8.5.14

Trasnacionales mineras: violencia y saqueo a cambio de “limosnas”


Érika Ramírez

Indígenas de la Sierra Norte de Puebla permanecen en “alerta” ante el posible regreso de la minera de origen chino JDC Minerals, que obtuvo la concesión de las autoridades mexicanas para la explotación de 100 hectáreas de su territorio; no así la aprobación de la comunidad nahua que en noviembre de 2012 logró expulsar a los empresarios. Ésta es una de las 392 concesiones otorgadas por la Secretaría de Economía en Puebla. La Auditoría Superior de la Federación documentó que en el sexenio de Calderón el pago por derechos mineros significó sólo el 2.2 por ciento de las ganancias de las trasnacionales. En tanto, la Comisión para el Diálogo con los Pueblos Indígenas de México indica que la recaudación impositiva, puesta en vigor en enero pasado, es insuficiente. La minería se ha convertido en un sector de saqueo, daños ambientales y división social, señalan defensores ambientalistas

Tlamanca, Zautla, Puebla. Les dieron 24 horas para salir; ése fue el ultimátum. La población de esta comunidad nahua había acordado que, una vez transcurrido el tiempo de tolerancia, cerrarían caminos. Nadie, en lo absoluto, proveería de alimentos a los empresarios chinos que habían llegado 3 meses atrás para extraer el oro de la región.

El repudio se leía en pancartas, se escuchaba en los gritos que clamaban la expulsión de los mineros; en el rostro de miles de hombres y mujeres que marcharon por algunos kilómetros desde el centro de la comunidad de Tlamanca a la entrada de la empresa JDC Minerals, el 22 de noviembre de 2012.

“Nos reunimos unas 8 mil personas de las 32 comunidades del municipio”, recuerda Esteban González Hernández, habitante de esta localidad y uno de los impulsores a la oposición del proyecto minero.

Esteban, quien trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Rural como promotor en agricultura, relata a Contralínea que, en un principio, los empresarios se instalaron con cierto sigilo en la construcción de la vieja mina La Lupe, abandonada a mediados del siglo pasado. Los pobladores veían a ingenieros recoger muestras de tierra y rocas. Nadie informaba nada.

Poco a poco se fueron acercando a la autoridad local (actualmente destituida): Felipe García Martínez, juez de paz suplente. Intentaron convencerlo de que con su proyecto se traería progreso a la zona; caminos, agua potable, empleo y hasta un hospital.

La irrupción de JDC Minerals

Los representantes de JDC Minerals interrumpían las asambleas comunitarias para presentación de diapositivas, donde mostraban los “beneficios” y la inversión que traerían, así como el panorama de un proyecto extractivo responsable con el medio ambiente. Sólo algunos les creyeron.

La evidencia de que su propuesta tenía mucho de engaño fue la deforestación de uno de los cerros de Tlamanca. “Mucha gente empezó a decir: ‘no estamos nuevos, sabemos cuánto tarda un árbol en crecer y los árboles de nuestro cerro no los vas a tener en 1 año, van a ser fácil unos 20 o 25 años y ya no habrá agua’”, recuerda Esteban.

El proceso de expulsión duró 3 meses; inició el 27 de octubre de 2012 y culminó el 22 de noviembre tras decidirlo en varias asambleas comunitarias, donde los impulsores y autoridades exponían los efectos de la minería en el medio ambiente y la salud humana.

—¿Hay riesgo de que regrese la minera?

—Todavía. Sí, pensamos que va a regresar. Aunque está suspendido [el proyecto], no se tiene la seguridad porque la concesión está vigente para 50 años, apenas tiene 2 o 3 años que la han autorizado. Entonces, tanto tiempo de vigencia permite que en cualquier momento regrese.

Ricardo Abad Rojas, juez de paz adjunto de Tlamanca, recuerda: “Simbólicamente clausuramos a la empresa; ya habíamos escuchado toda su mentira. Les metimos presión porque se elaboró un acta en la que el pueblo pedía que se fueran. El documento especificaba que tenían 24 horas para abandonar el lugar.

“Se acerca con nosotros el encargado de personal de la mina y nos dice: ‘Señores, he visto que el asunto está muy feo; de forma personal voy a renunciar: yo me retiro, la empresa también me mintió como contratista, me dijo que ya contaba con los permisos de Sagarpa [Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación], Profepa [Procuraduría Federal de Protección al Ambiente]’. No se había otorgado el uso de suelo”, relata Ricardo.

El hombre de oficio vidriero dice que no tiene estudios, como la mayoría de la población: “Ni la primaria concluida. Aprendí a leer y escribir en la escuela nocturna, cuando tenía 9 años y vivía en la Ciudad de México”.

Sin embargo, dice, “dentro de lo que alcanzo a comprender, sé que no quiero ver las cosas por un recurso inmediato, hay que ver el mañana no a cambio de dinero y sí de un buen patrimonio como lo es la tierra. No quiero que mis hijos tengan un Tlamanca muerto.

“Aquí la gente emigra porque el campo no da suficiente; aquí se cosecha frijol, maíz, durazno, manzanas. Soñamos con ser comerciantes de manzana y hay que cuidar la tierra”, comenta.

Los Indicadores sociodemográficos de la Secretaría de Desarrollo Social muestran que en 2010 se contabilizaron 10 mil 863 personas en este municipio, de las cuales, el 79.3 por ciento se encuentran en situación de pobreza y pobreza extrema. El 28 por ciento de su población no tiene acceso a la educación, en tanto que el 53.1 por ciento no cuenta con ningún servicio de salud.

Las concesiones en Puebla

Mientras los pobladores de Tlamanca buscaban la expulsión de los mineros, en los archivos del Sistema de Administración Minera (Siam), de la Secretaría de Economía, se mantenía el registro de la concesión a la empresa asiática JDC Minerals bajo el título “216 mil 370, en una superficie de 100 hectáreas y para la explotación de oro, plata, cobre y zinc”.

Datos del Siam indican que Puebla tienen concesionadas 211 mil 576 hectáreas mediante 392 títulos. En estas comunidades la mayoría de la población es indígena, vive en un “alto” grado de marginación y se dedica a la producción agrícola. La llegada de las trasnacionales ha significado división y afrenta.

El Estudio de la minería en México. Un estudio comparado con Canadá –publicado en noviembre pasado por la Comisión para el Diálogo con los Pueblos Indígenas de México (CDPIM)– revela que el 4 por ciento del territorio indígena nahua que se encuentra en San Luis Potosí, la Sierra Norte de Puebla y el Norte de Veracruz (con una superficie de 948 mil 680 hectáreas) ha sido concesionado a la industria minera, es decir, 38 mil 313 hectáreas.

“Siguen abiertas las venas de América Latina”, dice Gustavo Castro, director de la organización ambientalista Otros Mundos, quien comenta a Contralínea que uno de los puntos a favor que tienen los pueblos es que cada vez hay mayor participación y resistencia ante la llegada de las empresas mineras, el despojo y la contaminación que estas producen.

“La minería es el megaproyecto de mayor concesión de territorio; por ello hay que construir resistencias, pero también alternativas de vida distintas, alternativas locales que les permita sobrevivir [a las comunidades indígenas] y desarrollar proyectos productivos; con esto los empresarios no podrán engañar a las poblaciones ofreciendo progreso y desarrollo”, agrega el ambientalista.

Los focos rojos

La defensa de su medio ambiente y recursos naturales provoca división entre éstos y aquellos que creen que con la llegada de las corporaciones también vendrá “el desarrollo”, prometido en los discursos de las explotadoras de metales preciosos.

Por ello, municipios poblanos también figuran como focos rojos en el conflicto minero.
En abril de 2013, Contralínea documentó la existencia de 35 conflictos en todo el país por la presencia de corporaciones mineras, de acuerdo con datos del Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina (OCMAL) y un análisis de la Red Mexicana de Afectados por la Minería (Rema), entre ellos figuraba el provocado por la china JDC Minerals (edición 331).

OCMAL también registra en Puebla el conflicto en Tetela de Ocampo, donde la minera Frisco, del empresario Carlos Slim, ha ocasionado división y deterioro ambiental en esta comunidad. Este proyecto también fue denunciado en el marco del Encuentro de Pueblos en Resistencia contra el Modelo Extractivo Minero, llevado a cabo el 15 de marzo pasado.

Con él, también se denunció la problemática que ha dejado la minería en los municipios poblanos de Ixtacamaxtitlán, Zacatlán, Libres, Cuetzalan, Zacapoaxtla, Olintla, Tlatlauquitepec, Teziutlán y Huauchinango. Así como a nivel nacional, en estados como Colima, Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Jalisco, Estado de México, Guerrero y Guanajuato.

Defensa del territorio

Claudia Gómez Godoy, abogada ambientalista, explica que es importante ver que los pueblos indígenas en México son “una población grande”; se calcula que al menos 15.7 por millones de personas dice tener un origen indígena y un número similar son hablantes de lenguas indígenas.

“La mayoría de los pueblos indígenas viven en las regiones biogeográficas más importantes, donde está la mayor cantidad de riqueza forestal, captadora de agua; Se considera que alrededor del 35 por ciento del territorio nacional está concesionado y muchas de esas concesiones se asientan a lugares y territorios indígenas.

“Esa invasión de los territorios indígenas no la podemos separar de cómo viven los pueblos un proceso de discriminación, marginación, exclusión, etnocidio, trabajo forzado, negocio, pobreza, negación de los derechos; incluso se ha hablado de que en México existe un colonialismo interno: los pueblos indígenas son colonias dentro de su propio país y esa situación no ha cambiado”, comenta Gómez Godoy en entrevista.

