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22.12.25

El factor Johnson

Carlos Fazio

22 de diciembre de 2025

Mientras se discute una eventual fusión de los comandos Norte y Sur del Pentágono –que como proyección de poder hemisférico se convertiría en Comando América–, en el campo militar, de seguridad e inteligencia, antes de conocerse, el Corolario Trump a la Doctrina Monroe de 1823 ya había arrojado buenos dividendos en México. Tal como lo reconoció el viernes pasado en Washington el secretario de Estado, Marco Rubio, la colaboración entre Estados Unidos y México “es la más alta de su historia”. Pero no dio detalles. 

Algunos antecedentes de la alianza militar estratégica hablan por sí solos. Como reveló La Jornada el 4 de febrero de 2002 (C. Fazio, “Planea el Pentágono crear una fuerza militar junto con México y Canadá”), nuestro país quedó integrado de facto al perímetro de seguridad de Estados Unidos bajo control del Comando Norte. A su vez, en el marco de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN o el TLCAN militarizado, 2005), la Iniciativa Mérida (2007) llevaría a una desnacionalización acelerada del sistema de seguridad interna. Entonces, las prioridades de la administración Bush Jr fueron: guerra a las drogas (en el territorio mexicano); guerra al terrorismo (ídem); seguridad fronteriza (en los confines norte y sur de México); control sobre la seguridad pública y las distintas policías de México; penetración de las fuerzas armadas locales (Sedena y Semar); creación de bases militares encubiertas denominadas oficinas bilaterales de inteligencia o centros de fusión; construcción de instituciones y reglas similares a las de Estados Unidos (homologación de leyes como parte de la integración silenciosa y subordinada de México). Así, sin límites de continuidad, Estados Unidos sería codiseñador de la estrategia de “seguridad nacional” mexicana, lo que, más allá de juegos semánticos y otras simulaciones, significó una cesión de soberanía. 

Desde el comienzo de su segundo mandato en enero pasado, utilizando como caballitos de batalla el tema del fentanilo y la designación de los grupos de la economía criminal mexicanos como “organizaciones terroristas extranjeras”, Trump aplicó al gobierno de la Cuarta Transformación aspectos del llamado “ciclo OODA”: observar, orientar, decidir, actuar. El aspecto clave de esa estrategia de combate es el ciclo: no se trata de un ejercicio único, sino de una serie de acciones conectadas, cada una de las cuales se alimenta de la otra. Se toma una acción y se observa la reacción del enemigo. Se orienta en la reacción y se decide qué opción es mejor antes de actuar. El enemigo reacciona y el ciclo se repite. Hasta que el enemigo muere. 

Públicamente, la presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido a la presión de Trump con su estrategia de la “cabeza fría”, utilizando siempre como frágil herramienta de combate la Constitución mexicana. Sin embargo, por el carril militar, al más alto nivel, el recurrente lenguaje oficial entre el Pentágono, la Sedena y la Semar siguió siendo el de “la seguridad hemisférica y la prosperidad conjunta”, “la colaboración a largo plazo y el entendimiento mutuo”, “la interoperabilidad en situaciones complejas”. Esa fue la narrativa que primó en junio pasado, cuando los secretarios de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla, y de Marina, Raymundo P. Morales, estuvieron en la base militar de Colorado Springs, sede del Comando Norte y del Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (Norad). La misma utilizada el 19 de noviembre último, durante la visita a México del jefe del Comando Norte, general Gregory M. Guillot. 

La reunión de Guillot con Trevilla y Morales se dio después del enésimo exabrupto de Trump de que en México “gobiernan los cárteles”, y en el marco del lanzamiento de la Operación Lanza del Sur del Pentágono, que incrementó la escalada aeronaval en el Caribe frente a las costas venezolanas, seguida de actos de piratería y terrorismo internacional, mientras circulaban versiones del sobrevuelo de un avión de reconocimiento P-3B Orion monitoreando comunicaciones y la detección de movimientos en la zona serrana de Sinaloa. 

A comienzos de noviembre, diversos medios señalaron que Estados Unidos utilizaría, en caso de aprobarse, drones para desmantelar laboratorios de droga y asesinar a jefes de las organizaciones criminales mexicanas. Y según la cadena de televisión NBC, se movilizarían unidades pertenecientes al Comando Conjunto de Operaciones Especiales del Pentágono. Ergo, bajo la autoridad de la “comunidad de inteligencia” y regulados con “el estatus de Título 50”, que se refiere a operaciones encubiertas fuera del contexto militar tradicional, México sería un escenario de acciones clandestinas contra grupos criminales considerados ahora “terroristas” por Washington. 

Por eso, un factor clave del encuentro entre Guillot, Trevilla y Morales fue la inusual presencia del embajador Ronald Johnson, un coronel retirado cuyos antecedentes como mando de las fuerzas especiales del ejército y miembro de la sección operativa de la Agencia Central de Inteligencia (acciones encubiertas), exhiben que desde el comienzo de la actual administración, México fue considerado un blanco estratégico del ahora Corolario Trump. Como siempre, la narrativa oficial aludió a la cooperación militar para enfrentar al crimen organizado, la migración irregular, el terrorismo y las operaciones de desinformación y ataques cibernéticos, presuntamente, con origen en Rusia y China. Pero omitió, obvio, las operaciones encubiertas de la CIA, a su ejecutor sobre el terreno y sus activos nativos (native assets), por lo que la contrainteligencia de las fuerzas armadas deberá estar atenta más allá del discurso nacionalista de la presidenta Sheinbaum.

5.9.25

Guerras, mentiras y videos

Carlos Fazio

El affaire de esta semana de la narcolancha hundida en altamar y el despliegue de tropas y barcos estadounidenses en el Caribe apuntarían sobre todo a aislar a Venezuela del eje Rusia-China y a reforzar el control de Washington sobre una zona estratégica.


El 2 de setiembre, el presidente estadounidense, Donald Trump, publicó en su red Truth Social un video de 30 segundos, aparentemente grabado desde un dispositivo militar de la Marina de Guerra, en el que se observa una pequeña embarcación con cuatro motores con unos bultos y unas difusas siluetas a bordo. El metraje avanza y se observa una explosión, y a continuación la lancha rápida encendida en llamas. En la publicación que acompañaba el video, Trump escribió: «Esta mañana temprano, siguiendo mis órdenes, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos llevaron a cabo un ataque cinético contra narcoterroristas del Tren de Aragua [TDA] identificados positivamente en el área de responsabilidad del Southcom. El TDA es una organización designada como terrorista extranjera, que opera bajo el control de Nicolás Maduro y es responsable de asesinatos en masa, tráfico de drogas, tráfico sexual y actos de violencia y terrorismo en todo Estados Unidos y el hemisferio occidental. El ataque se produjo mientras los terroristas se encontraban en aguas internacionales transportando narcóticos ilegales con destino a Estados Unidos. El ataque se saldó con la muerte de 11 terroristas en acción». Por su parte, el secretario de Estado, Marco Rubio, señaló que el incidente se produjo en el sur del Caribe y que había sido un «ataque letal».

El video exhibido por la Casa Blanca carece de información verificable y no aporta pruebas de que el bote transportara drogas, ni que proviniera de Venezuela, ni datos sobre su destino, y se desconocen las coordenadas del lugar donde habría ocurrido el hecho. Incluso no hay forma de comprobar quiénes eran los tripulantes de la embarcación, porque fueron «eliminados». Tampoco hay contexto. Y además, con la moderna tecnología de la Armada estadounidense, ¿por qué degradar de manera deliberada la nitidez y la claridad del video al extremo de hacerlo inservible para el análisis?

Lo anterior permite conjeturar que bien podría tratarse de un video fake, de una operación de guerra híbrida y psicológica cuyo objetivo es manipular a la opinión pública y escalar la violencia imperial, de un incidente fabricado, tal como ocurrió en el golfo de Tonkín en 1964, cuando Washington inventó un ataque norvietnamita para justificar la escalada de la guerra en Vietnam y décadas después se comprobó que había sido falso.

En la noche del martes 2, el ministro de Comunicación de Venezuela, Freddy Ñáñez, afirmó que el video podría haber sido creado por inteligencia artificial (IA). «Parece que Marco Rubio sigue mintiéndole a su presidente: luego de meterlo en un callejón sin salida, ahora le da como “prueba” un video con IA», escribió en su canal de Telegram. Ñáñez mostró además una consulta a Gemini, la inteligencia artificial de Google, a la que le pidió analizar el video. La respuesta fue que «es muy probable que se haya creado mediante IA».

Un día antes, Maduro había alertado que el despliegue militar estadounidense en el Caribe buscaba generar un falso positivo, es decir, una operación de bandera falsa para justificar una escalada de agresión a Venezuela. Señaló como ejemplos históricos el incidente del acorazado Maine en la bahía de La Habana, que dio pie al inicio de la guerra hispano-estadounidense en 1898 y es el origen del periodismo amarillo de William Randolph Hearst, y el citado incidente del golfo de Tonkín.

No obstante, parece improbable que en el corto y mediano plazo el Comando Sur contemple ejecutar una operación militar formal contra Venezuela, que es lo que quieren hacer ver como inminente. Lo que puede haber es una intensificación de la guerra no convencional. El escenario previsible es un recrudecimiento de la «máxima presión», que incluye el aumento en las operaciones psicológicas para tensionar (recordar la strategia della tensione usada por la OTAN en Italia en los años sesenta y setenta como instrumento de desestabilización).

TRUMP, EL ZAR DE LA POSVERDAD

La puesta a punto de la renovada «estrategia de máxima presión» de la administración Trump 2.0 sobre Venezuela se montó sobre varios ejes. Uno de ellos fue la reactivación de bulos ideológico-propagandísticos de InSight Crime y la Fundación Heritage, que aluden a la fábula que ubica a Maduro como jefe de los cárteles de los Soles y TDA, y a Venezuela como un «narco-Estado».

La génesis de ambas maquinaciones de desinformación (propaganda gris), sin base empírica y carentes de una investigación seria, de evidencia judicial y de pruebas forenses, remite a un informe fraudulento redactado por Joseph Humire, director del Center for a Secure Free Society, un think tank conservador ligado a la extrema derecha estadounidense, que a su vez retomó una ficción ideológica de InSight Crimeque, según el diario The Guardian de Londres, «se basaba en fuentes no verificadas». Titulado «Descarrilando el Tren de Aragua» y publicado por la Fundación Heritage el 5 de diciembre de 2024, el informe de Humire se presentó como un documento estratégico para la «seguridad hemisférica». Pero lo que revela, según un análisis del 21 de agosto de la página web venezolana Misión Verdad, «no es una amenaza criminal real, sino una mentira calculada, construida a partir de supuestos, generalizaciones y una manipulación descarada del lenguaje».

