8.2.24

Pacificación de México: de la eclosión a la asunción como tarea estratégica

Jorge Retana Yarto

 

En el bienio 20172018, la violencia criminal llegó a niveles históricos los años con más “homicidios dolosos” en el país. Las elecciones federales de entonces registraron el mayor nivel de asesinatos de candidatos contabilizados. Por la violencia que aún padece México, podría parecer inacabado el tiempo del presidente Andrés Manuel López Obrador para lograr la pacificación del país, como lo anunció o prometió al principio de su mandato, pues faltan ocho meses para su conclusión legal-constitucional. En sentido estricto, es complejo que tal objetivo pueda concretarse.

Hoy podemos valorar dicho proceso. En términos evaluativos, este planteamiento fue una de las grandes apuestas del actual gobierno de la 4T-4Rcuarta transformación para la cuarta República–. En ésta, se pusieron en juego distintos conceptos, principios, que podemos encontrar en discursos y alocuciones hacia la sociedad. Además de instrumentos que aterrizaron en programas y políticas públicas, los cuales arrojan ciertos resultados al día de hoy. Estos mismos nos proponemos valorar políticamente.

Al respecto, tenemos cuatro hipótesis centrales y una valoración conclusiva:

1.La pacificación no es un objetivo estratégico para el desarrollo de México en la clase política nacional, sólo en el Poder Ejecutivo federal y en los estados gobernados por el partido en el poder[Morena], aunque sus actividades son en general, limitadas, casi formales.

2.La pacificación no es aún un objetivo estratégico en las instituciones armadas. Esto, dado que sus intervenciones institucionales, políticas y sociales se han dilatado sin un correlato de compromiso a fondo con dicho objetivo: hacen lo necesario por mandato presidencial. Sin embargo, en procesos de justicia transicional gravita más en muchos integrantes su espíritu de cuerpo, su defensa, frente a cualquier revisión o ajuste con hechos del pasado, sin anteponer que es parte de la pacificación. No existe ésta sin ajuste con el pasado.

3.La pacificación es un proceso que obstruye las metas de lucha electoral entre fuerzas políticas, cuya visión e interés predominan sobre cualquier otra consideración. Son rehenes de la visión de corto plazo.

4.Se ha intentado implementar de manera incompleta y heterogénea, sin una concepción precisa de la misma y de sus procesos ajustados a las condiciones de México. Hay avances que, no por carecer de espectacularidad, debemos dejar de apreciar su valor. Significa que se puede avanzar mucho más.

Consecuencia de este postulado valorativo producto de las hipótesis que desarrollamos en este ensayo, el curso de la pacificación se encuentra en una etapa embrionaria con resultados de avance en algunos aspectos. En otros, mejores; sin embargo, insuficientes en algunos más. Además de retrocesos que no permiten sostener con datos duros que la pacificación avanza con paso firme y que puede entrar a un proceso de consolidación y expansión.

No ha superado la etapa embrionaria, de eclosión, pero camina. Cuenta con las determinantes socio-políticas e institucionales para dar un salto positivo en el futuro.

Un señalamiento que nos parece de importancia: las polémicas del presidente Andrés Manuel López Obrador en sus ruedas de prensa sobre estos temas tienen un eje sustantivo: para él, la reducción y tendencias de descenso –ejemplificadas con datos duros, reales– durante su gobierno en los indicadores de incidencia delictiva prueban lo acertado de la concepción y la estrategia puesta en marcha.

Otros, reconocemos lo primero y los avances logrados, pero consideramos que con ajustes en la estrategia –no en la filosofía política general que la misma contiene– es posible acelerar los tiempos de la caída de los indicadores y obtener mayores éxitos. La severidad de los eventos –como lo ocurrido a fin de año– y la imperiosa necesidad de intensificar el desarrollo obligan a buscar dicha aceleración.

Hemos señalado en qué puede consistir dicho ajuste en la estrategia. No seré repetitivo. Nadie miente en esto. Algunos critican sin reconocer nada, sólo por deslegitimar el enfoque y la estrategia; no tienen propuesta. Otros apoyamos y reconocemos, pero valoramos distinto el poder actual de la estrategia hasta hoy seguida. Enero de 2019 no es enero de 2024.

Cualquier estrategia puede ser ajustada. No son rígidas e inamovibles en cuanto las circunstancias y el correr del tiempo. Los cambios son dictados por la necesidad. Hoy, las organizaciones trasnacionales del crimen se han transformado; no son las mismas que en 2019.

Estado de necesidad de un nuevo paradigma

En primer lugar, debemos considerar que el propósito y objetivo político –enunciado desde la campaña para la elección presidencial de 2018– no los consideramos propagandísticos, y menos demagógicos. Tampoco son utópicos –hay diferentes experiencias históricas de logros en tal sentido–, sino sinceros y dictados por el estado de necesidad en el país.

El crimen trasnacional organizado se había empoderado a lo largo y ancho de nuestro territorio. Conformaba una multiamenaza para la seguridad nacional en su vertiente de seguridad interior. En cuanto a ello, todos lo entendía así –como de urgente necesidad–. Ante esto, se habían esbozado cinco propuestas generales distintas:

Intensificar y ampliar la praxis de la estrategia punitiva-represiva centrada en la ofensiva de los cuerpos armados del Estado –aún no sabíamos, aunque muchos sospechaban, las trapacerías criminales de Genaro García Luna y las colaboraciones del gobierno de Peña Nieto con él– al costo que fuera necesario.

Asimismo, ampliar las facilidades a organismos como la Administración de Control de Drogas (DEA por su sigla en inglés), luego también nos enterarnos de distintas complicidades de dicho organismo, para derrotar por las armas a los ya poderosos cárteles mexicanos.

Por otro lado, la legalización de las drogas para modificar el ambiente socio-político, económico y de mercado respecto al tráfico internacional de estupefacientes ilícitos desde México.

Esta propuesta fue esgrimida por el grupo internacional de personalidades que encabezaba el exsecretario de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Kofi Annan, en el cual participaba el expresidente Ernesto Zedillo.

Dentro de esta opción, como variante acotada de la misma, se planteaba “la regulación de algunas drogas como el cannabis” y su despenalización, como primer paso hacia el objetivo más amplio.

En la Asamblea Legislativa del Distrito Federal –entonces–, se llegó a perfilar una normatividad legal para abordar en esos términos la problemática. La gradualidad era el eje conceptual. El entonces senador Joe Biden planteó la necesidad –como variante de la estrategia punitiva-represiva– de la integración de un ejército multinacional para la región de América. Se encargaría de perseguir y aniquilar a los líderes y sus organizaciones criminales.

La negociación directa, abierta o encubierta con las organizaciones del crimen trasnacional en México fue disimulada, por tanto, ilegal. Fue una opción que estaba sobre la mesa en distintos países.

En Colombia, primero fue encubierta y luego abierta y legal con Pablo Escobar. Y, en Italia, encubierta con la organización criminal “la Camorra” Napolitana, por ejemplo.

En el tema del blanqueo de capitales, se establecieron los Acuerdos de Basilea III. Plantearon incrementar los candados en las operaciones bancarias y en las transacciones internacionales de dinero –normas de cumplimiento para los oficiales bancarios y los ROS (reportes sobre operaciones sospechosas, en español). Éstas son las prácticas de mayor identificación de los clientes-inversionistas en bancos y mercados de valores (dinero y documentos transables).

Así como la legislación en cada país –sobre extinción de dominio–, en cuanto a la utilización de distintos inmuebles para narcomenudeo y dinero de procedencia ilícita. Eran susceptibles de ser expropiados si esto se comprobaba –lo que fue un sonado fracaso, los juicios eran perdidos por la autoridad en distintos casos–. Además de rematar con más candados –normas severas– en las leyes de investigación de recursos de procedencia ilícita que ampliaban las posibilidades de este tipo de operaciones al sector joyero, al inmobiliario, turístico, de arte. Además, reducían el monto de las operaciones en efectivo y en dólares estadunidense.

Y ulteriormente, amplían la legislación nacional, a través de las Unidades de Inteligencia Financiera (UIF) por conducto del GAFI (Grupo de Acción Financiera Internacional). Incluían el sector bancario-financiero entre países.

Se reforzó dicha política, igual que con la cooperación de carácter judicial; es decir, la persecución en las fronteras, la ampliación de las causales de extradición, la interposición de rogatorias internacionales, etcétera.

Todo ha sido, si no inútil, insuficiente para neutralizar o erradicar las amenazas del blanqueo de capital a nivel mundial y nacional. Siempre hay resquicios legales, administrativos, o por corrupción en asociaciones criminales de distinto tipo –de cuello blanco– que lo permiten de manera masiva y continua.

En suma: parecía que nos encontrábamos en un “callejón sin salida”, con una estrategia de política criminal punitiva-represiva nacida de un paradigma lanzado desde el gobierno de Estados Unidos durante el mandato de Richard Nixon.

Tal como fue “la guerra contra las drogas”, paradigma fallido, agotado, cuestionado en México por los críticos y opositores políticos. Sin embargo, incluso en el gobierno de Peña Nieto, se intentaron algunas líneas de cambio en ese sentido.

Hacia el final del sexenio, en la ONU, Miguel Ángel Osorio Chong declaró que México estaba dispuesto a ir a una legalización parcial de drogas prohibidas, aunque Peña Nieto lo negó en la Casa Blanca, durante una reunión con el presidente Barack Obama.

Su carácter fallido también fue aceptado por el Senado de Estados Unidos en varias ocasiones e internacionalmente en América Latina, pero especialmente en Europa, en donde se adoptó el “paradigma preventivo”. Se puso a un lado el modelo represivo-punitivo.

Por tanto, los planteamientos en campaña de Andrés Manuel López Obrador durante 2017-18 de abordar esta inmensa problemática –cambiando los parámetros teórico-conceptuales y los instrumentos legales represivos-punitivos, como cuando anunció una ley de amnistía, imposible en el tema del crimen transnacional organizado– y entrar a un “proceso de pacificación” constituyeron un severo factor disruptivo.

La frase concreta era “vamos a serenar y pacificar a México”, dentro de lo cual, surgió la frase de “abrazos no balazos”, pésimamente entendida y también interpretada de muy mala fe.

Se ha hecho escarnio de una de las frases –pudo haber sido otra mejor acuñada–. Han pretendido resumir el más caro anhelo de cualquier sociedad nacional: vivir en paz, en armonía social, con instituciones sólidas, las cuales diriman los conflictos y choques de intereses –incluso los más complejos, como los originados por el crimen transnacional organizado–. En particular, después de lo que veníamos viviendo desde hacía 35 o 40 años.

En consecuencia, se trató de crear e implantar “una filosofía de la paz que sustituyera la filosofía de la guerra” –no eliminar la lucha desde las instituciones públicas–.

Luego se “dio por terminada la guerra contra el crimen organizado”. También, se plantearon los instrumentos de política pública al efecto: la política social, la lucha a fondo contra la corrupción y la creación de la Guardia Nacional –subsumiendo lo que fuera posible de la Policía Federal–.

Igualmente, se cambió el organismo de inteligencia civil llamado Cisen por el Centro Nacional de Inteligencia. Se pretende centralizar allí la inteligencia civil y policial esparcida en 11 o 13 organismos distintos–. Además de crear una Fiscalía General autónoma, reducir sueldos y salarios, establecer la “austeridad republicana” –para liberar recursos extraordinarios–, elevar los salarios mínimos, reforzar los programas sociales, etcétera.

Todo orientado a generar un ambiente nacional propicio al inicio de un proceso de pacificación gradual para México. Un auténtico cambio de filosofía política, de gobierno. Es decir, un cambio de paradigma difícil de comprender y poco explicitado desde el poder público. Pareció que no había ideólogos que se encargaran de ello. Reinó la confusión y la interpretación banal.

La pacificación, parte del nuevo paradigma

Abrir “un proceso de pacificación” es parte del nuevo paradigma para enfrentar la violencia criminal, la organización y operación del crimen trasnacional. De esta manera, consumar la derrota socio-política y cultural del mismo y reducir sus fortalezas financieras –que son poderosas–.

