3.4.26

La rendición de Trump

Fabrizio Mejía Madrid

"Lo que digo es que no hay victoria posible porque no existen objetivos claros. Tampoco quién encabeza la guerra".

Donald Trump anunció hace unos días que Estados Unidos terminaría su bombardeo en Irán en “dos o tres semanas”. Se rindió frente al cierre del Estrecho de Ormuz. Se rindió también ante el supuesto uranio almacenado. Se rindió ante el cambio de régimen diciendo que el hijo del asesinado líder supremo es menos radical y más amable. Confunde el cambio de régimen con el cambio de personas y ni siquiera pudo hacer un cambio de familia.

Esta es una guerra que nunca tuvo un objetivo claro y tampoco un país que la encabezara. Veamos. El 28 de febrero dijo que era para que Irán no produjera un arma nuclear. Era el mismo argumento que había utilizado en junio de 2025 para, según él, “borrar” las instalaciones supuestamente nucleares de los iraníes. Según esto, Irán fue capaz de volver a construir sus reactores en ocho meses. Construir un reactor nuclear requiere de entre seis y diez años. Según Trump, Irán lo habría hecho en ocho meses. Ahí hay una primera mentira: o en junio no “arrasó” con las instalaciones o Irán no iba a producir nada. Las dos cosas no pueden ser ciertas. Además, Trump se refirió a su guerra con Israel en Asia Occidental como “un pequeño viaje”.  

Hay que recordar que, primero, la administración de Trump trató de hacer una revolución de colores en Irán aprovechando el casi nulo valor de su moneda y el desabasto de alimentos. No salió. Luego, hicieron tres rondas de negociaciones para lo del uranio. Hay que recordar que unas horas antes del ataque, el ministro de Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, había dicho que la tercera ronda de negociaciones indirectas entre EU e Irán en Ginebra ---cito---: “era una que alcanzará la paz porque Irán se ha comprometido a no almacenar uranio enriquecido y que acepta las inspecciones del órgano internacional de regulación de la energía nuclear”. Las pláticas habían sido entre el ministro iraní Abbas Araghchi y los enviados de Trump, incluidos Steve Witkoff y Jared Kushner, su yerno. Así que muy probablemente la bomba nuclear de Irán sea como tan real como las “armas de destrucción masiva” de Sadam Hussein en la última guerra en Iraq. Pero pronto cambió de objetivo. Tres días después, el 2 de marzo, Trump dijo que era para cambiar el régimen de Irán y que alentaba a la oposición interna a tomar las calles. Las mismas calles que estaban siendo bombardeadas. Lo que sucedió no fue el final del régimen que se había fortalecido con los ataques de junio, sino el asesinato del líder Supremo de Irán, una figura sagrada que provocó que los combatientes iraníes vieran su muerte como un sacrificio. Ya, al final, dijo que era para abrir el Estrecho de Ormuz y alentó a los países europeos y asiáticos a ayudarle a destrabarlo. Todos se negaron. Ahora mismo dice que no es su problema porque Estados Unidos tiene mucho petróleo y, además, se robó el de Venezuela. Esto, aunque la propia administración gringa dice que Estados Unidos importó en enero pasado 139 mil barriles de pertróleo por día. La autosuficiencia petrolera es también una mentira. No dijo nada de su absoluta dependencia de los fertilizantes que pasan por el Estrecho de Ormuz. La urea, por ejemplo, ha subido el doble, de 450 la tonelada a 860 dólares. Luego tenemos el caso del helio que no puede ser almacenado más allá de mes y medio y que sirve para enfriar semiconductores, sean de las máquinas resonancia magnética en los hospitales o en la fabricación de chips. Además, el precio del barril aumenta globalmente, no en lo nacional. Ha aumentado el 33 por ciento la gasolina y el gas en Estados Unidos.

Pero bueno. Lo que digo es que no hay victoria posible porque no existen objetivos claros. Tampoco quién encabeza la guerra. Marco Rubio dijo que había sido Israel quien decidió atacar primero y que EU simplemente lo secundó. Luego, Trump le echó la culpa a su yerno por malinterpretar las negociaciones y, todavía después, a su extraño Secretario de Guerra por no pensar que Irán atacaría a los países del Golfo Pérsico y que cerraría Ormuz. Ahora él asume la guerra como victoria.   

Sigue Trump: “Ésta noche, hace apenas un mes que el ejército de Estados Unidos inició la Operación Furia Épica, dirigida contra Irán, el principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo. En estas últimas cuatro semanas, nuestras fuerzas armadas han logrado victorias rápidas, decisivas y contundentes en el campo de batalla. Victorias como pocas personas han visto antes. Esta noche, la armada iraní ha sido destruida. Su fuerza aérea está en ruinas. Sus líderes, la mayoría de ellos, el régimen terrorista que dirigían, están muertos. Su mando y control sobre el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está siendo diezmado en este preciso instante. Su capacidad para lanzar misiles y drones se ha visto drásticamente reducida. Y sus armas, fábricas y lanzacohetes están siendo destruidos por completo. Quedan muy pocos”.

Aquí hay varias cosas que decir. La primera es que se pueden ganar todas las batallas y perder una guerra. Eso ocurrió en Vietnam y Afganistán. Ni el Frente de Liberación Nacional de Ho Chi Minh y Le Duan ganaron una sola batalla y, aún así, Estados Unidos fue derrotado. Lo mismo con los talibanes quienes, diez años después, siguen en el poder en Afganistán. La segunda es que no son la armada, marina, y guardia lo que sostiene en este momento la defensa de Irán, sino los misiles, hackeos, radares, y el cierre del Estrecho de Ormuz.

También dice Trump: “Cancele el acuerdo nuclear con Irán de Barack Hussein Obama, un desastre. Obama les dio mil 700 millones de dólares en efectivo. Dinero en efectivo, dinero verde, lo sacó de bancos de Virginia, Washington D.C. y Maryland. Todo el efectivo que tenían. Lo transportó en avión en un intento de comprar su respeto y lealtad, pero no funcionó. Se rieron de nuestro Presidente y siguieron adelante con su misión de obtener una bomba nuclear. Su acuerdo con Irán habría dado lugar a un arsenal colosal de armas nucleares para Irán. Las habrían tenido hace años, las habrían usado y el mundo habría sido diferente. En mi opinión —y la de muchos expertos—, no existirían ni Oriente Medio ni Israel ahora mismo si no hubiera cancelado ese terrible acuerdo. Me sentí muy honrado y orgulloso de hacerlo, pero fue un desastre desde el principio”.