El texto reproduce, casi textualmente, las líneas centrales del libro-reportaje El Tren de Aragua: la banda que revolucionó el crimen organizado en América Latina, escrito por la periodista venezolana Ronna Rísquez, que según el analista Diego Sequera «cumple con todas las pulsiones confirmatorias que asocian el Tren de Aragua con el gobierno [venezolano], con más de una pirueta que le dé la cuadratura al círculo». El apoyo en fuentes secundarias y una narrativa deliberadamente ficcional para la consideración de políticas gubernamentales en Washington conjuga una deslegitimación de esa misma matriz, tanto por origen como por sus consecuencias.

El informe de Humire se convirtió en documento rector para la segunda administración Trump, que lo adoptó como base para una estrategia de «seguridad integral» contra Venezuela. No se trata de luchar contra el crimen organizado, sino de legitimar una política de injerencia destructiva para un cambio de régimen. Entre sus recomendaciones, figura la creación de un grupo de trabajo hemisférico, inspirado en la Operación Resolución Inherente –la campaña militar contra el Estado Islámico en Siria e Irak–, para «derrotar al TDA» mediante una «aproximación de todo el gobierno» (whole-of-government approach). Eso incluye, eventualmente, el despliegue de fuerzas especiales, asesoría militar desde el Comando Sur y la intervención directa en territorios de países vecinos.

Pero lo más grave es la instrumentalización del TDA para criminalizar a toda una nación. Humire afirma que «el TDA es el proxy perfecto y una herramienta de guerra asimétrica para desestabilizar países democráticos mientras conserva un alto grado de negación plausible». Y en un torpe giro ideológico añade que, dado que está «vinculado» con el gobierno venezolano, el TDA tiene «cimientos socialistas», una asociación absurda que enlaza el anticomunismo del siglo pasado, actualizado con el lenguaje de la «guerra al terrorismo», que cumple una doble función en la actual administración Trump: por un lado, intenta asociar el chavismo con la criminalidad; por otro, se convierte en un dispositivo para generar pánico y justificar el endurecimiento de las políticas migratorias. Así, de pronto, las olas migratorias venezolanas son descritas como «invasiones híbridas», una amenaza existencial que requiere respuestas militares.

EL FACTOR RUBIO

En relación con la actual política de máxima presión contra Venezuela, el verdadero punto de inflexión llegó en mayo, tras un reacomodo en la cúpula de seguridad de Washington que llevó a que Marco Rubio fuera designado como asesor de seguridad nacional interino, a la par de ejercer el cargo de secretario de Estado. Tal dualidad de funciones, que recuerda el poder concentrado por Henry Kissinger en la década del 70, le otorgó a Rubio un rango de acción sin precedentes en materia de seguridad y política exterior, lo que consolidó un viraje más agresivo y centralizado en la agenda de Estados Unidos hacia América Latina, en particular hacia Cuba y Venezuela.

Rubio coordina actualmente todas las agencias de seguridad y defensa estadounidenses, además de articular las recomendaciones estratégicas en materia militar y de inteligencia que recibe el presidente. En este esquema, el asesor se convierte en el verdadero filtro estratégico, capaz de orientar a Trump hacia decisiones más agresivas, sobre todo cuando confluyen factores como la presión de sectores militares y la narrativa de la guerra contra el terrorismo y el narcotráfico. A la vez, esa condición lo ubica en una posición privilegiada dentro del Ejecutivo para utilizar el aparato de seguridad nacional como una herramienta de su propia agenda política y sus ambiciones presidenciales.

El actual movimiento militar de Estados Unidos en el Caribe –incluido el presunto incidente de la narcolancha–, cuya tutela la lleva el exsenador republicano, puede tener un trasfondo estratégico que sugiere que esas operaciones cumplen varias funciones principales:

1) Se activó un nuevo escenario de operaciones psicológicas que podría abarcar ciberataques, sabotajes contra infraestructura crítica y focos de violencia armada urbana como parte de una estrategia de desgaste. El despliegue militar naval en aguas cercanas a Venezuela buscaría minar la moral y condicionar la toma de decisiones de Caracas, así como enviar una señal de amenaza latente sin disparar un solo misil. De todas maneras, la recompensa de 50 millones de dólares por Maduro ofrecida por Trump podría alentar a militares disidentes a dar un golpe de Estado con apoyo naval in situ, sin descartar una operación de extracción del mandatario por un comando de élite del Pentágono.

2) Al ubicar activos militares cerca de Venezuela (las versiones indican alrededor de 4 mil marines, un número muy poco significativo para una invasión), podría tratarse de una provocación calculada mediante la cual Washington eleva la tensión y fuerza a los gobiernos de la región a pronunciarse, lo que crea un clima de hostigamiento e, incluso, empuja un casus belli.

3) Washington exhibe una capacidad de acción militar real; aunque funcionarios estadounidenses insisten en que se trata de una «demostración de fuerza», la orden ejecutiva de Trump habilita operaciones militares directas.

4) Sumado a la puesta en escena de la lancha rápida, no se puede descartar otra eventual operación de bandera falsa articulada entre ExxonMobil y el gobierno de Guyana, cuyo objetivo sería escenificar un ataque en zonas marítimas en disputa en el Esequibo. Tal eventualidad responde al manual clásico de las operaciones de falsa bandera que se inician con las acciones encubiertas que atribuyen la culpa al adversario, utilizadas históricamente como justificación para intervenciones, sanciones ilegales y guerras. En este caso, Guyana aparece como punta de lanza de un dispositivo geopolítico mayor en el que Washington y transnacionales como ExxonMobil encuentran terreno fértil para avanzar su ofensiva.1

5) Otra variable más grave sería el uso por el Pentágono y la CIA de las metodologías bélicas utilizadas por la OTAN en Siria, Ucrania y Palestina ocupada, en particular, el empleo de drones, modalidad que ha revolucionado las guerras actuales.
En suma, el actual despliegue naval y aéreo de Estados Unidos –que incluye el crucero USS Lake Erie, con capacidad de disparar misiles Tomahawk, aviones de reconocimiento P8 Poseidón y un submarino de ataque nuclear, un verdadero exceso para la lucha contra el narcotráfico– es multifacético y deliberadamente ambiguo: combina disuasión, presión psicológica y preparación bélica, con un claro trasfondo político de ataque contra el gobierno venezolano.

Pero la ficción acusatoria contra Maduro no es un error: es un plan, dice Misión Verdad. Y mientras haya quien repita el guion sin cuestionarlo, la mentira seguirá siendo política. De allí que, más allá de la retórica antidrogas que se presenta como justificativo, lo que está en marcha es un rediseño del tablero regional bajo la impronta de Rubio y de los sectores de poder que lo respaldan («la mafia de Miami», la llamó Maduro), para lo cual es condición sine qua non ejecutar un cambio de régimen en Venezuela.

Desde hace décadas, Estados Unidos ha apelado al discurso antidrogas y a la etiqueta del terrorismo como coartadas para justificar intervenciones en América Latina y el Caribe. De allí que lo que hoy se presenta como lucha contra el crimen transnacional o el terrorismo no es más que una pantomima para revestir con apariencia de «legitimidad» lo que en esencia sigue siendo un plan de cambio de régimen, con la mira puesta en el petróleo, el gas y las tierras raras del país sudamericano, así como el control del Mediterráneo de Estados Unidos (el golfo de México y el Caribe), de cara a una eventual guerra con China. En ese sentido, y dado que la operación no responde a una lógica antinarcóticos –las evidencias públicas son inexistentes–, ¿se montó la operación naval a la manera de un cordón sanitario en el Caribe ante la urgencia de contener la multipolaridad energética que se fraguó esta semana en Tianjin, China, en el marco de la 25.a cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS)?

Como señaló el analista Tito Ura, «el capitalismo estadounidense, atravesado por sobreacumulación, deuda y pérdida de reservas de petróleo pesado, recurre a la forma más extrema de su reproducción: la guerra como valor de uso para restablecer la renta geopolítica» (Rebelión, 28-VIII-25). ¿Funcionará el cerco naval como una valla aduanera flotante sin necesidad de ocupar territorio venezolano? ¿Percibe Washington la posible incorporación de Venezuela como observador pleno en la OCS como una réplica de la doctrina Monroe invertida, con la multipolaridad desembarcando en su tradicional patio trasero? ¿Quiere mostrar músculo ante su pérdida de hegemonía? ¿Se trata de un aviso preventivo no a los grupos criminales, sino al eje Rusia-China-India-Irán, y a Brasil, mostrando que Washington todavía tiene capacidad de presión militar? ¿Es un arma de disuasión para frenar la expansión de China y Rusia en América Latina, condicionar a Maduro y erosionar el relato multipolar de la OCS en un momento clave?
  
 1. Guyana apoyó el despliegue militar estadounidense en el Caribe. ↩︎

13.2.25

El imperio del dolor

Fabrizio Mejía Madrid

Hay un dolor crónico que puede ser físico y sobre todo social. Quizás es con ese dolor crónico que los Estados Unidos está tratando de lidiar.