La pacificación es parte integral de la lucha contra la criminalidad transnacional desde los lineamientos e instrumentos, las políticas inherentes al nuevo paradigma.

Sin embargo, surge una duda fundamental: ¿la lucha contra la criminalidad bajo los términos mencionados es simultánea al proceso de pacificación o son procesos secuenciales?

Depende de cómo entendamos “la pacificación”: como la reconquista de la paz –“la estabilidad” del autoritarismo presidencialista anterior–, la instauración de la armonía social democrática bajo el orden constitucional renovado, o la caída progresiva de los indicadores de violencia social-criminal y los avances en contra de la criminalidad transnacional, susceptibles de medición, que procesan organismos internacionales de especialistas en el tema, mediante indicadores estadísticos diversos, los cuales atañen a la incidencia delictiva.

Salvo volver a la estabilidad del autoritarismo presidencial anterior en México, incapaz de contener la expansión criminal, las demás rutas no son antagónicas entre sí. La complejidad histórica las entremezcla.

Para responder mejor, tenemos que acudir a la teoría, a la experiencia de procesos históricos de pacificación consumados y al tratamiento técnico metodológico que hacen los organismos internacionales abocados a estudiar e informar sobre estos fenómenos y procesos, ante un estado de violencia criminal desbordado y agudizado.

Los abordaremos en argumentaciones breves. Por cierto, tales organismos no recopilan datos ni analizan lo que en la sociología política latinoamericana denominamos “violencia estructural” –derivada de los mecanismos de exclusión y marginalidad social, inducidos por modelos económicos desarrollistas y oligárquicos, los cuales poblaron América Latina y el Caribe–. Ameritarían otro ensayo.

La teoría: los procesos de pacificación no son ni pueden ser sólo la “ausencia de violencia criminal desbordada”.

Tienen que incluirla, pero antes que nada son una expresión del derecho humano a vivir en paz, un derecho inalienable e imprescriptible, el cual estánobligados a respetar y a luchar por su vigencia los gobiernos nacionales que se precien de entender y respetar la seguridad humana.

Mucho menos es “la paz de los muertos, de los cementerios”, ni el predominio de las complicidades criminales con y desde el poder público; es decir, un entorno de simulación socio-política e institucional impuesto por las “mafias de Estado”, en la conceptualización de Jürgen Roth.

Ahora bien: la Carta de las Naciones Unidas establece dos preceptos universales fundamentales. En el artículo 1, numeral 1, sustenta que es propósito fundamental de la Organización mantener la paz y la seguridad internacional mediante el arreglo o ajuste de controversias o situaciones susceptibles de llevar a quebrantamientos de la paz. Esto a través de medios pacíficos y de conformidad con los principios de la justicia y el derecho internacional.

Además, dicho cuerpo legal desarrolla el contenido de este principio en el capítulo VI (artículos 33 a 36). En el artículo 33, párrafo 1, se hace la referencia a que los Estados miembros tienen la obligación de resolver sus controversias utilizando medios pacíficos.

De manera adicional, el mismo documento contempla la solución pacífica de controversias o de los conflictos. Es presentado como un derecho y un deber, ambos constituyen un principio unitario, indivisible.

A la vez, la solución pacífica de conflictos constituye la negación a la posibilidad de tratar los conflictos mediante el uso de la fuerza. La solución pacífica de controversias fue consagrada como un principio de las Naciones Unidas en el artículo 2, numeral 3.

Esta dualidad derecho-deber es propia de los ordenamientos supremos de carácter interno de los Estados nacionales; es decir, de los Estados constitucionales. Se tiene la obligación de solucionar pacíficamente los conflictos de toda naturaleza, pero también de proporcionar seguridad a la sociedad, a la nación, al Estado.

Hay adhesión en las constituciones a los principios internacionales consagrados en el derecho público internacional, y también apego y respeto absoluto al texto y la praxis política interior en la materia. No son solamente asuntos de política exterior.

El derecho a la paz es consustancial a la solución pacífica de los conflictos –sin lo segundo no puede haber lo primero–, los cuales, en su desbordamiento institucional, conducen a la violencia armada cualquiera que sea su naturaleza social, aún la tipo criminal trasnacional. Esto no significa que el Estado no pueda hacer uso jamás del “monopolio de la violencia legítima”.

No, sino que la orientación fundamental de las acciones públicas tiene, como contenidos, los instrumentos y medios pacíficos para contener y luego revertir el conflicto.

Así, darle una solución pacífica mediante acuerdos y justicia transicional avalados por la sociedad, por las mayorías sociales, por el Estado y por sus órganos constitucionales.

En consecuencia, el derecho a la paz significa en su sentido primero y último la potestad social de oponerse a todo tipo de actos de violencia, directa e indirecta, desde la propia sociedad o desde el gobierno, o desde ambos.

Por tanto, la implantación de mecanismos institucionalizados para la solución pacífica de conflictos, ameritan especial atención –en las Mesas de Pacificación, las legislaciones de justicia transicional para crear las Comisiones de la Verdad o comisiones especiales sobre hechos concretos como el crimen en Ayotzinapa.

Son los medios que facilitarán que la paz –en sus dimensiones tradicional o negativa, como ausencia de violencia, y positiva, como promoción de los derechos humanos, la paz acompañada de la justicia y la equidad– se haga realidad.

Es dable afirmar que las acciones tendientes a dar solución pacífica a los conflictos son expresión del ejercicio de un derecho inalienable: el derecho a la paz.

La experiencia histórica: hay una cuestión fundamental que debe entenderse con sus implicaciones y consecuencias: los procesos de pacificación que se conocen – los principales por lo menos– constituyen, un pacto, un arreglo, una reconciliación, un acuerdo, con el o los que consideramos “enemigos”, con quienes hemos visto como tales, a quienes se ha combatido de muy distintas formas, quienes nos han afectado.

No puede haber duda en esto. Es lo que se hace dentro de un proceso político-social y cultural e institucional, en paralelo a la marcha normal de las instituciones públicas, incluyendo al poder judicial; es decir, un proceso de mediano y largo plazo, de negociaciones que en su complejidad no parecen tener fin. Se pacta con el enemigo.

De aquellos procesos, hemos estudiado varios –Irlanda, Pueblos Vascos en España, Sudáfrica, Colombia. Centroamérica–. Son distintos entre sí, pero, no obstante, tienen con parámetros comunes que abordamos en donde lo fundamental.

Comprenden un principio axial: la búsqueda y logro de consensos, o bien el principio de quid pro quocomo en cualquier proceso de negociación, una concesión por otra. Entonces los factores fundamentales a todo proceso pacificador son:

Integrar una voluntad política unificada bajo el liderazgo del líder político principal –unidad de mando– que descienda desde el poder público hacia la sociedad. Luego, ascendería fortalecida y convertida en voluntad política mayoritaria. Así, ir al encuentro de un proceso de pacificación con todo lo que éste implica.

El uso de mecanismos de justicia transicional. Son entendidos como un espacio público legal distinto al ya instituido y de revisión de los hechos más violentos y sangrientos del pasado, con el fin de conocer la verdad sobre ellos y actuar en consecuencia, con justicia penal, compensación y/o y reparación de daños a las víctimas. Para ello, se crean los ordenamientos legales respectivos ad hoc.

Para decirlo con propiedad, el uso de los medios o procedimientos no jurisdiccionales se caracterizan porque la solución se logra con el acuerdo de las partes.

Los medios jurisdiccionales se caracterizan porque la decisión tiene carácter obligatorio. Es dictada por un tercero independiente quien tiene, o a quien se le otorga funciones jurisdiccionales temporales. Ello es indispensable en los procesos pacificadores.

Cuando el conflicto es armado, se busca lograr un acuerdo de “reducción de la violencia” letal, un alto al fuego pactado, un alto al fuego unilateral, restricción de las acciones de combate voluntarias, un cambio de las posiciones de los combatientes en el terreno del conflicto –retirada de ciertas zonas geográficas, o establecimiento de un territorio neutral u otros–, una legislación especial iniciada por el Poder Ejecutivo o una Comisión Especial plural del Congreso, u otras variantes, para autorizar e iniciar las conversaciones sobre la ley de paz y justicia, acompañada de otra ley de reconciliación nacional; o una sola que incluya ambas.

Apertura de una mesa de conversaciones para crear un espacio de conocimiento entre los encargados del proceso, confianza mutua y buena voluntad, de expresión política del deseo de pacificación entre contendientes.

Aplicación de una legislación judicial especialmente considerada con los responsables de actos criminales con reducción de condenas o la extinción de expedientes criminales, otorgando la posibilidad de una reinserción social posterior en sus comunidades originarias, u opciones de capacitación adiestramiento o trabajo, los cuales modifiquen los términos posteriores esperados de su comportamiento social, pero siempre cumpliendo una condena dictada por una fiscalía especial, creada ex profeso y que conoce de estos casos y dicta sentencia.

La provisión de recursos financieros públicos en partidas especiales, con el objetivo de financiar el conjunto de medidas de reparación a víctimas que van surgiendo como obligación pública durante los años que resulten necesarios.

La intervención de organismos internacionales con los buenos oficios y la mediación y la investigación internacional de hechos de alto impacto. Pueden incluir organismos internacionales con cierta jurisdicción reconocida; la cooperación judicial internacional o el arreglo judicial internacional; una rogatoria internacional; acuerdos entre las partes en conflicto con garantía internacional, o algunos otros medios e instrumentos de esta naturaleza.

Por todo lo anterior, debe entenderse con absoluta claridad que la construcción de la paz supone la transformación del sistema jurídico, el cual regía la convivencia social, en cuyo seno se generó y expandió el conflicto. Por múltiples razones, no fue capaz de contener y solucionar.

El sistema jurídico será expresión de los cambios que se acordaron en los procesos de pacificación. Por ello, los acuerdos de pacificación logrados son la pauta y la clave para entender los alcances de cada proceso y las nuevas realidades.

Nunca han existido procesos lineales. Siempre son accidentados, plagados de desacuerdos, denuncias ynuevos enfrentamientos armados, para luego volver al diálogo y a los acuerdos.

Pasan por distintos momentos y pueden llegar a la victoria o al fracaso. Nada está asegurado de antemano. Por ello, un proceso de pacificación es a menudo frágil, incierto, sumamente complicado y conflictivo, irregular, pero a la vez, esperanzador.

Lo anterior, puede ser útil cuando se producen consensos diversos al respecto de su uso y ejecución. Esto conforme a los alcances, la dimensión y características que tenga un acuerdo de pacificación y finalmente la firma de un acta de paz o de conciliación nacional y reparación del daño avíctimas. Deben incluir la restitución de bienes privados perdidos, derechos anulados, reparación por vidas segadas, etcétera.

Es decir, todo lo que se denomina “restitución a víctimas y familiares y reparación de daños”. Estos acuerdos son vinculantes para quienes los suscriben.

Los organismos internacionales recopilan datos y emiten valoraciones. Hay varios y de diverso origen, algunos privados, otros públicos. Algunos son más como organizaciones sin fines de lucro. En su mayoría, construyen indicadores integrados por distintas variables.

Las más representativas –a las cuales les asignan un valor ponderado conforme a la realidad de la violencia armada, asesinatos atentados, etcétera, en cada país– no logran aprehender la complejidad de las realidades de extrema violencia de un grave conflicto interno o de las guerras entre Estados –en su caso– por amplios que puedan, o no puedan ser.

Por lo tanto, debemos considerar sus indicadores o índices como “valores representativos y aproximados”. En alguna proporción, expresan lo que ocurre en determinado país respecto de sus conflictos armados de diverso tipo, conforme a la metodología de procesamiento de los datos, en lo cuantitativo y cualitativo. Son muy concretos.

En suma: no pasan revista al conjunto amplio de variables que van influyendo en los procesos iniciales, avanzados o de construcción de la paz.

Por lo tanto, tales variables no tienen expresión en los indicadores construidos. Sin indicadores ponderados, se miden los hechos más relevantes a su parecer. Debemos tener esto presente al leer los informes que emiten –regularmente cada año– y formarnos una idea del proceso mismo, de su estado de situación.