Aquí habría que decir que Obama no les pagó mil 700 millones de dólares a los iraníes a cambio de que ya no produjeran una bomba nuclear. Fue una indemnización que Estados Unidos tenían desde 1979 cuando le prometió al Sha de Irán 400 millones en armas y no se las entregó. El litigio fue al Tribunal de La Haya que reconoció la deuda. No fueron mil 700 sino 400. Tampoco fue en dólares en efectivo, sino en euros y francos suizos porque Irán no tiene acceso al sistema bancario internacional, debido a las sanciones. Las sanciones se remontan a 1984 cuando Ronald Reagan los responsabiliza de un atentado en Líbano y les quita el acceso al sistema financiero. Luego, en 1996, Bill Clinton impide que los inversionistas de petróleo y gas lleguen a Irán. De 2006 a 2010 la ONU impone sanciones extras hasta que se llega al acuerdo con Obama en 2015 y las restricciones se aflojan. Pero es la primera presidencia de Trump que regresa todas las sanciones hasta hacerlas las más difíciles de sortear, como en Venezuela y Cuba.

Ahora, mucho más importante es el acuerdo de Obama con Irán. El único problema con ese acuerdo fue que no lo firmó Trump. La Comisión de Energía de la Unión Europea le dio seguimiento y verificó cómo Irán desmanteló sus plantas y no almacenó más uranio. Así que cuando en 2018, Trump desbarató el acuerdo, no había nada de malo con él. Pero Trump descarta toda esa historia y se presenta como el gran salvador. Dice: “En esencia, hice lo que ningún otro Presidente estuvo dispuesto a hacer. Cometieron errores y yo los estoy corrigiendo (…) Durante años, todos han dicho que Irán no puede tener armas nucleares. Pero al final, son solo palabras. Si no están dispuestos a actuar cuando llegue el momento.”

Según él este era el momento aunque todo indica que miente. Lo que no dice es que los únicos motivos para esta guerra eran los intereses de Israel en la región, su idea de invadir Líbano, y su delirante derecho divino a quitarle a los demás pueblos el derecho a existir.

Luego, Trump trató de calmar a los consumidores que han visto una inflación de 2.4 y un desempleo del 4.5. Dice: “Estados Unidos nunca ha estado mejor preparado económicamente para afrontar esta amenaza. Todos lo saben. Construimos la economía más fuerte de la historia. Estamos viviendo ahora mismo la más fuerte de la historia. Y en un año, hemos transformado un país muerto y debilitado”. Aquí tengo que interrumpir a Trump y despertar a quien le redacta los discursos. Un país no puede estar muerto Y debilitado. Si ya está muerto no tiene sentido preguntarnos por su fortaleza. Sigue Donald: “Me duele decirlo, pero éramos un país muerto y debilitado tras la administración anterior y lo hemos convertido en el país más próspero del mundo, con una diferencia abismal, sin inflación, con inversiones récord en Estados Unidos (más de 18 billones de dólares) y el mercado bursátil más alto de la historia, con 53 máximos históricos en tan sólo un año. Todo esto nos preparó para erradicar un cáncer que llevaba mucho tiempo latente. Se le conoce como el Irán nuclear, y no sabían lo que se les venía encima. Jamás lo habrían imaginado”. Lo de la inversión de 18 billones de dólares es una mentira en despoblado. 18 billones de dólares son tres cuartas partes del PIB total de Estados Unidos en 2024. Es imposible atraer una inversión de ese tamaño en un año que lleva Trump. La Oficina de Análisis Económico del Departamento de Comercio de los Estados Unidos ha dicho que la inversión es de 151 mil millones de dólares, es decir, 133 mil millones de dólares menos de lo que repite Trump.

Pero la mentira no lo detiene en su afán de hablar de sí mismo en tercera persona. Dice: “Gracias a las políticas de la administración Trump, producimos más petróleo y gas que Arabia Saudita y Rusia juntas”. Esto es inexacto porque Estados Unidos produce 13 millones de barriles diarios y Rusia más Arabia llegan a 20 millones. Pero se le perdona su inexactitud porque viene lo bueno: su rendición sobre lo que provocó su guerra junto con Israel, el cierre del Estrecho de Ormuz. Dice: “Estados Unidos prácticamente no importa petróleo a través del Estrecho de Ormuz y no lo hará en el futuro. No lo necesitamos. No lo hemos necesitado, y no lo necesitamos. Hemos derrotado y diezmado por completo a Irán. Están diezmados militar y económicamente, y en todos los demás aspectos. Y los países del mundo que reciben petróleo a través del Estrecho de Ormuz deben cuidar ese paso. Deben valorarlo. Deben aprovecharlo y valorarlo. Podrían hacerlo fácilmente. Les ayudaremos, pero deberían tomar la iniciativa para proteger el petróleo del que dependen desesperadamente. Ármense de valor. Deberían haberlo hecho antes. Deberían haberlo hecho con nosotros, como les pedimos. Vayan al frente y simplemente tómenlo, protéjanlo, úsenlo para ustedes. Irán ha sido prácticamente diezmado. Lo más difícil ya está hecho, así que debería ser fácil. Y en cualquier caso, cuando termine este conflicto, el estrecho se abrirá naturalmente. Simplemente se abrirá. Querrán vender petróleo porque es lo único que tienen para intentar reconstruir. El flujo se reanudará y los precios del gas bajarán rápidamente. Las cotizaciones bursátiles volverán a subir rápidamente. Francamente, no han bajado mucho. Bajaron un poco. Pero han tenido días muy buenos en los últimos días. De hecho, nos ha ido mucho mejor de lo que pensaba. Pero tuvimos que hacer ese pequeño viaje a Irán para eliminar esta terrible amenaza”.