La abogada ambientalista indica que la misma Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es una de las herramientas de defensa de los territorios y las comunidades indígenas, ya que el Artículo 2 establece que México tiene una composición pluricultural sustentada en los pueblos indígenas. “Esto es importante porque nos está diciendo cómo debe ser la nación. Es una obligación jurídica fundamentada en el derecho; entonces, los actos de los jueces, autoridades o empresarios que pretenden imponer una mina deben estar con la visión de que antes de cualquier acto tiene que pensar que en el territorio, ahora concesionando, hay pueblos indígenas”.

En el texto, el artículo constitucional indica en sus primeros párrafos que “la nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.

“La conciencia de su identidad indígena deberá ser criterio fundamental para determinar a quiénes se aplican las disposiciones sobre pueblos indígenas.”

Mineras dejan sólo el 2.2 por ciento

Resultado de la revisión a la última Cuenta Pública de la administración del panista Felipe Calderón Hinojosa, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) revela que durante su gestión las mineras dejaron apenas el 2.2 por ciento de sus ganancias en México.

El informe muestra que del periodo 2007-2012 el valor de la producción minera ascendió a 693 mil 66 millones 900 mil pesos; de los cuales 15 mil 231 millones 435 mil 200 pesos ingresaron a las arcas nacionales por el concepto de pago de derechos sobre minería. Este monto representa apenas el 2.2 por ciento del total de utilidades generadas.

El desglose anual de los pagos permite observar un incremento mínimo durante el primer trienio.

Durante el primer año de la administración de Felipe Calderón Hinojosa las mineras obtuvieron ganancias por 113 mil 393 millones 100 mil pesos, de los cuales devengaron a la Federación 538 millones 382 mil 300 pesos. Esto significa apenas el 0.5 por ciento de sus beneficios.

La ASF muestra que, al segundo año, la participación de los derechos ascendió a 1.9 por ciento; luego de que las mineras obtuvieran una producción con valor de 109 mil 683 millones 100 mil pesos y contribuyeran con 2 mil 127 millones 362 mil 100 pesos.

El tercero, apenas subió tres décimas porcentuales, al tocar el 2.1 por ciento por la participación de derechos. Las empresas registraron montos por 106 mil 873 millones 300 mil pesos. Los pagos a la Federación fueron de 2 mil 275 millones 212 mil 800 pesos.

El máximo órgano de fiscalización del país indica que la minería es un eje fundamental de la sociedad, al aportar materias primas relevantes para el desarrollo económico e industrial de México. Constituye una actividad de interés público y corresponde al Estado protegerla y vigilarla para el cumplimiento de su función económico-social.

Un dato relevante en el reporte de la Auditoría es el de la generación de empleos, cuya meta no fue alcanzada al ciento por ciento. Documenta que en el periodo 2007-2012, la actividad minera generó 55 mil 121 nuevos empleos, que representaron el 84.2 por ciento de la meta sectorial de 65 mil 430 empleos acumulados.

Por este motivo, el máximo órgano de fiscalización del país emitió la recomendación 12-0-10100-07-0389-07-002 para que la Secretaría de Economía analice las causas por las cuales no se cumplió la meta del indicador establecido en el Programa Sectorial de Economía 2007-2012.

Grandes conflictos, paupérrimas ganancias

Cifras e informes oficiales también revelan que en comunidades donde hay conflictos sociales por la oposición a la minería, se ha saqueado la mayoría de su riqueza y dejado a sus comunidades mínimos porcentajes de las ganancias extractivas.

Tal es el caso de San José del Progreso, Oaxaca, donde se ha “luchado” por el cierre de la mina desde fines de 2011. Ahí fueron asesinados Bernardo Vásquez Sánchez (15 de marzo de 2012) y Bernardo Méndez (el 18 de enero del mismo año), opositores a la presencia de Fortuna Silver (Contralínea 327 ).

Ahí, la trasnacional canadiense dejó sólo el 0.2 por ciento anual de sus ganancias. Fortuna Silver Mine llegó a obtener una utilidad bruta anual de 2 mil 124 millones 636 mil 500 pesos en 2012; pagó 4 millones 252 mil 800 pesos, por derechos de actividad minera en México en ese mismo año. Así lo evidencia el Estudio de la minería en México. Un estudio comparado con Canadá.

Otro ejemplo del saqueo de las mineras es el de Agrico-Eagle, que obtuvo en 2012 la utilidad anual de 5 mil 716 millones 177 mil 109 pesos y dejó a la Federación 954 mil 240 pesos; es decir, el 0.01 por ciento de sus ganancias. Esta empresa se dedica a la extracción de oro y tiene concesionadas 56 hectáreas en Chihuahua, bajo el proyecto Pinos Altos.

Le sigue Timmins Gold Corp, con el proyecto denominado TMM Fracc 1, en Sonora, con 70 mil 986 hectáreas. Éste ha obtenido una utilidad anual bruta por la extracción de oro y plata de 2 mil 124 millones 636 mil 500 pesos; retribuyó por pago de derechos 4 millones 252 mil 800 pesos. Apenas dejó el 0.2 por ciento de sus ganancias al erario mexicano.

Francisco López Bárcenas, abogado, especialista en derecho indígena y asesor agrario, expone que con estos ejemplos “se ve claramente el despojo de bienes al que ha sido sometido el país. Lo que pagan por derechos de uso de los recursos minerales por la concesión misma es irrisorio: de 5 pesos a 112, ridículo.

“En el Informe de la Cuenta Pública 2011, la misma Auditoría recomendó que lo quitaran, porque era más lo que tardaban en recuperarlo que lo que obtenían, aunado a que el nuevo impuesto (de 7.5 por ciento) es realmente reducido”, comenta en entrevista López Bárcenas.

Impuesto irrisorio

En octubre de 2013, la reforma hacendaria presentada por el Ejecutivo reconsideró recaudar impuestos sobre la minería, que hasta esa fecha no había ocurrido. Lo anterior, expone la CDPIM al considerar que los minerales y las sustancias del subsuelo son bienes no renovables de la naturaleza, por lo que “debe ser prioridad del Estado mexicano la optimización de los recursos minerales al considerar la importancia de que aquellos que se beneficien cubran un derecho que represente la justa retribución a favor del Estado y de las propias comunidades”.

Dentro de la reforma, también se modificó el cobro a los titulares de concesiones y asignaciones mineras que se encuentren inactivas. Éste consiste en el cobro del 50 por ciento de la cuota máxima del artículo 263 de la Ley Federal de Derechos, la cual es de 129.24 pesos, lo que implica que el pago sería de 64.62 pesos. Éste se llevará a cabo cuando los concesionarios no realicen obras y trabajos de exploración y explotación comprobados durante 2 años continuos. La cuota se incrementará al ciento por ciento cuando la inactividad sea a partir del décimo segundo año y posteriores, a cubrirse en forma semestral.

También, se propone un derecho extraordinario sobre minería a los titulares de concesiones y asignaciones mineras, que establece una tasa del 0.5 por ciento a los ingresos derivados de la enajenación del oro, plata y platino, en tanto que se trata de minerales de una considerable extracción y cuyos procesos afectan considerablemente al entorno.

Para que el impuesto se utilice en los fines que ha sido creado, se ha conformado un Fondo para el Desarrollo Regional Sustentable de Municipios Mineros, conformado con el 50 por ciento de los recursos obtenidos por los derechos especial, adicional y extraordinario sobre minería.

Los recursos que se obtengan de ese pago de derechos se destinarán a un fondo, donde la distribución será de: 40 por ciento para el gobierno federal, 30 por ciento para las entidades federativas mineras y 30 por ciento para los municipios mineros.

Sin embargo, López Bárcenas expone que “en México se pueden pagar derechos por el uso de los recursos naturales o impuestos por la actividad que se realiza sobre ellos y las ganancias que se puedan obtener, pero en ninguno de los dos casos queda este 7.5 por ciento impuesto. No es claro. Literalmente, queda como una ayuda que dan las mineras a los municipios en donde se desarrolla esta actividad y está establecida la industria”.

El estudio de la CDPIM indica que la propuesta del Ejecutivo, avalada por las cámaras de Senadores y de Diputados, “representa un avance con respecto de la situación fiscal actual, donde el país funciona como paraíso fiscal para las mineras”.

Miguel Mijangos Leal, integrante de la Rema dice en entrevista: “Vemos varios problemas [con el impuesto del 7.5 por ciento]. Entre ellos, que no hay una contabilización seria por parte del gobierno mexicano; no es que no la tengan, pero siempre hay una lógica de acomodar los procesos lo más cómodo posible para las trasnacionales. Hay muchos vacíos en términos de transparencia, no tenemos cobertura. El impuesto es muy bajo; no representa nada para las ganancias de las empresas.”

7.5.14

Congreso de EU devela las sustancias químicas cancerígenas y contaminantes del fracking

Alfredo Jalife-Rahme

Todo el complejo industrial petrolero/gasero de Estados Unidos se ha volcado en una colosal promoción publicitaria sobre los supuestos efectos benéficos del fracking, susceptible de convertir a ese país en la nueva Arabia Saudita energética del siglo XXI.

La reciente publicación bimestral de Foreign Affairs (mayo/junio 2014), portavoz del muy influyente Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), adopta sin tapujos al polémico fracking como la nueva arma letal energética/geoestratégica de Estados Unidos.

La crítica al tóxico fracking –fracturación hidráulica para extraer grandes cantidades de shale gas (esquisto/lutitas/grisú/pizarra) con inyección masiva de agua y de sustancias químicas secretas– ha provenido primordialmente del sector científico (geólogos, sismólogos, químicos, etcétera), la cual ha quedado confinada al ámbito académico de sus insignes publicaciones, desde la revista Science hasta Proceedings of the National Academy of Sciences , que pecan por carecer de una adecuada difusión en los multimedia controlados por los plutocráticos intereses petroleros/gaseros de Estados Unidos.

