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24.7.25

Reescribir el futuro: el nuevo orden económico global y la lucha ideológica

Óscar David Rojas Silva

I

El dominio del imperialismo capitalista tiene en la ideología una de sus armas más poderosas. Recientemente hemos atestiguado la instalación de la guerra cognitiva como una de las principales herramientas para moldear y tergiversar la realidad, de modo que dificulta comprender los fenómenos, llevando a desestimar la posibilidad de intervenir en ellos, o, simplemente, a la indiferencia ante su significado. Cualquiera de estas opciones produce una despolitización que beneficia al status quo. La infodemia ha logrado en el mundo occidental un anesteciamiento frente a horrores como las guerras, hambrunas y genocidios. Es una gran droga mediático-militar que garantiza impunidad frente a la barbarie.

II

La captura ideológica se consigue, principalmente, a través de la desarticulación de la memoria histórica. De pronto, fenómenos cruciales de la historia desaparecen del imaginario colectivo, se impone una narrativa cuyo objetivo es siempre mostrar que una realidad alternativa a la dominante es simplemente imposible, que no tiene sentido. Esta racionalización tiene que ver con la imposición del núcleo de la guerra híbrida: la falsa universalización del proyecto de modernidad occidental. Los fenómenos sin historia son difíciles de comprender puesto que se ignoran sus raíces y su dinámica. Cancelar la historia es una forma de cancelar la capacidad de plantear los mundos alternativos. Por ello, la historia debe ser revisada a contrapelo, como bien recomendaba Walter Benjamin –el filósofo místico de la Escuela de Frankfurt– porque la historia contada por los vencedores siempre anulará a los vencidos. Por tanto, la primera labor de liberación es recuperar y amplificar la visión histórica más allá de la narrativa oficial de los vencedores.

III

Actualmente vemos una lucha cruenta entre el bloque liderado por Estados Unidos (G7) y el bloque asiático liderado por China (BRICS). Este es el conflicto principal que detona todos los demás puntos de crisis en el actual sistema internacional. Pero el contenido de la misma no se ha enunciado, desde mi punto de vista, lo suficientemente claro: se trata de una nueva edición de la lucha anticolonial, comenzada justo después de la segunda guerra mundial. Es decir, si bien los BRICS comenzaron a sonar ya en el siglo XXI, estos tienen antecedentes históricos, como es el grupo de los 77 (G-77), que representa la organización de países del sur global bajo el espíritu de liberación del mundo colonial (todavía vigente a mediados del siglo XX, cosa que no debe perderse de vista) proveniente de la Conferencia de Bandung, celebrada en Indonesia en 1955 para promover la cooperación como base para los países desde el sur global.

Quizá el punto de mayor alcance político se logró con la resolución 3281,  adoptada por la Asamblea General de la ONU en 1974, que dio paso a la Declaración de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, cuyo objetivo fue la fundación de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI). El centro de esta carta está en asegurar a los países el derecho al desarrollo, la autonomía de sus políticas económicas y la soberanía frente al poder de las empresas trasnacionales.

Obviamente este acontecimiento quedó borrado de la memoria pues inmediatamente después de esta declaración comenzó el despliege del neoliberalismo, ocultando todos esos esfuerzos bajo la narrativa unilateral de la globalización occidental y la glorificación de los “derechos” de la inversión extranjera directa (IED) por encima de los Estados nacionales (EN). Los resultados de estos principios hoy se pueden observar con claridad: un planeta con crisis climática, con crisis humanitaria, estancamiento económico, con desigualdad estructural y violencia esparcida por todos sus poros. Ni siquiera los supuestos ganadores hoy se benefician de este proyecto: viven también bajo crisis dentro de sus propias fronteras.

IV

La crisis hegemónica de EU es la crisis hegemónica de todo el modelo de gobernanza global basado en la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyo diseño es esencialmente anti-democrático, pues a través de la votación ponderada y el derecho al veto permite la existencia de un grupo que toma el control de las decisiones. Por ello, cuando ese grupo liderado por Estados Unidos decide violar las normas internacionales de manera abierta y sin pudor (recuérdese el reciente bombardeo a Irán) no hay ninguna instancia que le pueda sancionar. Y si le sumamos que frente a esta crisis, EUA ha decidido utilizar la guerra comercial arancelaria a discreción, lo único que se ratifica es la existencia de una especie de monarquía financiera global que revela las contradicciones de su supuesto carácter democrático y se presenta como un sistema que, al perder fuerza, revela su carácter neocolonial anacrónico.

Es un detalle paradójico para la historia del pensamiento económico que la otrora potencia industrial busque ahora reindustrializarse a partir de medidas comerciales al estilo del viejo mundo mercantilista. Cuando los poderes de la modernidad pierden fuerza, muestran con claridad la anacronía de su verdadero pelaje: la de la explotación sistemática de una metrópoli con respecto a sus colonias. Este es el modelo que ya no puede continuar más. El mundo construído a la sombra del hongo atómico en 1945 hoy ya ha llegado a su límite histórico. Por ello es necesario organizar un nuevo frente para retomar el multilateralismo bajo los principios de la NOEI.

V

No es un detalle menor que los países del modelo occidentel estén creciendo en un promedo de 1.5 por ciento, mientras que el promedio de los BRICS se encuentra alrededor del 3.4 por ciento. Y si observamos al G-77 del sur global, el promedio sube a 4.1 por ciento. Esto significa que lejos de la narrativa de los países industriales que “jalan” a los demás países, hoy el modelo económico occidental es una traba para la potencialidad de los países del sur global. La vía para ordenar esta nueva fase comienza por la recuperación de los principios de soberanía sobre los recursos, el derecho al desarrollo y el control de los capitales extranjeros, principios que fueron defendidos por la NOEI y que vale la pena recuperar para orientar nuestras acciones.

VI

El retorcimiento ideológico del trumpismo ha sido colocarse como un país víctima de todos los demás. El NOEI de 1974 fue borrado por el imperio del dólar generando todo un proceso de succión de la riqueza mundial. La violencia proveniente del modelo neoliberal todavía causa estragos en todo el sur global. Por ello es que en el momento en el que EU se coloca como víctima es, simplemente, una inversión radical de la historia. En contraste, el multilateralismo aboga por una reestructuración bajo principios del respeto a la soberanía de los países bajo relaciones de coordinación y no de subordinación.

Los distintos países agraviados hoy por la presión arancelaria están distinguiendo nítidamente las diferencias entre modelos. Mientras que EU exige cambios políticos bajo el símbolo del injerencismo, China proyecta colaboración en infraestructura sin meter en la ecuación la esfera política de cada país. La forma de superación monárquica es la reafirmación del carácter republicano bajo independencia económica sustantiva, es decir, superando la modernidad colonial. Estos son los términos de la batalla de cara a la entrada del segundo cuarto del siglo XXI.

*Economista (UdeG) con estudios de maestría y doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.

9.4.25

Trump y la sombra del marxismo chino, ¿inicia nueva Era para el capitalismo?



Las políticas de Trump buscan sustituir el paradigma del liberalismo económico, pero no anular el capitalismo: con los aranceles recíprocos, EU estima generar ingresos durante la próxima década por 6 billones de dólares. Con esta nueva estructura comercial, pretende redistribuir el flujo de ingresos desde su comercio externo, capturar una mayor proporción a su favor vía cobro de aranceles, redirigir flujos de inversión externa y nacional hacia sus propias industrias en decadencia, y ganar tiempo para su reestructuración en condiciones menos desventajosas con relación a las actuales. No obstante, el gran disruptivo del concierto globalista del capitalismo ha sido la República Popular de China, con una concepción distinta para su acción al interior de la globalización

Donald Trump procesa desde su gobierno nacional y con su equipo de asesores la sustitución del paradigma del liberalismo económico articulado a la reconfiguración del capitalismo mediante la globalización de los flujos e intercambios económicos, por medio del neoproteccionismo para la rehechura de la competitividad estratégica, la redistribución de los ingresos mundiales del comercio regional y global, articulado a una nueva concepción absoluta de la seguridad nacional de Estados Unidos, basada no sólo o principalmente en el poder militar y sus alianzas y bases militares, sino en torno al reposicionamiento mundial de la base nacional de su economía.

Uno de sus asesores, Peter Navarro, sostuvo el 30 de marzo de este año que, con una parte de dicha política, estiman generar 6 billones de dólares en ingresos durante la próxima década, lo que –aún ajustado a una inflación promedio– triplicaría el aumento histórico de impuestos del año 1942 para financiar su intervención en la Segunda Guerra Mundial (citado en un documento del Tesoro  de 2006, que refiere que en dicho momento, se recaudaron 10 mil millones de dólares, cifra que ajustada a la inflación, representa hoy 200 mil millones de dólares). Esto, dicho por quien es considerado el principal asesor del presidente Trump en la materia. Peter Navarro agregó: “el mensaje es que los aranceles son recortes de impuestos, son empleos, son seguridad nacional. […] Harán que Estados Unidos vuelva a ser grande”. Con ello, reiteró que no son como dicen los opositores impuestos que pagarán empresas y consumidores, sino los agentes económicos extranjeros. Ello, previo a la vigencia del arancel del 25 por ciento para China, Canadá y México en el comercio de autos importados, que representa uno de los mayores golpes al sector externo mexicano, a sus empresas integradas a la cadena de valor en este sector industrial (Chris Isidore, CNN, Economía y Dinero, 31 de marzo de 2025).

El anuncio del presidente Trump del “Día de la Liberación” –cuando fijó aranceles recíprocos para todo el mundo– no escapa a lógica del funcionamiento del sistema socio económico capitalista, a su lógica de maximización de beneficios. Se estima que sólo estos aranceles recaudarán 600 mil millones de dólares al año, que son los 6 billones mencionados para la próxima década. Reconfigura así los ingresos nacionales, los beneficios para las empresas participantes en la cadena mundial de valor, así como la demanda de consumidores de vehículos importados, toda vez que aumentarán su precio en el mercado estadounidense. El objetivo último es la reconstrucción de la tasa de ganancias y la recaudación fiscal para el Estado nacional.

El presidente Donald Trump intenta, mediante un comportamiento teórico y político disruptivo, insertarse en los grandes escenarios pisados por los estadistas reformadores en la historia de EU. Hace 30 o 35 años (desde la década de 1990) la reconfiguración histórica del capitalismo como sistema mundial, apuntaba en un sentido contrario. Para entender mejor el cambio en proceso actualmente, es necesario recuperar la perspectiva histórica del trayecto de un sistema económico que ha representado un inmenso avance histórico, pero también grandes carencias para las mayorías sociales y dificultades sin fin para sus hacedores, no puede librarse de la competencia con sus rivales en el mercado, tampoco del costo de la mano de obra y su productividad, igualmente, de la fiscalidad del Estado que mejor lo representa y promueve, de la imperiosa necesidad de los “grandes saltos tecnológicos”, y por consecuencia, de la recomposición de la tasa de ganancias. Y no es “doctrinarismo”, sino una realidad implacable que se impone una y otra vez.

¿Cómo llegamos a este punto desde el paradigma anterior?, ¿este proceso de un paradigma sustitutivo constituirá una nueva Era del capitalismo mundial?  El gran disruptivo del concierto globalista del capitalismo ha sido la República Popular de China, con una concepción distinta para su acción al interior de la globalización: el gigante dormido despertó y avanzó. Además de “las cuatro modernizaciones”, esta concepción integró la dimensión política: un diálogo constructivo con EU y occidente todo, cuando era presidente Ronald Reagan.

El capitalismo globalista emergió en un contexto de crisis estructurales que requerían una superación hacia adelante, una vez derrotado el enemigo histórico: “el socialismo realmente existente” representado por “el campo socialista” formado sobre la base del poder del Estado y de la economía soviética, ante su incapacidad para superar su propia crisis que Mijaíl Gorbachov conceptualizó como “una palanca de freno” articulada a un excesivo burocratismo y corrupción, más privilegios extendidos de la llamada “nomenklatura”, del partido, el Estado y el ejército.

Sin homogeneidad, pronto la unificación doctrinaria del capitalismo en lo fundamental, se diversificó en tres versiones o estructuras nacionales distintas de ese capitalismo globalista: el estadunidense y el británico (anglosajón), el europeo encabezado por Alemania unificada, y el japonés, que irradió en Asia Oriental y Asia del Sur, resistiéndose al debilitamiento sustantivo del Estado interventor en la economía y la sociedad, aunque aceptaron la liberalización de los mercados, la apertura externa, la integración financiera regionalizada y el aceleramiento de la tasa de innovación tecnológica para sostener el capitalismo globalizado en términos de una estructura de ventajas competitivas como vía para triunfar en las regiones y luego o simultáneamente en la estructura global del mercado.

Se sostuvo por los teóricos más importantes, que este proceso se desarrollaba en un escenario marcado por la “neutralidad”, no había ventajas de partida, todo se construía a partir de aceptar las “nuevas reglas del juego”, de incorporarse a las estructuras en desarrollo, un discurso globalista plagado de ideología. Se planteó después que al tener un nuevo protagonismo las regiones (desde la integración de mercados liberalizados), los procesos de integración regional contratados entre Estados resultaban una vía ideal para lograr la acumulación de ventajas competitivas regionalizadas, en donde cada país aportaba sus atributos económicos para el éxito colectivo o bilateral.

En el capitalismo intensivo, es fundamental la innovación tecnológica a partir de la destrucción creativa (Schumpeter) expresada en tasas de productividad crecientes que abaraten el costo del capital y las nuevas inversiones, pero en una competencia abierta por el control de mercados en proceso de expansión, en donde el bajo costo de la incorporación tecnológica es también fundamental, la reducción del costo de la mano de obra cada vez más cualificada, comparativamente, es imprescindible.