Hasta ahí, Trump le estuvo hablando a los bolseros de Wall Street. Ahora se dirigió a su base, la del MAGA, que es básicamente guerrerista y xenófoba. A ellos les dedica su retórica de la crueldad, aunque sepa que está admitiendo crímenes de lesa humanidad: “Vamos a atacarlos con extrema dureza durante las próximas dos o tres semanas. Los vamos a hacer retroceder a la Edad de Piedra, donde pertenecen. Mientras tanto, las negociaciones continúan. El cambio de régimen no era nuestro objetivo. Nunca hablamos de un cambio de régimen, pero este se ha producido debido a la muerte de todos sus líderes originales. Todos están muertos. El nuevo grupo es menos radical y mucho más razonable. Sin embargo, si durante este tiempo no se llega a un acuerdo, tenemos la vista puesta en objetivos clave. Si no hay acuerdo, atacaremos con fuerza todas y cada una de sus centrales eléctricas, probablemente de forma simultánea. No hemos atacado sus instalaciones petroleras, aunque sean el objetivo más fácil, porque no les daría ni la más mínima posibilidad de sobrevivir o reconstruirse. Pero podríamos atacarlas y desaparecerían. Y no podrían hacer nada al respecto. No tienen equipo antiaéreo. Su radar está completamente destruido. Somos una fuerza militar imparable. Las instalaciones nucleares que arrasamos con los bombarderos B-2 han sido atacadas con tal intensidad que tardaríamos meses en acercarnos al polvo nuclear. Además, las mantenemos bajo una intensa vigilancia y control satelital. Si vemos que hacen algún movimiento, incluso un intento de ataque, los atacaremos con misiles con gran contundencia. Tenemos todas las de ganar. Ellos no tienen ninguna”. Es decir, Trump está amenazando con derruir instalaciones que está prohibido atacar sin enfrentar un juicio por genocidio en La Haya.

El Presidente de los gringos culminó su discurso con este párrafo olvidable mañana en el desayuno: “El país ha sido devastado y, en esencia, ya no representa una amenaza. Eran los matones de Oriente Medio, pero ya no lo son. Esta es una verdadera inversión en el futuro de sus hijos y nietos. El mundo entero está observando y no pueden creer el poder, la fuerza y ​​la brillantez; simplemente no pueden creer lo que ven. Déjenlo a su imaginación, pero no pueden creer lo que ven: la brillantez del ejército de Estados Unidos. Esta noche, todos los estadounidenses pueden esperar con ilusión el día en que finalmente nos liberemos de la maldad de la agresión iraní y del espectro del chantaje nuclear. Gracias a las medidas que hemos tomado, estamos a punto de poner fin a la siniestra amenaza de Irán para Estados Unidos y el mundo. Y les aseguro que el mundo está observando. Y cuando lo logremos, cuando todo haya terminado, Estados Unidos será más seguro, más fuerte, más próspero y más grande que nunca”.

Y todos sabemos que no es más seguro, sino mucho más caro.

21.3.26

“Si se lanzan”

Fabrizio Mejía Madrid


Hatuey llega huyendo desde Santo Domingo, donde las masacres ordenadas por Nicolás de Ovando en 1503 en su pueblo, Xaragua, son la señal de salida. Llega a Cuba con 400 seguidores desplazados en canoas por el espanto que han visto sus ojos. No sabemos su nombre, aunque le llamemos Hatuey, porque ése es el nombre que se le da a los “salvajes” que vivieron en cuevas durante cientos de siglos, antes de los ciboneyes, antes de los taínos: guanahatabeyes. Sabemos, en cambio, el de su lugarteniente, Caguax, y de su mujer, una guerrera y dirigente inderrotable: Anacaona. A ellos se les une una jefa de la isla de Cuba, Guarina. Aunque él era taíno, para los españoles era un indio salvaje, es decir, indómito. Sus palabras cuando ya lo tenían amarrado a una pira para quemarlo vivo siguen la ruta del relato que se cuenta a los hijos, a los nietos y a todos los latinoamericanos:

–Arrepiéntete para que vayas al cielo –lo exhorta el cura franciscano Juan de Tasín.

–¿Hay más cristianos en el cielo? –pregunta célebremente Hatuey.

–Sí, muchos.

–Entonces no quiero ir. No quiero estar con ellos. Son la gente más cruel que he conocido.

Años más tarde, Bartolomé de Las Casas contará una asamblea en la que Hatuey le reveló a sus combatientes el motivo de que los invasores fueran tan crueles: “Así como nosotros tenemos dioses, éstos son capaces de todo por esas piedras brillantes. A este oro le podemos danzar y rogar, pero no escucha. Ya lo hemos intentado. Esta piedra no tiene oídos. No vale la pena esconder el oro porque ellos vendrán tras él, matarán a sus padres y madres, hermanos y hermanas y a sus vecinos, por él. Así se lo comieran, vendrían para sacárselo de las tripas. Lo mejor es aventarlo al mar”.

En agosto de 1511 Hatuey y su ejército se internan en la Sierra Maestra. Diego Velázquez va arrasando pueblos en su camino y torturando personas para que le digan dónde están los campamentos de los indígenas. Los indígenas van tirando oro a los ríos, a las lagunas, al mar. Hatuey es apresado. El 2 de febrero de 1511 es puesto en la hoguera y se niega, delante de todos, a ir al cielo. Su gente seguirá durante años. Caguax arrasará con Bayamo, el pueblo en el que le dieron muerte a su amigo y dirigente. Guarina y Anacaona dirigirán ataques nocturnos contra los españoles. Todos mueren resistiendo. Pero 10 años después todavía seguían peleando los herederos de Hatuey.

Casiguaya, mujer de Guamá, el jefe de los guerrilleros indígenas que controlaron las montañas durante una década, es puesta en la horca en 1521. Ahora es el cura Pedro Trujillo quien la exhorta a optar por irse al cielo, en vez de al infierno. Ella pide que la bauticen junto a su hija. Le llevan a la bebé. Casiguaya la estrangula al mismo tiempo que brinca de una silla para ahocarse a sí misma. Un poco antes grita: “¡Ni la hija ni la mujer de Guamá serán nunca esclavas!”.

La pregunta de la resistencia es siempre por el afuera. Los que resisten viven enfrentados a él. Las pausas, respiros, y treguas que hacen los que resisten nunca significarán que obedezcan o se rindan. En ese adentro que forja la propia resistencia se está dispuesto a sufrir, al dolor, la derrota y la muerte. Los que vienen de afuera se combaten con otro afuera más grande, que envuelve las penurias y los dolores: el que viene de la imaginación. Es un futuro que ellos no verán. Quizá sus hijos o nietos. Por ello luchan, siempre insatisfechos, sublevados por lo inalcanzable pero justo.