De acuerdo con lo antes establecido y analizado, tenemos claro que se requieren un conjunto de prerrequisitos para iniciar y desarrollar después, un proceso de pacificación. ¿Están presentes y en desarrollo en nuestro país?

Valoración de la pacificación en México

El nuevo gobierno 2019-2024 postuló la pacificación como objetivo primordial para ser lograda a lo largo de su sexenio. Su secretario de Seguridad y Protección Ciudadana –doctor Alfonso Durazo– dijo que en dos años se verían resultados tangibles del nuevo enfoque e instrumentos aplicables en la Seguridad. Se mencionó la entrada en funcionamiento de un nuevo paradigma que consideramos ha tenido tres ejes centrales:

Primero, las políticas de bienestar social transversales en los programas de gobierno y sus políticas públicas. Segundo, una lucha a fondo contra la corrupción de Estado. Dentro de ésta, ha sido central la autonomía de la nueva FGR y los cambios constitucionales asociados al fuero constitucional de los altos servidores públicos.

Y tercero, la creación y expansión de la Guardia Nacional. De inicio, tiene una concepción de colaboración y mando militar para combatir la delincuencia organizada y la criminalidad del fuero común. Es seguridad interior y seguridad pública desde un sólo cuerpo armado. Esto expresa una heterodoxia muy grande en los marcos teórico-conceptuales e institucionales.

De esta ecuación resulta, sale una concepción de la seguridad –principalmente entendida como Seguridad Pública– y lucha contra la criminalidad, asociada al bienestar y a la lucha contra la corrupción –incluyendo la de “cuello blanco”–.

En particular, aquella asociada a las organizaciones transnacionales, así como la innovación política e institucional en los cuerpos armados del Estado (GN). Esto, con una nueva visión que incluye el respeto efectivo a los derechos humanos.

Las acciones y operaciones de pacificación son medidas destinadas a poner fin a una crisis o un conflicto armado, instaurando una vía institucional de solución pacífica y definitiva para las causas que lo originaron.

La Estrategia Nacional de Seguridad considera como eje de la misma la coordinación del Gabinete de Seguridad con las Mesas de Construcción de Paz estatales y regionales, así como el funcionamiento de la Guardia Nacional y la participación de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública.

Mandata la capacitación y certificación de policías estatales y municipales, además del respeto a los derechos humanos; la atención especial a los casos de violencia contra las mujeres, y el combate de delitos transfronterizos.

En México, la pacificación pretende avanzar, a través de las Mesas de Pacificación y Seguridad y las acciones y operativos de la GN apoyados por la Marina y el Ejército.

Han integrado los gobiernos de los Estados, mediante una composición plural de funcionarios con distintas áreas de responsabilidad, en las cuales se planifican las actividades a desarrollar en los ámbitos de cada Estado. En total, hay 32 Mesas Estatales; 266 son regionales de construcción de paz y seguridad, más el Gabinete de Seguridad.

Hacia finales del año de 2022, desde dicha instancia de coordinación federal, se establecieron los resultados: reducción de los delitos del fuero federal en 27.3 por ciento de octubre de 2018 a octubre de 2022 y una caída en 92.2 por ciento del robo de combustible, que representa un ahorro de 236 mil millones de pesos entre 2020-2022.

Además, se evitó la toma de casetas en caminos federales. Esto canceló posibles pérdidas por 39 mil 820 millones de pesos. Se disminuyó en 18 por ciento el robo en sus distintas modalidades entre diciembre de 2018 y octubre de 2022. En el mismo periodo de tiempo, cayó en 40.1 por ciento el robo de vehículos; en 2.8 por ciento, los feminicidios, y 68.1 por ciento, el secuestro (https://seguridad.sspc.gob.mx/contenido/).

Observemos cómo dentro del reporte se ofrecen resultados para distintos tipos de incidencias delictivas: propias del crimen organizado, delitos de género y del fuero ordinario. Se engloban en el mismo rubro: “avances de pacificación”. Aquí tenemos un problema conceptual y metodológico. Sin embargo, no es el momento.

Y luego en tareas de prevención, se incluyen cuatro conceptos: Desarme Voluntario, Programa de Prevención de Adicciones y Violencia, Tianguis de Bienestar y Regularización de Vehículos de Procedencia Extranjera (Boletín No. 233).

Nuevamente, un concepto y una clasificación conceptual discutible dentro de la problemática que estamos tratando. Parece que su forzada inclusión se hace con la idea de reforzar el indicador de los resultados. O hay una desviación conceptual.

Sinceramente, como apuntamos, nos parece que hay mucha imprecisión, una falta de una correcta conceptualización transmitida a la sociedad, además de un programa claro y puntual del proceso que se ha emprendido.

Bajo esas condiciones, la evaluación desde el gobierno es compleja de procesar porque se incurre en confusiones. Para el público, se entremezclan las temáticas y los conceptos.

Por ejemplo, sobre lo que sería la tarea cotidiana en seguridad pública de la autoridad, como es el combate al robo –a transeúntes, a casas habitación, en transporte público, o la introducción ilegal de un automóvil desde el extranjero–, con los parámetros propios de un proceso pacificador respecto de un adversario interno, como el crimen trasnacional organizado –robo de combustible, narcomenudeo, etcétera–, a partir de una conflictiva agudizada llevada al terreno de la lucha armada entre aquél y las fuerzas coercitivas del Estado no son equiparables.

Esta problemática tiene dos factores de origen conforme a nuestro análisis: el estatuto legal – funciones– aprobado por el Senado de la República para la Guardia Nacional, en el cual la responsabilizan de las tareas de combate al crimen transnacional organizado, y del combate al crimen ordinario –como explicamos arriba–, apoyadas por las Fuerzas Armadas –validado por la SCJN– cuando la Constitución de la República separa las tareas de la seguridad interior y la seguridad pública, los marcos jurídicos de cada una y los cuerpos armados usados para el combate y preservación: la policía preventiva y las fuerzas federales; unas con mando civil, y otras, con mando militar.

A la Guardia Nacional, se le asignó un rol organizativo, funcional y jurídico híbrido: un cuerpo intermedio militarizado, con mando civil y operación militar. Una gravísima contradicción. Por ello, a la GN la llevan de una secretaría a otra. Primero, la subsumieron en la institución militar, y luego la SCJN la regresó a la SSPC.

Además, el ejército tiene un mandato finito para continuar coadyuvando en tareas de seguridad pública. ¿Se prorrogará indefinidamente? Veremos que dice la SCJN. Se debe solucionar la antinomia, no prolongarla indefinidamente.

El segundo factor originario es una clasificación o tipología penal confusa, en cuanto a cuáles delitos entender y combatir como propios de la criminalidad transnacional organizada, y cuáles son propios de la delincuencia ordinaria, aun cuando ambos tipos son ejecutados por la misma organización criminal: trasiego de drogas ilícitas, robo de combustible, robo simple o extorsión.

Hoy, no importa, quién sea el delincuente, sino cuál es el delito. Entonces, el resultado es que más del 90 por ciento de la incidencia delictiva está comprendida dentro de la Seguridad Pública.

Las estructuras delictivas transnacionales operan las fronteras en 52 países, con más de 20 mil integrantes en el extranjero. A pesar de ello, nuestra problemática fundamental se concibe como “tema de la Seguridad Pública” (sic). La distorsión es mayúscula.

Por ello, nadie ha vuelto a hablar del gran vacío que significa la ausencia de una Ley de Seguridad Interior. Después de su derogación, hemos caminado en la confusión completa con la anuencia de los responsables, dentro y fuera del gobierno –me refiero a los otros poderes–. Saben de este vacío y de que es una importante ausencia. Nadie plantea nada para subsanarla.

Recordemos que la ley propuesta y aprobada para este efecto en el congreso mexicano por el expresidente Enrique Peña Nieto y los mandos de las Fuerzas Armadas –con quién él consensuó la propuesta–, la derogó la SCJN.

Bien hecho por las tropelías constitucionales que los especialistas y organismos internacionales asentaron que tenía. Sin embargo, el vacío se llenó con una normatividad sustitutiva confusa, como la vinculada a la Guardia Nacional, la supletoriedad de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública, y la controversia sobre la adscripción de la propia GN.

Este galimatías poco tardará en hacer crisis severa. Ese momento puede llegar si la SCJN no acepta una prórroga en su rol especial del ejército y la marina de México.

¿Con este aparato teórico conceptual, jurídico constitucional y reglamentario es posible evaluar objetiva y adecuadamente el anunciado proceso de pacificación en México? Consideramos que no con la suficiente precisión, porque ya vimos cómo ello se expresa en los informes y evaluaciones para la sociedad.

Que detengan a los asaltantes no puedo aceptar que sea un avance en la pacificación. Hay otros casos mencionables. La confusión es clara: la pacificación se entiende como anulación de un acto de violencia criminal, como paz negativa. Tiene que ver con la seguridad interior, variante de la seguridad nacional, no con la seguridad pública.

Como hemos visto con cierto detalle, el marco teórico-conceptual, jurídico e histórico nacional e internacional se subsume en otras categorías analíticas, normas jurídicas y variables para denotar un proceso de pacificación, a partir de un enemigo interno identificado.

Esto ha sumido en la violencia extrema criminal a la sociedad y las instituciones del Estado. Debería existir un “Índice compuesto”, un Índice de Paz y quizás también un “Índice de Prevención” dentro de México –no sólo las estadísticas con tendencias– que pudieran contrastarse con los de organismos internacionales, con plena claridad en la metodología empleada, encargado a un organismo independiente. Ganaríamos mucho en precisión y objetividad.

Las cifras aisladas no tienen contextualización: por ejemplo, ¿qué sucedió entre los gobiernos de Vicente Fox y de Felipe Calderón para que los índices de incidencia delictiva fueran disparados? Los datos sueltos no ofrecen una percepción precisa de lo que se muestra. Dice el presidente López Obrador que “no hay texto sin contexto”, tampoco existen “datos sin contexto”.

Sus indicadores comparan dos o más fechas distintas, entre periodos sexenales, por ejemplo, pero falta la contextualización. Pueden aportarlos especialistas del gobierno, o también periodistas de investigación y académicos.

Aún con ello, veamos lo que dicen los organismos internacionales. Hacen abstracción de esta puntualidad contextual y abordan el tema con base en las variables de alto impacto. Recordemos que los índices que usan son “índices compuestos”. Uno de los más serios es el siguiente:

El Institute for Economics & Peace (IEP), un tanque de pensamiento independiente y apartidista sin fines de lucro, ofrece un estudio interesante. Vincula las variables criminológicas con las económicas para determinar interrelaciones y resultados.

Estableció el Índice de Paz México (IPM) que es parte del “Índice de Paz Global”. El IPM está compuesto por cinco indicadores, digamos, cinco variables.

Se cuantifican e interrelacionan, a través de los indicadores de cada uno. Determinan el comportamiento general del índice principal, el IPM. Éstos son: homicidios dolosos; delitos con armas de fuego; cárcel sin sentencia; delito con violencia, y crímenes de la delincuencia organizada.

Dentro de cada categoría analítica hay “subindicadores” –por eso se le llama “índice compuesto”–, por ejemplo, de la última mencionada, narcomenudeo, tráfico de drogas, lavado de dinero y otros.

De su valoración cruzada surge el indicador de cada categoría. Integrados resultan en IPM. No es esta metodología ni las técnicas estadísticas lo que nos ofrece en sus datos el gobierno.

Desde 2019, el IEP proporciona informes a través del IPM con ejes sustantivos: i) “una medición integral de los niveles de paz en México. El IPM se basa en la metodología del Índice de Paz Global, la más reconocida medición de la paz en el mundo, que ha sido elaborado por el IEP cada año desde 2007”; ii) “también realiza una estimación del impacto económico de la violencia sobre la economía mexicana, y hace hincapié en la necesidad de aumentar la capacidad y la inversión en el sistema de justicia penal” y, “aporta evidencia cuantitativa para ayudar al desarrollo de políticas públicas orientadas a crear una sociedad más pacífica”. Es muy claro.