Asociar países con industrias altamente intensivas en capital, abundancia de capital de inversión y con costos crecientes de mano de obra, con países de un costo comparativo menor en los costos de producción (incluyendo mano de obra, transporte, aduanas, fiscalidad) expresaba una fórmula de competitividad y penetración eficiente de mercados a costa de los rivales económicos. Pero es también esencial mantener los mercados nacionales, no sólo conquistar los mercados externos, y para ello era necesario, aprovechando los avances tecnológicos que permitieron descomponer los procesos industriales en distintas etapas, requería también pasar de los procesos trasnacionales a la fábrica globalizada, trasladando la parte más intensiva en mano de obra, a los países que tenían una oferta abundante de ella, y que con un adiestramiento esencial, podía generar como resultado un costo total de producción competitivo.

El mismo proceso siguieron las tres versiones del capitalismo globalista dando como resultado el avance industrial manufacturero de los países que captan inversiones con gran requerimiento de costos competitivos. Pero este proceso históricamente ha sido progresivo y demandó trasladar cada vez en mayor extensión, procesos más intensivos en capital y tecnología, generando niveles más avanzados de asimilación tecnológica y mano de obra calificada. La diferencia del costo de producción era y es, entre 5 y 10 veces, lo que se volvió un factor determinante de la productividad, la inversión y la competitividad en las regiones y la economía globalizada misma.

Reseñamos este proceso porque la decadencia de Estados Unidos dentro de la globalización económica que tanto le benefició en sus primeras décadas, es precisamente esta: perdió competitividad (con todo lo que implica) dentro de sus industrias y dentro de los mercados de sus socios comerciales, ante otros competidores de talla mundial que asumieron las “nuevas reglas del juego” (el nuevo paradigma) y han superado a EU en ambos espacios: en los mercados nacionales y en los mercados regionales y globales. En México, esto es evidente y estadísticamente comprobable de manera contundente. En esta variable, podemos resumir la problemática estructural, no momentánea o pasajera, de EU, lo cual requiere varios años de reestructuración de sus procesos industriales, tecnológicos, de productividad y competitividad.

En este contexto, la nueva estructura comercial lanzada para su inserción económica regional y global, cuyo eje es una nueva subestructura arancelaria, pretende tres logros, principalmente: redistribuir el flujo de ingresos desde su comercio externo capturando una mayor proporción a su favor vía cobro de tarifas arancelarias, redirigir flujos de inversión externa y nacional hacia sus propias industrias en decadencia, y ganar tiempo para su reestructuración en condiciones menos desventajosas con relación a las actuales.

Con ello se pretende poner en funcionamiento una política nacional de contención del proceso actual de decadencia. Algunos ya le llaman “política de reindustrialización”, como se denominó al programa económico de Ronald Reagan en su momento, que en realidad tuvo mayores variables y alcances: la reaganomics. Otros estudiosos, por el contenido socio político e ideológico la denominaron “revolución conservadora”, incluso, por las bases teóricas de su doctrina económica.

Los dirigentes del partido y del gobierno chino –no solamente ellos, pero si principalmente– entendieron perfectamente bien el proceso de debilitamiento y crisis final del socialismo soviético convertido en modelo a seguir, además de toda la problemática socio política, ideológica e institucional, que avanzó desde la década de 1970 (el punto de inflexión del modelo de socialismo en China, cambió a partir del “programa de las 4 industrializaciones” lanzado por Deng Xiaoping en 1979, que sepultó una parte del maoísmo) en cuanto a que si el socialismo fracasa o se empantana en la generación progresiva de riqueza, su liquidación histórica está cerca. Se orientaron, no por una economía estatizada casi en su totalidad, sino de inversión y producción mixta con apertura externa, cunado las condiciones lo permitieron para volcarse hacia el exterior a competir en las regiones y en el globalismo, marcado por su ingreso a la OMC en 2004.

Dentro de esta superación de parte del “socialismo chino” sobre las tres versiones del capitalismo globalista, hay poca consideración ente los analistas, hacia las diferencias de las culturas asiáticas –especialmente la de China– con las culturas de la civilización occidental, atlántica (el caso con Japón es especial), que inciden en los procesos estatales, del trabajo, del ahorro y la inversión, del gasto y consumo, es decir, en el ciclo político y económico dentro de un sistema de economía abierta y competitiva.

Lo que los especialistas llaman la cultura oriental, tiene como expresión histórica a China, Japón, India y Asia islámica; nos centraremos en China, pero ¿por qué es muy importante la cultura al interior del sistema socio económico? En primer lugar, la historia cultural genera diferencias producto de las condiciones materiales en las que la misma se inserta y actúa, es su escala de valores colectivos los que le dan congruencia al proceso de adaptación a las cambiantes situaciones histórico-sociales. La filosofía legendaria en varios de tales países y en China, es el confucianismo y neo confucianismo, y son determinantes de conductas y relaciones sociales, articulada en forma desigual, en Corea, China, Japón o Vietnam, y otros, muy influyente en las propias respuestas ante el avance occidental y su filosofía y doctrinas en la región, generando productos históricos distintos, aunque con bases en común.

No hay espacio, pero diremos brevemente que la diferencia entre el confucianismo, y el neo confucianismo, es que este último centra su fuerza cultural en las enseñanzas y doctrina específica del propio Confucio, el gran sabio de la cultura china y oriental, y el primero centra sus fortalezas en la dinastía Zu que se desarrolló en la parte occidental de China. Por ello, el referente principal de las enseñanzas del neo confucianismo cambió desde “Los Cinco Clásicos” a “Los Cuatro Libros”. Ahora bien, el neo confucianismo está integrado por dos cuerpos doctrinarios, el budismo y el taoísmo, fusión producida mediante las actividades de los pensadores de la dinastía Song (o Sung) que se desarrolló en el periodo de 960-1279. Esencialmente enseñan: la buena conducta en la vida, el buen gobierno con honestidad y sabiduría, la justicia y el respeto a la jerarquía, el cuidado de la tradición, el estudio y la meditación.  (Enciclopedia, Significados, Sección Religión y Espiritualidad)

En ese tenor, el neo confucianismo, como el protestantismo occidental (calvinista o luterano), es una filosofía con valores abiertos al progreso material de la sociedad, a la acumulación de riqueza. La inmensa pobreza existente en China, se explica, por las condicionantes materiales de su historia, pero no por las bases filosóficas y doctrinarias vigentes por siglos, no tiene y no tuvo en esos espacios, bloqueos de educación y cultura para asumir los términos indispensables de la adaptación a las “nuevas reglas” del capitalismo globalizado, articuladas con sus tradiciones filosóficas milenarias que le fueron dando contenido, funcionalidad y razón de ser a las instituciones en su prolongado trayecto social.

Así, en segundo término, al no ser un sistema cultural de valores cerrado, fueron una sociedad y Estado preparados para la adaptación dinámica y creativa, y no como fue el ejemplo del islam asiático tradicional, incapaz de adaptarse al nuevo paradigma del capitalismo globalista, abierto, con nuevos valores sociales. Por ello, en tercer término, un pensamiento originario que es conquistado por culturas con sistemas de valores e instituciones distintos, genera una subcultura que coexiste con la cultura predominante, externa, lo que resulta en híbridos complejos para asumir las nuevas tareas, habiendo en ocasiones una lucha cultural prolongada que impide el desarrollo material; tal vez, India e Irán hoy sean ejemplos válidos de esto, en alguna medida. (Obregón, Carlos, Nueva Imagen, 1997)

Ello dilata los procesos de inserción en la generación de riqueza. Es la ética política y la visión filosófica de la sociedad, expresada en los programas de los gobernantes, más la lucha político-social, la que define la distribución de esa riqueza, la flexibilidad de sus instituciones para el efecto y para operar las transformaciones necesarias. Pero nada más lejano que pensar que China partía casi de cero, al contrario, tenía avances muy importantes en la industria, la tecnología y el comercio (norte de China) y a partir de siglos más atrás, con la adopción del papel moneda y de la navegación. (Kennedy, Paul, 27-65, 2007)

Henry Kissinger sostuvo en su amplio estudio sobre este país que ha robado el sueño a los últimos gobernantes en EU: “China es singular. No existe otro país que pueda reivindicar una civilización tan continuada en el tiempo, ni un vínculo tan estrecho con su antiguo pasado y con los principios clásicos de la estrategia y la habilidad política” (2012). Agrego: cuando China enfrenta las artificiosas “guerras del opio” impuestas por Occidente, China tenía un PIB 60 por ciento superior al de Occidente, región a la que consideraban los gobernantes de la dinastía Ching “región de bárbaros”.

La emergencia multifacética del poderío chino en nuestros días ofrece dos grandes lecciones: la derrota del comunismo durante la guerra fría y el Orden Bipolar, o del marxismo si se quiere: i) fue una victoria parcial y transitoria del sistema capitalista a escala mundial. El líder del capitalismo globalista Donald Trump hoy se declara anti globalista porque reconoce la superioridad de la economía china en distintos sectores de la industria y los servicios modernos y genera un repliegue estratégico con una ofensiva que apela a los valores del capitalismo del siglo XX, antes de que se consume una derrota total frente al poderío chino, como el que ellos proclamaron a principios de los años 90 pasados, ante la debacle del socialismo soviético.

Hoy el eje de las transformaciones para el progreso económico y social, no están en occidente, ni en toda Asia, sino en la economía china asumiendo el paradigma capitalista de fines del siglo XX y principios del siglo XXI, no sólo con industrias de gran expansión nacional y mundial, cuya organización y tecnología deslumbraban al mundo, y mucha fama y orgullo dieron a los pesadores y gobernantes occidentales, sino además, con conquistas sociales que constituyen avances de la humanidad hacia la primera mitad del siglo XXI. Inimaginable éxito que no ha concluido. Es una gran derrota, aunque aún incompleta, del atlantismo capitalista. Hay que subrayarlo porque quedará inscrito en los grandes anales de la historia.

El capitalismo globalista desarrolló un ataque mortal al Estado, a la política social, a los instrumentos de regulación del mercado, concibiendo al mercado como una institución antípoda del Estado, y señalando a este último, como el culpable de la crisis de la década de 1970, de finales de la década de 1990 y principios del siglo XXI. Sus bases teóricas y doctrinales son conocidas como el pensamiento institucionalista y la elección pública, la teoría económica neoclásica y el liberalismo clásico decimonónico en cuanto al comercio libre. China reconstruyó el Estado, la economía pública y logró una articulación con el mercado, desatando un proceso de apertura externa controlada, gradual, reivindicando la política social como esencia del desarrollo económico.

Xi Jinping, declaró en el contexto de la crisis desatada por el trumpismo, y en el último congreso del Partido Comunista de China, que el marxismo ha sido la base de la transformación de la economía, y que dicha ideología y teoría permitió a su país convertirse en un ejemplo único de desarrollo moderno, y ha sido a partir de la revolución, la reforma y la construcción, sustentadas en esta visión del mundo”.

Ninguna teoría, ninguna reflexión histórica, ninguna metodología con las herramientas del análisis científico en las ciencias sociales, logró posicionar el conocimiento humano en la esencia, naturaleza, lógica de funcionamiento y proyección histórica del capitalismo, y ninguna ha sido tan profundo y acertado como el logrado por el marxismo. El fracaso soviético fue soviético, no universal como lo han querido presentar por 35 años los ideólogos del capitalismo liberal e integracionista. Terminó diciendo el presidente de China: “hay países que diseñan el futuro desde el pasado”. Se oyó hasta la Casa Blanca, en Washington DC.

ii) Los avances en la sociedad humana, en los seres humanos, son impresionantes, además, reconocidos por medios de comunicación occidentales: en los programas contra la pobreza extrema en china, trabajaron intensamente tres millones de servidores y funcionarios públicos, de 2012 a 2021, para que casi 100 millones de personas dejaran la situación de pobreza extrema, un logro social y humano descomunal, a la par que avanzaba la tecnología, la economía, el poder militar, la alimentación popular. Y lo más importante, es que fue una de las más relevantes iniciativas de Xi Jinping, un auténtico hito humano, un gran regalo en el 100 aniversario de la fundación del Partido Comunista chino, por Mao Tse Tung. El programa costó 1.6 billones de yuanes, es decir, cerca 248 mil millones de dólares americanos. Recordemos que los aranceles del 25 por ciento a los automóviles de importación de México, Canadá y China, recaudarán 600 mil millones de dólares. Con poco más de la tercera parte lograron la proeza en China en el mismo periodo aproximadamente.

Es importante consignar que el criterio de medición y clasificación en China de la pobreza extrema se define en un nivel de poder adquisitivo real de 2.2 dólares por día, algunos opinan que, por debajo de lo que recomienda el Banco Mundial, pero, en fin, es otra clasificación.  En otros casos el BM clasifica a este tipo de personas con un ingreso de 1.9 dólares por día. Y además se rehabilitaron viviendas en las que habitan más de 9.6 millones de personas, reubicadas desde las áreas de mayor pobreza, dada la escasez de agua y el inhóspito acceso para los alimentos. Para el occidente capitalista, estos datos ocultan masivas violaciones a los derechos humanos. ¿EU respeta los de millones de inmigrantes?  En ese mismo periodo China pasó de aportar al PIB mundial del 1.5 por ciento, al casi 16 por ciento.

