones
de inconstitucionalidad, en 102 de ellas se analizó el tema de
violaciones al proceso legislativo, en 74 sentencias se decretó la
invalidez de leyes, 38 de manera total y 36 de forma parcial, es
decir, que la Suprema Corte actuó como vigilante, no de la
Constittución, sino del procedimiento que impide, en cualquier
democracia, que una minoría suplante a la mayoría electa por el voto
popular.
Pero hay algo más grave que la anulación del poder legislativo por
parte de los jueces. Y es que el 24 de noviembre del año pasado, la
mayoría de los ministros y ministras invalidaron la prisión
preventiva oficiosa para los delitos de contrabando, defraudación
fiscal y las compañías fantasmas. El proyecto fue elaborado por el
ministro Luis María Aguilar, bajo el pretexto de garantizar derechos
individuales y presunción de inocencia. En este caso, de la
inocencia de las factireras y del crimen organizado.
El 23 de agosto de 2023, el ministro Aguilar Morales presentó en la
Segunda Sala un proyecto de sentencia del expediente 386/2023, con
el que buscaba separar del cargo al presidente López Obrador –y de
última hora retiró.
Pero así, también, le dieron el golpe mortal a la investigación de
los desaparecidos de Ayotzinapa. El 14 de septiembre de 2022, Samuel
Ventura Ramos, Juez del Juzgado Tercero de Distrito de Procesos
Penales Federales con sede en Matamoros, Tamaulipas, dictó sentencia
absolutoria por el delito de secuestro a José Luis Abarca,
expresidente municipal de Iguala y presunto autor intelectual del
ataque a los estudiantes normalistas de la Normal Rural de
Ayotzinapa. El 21 de septiembre dé 2022, este mismo juez liberó a 24
policías municipales de Iguala, Cocula y Huitzuco que habían sido
procesados por haber participado en el intento de homicidio contra
el estudiante normalista Aldo Gutiérrez, quien permanece en estado
vegetativo al haber recibido un tiro en la cabeza la noche del 26 de
septiembre de 2014. El 30 de agosto de 2019, este mismo juez Ventura
Ramos dictó sentencia absolutoria en favor de Gildardo López
Astudillo, presunto líder del grupo delictivo “Guerreros Unidos” y
enlace del exalcalde José Luis Abarca, anteriormente procesado por
el delito de secuestro en contra de los normalistas. En total, la
Secretaría de Gobernación señala que el juez Samuel Ventura Ramos ha
dictado 120 sentencias absolutorias de liberación a favor de
presuntos implicados en el Caso Ayotzinapa. De acuerdo con
información de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la
mayoría de las sentencias absolutorias dictadas por el juez Samuel
Ventura Ramos desestimaron de las pruebas argumentando —una vez más—
procedimientos. En este caso, el juez estimó que los torturados para
justificar la “Verdad Histórica”, eran inocentes y no, como dice la
ley, que toda declaración obtenida bajo tortura obliga a reponer el
procedimiento, investigando los actos y los elementos relacionados,
manteniendo vigentes el resto de las pruebas que determinan la
materialidad del delito, al tiempo que debe fincarse la
responsabilidad y castigo a los torturadores. El juez eliminó todo y
los dejó en libertad. Tampoco acusó a los torturadores, es decir,
Murillo Karam y Tomás Zerón. Tampoco obedeció la Ley General de
Víctimas que obliga a las autoridades a tratar preferentemente el
derecho de las víctimas, no el de los criminales. Puede decirse que
ese juez de Matamoros, tamaulipas, reventó por sí mismo la
investigación de Ayotzinapa, con lo cual facilitó que se acusara a
la Fiscalía, a la Secretaría de Gobernación y al propio Presidente,
de no querer resolver el caso y hasta de proteger al ejército. Quien
no tome en cuenta la decisión de Ventura Ramos en esto, es un
malintencionado o muy inocente.
Llegamos así al verdadero carácter de este régimen secuestrado por
el poder judicial. El autoritarismo que señalan los de la “comunidad
cultural” viene del Poder Judicial. Ese es el que no ha dado cuentas
a nadie cuando suplantó al poder legislativo y hasta a la Fiscalía
General de la República, en el caso Ayotzinapa. Eso es lo que hay
que cambiar. No que haya muchísimos colores en los partidos, sino lo
de fondo, el derecho a la justicia de los millones que saldremos
este 2 de junio a votar por el Plan C.