Los datos “en 2018, la paz en México tuvo un retroceso de 4.9 por ciento; el nivel de paz mejoró en 10 estados, y en 22 se deterioró. La razón principal de ese deterioro fue el recrudecimiento de la tasa de homicidios, que se elevó 14 por ciento. En 2018, esta tasa alcanzó en México niveles históricamente altos: 27 muertes por cada 100 mil habitantes, o más de 34 mil víctimas. Este grado de violencia supera el punto álgido que hubo en 2011. El incremento en la tasa de homicidios en 2018 se acompañó de un aumento considerable en la tasa de violencia con armas de fuego, que creció 16 por ciento y provocó que 24 de los 32 estados reportaran crecientes tasas de delitos cometidos con ese tipo de armas”.

La recomendación de invertir más en el sistema judicial es importante. El informe consigna que “ante la escalada de violencia, el gobierno ha invertido en el sistema judicial menos de lo que se requiere”.

Aunque es difícil derivar de allí como hace el informe que el resultado es “la impunidad de 97 por ciento”, que hay en la impartición de justicia, sin tomar en cuenta la corrupción estructural.

Por ello, resulta muy importante este punto. No se trata sólo de estigmatizar los sueldos de privilegio del sistema judicial, sino también, hacerse cargo de las necesidades.

Una reforma tendrá que contemplar todo. Requiere un acuerdo con alto espíritu republicano, no un “juego de vencidas” como quisieran algunos insensatos en la derecha y la izquierda del país.

“Baja California se ubicó como el estado menos pacífico de México por primera vez en 2018, seguido de Guerrero, Colima, Quintana Roo y Chihuahua. Los cinco estados menos pacíficos. […] La mayor mejora correspondió a Baja California Sur, que subió siete lugares en la clasificación, de la posición 32 en 2017 a la 25 en 2018. Este estado ha reducido su tasa de homicidios en 76 por ciento, de 105 a 26 por cada 100 mil habitantes. […] Baja California Sur fue el único estado del país en lograr ser más pacífico en todos los indicadores. […] Los tres estados con mayores mejoras en el IPM 2019 —Baja California Sur, Sinaloa y Sonora—, los gobiernos pusieron en marcha programas específicamente creados para atender los retos locales. Todos esos programas incorporaron a organismos intergubernamentales, con la participación de empresas y sociedad civil”. Es decir, la seguridad es un problema de todos, no del gobierno. Sin embargo, es éste el que debe concertar voluntades y directivas.

El valor económico de la inseguridad: “El impacto económico de la violencia en México ascendió a 5.16 billones de pesos (268 mil millones de dólares) en 2018. Esta cifra equivale al 24 por ciento del PIB [Producto Interno Bruto] del país y representa un aumento de 10 por ciento en relación con 2017. El indicador que más contribuyó al impacto económico de la violencia fue el de homicidio, con 51 por ciento  del total o 2.63 billones de pesos en 2018, es decir un aumento de 15 por ciento en comparación con 2017. México gasta 0.81 por ciento de su PIB en seguridad interna y en su sistema judicial”.

Cuándo nos preguntemos por la necesidad de una tasa mayor de crecimiento del PIB, no podemos olvidar estos datos o subestimarlos. Es fundamental controlar el fenómeno delictivo para crecer más y distribuir mejor, sobre todo en los Estados más pobres: Guerrero, Oaxaca, Chiapas. De otra manera, no habrá políticas de bienestar, cuyos recursos alcancen para compensarlo. Esto debe quedar claro para no incurrir en sobreestimaciones.

La impartición de justicia: “México tiene 3.2 jueces por cada 100 mil habitantes, en comparación con la media mundial de 16.2. Este déficit limita la capacidad del sistema judicial. El gasto gubernamental federal en contención de la violencia aumentó 3 por ciento en 2018, un aumento mucho menor que el incremento de 12 por ciento del gasto presupuestario general. El impacto económico de la violencia fue 10 veces mayor que la inversión pública en salud y ocho veces mayor que la inversión en educación en 2018”. Ratificamos que no habrá recursos federales que alcancen. Esto pasa por un ajuste en la estrategia de seguridad, no en la concepción.

En costo para el nivel de vida,un descenso de 1 por ciento en el impacto económico de la violencia equivale a la inversión total del gobierno federal en actividades relacionadas con la ciencia, la tecnología y la innovación en 2018. En términos per cápita, el impacto económico de la violencia fue de 41 mil 181 pesos, más de cinco veces el salario mensual promedio de un trabajador mexicano. El costo económico per cápita varía mucho de un estado a otro, de 10 mil 808 pesos en Yucatán a 83 mil 167 pesos en Colima. Si la violencia y su respectivo impacto económico se redujeron al nivel registrado en los cinco estados más pacíficos de México, el dividendo de paz resultante ascendería a 10 billones de pesos durante un periodo de cuatro años”. Impresionantes reflexiones de especialistas.

Ahora bien, así estábamos al inicio del actual gobierno: ¿Cómo estamos hacia el final de 2023 –con los datos de 2022– a reserva de esperar los subsiguientes informes del IEP? Veamos lo que reporta la misma importante organización.

En su Informe 2023 –el último publicado–, recopiló y procesó los datos de 2022. Tenemos lo siguiente: nos indica la marcha del proceso a pesar de sus fallas. En sí, el enunciado del mismo ya resulta alentador: “México registra una mejora en paz por tercer año consecutivo impulsado por una reducción en homicidios” (IPM). Sin embargo, encontramos líneas más bajo una precisión sustantiva:

“A pesar de las mejoras en los últimos tres años, México fue sustancialmente menos pacífico en 2022 que en 2015. Durante ese periodo, la paz en México se ha deteriorado un 14.8 por ciento, con muchos indicadores de delincuencia significativamente más altos que ocho años antes. La tasa de homicidios, por ejemplo, fue 62.6 por ciento más alta en 2022 que en 2015, mientras que la tasa de delitos cometidos con armas de fuego fue 68.3 por ciento más alta. El desglose del informe resulta interesante: entre 2021-2022, la paz mejoró en 1.1 por ciento para el bienio.

Parece poco, pero no lo menospreciemos porque económicamente equivale la inversión en ciencia, tecnología e innovación (CTI) del gobierno nacional, tal como indican los especialistas de IEPen el informe del año anterior; es decir, 0.22 del PIB, una cifra cercana a 5 millones de pesos Argentina en el mimo año tiene casi el doble, según Fundar.

Otros datos son: la paz en México mejoró un 0.9 por ciento en 2022. Este fue el tercer año consecutivo de mejora después de cuatro años consecutivos de deterioro. Diecisiete estados mejoraron, mientras que 15 se deterioraron. El año pasado estuvo marcado por cambios continuos en el panorama de la delincuencia organizada en México. El mercado de la marihuana ilícita en Estados Unidos siguió cayendo, lo que llevó a una dependencia cada vez mayor de otras formas de delincuencia organizada, como la extorsión, el narcomenudeo, y la fabricación y el tráfico del opioide sintético fentanilo. En este contexto, ha habido una mayor competencia en los últimos años entre los grupos de la delincuencia organizada. Este es especialmente el caso de los dos cárteles más poderosos del país”.

Tan sólo el conflicto entre el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de Sinaloa provocó 4 mil 890 muertes en 2021, según Uppsala Conflict Data Program, citado en este informe. Hubo aproximadamente 35 mil asesinatos en total ese año, según Inegi.

“En 2022, tres de los cinco indicadores del IPMmejoraron. Lo más notable es que los homicidios experimentaron su mayor mejora en los últimos ocho años, con una caída en la tasa del 7.9 por ciento. […] La tasa de homicidios cayó a 24.5 muertes por cada 100 mil habitantes en 2022, su nivel más bajo desde 2017. Esta caída marca el tercer año consecutivo de mejora para los homicidios tras fuertes aumentos entre 2015 y 2019. A pesar de ello, los homicidios siguen estando generalizados en México, con más de 30 mil víctimas cada año desde 2018. […] Los indicadores de delitos cometidos con armas de fuego y cárcel sin sentencia mejoraron. La tasa de delitos cometidos con armas de fuego ha estado disminuyendo anualmente desde que alcanzó su punto máximo en 2019. En 2022, la tasa disminuyó un 5.5 por ciento […] la calificación de cárcel sin sentencia mejoró ligeramente, en un 2.8 por ciento. En 2022, hubo alrededor de 78 mil detenidos sin sentencia, en comparación con aproximadamente 79 mil en 2021”.

Los otros dos indicadores del IPM, “delitos con violencia” y “delitos del crimen organizado”: “En 2022, la tasa de delincuencia organizada alcanzó su nivel más alto registrado, con 167 delitos por cada 100 mil habitantes. Los deterioros fueron impulsados por aumentos en las tasas de extorsión y delitos de narcomenudeo, que aumentaron 14.9 y 4.1 por ciento, respectivamente. La tasa de secuestro y trata de personas también registró un ligero aumento del 2.2 por ciento en 2022, después de haberse reducido a menos de la mitad entre 2015 y 2021. En contraste, la tasa de delitos mayores de la delincuencia organizada, que incluyen violaciones federales de tráfico de drogas, se redujo en un 15.3 por ciento”.

Este último dato es significativo porque constituye un avance en la seguridad interior.

“En 2022, los estados con las tasas de homicidios más altas fueron Colima, Zacatecas, Baja California, Guanajuato, Morelos y Sonora. En Colima, el epicentro de la violencia se desplazó de la ciudad portuaria de Manzanillo a la capital, la ciudad de Colima. El recrudecimiento de la violencia en la capital se produjo tras la disolución de una alianza entre dos grupos criminales”.

En los índices de criminalidad por Estados, hay dos cambios importantes: Sonora deteriora sus indicadores de paz y parece dentro de los cinco Estados peor evaluados en este desempeño. Mientras que Baja California y Colima confirman su estatus dentro de los peores Estados en criminalidad.

Aparecen en esta lista Zacatecas y Morelos. Hay cambios geográficos relevantes, desplazamientos que tienen que ver con luchas internas criminales, luchas por rutas de tráfico de drogas y emergencia de nuevos grupos criminales asociados con los más grandes en centros urbanos.

Los Estados más pacíficos fueron Yucatán, Tlaxcala, Chiapas, Tamaulipas y Nayarit. Estamos hablando de 2022. Durante 2023, la situación estatal no cambió: Zacatecas, “Colima y Baja California, Morelos y Chihuahua son los que más violencia criminal acusan respecto de 2022.

Los casos de detenidos sin sentencia en el país en 2022 sumaron 77 mil 500. Descendieron respecto de los 79 mil casos en 2021.

“A pesar de que el número de detenidos disminuyó sólo ligeramente en 2022, la calificación de cárcel sin sentencia, que representa la proporción de detenidos sin condena con relación a los niveles de homicidio y delitos con violencia en el país, mejoró en un 2.8 por ciento. Por lo tanto, el aumento de delitos con violencia en 2022 contribuyó a una mayor mejora general en la calificación de cárcel sin sentencia que la disminución de los detenidos sin sentencia por sí sola”. En este rubro, los avances son relativos.

Valor económico: “El impacto económico de la violencia en México fue de 4.6 billones de pesos (230 mil millones de dólares) en 2022, lo que equivale al 18.3 por ciento del PIB nacional. Por tercer año consecutivo, el impacto económico de la violencia mejoró, disminuyendo en un 5.5 por ciento o 271 mil millones de pesos respecto al año anterior”.

Tenemos aquí ya un hallazgo interesante: el impacto económico disminuyó, lo que es un dato magnífico. Representa -5.2 por ciento, sin embargo, aún es insuficiente para las necesidades de la sociedad y el gobierno.

Además, “en 2022, los homicidios representaron el 44.7 por ciento del impacto económico de la violencia. Esto fue equivalente a dos billones de pesos (103 mil millones de dólares). […] El gasto en contención de la violencia en México representa aproximadamente el 11 por ciento del gasto total del gobierno, casi tanto como el 13 por ciento gastado en salud o el 14 por ciento gastado en educación”.