Adicionalmente, en un informe conjunto de China y el Banco Mundial se reconoce que, desde finales de la década de 1970, China ha sacado de la pobreza 800 millones de personas, es decir, en 40 años, lo que representó cambiar la realidad de cientos de millones de seres humanos. Aquí tenemos también un nuevo paradigma de combate a la pobreza con alcance para cientos de millones de personas. (Comunicado de Prensa conjunto, 1 de abril, de 2022).  En China según el propio Banco Mundial registraba en el año de 1981, 878 millones de pobres por debajo de la línea de 1.9 dólares al día por persona. Eso es progreso humano en los términos básicos, de allí para arriba (Progresive International, enero de 2024).

Un tema fundamental para estos logros es la obtención de un ciclo mediano de crecimiento de la economía a tasas superiores al 10 por ciento del PIB anual, tasas de ahorro interno del 47 por ciento del PIB, y tasas de inversión del 40 por ciento del propio PIB, sostenidamente. Tampoco hay grandes secretos económicos en ello, las leyes de la macroeconomía son claras a este respecto, pero lo trascendente es lograrlo distribuyendo los beneficios del crecimiento hacia abajo, no hacia arriba.

Donald Trump y sus Órdenes Ejecutivas se orientan a la creación de las bases de un nuevo sistema internacional empezando por retraer el orden comercial libre del capitalismo globalizado, para financiar sin déficit sus importaciones y financiar también el déficit de las finanzas públicas, variables macroeconómicas que en tiempos de Reagan otros les denominaron “los déficits gemelos”, con los cuales la economía estadounidense coexiste desde hace décadas, se alejan y reaparecen. Otro tema estructural.

Trump hoy con sus políticas comerciales marca la agenda global, pero evidencia que, contra la tesis generalizada de la mayoría absoluta de pensadores del globalismo capitalista, la globalización sí es plenamente reversible.

En los años de la concepción del sistema internacional como una estructura de centro-periferia, de países pobres y países ricos, que tanto explotaron los teóricos del dependentismo latinoamericano, pensar que el curso de la historia estaba marcado por determinantes inherentes al desarrollo de los países del capitalismo occidental, hacía inconcebible lo hecho hoy por la economía china, pero en el campo del marxismo, en donde hay muchos análisis de sus mejores teóricos sobre las determinantes y formas del cambio mundial,  uno de esos casos es que se discutía la validez y pertinencia de la Ley del Desarrollo Desigual y Combinado, en donde se asientan las bases para entender cómo países que están en una posición subordinada en la estructura internacional, pueden pasar a ocupar espacios de liderazgo y supremacía sobre quienes antes eran los poderes dominantes en dicha estructura. Se trata de una alternativa intelectual, una categoría de análisis para investigar y/o comprender los trayectos históricos de los países, naciones, sociedades, Estados e instituciones, empresas, y organizaciones diversas, al no existir el desarrollo homogéneo de tales entidades históricamente, en sus tendencias generales, en la Era precapitalista y capitalista y en sus distintas fases.

El mejor ejemplo es Estados Unidos, que pasa de un estatus colonial a mediados y finales del siglo XVIII , al de una potencia mediana a mediados del siglo XIX ,y luego  a una posición de república imperial (como la llamó Reymond Aaron) a finales del XIX y principios del siglo XX, finalmente, en la segunda posguerra es la potencia hegemónica dentro de la estructura del capitalismo, dejando atrás a su anterior Estado colonizador, la Gran Bretaña y muy atrás a los viejos imperios coloniales,  España, Francia, Bélgica, Holanda y Portugal, y destruida a la hasta entonces potencia asiática, Japón, y a una China en efervescencia  revolucionaria.

En consecuencia, muy resumidamente, esta ley del desarrollo histórico ha actuado en la etapa actual del capitalismo evidenciando la superioridad del desarrollo chino frente al capitalismo globalizador, manifestando el encumbramiento de China por encima del capitalismo europeo y asiático, y parcialmente del capitalismo anglosajón de los EU. Porque esta ley establece que el factor más importante del progreso humano es el dominio y desarrollo sobre los factores productivos, que conlleva la apropiación creativa de la naturaleza, de sus variados recursos.

Ello se produce de manera desigual, a ritmos diferentes en los diversos segmentos de la sociedad, la economía, la tecnología, las instituciones públicas, etc., de tal manera que en dicho proceso se alternan las formas avanzas con formas en rezago, cuya complementariedad es transitoria porque terminan predominando unas sobre las otras, siempre, las formas más avanzadas del desarrollo sobre las más retrasadas, de lo cual surgen formas de desarrollo peculiares, específicas, produciéndose oscilaciones imprevistas, saltos cualitativos en el desarrollo social o nacional, generando la aptitud de unas sociedades antes retrasadas para superar a otras que tenían un status de mayor avance relativo o comparativo, y se presentan en los más diversos procesos histórico-sociales (Novak, George, Bogotá, 1974).

Hoy China es el mejor ejemplo, y es la primera economía del mundo en orden al método de cálculo económico que desarrolla el FMI llamado “paridad del poder adquisitivo”. Es la mejor evidencia como antes lo fue Estados Unidos.

Dice Juan Esteban Orduz en El País que el gobierno de Trump es el gobierno de la emocionalidad, el desconocimiento, el desorden y la arrogancia”, la incertidumbre y las contradicciones que terminarán aislando a EU, por sus decisiones impulsivas. Considero que es verdad, pero no siento que hay improvisación, sino que las líneas maestras de este gobierno están en un documento de la Fundación Heritage, llamado “Proyecto 2025”, que ya se expresa en la praxis política del gobierno.

La lucha política dentro de EU definirá la continuidad o ruptura de este proyecto que tiene muchas condenas políticas y morales, pero menos explicaciones desde una perspectiva histórica, como lo hemos intentado aquí.

El periódico The Angeles Times constató que hay organizaciones en 50 estados de la Unión Americana que procesan una organización de oposición a Trump y tratan de unificar los tiempos y acciones en una misma agenda. (Barrow, Kramon y Lathan, 4 de marzo de 2025). Mientras el Partido Demócrata sin un sólido liderazgo (Kamala Harris desapareció del escenario post electoral) y un programa alternativo, se encuentra rebasado por la contundencia de las reformas impulsadas por el MAGA (Make American Great Again), con apoyo en quienes ejecuta en tiempo récord el presidente Trump los cambios más importantes de los últimos 30 años, por lo menos. Los demócratas se han concentrado en el Congreso, en sus liderazgos, pero con opiniones muy divididas.

James Carville, líder político demócrata con presencia mediática, ex asesor de Bill Clinton ha planteado la postura más polémica:

“No hacer absolutamente nada. Su tesis es que, en este segundo mandato, en lugar de priorizar los temas por los que hizo campaña (seguridad pública, inmigración, la frontera y, sobre todo, la economía e inflación), Trump ha optado por desmantelar el Gobierno federal aliándose con Elon Musk. Pero que “no hay nada que los demócratas puedan hacer legítimamente para detenerlo, incluso si quisiéramos. Sin un líder claro que exprese nuestra oposición y sin control en ninguna rama del gobierno, es hora de que los demócratas se embarquen en la maniobra política más audaz en la historia de nuestro partido: dar marcha atrás y hacerse los muertos. Permitir que los republicanos se derrumben bajo su propio peso y hacer que el pueblo estadounidense nos extrañe. Silencio hasta que la administración Trump haya caído en picado hasta un porcentaje de aprobación pública de entre el 40 y el 30 por ciento en las encuestas. Hasta entonces, estoy pidiendo una retirada política estratégica” (El Mundo, Suanzes, R. Pablo, 11 de marzo de 2025).

En contrario, David Axelrod (del equipo de Obama) sostienen que las bases demócratas están ansiosas de ver a sus dirigentes luchar, pero sin un liderazgo fuerte, confrontar hoy al gobierno no parece prudente. Katherine Clark congresista de la minoría demócrata, sostiene que: “nuestro mensaje a los americanos es que no les vamos a abandonar, no vamos a dejar que les roben la salud, los programas de ayuda, las subvenciones a los granjeros para que haya otra rebaja de impuestos a los millonarios. Vamos a luchar por vosotros”. Hay también cierta visión de escoger tácticamente cada batalla, no ir al choque frontal (Ídem).

Es una pésima postura de los demócratas desviar la atención de los temas sustantivos que está realizando Donald Trump, situándose en una postura de “belicismo anti ruso y pro Zelenski”. Pero ello a pesar de lo absurdo, expresa también otra faceta de dualidad de la oposición que se desarrolla en EU:

“La dinámica política detrás de este cambio es clara: existen dos formas fundamentalmente diferentes de oposición al Gobierno de Trump. Existe una creciente oposición de la clase trabajadora a sus ataques a los programas sociales fundamentales, su destrucción de los derechos democráticos, su persecución de los inmigrantes y su apoyo al genocidio de Gaza. Y existe la oposición de sectores significativos de la clase dominante, que se oponen a los cambios en la política exterior de Trump, particularmente en Ucrania” (World Socialista Web, Martin y Kishore, 5 de abril de 2025).

Todo indica que Donald Trump cursará por un periodo, quizá no muy largo, de ejercicio omnímodo del poder, hasta que las huelgas obreras y las movilizaciones populares, así como la necesidad de luchar de los demócratas y que sea entendida por la cúpula del partido, se haga presente, para tener la posibilidad real de lograr recuperar la mayoría en la Cámara de Representantes y detener un intento de Trump de cambiar la constitución y reelegirse.

Mientras tanto, no podrá evitar que la sombra del exitoso marxismo chino le agobie, se le oponga en la arena internacional y en los flujos de comercio e inversión mundializados en donde China ha logrado ya un avance fundamental.

 Fuente: https://contralinea.com.mx/interno/semana/trump-y-la-sombra-del-marxismo-chino-inicia-nueva-era-para-el-capitalismo/

3.3.25

El plan maestro de Donald Trump para la economía

Yanis Varoufakis


Frente a las medidas económicas del presidente Trump, sus críticos centristas oscilan entre la desesperación y una conmovedora fe en que se desvanezca su frenesí arancelario. Suponen que Trump resoplará y resoplará hasta que la realidad deje al descubierto la vacuidad de su razonamiento económico. No han estado prestando atención: la fijación arancelaria de Trump forma parte de un plan económico global que es sólido, aunque sea algo intrínsecamente arriesgado.

Su forma de pensar [de ellos] conecta directamente con un concepto erróneo de cómo se mueven el capital, el comercio y el dinero en todo el mundo. Como el cervecero que se emborracha con su propia cerveza, los centristas acabaron creyéndose su propia propaganda: que vivimos en un mundo de mercados competitivos en el que el dinero es neutral y los precios se ajustan para equilibrar la oferta y la demanda de todo. Ese Trump tan poco sofisticado es, de hecho, mucho más sofisticado que ellos en el sentido de que entiende cómo el poder económico en bruto, y no la productividad marginal, decide quién hace qué a quién, tanto a escala nacional como internacional.

Aunque nos arriesgamos a que el abismo nos devuelva la mirada cuando intentamos darle una ojeada a la mente de Trump, necesitamos comprender su pensamiento en relación con tres cuestiones fundamentales: ¿por qué piensa él que los Estados Unidos están explotados por el resto del mundo? ¿Cuál es su visión de un nuevo orden internacional en el que los Estados Unidos puedan volver a ser “grandes”? ¿Cómo piensa conseguirlo? Sólo entonces podremos elaborar una crítica sensata del plan director económico de Trump.

¿Por qué cree el presidente que los Estados Unidos ha recibido un trato malo? Su principal queja consiste en que la supremacía del dólar puede conferir enormes poderes al gobierno y a la clase dirigente de los Estados Unidos, pero, en última instancia, los extranjeros la están utilizando de forma que garantiza el declive de los Estados Unidos. Así es que lo que la mayoría considera un privilegio desorbitado de los Estados Unidos, lo ve él como una carga desorbitada.

Trump lleva décadas lamentando el declive de la industria manufacturera estadounidense: “Si no tienes acero, no tienes país”. Pero ¿por qué culpar de esto al papel global del dólar? Pus porque, responde Trump, los bancos centrales extranjeros no dejan que el dólar se ajuste a la baja hasta el nivel “correcto”, en el que las exportaciones estadounidenses se recuperan y las importaciones se frenan. No es que los bancos centrales extranjeros estén conspirando contra los Estados Unidos. Es tan solo que el dólar es la única reserva internacional segura de la que pueden echar mano. Es natural que los bancos centrales europeos y asiáticos atesoren los dólares que fluyen hacia Europa y Asia cuando los norteamericanos importan cosas. Al no cambiar sus reservas de dólares por sus propias monedas, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón, el Banco Popular de China y el Banco de Inglaterra suprimen la demanda de sus monedas (y, por tanto, su valor). Esto ayuda a sus propios exportadores a aumentar sus ventas a los Estados Unidos y ganar aún más dólares. En un círculo sin fin, estos dólares frescos se acumulan en las arcas de los banqueros centrales extranjeros que, para ganar intereses con seguridad, los utilizan para comprar deuda pública estadounidense.

Y ahí está el problema. Según Trump, los Estados Unidos importan demasiado porque son un buen ciudadano global que se siente obligado a proporcionar a los extranjeros los activos en dólares de reserva que necesitan. En resumen, la industria manufacturera estadounidense entró en declive porque los Estados Unidos son un buen samaritano: sus trabajadores y su clase media sufren para que el resto del mundo pueda crecer a su costa.

Pero el estatus hegemónico del dólar también apuntala el excepcionalismo estadounidense, como bien sabe y aprecia Trump. La compra de bonos del Tesoro norteamericano por parte de los bancos centrales extranjeros permite al gobierno norteamericano incurrir en déficit y pagar un ejército sobredimensionado que llevaría a la bancarrota a cualquier otro país. Y al constituir el eje de los pagos internacionales, el dólar hegemónico permite al presidente ejercer el equivalente moderno de la diplomacia de las cañoneras: sancionar a voluntad a cualquier persona o gobierno.