La crítica al ominoso fracking ha abarcado la producción de sismos –que niega absurdamente la entreguista Comisión Nacional (sic) de Hidrocarburos del “México neoliberal itamita” controlado por Estados Unidos–, el agotamiento y la contaminación del agua (en medio de la peor sequía de Estados Unidos en los recientes 100 años) y la exacerbación del calentamiento global por la masiva emisión de metano.

Sólo falta(ba) la identificación de la secreta centena de sustancias químicas inyectadas con el agua.

Con un retardo de tres años permea desde la cúpula del Congreso de Estados Unidos el primer reporte sobre un inventario nacional de sustancias químicas usadas por las empresas del fracking.

El punto nodal del desconocimiento de la identidad de las misteriosas sustancias químicas del fracking fue elucidado por un reporte del Comité de Energía y Comercio del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

El comité de marras coloca en la picota la “seguridad (¡supersic!) del fracking”, combinada con el secreto (¡supersic!) sobre las sustancias químicas usadas con los fluidos: “entre 2005 y 2009, las 14 principales empresas de fracking de Estados Unidos usaron más de 2 mil 500 productos que contenían 750 compuestos, de los cuales más de 650 contenían químicos conocidos como carcinógenos (¡supersic!) humanos o enlistados como peligrosos contaminantes de la atmósfera”.

¿Cómo ha de estar la ominosa situación ahora, cinco años después?

El comité fustiga que gran parte de las sustancias químicas pueden ocasionar un riesgo severo a la salud de los humanos o al medio ambiente.

Las trasnacionales petroleras/gaseras como Halliburton y Schlumberger usan productos del fracking que contienen 29 sustancias químicas con tres características: 1) son conocidas como carcinógenos humanos; 2) están reguladas bajo la Enmienda del Agua Potable Segura (SDWA, por sus siglas en inglés) debido a sus riesgos a la salud humana, y 3) están enlistadas como contaminantes de la atmósfera bajo la Enmienda del Aire Puro.

Resulta que en el referido lapso las empresas del fracking usaron 95 productos que contienen 13 diferentes carcinógenos, que incluyen naftaleno, benceno y acrilamida.

Las empresas usaron el mayor volumen de fluidos conteniendo uno o más carcinógenos en Texas, Colorado y Oklahoma.

Tanto Texas como Nuevo México son fronteras con el “México neoliberal itamita”, que ha adoptado al fracking sin miramientos a la salud pública de los ciudadanos de Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua y Sonora, ante la pusilanimidad de sus anodinos gobernadores, secuestrados por el presupuesto federal.

La amplia mayoría de las sustancias químicas supuestamente reguladas por SDWA fueron compuestos conocidos como BTEX: benceno, tolueno, xileno y etilbenceno.

Según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, la Agencia Internacional para Investigación del Cáncer y la Agencia de Protección (sic) Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), el benceno es un carcinógeno humano, mientras que la exposición crónica (sic) al tolueno, etilbenceno o xilenos puede también dañar el sistema nervioso central, el hígado y los riñones. ¡Uf!

Las trasnacionales del fracking inyectaron más de 30 millones de galones de combustible diésel o fluidos de fracturación hidráulica que contienen combustible diésel en los yacimientos de 19 estados, cuando en su reporte de 2004 la EPA había sentenciado que “el uso de combustible diésel en los líquidos del fracking constituye la mayor (¡supersic!) amenaza a las fuentes subterráneas de agua potable”, ya que contiene constituyentes tóxicos que incluyen los componentes BTEX.

En el mismo lapso se usaron 595 productos conteniendo 24 diferentes contaminantes de la atmósfera, en los que resaltan el fluoruro de hidrógeno, el plomo y el metanol.

El fluoruro de hidrógeno es altamente corrosivo y es un veneno (sic) sistémico que puede llegar a ser fatal.

El plomo es un metal pesado particularmente dañino al desarrollo neurológico de los niños; además, puede ocasionar problemas de salud en los adultos, que incluyen problemas reproductivos, hipertensión y trastornos nerviosos.

El tóxico metanol es un contaminante de la atmósfera que “ha aparecido más frecuentemente en los productos del fracking”.

Una aberración radica en que “varios componentes químicos de los líquidos de fracking usados por las empresas” fueron listados como secretos comerciales o de propiedad.

Por cierto, el comité de marras solicitó a las trasnacionales del fracking la divulgación y transparencia de sus productos para informar sobre su propiedad/secreto comercial y salieron con una excusa pueril al “carecer de la información de la propiedad de los productos por haber sido comprados ‘fuera de los estantes’ de los proveedores”. Sin comentarios.

Los congresistas dedujeron que “parecía que las empresas del fracking inyectan líquidos que contienen sustancias químicas desconocidas (¡supersic!) de las cuales pudieran tener conocimiento limitado (¡supersic!) sobre los riesgos potenciales a la salud humana y al medio ambiente”. ¿Gozan de patente neoliberal de corso texano?

El perturbador reporte resulta paradójicamente didáctico para los aprendices de brujo, como el “México neoliberal itamita”, que desean experimentar el espejismo de la seudo revolución energética del siglo XXI fraguada por la polémica extracción del shale gas –a mi juicio, una vulgar burbuja financierista de Wall Street–, que atenta contra la biosfera: el espacio donde cohabitan todos los seres vivientes de la creación.

Hasta aquí cualquier país interesado en la salud pública de sus ciudadanos hubiera detenido el tóxico fracking, en espera de sopesar integralmente su costo-beneficio. En bioética, esta actitud prudente es avalada por el principio de precaución.

4.5.14

Latin America: Class Struggle from Above and Below

James Petras

To approach the role of class struggle in a dynamic mitreux we will focus exclusively on Latin America over the past two and a half decades 1990 – 2014, a period of significant changes in economic models, political regimes and class structure
“Class struggle is the motor-force of History”
Karl Marx
Introduction

One looks in vain among the writings of historians and social scientists for any systematic study of the role of class struggle in the determination of economic systems, class structures and state power.

Yet social classes are everpresent in each and every discussion of the distribution of income, the concentration of property, representation in the state and in establishing the lead actors in economic paradigms.

To move beyond ‘class analysis’ as simple points of reference in static structures and to see classes as changing, dynamic actors whose action shapes and reshapes the social, political and economic institutions through which they act and react, we have to turn from passive class analysis (seeing classes as the ‘recipients’ of economic goods, state decisions and social action) to classes-in-action, specifically class struggle. In the course of our analysis of class struggle, we will extend “class” to mean ‘social communities’, indigenous people, unemployed and informal workers.

Conceptualizing Class Struggle

A survey of major professional political, sociological and economic journals over the past half-century fails to turn up a single theoretically informed study of class struggle anywhere. Even the few publications which purport to study “revolution” marginalize or omit the central role that class struggle in its varied forms plays in the success or failure of popular upheavals.

To approach the role of class struggle in a dynamic mitreux we will focus exclusively on Latin America over the past two and a half decades 1990 – 2014, a period of significant changes in economic models, political regimes and class structure.

To properly address the centrality of class struggle (CS) it is important to clarify several misconceptions. CS is not merely a phenomenon of the working or peasant class. Among the most active, organized and combatative social class engaged in class struggle are bankers, manufacturers, plantation owners, commodity traders and other ‘owners of the means of production’. In Latin America, some of the more militant participants in the class struggle are ‘middle class’ public employees: teachers, health employees and municipal workers.

To clarify the polarity of classes engaged in class struggle, we refine it by distinguish between class struggle “from above” and class struggle “from below”. CS “from above” includes the principal owners’ of the major means of production, distribution and financing. CS “from below” includes both private and public employees, wage workers, peasants, unemployed and afro-indigenous people.

In other words while class struggle is the “motor force” of history, the direction and societal configurations are a result of which “classes-in-struggle” succeed imposing their class interests.

Moreover, we have to make a further distinction, especially central to the present period: class struggle ‘from above’ includes two important sub groups: domestic and foreign capitalists. So that we need to include Class struggle from above and the outside since US-EU-Japanese multi-national capitalists and the principal owners of the major means of production, distribution and financing. CS “from below” includes both private and public employees, wage workers, peasants, unemployed and afro-indigenous people.

In other words while class struggle is the ‘motor force” of history, the direction and societal configuration are a result of which “classes-in-struggle” succeed in imposing their class interests.

Our analysis of class struggle takes account of the complexity and dynamism of changing class actors, the intensity and changing context of class action, the ebbs and flows of class struggle and the shifts in the correlation of class forces.

We view the actions and composition of the regime and state as both a product or outcome of class struggle and as essential actor in determining the direction of class struggle.

Imperial Globalization and Class Struggle

In the era of imperial globalization, international class forces, political and economic, play a major role in the class struggle. In Latin America the US Canadian and European imperial states and multi-nationals and self-styled international financial institutions play a major role, especially in the “class struggle from above” by imposing economic paradigms (“neo-liberal economies”) and policing them via “structural adjustment policies”.

In opposition, the emergence of Latin American centered regional organizations like ALBA, PETRO Caribe, MERCOSUR, and serve as a counterweight to some aspects of imperial centered international organizations.

Key Dimensions to Measure Class Struggle

Analytically, class struggle takes place along various axes:

1. Intensity: the frequency and degrees of class based mobilizations and actions and their impact vary by time, duration and place.

High intensity class struggle from below would include insurrections, general strikes, large scale road blockages extensive land and/or building occupations.

High intensity class struggle from above would involve imperial invasions, military coups, employer lockouts, large scale hoarding, repeated sabotage of vital infrastructure, systematic disinvestment and prolonged austerity programs.