Valor económico por habitante: el impacto económico de la violencia fue de 35 mil 705 pesos por persona en 2022, más del doble del salario mensual promedio en México y cinco veces el salario mínimo actual en el centro del país. El impacto económico varió entre los Estados, desde 11 mil 377 pesos en Yucatán –el más pacífico– hasta 102 mil 659 pesos en Colima –el más violento–.

Esperaremos los datos del año 2023. Sería importante observar si hubo cambios relevantes respecto de los anteriores en el informe del IEP. Al momento nos quedan claro cinco cuestiones fundamentales.

Existe una relación estructural, orgánica entre el desarrollo del fenómeno criminal y una tendencia de costos sociales y económicos que crecen y reducen los recursos disponibles para el desarrollo nacional. Es un fabuloso gravamen.

La criminalidad exacerbada deteriora el nivel de vida de la población al imponer costos, también elevados, que pudieran negar a los individuos y familias de menores recursos como oportunidades de salud, educación y vivienda, o para su canasta básica.

La severa desigualdad entre los indicadores de criminalidad en cada uno de los estados de la República impacta en aquellos con menos capacidad de impulsar políticas de paz o de tener éxito cuando se las proponen.

Por ello, las sociedades estatales acusan distintos niveles de vida. Colima y Yucatán son los dos grandes extremos, sin embargo, en medio de ambos polos existe una docena de Estados con menores lánguidos avances en pacificación, aunque mantienen cierta capacidad local para mayores logros con apoyos determinados de la federación.

Es evidente que el tema de la procuración de justicia no puede sólo enfocarse desde la perspectiva de los privilegios y la corrupción de los encargados de impartirla. Existen obstáculos formidables al establecimiento y desarrollo de un sistema de justicia moderno y eficiente, con una doctrina republicana fortalecida.

Es necesario hacerse cargo de las importantes necesidades de aumentar la infraestructura de la justicia, los recursos humanos especializados, el aumento de jueces y tribunales por número de habitantes, junto con la práctica de auditorías sobre el uso de recursos.

En suma: se necesitan un ministerio público federal y un poder judicial que luchen a fondo contra la corrupción de Estado; la criminalidad trasnacional ligada al tráfico de drogas ilegales en el mundo; las oligarquías corruptas de cuello blanco, y las mafias de Estado. Hará una gran contribución a una nueva era de pacificación de México.

Lo anterior es fundamental si queremos expandir las bases del nuevo paradigma sobre seguridad, cuyos ejes sean las políticas de bienestar y la lucha a fondo contra la corrupción de Estado.

La exacerbada criminalidad en sus altos costos sociales y financieros actúa en contra del desarrollo del país, el nivel de vida, el bienestar social, y la efectiva liberación de recursos para distintos rubros pendientes, los cuales requieren ingentes cantidades de financiamiento, no sólo mediante ahorros públicos contra los privilegios. 

La paz es un tema estratégico y de seguridad nacional para nuestro desarrollo. El binomio seguridad-paz se articula con otro: desarrollo-bienestar social. El eje fundamental de la seguridad nacional, entendida como la ausencia de amenazas externa ligadas a ataques desde el exterior o de un tipo similar, está en la construcción de la paz. Consideramos los términos aproximados que hemos comentado a lo largo de este trabajo.

En donde no hay justicia, no hay paz; tiene razón el presidente. Sin embargo, tampoco hay un estado de bienestar y democracia avanzados. Las capacidades nacionales para resguardar la soberanía y la Auto determinación pueden quedar comprometidas en una etapa de la historia mundial, en donde los poderes con capacidad hegemónica luchan por establecer pautas nacionales en el tránsito hacia un nuevo orden global pluricéntrico.

Nuestra tarea estratégica es la pacificación. De ella, dependen y se condensan las variables fundamentales para nuestra historia. Los planes y programas de la próxima administración sexenal serán determinantes.

A pesar de que no ha terminado la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador, los datos consultados son hasta 2022, sólo año y medio después de la pandemia global.

Podemos hacer un corte al tiempo con los datos que el Inegi aporta y que ofrece el gobierno, además de las cifras de un organismo internacional serio. De igual manera, expone otros datos construidos mediante un procesamiento muy especializado, y llega a conclusiones aceptables, plausibles como las expuestas.

Hay mucho por hacer, pero la expectativa puede ser positiva si damos, como sociedad y gobierno, los pasos necesarios.

Jorge Retana Yarto*

*Exdirector de la Escuela de Inteligencia para la Seguridad Nacional; licenciado en economía con especialidad en inteligencia para la seguridad nacional; maestro en administración pública; doctor en gerencia pública y política social.

Xóchitl Gálvez: peligrosa irresponsabilidad

En un foro organizado en el Instituto México del Wilson Center en Washington, la candidata presidencial de PAN, PRI y PRD, Xóchitl Gálvez Ruiz, hizo una serie de declaraciones lesivas para la soberanía nacional y violatorias de la política exterior mexicana consagrada en la Constitución. La ex senadora panista aseguró que está en el interés de millones de mexicanos que Estados Unidos sea un socio y aliado geopolítico de México, pero que dicha alianza se ve frustrada porque "el gobierno populista de México coquetea con Rusia y China".

Denunció una supuesta falta de voluntad del presidente Andrés Manuel López Obrador para colaborar con Washington, cuya única prioridad, dijo la aspirante, es "mantener a Estados Unidos lejos para seguir concentrando su poder; para eso, fingirá cooperación, pero no cooperará". Tras afirmar que "la continuidad de Morena en el poder es garantía de que ni la migración ni el fentanilo, ni ningún otro problema bilateral encontrarán solución de largo plazo", Gálvez azuzó a su auditorio a promover la interferencia extranjera en las elecciones de junio próximo e insinuó que, de vencer en los comicios, volvería a someter a agentes foráneos la energía, la salud, la educación, la infraestructura y la seguridad del país.

Las palabras de quien trabajó en el gabinete de Vicente Fox y gobernó la alcaldía Miguel Hidalgo son motivo de inquietud e indignación. Los llamados a la injerencia en los asuntos internos de México y las graves acusaciones contra las autoridades nacionales constituyen una intriga cuando se pronuncian en un país extranjero que siempre ha tenido vocación intervencionista y en un foro que reúne a halcones del neocolonialismo y la política imperial del país vecino. Con su discurso, Gálvez Ruiz da argumentos a los sectores más antimexicanos y cavernarios de Estados Unidos para que intensifiquen sus ataques contra el país en un momento particularmente inapropiado, cuando poderosos políticos estadunidenses, para ocultar su inoperancia en la resolución de sus propios problemas, proponen que sus fuerzas armadas bombardeen e invadan México.

Quizá la candidata no se percate de ello, pero su conducta no daña al gobierno federal ni al presidente López Obrador, quienes obtienen una confirmación de su papel como defensores de los intereses nacionales y del histórico anhelo popular de soberanía. En cambio, resulta nociva para México, que deberá afrontar nuevas embestidas de los poderes fácticos ávidos de medrar con los recursos naturales y humanos de la nación. Asimismo, aunque la aspirante de la derecha habla a nombre del fortalecimiento de la relación bilateral, sus desatinos podrían dinamitarla: dado que el gobierno federal tiene el deber indeclinable de salvaguardar la integridad nacional, cualquier transgresión incitada por sus dichos tendría que ser rechazada en los términos más enérgicos.

Con su irresponsabilidad, Gálvez socava la posibilidad de convertirse en titular del Ejecutivo, pues hace gala de una completa ignorancia sobre el sentir mayoritario que emana de la historia nacional. Esta desconexión de una convicción popular tan arraigada como el nacionalismo defensivo probablemente multiplique las expresiones de repudio que ya padece, excepto entre el segmento oligárquico que se enriqueció en sexenios anteriores a expensas del país con la entrega de los hidrocarburos, la industria eléctrica, el agro y muchos otros sectores estratégicos. Ella, por supuesto, es libre de conducir su campaña como crea más adecuado, pero no de atentar contra la nación azuzando intervenciones que siempre han terminado mal para México y peor para sus autores.

El rechazo a tales acciones no es un asunto de preferencias políticas, partidos ni programas electorales, sino de integridad nacional. La candidata y sus asesores deberían ser conscientes de que no hay manera más segura de desgarrar al país y de conducirlo al desastre que envalentonar a las élites que siempre han buscado alianzas en el extranjero para imponer agendas antipopulares.

Así lo demuestra la reciente experiencia del ciclo neoliberal, cuatro décadas en las que la soberanía y el bienestar de la clase trabajadora sufrieron un desmantelamiento sistemático. Ahora, unas cuantas palabras soltadas a la ligera por una política irresponsable pueden tener un costo altísimo para el Estado mexicano, por lo que no cabe sino deplorar el despropósito, llamar a las derechas a comportarse con un mínimo decoro en sus manifestaciones públicas y hacer votos por que las impresentables expresiones comentadas tengan el menor eco posible en la clase política del país vecino.

11.12.23

GUERRA ASIMETRICA Y URBICIDIO EN GAZA

Carlos Fazio

Habrá un antes y un después tras la operación Diluvio de Al-Aqsa, de 

Hamas, y la ofensiva de retaliación y exterminio lanzada en la franja 

de Gaza por las Fuerzas de Defensa de Israel, el 7 de octubre, con el 

apoyo político y militar de la administración Biden.

Con el paso de los días el régimen colonial y expansionista de 

Benjamin Netanyahu elevó el urbicidio a su máxima expresión. 

Interrumpida por una tregua humanitaria de cuatro días, la actual fase 

de guerra no convencional urbana, asimétrica, tiene como principal 

objetivo declarado exterminar a la resistencia palestina 

-singularizada en Hamas con fines de propaganda bélica por el ejército 

de ocupación israelí-, enemigo difuso y disperso que se configura a 

través de una red de células o unidades pequeñas, semindependientes, 

pero coordinadas, que cuentan con una extrema flexibilidad de movimientos.

Hasta el presente, parte de la guerra asimétrica entre Israel (un 

ejército de 170 mil efectivos y 360 mil reservistas movilizados, 

modernos equipos militares y de inteligencia, y apoyadas por la Fuerza 

Delta del Pentágono), y la resistencia palestina (que vive hacinada en 

un campo de concentración a cielo abierto y no cuenta con ejército 

profesional, marina ni aviación), se manifestaba por el control 

absoluto del espacio aéreo por las fuerzas israelíes y el dominio 

palestino de la guerra subterránea a través de una red de túneles.

Antes del 7 de octubre, y desde 1948 (cuando se produjo la Nakba 

[catástrofe], que dio inicio a la destrucción de la sociedad y patria 

palestinas), la ocupación de los territorios árabes por sucesivos 

regímenes sionistas de Israel, ha involucrado una serie de procesos de 

dominación colonial y ocupación militar que incluye, hasta la 

configuración del actual apartheid automatizado, asentamientos de 

colonos supremacistas con armamento militar en puntos estratégicos 

alrededor de las principales zonas urbanas (como dispositivos 

panópticos urbanos [disciplinarios] para dividir el espacio y 

controlar las aldeas palestinas, lo que tipifica como crimen de guerra 

en virtud del Estatuto de Roma); la construcción de redes de 

vigilancia de alta tecnología (como el Cuerpo de Defensa de Fronteras, 

que recopila información mediante cámaras, dispositivos de detección y 

orientación mediante sensores acústicos, algoritmos informáticos y 

mapas, y son responsables de vigilar entre 15 y 30 kilómetros de 

terreno las 24 horas del día, proporcionando información de 

inteligencia en tiempo real a sus colegas militares en zonas 

ocupadas), a lo que se suman francotiradores robóticos capaces de 

disparar contra intrusos (como las ametralladoras de inteligencia 

artificial desarrollada por las empresas Rafael y Smartshooter, que 

pueden disparar granadas aturdidoras, balas de goma y gases lacrimógenos).