Esto no es suficiente, a los ojos de Trump, para compensar el sufrimiento de los productores norteamericanos que se ven debilitados por extranjeros cuyos banqueros centrales explotan un servicio (las reservas de dólares) que los Estados Unidos les prestan gratuitamente para mantener sobrevalorado el dólar. Para Trump, Estados Unidos se está socavando a sí mismo por la gloria del poder geopolítico y la oportunidad de acumular beneficios ajenos. Estas riquezas importadas benefician a Wall Street y a los agentes inmobiliarios, pero sólo a expensas de las personas que le han elegido dos veces: los norteamericanos de las zonas centrales que producen aquellos bienes «varoniles» como el acero y los automóviles que una nación necesita para seguir siendo viable.

Y esa no es la peor de las preocupaciones de Trump. Su pesadilla es que esta hegemonía sea efímera. Ya en 1988, mientras promocionaba su Art of the Deal con Larry King y Oprah Winfrey, se lamentaba: “Somos una nación deudora. Va a pasar algo en los próximos años en este país, porque no se puede seguir perdiendo 200.000 millones de dólares al año”. Desde entonces, está cada vez más convencido de que se acerca un terrible punto de inflexión: a medida que la producción de los Estados Unidos disminuye en términos relativos, la demanda mundial del dólar aumenta más rápidamente que los ingresos norteamericanos. El dólar tiene entonces que apreciarse aún más rápido para satisfacer las necesidades de reservas del resto del mundo. Esto no puede durar eternamente.

Cuando los déficits norteamericanos superen un cierto umbral, los extranjeros entrarán en pánico. Venderán sus activos denominados en dólares y buscarán otra moneda con la que atesorar. Los norteamericanos quedarán en medio del caos internacional, con un sector manufacturero destrozado, unos mercados financieros en ruinas y un Gobierno insolvente. Este escenario de pesadilla ha convencido a Trump de que tiene la misión de salvar a los Estados Unidos: que tiene el deber de marcar el comienzo de un nuevo orden internacional. Y esa es la esencia de su plan: llevar a cabo en 2025 un decisivo shock anti-Nixon, una conmoción global que anule la obra de su predecesor al poner fin al sistema de Bretton Woods de 1971, que fue la punta de lanza de la era de la financiarización.

Un elemento central de este nuevo orden mundial sería un dólar más barato que siguiera siendo moneda de reserva mundial, lo cual reduciría aún más los tipos de interés de los préstamos a largo plazo de los Estados Unidos. ¿Puede Trump nadar (con un dólar hegemónico y unos bonos del Tesoro norteamericano de bajo rendimiento) y guardar la ropa (con un dólar depreciado)? Sabe que los mercados nunca lo conseguirán por sí solos. Sólo los bancos centrales extranjeros pueden hacerlo por él. Pero para que acepten hacerlo, primero hay que provocarles una sacudida. Y ahí es donde entran en juego sus aranceles.

Y esto es lo que sus críticos no entienden. Creen erróneamente que él piensa que sus aranceles reducirán por sí solos el déficit comercial de Estados Unidos. Él sabe que no lo reducirán. Su utilidad estriba en su capacidad para conmocionar a los bancos centrales extranjeros y hacer que reduzcan los tipos de interés nacionales. En consecuencia, el euro, el yen y el renminbi se debilitarán frente al dólar. Esto anulará las subidas de precios de los bienes importados a Estados Unidos y no afectará a los precios que pagan los consumidores norteamericanos. Los países con aranceles pagarán de hecho los aranceles de Trump.

Pero los aranceles son únicamente la primera fase de su plan maestro. Con unos aranceles elevados como nuevo valor por defecto, y con el dinero extranjero que se acumula en el Tesoro, Trump puede esperar su momento mientras claman por hablar amigos y enemigos en Europa y Asia. Es entonces cuando entra en acción la segunda fase del plan de Trump: la gran negociación.

A diferencia de sus predecesores, de Carter a Biden, Trump desdeña las reuniones multilaterales y las negociaciones multitudinarias. Es un hombre del tú a tú. Su mundo ideal es un modelo de centro y radios, como la rueda de una bicicleta, en el que ninguno de los radios individuales influye demasiado en el funcionamiento de la rueda. En esta visión del mundo, Trump confía en que puede tratar cada radio secuencialmente. Con los aranceles por un lado y la amenaza de retirar el escudo de seguridad de Estados Unidos (o desplegarlo contra ellos) por el otro, cree que puede conseguir que la mayoría de los países den su aquiescencia.

¿Aquiescencia a qué? A una apreciación substancial de su moneda sin liquidar su tenencia de dólares a largo plazo. No sólo esperará que cada interlocutor recorte los tipos de interés nacionales, sino que exigirá cosas distintas de los distintos interlocutores. A los países asiáticos, que son los que más dólares atesoran en la actualidad, les exigirá que vendan una parte de sus activos en dólares a corto plazo a cambio de su propia moneda (que se apreciará). A una eurozona relativamente pobre en dólares y plagada de divisiones internas, lo cual incrementa su poder de negociación, Trump puede exigirles tres cosas: que acepten cambiar sus bonos a largo plazo por bonos a muy largo plazo o incluso perpetuos, que permitan que la fabricación alemana emigre a Estados Unidos, y, naturalmente, que compren muchas más armas fabricadas en los Estados Unidos.

¿Se imaginan la sonrisa de Trump al pensar en esta segunda fase de su plan maestro? Cuando un gobierno extranjero acceda a sus demandas, se habrá apuntado otra victoria. Y cuando algún gobierno recalcitrante se resista, los aranceles no se moverán, proporcionando a su Tesoro un flujo constante de dólares de los que podrá disponer como mejor le parezca (ya que el Congreso sólo controla los ingresos fiscales). Una vez completada esta segunda fase de su plan, el mundo se habrá dividido en dos bandos: un bando protegido por la seguridad norteamericana a costa de una moneda apreciada, la pérdida de plantas de fabricación y la compra forzosa de exportaciones norteamericanas, incluidas las armas. El otro campo estará estratégicamente más cerca tal vez de China y Rusia, pero todavía conectado a los EE.UU. a través de un comercio reducido que todavía proporcionará a los EE.UU. ingresos arancelarios regulares.

La visión de Trump de un orden económico internacional deseable puede ser violentamente diferente de la mía, pero eso no nos da a ninguno de nosotros licencia para subestimar su solidez y propósito, como hace la mayoría de los centristas. Como todos los planes bien trazados, esto puede torcerse, por supuesto. La depreciación del dólar puede que no sea suficiente para anular el efecto de los aranceles sobre los precios que pagan los consumidores norteamericanos. O puede que la venta de dólares sea demasiado grande como para mantener lo suficientemente bajos los rendimientos de la deuda norteamericana a largo plazo. Pero además de estos riesgos manejables, el plan maestro se pondrá a prueba en dos frentes políticos.

La primera amenaza política a su plan maestro es interna. Si el déficit comercial empieza a reducirse según lo previsto, el dinero privado extranjero dejará de inundar Wall Street. De golpe, Trump tendrá que traicionar a su propia tribu de financieros y agentes inmobiliarios indignados o a la clase trabajadora que le eligió. Mientras tanto, se abrirá un segundo frente. Considerando a todos los países como radios de su eje, Trump puede pronto descubrir que ha fomentado la disidencia en el exterior. Pekín puede abandonar sus precauciones y convertir los BRICS en un nuevo sistema de Bretton Woods en el que el yuan desempeñe el papel de anclaje que desempeñó el dólar en el Bretton Woods original. Este sería acaso el legado más asombroso, y el merecido que recibiría el plan maestro, impresionante por demás, de Trump.
 
Yanis Varoufakis  exministro de Finanzas de Grecia, dirigente del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas. Su último libro es “Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo” (Ed. Argentina, 2024).
Fuente:
Unherd, 12 de febrero de 2025, https://unherd.com/2025/02/why-trumps-tariffs-are-a-masterplan/

2.2.25

La era Trump (Dossier)

Michael Hudson 

Melvin A. Goodman 

Romaric Godin 

John Helmer 

Critic of Political Economy

La guerra de Trump contra México y el mundo entero por la balanza de pagos

Michael Hudson

El camino al caos

En la década de 1940 se estrenaron varias películas con Bing Crosby y Bob Hope, empezando por Camino a Singapur en 1940. La trama era siempre similar. Bing y Bob, dos estafadores o cómicos parlanchines, se metían en un lío en algún país, y Bing se salía de él vendiendo a Bob como esclavo (Marruecos en 1942, donde Bing promete recomprarlo) o comprometiéndolo a ser sacrificado en alguna ceremonia pagana, y así sucesivamente. Bob siempre acepta el plan, y siempre hay un final feliz al estilo de Hollywood en el que escapan juntos, con Bing siempre consiguiendo a la chica.

En los últimos años hemos visto una serie de escenificaciones diplomáticas similares con Estados Unidos y Alemania (en representación de Europa en su conjunto). Podríamos llamarlo el camino al caos. Estados Unidos ha traicionado a Alemania al destruir Nord Stream, con el canciller alemán Olaf Scholtz (el desafortunado personaje de Bob Hope) dándole la razón, y con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, interpretando el papel de Dorothy Lamour (la chica, el premio de Bing en las películas de La Ruta de Hollywood) exigiendo que toda Europa aumente su gasto militar en la OTAN más allá de la demanda de Biden del 2 % hasta la escalada de Trump al 5 %. Para colmo, Europa va a imponer sanciones al comercio con Rusia y China, obligándolas a trasladar sus principales industrias a Estados Unidos.

Así que, a diferencia de las películas, esto no terminará con Estados Unidos corriendo a salvar a la crédula Alemania. En cambio, Alemania y Europa en su conjunto se convertirán en ofrendas sacrificiales en nuestro esfuerzo desesperado pero inútil por salvar al Imperio estadounidense. Aunque Alemania puede que no acabe inmediatamente con una población que emigre y se reduzca como Ucrania, su destrucción industrial está en marcha.

Trump dijo en el Foro Económico de Davos el 23 de enero: «Mi mensaje a todas las empresas del mundo es muy sencillo: vengan a fabricar su producto en Estados Unidos y les ofreceremos uno de los impuestos más bajos de cualquier nación del mundo». De lo contrario, si continúan intentando producir en casa o en otros países, sus productos estarán sujetos a aranceles del 20 % que Trump ha amenazado con imponer.

Para Alemania esto significa (parafraseando): «Lo siento, sus precios de la energía se han cuadruplicado. Vengan a Estados Unidos y consíganlos a un precio casi tan bajo como el que pagaban a Rusia antes de que sus líderes electos nos dejaran cortar Nord Stream».

La gran pregunta es cuántos otros países serán tan tranquilos como Alemania cuando Trump cambie las reglas del juego: el orden basado en reglas de Estados Unidos. ¿En qué momento se alcanzará una masa crítica que cambie el orden mundial en su conjunto?

¿Puede haber un final de Hollywood para el caos que se avecina? La respuesta es no, y la clave está en el efecto sobre la balanza de pagos de los aranceles y las sanciones comerciales que Trump ha amenazado con imponer. Ni Trump ni sus asesores económicos comprenden el daño que su política amenaza con causar al desequilibrar radicalmente la balanza de pagos y los tipos de cambio en todo el mundo, haciendo inevitable una ruptura financiera.

La balanza de pagos y la restricción del tipo de cambio sobre la agresión arancelaria de Trump

Los dos primeros países a los que Trump amenazó fueron los socios estadounidenses del TLCAN, México y Canadá. Trump ha amenazado con aumentar los aranceles estadounidenses a las importaciones procedentes de ambos países en un 20 % si no obedecen sus exigencias políticas.

Ha amenazado a México de dos maneras. En primer lugar, con su programa de inmigración de exportación de inmigrantes ilegales y la concesión de permisos de trabajo de corta duración para que la mano de obra mexicana estacional trabaje en la agricultura y los servicios domésticos. Ha sugerido deportar a México la oleada de inmigrantes latinoamericanos, alegando que la mayoría han llegado a Estados Unidos a través de la frontera mexicana a lo largo del Río Grande. Esto amenaza con imponer una enorme carga de bienestar social a México, que no tiene muro en su propia frontera sur.

También existe un fuerte coste de balanza de pagos para México y, de hecho, para otros países cuyos ciudadanos han buscado trabajo en Estados Unidos. Una importante fuente de dólares para estos países ha sido el dinero remitido por los trabajadores que envían a sus familias lo que pueden permitirse. Esta es una importante fuente de dólares para las familias de América Latina, Asia y otros países. La deportación de inmigrantes eliminará una fuente sustancial de ingresos que ha estado apoyando los tipos de cambio de sus monedas frente al dólar.

La imposición de un arancel del 20 % u otras barreras comerciales a México y otros países sería un golpe fatal para sus tipos de cambio al reducir el comercio de exportación que la política estadounidense promovió a partir del presidente Carter para promover una subcontratación del empleo estadounidense mediante el uso de mano de obra mexicana para mantener bajos los salarios estadounidenses. La creación del TLCAN bajo Bill Clinton dio lugar a una larga fila de plantas de ensamblaje de maquiladoras justo al sur de la frontera entre Estados Unidos y México, que emplean mano de obra mexicana con salarios bajos en líneas de montaje establecidas por empresas estadounidenses para ahorrar costes laborales. Los aranceles privarían abruptamente a México de los dólares recibidos para pagar pesos a esta fuerza laboral, y también aumentarían los costes para sus empresas matrices estadounidenses.