Empiezo con un dato: en México hay 433 casos de adicción al fentanilo mientras en los Estados Unidos hay 5.6 millones de adictos. Interpreto el dato: lo que tiene EU es una epidemia de dolor. Podemos hacer la historia de cómo las farmacéuticas como Purdue Pharma, pero también Johnson & Johnson, Janssen y otras usaron un marketing abusivo para convencer a los doctores y al público de que productos como la oxicodona no eran adictivos. Podemos hablar de cómo los vendedores de la Oxycodin anunciaron el derecho de sus consumidores a “vivir sin dolor”. Cómo los médicos comenzaron a recetar los opioides para dolores que podían menguar con simples aspirinas o ibuprofeno. Podemos, también, contar la historia del empleado público, Curtis Wright, quien dio la autorización de parte de la FDA ---la Cofepris de allá--- en tiempo récord para comercializar ese analgésico. Nomás aprobado el propio Curtis Wright renunció a su cargo y aceptó un puesto de dirección en la farmacéutica con un salario tres veces mayor al del Gobierno. Podemos contar cómo Purdue recibió 3 mil demandas en 2007 y cómo sacaron 10 mil millones de dólares de la empresa para poderse declarar en bancarrota y no pagar. Cómo los nombres de la familia dueña de Purdue, los Sackler, fue retirada del Museo de Arte Moderno, el Louvre, y el Guggenheim por la vergüenza pública que significaba estar financiados por los negociantes del dolor ajeno. Podemos, digo, hacer toda esa historia y acaso también podemos enfrentar dos datos: las 114 mil personas que en el pico de la adicción a los opioides perdieron la vida en EU en 2021 mientras que 35 mil personas en México perdían también su vida, no por sobredosis, sino por disparos de armas de fuego, que en un 80 por ciento provienen de Arizona, Nuevo México, Texas y California. Se trata del mismo problema: armas de fuego vendidas ilegalmente en México por las compañías estadounidenses y las muertes por fentanilo que han bajado ya a 58 mil personas, aunque Donald Trump siga diciendo que son 300 mil al año. Podemos hablar del 86 por ciento de los narcos detenidos son ciudadanos norteamericanos, no inmigrantes ilegales: Podemos hablar de que estos narcos del fentanilo pasan la frontera por los carriles de alta, en automóviles estadounidenses, no por el desierto como afirman Trump, la DEA y el NYT. Incluso podríamos hablar de cómo una mayoría de los detenidos en posesión de las pastillas son blancos y con estudios de preparatoria. Podemos hacer todas esas historias pero esta columna quiere poner la atención en algo: EU tiene una crisis de dolor.

Déjenme comenzar con las esculturas de mármol que los griegos del último tercio del siglo V antes de nuestra era le dedicaron a la amapola. Ahí, donde se inventaron las palabras “clínica” y “terapia”, en la cámara central del templo del culto de curación de Asclepio en Epidauro, se despliegan las flores de donde se saca el opio, como una especie de diosa del alivio del dolor. Al lado de las flores está el que todavía funciona como nuestro símbolo de la medicina: una serpiente entrelazada en un bastón. Los griegos y romanos ---que llamaron Escolapio a ese dios--- tenían clínicas gratuitas para atender los dolores y enfermedades. Todas estaban inspiradas en ese mismo dios de la medicina que usaba la amapola para aliviar.

Pero vayamos al dolor. Es tan obvio que hasta resulta tonto decirlo: dolerse es sentir dolor. Finalmente, cada uno de nosotros somos nuestra propia autoridad sobre si sentimos o no dolor. Si creo que tengo dolor, entonces tengo dolor. No hay distinción entre apariencia y realidad. Hay tres secuencias distintas cuando sentimos dolor. La primera es cuando lo sientes por primera vez, esa sensación desagradable y perturbadora que se acompaña de una excitación como de adrenalina. La siguiente etapa es más compleja y se basa en una reflexión más elaborada relacionada con aquello que se recuerda o imagina como doloroso. Es la parte de la memoria del malestar o de la aflicción. Son sobre las implicaciones: ¿qué tengo? ¿Será algo grave? ¿Qué hay debajo de la piel de mi propio cuerpo que puede estarse incomodando? ¿Se quitará solo o habrá que recurrir a un medicamento? ¿Ya lo he sentido antes? ¿Cómo me lo quité de encima en ese entonces? Esa memoria de las dolencias la tenemos todos pero se mueve, también, hacia el futuro. Son las consecuencias de tenerlo y qué padecimiento está revelando.

Quienes fueron recetados en algún momento con un opiáceo como la morfina, diacetilmorfina (heroína), hidromorfona, oxicodona, fentanilo o la metadona, saben del tormento permanente que sólo es aliviado por un breve tiempo y que les genera tolerancia a las dosis y la necesidad de contar con más. Pensemos en la epidemia de consumo de Oxycontin entre los mineros del carbón en Virginia Occidental, Pensilvania, Wyoming. Trabajaban con fracturas en los hombros o las piernas y empezaron a recurrir al opioide que los médicos les decían que estaba aprobado como no-adictivo por la mismísima FDA. Luego, pensemos en las amas de casa que fueron recetadas con opioides por dolores de espalda o estrés. Pensemos finalmente en los jóvenes de la pandemia que podían comprarlo ya en su faceta ilegal y adulterada como fentanilo por medio del Whatsapp o el Facebook. Este fentanilo se consumió por diversión y para no enterarse de nada: despiértenme cuando haya pasado. Mineros, amas de casa, estudiantes por zoom, todos son ahora parte de los 5.7 millones de adictos.

Hay que pensar, también, en que el fentanilo es una fuga de un sistema como el estadounidense que les exige disolver los síntomas del malestar cotidiano por el desempleo, la falta de salud, la violencia, sin responsabilizar las causas sociales, políticas, morales de éstos. No importa que EU se haya empobrecido material y espiritualmente en estas últimas décadas de ocaso, el cambio no puede venir más que de ti mismo, único responsable y culpable de tus propias desgracias. Imagínense ese sistema que te ha dejado solo, tú contra todos, para resolverlo. Un sistema donde todas tus relaciones son instrumentales, donde todos los que te rodean deben obedecer a la lógica del costo-beneficio. Un sistema que te define, ya no por el empleo u oficio que desempeñas, sino por lo que consumes, donde es la mirada externa la que define si eres o no exitoso, donde el fracaso es dejar de ser valioso, dejar de existir. El fracaso como estigma moral te lleva, en este sistema, a una guerra contra los demás por sobresalir, por actuar más rápido, como si todo tu ser fuera una demanda para adaptarse a las crisis. En este sistema llega, entonces, una pandemia que agudiza la falta de sociabilidad, que des territorializa tus acciones, que te hace un fantasma en una pantalla. Lo que se hace, la suma de éxitos o fracasos es tu verdadera naturaleza: tu potencial latente, nunca desarrollado porque no te esfuerzas lo suficiente.

Imagínense un pobre cuerpo en ese sistema. Un cuerpo al que se le exige silenciarlo porque un cuerpo enfermo o con dolor, una mente con dudas, una reflexión más allá del instante, estorba para que logres tus fines. Se elige ser rico y poderoso. Se elige ser pobre y menesteroso. Todo depende de la calidad de los pensamientos que determinan la calidad de tu vida. El cuerpo interfiere y habría que anularlo, silenciarlo, desprenderse de él. Esa es la función del analgésico usado para suspender un dolor que no es de un tejido dañado, de un hueso roto, de una espalda sobre trabajada, sino que proviene de la discordancia entre la apariencia y la estructura, de cómo no coincide lo que se te exige con lo que el propio sistema te brinda para lograrlo. Ahí es donde entra el relajante, el que te desconecta del entorno y de ti mismo, el anestésico que te hace ir por el mundo sin siquiera estar en él.

Dice el dicho que “la mayoría de las personas preferimos que nos rompan un hueso a que nos rompan el corazón”. El rechazo social, la exclusión o la pérdida son de las experiencias más “dolorosas” que soportamos. Una investigación, en gran parte procedente del laboratorio de Naomi Eisenberger en la UCLA, sugiere que los sentimientos dolorosos producidos por la desconexión social comparten los mismos sustratos neurobiológicos que las experiencias de dolor físico. Ella ha planteado la hipótesis de que “las amenazas a la conexión social pueden ser tan perjudiciales para la supervivencia como las amenazas a la seguridad física básica y, por lo tanto, pueden ser procesadas por algunos de los mismos circuitos neuronales subyacentes”. Ella sugiere que en todos los primates sociales, nosotros, entre ellos, “el sistema de apego social puede haberse aprovechado de los sustratos opioides del sistema de dolor físico, nuestras endorfinas, para mantener la proximidad con los demás, provocando angustia tras la separación (a través de una baja actividad de los receptores opioides) y consuelo al reunirse (a través de una alta actividad de los receptores opioides que llamamos endorfinas)”. Por eso, concluye el estudio de la doctora Eisenberger, los tratamientos para el dolor físico sirven también para el dolor social. ¿Qué más dolor social que la desconexión por la pérdida del empleo, el desalojo de tu casa, la deuda impagable? ¿Qué más dolor social que ser considerado por tu propio país como un sujeto sin valor mientras la televisión y las redes como Instagram te muestran a gente exitosa, opulenta y poderosa en mansiones de oro de 24 kilates, yates monumentales, islas privadas? ¿No es esa desazón, ese ninguneo, el fondo de la crisis del fentanilo de los estadounidenses?

Es este mismo sistema el que elige a Donald Trump que le restriega a todos los demás su peculiar historia personal del privilegio: de ser hijo de un magnate, de ser socio de los políticos, de ser el que siempre se sale con la suya, a ser su Presidente por segunda vez. Él emprende una denuncia igualmente cruel contra el tema del fentanilo y el consumo descomunal de opiáceos, único en el planeta. Criminaliza la droga como si la sustancia tuviera una maldad intrínseca y no la relación que 5.7 millones estadounidenses tienen con ella. Criminaliza a los inmigrantes porque, si evidencia alguna, fantasea que las pastillas llegan en los hombros de personas que pasan a pie por los desiertos mexicanos. Criminaliza a los adictos porque no tiene empatía con su dolor, sea físico o emocional. Finalmente, la utiliza como un arma para conseguir sus fines políticos adjudicándole a México la autoría completa de la perversidad de los tráficos ilícitos, sean de sustancias, personas, o colores de piel. Todo a cambio de unas tarifas a la importación de cosas.

La ideología de que las drogas son portadoras de la maldad social trata a la adicción como algo individual, de falta de voluntad, de exceso de diversión, de debilidad ante el apetito. Es la forma en que los fanáticos religiosos tratan las adicciones que no son de las personas, son de las sociedades. En los estudios de la DEA, por ejemplo, leemos cómo se determina químicamente el trastorno, en lugar de entenderlo como  una adaptación desesperada a un entorno social empobrecido y una falta de integración emocional y social. Cuando las leyes se construyen únicamente a partir de una adicción individualizada o asocial, pretenden disuadir al adicto individual o al "adicto potencial" de establecer un contacto cercano con sus o su sustancia preferida, todo se convierte en una cosa de policías y jueces, de castigos y penas a quienes que faciliten la ingestión de dichas sustancias o que las posean para su consumo posterior. Ya sólo tratan el problema de las conductas adictivas, es decir, de tratar por todos los medios de que la sustancia no llegue al consumo.