2. Scope of class struggle:

Class struggle from below or above can range from narrowly based economic sectors, (a single enterprise or trade union) in a limited regional area, over immediate demands through limited actions (time bound strikes) to broad based national collective actions of workers or employers engaging in economy wide demands backed by sustained action.

3. Targets of Class Struggle:

Targets of class struggle can vary from single employers or trade unions to the entire class, or the state. The objective may vary for workers the objections range from simply defending existing working conditions and wages, to reforming labor codes and improving welfare benefits, to transforming the social system. For capitalists the class struggle varies from resisting wage increases, to imposing structural adjustments which privatize public enterprise, reduce labor costs and facilitate firings (so-called “flexible labor”) to coups which overthrow populist, socialist and progressive regimes.

4. Methods of Struggle and Outcomes:

Radical means of struggle, including popular uprisings, coups, occupations and lockouts frequently but not always; lead to an escalation of demands: “class consciousness” is raised in the course of struggle and the political and social horizon is extended. However, in other circumstances, seemingly radical actions become ‘ritualized’ and lead to negotiated settlements involving incremented changes. In some cases radical political action is ‘co-opted’ by more moderate electoral politicians who after some radical initial promises adopt measures of co-habitation with existing elites. The idea of an “inner logic” to class struggle which moves inexorably toward large scale changes has been demonstrated to be false.

Class struggle does not move forward as a continuous ‘permanent’ process; it is contingent on a multiplicity of internal and external circumstances which include organizational and leadership capacity.

Evaluation of the Results and Perceptions of Class Struggle

Our study will focus on a specified frame and select group of country-experiences. This allows us to measure the degree of success and failures of the opposing classes engaged in class struggle. We can distinguish between total, partial and marginal success or failures based on the objectives set by the protagonists of the class struggle. We can specify several levels of achievements. These include organizational, policy and systemic achievements.

1. Strengthening of class organization, including quantitative increases, participants’ quality – efficacy – leadership and cohesion – unity of class in action.

2. Improvements in living and working condition (for workers); and vice versa for capital; improvements for maximizing profits, increasing market shares, easy access to credits and low interest loans, lowering labor costs.

3. Policy Changes Favorable welfare and regulated labor markets for wage and salaried workers and free market policies, deregulated capital and labor markets for capital.

4. Structural Changes:

States with extensive public ownership social welfare provisions, graduated progressive taxation for labor versus privatized economy, low and regressive taxation with budget allocations favoring large scale subsidies and tax incentives favoring agro-mineral exporters for capital.

5. Strategic Changes:

Development strategy based on food security, agrarian reform, redistribution of income, credit and loans for small producers and deepening diverse domestic and regional markets versus a strategy promoting agro-mineral exports, dependent on foreign investment and finance.

6. Systemic Changes:

A state representing the interests of labor as reflected in substantial equality of income, substantial public ownership of key economic sectors and high levels of worker representation in the state.

For a capital state which promotes private foreign and domestic capitalist concentration of ownership, deepens social inequality, limits social organization of labor, and is exclusively responsive to and represents capital in the design of economic strategy and budgeting and fiscal policy.

By examining the class struggle in the context of who gains and who loses in terms of the distribution of goods, services, legislation and organization we can develop operational hypothesis about how effective class struggle is for capital and labor in contemporary Latin America. And in the course of concluding, test out Marx’s idea that “class struggle is the motor force of history”.

Two Decades of Class Struggle in Latin America: Heterogeneity, Advances, Retreats and Dynamic Equilibriums Heterogeneity

Most of the most dynamic class struggles over the past two decades have taken place ‘outside of the factory workplace’. ‘While tens of thousands of landless rural workers in Brazil have occupied large estates, and Indian communities in Peru, Ecuador and Bolivia have fought pitched battles with big mining companies over contamination and dispossession of land and water resources, no comparable workers occupation of factories have taken place.

Between 1990 – 2005 advances in the class struggle from above have alternated with substantial gains for the protagonists of class struggle from below.

The period between 1990 – 2000 witnessed a major successful advance in the class struggle from above. In most Latin American countries – but not all – foreign and domestic capitalist classes directly and via their neo-liberal state, succeeded in transferring over 5,000 public enterprises into private banks, including most strategic resources.

The capitalist class’s shares of income shifted drastically in their favor … labor was in retreat, flexible, labor policies were adopted, strikes and protests were violently repressed. Structural adjustment policies were imposed via the IMF – World Bank and IDF – which facilitated foreign takeovers of national banks, telecommunications and other strategic sectors at bargain basement prices. Ruling class “neo-liberal” ideology promising free markets, free elections and prosperity held over the middle class and enabled them to win elections in Argentina, Bolivia, Peru, Brazil and Ecuador. Structural adjustment policies in Venezuela were imposed by blood and fire – the Perez regime massacred several thousand protesting unemployed and poor people.

The successful outcomes for local and foreign neo-liberal capitalist classes during the decade of the 1990’s led to a belief that this ‘model’ was the “end of history”, instead of the product of a particular moment in the economic cycle and a specific correlation of class forces.

This ruling class illusion would have profound consequences in the next decade following the crises of 2000 the breakdown and discrediting of the neo-liberal model and the upsurge of the class struggle from below. The overthrow and defeat of the neo-liberal regimes and the relative advance of the “popular forces” established in most cases a new post-neo-liberal configuration of regimes and changes in the correction of forces.

The imperial powers, especially the US, Canada and the EU refused to recognize and adapt to this new configuration.Instead they adopted policies and strategies to reverse this process and re-impose the 1990’s ‘neo-liberal model’. As a result of this ‘nostalgia for the nineties’ they suffered a series of defeats during the first decade of the 21st century in Venezuela, Bolivia, Ecuador and Argentina. The ruling classes only succeeded via a military coup in Honduras and a civilian putsch in Paraguay. However, by the latter part of the decade the capitalist class went on the offensive and regained ground in some countries.

The ascendancy of the class struggle from above in the 1990’s was not universal: in Colombia the armed class struggle of the FARC advanced from the countryside to the periphery of major cities. In Venezuela a military-civilian uprising in 1992 was followed by mass mobilization from below leading to an electoral victory for the popular classes in 1998 with the election of Hugo Chavez.

The economic breakdown and crises of the neo-liberal model at the end of the 1990’s, the gross pillage of the public treasuries, the rising rates of impoverishment,deepening social polarization and the massive rise of unemployment and informal ‘employment combined to ignite large scale social uprisings and mass movements. In a word the class struggle from below went on the offensive: through popular uprisings (Bolivia, Ecuador and Argentina), social mobilizations linked to elections (Brazil, Venezuela, Uruguay and Peru), the incumbent neo-liberal electoral regimes were toppled or replaced.

The class protagonists (the ‘leading forces’) in these struggles, however varied according to country. The political and social composition of those engaged in the class struggle from below differed significantly from the center-left political parties and leaders who benefited from the struggle. Moreover, the political-economic changes implemented by the “post neo-liberal” regimes differed markedly from the programs and demands that ignited the class struggle from below.

For example, in Bolivia the major popular social movements which led to the overthrow of the Sanchez de Losada and Mesa regimes were markedly different in composition and progmatically from the leadership of the Movement to Socialism (MAS) party- regime. Workers, the unemployed, informal workers, Indian and peasants spearheaded the uprising. But lower and upper middle class social liberals and technocrats designed and implemented economic policy.Mass demands for the nationalization of mines, radical agrarian reform and a class based ‘constituent assembly’ were replaced by the MAS leaders who promoted joint ventures with foreign capital, encouraged agro-business and organized a constituent assembly based on ‘territorial constituencies’. Similar economic divergences occurred in Argentina and Ecuador between the anti-neo-liberal regimes composed of middle class leaders and the popular classes. In summary, the political elites diluted the policy outcomes of the class struggle from below.

The retreat of the capitalist class, the displacement of the US backed neo-liberal regimes and their replacement by new pro-capitalist social liberal regimes with political and organizational ties to the popular class organizations, led to a relative equilibrium of class forces (labor and capital) in the cities and industries. Class Struggle from Below: The Transition from ‘Advance’ to Equilibrium: 2010 -2014

The period 2010-14 witnessed a decline in class struggle from below in several senses. The demands were narrow focused on wages and salaries and not ‘structural’ changes. The modes of struggle shifted to “tripartite” negotiations rather than mass action. The popular struggles were fragmented by sectorial interests (public-private, mining-industry, peasant-Indian) rather than unified by class interests. Neither labor nor capital were decisively defeated nor wholly victorious during the ascendancy of the center left regimes. Class struggles, extensive and intensive, persisted, but only for limited moments, in few countries, and circumscribed circumstances.

In Bolivia, the capitalist class and the US imperial state made an effort to destabilize the MAS regime by mobilizing the Santa Cruz elite. They were defeated by mass mobilizations and the military which remained loyal to the regime. Subsequently, the MAS regime negotiated an economic pact with the national and foreign capitalist class to promote ‘production, investment and growth’ on the one hand, and a social pact with labor union leaders (COB) to increase wages, especially the minimum wage and other incremental changes. For all intents and purposes, class struggle from above ended because the regime incorporated the program of the capitalist class as its own. The class struggle from below was confined to the economistic demands of public sector workers and social ecological struggles by a sector of the Indian-peasant communities-the Tipnis conflict.

Venezuela is the exception. Class struggle from above and below remained at the highest intensity. The capitalist class and its US imperial backers launched major assaults on state power. A military coup in April 2002, a lockout in December 2002 to February 2003; a referendum revoking the Presidency of Hugo Chavez in 2004. Sustained disinvestment in production and a sabotage campaign targeting infrastructure throughout the decade and a half (2000-2014),culminated with a violent terrorist campaign between February – May 2014. The “class struggle from below” based on an alliance between mass movements and the Chavez – Maduro governments, defeated and rolled back the capitalist assault on popular power and went on the offensive. From 2003 onward, the government backed by the popular classes, nationalized enterprises and partially redistributed oil rents from the overseas banks and capitalists to massive social expenditures. Thousands of community councils were organized to buttress the class struggle from below.