Cuando se habla de Cuba siempre se hará también de resistencia.

–Si se lanzan –escribe Silvio Rodríguez en referencia a la confesión de Donald Trump de “tomar” Cuba –exijo mi AKM.

Lo crucial de su frase no es el fusil de asalto, sino el exigirlo. Se trata, por supuesto, del derecho a la resistencia, al “combate gozoso”, que vislumbró, aun desde su racionalismo, Spinoza. Luego, por supuesto, vendrán Frantz Fanon y Jean Améry, para quienes la confrontación es la reapropiación de la dignidad. No es un asunto interno que permita perdonar y redimir, sino un esfuerzo corporal. Su propósito no es otro que el agresor reconozca que la víctima tiene razón y que, por ello, existe.

Cuando hablamos de resistencia lo que está en el centro no es el cálculo sobre las posibilidades de triunfo ni sobre las consecuencias para la propia existencia, sino algo mucho más profundo que no admite tasaciones. La duración, la tenacidad, la persistencia es la victoria de los débiles. Sólo los débiles resisten. No hay resistencia de los blancos, heteros, cristianos y millonarios porque, en su caso, tienen más fuerza los despachos de abogados. Cuando un débil se pone de pie para enfrentar a un enemigo mucho más fuerte, se hace desde la convicción profunda de que se hace porque es justo, está bien, y vale la pena frente a su opuesto: una vida resignada, sometida, e indigna. Su resultado no es el de un combate ni de toda una guerra, sino el de las generaciones en un futuro. Morir luchando es decidir que no morirás cuando el que te oprime lo decida. Jean Améry, cuando estudió los levantamientos del gueto de Varsovia contra los nazis, no vio en esa decisión algo que tuviera que ver con la supervivencia ni con la libertad, sino más bien algo que se aproximaba a la memoria perpetua de la indignación. La contraviolencia es una forma de retener la dignidad en una situación de defensa asimétrica. Se muere sin conceder al atacante.

Estoy hablando de esto, de optar por el cielo que se te ofrece en la pira de quien la va a encender o tener una dignidad que sólo valdrá, si acaso, como memoria de la injusticia y el agravio acumulado. No hablo de negociaciones entre estados nacionales ni de los cálculos a que están obligadas las élites de la política. Tampoco de los académicos que llaman “numantina” a esta resistencia. Hablo, en cambio, del símbolo que representa Cuba para el mundo desde hace 60 años. Y debí comenzar por ahí pero, entonces, habría dejado en segundo término la clave de todo este litigio: negarse al cielo o, dicho en otras palabras, liberarse de la libertad.

16.3.26

El destino de Cuba no nos es ajeno

En esta hora difícil para las soberanías de América Latina, el criminal cerco a la isla de Cuba nos duele especialmente a los mexicanos y las mexicanas. Quienes suscribimos esta convocatoria para apoyar a su pueblo consideramos que sería una infamia no hacerlo, en momentos en que el gobierno de Estados Unidos pretende doblegarlo por hambre y carencias, mediante la intensificación del bloqueo económico y militar que impuso a la isla a raíz del triunfo de su revolución y ante sus éxitos sociales, científicos, artísticos, culturales, educativos, deportivos, de salud y su conmovedora solidaridad internacional.

Simón Bolívar enseñó que la unidad es necesaria en nuestra América, “no para combatir ni conquistar a nadie, no para hacerle a nadie la guerra, sino para defenderla de peligros comunes, para lograr el respeto a su soberanía, para solucionar conciliatoriamente sus diferencias y para luchar por su prosperidad y progreso”. En 1961, cuando ocurrió la Batalla de Playa Girón, el general Lázaro Cárdenas del Río advertía, en un mitin en el Zócalo de la Ciudad de México, que al tratar de “ocultar o eludir nuestra simpatía con el esforzado pueblo cubano, en los momentos álgidos de su historia contra la invasión, no sólo traicionaríamos los postulados de nuestros movimientos nacionalistas antifeudales, antimperialistas y democráticos, sino que contribuiríamos al suicidio colectivo de la soberanía e independencia de los países de Latinoamérica”.

Tenemos una historia compartida con Cuba. Invadido por los ejércitos de la corona española, su territorio sirvió de plataforma para que éstos se adueñaran de lo que hoy es México, tierra de las grandes civilizaciones. La isla sufrió la aniquilación de su población originaria, lo cual determinó que los conquistadores la repoblaran con esclavos traídos a la fuerza del África subsahariana.

Durante siglos nuestros países han sido vecinos y hermanos. Incluso la población afrodescendiente en México provino de Cuba. Hemos compartido su música y la nuestra. Su mambo, su danzón, su son, su trova y sus boleros cruzaron el Golfo de México de ida y vuelta. Sus poetas y escritores se cuentan entre los grandes creadores de nuestra lengua común. Nos hemos apoyado mutuamente en huracanes y epidemias. Sus médicos han caminado nuestras veredas y sanado nuestros padecimientos.

No se trata de una intromisión en “conflictos ajenos”. La actual agresión al pueblo de Cuba y su legítimo gobierno ofende a quienes en México y otras latitudes se identifican con su humanismo y su fraternidad universal.

A partir de este día damos a conocer una cuenta bancaria de Banorte de la Asociación Civil Humanidad con América Latina: 1358451779, con clabe interbancaria 072180013584517792, con el fin de acopiar la aportación económica de quienes deseen cooperar para adquirir alimentos, medicinas, plantas eléctricas y otros productos indispensables para la resistencia de nuestros hermanos y hermanas.

Y en lo que concierne a la última amenaza del presidente Trump sobre la isla de imponer aranceles a aquellas naciones que suministren combustibles a Cuba, reiteramos que se trata de medidas ilegales, inhumanas e injustificadas que afectan gravemente a su pueblo.

Esta última escalada pone en riesgo el acceso a bienes y servicios esenciales para sus habitantes, lastimando su derecho a una vida digna y saludable. Al mismo tiempo, coarta la libertad de otros países para decidir sobre sus relaciones comerciales de cooperación e intercambio con esa nación.

Las reglas del orden internacional rechazan y prohíben el uso de la fuerza y de las sanciones económicas unilaterales contra cualquier país, precisamente por el daño indiscriminado que causan a la población.