Trump por supuesto se niega a tratar la adicción como un trastorno de los vínculos sociales, porque hacerlo lo obligaría a reformular toda su ideología neoliberal. Si se considerara, como en México, ayudar a los usuarios problemáticos a conectarse a los servicios sociales y de salud necesarios y asumiría la tarea de tener empatía y hasta compasión con las personas que están sintiendo el dolor del aislamiento social, que están desconectadas socialmente o traumatizadas psicológicamente por las violencias estructurales y cotidianas, en un país con casi 650 tiroteos masivos al año. Le obligaría a Trump repensar un sistema público de salud que, hasta la fecha, sólo atiende al 20 por ciento de los adictos al fentanilo. El restante 80 por ciento anda en las calles buscando conectar unas pastillas para su día. Imagínense la irresponsabilidad del Estado norteamericano. Su crueldad y falta de empatía social.

Finalmente me gustaría hablarles de cómo el dolor, el físico y el social, se comportan casi como cualquier otra de nuestras ideas. Me refiero a que, en lo social, el dolor persistente puede experimentarse como una grave amenaza a la libertad, al significado de la vida y, en última instancia, a la autoestima. Mientras que el malestar y la perturbación inmediatas se basan en el presente, las emociones que le siguen al dolor se basan en la consideración del pasado y del futuro. Así, así como uno puede sentirse inmediatamente temeroso, angustiado o molesto durante la intrusión inmediata y la perturbación del dolor, también puede sentirse ansioso o deprimido por las implicaciones a largo plazo del dolor persistente. El dolor a menudo se experimenta no sólo como una amenaza inmediata al cuerpo, la comodidad o la actividad, sino también al bienestar y a la vida en general. Son, entonces, los significados de cómo el dolor influye en las actividades de la vida y el futuro los que alimentan gran parte del sufrimiento. Hay depresión, ansiedad, frustración, ira y miedo que interrumpen la vida, dificultan el soportarla, y encubren angustias por lo que podría pasarnos en el futuro. Hay un dolor crónico que puede ser físico y sobre todo social. Quizás es con ese dolor crónico que los Estados Unidos está tratando de lidiar. Ni Trump, ni la salud pública, ni el Congreso lo están ayudando. De hecho, están solos los estadounidenses,. Nadie los está ayudando.

9.2.23

La verdad sobre Calderón

Fabrizio Mejía Madrid

“De los testimonios de Veytia podemos concluir que el acuerdo del calderonismo con la Federación duró apenas un año y, cuando se enfrentaron los Beltrán al Chapo, el Presidente Calderón dio la orden de apoyar a éste último”.


El juicio a Genaro García Luna en Nueva York ha arrojado una historia distinta a la que conocíamos sobre Felipe Calderón. Durante años hemos dicho que, por haber llegado mediante un fraude electoral a la Presidencia de México, Calderón decidió legitimarse estallando una “guerra contra el crimen organizado”. Pero los nuevos datos del juicio señalan que la complicidad con el narcotráfico venía desde mucho antes y que no necesariamente respondió a un dilema político —que no había ganado la elección de 2006— sino, más bien, a que, durante los sexenios de Acción Nacional, se creó una estructura paralela al Estado mexicano, compuesta por servidores públicos, militantes del partido, y jefes del narco, todos unidos por ser cómplices en el delito.

Veamos con más detalle esta historia. Dieciocho días después de que el Tribunal Electoral lo declarara presidente electo, Felipe Calderón y su esposa, Margarita Zavala, asistieron como padrinos a un bautizo en Torreón, Coahuila. La bebé que sería bautizada era hija del senador de Acción Nacional, Guillermo Anaya Llamas, y de María Teresa Aguirre Gaitán. El hermano de “El Grande”, jefe del grupo de los Beltrán Leyva en la Comarca Lagunera, era esposo de la hermana del senador del PAN y ex alcalde de Torreón. Así que “El Grande” fue encomendado para asistir al bautizo con una petición de La Federación, es decir, de los Beltrán Leyva, el Chapo Guzmán, y el Mayo Zambada, al nuevo presidente electo. Se le pidió a Calderón nombrar a Genaro García Luna como Secretario de Seguridad Pública de México. La exigencia fue aceptada y García Luna tomó posesión como super policía desde el primero de diciembre de ese año. La “guerra contra el narco” fue anunciada dos meses y medio después de ese bautizo, hasta el 11 de diciembre de 2006. Así que podemos concluir que la idea de ponerse al servicio del Cartel de Sinaloa precedió a cualquier plan de supuesta seguridad. Y, por lo tanto, el anuncio de la famosa “guerra contra el narco” que comenzó sin diagnóstico ni estrategia en el estado de Michoacán, no fue sino para esconder el acuerdo previo de apoyar la expansión del cartel de La Federación por todo el país. Tampoco se sostiene que Calderón “no supiera” qué hacía su secretario de seguridad, García Luna, porque fue él quien aceptó una exigencia de los narcotraficantes, en aquel bautizo de Acción Nacional el 25 de septiembre de 2006. Si lo hizo por un cálculo político o simplemente por dinero, queda todavía en lo incierto, pero al poco tiempo volvió a hacer lo mismo: apoyar al Chapo Guzmán. A esa historia volveremos después.

Un año después, en el 2007, el gobernador priista de Coahuila, Humberto Moreira, acusó al senador del PAN, Anaya Llamas, de tener vínculos con el narco. Por los testimonios en el juicio ahora sabemos que el propio Moreira sirvió de fachada, con una partida de fomento al turismo, para la entrega de sobornos a periodistas y dueños de medios de comunicación. Que el propio García Luna pagó “toneladas” de 25 millones de pesos al mes —300 millones al año— al periódico El Universal, para encubrar su imagen como policía eficiente. Que el columnista Antonio Navalón, representante del grupo español Prisa en México candidateó a García Luna para la presidencia de la República en su artículo de El Universal del 25 de octubre del 2010. Cuando ya era dirigente nacional del PRI, Moreira fue investigado por corrupción, endeudar a su estado con documentos falsificados del Congreso local, y lavado de dinero en paraísos fiscales como Mónaco e Islas Caimán, pero fue exonerado por la PGR de Calderón un mes antes de que tomara posesión Enrique Peña Nieto en 2012. Es decir, si de Fox a Calderón hubo una complicidad en ascender de puesto a García Luna —de la AFI a la Secretaría de Seguridad—, de Calderón a Peña Nieto existió el mismo pacto para exonerar a políticos enriquecidos por sus lazos con narcotraficantes.

Pero esta historia viaja de Coahuila a Nayarit. En el juicio en Nueva York se presentó como testigo de la Fiscalía a Edgar Veytia, el ex fiscal del gobierno de Ney González. Con suma sinceridad, Veytia ha dicho que los gobernadores de Nayarit, tanto Ney González como Roberto Sandoval, le tenían lealtad a los Beltrán Leyva porque les pagaban las campañas electorales. Y que, cuando las empezó a pagar el Cartel Jalisco Nueva Generación, traicionaron a sus antiguos patrocinadores. Veytia declaró en Nueva York que fueron Felipe Calderón y García Luna los que les dieron la instrucción: “El Chapo no se toca”, cuando los dos grupos de criminales se enfrentaron en el 2008. Que una vez tuvieron hasta que liberar al capo de una detención en una carretera porque así lo pedía el Presidente Calderón, que esa era “la línea”.

De los testimonios de Veytia podemos concluir que el acuerdo del calderonismo con la Federación duró apenas un año y, cuando se enfrentaron los Beltrán al Chapo, el Presidente Calderón dio la orden de apoyar a éste último. Unas horas después de que se diera este testimonio de Veytia en el juicio, Felipe Calderón respondió desde el exilio en España: “Nunca negocié ni pacté con criminales”. Su esposa, la diputada Margarita Zavala pareció enigmática de tan obtusa. Dijo: “A mí me parece que lo que tenga que suceder en ese juicio, pues que suceda. Y lo demás, pues yo creo que toda la parte de los testimonios, como quiera, yo no veo que estén ahorita aprobándolo”. La abogada confundió claramente “aprobar” con “probar”. Más claras fueron las ocho columnas del periódico Reforma: “Implican a Calderón… pero “de oídas”. Un día antes, cuando se dio a conocer los sobornos de García Luna al Ya al diario El Universal, éste tituló su portada con “Gobierno gasta 1600 millones de pesos en estadios de beisbol”. El Heraldo, otro implicado en los sobornos de García Luna, decidió avisar: “Blindan camino del aguacate al Superbowl”.

Para saber la verdad hay que preguntarse por qué Calderón ordenaba a los gobernadores proteger al Chapo Guzmán. La lógica de la legitimación política por medio de la guerra interna es inoperante ya para 2008. Queda entonces el dinero. Lo que hasta ahora entendemos es que la relación entre los servidores públicos y los narcotraficantes era para financiar las campañas a cambio de alquilarles los puestos de seguridad pública. Que se intercambiaba dinero para lavarlo. Que una parte de él iba a los medios de comunicación, como El Universal, que otra parte era para fundar empresas fachada que vendían, por ejemplo, cámaras de vigilancia a los penales, como fue el caso del dueño de El Financiero. Que se aceptaba dinero para enriquecerse sin ser detectados a cambio de darle a los delincuentes información de operativos que todavía no ocurrían. Más que la simulación, la verdad de Calderón es el dinero.

Hay otros dos explicaciones posibles de la complicidad entre los gobiernos PRIANistas y el crimen organizado. Una es ideológica, la otra económica. Alrededor de Felipe Calderón se agrupó una corriente ideológica militarista. Me refiero a las organizaciones contra la delincuencia y contra el secuestro encabezadas por Isabel Miranda de Wallace, cuyo cuñado trabaja hoy para la presidenta de la Suprema Corte, Norma Piña; María Elena Morera de la “sociedad civil” de Claudio X. González o el mismo Alejandro Martí. Comunicadores y medios como Milenio, Imagen, Reforma, Excélsior, El Universal, El Heraldo y El Financiero. La ideología militarista de Calderón parte de dos ideas: que la seguridad pública es la única labor legítima del Estado mexicano porque de eso depende la inversión privada, la generación de empleos y el crecimiento económico; la otra idea es que la seguridad se logra matando a una parte de la población que se considera “mala”. Estas dos ideas se trenzan en que la solución militar era “necesaria”, que no había de otra, y que iba a ser larga, sangrienta doloroso. Que, como dijo el entonces procurador, hoy prófugo, Eduardo Medina Mora el 29 de mayo de 2008: “La guerra contra la delincuencia se está ganando, aunque no lo parezca”. El resultado fue un amasijo de delitos e impunidades: si los secuestros en 2006 eran 4 mil 307, para el final del sexenio calderonista eran 27 mil 374; si para 2006 los homicidios eran 10 mil, en 2012 eran 26 mil; pero el 80 por ciento de ellos sucedieron sólo en 162 municipios.