El resultado de estas dos políticas de Trump sería una caída en la fuente de dólares de México. Esto obligará a México a tomar una decisión: si acepta pasivamente estos términos, el tipo de cambio del peso se depreciará. Esto encarecerá las importaciones (cotizadas en dólares a nivel mundial) en términos de pesos, lo que provocará un aumento sustancial de la inflación interna. Alternativamente, México puede poner su economía en primer lugar y decir que la interrupción del comercio y los pagos causada por la acción arancelaria de Trump le impide pagar sus deudas en dólares a los tenedores de bonos.

En 1982, el impago de México de sus bonos tesobono denominados en dólares desencadenó la bomba de impagos de la deuda de América Latina. Los actos de Trump parecen estar forzando una repetición. En ese caso, la respuesta compensatoria de México sería suspender el pago de sus bonos en dólares estadounidenses.

Esto podría tener efectos de gran alcance, porque muchos otros países de América Latina y del Sur Global están experimentando una presión similar en su balanza de pagos y comercio internacional. El tipo de cambio del dólar ya se ha disparado frente a sus monedas como resultado de la subida de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal, atrayendo fondos de inversión de Europa y otros países. Un dólar en alza significa un aumento de los precios de importación del petróleo y las materias primas denominados en dólares.

Canadá se enfrenta a una situación similar de restricción de la balanza de pagos. Su contrapartida a las plantas maquiladoras de México son sus plantas de piezas de automóvil en Windsor, al otro lado del río desde Detroit. En la década de 1970, los dos países acordaron el Pacto del Automóvil, que asignaba en qué plantas de montaje trabajarían en su producción conjunta de automóviles y camiones estadounidenses.

Bueno, «acordado» puede que no sea el verbo apropiado. Yo estaba en Ottawa en ese momento, y los funcionarios del gobierno estaban muy resentidos por haber sido los más perjudicados en el acuerdo automovilístico. Pero sigue vigente hoy, cincuenta años después, y sigue siendo un importante contribuyente a la balanza comercial de Canadá y, por lo tanto, al tipo de cambio de su dólar, que ya ha estado cayendo frente al de Estados Unidos.

Por supuesto, Canadá no es México. La idea de suspender el pago de sus bonos en dólares es impensable en un país dirigido en gran medida por sus bancos e intereses financieros. Pero las consecuencias políticas se sentirán en toda la política canadiense. Habrá un sentimiento antiamericano (siempre burbujeando bajo la superficie en Canadá) que debería acabar con la fantasía de Trump de convertir a Canadá en el estado número 51.

Los fundamentos morales implícitos del orden económico internacional

Hay un principio moral ilusorio básico en juego en las amenazas arancelarias y comerciales de Trump, y subyace en la amplia narrativa con la que Estados Unidos ha tratado de racionalizar su dominación unipolar de la economía mundial. Ese principio es la ilusión de reciprocidad que apoya una distribución mutua de beneficios y crecimiento, y en el vocabulario estadounidense se entrelaza con los valores democráticos y la charlatanería sobre los mercados libres que prometen estabilizadores automáticos bajo el sistema internacional patrocinado por Estados Unidos.

Los principios de reciprocidad y estabilidad fueron fundamentales en los argumentos económicos de John Maynard Keynes durante el debate a finales de la década de 1920 sobre la insistencia de Estados Unidos en que sus aliados europeos en tiempos de guerra pagaran las fuertes deudas por las armas compradas a Estados Unidos antes de su entrada formal en la guerra. Los aliados acordaron pagar imponiendo reparaciones alemanas para trasladar el coste al perdedor de la guerra. Pero las exigencias de Estados Unidos a sus aliados europeos, y a su vez de estos a Alemania, superaban con creces su capacidad de cumplimiento.

El problema fundamental, explicó Keynes, era que Estados Unidos estaba aumentando sus aranceles contra Alemania en respuesta a la depreciación de su moneda, y luego impuso el arancel Smoot-Hawley contra el resto del mundo. Eso impidió que Alemania ganara la moneda fuerte para pagar a los aliados, y que estos pagaran a Estados Unidos.

Para que el sistema financiero internacional de servicio de la deuda funcione, señaló Keynes, una nación acreedora tiene la obligación de proporcionar a los países deudores la oportunidad de recaudar el dinero para pagar mediante la exportación a la nación acreedora. De lo contrario, se producirá un colapso monetario y una austeridad paralizante para los deudores. Este principio básico debería estar en el centro de cualquier diseño de cómo debería organizarse la economía internacional con controles y equilibrios para evitar tal colapso.

Los opositores de Keynes —el monetarista antialemán francés Jacques Rueff y el defensor del comercio neoclásico Bertil Ohlin— repitieron el mismo argumento que David Ricardo expuso en su testimonio de 1809-1810 ante el Comité de Bullion de Gran Bretaña. Afirmó que el pago de las deudas externas crea automáticamente un equilibrio en los pagos internacionales. Esta teoría económica basura proporcionó una lógica que sigue siendo el modelo básico de austeridad del FMI en la actualidad.

Según la fantasía de esta teoría, cuando el pago del servicio de la deuda reduce los precios y los salarios en el país que paga la deuda, aumentarán sus exportaciones al hacerlas menos costosas para los extranjeros. Y, supuestamente, el cobro del servicio de la deuda por parte de las naciones acreedoras se monetizará para aumentar sus propios precios (la Teoría Cuantitativa del Dinero), reduciendo sus exportaciones. Se supone que este cambio de precios continuará hasta que el país deudor que sufre una salida monetaria y austeridad sea capaz de exportar lo suficiente para poder pagar a sus acreedores extranjeros.

Pero Estados Unidos no permitió que las importaciones extranjeras compitieran con sus propios productores. Y para los deudores, el precio de la austeridad monetaria no fue una producción de exportación más competitiva, sino una perturbación y un caos económicos. El modelo de Ricardo y la teoría neoclásica estadounidense fueron simplemente una excusa para una política de línea dura con los acreedores. Los ajustes estructurales o la austeridad han sido devastadores para las economías y los gobiernos a los que se les han impuesto. La austeridad reduce la productividad y la producción.

En 1944, cuando Keynes intentaba resistirse a la demanda estadounidense de comercio exterior y sumisión monetaria en la conferencia de Bretton Woods, propuso el bancor, un acuerdo intergubernamental de balanza de pagos que exigía a las naciones acreedoras crónicas (a saber, Estados Unidos) que perdieran su acumulación de derechos financieros sobre los países deudores (como se convertiría Gran Bretaña). Ese sería el precio a pagar para evitar que el orden financiero internacional polarizara el mundo entre países acreedores y deudores. Los acreedores tenían que permitir que los deudores pagaran, o perderían sus derechos financieros de cobro.

Keynes, como se ha señalado anteriormente, también hizo hincapié en que si los acreedores quieren cobrar, tienen que importar de los países deudores para que estos puedan pagar.

Se trataba de una política profundamente moral, y tenía la ventaja adicional de tener sentido desde el punto de vista económico. Permitiría a ambas partes prosperar, en lugar de que una nación acreedora prosperara mientras los países deudores sucumbían a la austeridad, lo que les impedía invertir en la modernización y el desarrollo de sus economías mediante el aumento del gasto social y de los niveles de vida.

Bajo Donald Trump, Estados Unidos está violando ese principio. No existe un acuerdo keynesiano tipo bancor, pero sí las duras realidades de su diplomacia unipolar, donde Estados Unidos es lo primero. Si México quiere salvar su economía de la austeridad, la inflación de precios, el desempleo y el caos social, tendrá que suspender el pago de sus deudas externas denominadas en dólares.

El mismo principio se aplica a otros países del Sur Global. Y si actúan juntos, tienen una posición moral para crear una narrativa realista e incluso inevitable de las condiciones previas para que funcione cualquier orden económico internacional estable.

Las circunstancias, por tanto, están obligando al mundo a romper con el orden financiero centrado en Estados Unidos. El tipo de cambio del dólar estadounidense se disparará a corto plazo como resultado de que Trump bloquee las importaciones con aranceles y sanciones comerciales. Este cambio en el tipo de cambio presionará a los países extranjeros que tienen deudas en dólares de la misma manera que se presionará a México y Canadá. Para protegerse, deben suspender el servicio de la deuda en dólares.

Esta respuesta a la sobrecarga de la deuda actual no se basa en el concepto de deudas odiosas. Va más allá de la crítica de que muchas de estas deudas y sus condiciones de pago no eran en interés de los países a los que se les impusieron estas deudas en primer lugar. Va más allá de la crítica de que los prestamistas deben tener cierta responsabilidad a la hora de juzgar la capacidad de pago de sus deudores, o sufrir pérdidas financieras si no lo han hecho.

El problema político del exceso de deuda en dólares del mundo es que Estados Unidos está actuando de una manera que impide a los países deudores ganar el dinero para pagar las deudas externas denominadas en dólares estadounidenses. La política estadounidense plantea, por lo tanto, una amenaza para todos los acreedores que denominan sus deudas en dólares, al hacer que estas deudas sean prácticamente impagables sin destruir sus propias economías.

La suposición de la política estadounidense de que otros países no responderán a la agresión económica de Estados Unidos

¿Sabe Trump realmente lo que está haciendo? ¿O su política de descontrol simplemente está causando daños colaterales a otros países? Creo que lo que está en juego es una profunda y básica contradicción interna de la política estadounidense, similar a la de la diplomacia estadounidense en la década de 1920. Cuando Trump prometió a sus votantes que Estados Unidos debía ser el «ganador» en cualquier acuerdo comercial o financiero internacional, estaba declarando la guerra económica al resto del mundo.

Trump le está diciendo al resto del mundo que deben ser perdedores y aceptar el hecho amablemente como pago por la protección militar que brinda al mundo en caso de que Rusia pueda invadir Europa o China envíe su ejército a Taiwán, Japón u otros países. La fantasía es que Rusia tendría algo que ganar al tener que apoyar una economía europea en colapso, o que China decide competir militarmente en lugar de económicamente.

La arrogancia está presente en esta fantasía distópica. Como potencia hegemónica mundial, la diplomacia estadounidense rara vez tiene en cuenta cómo responderán los países extranjeros. La esencia de su arrogancia es suponer de manera simplista que los países se someterán pasivamente a las acciones de Estados Unidos sin repercusiones. Esa ha sido una suposición realista para países como Alemania, o aquellos con políticos clientes de Estados Unidos similares en el poder.

Pero lo que está sucediendo hoy en día tiene un carácter sistémico. En 1931 se declaró finalmente una moratoria sobre las deudas entre aliados y las reparaciones alemanas. Pero eso fue dos años después del crac bursátil de 1929 y de las hiperinflaciones anteriores en Alemania y Francia. En la misma línea, en la década de 1980 se amortizaron las deudas de América Latina mediante los bonos Brady. En ambos casos, las finanzas internacionales fueron la clave del colapso político y militar general del sistema, porque la economía mundial se había financiarizado de forma autodestructiva. Algo similar parece inevitable hoy en día. Cualquier alternativa viable implica la creación de un nuevo sistema económico mundial.

La política interna de EE. UU. es igualmente inestable. El teatro político de «Estados Unidos primero» de Trump que le llevó a la presidencia puede hacer que su banda pierda el poder a medida que se reconozcan y sustituyan las contradicciones y consecuencias de su filosofía operativa. Su política arancelaria acelerará la inflación de precios en EE. UU. y, lo que es aún más fatal, provocará el caos en los mercados financieros estadounidenses y extranjeros. Las cadenas de suministro se verán interrumpidas, lo que afectará a las exportaciones estadounidenses de todo tipo de productos, desde aviones hasta tecnología de la información. Y otros países se verán obligados a hacer que sus economías dejen de depender de las exportaciones estadounidenses o del crédito en dólares.

Y tal vez, a largo plazo, esto no sea algo malo. El problema está en el corto plazo, ya que las cadenas de suministro, los patrones comerciales y la dependencia se reemplazan como parte del nuevo orden económico geopolítico que la política estadounidense está obligando a desarrollar a otros países.

Trump basa su intento de romper los vínculos existentes y la reciprocidad del comercio y las finanzas internacionales en la suposición de que, en un caótico saco de sorpresas, Estados Unidos saldrá victorioso. Esa confianza subyace en su voluntad de deshacerse de las interconexiones geopolíticas actuales. Piensa que la economía estadounidense es como un agujero negro cósmico, es decir, un centro de gravedad capaz de atraer hacia sí todo el dinero y el excedente económico del mundo. Ese es el objetivo explícito de America First. Eso es lo que convierte el programa de Trump en una declaración de guerra económica al resto del mundo. Ya no existe la promesa de que el orden económico patrocinado por la diplomacia estadounidense hará prósperos a otros países. Las ganancias del comercio y la inversión extranjera deben enviarse y concentrarse en Estados Unidos.

El problema va más allá de Trump. Él simplemente está siguiendo lo que ya ha estado implícito en la política estadounidense desde 1945. La imagen que tiene Estados Unidos de sí mismo es que es la única economía del mundo que puede ser completamente autosuficiente económicamente. Produce su propia energía y también su propia comida, y suministra estas necesidades básicas a otros países o tiene la capacidad de cerrar el grifo.

Lo más importante es que Estados Unidos es la única economía sin las limitaciones financieras que afectan a otros países. La deuda de Estados Unidos está en su propia moneda, y no ha habido límite en su capacidad de gastar más allá de sus posibilidades inundando el mundo con dólares en exceso, que otros países aceptan como sus reservas monetarias como si el dólar siguiera siendo tan bueno como el oro. Y por debajo de todo esto está la suposición de que, casi con solo pulsar un interruptor, Estados Unidos puede llegar a ser tan autosuficiente industrialmente como lo fue en 1945. Estados Unidos es la Blanche DuBois del mundo en Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, viviendo en el pasado sin envejecer bien.