Hacemos un firme llamado a la solidaridad con el pueblo cubano y a poner fin al unilateralismo soberbio y agresivo. Respaldamos y convocamos a apoyar todas las acciones gubernamentales o ciudadanas que se emprendan con el fin de proteger el bienestar, la integridad y la dignidad humanas en Cuba.

El respeto y la soberanía de los países –que reside originalmente y siempre en los pueblos– debe continuar siendo la piedra angular de la convivencia entre naciones y de las aspiraciones a lograr un mundo más justo y en paz.

Y si las circunstancias lo exigen, llamaremos a respaldar al gobierno de México, que encabeza la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, ante cualquier represalia que pueda enfrentar nuestro pueblo por cumplir con el mandato, contenido en el artículo 89 de la Constitución, de aplicar los principios normativos “de la autodeterminación de los pueblos, la no intervención; la solución pacífica de controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”.

Responsables: Laura Esquivel y Carlos Pellicer López

FIRMANTES

Elena Poniatowska, Enrique Semo, Ignacio Ramonet, Marcos Roitman, Laura Esquivel, Carlos Pellicer López, Enrique Dussel Peters, José María Murià, Jesusa Rodríguez, Laura Restrepo, David Ibarra Muñoz, Paulina Ulloa Ibarra. DIRECTORIO: Carmen Lira Saade, Rosalva Aguilar González, Guillermina Álvarez, Rosa Elvira Vargas, Fabiola Santos Morales, Luis Hernández Navarro, Francisco García Noriega, Armando Andrade Díaz, Lizandro Rodríguez Bárcena, Javier Loza Hernández, Maximiliano Kusznir Albert, Roberto González Amador, Marcela Aldama, Miguel Ángel Velázquez, Pablo Espinosa, Socorro Valadez Morales. José María Huete, Felipe Santacruz. COLUMNISTAS: Enrique Galván Ochoa, Julio Hernández López, Carlos Fernández-Vega, Ortiz Tejeda, José Cueli, Gloria Muñoz, Marlene Santos Alejo, Yuriria Iturriaga, David Márquez Ayala. Napoleón Gómez Urrutia, Oralia Casso. CORRESPONSALES EXTRANJEROS: Armando G. 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12.3.26

El “paseo” militar de Trump y Netanyahu en Irán ha transitado a una guerra de desgaste de resultado incierto

 Por Carlos Fazio

El ataque a traición con alevosía y premeditación de Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en su décimo tercer día. Y parece razonable concluir que más allá de la niebla de la guerra y la propaganda de uno y otro bando, el dúo agresor, Donald Trump y Benjamín Netanyahu, no ha logrado sus principales objetivos bélicos: el cambio de régimen.

Instigados por Netanyahu, Trump y sus principales asesores –su yerno Jared Kushner y Steven Witkoff, ambos judíos sionistas acérrimos– apostaron que con un ataque furtivo de decapitación, bajo la cobertura de negociaciones falsas durante el Ramadán (el mes sagrado musulmán), desencadenarían una insurrección interna para derrocar al gobierno iraní. De esa manera, lograrían una victoria rápida (de 4 a 5 días, según la primera estimación de Trump) y evitarían cualquier represalia grave.

La realidad no ha salido exactamente como esperaban. Pese a las graves pérdidas en vidas e infraestructura crítica, el gobierno de Irán no capituló. Al contrario, ha contraatacado y ahora parece llevar la iniciativa. Tampoco se ha fragmentado ni se han levantado las masas contra el régimen. Al revés, el pueblo mayoritario se ha unido y reunido en torno a la bandera y la defensa de la soberanía nacional. En resumen, Estados Unidos e Israel acaban de dar una patada a un avispero. Sus partidarios celebran el asesinato a traición del ayatolá Alí Jamenei y los bombardeos de saturación de ciudades iraníes, como el que eliminó a 175 colegialas en Minab, impactadas por un misil Tomahawk,

Una primera constatación es que EU e Israel hicieron lo mismo que durante la llamada “guerra de los 12 días” contra Irán de junio de 2025. Repitieron la táctica terrorista de “decapitación” que han llevado a cabo en numerosas ocasiones: con los negociadores de Hamás y Hezbolá; con científicos nucleares iraníes; con el presidente Nicolás Maduro en Venezuela, y con Ebrahim Raisi, el último presidente iraní que murió en un “accidente” de helicóptero en mayo de 2024. La misma táctica que el aliado de EU, Ucrania, asesorado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), ha desplegado repetidamente contra generales rusos. El Estado sionista de Israel y su vasallo, Estados Unidos –como solía señalar James Petras– han sido pioneros en este comportamiento ruin desde la guerra fría. Ahora, han caído a un nuevo mínimo.

Otro elemento a valorar, es que el éxito de una campaña militar no se mide por el número de bombas lanzadas y el número de personas asesinadas. Según esos criterios, Estados Unidos ganó la guerra de Vietnam. La verdadera victoria se mide por el logro de los objetivos políticos. En este caso, el objetivo político último de la guerra de EU e Israel contra Irán es el cambio de régimen. Y como dice el observador geopolítico chino Hua Bin, Irán ganará siempre que sobreviva y desafíe el objetivo bélico de sus agresores. En otras palabras, Irán no tiene que ganar, solo no perder. Además, a medida que la guerra se amplía para involucrar a todas las petro-monarquías del Golfo Pérsico, se está convirtiendo en un conflicto prolongado. En este tipo de conflictos, ganar no solo depende de quién tiene la capacidad de infligir daño, sino también de quién tiene la resistencia para absorberlo. Irán está demostrando su capacidad para absorber los ataques mientras inflige su propia destrucción a sus enemigos. Irán está preparada para una guerra de desgaste. Estados Unidos e Israel, no.

Durante años, Trump vendió la fantasía de la guerra rápida. Ataques quirúrgicos, operaciones relámpago, victorias fáciles y baratas que se podían anunciar en rueda de prensa o celebrar en su red social. Pero la realidad de las guerras asimétricas modernas es menos cinematográfica y mucho más costosa. Y ahora el propio Trump empieza a descubrir que bombardear es fácil, pero mantener una guerra, no tanto. Máxime, si suben los precios del gas licuado y del petróleo y se va al bolsillo de los consumidores estadunidenses de a pie.