No es cierto que la guerra afectó a todos por igual. Si revisamos los datos de desplazamiento forzado, es decir, de los dos millones de personas que se vieron obligadas a salir de sus zonas de residencia rumbo a otros estados o países, descubrimos el horror en los municipios más apartados, pobres, en comunidades indígenas, agrícolas: más de 254 mil desplazados en Chihuahua sólo de la sierra, sin sumar los más de 100 mil de Ciudad Juárez; 185 mil en Coahuila, de los municipios más pobres como Múzquiz y Frontera; 21 mil de Michoacán de municipios como Aguililla o Zacapu; 208 mil en Sinaloa, de Choix y Mocorito; 34 mil en Tamaulipas; 50 mil en Chiapas, de los municipios en la frontera con Guatemala. Estas 850 mil personas, tan sólo de seis estados de la república, vivieron el país del miedo, tomaron la decisión de huir, abandonaron sus casas, se encontraron a la mitad de las carreteras sin saber a dónde llegar. Tan sólo un dato de este drama: hay 8 millones 669 mil casas abandonadas, es decir, el 20 por ciento del total. Esa y no otra es la sustancia de vivir con miedo: los pueblos fantasma, las tierras dejadas. El otro dato es que, al cabo de la guerra de Calderón, había 150 mil niños que se habían vuelto huérfanos. Sin decirlo explícitamente, pero comprobable en los hechos, la parte que el militarismo calderonista quería ejecutar para que el resto viviera en paz, eran los pobres, los habitantes de los municipios más precarios del país. En ese sentido es que la guerra de Calderón es una de tipo racial y económica. Busca una solución burocrático-militar que hace de regiones enteras del país un terreno de guerra o, como se decía en el lenguaje militarista, “operativos conjuntos”. Es decir, provocaron que millones de personas huyeran del terror. Eso facilitó que los criminales tomaran tierras para sembrar amapola o que las mineras canadienses pudieran explotar el subsuelo sin tener que indemnizar a los ejidatarios. No hay que olvidar a la tropa del ejército que desertó en números escandalosos: 114 mil con Vicente Fox y 90 mil con Calderón, de los cuales mil 680 eran de fuerzas especiales, es decir, altamente calificados. Y, mientras los pobres huían de sus comunidades y la tropa desertaba, el gobierno de Calderón y García Luna nunca tocaron los flujos financieros de los narcos ni sus propiedades patrimoniales. Así que no hay razón que sostenga que la guerra fue igual para todos.

Y aquí viene, entonces, el carácter económico de la guerra de Calderón. Generar el caos en ciertos municipios del país para preparar a sus habitantes para cualquier cosa: huir, morir, ser secuestrados o “levantados” como suavizaban los medios de comunicación en aquellos años de la auto-censura. Todo ayudó al regreso del PRI que, con Peña Nieto, se suponía que pacificaría al país como lo había hecho en las décadas de la guerra sucia contra la izquierda. En su guerra, Calderón gastó el equivalente a los presupuestos anuales de Salud, Medio Ambiente, y Desarrollo Social; en seis años gastó mil 800 millones de pesos, sólo en financiar a la Secretaría de García Luna, la Defensa de Galván Galván, la Procuraduría de Medina Mora, Arturo Chávez Chávez, y Marisela Morales, y a la Marina de Mariano Saynez. Sin duda, el gran negocio de la guerra fue a parar a la industria armamentista norteamericana pero también enriqueció como nunca a la burocracia de los “operativos conjuntos” con dinero del Departamento de Estado de los Estados Unidos en su Plan Mérida y sus fallidas operaciones como Rápido y Furioso.

Así, al final la verdad sobre Calderón es mucho más terrible que las ansias por legitimarse una vez consumado el fraude electoral de 2006. Una parte de la estructura del poder en México, llámense políticos, funcionarios, delincuentes, medios de comunicación, industrias de armas, mineras, o inmobiliarias fueron beneficiadas con esta guerra. Puso en un alto cargo público que gastó el equivalente al 30 por ciento de la fortuna de Carlos Slim al ex espía político del CISEN, Genaro García Luna. Mandó decir que el Chapo no se toca. Hizo crecer territorialmente al Cartel de Sinaloa y lo convirtió en una empresa transnacional. Así la verdad sobre Calderón.

Al final, no eran los criminales los que le tenían miedo, sino los pobres de esta país.

28.9.22

Ya nada es igual

Abel Barrera Hernández*

Toparnos con la cerrazón del Ejército y con las pésimas actuaciones de la Fiscalía General de la República han sido las pruebas más duras que como padres de los 43 normalistas desaparecidos enfrentamos con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. En los cuatro años de intensas batallas, Enrique Peña Nieto se empeñó en destruir nuestras vidas con su falsa versión de la verdad histórica. Torturaron a los detenidos para que se autoinculparan y se encargaran de describir las atrocidades que cometieron contra nuestros hijos. Nos taladraron el alma, nos desangraron y nos colocaron al borde de la exasperación. No pudieron vencernos. Nuestro amor inquebrantable y nuestro afán de justicia nos mantienen con gran firmeza y en pie de lucha. La solidaridad de innumerables organizaciones nos reanimó y nos ayudaron a cruzar el pantano de la muerte.

El informe que presentó Alejandro Encinas desenmascaró la urdimbre delincuencial que se teje en los gobiernos federal y estatal. Las autoridades civiles y militares de Guerrero trabajan coordinadamente desde hace décadas, no para proteger la vida de los ciudadanos, sino para destruir a quienes consideran sus enemigos, para afianzar los intereses económicos de caciques y capos delictivos. Los actores armados del estado se han especializado en la guerra sucia. Son expertos en desaparecer a luchadores sociales y a quienes consideran que amenazan al gobierno. Para nosotros no fue una novedad que el informe señalara a militares como responsables de la desaparición de nuestros 43 hijos.

Desde un inicio dijimos que era un crimen de Estado; sin embargo, los políticos guardaron silencio y hasta se unieron para encubrir a los criminales. Enterraron en nuestro corazón la daga de los horrores que cometieron contra nuestros hijos. Nos desquiciaron los actos perversos de los políticos mal nacidos y de los policías asesinos. Quedaron evidenciados los guachos que siempre han estado coludidos con los jefes de las bandas criminales para desaparecer y enterrar a inocentes en fosas clandestinas.

El oro y la droga que se vende en Iguala y se llevan a Chicago, Atlanta y Nueva York es un negocio bien armado entre políticos y delincuentes, que son de la misma calaña. Por décadas, los caciques abrieron rutas nacionales e internacionales, con sus autobuses y camiones de carga para asegurar la droga que se procesa en la sierra. Es una calamidad padecer el flagelo de la delincuencia que controla las policías y las presidencias municipales. José Luis Abarca es el clásico político guerrerense que se encumbra en el poder con la protección y apoyo de caciques, militares y jefes de la delincuencia. En Iguala Guerreros Unidos desplazaron a Los Rojos, para controlar la zona norte hasta Cuernavaca, Morelos. Eso lo lograron con apoyo de los caciques, el Ejército, los policías de varios municipios, los ministeriales y la entonces procuraduría del estado. Hasta hoy las autoridades federales no se atreven a desmantelar estas redes criminales. Continúan las desapariciones, los asesinatos, los periodistas desplazados y privados de la vida. Las mismas empresas mineras se han beneficiado del crimen organizado para pactar con los criminales y asegurar sus meganegocios en los municipios de Cocula, Teloloapan y Eduardo Neri.

No entendemos por qué se sigue protegiendo tanto a los delincuentes como a los que armaron la verdad histórica y están dentro de la fiscalía general. También quisiéramos saber por qué se protege tanto al Ejército. En Guerrero sabemos todo lo que han hecho y ningún gobierno los castigó. Ahora con López Obrador les dieron más poder y más dinero. El mismo general Cresencio se engalló más. Apenas dijo que el Ejército vela por la seguridad nacional y la unión de los mexicanos y que los que defendemos nuestros derechos tenemos intereses y ambiciones personales. Que queremos desprestigiarlos para que la gente ya no confíe en ellos. Dice que el Ejército y la Guardia Nacional tienen como misión respetar los derechos humanos. Entonces, ¿por qué no quieren que se investigue al ejército? ¿Por qué se niegan a proporcionar toda la información que tienen? y ¿por qué no cumplen con el compromiso que asumieron de colaborar con la comisión de Ayotzinapa brindado toda la información que hay en sus archivos?

Como padres de los 43 vemos que hay enojo del Ejército. Nosotros somos los que estamos ofendidos por todo lo que hicieron con nuestros hijos. No nos pueden impedir que protestemos y que manifestemos nuestro dolor y nuestro coraje. No vamos a permitir que la fiscalía general pisotee nuestros derechos, que ellos mismos se pongan del lado de quienes tienen órdenes de aprehensión. ¿Por qué, ante el reclamo del general Cresencio de que hay personajes interesados en afectar la imagen de las fuerzas armadas, a los tres días se da el desistimiento de las órdenes de aprehensión contra los militares?

¿Queremos saber qué intereses defienden los funcionarios de la fiscalía que pidieron que se cancelaran las órdenes de aprehensión contra 16 militares y contra los ex funcionarios de Guerrero como Iñaki y Lambertina? Con esto vemos que no se quiere avanzar en las investigaciones y mucho menos detener a los militares. ¿Dónde está el compromiso con nuestros derechos humanos?

Ahora el Presidente dice que en nuestro movimiento hay infiltrados, que hay intereses ajenos que pretenden desestabilizar su gobierno. Estamos realmente preocupados, porque más bien vemos que muchos quieren descalificar nuestras protestas, para que no se haga visible nuestro enojo. En verdad estamos muy molestos, porque la fiscalía nos ha pegado con la puerta en la cara al cancelar las órdenes de aprehensión. Ni siquiera se toman la molestia de explicarnos por qué lo hicieron. El fiscal siempre nos ha ignorado. Vemos que hay intereses políticos muy grandes que obligan a los funcionarios de la vieja procuraduría, a maniobrar de manera sucia para que no metan a la cárcel a los militares ni a los funcionarios que tienen órdenes de aprehensión.

Ya nada es igual en nuestras vidas desde que desaparecieron a nuestros 43 hijos. Dejamos a nuestras familias y parcelas, perdimos a tres papás y una mamá. Nos han golpeado los políticos con sus desprecios y traiciones, y las enfermedades nos quieren tumbar. Aunque se inunden nuestras casas con las lluvias y se agrieten nuestras paredes por los temblores no dejaremos de luchar, hasta saber dónde están nuestros amados hijos.