In Venezuela the intense class struggle reflected the deep social class polarization and political-social divisions. As a result the kind of regime-multinational capitalist pact which the MAS imposed in Bolivia was not possible. Venezuela’s practice of class politics contrasted sharply with the MAS’s double discourse: left rhetoric for the masses and long-term lucrative pacts with the capitalist class.

The Transition from Intense to Limited Class Struggle 2000 – 2014

The intensity and scope of the class struggle varied in the post-neo-liberal countries. During the ‘reformist phase’ of the regimes and the start of the commodity boom – roughly from 2000 to the first half of the decade, class struggle was intense, protracted and linked to major social advances. Subsequently between 2006 - 2010 capitalists were ensured protection from expropriation, granted subsides, export incentives and tax relief. Labor received jobs, wage and pension increases and access to cheap credit to finance consumer purchases.

By the start of the second decade, the decline of the commodity boom, the global economic crises, the growth of consumer indebtedness, and the decline of large scale foreign capital flows, the class struggle from above gained importance. The capitalist class pressed for greater support and incentives; labor strikes multiplied especially in the face of rising prices and lagging wages.

In the most recent period, 2013-2014, the class struggle from above has re-emerged as an influential determinent of regime policy. In Argentina, the Fernandez government has signed off on lucrative agreements with major agro-mineral companies; effectively devalued the peso favoring agro-business exporters; and turned toward greater concessions for foreign debt holders. The right turn of the regime, its embrace of the leading capitalist sectors, has provoked a general strike by one of the trade union confederation (headed by Moyano) and ‘road blockages’ by dissident leftist union activists. The Kirchner-Fernandez regime has come full circle: from accommodating the demands of the unemployed workers for public investments and wage increases in 2003-2006; to promoting tripartite social pacts between labor and capital between 2007-2011; to a right-turn as the commodity boom limits public resources and the capitalist class goes on the offensive.

In Bolivia, the MAS regime, came to power via mass mobilizations from below and rhetorically adopted a plurinational and nationalist agenda. However, by the beginning of the second term (2008) it pursued and implemented an open door policy to foreign agro-mining capital. Incremental wage and pension improvements and extensive cooptation of peasant and trade union leaders created a quasi-corporate state structure embellished by ethno-populist rhetoric. The class struggle from below was harnessed by the MAS to beat back coup attempts by the Santa Cruz elite in 2008-09. Subsequently the MAS moved to reconcile the elite via a political-economic pact based on mutual accommodation of the regime and capital.

From the end of 2010 to 2014, the MAS regime has embraced a ‘developmentalist strategy’ based on attracting extractive capital, orthodox fiscal policy and the accumulation of foreign reserves managed by multi-national bankers.

Paradoxically the class struggle from below has, over the past decade, led to regimes which are responding favorably to the demands of the foreign and domestic capitalist class. The Argentine and Bolivian experiences of the class struggle follow a trajectory whereby class struggle from below gains leverage over ‘center-left’ regimes for several years but then gives way to class accommodation and demobilization. This is followed by the revival of class struggle from above and the conversion of the ‘center-left’ regimes into patrons and promoters of capitalist interests via “developmentalist policies”.

From Social Change to ‘Production Pacts’: Class Struggle from Above 2014 - ?

Ecuador has embraced big oil and seeks World Bank loans to finance its agro-mineral growth model while harshly repressing the Indian movement (CONAIE) and dissident urban social movements. Even Venezuela, after passing through a decade and a half of expanded social spending and public ownership under President Chavez, has turned toward a “production pact” with capital under pressure from a violent capitalist class offensive which was launched in February 2014. The Venezuelan masses, via the “class struggle from below”, has responded to the capitalist offensive but is largely dependent on the Maduro government for leadership, the latter however has attempted to divide the opposition, repressing the violent sectors and offering concessions to “productive capitalists” and the electoral opposition.

Conclusion

Over the last quarter of a century, the class struggle has played a decisive role in the rise, consolidation and demise of contrasting economic paradigms.
Class struggle has shaped the class system; the levels of poverty and wealth; and the direction of public policy,especially the relation between public and private ownership of the means of production.

The advance of the class struggle from above in the 1990’s led to the imposition of the neo-liberal model; the massive shift from public to private ownership; the concentration of wealth and an increase of poverty, unemployment and informality.

The first decade of the 21st century witnessed the advance of the class struggle from below. This led to the overthrow or electoral defeat of neo-liberal regimes; increases of public investments in social programs; a steady rise of wages and salaries and the reduction of poverty; the organization of new class- community based ethno-ecology movements; and the selective renationalization of enterprises.

However, class struggle from below, lacking independent political leadership relied on center-left electoral politicians who ‘leaned’ in their direction when class pressure was strongest and turned to the capitalist class when the correlation of forces shifted.The class struggle from below advanced furthest in Venezuela in terms of socio-economic changes. However, in no country did it lead to the transformation of the capitalist economy and state.

The class struggle brought to the fore new and old protagonists on both sides of the class divide. Unlike earlier periods, the industrial working class played a subsidiary role, even in the more advanced industrial economies like Argentina and Brazil. The major protagonists of class struggle from below were a complex of urban and rural social forces situated in different socio-economic locations.

Despite the shifting configurations of power between capital and labor, neither has suffered a ‘historic’ victory or defeat over the past quarter century as happened in the previous decades. For example the revolution in Cuba in 1959 was a decisive victory for the class struggle from below that changed the social system, state and economy for a historical epoch. The military coups in Chile (1973), Brazil (1964) and Argentina (1976) smashed working class institutions, organizations and imposed the neo-liberal economic model for over 30 years.

The ‘historic defeats’ had a profound impact, even today, in shaping the class struggle. The powerful role of workers’ organizations in occupying factories, self-managing enterprises, convoking general strikes has diminished. However, that has not meant “the end of class struggle”. New dynamic classes have stepped forward and are leading the struggle.

In Brazil, million person demonstrations have marched and blocked streets, demanding that the “center-left” Workers Party regime attend to basic social services, public transportation and other essential needs. The urban mass struggles demand nothing less than a fundamentalist shift in budget priorities and allocations away from corporate subsidies and sports extravagances to public needs.

In Chile mass struggles have been led by secondary and university students demanding quality free public education financed by progressive taxes on the corporate elite; slum dwellers demand an end to the worst social inequalities in the region.

In Argentina, entire communities adjoining agro-mineral mega-corporations have engaged in class warfare resisting toxic chemical farming by Monsanto, toxic mining by Barrack Gold. Urban trade unions have engaged in class resistance to the center-left regimes policies imposing the costs of anti-inflationary policies on labor.

In Colombia, Peru, Ecuador and Bolivia mass resistance is based on rural communities, predominantly Indian, which challenge the state-agro-mineral alliances which are dispossessing them of land, water and clean air. They are demanding state aid for local productive activity. The traditional labor organizations which formerly were in the forefront of class struggle have become, at best, the rearguard of these mass struggles.

The most significant ‘labor presence’ in the class struggle occurred in Argentina between 2002 – 2006 when hundreds of thousands of unemployed workers organized ‘piqueteros’ (roving pickets) and blocked major road arteries, seized work sites and posed, temporarily, an alternative bases for political power.

The new protagonists of class struggle from below represent the principle source of resistance to the current capitalist class offensive from above. They are in search of allies in the cities, new political instruments, national co-ordinating structures and a strategy for power.

What is clear is that the previous alignment of class struggle movements with reluctant center-left regime allies, has exhausted its progressive possibilities. The center-left has embraced the agro-mining developmentalist model based on the dispossession of peasants, Indians and small producers. The center-left regimes, from being reluctant allies of labor, have become accomplices of the new capitalist class offensive from above. This political shift, however, has not detained the class struggle from below nor lessened the underlying socio-economic and political conditions motivating the exploited, dispossessed and oppressed classes from organizing and struggling for social and political liberation.

Psychiatrists now say non-conformity is a mental illness: only the sheeple are 'sane'

by Jonathan Benson, staff writer

Originally published April 25 2014 (NaturalNews) Modern psychiatry has become a hotbed of corruption, particularly the kind that seeks to demonize and declare mentally ill anyone who deviates from what is regarded as the norm. This is abundantly evident in the latest installment of the industry's Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, or DSM, which dubs people who do not conform to what those in charge declare to be normal as mentally insane.

The so-called "condition" for why a person might choose to resist conformity has been labeled by the psychiatric profession as "oppositional defiant disorder," or ODD. The new DSM defines this made-up disease as an "ongoing pattern of disobedient, hostile and defiant behavior," and also lumps it in alongside attention deficit hyperactivity disorder, or ADHD, another made-up condition whose creator, Dr. Leon Eisenberg, admitted it to be phony on his death bed.

As you might suspect from this type of open-ended description, almost any personal behavior perceived by someone else to be undesirable or strange might be categorized as symptomatic of ODD. Children who throw temper tantrums or fight with their siblings, for instance, might be declared to have this supposed mental illness, as might children who express disagreement with their parents or teachers.

Disobedience and defiance are common behaviors among young children, and parents have long dealt with such behaviors by exercising proper discipline. At the same time, not all forms of disobedience and defiance are wrong, depending on the authority involved and the action petitioned. A child who is told by his teacher to keep his unpopular opinions to himself, for instance, and who resists this order might simply be exercising his freedom to express disagreement.