La narrativa neoliberal egoísta del Imperio estadounidense

Para obtener la aquiescencia extranjera en la aceptación de un imperio y vivir en paz en él se requiere una narrativa tranquilizadora que describa al imperio como un motor de progreso para todos. El objetivo es distraer a otros países para que no se resistan a un sistema que en realidad es explotador. Primero Gran Bretaña y luego Estados Unidos promovieron la ideología del imperialismo de libre comercio después de que sus políticas mercantilistas y proteccionistas les dieran una ventaja de costes sobre otros países, convirtiendo a estos países en satélites comerciales y financieros.

Trump ha levantado este telón ideológico. En parte, esto se debe simplemente a que se reconoce que ya no puede mantenerse frente a la política exterior de EE. UU./OTAN y su guerra militar y económica contra Rusia y las sanciones contra el comercio con China, Rusia, Irán y otros miembros del BRICS. Sería una locura que otros países no rechazaran este sistema, ahora que su narrativa empoderadora es falsa a la vista de todos.

La pregunta es: ¿cómo podrán ponerse en posición de crear un orden mundial alternativo? ¿Cuál es la trayectoria probable?

Países como México realmente no tienen otra opción que actuar por su cuenta. Canadá puede sucumbir, dejando caer su tipo de cambio y aumentando sus precios internos, ya que sus importaciones están denominadas en dólares de «moneda fuerte». Pero muchos países del Sur Global están en la misma situación de presión sobre la balanza de pagos que México. Y a menos que tengan élites de clientes como Argentina (siendo su élite los principales tenedores de bonos en dólares de Argentina), sus líderes políticos tendrán que detener los pagos de la deuda o sufrir austeridad interna (deflación de la economía local) junto con la inflación de los precios de importación a medida que los tipos de cambio de sus monedas se hunden bajo las tensiones impuestas por un dólar estadounidense en alza. Tendrán que suspender el servicio de la deuda o ser destituidos de sus cargos.

No muchos políticos destacados tienen el margen de maniobra que tiene la alemana Annalena Baerbock para decir que su Partido Verde no tiene que escuchar lo que los votantes alemanes dicen que quieren. Las oligarquías del Sur Global pueden contar con el apoyo de Estados Unidos, pero Alemania es sin duda un caso atípico en cuanto a su disposición a cometer un suicidio económico por lealtad a la política exterior estadounidense sin límites.

Suspender el servicio de la deuda es menos destructivo que seguir sucumbiendo al orden de «Estados Unidos primero» de Trump. Lo que bloquea esa política (policy) es una cuestión política (politics), junto con el temor centrista de embarcarse en el importante cambio de política necesario para evitar la polarización económica y la austeridad.

Europa parece tener miedo de utilizar la opción de simplemente poner en evidencia a Trump, a pesar de que es una amenaza vacía que sería bloqueada por los propios intereses creados de Estados Unidos entre la clase alta. Trump ha declarado que si no se compromete a gastar el 5 % de su PIB en armamento militar (en gran parte procedente de Estados Unidos) y a comprar más energía de gas natural licuado (GNL) estadounidense, impondrá aranceles del 20 % a los países que se resistan. Pero si los líderes europeos no se resisten, el euro caerá quizás un 10 o un 20 %. Los precios nacionales subirán y los presupuestos nacionales tendrán que recortar programas de gasto social, como el apoyo a las familias para que compren gas o electricidad más caros para calentar y dar energía a sus hogares.

Los líderes neoliberales de Estados Unidos acogen con satisfacción esta fase de guerra de clases de las demandas estadounidenses a los gobiernos extranjeros. La diplomacia estadounidense ha estado activa en paralizar el liderazgo político de los antiguos partidos laboristas y socialdemócratas en Europa y otros países de manera tan exhaustiva que ya no parece importar lo que quieran los votantes. Para eso está la National Endowment Democracy de Estados Unidos, junto con su propiedad y narrativa de los principales medios de comunicación. Pero lo que se está sacudiendo no es solo el dominio unipolar de Estados Unidos en Occidente y su esfera de influencia, sino la estructura mundial del comercio internacional y las relaciones financieras, e inevitablemente, también las relaciones y alianzas militares.

 

El regreso de Donald el Destructor

Melvin Goodman

Nuestra preocupación por la política, las políticas y la propaganda de Donald Trump subestima la cuestión central de su presidencia: ¿Está Donald Trump psicológicamente capacitado para ser presidente de los Estados Unidos? En el primer mandato de Trump, psiquiatras y psicólogos advirtieron de que nuestro peligroso y desordenado presidente era una amenaza para la seguridad nacional e internacional. El comportamiento errático de Trump como candidato en 2015-2016 y como presidente en 2017-2021 llevó al principio ético conocido como el «deber de advertir» del peligro que representaba.

El narcisismo maligno de Trump quedó bien establecido en su primer mandato, cuando afirmó que sabía más que nadie y que solo él podía solucionar nuestros problemas. La demonización de la prensa y de sus oponentes por parte de Trump, así como su trato a las minorías y su gestión de las cuestiones de inmigración, apuntaban a la paranoia. La separación de familias inmigrantes demostró la falta de empatía que acompaña al narcisismo. Su falta de control de los impulsos era especialmente preocupante en una era nuclear que no presenta controles y equilibrios reales sobre el papel de un comandante en jefe en relación con el uso de armas nucleares. Es la combinación de paranoia y control de impulsos lo más preocupante, porque puede conducir a actos destructivos.

Como resultado de su desempeño como presidente, Trump se enfrentó a un nivel inusual de críticas públicas por parte de sus propios nombramientos, entre ellos el jefe de gabinete John Kelly, el secretario de Estado Rex Tillerson, el asesor de seguridad nacional H. R. McMaster e incluso el director de inteligencia nacional Dan Coats. Las críticas de Tillerson, McMaster y Coats les costaron sus puestos de trabajo, y fueron reemplazados por leales en ese momento, como Mike Pompeo en el Departamento de Estado, John Bolton en el Consejo de Seguridad Nacional y John Ratcliffe como director de inteligencia nacional. La mayoría de sus nombramientos del primer mandato se negaron a apoyar sus esfuerzos para obtener un segundo mandato. Trump no se enfrentará a cuestiones de lealtad en su segundo mandato porque, sin excepción, sus actuales nombramientos le han mostrado fidelidad.

En su primer mandato, Trump declaró la guerra a la gobernanza, la inteligencia, la jurisprudencia, la diplomacia, la aplicación de la ley, el servicio público y la investigación de hechos, especialmente en la comunidad científica. Pero había «adultos en la sala» que eran capaces de desafiar e incluso moderar sus peores impulsos. Esta vez no habrá «adultos en la sala», ya que Trump ha nombrado a personas que también son impetuosas y autoritarias. La visión de «América primero» animó el primer y segundo discurso de investidura de Trump. Esta vez, Trump también ha afirmado que la intervención divina lo salvó de la bala de un asesino para que pudiera «hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande».

Trump declaró que sería un dictador desde el primer día y fue fiel a su palabra. Además de indultar a 1600 delincuentes de los disturbios del 6 de enero, Trump emitió una orden de inmigración inconstitucional que niega la ciudadanía por derecho de nacimiento, una violación de la 14ª enmienda de la Constitución que garantiza la ciudadanía a cualquier persona nacida en los Estados Unidos. Trump también restableció la orden de su primer mandato que creó una nueva clasificación para los funcionarios federales —el Anexo F— que pondría fin a las protecciones de la función pública y le permitiría eliminar a decenas de miles de personas de la nómina federal.

Los funcionarios de alto nivel del Departamento de Justicia y de la Agencia Central de Inteligencia son especialmente vulnerables. El primer día, Trump sustituyó a los líderes de tres de las fiscalías más importantes de Estados Unidos, además de destituir a funcionarios clave de las divisiones más importantes del Departamento de Justicia. Esto marcó el comienzo de la militarización del Departamento de Justicia. Estas medidas apuntan a la crisis democrática a la que se enfrenta la nación con un nuevo director de la Oficina Federal de Investigación (Kash Patel) con una lista de enemigos y una nueva directora de inteligencia nacional (Tulsi Gabbard) ansiosa por demostrar su lealtad a Donald Trump. Patel y Gabbard aún no han sido confirmados.

Mientras tanto, los nombramientos de Trump ya han dado pasos que van desde lo contraproducente hasta lo simplemente mezquino. El nuevo asesor de seguridad nacional, Michael Waltz, que no requiere confirmación del Congreso, ordenó que todos los empleados abandonaran la sala de crisis de la Casa Blanca antes del mediodía del 20 de enero, antes incluso de que Trump hubiera completado su juramento del cargo. La sala de crisis está ocupada por más de cien personas que no son nombramientos políticos. Muchos de ellos son cedidos por la comunidad de inteligencia para hacer frente a puntos sensibles de crisis internacionales. Como resultado de la orden de Waltz, no estarán en posición de informar al personal entrante. Presumiblemente, esta fue la forma en que Waltz demostró lealtad al nuevo presidente.

Un acto particularmente mezquino fue la eliminación del retrato del general Mark Milley del prestigioso pasillo del Pentágono, que cuenta con retratos de todos los exjefes del Estado Mayor Conjunto. Esto se hizo solo unas horas después de que el expresidente Joe Biden indultara a Milley. Trump ha sugerido que Milley podría ser ejecutado por traición debido a su llamada a su homólogo chino para asegurarle que Estados Unidos estaba «100 % estable» tras la insurrección del 6 de enero. El Pentágono se niega a decir quién ordenó la retirada del retrato de Milley, lo que ha contribuido a los temores entre los generales y almirantes de alto rango de que pronto se producirá una reorganización masiva. Pete Hegseth, aún a la espera de confirmación (ahora ya confirmado, nota del traductor), ha declarado en numerosas ocasiones que hay demasiados generales y almirantes de cuatro estrellas y que nadie está por encima de la revisión. Al igual que Waltz y Patel, Hegseth estará ansioso por demostrar su lealtad a Trump.

El hecho de que el inquietante discurso inaugural de Trump se pronunciara en el día festivo en honor al Dr. Martin Luther King se suma a la ansiedad que muchos de nosotros sentimos. El estado de derecho no significa nada para Donald Trump, que parece decidido a romper tradiciones e instituciones de larga duración. La idea de Trump de ley y orden es perdonar a los insurrectos que amenazaron con matar al vicepresidente Mike Trump.

El hecho de que tenga seguidores leales a MAGA, un Partido Republicano que apoya todos sus movimientos y un Tribunal Supremo dócil apunta a la aparición de unos Estados Unidos de América mucho menos democráticos. Una de las preguntas básicas en el estudio de la historia es si los líderes individuales dan forma a la historia o si las fuerzas históricas dan forma a los líderes individuales. Creo que pronto obtendremos una respuesta a ese dilema, y no será tranquilizadora.

 

México en primera línea contra el nuevo imperialismo de Estados Unidos

Romaric Godin

Donald Trump amenaza con imponer aranceles del 25% a partir del 1 de febrero. Las economías de los dos países son muy interdependientes, pero la nueva administración de Washington parece dar prioridad a su lógica de depredación.

Nada más tomar posesión de su cargo, Donald Trump apuntó a los dos principales socios comerciales de Estados Unidos, Canadá y México, amenazándoles con aranceles del 25% a partir del 1 de febrero si no «reducían» el flujo de migrantes y de fentanilo, un opiáceo destructivo, hacia Estados Unidos.

Vista desde México, la amenaza es motivo de preocupación. En los últimos diez años aproximadamente, el país ha experimentado un débil crecimiento. Su PIB per cápita, en paridad de poder adquisitivo y en dólares constantes, era menor en 2023 que en 2018, según el Banco Mundial. Pero desde hace dos años, un rayo de esperanza ilumina a sus dirigentes: el desarrollo de las exportaciones a Estados Unidos.

El año 2023 fue simbólico de este desarrollo: México destronó a China como primer socio comercial de bienes de Estados Unidos. Con 475.000 millones de dólares, los envíos mexicanos a su vecino del norte se han disparado más de un 25% (o 119.000 millones de dólares) desde 2019. Al mismo tiempo, los envíos de China han caído un 10,9% en el mismo período.

En 2024, la tendencia sigue siendo la misma. En los once primeros meses del año, las importaciones de bienes mexicanos sumaron 467.000 millones de dólares, un 8% más que en el mismo periodo de 2023. En 2023, México representaba el 16% de las importaciones estadounidenses, pero a cambio, las exportaciones a Estados Unidos representan el 80% del total mexicano.

La economía mexicana es, por tanto, muy dependiente de su vecino. Desde hace tres años, los anuncios de nuevas fábricas salpican la vida económica de México, reforzando un fenómeno que tiene tres fuentes. La primera es el establecimiento del Acuerdo Canadá-Estados Unidos-México (Aceum) por parte de la anterior administración Trump el 1 de julio de 2020. Este nuevo tratado reforzó la integración de las tres economías, en particular al supeditar la ausencia de derechos de aduana para los automóviles a un mínimo del 75% de componentes norteamericanos.

La segunda fuente de dependencia de México es la crisis sanitaria, que ha hecho tomar conciencia a muchas empresas estadounidenses de la importancia de disponer de centros de producción cerca de los lugares de consumo. Esta tendencia se ha visto reforzada por un tercer factor, la guerra comercial con China, iniciada en 2018 por Donald Trump y continuada por Joe Biden, que ha fomentado la inversión en regiones consideradas más seguras. Este fenómeno se conoce como nearshoring .