Otro hecho verificable, señalado en varias entregas anteriores para Mate Amargo, es la perfidia de Estados Unidos, considerada un crimen de guerra por los Convenios de Ginebra de 1977. Al igual que su predecesor imperial, Gran Bretaña, EU es un Estado canalla y sin escrúpulos en el que no se puede confiar. Al igual que la “pérfida Albión”, EU ha demostrado una habitual mala fe y traición en la diplomacia. En menos de un año, lanzó dos ataques por sorpresa contra Irán bajo la cobertura de las negociaciones. No hay engaño: todo el mundo conoce ahora la verdadera naturaleza de la bestia.

Irán y la guerra de desgaste

Como dice Xavier Villar, el error recurrente en parte de los analistas occidentales consiste en medir a Irán por parámetros convencionales. Se evalúa su capacidad aérea, su tecnología o la exposición a bombardeos de precisión y se concluye que la superioridad técnica de EU e Israel equivale a vulnerabilidad estratégica de Irán. La historia reciente demuestra lo contrario. La República Islámica no compite por simetría. Su estrategia se construyó para absorber golpes iniciales, preservar el núcleo estatal y convertir la superioridad militar ajena en desgaste político prolongado del enemigo. Esa lógica se ha confirmado: la cadena de mando política-militar-religiosa iraní funciona (había tres o cuatro estructuras de recambio en caso de decapitación), no hay fracturas visibles, y la anunciada y reiterada respuesta misilística contra las bases militares de EU en Medio Oriente, ha sido activada sin improvisación.

Además, la República Islámica continúa su respuesta militar contra Israel de manera calibrada. Según los indicios de los últimos días, los ataques iraníes son sostenidos, pero más cualitativos que cuantitativos: buscan mantener la presión sin comprometer reservas estratégicas. En paralelo, se desarrollan acciones que afectan indirectamente a los países del Golfo Pérsico, buscando regionalizar la estructura de costes del conflicto.

A su vez, el regreso de Hezbolá a la lucha contra Israel amplió significativamente los límites de la escalada sionista. La participación de la guerrilla chiíta libanesa, con el consiguiente y desproporcionado bombardeo de retaliación de Israel sobre Beirut, aumentó simultáneamente la presión internacional por desescalar el conflicto. Esto se alinea con la doctrina de Irán, consolidada durante décadas: expandir geográficamente el conflicto para diluir la presión directa sobre el territorio iraní y transformar la superioridad militar del adversario en una carga política prolongada. El mensaje público de Irán los últimos días continúa rechazando negociaciones en esta etapa. El gobierno iraní parece apostar menos por revertir resultados en el campo de batalla y más por la fatiga política de actores externos, especialmente en Estados Unidos y entre los “socios” petroleros del Golfo Pérsico. La premisa subyacente es que las potencias externas buscarán contener el conflicto antes de que se transforme en una amenaza existencial para la supervivencia del régimen.

El control iraní sobre el Estrecho de Ormuz, una ruta marítima estratégica crítica para el petróleo mundial, y las sucesivas oleadas de misiles balísticos y drones contra objetivos militares y bases de Estados Unidos en Arabia Saudita, Jordania, Baréin, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Omán e Irak, no fueron improvisaciones. Forman parte de un diseño calculado para redistribuir el impacto del conflicto, ampliando el perímetro de presión sin exponerse de manera directa. La superioridad tecnológica de la coalición EU/Israel/monarquías del Golfo pierde parte de su eficacia cuando el escenario se fragmenta y obliga a tomar decisiones bajo incertidumbre y riesgo.

Como apunta Villar, esa profundidad no es táctica; es estructural. Cada actor regional es un multiplicador de influencia y un amortiguador frente a presión directa. La elasticidad del sistema iraní convierte la asimetría militar en ventaja estratégica: Teherán no necesita dominar el espacio aéreo para mantener el control del conflicto. Su ventaja reside en tiempo, coordinación y resistencia sostenida. Usa la guerra de desgaste como factor estratégico. La duración del conflicto como arma. Un conflicto abierto y sostenido genera presión sobre infraestructuras críticas y mercados. Las monarquías del Golfo se tambalean. Según señaló Alastair Crooke, la ‘marca’ del Golfo –prosperidad, grandes cantidades de dinero, inteligencia artificial, playas y turismo– probablemente haya llegado a su fin. Israel también podría no sobrevivir en su estado actual.

La respuesta iraní “ciega” los radares de la Quinta Flota

Los estrategas militares iraníes han demostrado especial interés en destruir la infraestructura de la Quinta Flota de Estados Unidos en Bahréin. La Quinta Flota constituye la columna vertebral de la hegemonía regional del Pentágono. La flota cubre tres puntos estratégicos vitales: el estrecho de Ormuz, el canal de Suez y el estrecho de Bab al-Mandeb (paso natural entre el mar Rojo y el océano Índico por el golfo de Adén). Y su cuartel general no es solo un puerto. Es un centro integral de radares, inteligencia y bases de datos. Irán ha logrado destruir los radares y gran parte de la infraestructura logística y administrativa del puerto de Baréin. 

De acuerdo con un análisis de mpr21, la respuesta iraní ha “cegado” los radares de la Quinta Flota. Las últimas evaluaciones de daños de combate en el Golfo dibujan no solo una campaña de represalia iraní sino el intento de desmantelar la arquitectura de sensores del Comando Central del ejército Estados Unidos en Medio Oriente (CentCom). Si la información de la Guardia Revolucionaria es precisa (y el silencio del CentCom es revelador), estamos presenciando el ataque balístico más sofisticado jamás realizado contra la infraestructura de guerra electrónica en la historia. Irán apunta a los ojos, a los radares instalados en Qatar y Bahréin.

El objetivo principal es el radar de alerta temprana mejorado AN/FPS-132 en la base aérea de Al Udeid, en Qatar, la joya de la corona de la maquinaria de guerra estadunidense. No es un simple radar de búsqueda; es un sistema de matriz en fase de estado sólido con un alcance de casi 5.000 kilómetros. Está diseñado específicamente para rastrear misiles balísticos, distinguir ojivas de señuelos y transmitir datos de seguimiento directamente a interceptores como el SM-3 y el Thaad. Según la información, al destruir el FPS-132, Irán no sólo voló unas instalaciones; creó una brecha en la red de sensores. Redujo el tiempo de reacción de las baterías Patriot o Thaad restantes en la región. Cegó a los agresores de su visión más allá del horizonte, transformando un sistema de defensa aérea integrado de alta gama y astronómicamente costoso en una colección de sistemas de defensa puntual de corto alcance. Esa operación no ha sido la única. Era un objetivo coordinado. Como se dijo arriba, los ataques también tuvieron como objetivo la base naval de Al Juffair en Bahréin, sede de la Quinta Flota y Navacent.