But that's the problem with categorizing conditions like ODD so loosely, as virtually any uncommon behavior can be declared to be oppositional or defiant simply because it bucks the status quo. Famous minds of the past like Thomas Edison and Alexander Graham Bell, for instance, whose unconventional ideas might have seemed crazy in their day, are the types of folks who today might be declared to have ODD or some other type of mental disease.

An even greater danger to using this subjective approach in the diagnosis of mental illness is that it threatens to curtail freedom of speech and political dissent. The federal government has already tried to declare those who oppose its tyrannical policies, or who simply question them, as having "political paranoia," a type of mental illness.

Characterizing non-conformity as 'mental illness' a hallmark of totalitarian government

Such outlandish abuse of the medical system for controlling popular thought is nothing new. Many authoritarian governments, including the former USSR, implemented similar mental health programs that categorized dissenters as having chemical imbalances in need of a remedy. Today, that remedy is often mind-altering, psychotropic drugs with devastating side effects.

"Psychiatric incarceration of mentally healthy people is uniformly understood to be a particularly pernicious form of repression, because it uses the powerful modalities of medicine as tools of punishment, and it compounds a deep affront to human rights with deception and fraud," explains a 2002 analysis and commentary on the abuse of psychiatry in both the Soviet Union and China that was published in the Journal of the American Academy of Psychiatry and the Law.

"Doctors who allow themselves to be used in this way... betray the trust of society and breach their most basic ethical obligations as professionals."

You can view this study, which has powerful implications for what the psychiatric profession is becoming today, here:
http://jaapl.org.

Sources for this article include:

http://breakingdeception.com

http://www.naturalnews.com

http://rense.com

http://jaapl.org

http://science.naturalnews.com

3.5.14

When Cruel and Unusual Punishment Becomes Usual

By Amy Goodman with Denis Moynihan

The state of Oklahoma tortured a man to death this week. On Tuesday, April 29, Clayton Lockett was strapped to a gurney in the state’s execution chamber. At 6:23 p.m., before a room of witnesses that included 12 members of the media, the first of three drugs was injected into his veins. Ziva Branstetter, enterprise editor at Tulsa World, was among the reporters who watched. She later reported Lockett’s ordeal, minute by minute:

“6:29 p.m. Lockett’s eyes are closed and his mouth is open slightly.

“6:31 p.m. The doctor checks Lockett’s pupils and places his hand on the inmate’s chest, shaking him slightly. ‘Mr. Lockett is not unconscious,’ [Oklahoma State Penitentiary Warden Anita] Trammell states.”

Branstetter’s detailed eyewitness account goes on:

“6:38 p.m. Lockett is grimacing, grunting and lifting his head and shoulders entirely up from the gurney. ... He appears to be in pain.”

Suddenly, the blinds were lowered, concealing the grim activity in the execution chamber. The reporters were told to exit. Lockett was pronounced dead at 7:06 pm. Branstetter said on the “Democracy Now!” news hour, “We were told by the Department of Corrections last night that they haven’t even determined that this qualified as an execution, because he died of a heart attack 43 minutes later.” Most Oklahoma executions last about six minutes. Department of Corrections Director Robert Patton later explained, “His vein exploded.”

Oklahoma had never used this particular “lethal cocktail” before: midazolam, a sedative; vecuronium bromide, to stop respiration; and potassium chloride, to stop the heart. Charles Warner was scheduled to be killed on the same day as Lockett. After the horrifically botched execution of Lockett, Oklahoma Gov. Mary Fallin issued a 14-day stay of execution for Warner. Announcing a review of lethal injections, Fallin said on Wednesday that “the state needs to be certain of its protocols and procedures for executions and that they work.” While the review she has ordered will include an autopsy of Lockett by an independent pathologist, the overall review is being conducted by a member of her cabinet, so its independence is being questioned.

Lockett and Warner had sued Oklahoma, claiming that the secrecy surrounding the source of the drugs and the execution cocktail violated their constitutional rights. One Oklahoma judge agreed and issued a stay last month. Justices of the Oklahoma Supreme Court ultimately agreed and issued their own stay of execution on April 21. On April 22, Gov. Fallin, claiming the Supreme Court had no jurisdiction, ignored the stays and rescheduled the executions to April 29. The next day, the Supreme Court rescinded its stay, stating that the inmates do not, in fact, have the right to know the chemicals to be used in their execution.

“After weeks of Oklahoma refusing to disclose basic information about the drugs for tonight’s lethal-injection procedures, tonight, Clayton Lockett was tortured to death,” said Madeline Cohen, attorney for the other condemned man, Charles Warner. “The state must disclose complete information about the drugs, including their purity, efficacy, source and the results of any testing. Until much more is known about tonight’s failed experiment of an execution, no execution can be permitted in Oklahoma.”

28.4.14

La derrota obrera

Marcos Chávez

Más desempleo, empleo precario y caída de salarios es lo que espera a los trabajadores mexicanos. El panorama laboral no podría ser peor: la economía apenas crece 1.1 por ciento, muy lejos del 3.9 por ciento que se requiere para generar los empleos que hacen falta. En el primer año del regreso del PRI, el IMSS sólo contabiliza 378 mil nuevos afiliados de los 1.7 millones requeridos. Más de 2.3 millones de mexicanos sobreviven en la informalidad

Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!

¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.

Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.

Es la necesidad lo que nos hace gritar: ¡A las armas!

¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!

¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!

Adolph Fischer, redactor del periódico anarquista Arbeiter Zeitung, Chicago, Illinois, 3 de mayo de 1886

Es probable que el 1 de mayo sea uno de los días más tristes de Enrique Peña Nieto desde que inició su gestión como presidente de México, al margen de las artes que empleó para convertirse en el jefe del Ejecutivo. Acaso en ese día Enrique Peña se considere aún más agraviado y dolido que como dijo se sentía el 1 de diciembre de 2012. Quizá hasta se encuentre al borde de las lágrimas debido a su incapacidad para honrar sus palabras vertidas en su discurso de toma de posesión, porque los resultados arrojados por su gestión en materia de crecimiento, empleo y bienestar social son exactamente los contrarios a sus compromisos asumidos retóricamente.

Lo que sí es una certeza es que los trabajadores mexicanos llegan una vez más derrotados a la conmemoración de los mártires de Chicago, sus compañeros de clase que participaron en la llamada revuelta de Haymarket Square (Chicago, Estados Unidos) en mayo de 1886, los cuales fueron sangrientamente reprimidos, varios de ellos asesinados y algunos dirigentes encarcelados y condenados a la horca por su insolente exigencia de 8 horas de trabajo, 8 horas para el sueño y 8 horas para la casa, entre otras reivindicaciones básicas. Concurren al Día Internacional del Trabajo con una batalla más perdida en la lucha económica de clases. Con sus intereses y derechos laborales conculcados, flexibilizados y sometidos como fardos al capital por obra y gracia de la contrarreforma laboral neoliberal calderonista-peñista. Vendidos por los dirigentes sindicales integrados a la estructura corporativa del Estado y las empresas. Víctimas de la estanflación registrada durante el año y medio transcurrido del peñismo. Agobiados por los escasos empleos formales creados en las peores condiciones laborales, el desempleo, el subempleo o la informalidad, que les ha obligado a emigrar o desertar del mercado de trabajo, a vegetar, a incorporarse en las robustas filas de la delincuencia ante la imposibilidad de encontrar un empleo digno o indigno. Desesperados por la pérdida sistemática en el poder de compra de los salarios reales que los condena a la pobreza y la miseria, situación convertida en una deliberada estrategia de Estado para controlar la inflación, reducir los costos de las empresas y elevar la competitividad del capital, por la política tributaria y de precios del gobierno. Abatidos y paralizados por el presente y el futuro sombrío al que han sido condenados.

Prometer no cuesta nada

En su primer discurso como Ejecutivo, Peña Nieto dijo: “hay un México de progreso y desarrollo, y otro que vive en el atraso y la pobreza. Hay un gran número de mexicanos que viven al día, preocupados por la falta de empleo y oportunidades, porque el país no ha crecido lo suficiente”. Y, rasgándose teatralmente las vestiduras, añadió: “Es inaceptable que millones de mexicanos padezcan aún de hambre. En el México de hoy no puede ni debe permanecer la situación de pobreza y hambre en que se encuentra un amplio sector de nuestra población y que, lamentablemente, divide a los mexicanos”. Cariacontecido, agregó: “Estas condiciones nos agravian, nos duelen [y] dañan la imagen de México en el exterior”. Por esas y otras razones, adicionó en un ataque de lirismo: “Éste es el México que hay que transformar. Mi compromiso es […] acelerar el crecimiento, promover la economía formal. Mi prioridad, el principio elemental de mi política social, [es] elevar la calidad de vida de las familias mexicanas, lograr que tengan un piso básico de bienestar, cerrar la brecha de la desigualdad”; alcanzar “un México incluyente, una sociedad de clase media, con equidad y cohesión, con igualdad de oportunidades. Debemos entender que no habrá seguridad mientras no haya justicia”. Ya encarrilado, como un iluminado circunstancial, remató: “En el México que vislumbro hay justicia e inclusión, que serán las bases del pacto social. Es tiempo de romper, juntos, los mitos y paradigmas, y todo aquello que ha limitado nuestro desarrollo”.