* Director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña-Tlachinollan

16.11.21

Las desapariciones en Guerrero

Abel Barrera Hernández

“Para atención de la superioridad”, así tituló su reporte en 1974 el general Alberto Sánchez López, jefe del estado mayor de la Defensa Nacional, expresando que conviene dejar asentado que la efervescencia del estado de Guerrero tiene su proyección en situación militar (y que) el Ejército ha tenido que absorber los problemas para garantizar en la medida de sus posibilidades la tranquilidad del sector rural.

En 1960 Guerrero era el estado más pobre del país; más de 60 por ciento de analfabetismo y 74 por ciento de su población se distribuía en pequeños núcleos rurales, en condiciones deplorables y total aislamiento. Sólo Acapulco, Taxco, Zihuatanejo y la capital del estado contaban con carretera pavimentada.

La creación de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG) por los maestros Genaro Vázquez Rojas y Darío Vázquez Carmona despertó muchas expectativas entre pobladores del estado, para hacer frente al gobernador Raúl Caballero Aburto, quien reprimía a la oposición política, utilizando a policías y al Ejército. Se focalizó la persecución en maestros disidentes que eran expulsados de las escuelas por impulsar la organización de padres de familia en defensa de la educación gratuita.

Con la revuelta que enarboló la lucha por la autonomía de la universidad de Guerrero, el 30 de diciembre de 1960, el gobernador arremetió contra estudiantes y maestros en Chilpancingo, usando las tropas que asesinaron a 19 personas. Por ello el Senado decretó la desaparición de poderes en el estado. La lucha contra los cacicazgos políticos y los acaparadores de tierras desencadenó un movimiento campesino que puso en jaque al partido oficial. La ACG lanzó sus candidaturas para disputar la gubernatura, las diputaciones locales y las alcaldías. Esta acumulación de fuerza social alertó al cacicazgo priísta que pidió al gobierno federal el apoyo del Ejército para que controlara las instituciones e impidiera el triunfo de la oposición. Se intensificó la persecución contra la ACG que representaba una amenaza para el régimen represor.

Ante la cerrazón política y la represión, Genaro Vázquez creó la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) como organización armada para declarar la guerra al Ejército Mexicano y los poderes establecidos en Guerrero. Fueron años sangrientos por la implantación de una estrategia de contrainsurgencia del Ejército, que impuso el toque de queda en las regiones convulsas. El secretario de la Defensa, Hermenegildo Cuenca Díaz, aplicó el Plan Telaraña, que se propuso eliminar a la guerrilla. El Ejército tomó el control de las regiones del Centro, Acapulco, Costa Grande y Costa Chica para reprimir a la población. Los detenidos eran trasladados a sedes militares o cárceles clandestinas para torturarlas y desaparecerlas.

Existen testimonios de que el Campo Militar número uno fue usado de centro de tortura para los guerrilleros y sus familiares. Un informe de la Dirección Federal de Seguridad reporta el traslado de varias personas detenidas a la 27 zona militar, en Atoyac de Álvarez. Perpetraba estas detenciones un grupo clandestino de policías y militares denominado Sangre. Tras ser torturados para arrancarles información sobre la guerrilla de Lucio Cabañas, los detenidos eran forzados a tomar gasolina para posteriormente prenderles fuego. Desfigurados, los cuerpos eran abandonados cerca de Acapulco.

Con el gobierno de Rubén Figueroa Figueroa la represión se recrudeció con más grupos de gavilleros para enfrentar a la guerrilla y aterrorizar al pueblo. Los generales Arturo Acosta Chaparro, Francisco Quiroz Hermosillo y el capitán Francisco Javier Barquín formaron grupos de policías judiciales y militares que detenían a sospechosos y los torturaban en los separos del Fraccionamiento de Costa Azul. Los asesinaban y trasladaban a la base aérea militar siete de Pie de la Cuesta.

De acuerdo con Gustavo Tarín, ex miembro de inteligencia de la Policía Militar, de 1974 a 1981 detuvieron a unas mil 500 personas que las interrogaban en las oficinas de policía y tránsito de Acapulco. Desde ahí las personas eran vendadas y atadas para trasladarlas a Pie de la Cuesta, donde se encontraba Acosta Chaparro, acompañado por Alfredo Mendiola, Alberto Aguirre y otros, quienes disparaban en la nuca a los detenidos con una pistola calibre 380, llamada la espada justiciera. Los ejecutados eran encostalados y trasladados al avión Arava del Ejército, que realizaba tres o cuatro vuelos nocturnos a la costa de Oaxaca.

La guerra sucia en Guerrero dejó más de 850 desaparecidos. Ningún gobierno se ha atrevido a indagar al Ejército; más bien en los últimos sexenios le han asignado la guerra contra el narcotráfico. Con los gobiernos caciquiles establecieron alianzas para impulsar la siembra de enervantes en regiones inhóspitas. Facilitaron el comercio ilegal de armas, pactaron con caciques regionales y grupos criminales para el trasiego internacional de mariguana y amapola. Acapulco devino en el centro de operaciones de los grandes narcos que abrieron rutas por mar y aire a Sudamérica.

El Ejército mantuvo su estrategia contrainsurgente, ocupando comunidades, violando mujeres, desapareciendo a líderes comunitarios y ejecutando a presuntos guerrilleros. En contrapartida, los negocios de la economía criminal se afianzaron en el estado con el apoyo de caciques. La guerra antinarco reposicionó al Ejército y a la Marina, dejando intacta la estructura criminal que opera en las instituciones de seguridad y justicia del Estado. La colusión entre agentes del Estado y crimen organizado ha aumentado la cifra de desaparecidos, en su mayoría jóvenes residentes en las periferias de las ciudades, mujeres jóvenes y estudiantes, madres de familia, pequeños comerciantes, líderes sociales y ecologistas, defensores comunitarios, maestros de la Ceteg y estudiantes de la normal de Ayotzinapa. Las desapariciones en Guerrero tienen el sello de impunidad, porque no se indaga a autoridades militares ni civiles que forman parte de las redes de la macrocriminalidad que imperan en México.

17.6.20

La prensa anti-AMLO se abastece de fake news

Arsinoé Orihuela Ochoa

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ganó la elección presidencial de 2018 enarbolando la promesa de cambio (recuérdese el eslogan de campaña: “Más de lo mismo o cambio verdadero”). Tal cambio ha sido caracterizado como la “Cuarta Transformación”, en virtud de la tesis histórica, ampliamente aceptada, de que el país atravesó, hasta nuestros días, tres grandes transformaciones: la Independencia (1810-1821), la Reforma Liberal/Restauración de la República (1955-1967) y la Revolución Mexicana (1910-1917). El objetivo de AMLO es impulsar la Cuarta Transformación (4T) de la vida pública de México. Esta promesa de cambio –o 4T– fue apoyada en las urnas por poco más de 30 millones de votantes; aproximadamente el 53% de la totalidad de los votos; y sí, con un novel partido, Morena –o Movimiento de Regeneración Nacional– que apenas en 2014 obtuvo el registro oficial, propinando con ello una derrota histórica al nonagenario Partido Revolucionario Institucional (PRI) y al cártel de partidos que gravitan en su órbita.

En relación a las implicaciones de esta «insurrección electoral», es importante advertir que el primerísimo indicador de “cambio verdadero” descansa en la propia elección presidencial: desde Francisco I. Madero (1911-1913) y el paréntesis de Lázaro Cárdenas (1934-1940), es la primera ocasión, en poco menos de un siglo, que el resultado oficial de una elección presidencial coincide con eso que la teoría política llama la «voluntad general». Más aún, si se consideran las dos elecciones en las que participó anteriormente el dirigente político –2006 y 2012– y en las que conquistó 15 millones de votos por elección –que más los 30 millones de 2018 suman la excepcional cifra de 60 millones de votos–, trátase de un presidente –AMLO– cuya investidura reviste una legitimidad sin precedentes. Este hecho no se puede perder de vista, máxime tratándose de un país cuya democracia electoral padeció –acusadamente durante el coma neoliberal– la triple enfermedad del clientelismo, la simulación y la estafa. En una palabra: el fraude. Llama la atención, no obstante, que una parte de la prensa nacional e internacional se empeñe en soslayar este axioma inexorable.

Los mejores analistas de la realidad advierten que un fantasma recorre el mundo; y no, no es el comunismo, sino una peligrosa epidemia de desinformación y noticias falsas. La 4T, Morena y AMLO han sido objeto sistemático de tales ataques. Es la hora de derribar las mentiras.

                                                      * * *

Contrario a lo que sostienen los detractores de AMLO, la estrategia del gobierno mexicano contra la Covid-19 ha sido aplaudida por la comunidad científica internacional. El 26 de mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) felicitó a México por las medidas sociales y sanitarias establecidas para hacer frente a la pandemia, refrendando con ello la distinción que extendió en marzo, cuando reconoció a México por implementar, antes que ningún otro país, un protocolo comunicacional de frecuencia diaria. Tales reconocimientos se suman a la postulación que provino de la Organización Panamericana de la Salud para que el Dr. Hugo López-Gatell Ramírez, Subsecretario de Salud y vocero de la estrategia sanitaria gubernamental, se integre al grupo de expertos del Reglamento Sanitario Internacional de la OMS. Y, a pesar del habitual desprecio que algunos profesan por la opinión pública nacional, especialmente ciertos opinólogos de postizo abolengo, cabe destacar que los niveles de aprobación del Dr. López-Gatell en México son notablemente altos.

No se ignoran, sin embargo, las cifras, datos o estadísticas de contagios y muertes por Covid-19. El negacionismo es un vicio del Ancien Régime, y no del gobierno constituido. Ciertamente, salir lo más pronto posible de la pandemia y con el menor costo humano y social es la prioridad del gobierno que encabeza AMLO. No obstante, al mismo tiempo es urgente e imprescindible identificar y explicar las singularidades del comportamiento epidémico en nuestro país. En la prensa “crítica” que no es crítica, pero ¡ah, como critica!, prevalece un déficit de atención en el conjunto de problemas que forman parte de la densa herencia neoliberal, y que hasta la pandemia no habíamos reparado en la dimensión de tales amenazas: la informalidad económica; la epidemia de obesidad, diabetes, e hipertensión; el desvalijamiento del sector salud; y la irresponsabilidad social de los medios de comunicación nacionales.