La respuesta iraní exhibe un cambio de la “saturación de área” a la “saturación y destrucción de sensores”. Esto demuestra que no sólo pueden llegar a las bases estadunidenses ubicadas en toda la región, sino también apuntar a equipos electrónicos específicos y de gran valor en los que se basa toda la doctrina de defensa del Pentágono. El plan militar estadunidense consiste en sincronizar las redes de radar de cada base para crear una imagen unificada. Pero si el sensor más potente de la red, el FPS-132, ha sido destruido y el centro de mando en Bahréin funciona con generadores de respaldo, la sincronización se vuelve irrelevante.

Estados Unidos ha gastado cientos de miles de millones en construir una red de sistemas. Irán acaba de demostrar que está dispuesto a gastar unos pocos millones para destruir los elementos más críticos. El ejército iraní no posee la formidable potencia de fuego de sus adversarios, pero ha demostrado una capacidad sorprendentemente asimétrica. El aventurerismo militar siempre conlleva un riesgo. Y parece que con Irán, el riesgo es total. Si la situación no cambia, Washington sólo tendrá dos opciones: negociar un cese de las hostilidades a través de un tercer país para limitar los daños y volver a una estrategia de guerra híbrida más eficaz para inducir un cambio de régimen en Teherán, o hacer todo lo posible con plena potencia de fuego, arriesgándose a un caos interminable con consecuencias desconocidas, que serán contrarias a los intereses de Washington en las próximas décadas.

 Mate Amargo 12.03.26

16.2.26

Marco Rubio y sus peones en México

Carlos Fazio


En su campaña presidencial para 2028, el secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Marco Rubio, trae agenda propia. Producto de la mafia terrorista cubano-estadunidense que históricamente ha lucrado con la industria de la contrarrevolución al sur de la Florida, Rubio opera una diplomacia paralela que responde a los intereses del anticastrismo militante y del sionismo colonizador-genocida.

Mentiroso pertinaz y compulsivo, como documentó la plataforma independiente Drop Site News, Rubio desinforma y manipula a Donald Trump acerca de las “conversaciones” con Caracas y La Habana. Y en su cínica y engañosa relación con México, utiliza a sus alfiles de Miami y a sus quinta columnas domésticos como agentes provocadores y de penetración con fines desestabilizadores golpistas. Ejemplos de los primeros son el congresista republicano Carlos Giménez y sus correligionarios, Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar, a quienes sumó a últimas fechas una figura de su propia creación: la tarifada Rosa María Payá, su proxy infiltrada en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA, bendecida por los veteranos ex activos de la CIA, Frank Calzón y Carlos Alberto Montaner. Entre los segundos figuran el ex canciller Jorge G. Castañeda, Ricardo Salinas Pliego, Federico Döring, Beatriz Pagés, René Bolio Hallorán, Juan Peña Nader, Mariana Gómez del Campo, Francisco García Cabeza de Vaca y otros vendepatrias amanuenses de poca monta como Carlos Alazraki, Carlos Tello Díaz y Jorge Fernández Meléndez.

Hijo putativo de la ex congresista Ileana Ros-Lehtinen ( la Loba feroz), y respaldado en sus orígenes políticos por la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) del CEO Jorge Mas Canosa y dirigentes de la Brigada 2506 –organización directamente asociada a la invasión mercenaria de Bahía de Cochinos derrotada en playa Girón–, Rubio también contó entre sus padrinos al terrorista confeso Luis Posadas Carriles (“Pusimos la bomba, ¿y qué?”), copartícipe, con Orlando Bosch, del atentado en pleno vuelo contra la aeronave de Cubana de Aviación en 1976, en el cual murieron 73 personas, y Orlando Gutiérrez Boronat, líder del Directorio Democrático Cubano, organización fachada de la Agencia Central de Inteligencia.

Vinculado al movimiento conservador Tea Party, Rubio obtuvo en 2010 la senaturía por el Partido Republicano en Florida, y seis años después, con apoyo de los neoconservadores, el ala más militarista del estamento de seguridad nacional republicano, compitió por la presidencia de Estados Unidos con Donald Trump, contando entre sus donantes a megamillonarios como Larry Ellison, fundador de Oracle, contratista del Pentágono; el magnate de los casinos Sheldon Adelson (y luego su viuda Miriam); el gestor de hedge funds Paul Singer, estrecho aliado del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y miembro de la Coalición Judía Republicana, un lobby de presión a la derecha del AIPAC, e instituciones bancarias como Goldman Sachs, Morgan Stanley y Bank of America. En un giro pragmático oportunista, Little Marco −como lo llamó entonces de manera burlona el magnate−, se alió después con su vencedor, cortejando a los líderes de MAGA y a personajes influyentes del entorno trumpista como Stephen K. Bannon y Donald Trump Jr. y se ha convertido en el miembro más poderoso del gabinete, siendo el primer secretario de Estado que ocupa simultáneamente la cartera de asesor de seguridad nacional desde Henry Kissinger.

Desde esa posición de fuerza Rubio opera las políticas de cambio de régimen contra Cuba y Venezuela, y en el caso mexicano mueve sus fichas y estrecha vínculos con la ultraderecha palafrenera cipaya. Esa fue la tarea principal del congresista Carlos Giménez y la comisionada anticastrista de la CIDH, Rosa María Payá, durante sus recientes visitas a México. Tras su encuentro con los legisladores Kenia López (PAN), Alejandro Moreno (PRI) y Pedro Haces (Morena), Giménez, un ex bombero representante del condado Miami-Dade, se reunió con el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, y rindió pleitesía a los marines de la sede diplomática. Posteriormente denostó a la presidenta Claudia Sheinbaum por seguir con lo que llamó “su patética jugada de saquear al pueblo mexicano” para “oxigenar a sus compinches de la dictadura moribunda en Cuba”; “¡Desde el Congreso de Estados Unidos denunciamos su penosa desfachatez!”, escribió en X. A su vez, con su discurso de odio e impulsando las matrices de opinión de la CIA, Rosa María Payá participó a hurtadillas el 22 de enero pasado, en un foro contra Cuba organizado en la Universidad de la Libertad del empresario Ricardo Salinas Pliego, que derivó en el envío de una nota diplomática de la cancillería mexicana a la secretaría ejecutiva del organismo de la OEA.