Lo anterior se complementa con sistemas interconectados: los muros de 

apartheid; la subdivisión y zonificación territorial, con carreteras y 

autopistas de circunvalación para uso único israelí; bases militares y 

puestos de control ( check points) e inspección con tecnología láser, 

torniquetes, detectores de metales y sistemas de escaneo; grabación 

electrónica de información mediante la intervención telefónica (vía el 

sistema de espionaje Pegasus) y la intercepción de mensajes 

electrónicos, televisión con circuito cerrado y vigilancia por video, 

sistemas de geoposicionamiento; tarjetas y software de identificación 

biométrica retiniana y facial Red Wolf (Lobo Rojo), de la empresa 

BriefCam, que permite detectar, rastrear, extraer, clasificar y 

catalogar (fichar) a los palestinos que aparecen en las grabaciones de 

videovigilancia en tiempo real; redes de espionaje dentro de poblados 

y comunidades (con colaboradores, informantes e infiltrados 

palestinos); uso de drones y aviones tripulados (para recabar 

inteligencia y llevar a cabo asesinatos selectivos, incluidas familias 

de combatientes y periodistas) y un conjunto de leyes y medidas 

burocrático-militares que traumatizan a la población gazatí.

Toda una suerte de urbanismo militar concentracionario de exportación 

(probado en el laboratorio palestino por el complejo militar 

industrial israelí, quinto exportador mundial de armas y líder en 

tecnología de vigilancia de fronteras), que se combina con una guerra 

híbrida, asimétrica y urbana en espacios densamente poblados, donde la 

infraestructura y la población civil se convirtieron en una fuente de 

objetivos y amenazas (de potenciales enemigos terroristas), y para lo 

cual las Fuerzas de Defensa de Israel y su servicio de inteligencia 

aérea, naval y de campo, el AMAN, junto con el Mosad (Instituto de 

Inteligencia y Operaciones Especiales) y el Shin Bet (el 

contraespionaje israelí), utilizan técnicas bélicas de rastreo y 

ataque, que deben dominar y controlar todos los espacios de la vida 

cotidiana en Gaza y Cisjordania, lo que ha dado lugar a una noción de 

la guerra como ejercicio permanente e ilimitado.

Esa doctrina militar israelí en los territorios ocupados ha sido 

descrita por Stephen Graham como urbicidio, esto es, la destrucción 

planificada, deliberada y sistemática de zonas urbanas, 

infraestructura civil y objetivos simbólicos de la vida y cultura 

palestina (transformadores de electricidad, depósitos de agua, 

carreteras, edificios de apartamentos, hospitales, escuelas, 

universidades, mezquitas, centros de refugiados de la ONU) como método 

permanente de invasión y estrangulamiento y de coacción física y 

sicológica sobre la insurgencia y la población civil.

Un patrón de tierra arrasada y asesinatos en masa que se ha venido 

agudizando como un continuum en el siglo XXI (por ejemplo, la 

Operación Plomo Fundido en 2008 y 2009), y que llegó a su máxima 

expresión con la incursión terrestre israelí a partir del 28 de 

octubre pasado, que desató una orgía de terror (de terrorismo de 

Estado israelí) ante los ojos del mundo en vivo y en directo, con una 

matanza deliberada e indiscriminada de civiles sin paralelo (Antonio 

Guterres dixit), incluidos bebés prematuros en incubadoras y pacientes 

con diálisis o graves que necesitaban cirugías de emergencia, como 

ocurrió en el bombardeo, asalto y destrucción del Hospital Al-Shifa (y 

en el nosocomio árabe cristiano Al Ahli y el Hospital Indonesio), 

sendos actos de castigo colectivo fríamente calculados y metódicos. A 

lo que se suma el asesinato selectivo de periodistas en Gaza y Líbano 

para ocultar las huellas del genocidio.

Tras la llamada pausa humanitaria de siete días que permitió el 

intercambio de mujeres y niños capturados por ambas partes -y con el 

veto de Estados Unidos al proyecto de resolución del Consejo de 

Seguridad de la ONU que buscaba un alto al fuego inmediato en la 

franja de Gaza-, el pasado 1º de diciembre el régimen de ocupación de 

Benjamin Netanyahu y su gabinete de guerra reiniciaron las operaciones 

de asesinato a gran escala mediante bombardeos de saturación contra la 

población palestina, que ya pueden equiparse con la devastación de 

Dresde, Hamburgo y Colonia durante la Segunda Guerra Mundial.

El objetivo de EU es preservar a Israel como cabeza de puente imperial 

en Medio Oriente, para controlar una zona estratégica que concentra 

las mayores reservas mundiales de recursos energéticos no renovables 

(petróleo, gas, uranio) y dominar las rutas del comercio marítimo -en 

particular el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el 

océano Índico-, lo que le daría además ventajas militares claves. De 

allí que mientras finge impotencia y frustración al no poder controlar 

el horror generado por el ejército israelí -exhibido día tras día urbi 

et orbi en imágenes con cuerpos inertes de niños palestinos que son 

sacados de los escombros-, Biden y Netanyahu impulsan de manera 

conjunta un plan cuyo objetivo es la despoblación total de Gaza, 

empujando a los sobrevivientes del genocidio hacia la desértica 

península del Sinaí en Egipto (como sugirió un documento interno de la 

ministra de Inteligencia, Gila Gamliel) o a un reasentamiento en otros 

países de acogida, como Turquía, Irak y Yemen, que recibirían 

generosas ayudas de EU.

Se pretende desaparecer la franja de Gaza o convertirla en una tierra 

vaciada de sus habitantes y abierta a la colonización –un verdadero 

gran remplazo-, para apoderarse definitivamente manu militari de los 

yacimientos submarinos de gas natural situados en aguas territoriales 

palestinas, como parte del proyecto de Washington y Tel Aviv de 

aterrizar el proceso de acercamiento entre Arabia Saudita e Israel, 

que incluía la construcción (ya iniciada) del canal Ben Gurión 

(alternativo al canal de Suez, por donde pasa 12 por ciento del 

comercio mundial), que debería desembocar en Gaza, lo que permitiría 

poner un cordón sanitario a la Ruta de la Seda china... Y después seguir 

con la limpieza étnica de Cisjordania.

Sin embargo, hasta el presente, con su incursión en la franja de Gaza 

Israel y EU no obtuvieron ningún logro militar ni político de 

consideración. Y el fracaso en su intención de destruir a Hamas los 

obligó a negociar indirectamente con los grupos político-militares de 

la resistencia anticolonialista, antimperialista y de liberación 

nacional palestinos, que pese a sus diferencias tácticas e 

ideológicas, actúan de manera coordinada bajo el lema unidad de 

caminos (una suerte de bloque histórico –según el concepto gramsciano– 

de actores no estatales) y lograron cambiar el equilibrio estratégico 

en varias dimensiones a favor de Palestina.

Aunque existen evidentes indicios de que los servicios de inteligencia 

israelíes tenían información sobre los preparativos de un ataque 

palestino y se sospecha incluso de algún tipo de complicidad, todo 

indica que no se previó la magnitud de la operación militar el Diluvio 

de Al-Aqsa, que requirió una gran planificación y ejecución operativa, 

táctica y estratégica, que adquiere hoy proporciones casi míticas 

entre los pueblos árabes de Medio Oriente. La leyenda 

sionista-occidental sobre la invencibilidad de las Fuerzas de Defensa 

de Israel y la infalibilidad de la inteligencia del Mosad (que en la 

hipótesis de que pudieron inducir la acción, se les salió de control 

por la envergadura de los hechos), se hizo añicos tras la incursión de 

Hamas en el principal cuartel del ejército de ocupación israelí en el 

sur, que se presentaba como una joya tecnológica; la captura de dos 

generales; la liberación de 20 asentamientos y la retirada de los 

insurgentes a sus búnkeres subterráneos debajo de Gaza con más de 200 

rehenes israelíes.

Desde esa perspectiva, la tregua humanitaria y el intercambio de 

rehenes entre ambas partes representaron una victoria para el bloque 

de la resistencia palestina y una derrota humillante para Israel. La 

política de tierra arrasada y castigo colectivo sobre la población e 

infraestructura de Gaza, echó mano del sistema basado en inteligencia 

artificial Habsora (El Evangelio), descrito como una fábrica de 

asesinatos en masa, con énfasis en la cantidad de daños colaterales 

(civiles) y no en la calidad (combatientes abatidos) para ahorrar 

tiempo de inteligencia humana. Habsora es una herramienta de la 

Doctrina Dahiya (una adaptación israelí de la doctrina estadunidense 

de Conmoción y pavor [ Shock and awe]), basada en el uso de una fuerza 

masiva y desproporcionada, y demostraciones espectaculares de fuerza 

para paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla, 

destruir su voluntad de luchar y empujar a los civiles a presionar a Hamas.


Pero Hamas y la Yihad Islámica no han sido aniquiladas sobre el 

terreno. Y el mito de la disuasión de Israel y EU ha sido superado por 

las tácticas de la nueva guerra asimétrica, tecnológicamente más 

compleja y multidimensional. A pesar de las grandes pérdidas, 17 mil 

997 muertos y unos 49 mil heridos en Gaza (una matanza sin precedentes 

con un patrón de actuación deliberado, cuyo saldo es superior a la 

media de víctimas civiles en todos los conflictos del mundo durante el 

siglo XX, donde los civiles representaron, aproximadamente, la mitad 

de los muertos), Palestina se ha convertido en una guerra existencial 

-no sólo de liberación nacional–, y se aplaste o no a Hamas, es hoy el 

símbolo de un despertar en el mundo árabe: el fin de siglos de 

humillación regional. Y tal vez, la chispa que encienda una 

transformación de raíz en la conciencia de todo Medio Oriente.


Aunque dialécticamente también podría ser el detonante de un conflicto 

geopolítico alentado por el Estado profundo que controla los pasos de 

Joe Biden, que ante la pérdida de hegemonía imperial, no duda en 

desencadenar una confrontación de dimensiones inimaginables que 

podrían derivar, incluso, en una Tercera Guerra Mundial. Si no, ¿cómo 

explicar el incremento de tropas y material bélico en las bases del 

Pentágono en Israel y toda la región y el enorme despliegue militar 

naval de EU y la OTAN en la zona del Mediterráneo frente a Irán y Líbano?

18.11.23

The Two Wars of the West

 by Manlio Dinucci

For a year and a half, we have been emphasizing that the United States’ war in Ukraine is having a serious impact on the standard of living of European Union citizens. That against Gazan civilians, too. However, the latter will also benefit the EU: we will finally be able to return to correct gas prices, thanks to the price that we will steal from the Palestinian survivors.

We are embroiled in two wars, in Europe and the Middle East, which have increasingly serious consequences for our living conditions and security.

On the European front, what the Wall Street Journal calls "one of the largest acts of sabotage in Europe since World War II" was carried out in September 2022: the United States, assisted by Norway and Poland, blew up the Nord Stream, the main gas pipeline carrying cheap Russian gas to Germany and from there to other European countries. The dynamics of this wartime action were reconstructed, based on precise evidence, by U.S. journalist Seymour Hersh and a German investigation.

U.S. Secretary of State Blinken called the Nord Stream blockade "a huge strategic opportunity for years to come" and pointed out that "the U.S. has become the main supplier of liquefied natural gas to Europe," gas that we European citizens pay much more for than what we used to import from Russia.

At the same time, the U.S. is passing on to Europe the enormous cost of the NATO war in Ukraine against Russia. The European Commission is paving the way for Ukraine’s next entry into the EU, with the consequence that we European citizens will be the ones paying for the huge Ukrainian deficit.

On the Middle East front, the European Union supports the war by which Israel, with the United States and NATO behind it, attacks Pelestine and fuels a regional conflict targeting Iran in particular. Italy, which has been linked to Israel by a military pact since 2004, has provided the fighter jets on which Israeli pilots are trained, which bomb Gaza massacring civilians, and supports the Israeli military in various ways. In return, PM Netanyahu has promised PM Meloni that Italy will become an energy hub for shunting to Europe the gas Israel will send through the EastMed pipeline.

The section of the offshore gas field, which Israel claims sole ownership of, is located largely in the territorial waters of the Palestinian Territory of Gaza and that of the West Bank. Through the EastMed pipeline Israel will thus export to Italy and the EU the Palestinian natural gas it has seized by military force.