Recomendamos, por lealtad a la verdad, la honorabilidad y el periodismo, que los críticos de la 4T anclen sus análisis e investigaciones en las dramáticas cifras reales, herencia del pasado neoliberal. Va un muestrario:
  1. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), cerca del 60% de la población económicamente activa se desempeña en el sector informal. Esto significa que muchos mexicanos no tienen acceso a los programas de seguridad social y no reciben pago en el periodo previsto de paralización económica. Aproximadamente 31 millones de personas necesitan salir diariamente al espacio público para asegurar la propia subsistencia. El “padre de la desigualdad moderna”, el expresidente Carlos Salinas de Gortari, acostumbraba decir que la aplicación sostenida de políticas neoliberales generaría “ricos más ricos y pobres menos pobres”. Falsa y vil resultó la profecía: el neoliberalismo produjo “ricos mucho más ricos y más pobres mucho más pobres”. Ello explica que la Jornada de Sana Distancia se aplique sobre bases no rígidas o flexibles. En el México concreto y mayoritario (“el que mueve a México”, dijo un prócer de las redes) el aislamiento social es un privilegio que solo unos pocos pueden costear. ¿Será que los apologistas del neoliberalismo están listos para hablar sobre las asimetrías fratricidas que produce su modelo?
  2.  México ocupa el segundo lugar de prevalencia mundial de obesidad en lo que respecta a la población adulta, y cuarto en la población infantil. Se estima que, de los 128 millones de mexicanos, entre 90 y 100 millones padecen sobrepeso u obesidad. Durante el periodo neoliberal, las empresas nacionales y extranjeras de comida chatarra y bebidas endulzadas boicotearon sistemáticamente las políticas regulatorias de esos tóxicos productos. Unánimemente, los científicos coinciden en señalar que la Covid-19 ataca con más agresividad a obesos y diabéticos. Mientras tanto, está documentado que la mitad de los fallecidos por el virus sufrían obesidad e hipertensión. ¿Será que los cándidos críticos de temporada están listos para hablar sobre la malnutrición a la que nos condenaron los neoliberales?
  3. Varias veces lo repitió el secretario de salud, Jorge Alcocer Varela: el sistema de salud “es un desastre”. Los gobiernos neoliberales dejaron centenares de hospitales inconclusos, abandonados o sencillamente en ruinas, y desfalcaron sin piedad al sector salud. Gran cantidad de los hospitales que se construyeron durante esos gobiernos “son escandalosos monumentos de la incompetencia, la corrupción y el tráfico de influencias”, aseveró Alcocer Varela. De acuerdo con estimaciones oficiales, las irregularidades en el sistema de salud rebasan los 3 mil millones de dólares. México no estaba infraestructuralmente preparado para atender una pandemia. Y los rezagos en la materia han hecho más difícil responder a la emergencia. Las autoridades y los especialistas reconocen que el sistema de salud mexicano transitaba por una crisis histórica, y que la causa principal de esa crisis fue la descomunal corrupción de los gobiernos neoliberales. ¿Será que los conservadores están listos para hablar, sin ninguna carga de complacencia, sobre la corrupción endémica que dejaron los sátrapas –con todo respeto– de régimen neoliberal?
  4. Sabíamos que México era uno de los países con mayor control mediático y alta concentración en propiedad de medios de comunicación. Lo que no sabíamos es que tales oligopolios fueran tan socialmente tóxicos e irresponsables que incluso en el contexto de una pandemia se atrevieran a ponderar rencillas personales e intereses económicos. Nunca olvidaremos que, poco antes del pico de la contingencia, el presentador de TvAzteca, Javier Alatorre, en la emisión de uno de los noticieros más vistos en México, exhortó, sin ningún rubor, a desconocer a las autoridades sanitarias. Pidió literalmente y “con todas sus palabras” que la población “no hiciera caso a Hugo López-Gatell (subsecretario de salud)”; “[…] sus conferencias se volvieron irrelevantes”, remató. Pocos días más tarde, su patrón, el multimillonario Ricardo Salinas Pliego, concitó a los mexicanos a salir “a vivir su vida con todo y sus riesgos (sic)”. Irónicamente, los mismos que callan ante las vilezas de los dueños de la prensa son los mismos que andan por allí pidiendo que se multe o castigue con mano dura a todo aquel que encuentren transitando en la vía pública, y sin distingo de clase social. ¿Será que los conservadores están listos para hablar sobre su hipocresía patológica?

                                                           * * *

No. AMLO no está militarizando a México. A México lo militarizó el señor del 0.56% (estrechísimo y dudoso margen por el que venció en la carrera presidencial) Felipe Calderón Hinojosa, el 11 de diciembre de 2006, tras anunciar, por decreto unipersonal, una estúpida guerra contra el narcotráfico. Al día siguiente, y sin ningún marco regulatorio ni sustento constitucional, Calderón Hinojosa dispuso el despliegue de 45 mil soldados mexicanos para combatir, según dijo, a los cárteles del narcotráfico. El 10 de diciembre de 2019, exactamente a 13 años de iniciada la guerra, y más de 250 mil muertos, 40 mil desaparecidos –cifra que supera a los desaparecidos de las dictaduras militares de Argentina, Chile, Brasil y Uruguay conjuntamente– y un suelo patrio bañado en sangre, es detenido en Estados Unidos el otrora secretario de seguridad pública de Calderón, Genaro García Luna, acusado de asociación delictiva con el narcotráfico y de proporcionar protección al Cártel de Sinaloa. Cabe subrayar que García Luna, inseparable amigo de Calderón, fue el principal operador de este teatro de guerra.

Un efecto de la guerra contra el narcotráfico –a menudo subestimado o inadvertido– es que ésta obligó a los cárteles a militarizar sus rutinas y estructuras. Desencadenó un ciclo de beligerancia que no cierra. En este sentido, y para los efectos estrictamente militares del Plan Nacional de Paz y Seguridad, presentado por el Presidente AMLO, se dispuso que las “Fuerzas Armadas participen en la construcción de la paz por medio de un papel protagónico en la formación, estructuración y capacitación de la Guardia Nacional, la cual debería asumir las funciones de preservación de las instalaciones estratégicas y la protección civil a nivel federal en todas sus facetas, más allá del carácter coyuntural del Plan DN-III”.

Ahora bien, en lo que atañe al Acuerdo, publicado el 11 de mayo de 2020, y que provocó una corriente de opinión adversa alertando acerca de un presunto “plan para militarizar” al país, cabe hacer notar que se trató del decreto por el cual se especificaron los detalles de la actuación de las Fuerzas Armadas permanentes, y que refrendaron lo establecido en el Plan: a saber, uso AUXILIAR de las FF.AA. y restringido a 5 AÑOS.

Lo que las críticas también omiten es que el Plan establece claramente que la paz debe ser fruto de la justicia. Es decir, que la paz y la seguridad serán el resultado del combate a la corrupción, la restauración de las instituciones de justicia, la reducción de la desigualdad y la reactivación de la matriz productiva nacional.

La ponderación de estos elementos, por oposición a los enfoques puramente militaristas y desregulados, constituye el núcleo del nuevo paradigma de seguridad.

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Francamente llama la atención cómo prolifero, desde 2019, la circulación en la prensa de imágenes e historias sobre la violencia y el narcotráfico mexicanos. Medios internacionales que no les importó nunca la tragedia humanitaria que ocasionaron los neoliberales, ahora sí, extrañamente, resulta que la crisis nacional les quita el sueño.

En fin, a esos noveles observadores que decidieron sintonizar tardíamente la frecuencia mexicana (“haiga sido como haiga sido”; dixit Calderón), se les informa, muy atentamente, que los neoliberales dejaron la totalidad del territorio mexicano sembrado de cárteles del narcotráfico.

La tesis que comúnmente esgrimen los analistas para justificar tal ocupación es la presunta “debilidad histórica” del Estado mexicano, que propició la formación de “vacíos de poder” capitalizados exitosamente por actores criminales, y que tales actores corrompieron a ciertas franjas del funcionariado nacional, ya de por sí proclives a la corrupción. En suma, que el narcotráfico proliferó por la ausencia o falla de recursos estatales –vacío o captura–. En virtud de este diagnóstico más o menos estándar, la acción disuasoria –según los “temerarios” señores de la guerra–, debía apoyarse decididamente en el elemento militar, a fin de “llenar” el vacío, y rescatar de la “captura” al “victimizado” Estado mexicano. Pero esta patraña ideológica no resiste un análisis sensato.

Esa narrativa –por cierto, muy lucrativa para los “especialistas” en seguridad– encierra por lo menos dos anomalías flagrantes: uno, omite la presencia decisiva –no tangencial– de representantes del Estado en la expansión del narcotráfico (como demuestra el caso de García Luna); y dos, soslaya el comportamiento ostensiblemente político del narcotráfico. ¿Por qué si el narcotráfico financia campañas políticas, controla territorios, ensaya comunicación con el público, invierte en infraestructura, salud, y educación, recauda impuestos, e incluso reparte despensas tal como hacen los partidos políticos, las explicaciones que a menudo invocan los especialistas no anclan en interpretaciones políticas? Si huele a pollo, sabe a pollo, ¿es de pollo?

Si. El narcotráfico es un actor político. La guerra de Felipe Calderón potenció el comportamiento político de los cárteles del narcotráfico, ya que la lógica de supervivencia propició que éstos multiplicaran las alianzas con organizaciones mayores (bancos, empresas, partidos políticos, agencias de seguridad, agrupaciones religiosas, asociaciones civiles etc.), y que transitaran un fuerte proceso de especialización militar –por cierto, con apoyo de Washington y Genaro García Luna (véase Operativo Rápido y Furioso)–.

Si. Los conservadores neoliberales, desde Carlos Salinas de Gortari y el incómodo hermano, Raúl, hasta Enrique Peña Nieto que inmoló las instituciones para encubrir a los poderosos narcos que desparecieron a nuestros 43 de Ayotzinapa, prohijaron la politización-militarización del narcotráfico mexicano.

El compromiso es desactivar a ese actor. Pero comprenderán que en 17 meses no se enmiendan 40 años de corrupción y delincuencia organizada de Estado.

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Observamos, no sin preocupación, que se irrigan por allí, en los inescrutables intersticios de los mass media, ciertas corrientes de opinión visiblemente contaminadas de información falsa. Alertamos sobre la necesidad de verificar las fuentes. Advertimos, a los medios internacionales, que la prensa mexicana anti-AMLO produce y se abastece de fake news a granel.

Estamos listos para el debate.

21.1.20

Disgusto con México

Dolia Estévez

Con el problema migratorio en la frontera sur medianamente bajo control, y con el TMEC ratificado, la cooperación antinarcóticos cobra mayor relevancia.

