Mario Campa
"Si algo enseñó la pandemia es que la sana distancia puede ayudar a
reducir riesgos de contagio, aunque presenta inconvenientes de largo
plazo. En el mejor caso, los aranceles contentarán a Washington,
aumentarán la cuota de mercado de las importaciones mexicanas en Estados
Unidos, blindarán a la industria automotriz y generarán recaudación
para dinamizar el Plan México. En el peor, excluirán a México del futuro
epicentro de la economía global".
En la política como en las relaciones humanas, la elección entre
inconvenientes es un acto inexorable. La guerra comercial abierta por
Trump lo ejemplifica. El Congreso mexicano aprobó el miércoles una
legislación que incrementará, o impondrá por primera vez, aranceles a
las importaciones de más de mil 400 bienes procedentes de países sin
acuerdo comercial con México, y China acapara reflectores. Los aranceles
que entrarán en vigor en enero abarcan más de una docena de sectores,
desde autopartes y vehículos ligeros hasta textiles y aluminio, y
oscilan entre el cinco y el 50 por ciento. Para bien o para mal, se
trata del mayor cambio en la política comercial del país en lo que va de
siglo.
El vuelco drástico responde a cuatro motivaciones perceptibles. En
primer lugar, a la revisión programada del TMEC para 2026 en medio del
mayor proteccionismo estadounidense desde la Gran Depresión, que tiene
como efecto indeseado la presión de Washington para que México eleve el
contenido regional y desaliente las exportaciones chinas que buscan
burlar los aranceles prohibitivos por la puerta trasera. En segundo, al
déficit comercial de casi 15 a 1 de México con China. En tercero, a una
recaudación adicional estimada por Hacienda de casi 52 mil millones de
pesos en una coyuntura de espacio fiscal acotado y endeudamiento
creciente. Y, por último, a un relanzamiento de la política industrial
bajo el paraguas del Plan México que pretende sustituir importaciones
asiáticas y proteger el empleo en sectores vulnerables. Todo sugiere que
la decisión obedeció a un análisis multifactorial.
La medida, necesaria para mantener la estabilidad macroeconómica,
conlleva riesgos. La inflación es uno, si bien moderado: por un lado, un
aumento de impuestos reprime la demanda agregada, y por otro los nuevos
aranceles de hasta 50 por ciento a los automóviles chinos podrían
incentivar el retorno de autos chuecos o bien encarecer por menor
competencia los modelos de las armadoras tradicionales. Un riesgo mayor
es la dependencia comercial que México no podrá sacudirse en décadas:
ahora mismo, 85 de cada 100 dólares de exportaciones van a los Estados
Unidos, y la tendencia es alcista. Por último, una tercera amenaza de
cuidado es la irritación previsible de China.
Conforme a lo esperado, el gobierno de China manifestó desacuerdo. Un
portavoz del Ministerio de Comercio instó el jueves a México a "corregir
sus prácticas erróneas de unilateralismo y proteccionismo lo antes
posible". Como antecedente, el Ministerio de Comercio inició a finales
de septiembre una investigación sobre barreras comerciales y de
inversión contra México, misma que está en marcha. Bajo aviso no hay
engaño.
China está lejos de ser una blanca paloma del comercio internacional. Es
la máxima historia de éxito y desarrollo de las últimas cuatro décadas,
pero también encarna muchas de las amenazas vigentes de la economía
global. ¿Cómo frenar la desindustrialización que China provoca en las
naciones desarrolladas? ¿Cómo competir con sus generosos subsidios
industriales, la subvaluación intencional del yuan y su poder asimétrico
para fijar precios? ¿Cómo lograr soberanía en el Sur Global sin
reproducir dependencias de antaño? ¿Cómo romper con el extractivismo que
promueve y que condena al subdesarrollo a ventajas comparativas fijas y
de escaso valor agregado?
México tenía un arsenal limitado de políticas para nivelar una cancha
dispareja. De los aranceles ya se habló. La segunda opción son los
controles de capital. Por poner sólo un ejemplo, China obliga a las
multinacionales interesadas en invertir en el país a conformar empresas
conjuntas con empresarios o gobiernos locales. Una razón histórica de
peso es que el partido comunista chino desconfiaba de la corrupción del
poder judicial. Si México fuera más selectivo con la Inversión
Extranjera Directa, empresas como BYD podrían haber entrado al mercado
nacional por la puerta grande. Sin embargo, cualquier control de capital
habría tenido poco impacto de corto plazo en el déficit comercial, hoy
bajo la lupa de Trump.
Una opción más realista era competir con sansón a las patadas. El
economista Dani Rodrik calculaba hace una década que al menos dos puntos
porcentuales de crecimiento del PIB chino eran atribuibles a la
subvaluación del yuan, misma que Trump critica. Cuando China ingresó a
la OMC, la organización limitó sus subsidios directos a la exportación e
impuso un recorte general de aranceles. Para preservar su modelo
orientado a la exportación, China devaluó por estrategia: una moneda
débil en casa tiene el mismo efecto económico que un subsidio a las
exportaciones combinado con un impuesto a las importaciones. México
olvidó ese detalle. Si el Banxico no hubiera mantenido la política
monetaria en territorio restrictivo durante años, otro gallo hubiera
cantado. Al mantener tasas de interés elevadas en relación a la
inflación y a otros países, el banco central incentivó la llegada de
capitales de corta madurez en busca de retornos fáciles y poco
productivos. La postura, ajena al poder ejecutivo, causó como efecto
indeseable una superapreciación del peso en relación al yuan, engordando
el déficit comercial de México. Los errores de política monetaria
cuestan.
Con esta camisa de fuerza, el gobierno federal optó por nuevos
aranceles. La historia de China en el siglo XIX, humillada por el
colonialismo británico, hacen suponer que tomará nota de cualquier
ofensa comercial. Un antecedente regional relevante es el de Canadá, que
en octubre del 2024 aranceló con el 100 por ciento a los automóviles
chinos y el 25 por ciento al acero y aluminio, para en marzo del 2025
ser contraatacada por China con represalias a bienes agrícolas y
marítimos. La respuesta a México podría venir en una magnitud similar.
En cualquier escenario, las relaciones se enfriarían.
Si algo enseñó la pandemia es que la sana distancia puede ayudar a
reducir riesgos de contagio, aunque presenta inconvenientes de largo
plazo. En el mejor caso, los aranceles contentarán a Washington,
aumentarán la cuota de mercado de las importaciones mexicanas en Estados
Unidos, blindarán a la industria automotriz y generarán recaudación
para dinamizar el Plan México. En el peor, excluirán a México del futuro
epicentro de la economía global (Asia), acentuarán la dependencia en
las tecnologías y el capital del Norte Global, no protegerán a
industrias nacientes sino a intereses enquistados, y abrirán a Trump el
apetito de más medallas en la forma de concesiones.
Con un nuevo orden mundial en ciernes, hoy cabe un lamento: pobre
México, tan lejos de China y tan cerca de Estados Unidos. Pero mañana,
las desventajas de la hiperglobalización serán más evidentes para quien
tenga ojos para ver. Es una lección, por las malas, de soberanía
elemental.
17.12.25
México toma distancia de China
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