15.11.23

La propaganda de guerra de Israel y la estrategia de negación del genocidio

Carlos Fazio / I

La falsa equivalencia mediática sobre la "guerra" en Gaza entre una potencia militar nuclear apoyada por una armada multinacional compuesta por 11 países y grupos de la resistencia palestina, que por muy bien pertrechado que estén −incluso con armamento traficado desde Afganistán y Ucrania− no representan un contrapeso al formidable poderío bélico del régimen de Tel Aviv, ha sido fabricada por los sofisticados aparatos de inteligencia militar israelíes como coartada para llevar a cabo un genocidio de manual con la complicidad del Occidente "civilizado".

En forma paralela a la guerra de exterminio y limpieza étnica en vivo y en directo −que supera ya 10 mil 500 muertos palestinos, incluidos más de 4 mil 200 niños−, en la batalla por el control y la manipulación de la "opinión pública" (israelí e internacional), desde el 7 de octubre y hasta nuestros días el gobierno sionista de Israel ha librado una guerra sin cuartel en el campo de la (des)información, que como es natural, incorpora a su red de embajadas en el orbe; entre ellas, la de México.

Sólo que en su estrategia de negación del genocidio y por controlar el flujo noticioso y ganar la batalla por "la mente y los corazones" –al imponer un bloqueo mediático y asfixiar informativamente a Gaza−, el ejército israelí también ha tomado como blanco a periodistas: desde el lanzamiento de la Operación Inundación de Al Aqsa de Hamas, van 49 trabajadores de la prensa asesinados y 24 corresponsales han sido capturados por el ejército de ocupación, lo que eleva a 39 el número de periodistas en cárceles de Israel.

Escudadas en la "seguridad nacional" y el patriotismo −mediante la censura militar y la mentira–, las operaciones de guerra sicológica dirigidas a influir en la conducta del enemigo, la propia fuerza y la población civil (israelí e internacional), han logrado enmascarar (así sea parcialmente) la ideología etnonacionalista, colonialista y expansionista de Benjamín Netanyahu y el partido Likud, con su régimen de apartheid mesiánico y teocrático, su bestiario y su proyecto de borrar del mapa a Gaza y Cisjordania, y construir una falsa narrativa simplista y maniquea singularizada en "Hamas, igual (o peor) que ISIS".

Una de las características de la gue-rra sicológica es el ocultamiento sistemático de la realidad. Con la fabricación de su "verdad oficial", el gobierno de Israel busca manufacturar una reali-dad a modo y, con ello, moldear la per-cepción y las emociones generalizadas, distorsiona o falsea datos, o bien inventa otros, como las historias sobre los "40 bebés decapitados" por Hamas y las "niñas israelíes violadas y sus cuerpos arrastrados por las calles", que desde tiempos inmemoriales pertenecen al repertorio clásico, de rigor, de cualquier operación de propaganda de guerra. Se recurre e insiste en temas deliberados, de manera principal a través de la sugestión compulsiva, con miras a alterar y controlar opiniones, ideas y valores y, en última instancia, cambiar las actitudes sociales según propósitos predeterminados.

Como en tantos pogromos y matan-zas anteriores, que abrevan en un larva-do proceso de deshumanización y desindividualización mediática de las víctimas, en este caso, la población palestina (considerada genéricamente subhumana y "terrorista"), la historia oficial israelí sobre lo que ocurre hoy en Gaza (y Cisjordania) se impuso a través de un proceso de intoxicación propagandística, intenso y muy agresivo, facilitado por los medios de difusión masiva corporativos de Estados Unidos, el Reino Unido y el Occidente colectivo, que de manera negligente replican y amplifican la propaganda proisraelí sin verificar los datos, y a la que se respalda al poner en juego todo el peso de los más altos cargos oficiales, como en el caso de Joe Biden y los "niños decapitados" o del ministro de Defensa de Israel, Yoav Gallant, quien calificó a los palestinos de "animales humanos" y llamó a Hamas "el ISIS de Gaza", lo cual fue secundado por Netanyahu y el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin.

La vieja táctica colonial del llamado mundo Occidental y cristiano, de deshumanizar al otro con un lenguaje zoológico. Asimismo, como decía Franz Fanon, el opresor hace del colonizado una especie de quinta esencia del mal; el mal absoluto, impermeable a la ética, ausente y negador de valores. Al presentar a Hamas como "salvajes", el objetivo de la propaganda de guerra israelí es igualarlo con toda la población gazatí (de la cual más de 40 por ciento son niños) y satanizarla colectivamente como "bárbara" −o facilitadora de la barbarie−, como arma para "justificar" el genocidio y encubrir su propio salvajismo. Lo que configura, también, todo un caso de proyección sicológica (la inversión de la acusación, donde el verdugo se convierte en víctima).

A lo que se suman el socorrido ardid para justificar las matanzas, de que Hamas usa a la población civil como "escudos humanos", y la equiparación del antisionismo con el antisemitismo para silenciar toda crítica al régimen colonialista de Israel. Cabe enfatizar que el racismo forma parte de la naturaleza colonialista, y el movimiento sionista no es la excepción. Las políticas de eliminación –que pueden adoptar las formas de genocidio, limpieza étnica y apartheid− forman parte del ADN sionista desde el inicio mismo del movimiento a finales del siglo XIX.

Tras la respuesta visceral y vengativa del gobierno de Israel, en realidad, de lo que se trata al utilizar el mito de la guerra bajo el falso argumento de la "legítima defensa" (poder del que carece Israel como potencia ocupante de acuerdo con el derecho internacional), es de demonizar al enemigo ("Hamas peor que ISIS"); arrancarle todo viso de humanidad y cosificarlo, de tal modo que su exterminio no equivalga a cometer brutales asesinatos en masa.

En medio de sus ataques de retaliación, punitivos e indiscriminados contra la población civil y la infraestructura edilicia, incluidos hospitales, mezquitas, escuelas, sedes de agencias de noticias y ambulancias ("En urbes tienes que tomar decisiones difíciles sobre objetivos", justificó el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, John Kirby, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca el 7 de noviembre), uno de los objetivos de la propaganda de guerra israelí es sustituir el razonamiento por las emociones (en particular el miedo, el odio, el rechazo, la abominación al palestino o árabe) y convencer a su propia población (y al planeta en general) de la necesidad de participar en una misión purificadora, reivindicadora o justiciera. (En sentido inverso, se recurre a la corrupción de la razón y el oscurecimiento del intelecto humano).

Al haber cumplido con la definición de crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad, según el derecho internacional, los asesinatos en represalia y las prácticas de castigo colectivo aplicados por el régimen de Netanyahu –similares a los que llevaron a cabo los nazis para suprimir a la resistencia en Europa ocupada−, responden a una estrategia militar conocida como "doctrina Dahiya", aplicada por el comandante de la Fuerza de Defensa de Israel, Gadi Eisenkot, durante la guerra del Líbano en 2006, y luego en Gaza, en 2008.

Dicha doctrina −que recoge el nombre del barrio de Dahiya en Beirut occidental, según recordó en la coyuntura Scott Ritter, ex oficial de inteligencia del cuerpo de marines de Estados Unidos−, implica el ataque deliberado a la población y la infraestructura civil con el propósito específico de causar grave sufrimiento y angustia a los habitantes del objetivo elegido, al destruir simultáneamente al enemigo (Hezbollah, en el caso libanés; Hamás en Gaza). Incluye, además, el asesinato intencional de mujeres, niños y ancianos (lo que califica a Israel como un Estado terrorista), porque en su intento por "borrar a Hamas de la faz de la Tierra" y convertirlo en "escombros" (Netanyahu y Gallant dixit), en esa guerra híbrida asimétrica no hay leyes que protejan a los no combatientes (amén de que a priori todos los gazatíes han sido igualados a Hamas, por lo que el único gazatí bueno es el gazatí muerto). Peor: según publicó la ONG israelí Breaking the silence, soldados han reconocido recibir órdenes del alto mando israelí de disparar a matar contra niñas y niños en Palestina. La situación ha llegado a tal grado que hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, aseveró que Gaza se convirtió en "cementerio de niños".

Surgen evidencias de que el alto mando militar israelí ordenó matar connacionales


Todo indica que la ferocidad genocida del gobierno ultraderechista del Likud, en la coyuntura, alcanza a sus connacionales, incluidos soldados, agentes de inteligencia y civiles. Con el paso de las horas y los días, nuevas declaraciones de testigos israelíes parecen confirmar que, desbordados por el todavía difuso ataque relámpago de los militantes de Hamas, el 7 de octubre, mandos militares israelíes recurrieron a la artillería pesada –incluidos tanques y helicópteros de ataque Apache−, para enfrentar y neutralizar a los insurgentes, e incluso pusieron en práctica el llamado procedimiento Aníbal, que ordena a las tropas israelíes matar a sus compañeros soldados antes de permitir que sean tomados cautivos para ser canjeados por presos palestinos.

Esa habría sido la razón del autoataque a la enorme instalación militar israelí ubicada en el paso fronterizo de Erez, sede de la Coordinación de Actividades Gubernamentales en los Territorios –Ocupados– (Cogat), que funciona como centro neurálgico del asedio israelí a Gaza, y también a residencias del kibutz Be’eri y otros cercanos que habían sido copadas por los fedayines, así como contra vehículos que regresaban a Gaza (con presuntos guerrilleros y rehenes) desde el festival de música electrónica Nova.

Citando información de medios de difusión israelíes como el diario Haaretz, Mako, Radio Israel, Yedioth Aharanoth ( Ultimas Noticias, el mayor periódico en lengua hebrea publicado en Tel Aviv) y la cuenta de Telegram de South Responders, periodistas de investigación como Max Blumenthal y Jonathan Cook, desmontaron y denunciaron −como antes Robert Inlakesh y Sharmine Narwani en The Cradle−, la propaganda de guerra del régimen supremacista de Netanyahu, incluida la diatriba del embajador de Israel ante la ONU, Gilad Erdan, el 26 de octubre pasado, quien portando una estrella amarilla adherida en el pecho con la leyenda nunca más ( never again), gesticuló y bramó airadamente en el podio que su país estaba luchando contra animales, antes de exhibir un papel que mostraba un código QR con la leyenda:Escanee para ver las atrocidades de Hamas.

Sin embargo, de acuerdo con los testimonios y el análisis de información y videos que circularon en las redes sociales y los medios israelíes, incluidas ocho espeluznantes imágenes de cuerpos quemados y ennegrecidos, así como un montón de cadáveres masculinos carbonizados en un contenedor, que se encontraban tras escanear el código exhibido por Erdan en la ONU, más que demostrar las presuntas atrocidades de Hamas generaron interrogantes como la formulada por Max Blumenthal en The Grayzone: “¿Se habrían deshecho los rescatistas y médicos (forenses) de los judíos israelíes muertos (el 7 de octubre) de esa manera? Con el agregado de que 12 horas después de la teatralización de Erdan en la ONU, el archivo de Google Drive sólo contenía un breve video y entre las fotos misteriosamente desaparecidas estaba la imagen del contenedor lleno de cadáveres carbonizados. Cuestiona Blumenthal: “Se había borrado porque mostraba a combatientes de Hamas calcinados por un misil Hellfire, y no a israelíes ‘quemados hasta la muerte’ por Hamas?”

Pero sin duda, la que parece ser la operación de fuego amigo más singular, es la que ocurrió en la sede militar que alberga a la División de Gaza del ejército de Israel, asiento de la Cogat, tras ser asaltada por milicianos de Hamas y la Yihad Islámica Palestina. Videos grabados con cámaras GoPro presuntamente instalados en los cascos de los combatientes palestinos, exhiben a soldados israelíes abatidos en rápida sucesión, muchos de ellos todavía en ropa interior. Blumenthal señala que allí habrían muerto al menos 340 soldados en activo (entre ellos algunos burócratas al servicio de la administración civil) y oficiales de inteligencia (cerca de 50 por ciento de las bajas confirmadas ese día), incluidos oficiales de alto rango como el coronel Jonathan Steinberg, comandante de la brigada israelí Nahal.