Año y medio después, el único avance perceptible es el relativo a la demolición de mitos y paradigmas. Pero no a los “que han limitado nuestro desarrollo”, lo que hubiera implicado dar un viraje estratégico, abandonar el modelo neoliberal, responsable del estancamiento económico padecido entre 1983 y 2014, de la creciente exclusión social, la pobreza y la miseria generalizada. Los mitos y paradigmas en contra de los cuales ha arremetido Enrique Peña Nieto son los del antiguo régimen estatista-nacionalista que obstaculizan la radicalización y el redespliegue neoliberal. Entre ellos destacan los que frenaban la reprivatización y trasnacionalización energética, que llevará al desmantelamiento de las organizaciones corporativas de los empleados petroleros y electricistas, o que protegían constitucionalmente los derechos laborales –prestaciones, servicios de salud, seguridad e higiene en las empresas, permanencia, horarios–, al menos en la ficción jurídica, y restringían la sobreexplotación del trabajo asalariado, tarea facilitada por el control corporativo de los capos sindicales que prefirieron inmolar a los trabajadores para salvaguardar sus privilegios.

En cambio, la situación del mercado laboral y las condiciones de vida de los trabajadores, por las cuales Enrique Peña dijo sentirse profundamente agraviado y dolido, son peores a las registradas al inicio del gobierno priísta. La información oficial no deja lugar a equívocos.

Nadie puede dudar que a la población le angustie la falta de empleos formales, los diversos grados de hambre que padecen y la pauperización que sufren las mayorías.

A todos les preocupa. Menos a la minoría oligárquica. Porque su fortuna se ha logrado a costa de la pobreza y la miseria de las mayorías.

Tampoco a los neoliberales como Peña o Luis Videgaray, porque ellos han sido los gerentes responsables de instrumentar las políticas causantes de la polarización social, del genocidio económico.

Sólo les inquieta la inseguridad que ellos mismos han generado y han buscado resolverla con el exterminio de la escoria delincuencial.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en lo que va de la presente década, la población económicamente activa (PEA) –es decir, quienes están en edad de trabajar– aumenta anualmente en 1 millón 325 mil personas en promedio. Ese mismo número de plazas se requerirán cada año para ocupar a quienes buscan por primera vez una plaza en el mercado laboral formal. Durante el sexenio de Peña Nieto se necesitarán 7 millones 950 nuevos empleos acumulados. Si se desea reducir el desempleo, el subempleo, la informalidad, la emigración y la inseguridad, la cantidad debe ser sustancialmente mayor.

Entre 2011 y 2012, los nuevos empleos demandados sumaron 2.7 millones, y los trabajadores afiliados al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que reflejan la oferta formal, ascendieron a 1.3 millones. La mitad fue ocupada. La otra mitad tuvo que buscar otras formas de supervivencia. En ese bienio la economía creció 3.9 por ciento en promedio anual.

Para enmendar los agravios, atemperar el dolor ajeno, reducir la preocupación social por la falta de empleos, y hasta para enjugar las lágrimas de las mayorías, la economía debió crecer “suficientemente”, según el razonamiento de Peña, aun cuando nunca especificó cuánto es “suficiente”…

¿Cuánto es “suficiente”?

Por lógica, el ritmo de expansión en el primer año peñista debió superar la tasa de 3.9 por ciento, si se aspiraba a generar los empleos requeridos por primera vez y avanzar en la reabsorción de los excluidos del pasado reciente. Pero apenas fue de 1.1 por ciento, la peor desde 2009, cuando la economía se derrumbaba en 4.7 por ciento. Los peñistas no sólo no hicieron nada para contrarrestar la atonía económica: con su indiferencia y retraso en el gasto público, la convirtieron en una breve recesión y en el estancamiento que ya se extiende hacia la primera mitad de 2014.

Por la misma lógica, era natural que la creación de empleos se desplomara.

El IMSS sólo contabiliza 378 mil nuevos afiliados de los 1.7 millones requeridos, entre la toma de posesión peñista y el cierre de febrero de 2014. Es decir, 2.3 millones, el 77 por ciento, no encontraron nada en la formalidad.

El problema adicional es que, sin reformas estructurales, Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray proponen para el sexenio una tasa de crecimiento media anual de 3.1 por ciento. Con ellas, de 3.9 por ciento. Ninguna de las dos opciones será “suficiente” para generar los empleos formales necesitados.

¿Cómo se empezarán a mitigar las cuitas de los trabajadores mexicanos?

No con Peña Nieto, desde luego.

Las estadísticas, sin embargo, evidencian que los empleos creados son mayores a los reconocidos por el IMSS. Pero la diferencia se ubica allende del mercado formal, mostrando las llagas perniciosas del drama laboral. Veamos los detalles.

La atrofia del mercado laboral

Según el Inegi, entre 2012 y 2013, el total de ocupados pasó de 49.1 millones de personas a 50.2 millones. Aumentó en 1.2 millones, equivalente al 88 por ciento de los 1.3 millones requeridos. De la primera cantidad, 463 mil se ubican en los registros del IMSS y representan el 40 por ciento de los nuevos empleos.

Por otro lado, los trabajadores subordinados con percepciones salariales y no salariales disminuyeron de 34 millones a 33.7 millones. Se reducen en 328 mil personas, en 1 por ciento. Su participación en la ocupación total bajó de 69.7 por ciento a 67.2 por ciento.

¿Si el mercado laboral formal se contrae, dónde se ubica el resto de los ocupados?

En los intersticios fantasmales y precarios de la economía llamada “informal”.

Entre las personas que laboran por su cuenta –porque de alguna manera tienen subsistir– aumentaron de 10 millones a 11.1 millones, 1.1 millones más, 11 por ciento más. Su peso relativo en el empleo total se elevó de 20.3 por ciento a 22.1 por ciento. Los asalariados perdieron 2.3 puntos porcentuales. Los que trabajan por cuenta propia ganaron 1.8 puntos.

De las 1.2 millones de nuevas plazas, 722 mil, el 62 por ciento del total, se generan en el sector terciario; 381 mil, el 33 por ciento, son aportadas por el comercio; 587 mil de las nuevas ocupadas, la mitad del total, carecen de un establecimiento para realizar sus actividades. Son los “emprendedores” de la informalidad. En 2013 el sector agropecuario no proporcionó nuevos empleos.

Enrique Peña Nieto dijo que era “inaceptable que millones de mexicanos padezcan hambre” y sobrevivan en la pobreza.

Pero en su primer año de gobierno la mayoría de los nuevos empleos se ubicaron en el rango de los salarios de hambre que perpetuán la pobreza y la miseria.

Los empleos que pagan más de 5 veces el salario mínimo (VSM) retrocedieron en 296 mil. Su total se redujo de 3.9 millones en 2012 a 3.6 millones en 2013, y su participación en el total de los ocupados cayó de 8 por ciento a 7.3 por ciento. El 78 por ciento de los nuevos puestos pagan salarios de uno a dos VSM. Los que se ubican en la mínima percepción aumentaron en 443 mil, por lo que su total se elevó de 6.4 millones a 6.9 millones, y su participación en el total pasó de 6.4 a 6.9 por ciento. Los que pagan 1.1-2 VSM se elevaron en 467 mil, de 11.3 millones a 11.7 millones y, su proporción en el total subió de 23 por ciento a 23.4 por ciento.

De los 1.2 millones de empleos creados, 805 mil, el 69 por ciento del total, carecen de la cobertura de salud. Así, el número de ocupados sin ese servicio aumentó de 31.1 millones a 31.9 millones en la corta vida del peñismo. Los trabajadores asalariados subordinados sin prestaciones sociales se incrementaron en 323 mil; de 12.6 millones a 12.9 millones, equivalentes al 38.1 y 38.2 por ciento de esta clase de ocupados.

Lo que no ha sido inaceptable para Peña Nieto es el mantener la ley de hierro sobre los salarios, la imposición de sus aumentos en línea con la inflación esperada y no con la alcanzada. No se le ha ocurrido fijar sus alzas por encima de la inflación para impulsar la recuperación de su poder de compra, lo que sería un acto de justicia para los trabajadores, luego de 38 años de deterioro sistemático de los salarios reales. Tampoco le parece inaceptable que, mientras los salarios son controlados, los precios se mueven libre y alegremente como las golondrinas en el verano. Mucho menos le ruboriza que, durante su mandato, Videgaray se haya encaprichado en que los precios administrados por Hacienda dupliquen al aumento salarial.

En 2013, el alza de los salarios mínimos y contractuales fue el mismo: 4.3 por ciento. La inflación media de 4 por ciento. La canasta básica subió en 5.2 por ciento; los energéticos (electricidad, gas, gasolinas), en 8.3; y las tarifas autorizadas por el gobierno, en 9.3 por ciento.

En lo que va de 2014, dichos salarios aumentaron 3.9 y 4.2 por ciento, respectivamente. La tasa anualizada de la inflación para marzo fue de 3.8 por ciento.

En estos primeros meses, el costo de la canasta básica fue de 5.5 por ciento, el precio de los energéticos se incrementó en 9.8 por ciento y las tarifas autorizadas, en 9.6 por ciento.

Si la inflación le restó poder de compra a los salarios, el aumento en los impuestos directos e indirectos decretados para 2013 y la invención de otros por el creativo Videgaray redujeron aún más los ingresos disponibles por la población para su vida diaria. Al menoscabo anterior debe agregarse otro: la graciosa habilidad empresarial por trasladarle a los consumidores su inflación fiscal y de costos de producción por la vía de mayores precios finales.

Con toda justicia, lo anterior puede calificarse como una injusticia. Una deliberada razón de Estado: una política antisocial en toda regla.

Como los neoliberales que lo antecedieron, Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray administran la permanencia de la miseria salarial. La pérdida del 77 por ciento en el poder de compra de los mínimos y del 52 por ciento de los contractuales.

Se ve que el agravio y el dolor que dice sentir Peña por el hambre, la pobreza y la miseria son sólo de dientes para afuera. Un gesto histriónico.

El desvarío justiciero e inclusivo de Peña Nieto

Los datos arrojados por el peñismo en materia de desempleo, subempleo e informalidad contradicen el México que vislumbró el presidente de la República, descrito como el de un país con justicia e inclusión social.