Washington, D.C.—En medio del drama del impeachment contra su jefe, en el que está implicado, el procurador William Barr viajó a México la semana pasada para volver a leerle la cartilla al Gobierno de AMLO. Los frecuentes episodios de violencia extrema y el insólito poder de fuego y control territorial de los carteles, tienen “alarmadas” a las agencias del Gobierno estadounidense. Les disgusta el papel de simples observadoras al que han sido relegadas por el Gobierno mexicano.

Con el problema migratorio en la frontera sur medianamente bajo control, y con el TMEC ratificado, la cooperación antinarcóticos cobra mayor relevancia. La DEA, el FBI, ICE, CBP, la ATF y la CIA, están disgustadas con el Gobierno de AMLO. El Embajador Anthony Wayne, quien como representante diplomático en México de 2011 a 2015 ayudó a instrumentar la polémica Iniciativa Mérida, narró que el “descontento” entre las agencias es tan grande que un funcionario estadounidense, al que no identificó, le dijo que, si hoy se tomara un sondeo sobre cooperación con México entre las agencias, “el veredicto probablemente no sería positivo”. O sea, México está reprobado.

“Ha sido un año muy difícil para la cooperación antinarcóticos México-Estados Unidos”, dijo Wayne, en el marco de un foro académico sobre seguridad, patrocinado por Instituto México del Centro Wilson.

Lamentó lo que llamó “falta de apetito” de México para trazar un plan global con Estados Unidos contra el crimen organizado. López Obrador llegó a la presidencia, dijo, con deseos de distinguir su enfoque sobre seguridad del de sus antecesores, por lo que fue muy crítico de la estrategia pactada por Calderón y Bush en 2006. “Llegó con una visión muy negativa. No creo que haya cambiado”.

El Gobierno de Trump culpa a México por la explosión del fentanilo en el mercado estadounidense. Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) reportó un aumento del 80 por ciento en las confiscaciones de fentanilo en la frontera con México en 2019. Como preámbulo a su visita, Barr advirtió que, si el Congreso de su país no renueva la ley de prohibición del fentanilo, los “laboratorios ilegales” en México y China “están listos a inundar a los Estados Unidos” con ese opioide sintético, 80 veces más potente que la heroína (The Washington Post, 10/01/2020).

Tras la reunión con el emisario de Trump, la SRE dijo que pidió “tratar al fentanilo como un problema común”. También abordaron el tráfico de armas (Comunicado, 16/01/2020).

El Departamento de Justicia no emitió declaración. Sin embargo, lo hechos muestran que el presunto compromiso a combatir el trasiego ilegal de armas del que habla Marcelo Ebrard es pura paja. Al día siguiente del viaje de Barr, el Gobierno de Trump autorizó un aumento del 20% en las exportaciones de rifles de asalto y municiones, entre otro tipo de armas. Para facilitar el tramite, transfirió la emisión de licencias de exportación del departamento de Estado al de Comercio (Washington Post, 18/01/2020). La medida inundará el mercado negro que suple a los narcos. Bofetada a México.

Las agencias policiacas estadounidenses que antes se les permitía conducir operativos en territorio mexicano observaron alarmadas como el ejército soltó al Chapito en Culiacán, los sicarios masacraron a tres mujeres y seis niños en la sierra ingobernada e ingobernable de Sonora, y los narcos se apoderaron de Nuevo Laredo con tácticas de terror en año nuevo. Imágenes dramáticas que reforzaron su lectura de que el Gobierno de AMLO está siendo rebasado por la delincuencia.

Si algo quedó claro en este primer año de Gobierno es que, bajo presión y con ultimátums, el Gobierno de AMLO baila al son que toca Trump. La amenaza de imponer aranceles resultó en el controvertido programa “Quédate en México” y el amago de clasificar a los carteles como terroristas, en la extradición de 20 criminales.

Tras el primer viaje de Barr a la Ciudad de México a principios de diciembre, Trump suspendió temporalmente la clasificación de los carteles, en parte porque México aceptó mayor cooperación en temas de seguridad específicos. Hay informes que indican, por ejemplo, que Semar y Sedena han vuelto a colaborar en operaciones conjuntas para desmantelar laboratorios. Sin embargo, como una pistola cargada, la reclasificación de carteles, a la que México se opone tajantemente, está lista a ser disparada en el momento que Trump disponga.

Trump tiene otro as bajo la manga para ejercer presión. En agosto pasado, advirtió que de no haber avances en 2020, va a considerar “definir” a México como país que no cumple con sus compromisos internacionales contra el narcotráfico. Pidió a México más erradicación de la amapola, interdicciones, acusaciones y confiscaciones de activos, así como una estrategia de control de drogas integral (Memorando Presidencial sobre países de tránsito y producción de drogas, 08/08/2019).

A los diplomáticos gringos les gusta decir que el crimen organizado es una “responsabilidad compartida”. Lo que no dicen es que no está compartida en partes iguales. Para Estados Unidos, la cooperación es camino de un carril. Presionan para que México reduzca el tráfico de fentanilo y confronte a los carteles, pero no hacen nada para bajar el consumo y cortar el suministro de armas a los criminales. Sin reciprocidad no puede haber cooperación. En tanto el camino no sea de dos vías, no habrá avances.

20.10.19

Los ejércitos del Cártel de Sinaloa

Zósimo Camacho

Sitiaron y tomaron Culiacán, la capital de Sinaloa, este 17 de octubre. Liberaron a uno de sus líderes (y a decenas de reos más) y replegaron a las Fuerzas Armadas Mexicanas. Militarmente –más allá de las razones sociales y políticas que sustentaron la orden oficial de la retirada– propinaron una derrota al Ejército Mexicano en su propio suelo.


Y es que no solamente fue Culiacán. El sitio se tendió también sobre Los Mochis y El Fuerte, ciudades sinaloenses donde de igual forma ocurrieron enfrentamientos y se cobraron vidas (aunque toda la atención mediática se haya concentrado en la capital del estado).

Son los ejércitos del Cártel de Sinaloa, conformados luego del inicio de la guerra simulada contra el narcotráfico que inició Felipe Calderón en 2006, los más poderosos de todas las fuerzas irregulares que hacen del país un polvorín. Los que sitiaron Culiacán bajaron de la Sierra de Badiraguato y fueron reforzados por los de la sierra de Choix y aún por los del vecino Sonora.

Al parecer, el gabinete de seguridad del gobierno federal sólo esperaba reacción en Badiraguato y evaluó que contaba con la capacidad de contener a los criminales. Se llevó una sorpresa. La decisión de emprender la retirada y dejarle la plaza al Cártel de Sinaloa fue cuando advirtió que Los Mochis ya estaba tomada y desde ahí se preparaba una ofensiva con cientos de elementos del cártel dispuestos a masacrar o ser masacrados.

Estas tropas irregulares rafaguearon la cárcel de El Fuerte e impusieron a la población un toque de queda. Ahí se concentraron provenientes de tres puntos: de Choix y de El Carrizo, Sinaloa, y de Álamos, Sonora. Estos últimos, de la presa Miguel Hidalgo, de la sierra de Sonora, por el rumbo de San Bernardo Quiriego.

Pertrechados con fusiles de asalto (AK47, R15), fusiles Barret, morteros, lanzagranadas, y perfectamente coordinados con alta tecnología de comunicaciones, convergieron en El Fuerte para reforzar Los Mochis. Apenas encontraron resistencia en San Miguel Zapotitlán, la primera caseta ya en territorio de Sinaloa, entre Navojoa y Los Mochis. Además de automóviles incendiados, a su paso dejaron, al menos, cinco muertos.

Sólo en Choix operan tres facciones de Gente Nueva, como se hace nombrar el brazo armado del Cártel de Sinaloa en Chihuahua, Sonora y Sinaloa (tiene otras denominaciones en otros estados de la República). Dichas facciones son: Los Salazares –de los cuales ya hemos dado cuenta de algunas de sus matanzas en este espacio– con sede por los rumbos de El Rodeo; los de Agua Caliente, por el rumbo del río con el mismo nombre, y otros llamados Los Norteños, con origen en Bacayopa y Yecorato. Estos últimos son los “dueños” de la plaza de la cabecera de Choix y los que encabezaron el operativo de sitio a Culiacán.

Gente Nueva fue integrada inicialmente en 2007 por el Cártel de Sinaloa con efectivos de elite del Ejército Mexicano. La supuesta guerra de Felipe Calderón y la profesionalización y militarización de los rivales de la organización encabezada entonces por Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, generó la “necesidad” de contratar a militares de fuerzas especiales con entrenamiento kaibil.

El Cártel de Juárez había formado ya su brazo armado, La Línea. Mientras, el Cártel del Golfo ya tenía a Los Zetas. El más poderoso de los cárteles no podía rezagarse y los entonces tres principales líderes de Sinaloa, Juan José Esparrogoza Moreno, el Azul; Ismael Zambada, el Mayo, y el Chapo, acordaron la integración de Gente Nueva. Un estimado de la entonces Procuraduría General de la República hecho público en 2011, estas tropas irregulares podrían estar integradas con 5 mil efectivos en los tres estados.

La liberación de Ovidio Guzmán (hijo del Chapo) este jueves 17 es probablemente el triunfo más importante de toda la historia de Gente Nueva. Ha participado en muchas masacres contra cárteles rivales y ha derrotado en otras ocasiones a comandos de fuerzas federales. Pero en esta ocasión ocuparon militarmente la capital de un estado de la Republica, obligaron al Estado mexicano a devolverles a uno de sus patrones y consiguieron la retirada del Ejército Mexicano.

Se trata de la primera decepción para muchos de los simpatizantes de la “cuarta transformación”. Es un fracaso redondo porque la inteligencia falló. No pudo prever la capacidad de respuesta del narco. Pero es importante decir que estos cárteles que pueden retar al Estado mexicano se formaron y alcanzaron tal poderío en los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, con probable apoyo de funcionarios de estas administraciones. Tal poder no se construyó en estos meses.

Si estas fuerzas del narcotráfico replegaron a las Fuerzas Armadas Mexicanas, cómo se les puede pedir a las comunidades indígenas que no se armen cuando tienen enfrente a los cárteles. Las policías comunitarias, guardias comunales, rondas comunitarias y autodefensas indígenas ya enfrentan desde hace12 años y con sus propios medios a los criminales. Ahora una ciudad vivió un embate como los que desafortunadamente son cotidianos en los territorios de muchos pueblos indígenas.