11.12.23
GUERRA ASIMETRICA Y URBICIDIO EN GAZA
Carlos Fazio
Habrá un antes y un después tras la operación Diluvio de Al-Aqsa, de
Hamas, y la ofensiva de retaliación y exterminio lanzada en la franja
de Gaza por las Fuerzas de Defensa de Israel, el 7 de octubre, con el
apoyo político y militar de la administración Biden.
Con el paso de los días el régimen colonial y expansionista de
Benjamin Netanyahu elevó el urbicidio a su máxima expresión.
Interrumpida por una tregua humanitaria de cuatro días, la actual fase
de guerra no convencional urbana, asimétrica, tiene como principal
objetivo declarado exterminar a la resistencia palestina
-singularizada en Hamas con fines de propaganda bélica por el ejército
de ocupación israelí-, enemigo difuso y disperso que se configura a
través de una red de células o unidades pequeñas, semindependientes,
pero coordinadas, que cuentan con una extrema flexibilidad de movimientos.
Hasta el presente, parte de la guerra asimétrica entre Israel (un
ejército de 170 mil efectivos y 360 mil reservistas movilizados,
modernos equipos militares y de inteligencia, y apoyadas por la Fuerza
Delta del Pentágono), y la resistencia palestina (que vive hacinada en
un campo de concentración a cielo abierto y no cuenta con ejército
profesional, marina ni aviación), se manifestaba por el control
absoluto del espacio aéreo por las fuerzas israelíes y el dominio
palestino de la guerra subterránea a través de una red de túneles.
Antes del 7 de octubre, y desde 1948 (cuando se produjo la Nakba
[catástrofe], que dio inicio a la destrucción de la sociedad y patria
palestinas), la ocupación de los territorios árabes por sucesivos
regímenes sionistas de Israel, ha involucrado una serie de procesos de
dominación colonial y ocupación militar que incluye, hasta la
configuración del actual apartheid automatizado, asentamientos de
colonos supremacistas con armamento militar en puntos estratégicos
alrededor de las principales zonas urbanas (como dispositivos
panópticos urbanos [disciplinarios] para dividir el espacio y
controlar las aldeas palestinas, lo que tipifica como crimen de guerra
en virtud del Estatuto de Roma); la construcción de redes de
vigilancia de alta tecnología (como el Cuerpo de Defensa de Fronteras,
que recopila información mediante cámaras, dispositivos de detección y
orientación mediante sensores acústicos, algoritmos informáticos y
mapas, y son responsables de vigilar entre 15 y 30 kilómetros de
terreno las 24 horas del día, proporcionando información de
inteligencia en tiempo real a sus colegas militares en zonas
ocupadas), a lo que se suman francotiradores robóticos capaces de
disparar contra intrusos (como las ametralladoras de inteligencia
artificial desarrollada por las empresas Rafael y Smartshooter, que
pueden disparar granadas aturdidoras, balas de goma y gases lacrimógenos).
Lo anterior se complementa con sistemas interconectados: los muros de
apartheid; la subdivisión y zonificación territorial, con carreteras y
autopistas de circunvalación para uso único israelí; bases militares y
puestos de control ( check points) e inspección con tecnología láser,
torniquetes, detectores de metales y sistemas de escaneo; grabación
electrónica de información mediante la intervención telefónica (vía el
sistema de espionaje Pegasus) y la intercepción de mensajes
electrónicos, televisión con circuito cerrado y vigilancia por video,
sistemas de geoposicionamiento; tarjetas y software de identificación
biométrica retiniana y facial Red Wolf (Lobo Rojo), de la empresa
BriefCam, que permite detectar, rastrear, extraer, clasificar y
catalogar (fichar) a los palestinos que aparecen en las grabaciones de
videovigilancia en tiempo real; redes de espionaje dentro de poblados
y comunidades (con colaboradores, informantes e infiltrados
palestinos); uso de drones y aviones tripulados (para recabar
inteligencia y llevar a cabo asesinatos selectivos, incluidas familias
de combatientes y periodistas) y un conjunto de leyes y medidas
burocrático-militares que traumatizan a la población gazatí.