Todos estos factores han convertido a México en un proveedor lógico para Estados Unidos, por su cercanía, su integración en el mercado norteamericano y sus bajos costes laborales. México no ha ocupado directamente el lugar de China, como a menudo se cree. Por el contrario, las estrategias para evitar las sanciones contra China han consistido en establecer operaciones en el sudeste asiático, y la inversión china en México es muy pequeña (0,8% del total en 2024).

La producción mexicana refleja una dinámica propia, en particular la especialización en automóviles y piezas de automóviles (20% de las ventas mexicanas a Estados Unidos en 2022), máquinas-herramienta y determinados productos electrónicos como ordenadores (en total, 40% de las ventas). Así pues, México ha ido progresivamente ascendiendo en el mercado, pero con un fuerte sentido de la dependencia y sobre la base de la inversión extranjera. Así pues, el valor producido en México es captado en gran medida por grupos extranjeros, principalmente estadounidenses (que poseen el 40% del stock de inversión) y europeos, sobre todo españoles y alemanes (20% del stock).

El efecto ambivalente de los derechos de aduana

Partiendo de esta interdependencia, hay que analizar los efectos del aumento de los derechos de aduana al 25%. En una visión simplista, podríamos pensar que la producción mexicana se volvería inmediatamente demasiado cara, incitando a los grupos a deslocalizar sus actividades hacia Estados Unidos. Pero las cosas son más complicadas.

El proteccionismo sólo reduce las importaciones en determinadas condiciones y a un determinado coste. El giro proteccionista dado por Estados Unidos durante el primer mandato de Donald Trump, por ejemplo, no ha conducido a una reindustrialización masiva del país, ni siquiera a la deslocalización de la producción china gravada.

Esto se debe a que, inicialmente, el aumento de los derechos de aduana provoca una subida de los precios, cuyo objetivo es mantener los márgenes de beneficio. Cuando este aumento resulta insostenible para la demanda, puede plantearse un cambio en el origen de la producción, pero esto no significa automáticamente la relocalización hacia el país que grava los productos.

Esto implica un cálculo complejo que tiene en cuenta muchos factores, entre ellos la magnitud de las inversiones en los centros de producción y las diferencias en los costes laborales. Por no hablar del estado de las cadenas de suministro y de la competitividad no relacionada con los costes de los nuevos centros de producción (infraestructuras, calidad de la mano de obra, fiscalidad).

Desde 2018, una gran parte de la producción final destinada a Estados Unidos se ha trasladado a países del sudeste asiático, pero estos centros siguen siendo propiedad de grupos chinos y dependen en gran medida de los suministros chinos. En otras palabras, esto permite eludir los derechos de aduana, preservando al mismo tiempo la mayor parte de la cadena de producción.

La situación podría ser similar para México. El país es un eslabón esencial en la cadena de suministro de la automoción o la electrónica para los grupos estadounidenses. Su fuerza reside en que se beneficia de numerosos acuerdos de libre comercio, lo que lo convierte en un nodo ideal para las cadenas logísticas hacia Estados Unidos. La magnitud del stock de inversión estadounidense, cercano a los 300.000 millones de dólares, sugiere que la producción mexicana no será abandonada, sino integrada en un nuevo esquema en el que México seguirá siendo central.

Es concebible que parte de la producción mexicana se utilice para abastecer a plantas de ensamblaje en países menos afectados por los aranceles estadounidenses. No sabemos si los aumentos de los derechos de aduana se generalizarán, lo que podría llevar a trasladar parte de la producción mexicana a Asia, o incluso a China. En cuanto a la deslocalización a Estados Unidos, sería necesariamente parcial y estaría limitada en gran medida por la cuestión de los costes laborales.

El salario medio de la industria manufacturera en Estados Unidos es de 30,98 dólares por hora, según la Oficina de Trabajo estadounidense. En comparación, los salarios mexicanos siguen siendo extremadamente bajos, entre 4,5 y 5 dólares la hora. Así que no es seguro que unos aranceles del 25% basten para animar a dejar de producir en México. Tanto más cuanto que los aranceles deberían reducir el valor del peso mexicano, lo que compensaría su efecto sobre los precios.

En caso de relocalización, los grupos no sólo tendrían que soportar un fuerte aumento de los costes de producción, sino que también verían depreciarse sus inversiones mexicanas. Por supuesto, Donald Trump dice ofrecer energía abundante y barata a los fabricantes, mientras que esto es una debilidad para México. Pero su política migratoria presionará al alza los salarios. La única solución, entonces, sería que la administración estadounidense apoye estas deslocalizaciones con ayudas masivas permanentes y ejerza una presión a la baja sobre los salarios. Contrariamente a la creencia popular, el proteccionismo suele ir acompañado de represión social.

¿Un objetivo político?

La relación de interdependencia entre México y Estados Unidos es estrecha y sin precedentes. Por supuesto, México se verá debilitado por los aranceles, porque las nuevas inversiones serán inevitablemente más débiles y parte de la producción se verá sometida a presión. Pero no es seguro que Estados Unidos tenga mucho que ganar con ello, dada la presión que se ejercerá sobre los márgenes de los fabricantes.

México también podría tomar conciencia de su altísima dependencia de Estados Unidos y del considerable coste que supone para su desarrollo. Esto supondría, sin duda, un cambio total de perspectiva para la clase política mexicana, incluida la de izquierdas, que ha confiado masivamente en esta interdependencia. En el contexto de la competencia entre las grandes potencias, las instalaciones productivas de México también podrían interesar a otros inversores, entre ellos China. Ver llegar a la República Popular a las puertas del Río Grande sería, cuando menos, un efecto irónico del trumpismo....

La guerra comercial con México que pretende iniciar el nuevo presidente es, por tanto, altamente arriesgada. Mientras pretende continuar su pulso con Pekín, parece decidido a sabotear su relación con un país geográficamente cercano y que siempre ha buscado mantener buenas relaciones con Estados Unidos, especialmente desde 2018. Una hipótesis sería que la amenaza de aranceles le permitiría sobre todo obtener concesiones políticas. Reflejarían entonces la nueva lógica imperialista de Estados Unidos, que no conoce aliados sino vasallos supeditados a sus propios intereses.

La Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha señalado que está dispuesta al diálogo, pero «no a la sumisión». Ya en noviembre, habló de medidas comerciales de represalia. En 2018, el entonces presidente mexicano, Rafael Peña Nieto, se enzarzó en un tira y afloja con Donald Trump por los aranceles antes de que su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, negociara con Washington. Las conversaciones desembocaron en el acuerdo de Aceum. Pero ahora la situación es muy distinta. El Donald Trump de 2025 rechaza el acuerdo negociado por el Donald Trump de 2017.

Queda el problema de saber cuáles son los objetivos de la Casa Blanca, cuando el Gobierno mexicano ya ha reducido considerablemente los cruces ilegales de la frontera, ha detenido en gran medida las caravanas de migrantes e incluso ha aumentado las incautaciones de fentanilo en los últimos meses.

¿Quiere Washington intervenir directamente contra los cárteles, declarados grupos terroristas extranjeros en uno de los primeros decretos de Donald Trump, en territorio mexicano? De ser así, México tendría que abdicar de su soberanía, lo que, una vez más, refleja las nuevas formas de hegemonía estadounidense que consideran el continente norteamericano como su territorio. Esto dará lugar, sin duda, a nuevas exigencias, incluidas las económicas. Pero es probable que sea políticamente inaceptable para Claudia Sheinbaum.

La ofensiva contra México prueba el sentido de omnipotencia de Donald Trump, resumido por el representante republicano Andy Ogles quien, al presentar un proyecto de ley que autoriza al presidente a negociar la compra de Groenlandia, proclamó: «Somos francamente el depredador dominante.» La dependencia de México lo convierte en presa fácil, y las amenazas de represalias de Claudia Sheinbaum no se toman en serio. Ésta es también la consecuencia de la visión neocolonial de la nueva administración: este sentimiento de superioridad hace que ignore o subestime el impacto que tendría para Estados Unidos una guerra comercial con México.

Este primer episodio de diplomacia arancelaria marca la pauta de la nueva presidencia de Trump: ya no hay aliados para Estados Unidos, sólo víctimas. En primera línea, el Gobierno mexicano tiene que elegir ahora entre la sumisión pura y dura o el abandono de su política de dependencia del vecino del norte. En cualquiera de los dos casos, el proceso será doloroso y con mucho riesgo.

 

El Picnic de los oligarcas: qué hay en el menú cuando los oligarcas de Trump negocian con los oligarcas de Putin

John Helmer

 

Si hoy te adentras en el bosque, te espera una gran sorpresa

Si hoy te adentras en el bosque, será mejor que vayas disfrazado

Porque todos los oligarcas que ha habido

Se reunirán allí con seguridad porque

Hoy es el día en que los oligarcas hacen su picnic.

Todos los oligarcas que se han portado bien están seguros de que hoy habrá un regalo

Hay muchas cosas maravillosas para comer y juegos maravillosos para jugar

Debajo de los árboles donde nadie ve

Jugarán al escondite todo el tiempo que quieran

Así es como los oligarcas hacen su picnic.

No hay mucha diferencia, políticamente hablando, entre los ositos de peluche de la vieja canción, los oligarcas que creen que acaban de poner a Donald Trump en el poder y los oligarcas que creen que han mantenido a Vladimir Putin en el poder desde 1999. Todos quieren lo mismo: «un capricho hoy, cosas maravillosas para comer y juegos maravillosos para jugar».

En una palabra, dinero en tramos de miles de millones de dólares. Y como creen esto, le han dicho a Trump y a Putin que una vez que lleguen al picnic que han planeado en el campo de batalla de Ucrania, estarán obligados a ponerse de acuerdo sobre lo que quieren hacer juntos.

Por supuesto, será en secreto, «bajo los árboles donde nadie ve».

Entre 1911 y 1915, durante la Primera Guerra Mundial, Robert Michels, un sociólogo italiano, explicó que esto era algo muy común. No solo describió la inevitabilidad de que los oligarcas llegaran a dominar los gobiernos y las organizaciones de la oposición en ambos bandos de esa guerra; esto lo llamó la «ley de hierro de la oligarquía». También informó de que la propia guerra aceleraría el proceso por el cual esta dominación oligárquica en ambos bandos dictaría el resultado para satisfacer los intereses comunes de ambos.

«Nunca es mayor el poder del Estado», escribió Michels, «y nunca son menos efectivas las fuerzas de los partidos políticos de la oposición que al estallar la guerra. Esta deplorable guerra, que llega como una tormenta en la noche, cuando todos, cansados de las labores del día, se sumían en un merecido sueño, hace estragos en todo el mundo con una violencia sin precedentes, y con tal falta de respeto por la vida humana y de consideración por las creaciones eternas del arte que pone en peligro los propios pilares de una civilización que data de hace más de mil años». (Para más información sobre la ley de hierro de Michels de la oligarquía aplicada a Rusia, lea esto.)

Hoy estamos más o menos en el mismo punto, pero los oligarcas piensan en términos comerciales, no sociales o éticos. Para los oligarcas, el punto en ambos lados es que la guerra de sanciones de los últimos tres años ha creado la mayor brecha entre el valor real de los activos y el valor comercial que existe en el mercado global hoy en día: esta es la brecha entre el valor rentable anterior a la guerra de los productos básicos, recursos y activos corporativos rusos y su precio descontado bajo las sanciones. Para los oligarcas de ambos bandos, la cuestión es cómo ganar dinero cerrando esta brecha a través de las negociaciones de fin de guerra.

Se pidió a un puñado de fuentes rusas lo suficientemente cercanas a los oligarcas rusos que predijeran cuáles serán los términos de fin de guerra que los oligarcas rusos y estadounidenses presionarán a sus presidentes para que acepten. Estos son los términos que predicen.

·       Petróleo y gas. Los rusos creen que es poco probable que se llegue a un acuerdo para relajar las sanciones actuales porque los oligarcas estadounidenses han convencido a Trump de que utilice las sanciones para aumentar el precio, la rentabilidad y la cuota de mercado internacional del petróleo y el gas estadounidenses. La última amenaza de Trump es la prueba. «Voy a hacerle un gran FAVOR a Rusia, cuya economía está fallando, y al presidente Putin», declaró Trump el 22 de enero. «¡Lleguen a un acuerdo ahora y DETENGAN esta guerra ridícula! SOLO VA A EMPEORAR. Si no llegamos a un «acuerdo», y pronto, no tendré más remedio que imponer altos niveles de impuestos, aranceles y sanciones a todo lo que Rusia venda a Estados Unidos y a otros países participantes». Una fuente rusa cree que la última frase de Trump significa que se dirigirá a los principales beneficiarios del actual comercio con descuento de petróleo y gas rusos: China e India. Las fuentes rusas creen que el objetivo de Trump será evitar que el precio del petróleo suba por encima de los 80 dólares por barril o caiga por debajo de los 60 dólares. «Esto será contraproducente», añade una fuente de la industria petrolera. «[El primer ministro Narendra] Modi pretende convertir a la India en una superpotencia petrolera. La guerra de sanciones de EE. UU. le está ayudando a conseguirlo. Trump no tendrá forma de impedirlo».

·       Aviones Boeing. En los últimos cinco años, Boeing Corporation ha perdido casi la mitad de su capitalización bursátil. La seguridad, la gestión, la logística y otros factores también han hecho que la empresa pierda cuota de mercado internacional en el sector aeronáutico y han llevado a especular con una división de activos.

Una fuente rusa cree que una relajación de las sanciones sobre la operación rusa de su flota aérea de Boeing sería el tipo de rescate que Boeing necesita. Es comparable, recuerda la fuente, al intento de salvar a General Motors en bancarrota vendiendo su división Opel al grupo Russian Machines de Oleg Deripaska, un acuerdo que Hillary Clinton detuvo en 2009.