Esa visión se convirtió en una especie de delirio sin sustento material, por lo que difícilmente puede ser parte de un pacto social. Es más bien su disolución.

Oficialmente, entre 2012 y principios de 2014, la tasa media de desempleo abierto ha caído de 5 a 4.9 por ciento. Nada significativo. Entre 2012 y 2013, los trabajadores desempleados disminuyeron en 75 mil, al pasar de 2 millones 508 mil a 2 millones 432 mil.

En un país carente de seguro contra el desempleo (pues el aprobado para 2014 es un cruel sarcasmo para los trabajadores que sean arrojados a la calle y puedan disponer del mismo), es irrelevante la baja en los el número de despedidos. Hasta de las estadísticas desaparecen.

La tasa de subocupación, en cambio, subió de 8 a 8.2 por ciento de los ocupados. Los subocupados se incrementaron en 183 mil. Pasaron de 3.9 millones a 4.1 millones.

Lo notable es qué hacen los excluidos del mercado laboral formal.

Algunos simplemente abandonan la búsqueda de empleo. Cuando eso ocurre, la persona es reclasificada de económicamente activa a inactiva disponible para trabajar. De activa se convierte en pasiva vegetativa familiar para cuadrar las estadísticas laborales. Quienes se encuentran en este caso pasaron de 6 millones 356 mil a 6 millones 339 mil, sin que la diferencia implique el traslado de pasivo a activo. En sentido estricto, ellos deberían sumarse a los desempleados abiertos y (des)esperanzados de encontrar alguna ocupación formal, con el objeto de tener un panorama más amplio y descarnado de la desmovilización laboral.

Sin embargo, el indicador que proporciona una mejor perspectiva del drama laboral en México es la llamada informalidad.

El Inegi ofrece dos opciones estadísticas para que el cliente elija, por si quiere ver el paisaje laboral de manera optimista o pesimista, o según su sesgo ideológico, ya sea neoliberal o antineoliberal.

La opción optimista y neoliberal es la ocupación en el sector informal, la cual considera a “las personas que trabajan para unidades económicas no agropecuarias operadas sin registros contables y que funcionan con recursos del hogar o de la persona que encabeza la actividad, sin que se constituya como empresa, de modo que la actividad en cuestión no tiene una situación identificable e independiente de ese hogar o de la persona que la dirige y que por lo mismo, tiende a concretarse en una muy pequeña escala de operación” (Inegi).

Esos informales aumentaron en 350 mil personas en el primer año peñista y equivalen al 30 por ciento del total de nuevas ocupaciones (1.2 millones), al 93 por ciento de los nuevos afiliados al IMSS y casi cinco veces a la reducción de los desempleados abiertos (75 mil).

Parte de estos últimos se agregaron a esos informales.

El total de dichos informales pasó de 13.1 millones a 14 millones y equivalieron, en ambos casos, al 28 por ciento de los ocupados totales.

La opción para los pesimistas y los críticos es la informalidad laboral, que “suma, sin duplicar, de los que son laboralmente vulnerables por la naturaleza de la unidad económica para la que trabajan, con aquellos cuyo vínculo o dependencia laboral no es reconocido por su fuente de trabajo. En esta tasa se incluye –además del componente que labora en micronegocios no registrados o sector informal– a otras modalidades análogas como los ocupados por cuenta propia en la agricultura de subsistencia, así como a trabajadores que laboran sin la protección de la seguridad social y cuyos servicios son utilizados por unidades económicas registradas” (Inegi).

La tasa de esta informalidad cayó de 60 por ciento de los ocupados a 59 por ciento. Si en 2012 el total de ocupados sumó 49 millones, la primera tasa equivale a 29.4 millones de personas. En 2013, los ocupados fueron 50.2 millones y los informales ascendieron a 29.6 millones. Es decir, agregaron 198 mil personas.

Los datos anteriores indican que la normalidad laboral mexicana es la informalidad, y que la anormalidad es la formalidad precaria e inestable que se extingue lastimeramente.

La contrarreforma laboral peñista busca homogeneizar al mercado fragmentado en la precariedad, la pobreza y la miseria.

En este contexto, la destrucción de sindicatos como el Mexicano de Electricistas o el de Mexicana de Aviación, al que seguirán la disolución de las organizaciones de los maestros, los petroleros, los electricistas corporativizados y los telefonistas, entre otras organizaciones de clase, acelerarán la derrota obrera.

Más que como Ejecutivo, Peña Nieto ha resultado (ser) un experto en demoliciones.

26.4.14

Salud: el mito de la universalidad

Gustavo Leal F.

El anuncio de la reforma de salud a cargo de la secretaria Mercedes Juan confirma que –como en el caso de la pensión y la farsa de seguro de desempleo no universales– Enrique Peña repliega la actual atención médica integral del IMSS-Issste, achicando la responsabilidad estatal al mero suministro de paquetes mínimos efectivos o pisos básicos propuestos por la OIT, como los del Seguro Popular. Lo que no cubra Peña deberán, ahora, cubrirlo los ciudadanos comprando seguros complementarios. Esa universalidad opta por reducir el derecho a la salud a sus mínimos.

En el documento del CIDE Elaboración de proyecto de iniciativa de reforma a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos para garantizar el acceso al sistema universal de salud, firmado por Gonzalo Moctezuma, se propone un nuevo artículo 4º constitucional que raciona el derecho a la salud. Dice: Toda persona tiene derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud, frente al texto vigente, que señala que toda persona tiene derecho a la protección de la salud.

Además de este racionamiento, en sus 128 páginas el documento realiza menciones generales al crucial tema de la calidad, sin jamás definirla y sin adoptar explícitamente la más robusta demanda ciudadana: mejora inmediata de la atención médico-clínica y su capacidad resolutiva. Ella se ha potenciado con la inaceptable ola de negligencias médicas desatada en el gobierno de Peña Nieto.

El proyecto de universalidad del peñismo y sus entusiastas promotores –Funsalud, Banorte, Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS), Cámara de Comercio Británica, consultora PricewaterhouseCoopers, Centro de Estudios Espinoza Yglesias y CIDE, entre otros– adolece de una alternativa precisa para la mejora médico-clínica de los servicios.

Y, como en el caso del documento del CIDE, esa misma reiteración general sobre el gran tema pendiente de la calidad se confirma en el propio Programa Sectorial de Salud 2013-2018, donde resulta insuficiente su reducción a los niveles, características y organización de los recursos para la salud o a la Estrategia Transversal 2: Asegurar el acceso efectivo a servicios de salud con calidad.

Porque la prioridad de Mercedes Juan y el CIDE es otra. Para ella se trata de conformar un fondo único con recursos de todas las instituciones para evitar duplicidades y contar con mayores recursos para mejorar la calidad ( Reforma, 25/07/13). Su visión de la calidad es transversal: no se puede asegurar el acceso a servicios sin calidad, éste es un reto que lleva varios años de trabajo. Falta mucho para lograr la cobertura universal con una gestión de calidad. La secretaría tiene un compromiso explícito por los servicios de calidad, mismo que se encuentra plasmado en el Plan Nacional de Desarrollo. La calidad de los servicios en el país es buena, pero no estamos tranquilos ni contentos, hay que mejorarla. Hay conciencia de que se debe hacer un cambio y que se trabaja en pro de reformas, como tener un fondo único y que no se traslape la atención. Si se logra que la gente se pueda atender donde quiera, se puede mejorar ( Reforma, 16/07/13).

No se aprecia cómo ese fondo pudiera beneficiar al usuario-paciente-derechohabiente. Pero, reformas en curso, muestran que esa mejora es estratégica y punto de partida de cualquier reforma y no transversal, como la de Mercedes Juan ni las del Programa Sectorial de Salud ni, por supuesto, las del documento del CIDE.

Rafael Bengoa, ex consejero vasco de Sanidad y asesor de la Unión Europea y de Barack Obama, sostiene, con verdad, que los pacientes crónicos son más una solución que un problema del sistema de salud, porque es habitual que las camas estén bloqueadas por ellos. Pero éste es un problema asistencial, no de las familias y los enfermos. Los gestores sanitarios están a tiempo de hacer cambios en el modelo. La red privada se beneficia de la falta de transformación del sector público ( El País, 27/01/14). Justamente lo que no se aprecia en la reforma que anuncia Mercedes Juan.

Según la cuenta satélite del sector salud de México 2008-2011 del Inegi, los hogares mexicanos aumentan el tiempo dedicado a cuidar enfermos crónicos, temporales –o con discapacidad– en casa. En 2011, dedicaron 127.7 millones de horas más que en 2010. Si hubieran contratado para la tarea, de cada 100 pesos erogados, 65.5 pesos estarían destinados a ella.

Como concluye el documento Salud Pública de la Agenda Ciudadana de Ciencia: El Seguro Popular, lejos de solucionar el problema, lo agravó. La cobertura universal no garantiza atención médica oportuna ni de alta calidad (Conacyt, AMC, UNAM, 2013).

Frente al inaceptable rosario de negligencias de la administración Peña, ¿qué y cuál mejora efectiva en la atención médico-clínica garantizaría su universalidad sanitaria?

¿La Procuraduría de la Salud que, según Juan, sería una instancia de evaluación de las intervenciones explícitas (como las que raciona el Seguro Popular) que haga seguimiento de los derechos de los usuarios y que realmente vigile y evalúe esas garantías?

¿O la instancia –que le ordenó Peña el Día Mundial de la Salud– para regular y vigilar la calidad de los servicios en los establecimientos de salud, así como en la práctica médica?

El mito de la universalidad-Peña, ahora en el delicadísimo asunto público de la salud, desprotegerá a las mayorías, potenciará la desigualdad, pero publicitará nuevos derechos de amplia vocación social.