Toda una suerte de urbanismo militar concentracionario de exportación
(probado en el laboratorio palestino por el complejo militar
industrial israelí, quinto exportador mundial de armas y líder en
tecnología de vigilancia de fronteras), que se combina con una guerra
híbrida, asimétrica y urbana en espacios densamente poblados, donde la
infraestructura y la población civil se convirtieron en una fuente de
objetivos y amenazas (de potenciales enemigos terroristas), y para lo
cual las Fuerzas de Defensa de Israel y su servicio de inteligencia
aérea, naval y de campo, el AMAN, junto con el Mosad (Instituto de
Inteligencia y Operaciones Especiales) y el Shin Bet (el
contraespionaje israelí), utilizan técnicas bélicas de rastreo y
ataque, que deben dominar y controlar todos los espacios de la vida
cotidiana en Gaza y Cisjordania, lo que ha dado lugar a una noción de
la guerra como ejercicio permanente e ilimitado.
Esa doctrina militar israelí en los territorios ocupados ha sido
descrita por Stephen Graham como urbicidio, esto es, la destrucción
planificada, deliberada y sistemática de zonas urbanas,
infraestructura civil y objetivos simbólicos de la vida y cultura
palestina (transformadores de electricidad, depósitos de agua,
carreteras, edificios de apartamentos, hospitales, escuelas,
universidades, mezquitas, centros de refugiados de la ONU) como método
permanente de invasión y estrangulamiento y de coacción física y
sicológica sobre la insurgencia y la población civil.
Un patrón de tierra arrasada y asesinatos en masa que se ha venido
agudizando como un continuum en el siglo XXI (por ejemplo, la
Operación Plomo Fundido en 2008 y 2009), y que llegó a su máxima
expresión con la incursión terrestre israelí a partir del 28 de
octubre pasado, que desató una orgía de terror (de terrorismo de
Estado israelí) ante los ojos del mundo en vivo y en directo, con una
matanza deliberada e indiscriminada de civiles sin paralelo (Antonio
Guterres dixit), incluidos bebés prematuros en incubadoras y pacientes
con diálisis o graves que necesitaban cirugías de emergencia, como
ocurrió en el bombardeo, asalto y destrucción del Hospital Al-Shifa (y
en el nosocomio árabe cristiano Al Ahli y el Hospital Indonesio),
sendos actos de castigo colectivo fríamente calculados y metódicos. A
lo que se suma el asesinato selectivo de periodistas en Gaza y Líbano
para ocultar las huellas del genocidio.
Tras la llamada pausa humanitaria de siete días que permitió el
intercambio de mujeres y niños capturados por ambas partes -y con el
veto de Estados Unidos al proyecto de resolución del Consejo de
Seguridad de la ONU que buscaba un alto al fuego inmediato en la
franja de Gaza-, el pasado 1º de diciembre el régimen de ocupación de
Benjamin Netanyahu y su gabinete de guerra reiniciaron las operaciones
de asesinato a gran escala mediante bombardeos de saturación contra la
población palestina, que ya pueden equiparse con la devastación de
Dresde, Hamburgo y Colonia durante la Segunda Guerra Mundial.
El objetivo de EU es preservar a Israel como cabeza de puente imperial
en Medio Oriente, para controlar una zona estratégica que concentra
las mayores reservas mundiales de recursos energéticos no renovables
(petróleo, gas, uranio) y dominar las rutas del comercio marítimo -en
particular el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el
océano Índico-, lo que le daría además ventajas militares claves. De
allí que mientras finge impotencia y frustración al no poder controlar
el horror generado por el ejército israelí -exhibido día tras día urbi
et orbi en imágenes con cuerpos inertes de niños palestinos que son
sacados de los escombros-, Biden y Netanyahu impulsan de manera
conjunta un plan cuyo objetivo es la despoblación total de Gaza,
empujando a los sobrevivientes del genocidio hacia la desértica
península del Sinaí en Egipto (como sugirió un documento interno de la
ministra de Inteligencia, Gila Gamliel) o a un reasentamiento en otros
países de acogida, como Turquía, Irak y Yemen, que recibirían
generosas ayudas de EU.
Se pretende desaparecer la franja de Gaza o convertirla en una tierra
vaciada de sus habitantes y abierta a la colonización –un verdadero
gran remplazo-, para apoderarse definitivamente manu militari de los
yacimientos submarinos de gas natural situados en aguas territoriales
palestinas, como parte del proyecto de Washington y Tel Aviv de
aterrizar el proceso de acercamiento entre Arabia Saudita e Israel,
que incluía la construcción (ya iniciada) del canal Ben Gurión
(alternativo al canal de Suez, por donde pasa 12 por ciento del
comercio mundial), que debería desembocar en Gaza, lo que permitiría
poner un cordón sanitario a la Ruta de la Seda china... Y después seguir
con la limpieza étnica de Cisjordania.