Según Haaretz, el comandante de la División de Gaza, el general de brigada Avi Rosenfeld, se atrincheró en la sala de guerra subterránea (del cuartel) junto con un puñado de soldados (entre los que había personal femenino), intentando desesperadamente rescatar y organizar el sector atacado. El general Rosenfeld se habría visto obligado a solicitar un ataque aéreo contra la propia base (en el cruce de Erez) para repeler a los terroristas. El diario consigna que muchos soldados, que no eran personal de combate, murieron o resultaron heridos en el exterior. Un video publicado por la Cogat 10 días después de la batalla –y del ataque aéreo israelí− muestra graves daños estructurales en el tejado de la instalación castrense.

Según Jonathan Cook −quien criticó de negligente a la BBC de Londres, por apegarse a la narrativa del ejército israelí elaborado para ellos y otros medios occidentales cuando había evidencias en contrario de los propios órganos de prensa israelíes−, los helicópteros (Apache) parecen haber disparado indiscriminadamente, a pesar del riesgo que representaba para los soldados israelíes en la base que aún estaban vivos. De acuerdo con Cook, Israel usó una política de tierra arrasada para impedir que Hamas lograra sus objetivos de capturar soldados para canjearlos después por prisioneros palestinos. Eso, a su juicio, puede explicar la gran cantidad de soldados israelíes muertos ese día.

Al igual que Max Blumenthal, Cook señaló que el ejército uso la llamada Directiva Aníbal, un procedimiento militar establecido en 1986 tras el Acuerdo de Jibril, por el que Israel intercambió mil 150 prisioneros palestinos por tres soldados israelíes. Tras una fuerte reacción política, el ejército redactó una orden de campo secreta para evitar futuros secuestros. La directiva ordena a las tropas matar a sus propios compañeros soldados en lugar de permitir que sean tomados cautivos, dado el alto precio que la sociedad israelí insiste en pagar para garantizar el regreso de sus soldados.

Otro medio israelí, Mako , recogió declaraciones de militares que dijeron que tras el rápido colapso de la División Gaza del ejército, y cuando la mayoría de las fuerzas (palestinas) de la oleada de invasión original ya habían abandonado la zona en dirección a Gaza, tenían en el aire dos escuadrones de helicópteros Apache (ocho aparatos), pero casi no había información de inteligencia que ayudara a tomar decisiones. Los pilotos testificaron que “dispararon una enorme cantidad de municiones, vaciaron la ‘panza del helicóptero’ en minutos, volaron para rearmarse y volvieron al aire, una y otra vez. Pero no sirvió de nada y lo entienden”.

De acuerdo con las versiones de testigos oculares y de los propios pilotos de las fuerzas especiales, el alto mando militar también les ordenó disparar contra los vehículos que regresaban a Gaza después del festival, con aparente conocimiento de que en su interior podía haber rehenes israelíes, y contra personas desarmadas que salían de los coches o caminaban a pie por los campos de la periferia de Gaza. Un pilotos declaró que tuvo que enfrentar el tortuoso dilema de disparar o no contra las personas y los vehículos donde podía haber cautivos israelíes, pero optó por abrir fuego de todos modos; otro señaló que no sabía sobre qué disparar, porque son muchos, y uno más dijo que nunca pensé que iba a disparar a gente en nuestro territorio.

Igual ocurrió con los puestos avanzados, asentamientos y kibutz tomados inicialmente por los combatientes de Hamas. Según el diario Yedioth Aharanoth, los pilotos dijeron que no podían distinguir quién era un terrorista y quién un soldado o un civil, hasta que se dieron cuenta de que tenían que saltarse las restricciones y empezaron a rociar a los terroristas con los cañones por su cuenta, sin autorización de sus superiores. Así, sin ningún tipo de inteligencia ni capacidad para distinguir entre palestinos e israelíes, los pilotos soltaron una furia de cañonazos y misiles.

Uno de los casos más utilizados por el ejército israelí para exhibir las aparentes atrocidades cometidas por Hamas, fue el del kibutz Be’eri. Diferentes versiones indican que cuando el ejército llegó y estuvo en posición, los militantes de Hamas estaban bien atrincherados y habían tomado a sus habitantes como rehenes dentro de sus propios hogares. Testimonios e informes periodísticos sugieren que Hamas estaba tratando de negociar un paso seguro a Gaza, utilizando a los civiles de escudos humanos, y el objetivo era cambiar después a los rehenes por la liberación de presos palestinos.

El diario Haaretz ha destacado el testimonio de Tuval Escapa, coordinador de seguridad del kibutz, quien aseguró que los comandantes militares israelíes ordenaron el bombardeo de casas con sus ocupantes adentro para eliminar a los terroristas junto con los rehenes.

Según el periódico, el ejército pudo tomar el control sobre el kibutz después de que tanques bombardearon las casas, con el precio terrible de al menos 112 residentes asesinados. A su vez, en su testimonio a Radio Israel, Yasmin Porat dijo que cuando llegaron las fuerzas especiales a Be’eri, eliminaron a todos, incluidos los rehenes en medio de un fuego cruzado muy, muy intenso. Agregó que después de un fuego cruzado demencial, dispararon dos proyectiles de tanque contra una casa. La cuenta en Telegram de los South Responders de Israel y el diario conservador New York Post informaron que bajo los escombros aparecieron varios cadáveres carbonizados, incluido el de un niño.

Asimismo, la cuenta de South Responders divulgó un video que muestra un auto lleno de cadáveres carbonizados a la entrada del kibutz Be’eri, que el ejército israelí presentó como víctimas de connacionales ejemplo de la sádica violencia de Hamas. Sin embargo, como señaló Max Blumenthal, la carrocería de acero fundido y el techo derrumbado del vehículo, así como los cadáveres en su interior, “evidencian el impacto directo de un misil Hellfire”.

13.11.23

Se debe frenar la barbarie sionista

Alentado por una ideología etnonacionalista expansionista, colonialista, mesiánica y teocrática, el régimen sionista de Benjamin Netanyahu y su partido Likud llevan a cabo un genocidio de manual en Gaza con la complicidad y el apoyo militar in situ de la administración Biden y el Occidente colectivo.

Un mes después del lanzamiento de la Operación Inundación de Al Aqsa por grupos de la resistencia palestina contra el ejército de ocupación israelí, los incesantes ataques de retaliación, punitivos e indiscriminados contra la población civil y la infraestructura edilicia −incluidos hospitales, mezquitas, escuelas, campos de refugiados, sedes de agencias de noticias y ambulancias−, cuyo saldo asciende ya a 11 mil personas muertas (de ellas 4 mil 500 niños y 40 periodistas), no hay explicación ética ni política a esa práctica de castigo colectivo y exterminio que constituyen crímenes de guerra y de lesa humanidad según el derecho internacional.

Para el filósofo italiano Franco Bifo Berardi, la única explicación al comportamiento del régimen de Netanyahu es la sicopatía, es decir, el sufrimiento síquico, el deseo de sangre, el horror, la muerte, que deviene de la humillación sufrida por el pueblo judío europeo a manos de la Alemania nazi, y que requirió una compensación síquica que es la persecución y el exterminio del pueblo palestino, que no tuvo nada que ver con el Holocausto.

Cabe recordar algunos datos que se remontan al origen del Estado de Israel hace 75 años. El 4 de diciembre de 1948, pocos meses después de que Israel declarara su independencia, The New York Times publicó una carta en la que Albert Einstein, junto con otras celebridades judías, incluida Hannah Arendt, al protestar por la visita a Estados Unidos de Menahem Begin, joven líder del recién fundado partido ultranacionalista Herut (Libertad, precursor del partido Likud conforme a la ideología de Vladimir Jabotinsky), aseveraron que esa agrupación tenía un enorme parecido en cuanto a su organización, métodos, filosofía política y planteamientos sociales, a los partidos nazi y fascista. Denunciaron, también, que Herut había sido formado por miembros y partidarios del grupo paramilitar Irgun Zyai Leumi, banda terrorista de extrema derecha, chovinista, famosa por sus numerosas masacres contra las comunidades árabes en Palestina que condujeron a la Nakba, la limpieza étnica catastrófica del pueblo palestino desde su patria histórica en 1947-1948.

Einstein, Arendt y los intelectuales judíos pusieron como ejemplo el ataque de bandas terroristas israelíes al poblado árabe Deir Yassin −reseñada incluso por The New York Times el 9 de abril de 1948−, que no constituía ningún objetivo militar y que dejó un saldo de 240 hombres, mujeres y niños muertos, donde mantuvieron a algunos con vida para exhibirlos como prisioneros en las calles de Jerusalén. También denunciaron que el Partido de la Libertad de Begin predicaba entonces entre la comunidad judía una mezcla de ultranacionalismo, misticismo religioso y superioridad racial y, como otros partidos totalitarios, colaboró para romper huelgas y destruir sindicatos libres, impulsando en su congreso el modelo fascista italiano de las uniones corporativas. Y consignaron que antes de la constitución del Estado de Israel, el Irgún y la banda Stern implantaron el reino del terror entre la comunidad judía de Palestina, con métodos propios de los gángster: palizas, ventanas rotas y robos generalizados, concluyendo que a partir de su expediente histórico en Palestina, Begin y su agrupación Herut tenían el sello inconfundible de un partido fascista para el cual el terrorismo (contra judíos, árabes y británicos por igual) y la mentira, son el método.

La política de limpieza étnica de Netanyahu y el Likud (limpio de judíos [ judenrein] decían los nazis) está inscrita en el acta de nacimiento del Estado de Israel. Según Noam Chomsky, la doctrina militar de atacar civiles indefensos figura en una frase del Diario de la Guerra de Independencia de David Ben Gurión (fundador del Estado israelí), del 1º de enero de 1948: No hay duda de si una reacción es necesaria o no. La cuestión es sólo el momento y el lugar. Volar una casa no es suficiente. Lo que se necesita son reacciones crueles y enérgicas. Necesitamos precisión en tiempo, lugar y víctimas. Si conocemos a la familia (debemos) golpear sin piedad, mujeres y niños incluidos. De lo contrario, la reacción es ineficaz. En el lugar de la acción no es necesario distinguir entre culpables e inocentes.

A su vez, en otra carta a Eric Gutkind (1/1/1954), reivindicándose como parte del pueblo judío, Einstein expresó que la religión judía no adulterada es, como las demás religiones, una encarnación de la superstición primitiva, y que para él no tenía “ningún tipo de dignidad distinta de la de otros pueblos (…), de hecho, no es mejor que otros grupos humanos, aunque esté protegido de los peores excesos gracias a una falta de poder. Por lo demás, no hay nada que me haga deducir que son los elegidos”. (En sentido inverso, es capaz de los peores excesos gracias a su formidable poder).

Mientras instrumentalizan y hacen un uso demagógico del antisemitismo para despreciar o estigmatizar el antisionismo (de vivir hoy Einstein seguramente sería tildado de antisemita o como un judío que se odia a sí mismo), los líderes del Likud hablan abiertamente de genocidio y asesinato, mientras promueven a Israel como un ícono de la civilización, la democracia y los derechos humanos.

Como dice Berardi, el grupo de mafiosos corruptos que gobierna en Tel Aviv ha perdido la cabeza y buena parte de la sociedad israelí vive una crisis sicótica con un poder de contagio muy grande. A tal punto ha crecido la matanza, que hasta el presidente francés Emmanuel Macron declaró a la BBC que, “ de facto, hoy los civiles (en Gaza) son bombardeados. Bombardean y matan a bebés, mujeres y ancianos. No hay razón ni legitimidad para ello. Así que instamos a Israel a que se detenga” ( ergo, se lavó las manos o como dijo Nassim Taleb, las ratas abandonan el barco).

El genocidio no debe ser normalizado. Se debe frenar, sí, el actual tsunami de odio. La esperanza se mantiene viva porque el pueblo palestino todavía resiste, pero necesita más solidaridad mundial. Es la única manera para que el fantasma de Herut deje de obsesionar a los palestinos, y para que las filosofías nazi y fascista sean derrotadas para siempre.