·       Bienes inmuebles. Los oligarcas rusos como Roman Abramovich y Oleg Deripaska poseen propiedades inmobiliarias palaciegas en Estados Unidos, en Manhattan, Washington D. C., así como en zonas turísticas de Colorado y Florida. Se cree que el tipo de acuerdo que favorecen Trump y su familia es relajar las sanciones para permitir que estas personas recuperen el acceso a sus propiedades en Estados Unidos o que puedan vender sus bienes inmuebles a cambio de dinero convertible. La posibilidad de que tal conversión genere un gran margen de beneficio para los compradores relacionados con Trump es un soborno legal.

·       Redolarización. En su discurso de campaña ante el Club Económico de Nueva York el pasado mes de septiembre, Trump argumentó que la guerra de sanciones era mala para el dólar estadounidense porque «en última instancia, acabará con el dólar y con todo lo que representa. Tenemos que seguir teniendo esa moneda como moneda mundial... Creo que si perdemos el dólar como moneda mundial, sería el equivalente a perder una guerra. Eso nos convertiría en un país del tercer mundo... estás perdiendo a Irán; estás perdiendo a Rusia. China está ahí fuera tratando de que su moneda sea la dominante... quiero utilizar las sanciones lo menos posible». Por lo tanto, fuentes rusas esperan una relajación de la exclusión de Rusia del sistema de pagos SWIFT y otras medidas para aumentar la influencia del Banco Central Ruso y de su gobernadora, Elvira Nabiullina, en la toma de decisiones del Kremlin.

·       Cielos libres. El sobrevuelo de Rusia y otras limitaciones de rutas aéreas fueron en gran medida autoimpuestas por las aerolíneas estadounidenses, europeas y de los estados aliados, lo que provocó represalias por parte de Rosaviatsiya, la Agencia Federal de Transporte Aéreo. El efecto ha sido la presión de los costes sobre las aerolíneas occidentales y la pérdida de cuota de mercado. Es probable que Trump se atribuya el mérito de la apertura de los cielos al levantar las restricciones estadounidenses y presionar a la Unión Europea para que haga lo mismo.

·       El centro de operaciones de Dubái, el cierre de Chipre. La Administración Biden forzó el cierre de las estructuras de evasión fiscal de los oligarcas rusos en Chipre, y provocó su reubicación en los Emiratos Árabes Unidos (EAU), en particular en Dubái. Una fuente reconoce: «utilizan el sistema SWIFT y todo lo que hacen es totalmente transparente para los estadounidenses. Las tres últimas listas de sanciones incluyen tantas entidades de los EAU que cabe esperar que compartan toda la información sobre flujos financieros que exigen los estadounidenses. Sin embargo, a diferencia de los chipriotas, los emiratíes no están atacando a los rusos. Chipre ha sido diferente en varios aspectos. Los chipriotas blanquearon dinero activamente para los oligarcas a través de precios de transferencia y otros esquemas durante 25 años. Han sido el principal centro offshore para la salida de capital ruso sin ningún servicio real para el comercio. Por el contrario, Dubái presta servicios comerciales y es más que un centro extraterritorial para la transferencia de capital, es mucho más. Los chipriotas vendían pasaportes a los oligarcas y se embolsaban mucho dinero. Los EAU no han hecho eso. Bajo la presión de EE. UU., los chipriotas vendieron a todos sus rusos y se convirtieron en uno de los estados más desagradables de la UE en su actitud antirrusa. Trump puede presionar a Dubái para que haga lo mismo, pero no tendrá éxito. Los EAU mantendrán su papel: están sustituyendo a Chipre, Londres e incluso Amberes en el comercio de diamantes. Esto se debe a que son el centro perfecto para que los rusos inviertan en sus sistemas de transporte marítimo, seguros y liquidación comercial con India y China.

¿Cómo pagarán los osos su picnic?

Con memecoins y criptomonedas, añade una fuente de Moscú. "Creo que Trump será muy amable con los emiratíes y también con los saudíes". Personas como Justin Sun (es el cerebro y el operador detrás de los planes de criptomonedas de Donald y Melania Trump) y Pavel Durov de Telegram protegen el núcleo de sus negocios en los EAU, y esos son negocios de los que Trump y su familia ya se están beneficiando. Es donde eventualmente pueden acumular su riqueza. Los oligarcas de Trump y los oligarcas de Putin también.

 

Canadá contra Trump en materia de comercio: el tipo del «arte del trato» nos la está jugando

Comentarios sobre el comercio, los aranceles y la dependencia entre EE. UU. y Canadá

Critic of Political Economy

Con el regreso de Donald Trump, parece como si nos hubieran enviado de vuelta a 2016, cuando los aliados de EE. UU. corrian como pollos sin cabeza. No es tanto que Trump sea un genio, a pesar de ser un político hábil, sino que el inmenso poder de la presidencia le permite intimidar a otros estados con poca o ninguna estrategia. Yo no diría que no tiene ningún as bajo la manga, ya que siempre he visto que Trump sigue un patrón bastante claro. Consiste en 1) hacer una petición ridícula a la gente, 2) seguir presionando para causar pánico y 3) usar esa presión para conseguir concesiones. No sé si esto es algo de lo que Trump habla en The Art of the Deal, pero no me extrañaría. Como presidente, funciona.

La coherencia lógica, por supuesto, no importa. Los liberales piensan que señalar que Trump es un mentiroso es algo propio, lo cual es gracioso teniendo en cuenta que todos los presidentes de EE. UU. tienen un doctorado en mentir y engañar. Eso es parte del trabajo. No importa que Trump fuera quien quiso prohibir TikTok, o que fuera quien renegoció recientemente el TLCAN pero ahora diga que el comercio entre los países sigue siendo injusto. Esto es solo una maniobra política.

En este sentido, quería destacar brevemente algunos datos sobre el comercio entre Canadá y EE. UU. Cualquiera que no esté viviendo en una cueva sabe que Trump amenaza a sus dos mayores socios comerciales, Canadá y México, con un 25 % de aranceles a partir del 1 de febrero. Por lo tanto, pensé que sería interesante destacar un poco el contenido del comercio entre EE. UU. y Canadá para que la gente tenga más contexto.

No hace falta decir que el comercio entre Estados Unidos y Canadá es una fuente fundamental de actividad económica para ambos estados:

"Estados Unidos y Canadá tienen una de las relaciones comerciales bilaterales más importantes del mundo, que incluye mercados energéticos y automovilísticos altamente integrados" (Kitamura, p. 1).

El gran volumen de comercio no puede ser subestimado. Canadá exportó el 77 % de sus bienes e importó la mitad de los EE. UU. en 2023. En lo que respecta a la inversión extranjera directa, los EE. UU. son la mayor fuente de capital en Canadá, con alrededor de 455 000 billones de dólares, y Canadá es la tercera mayor fuente de IED en los Estados Unidos, con 671 700 billones.

El artículo de mayor valor, y uno que tiene implicaciones importantes para una guerra comercial, es el comercio de petróleo crudo. Canadá es el mayor proveedor de importaciones energéticas de EE. UU., incluyendo «petróleo crudo, gas natural y electricidad». (Kitamura, p. 1)

De hecho, EE. UU. y Canadá solo se han vuelto más interdependientes en los últimos años en lo que respecta al petróleo:

"La participación de Canadá en las importaciones de petróleo crudo de EE. UU. en cantidad aumentó del 33 % (924 millones de barriles) en 2013 al 60 % (1400 millones de barriles) en 2023" (Kitamura, p. 1).

Si desglosamos aún más el comercio, nos hacemos una idea de cómo se obtienen varios insumos clave de Canadá. Estados Unidos importa el 27 % de su uranio, el 70 % de su aluminio en bruto, casi el 90 % de su potasa y, por supuesto, alrededor del 60 % de sus importaciones de petróleo crudo de Canadá (véase Trew 2025).

La relación ha estado sujeta a varios acuerdos comerciales diferentes, el más reciente de los cuales se negoció bajo la administración Trump.

"Durante los últimos 35 años, las relaciones comerciales entre EE. UU. y Canadá se han regido primero por el Tratado de Libre Comercio entre EE. UU. y Canadá de 1989, luego por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994 y ahora por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) de 2020" (Kitamura, p. 1).

El USMCA cubre varias áreas de importancia para los tres estados, incluyendo vehículos de motor, productos lácteos, DPI, energía, trabajo y medio ambiente y adquisiciones gubernamentales en general.

Algunos de los cambios más importantes incluyeron el aumento de las «normas de origen» para incrementar el número de componentes fabricados en Norteamérica. Además, se concedió a EE. UU. un mayor acceso a los mercados lácteos canadienses, ya que estos mercados están estrictamente controlados por el «sistema de gestión de la oferta» de Canadá.

Hay mucho más que discutir potencialmente, pero quiero pensar un poco en una posible situación arancelaria. Como destaca Stuart Trew del Canadian Center for Policy Alternatives, la situación crearía precariedad económica para ambos países. En particular, Canadá tiende a tener precios más altos de los alimentos, y estos aranceles solo empeorarían las cosas.

Pero, ¿es todo un farol? ¿De verdad Trump va a poner un arancel a cosas como el petróleo, lo que sabemos que cabrearía a muchos estadounidenses? Subir los precios del petróleo es la forma que tienen los estadounidenses de decir «este presidente la ha cagado». Así que, en muchos sentidos, es poco probable. Si Canadá tomara represalias con algo como aranceles e impuestos a la exportación, podría afectar mucho a las empresas. Como señala Trew, las empresas estadounidenses necesitan insumos canadienses:

"La demanda estadounidense de estas exportaciones canadienses clave es inelástica, lo que significa que es poco probable que la demanda cambie mucho incluso con las fluctuaciones de precios. Por lo tanto, es poco probable que un impuesto a la exportación afecte el flujo del comercio canadiense hacia Estados Unidos, pero aumentaría los costos para los compradores estadounidenses, incluidas las refinerías de petróleo crudo, las centrales nucleares, la agricultura, las industrias derivadas que dependen del gas natural (por ejemplo, productos químicos) y los fabricantes estadounidenses que dependen del aluminio canadiense".

Por lo tanto, dado que no hay ninguna posibilidad de que se produzca un cambio importante en la demanda, y no existen otras fuentes razonables de estos valores de uso, Canadá podría, en teoría, aplicar medidas para obtener más ingresos en este caso.

¿Qué va a pasar ahora? Supongo que, al igual que con Trump, se negociará algo después de más amenazas y alguna acción. Pero no tengo ni idea, no soy un experto en comercio. Lo único que sé es que la posibilidad de que Estados Unidos se «desvinculen» de Canadá es nula, y que lo que va a pasar es otra ronda de renegociación de los términos de comercio entre los estados.

Obras citadas

Kitamura, Kyla H. «U.S.-Canada Trade Relations». Congressional Research Service, 14 de enero de 2025. https://crsreports.congress.gov/product/pdf/IF/IF12595.

Villarreal, M Angeles, Kyla H Kitamura y Danielle M Trachtenberg. «U.S.-Mexico-Canada (USMCA) Trade Agreement». Servicio de Investigación del Congreso, 6 de diciembre de 2024. https://crsreports.congress.gov/product/pdf/IF/IF10997.

Trew, Stuart. «Para responder a los aranceles de EE. UU., Canadá debería golpear a Trump donde más le duele». CCPA (blog), 17 de enero de 2025. https://www.policyalternatives.ca/news-research/to-respond-to-u-s-tariffs-canada-should-hit-trump-where-it-hurts/.

 

 

 
es un economista estadounidense, profesor de Ciencias Económicas en la Universidad de Missouri-Kansas City e investigador en el Levy Economics Institute del Bard College, además de exanalista de Wall Street, consultor político, comentarista y periodista. Es colaborador de The Hudson Report, un podcast semanal de noticias económicas y financieras producido por Left Out. Autor de varios libros, su nuevo libro, The Destiny of Civilization, será publicado por CounterPunch Books el próximo mes.
 
es miembro sénior del Center for International Policy y profesor de Gobierno en la Universidad Johns Hopkins. Exanalista de la CIA, Goodman es autor de Failure of Intelligence: The Decline and Fall of the CIA y National Insecurity: The Cost of American Militarism. y A Whistleblower at the CIA. Sus libros más recientes son American Carnage: Las guerras de Donald Trump (Opus Publishing, 2019) y Contener el Estado de Seguridad Nacional (Opus Publishing, 2021). Goodman es columnista de seguridad nacional para counterpunch.org.
 
periodista desde 2000. Se incorporó a La Tribune en 2002 en su página web, luego en el departamento de mercados. Corresponsal en Alemania desde Frankfurt entre 2008 y 2011, fue redactor jefe adjunto del departamento de macroeconomía a cargo de Europa hasta 2017. Se incorporó a Mediapart en mayo de 2017, donde sigue la macroeconomía, en particular la francesa. Ha publicado, entre otros, La monnaie pourra-t-elle changer le monde Vers une économie écologique et solidaire, 10/18, 2022 y La guerre sociale en France. Aux sources économiques de la démocratie autoritaire, La Découverte, 2019
 
periodista nacido en Australia y corresponsal en el extranjero afincado en Moscú (Rusia) desde 1989
 
es un blog de Economia Política de un investigador interesado en el Estado, la política de clases, la política pública, la política internacional, el trabajo y la moneda.
Fuente:
Counterpunch, 24 y 27/01/25; Mediapart, 24/01/25; Dances with Bears, 13/01/25; Substack de Critic of Political Economy, 15/01/25
Traducción:
Antoni Soy Casals