Sin embargo, hasta el presente, con su incursión en la franja de Gaza
Israel y EU no obtuvieron ningún logro militar ni político de
consideración. Y el fracaso en su intención de destruir a Hamas los
obligó a negociar indirectamente con los grupos político-militares de
la resistencia anticolonialista, antimperialista y de liberación
nacional palestinos, que pese a sus diferencias tácticas e
ideológicas, actúan de manera coordinada bajo el lema unidad de
caminos (una suerte de bloque histórico –según el concepto gramsciano–
de actores no estatales) y lograron cambiar el equilibrio estratégico
en varias dimensiones a favor de Palestina.
Aunque existen evidentes indicios de que los servicios de inteligencia
israelíes tenían información sobre los preparativos de un ataque
palestino y se sospecha incluso de algún tipo de complicidad, todo
indica que no se previó la magnitud de la operación militar el Diluvio
de Al-Aqsa, que requirió una gran planificación y ejecución operativa,
táctica y estratégica, que adquiere hoy proporciones casi míticas
entre los pueblos árabes de Medio Oriente. La leyenda
sionista-occidental sobre la invencibilidad de las Fuerzas de Defensa
de Israel y la infalibilidad de la inteligencia del Mosad (que en la
hipótesis de que pudieron inducir la acción, se les salió de control
por la envergadura de los hechos), se hizo añicos tras la incursión de
Hamas en el principal cuartel del ejército de ocupación israelí en el
sur, que se presentaba como una joya tecnológica; la captura de dos
generales; la liberación de 20 asentamientos y la retirada de los
insurgentes a sus búnkeres subterráneos debajo de Gaza con más de 200
rehenes israelíes.
Desde esa perspectiva, la tregua humanitaria y el intercambio de
rehenes entre ambas partes representaron una victoria para el bloque
de la resistencia palestina y una derrota humillante para Israel. La
política de tierra arrasada y castigo colectivo sobre la población e
infraestructura de Gaza, echó mano del sistema basado en inteligencia
artificial Habsora (El Evangelio), descrito como una fábrica de
asesinatos en masa, con énfasis en la cantidad de daños colaterales
(civiles) y no en la calidad (combatientes abatidos) para ahorrar
tiempo de inteligencia humana. Habsora es una herramienta de la
Doctrina Dahiya (una adaptación israelí de la doctrina estadunidense
de Conmoción y pavor [ Shock and awe]), basada en el uso de una fuerza
masiva y desproporcionada, y demostraciones espectaculares de fuerza
para paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla,
destruir su voluntad de luchar y empujar a los civiles a presionar a Hamas.
Pero Hamas y la Yihad Islámica no han sido aniquiladas sobre el
terreno. Y el mito de la disuasión de Israel y EU ha sido superado por
las tácticas de la nueva guerra asimétrica, tecnológicamente más
compleja y multidimensional. A pesar de las grandes pérdidas, 17 mil
997 muertos y unos 49 mil heridos en Gaza (una matanza sin precedentes
con un patrón de actuación deliberado, cuyo saldo es superior a la
media de víctimas civiles en todos los conflictos del mundo durante el
siglo XX, donde los civiles representaron, aproximadamente, la mitad
de los muertos), Palestina se ha convertido en una guerra existencial
-no sólo de liberación nacional–, y se aplaste o no a Hamas, es hoy el
símbolo de un despertar en el mundo árabe: el fin de siglos de
humillación regional. Y tal vez, la chispa que encienda una
transformación de raíz en la conciencia de todo Medio Oriente.
Aunque dialécticamente también podría ser el detonante de un conflicto
geopolítico alentado por el Estado profundo que controla los pasos de
Joe Biden, que ante la pérdida de hegemonía imperial, no duda en
desencadenar una confrontación de dimensiones inimaginables que
podrían derivar, incluso, en una Tercera Guerra Mundial. Si no, ¿cómo
explicar el incremento de tropas y material bélico en las bases del
Pentágono en Israel y toda la región y el enorme despliegue militar
naval de EU y la OTAN en la zona del Mediterráneo frente a Irán y Líbano?