Peones de Marco Rubio en el sur de la Florida, Carlos Giménez y su colega María Elvira Salazar, enfrentan contradicciones con la política migratoria de Trump en ese estado de cara a las cruciales elecciones de medio término. Si bien Rubio no puede oponerse abiertamente a la agenda del presidente sin pagar costos políticos inmediatos, rehén del anticastrismo radical que opera como un factor de disciplinamiento interno dentro del Partido Republicano sí puede condicionar la información de inteligencia que recibe y administrar los tiempos de la diplomacia en su beneficio personal. No es el caso de Salazar, quien enfrenta ahora la hostilidad de organizaciones como la John Birch Society, que al grito de “América para los americanos”, pide, con el estratega Anthony Sisk, la deportación de la congresista de origen cubano.

24.1.26

La pobreza de las élites latinoamericanas: geoestrategia, geoeconomía y sujeción intelectual


En 1924, Robert Lansing, Secretario de Estado del Presidente estadounidense Woodrow Wilson, señaló una verdad lapidaria para América Latina, que por su contundencia y claridad vale la pena transcribir en su totalidad: “México es un país extraordinariamente fácil de dominar porque basta controlar a un solo hombre: el Presidente. Tenemos que abandonar la idea de […]

En 1924, Robert Lansing, Secretario de Estado del Presidente estadounidense Woodrow Wilson, señaló una verdad lapidaria para América Latina, que por su contundencia y claridad vale la pena transcribir en su totalidad: “México es un país extraordinariamente fácil de dominar porque basta controlar a un solo hombre: el Presidente. Tenemos que abandonar la idea de poner en la Presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que eso llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita más tiempo: debemos abrir a los jóvenes ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto al liderazgo de Estados Unidos. México necesitará de administradores competentes. Con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la Presidencia. Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros”.

Cien años después de pronunciada esta declaración, continúa vigente en América Latina y, particularmente, en un país como México, donde la sumisión de sus élites políticas, intelectuales y empresariales es acusada, sea cual sea el signo ideológico que ostenten. El sitiamiento mental es uno de los rasgos definitorios de estas élites que suelen caracterizarse por su incapacidad para pensar con cabeza propia y por admirar y vanagloriar lo ajeno, lo extranjero. El tema no es menor en el contexto actual latinoamericano tras el atrevimiento de líderes de opinión, políticos opositores y hasta intelectuales a incitar la invasión de algún país de la región por alguna potencia extranjera. El fenómeno no es nuevo: durante la década de los sesenta del siglo XXI mexicano, las facciones conservadoras mexicanas buscaron e invitaron a Maximiliano de Habsburgo para instaurar un imperio y erradicar el ideario liberal de avanzada –particularmente las llamadas Leyes de Reforma– adoptado por el Presidente Benito Juárez en su proyecto modernizador.

En medio de la crispación y de enconos instalados por la guerra cognitiva de la desinformación en países como México y Venezuela con el propósito de inocular el odio e incentivar la atomización y la erosión del sentido de comunidad, las élites conservadoras –no pocas veces– pierden el sentido común y los mínimos referentes emanados del nacionalismo. Su abyección y entreguismo no solo remiten a las reverencias y caravanas que muestran ante el mito del llamado libre mercado, sino que abiertamente, cuando no ostentan el poder político, llaman al intervencionismo de los Estados Unidos.

Es el caso de las élites opositoras a los gobiernos en turno de Venezuela y México. Más allá de que se tome postura y pronunciamiento en este espacio respecto a ambos gobiernos, lo importante es analizar esa supeditación de las élites. 

Luego de ser despreciada y ninguneada por Donald J. Trump para encabezar un nuevo gobierno en la República Bolivariana de Venezuela, María Corina Machado asiste en pasado 16 de enero de 2026 a la Casa Blanca y “entrega” simbólicamente al mandatario estadounidense el recién logrado Premio Nobel de la Paz. A lo largo de su trayectoria opositora a los últimos dos gobiernos de su país, es constante el apego de Machado a los principios del Foro Económico de Davos, a la privatización total de la industria petrolera venezolana, a la Agenda 2030 y a la ideología woke. En su espectro ideológico no solo considera la entrega del petróleo a las corporaciones estadounidenses y europeas y a los grandes fondos de inversión como BlackRock, sino del conjunto de los recursos estratégicos –principalmente mineros como el oro, las tierras de cultivo y el agua dulce– de su nación en un ejercicio de apertura económica total y de repliegue y desmantelamiento de las funciones económicas del sector público. La declaración de “otorgar confianza a los inversionistas” apunta a alejar el fantasma de las expropiaciones y nacionalizaciones, anteriormente adoptadas por el gobierno de Hugo Chávez. No menos importantes son las promesas de otorgar exenciones fiscales a los capitales extranjeros. Todo ello disfrazado con la perorata de la democratización de Venezuela y la “recuperación de la productividad”, la eficiencia económica, la estabilización macroeconómica y la modernización.

El Plan “Venezuela tierra de gracia. Libertad, democracia y prosperidad” (https://shre.ink/5LCH), presentado en el proceso electoral del 2024 por María Corina Machado, matiza de manera clara ese proyecto de desnacionalización y socavamiento de la soberanía económica. Los tres ejes de dicha propuesta fueron la “optimización del tamaño del Estado”; un programa de endeudamiento regido por las directrices de los organismos financieros internacionales; la flexibilización de las relaciones laborales; y la privatización de activos y empresas públicas en rubros como los hidrocarburos, el gas, la minería y la electricidad. Redondeado ello por un Estado garante y gestor de la seguridad jurídica y de los derechos de propiedad. En síntesis, más de las recetas macroeconómicas asumidas en América Latina durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX, y que en el caso del país caribeño apuntarían a la entronización de un modelo económico de enclave extractivo y dependiente supeditado a las redes empresariales globales piloteadas por las corporaciones estadounidenses en su intento por alejar a China y Rusia de los territorios latinoamericanos. De ahí la subordinación de estas élites venezolanas a la lógica del tablero geopolítico y geoeconómico contemporáneo, en una lógica de subasta y remate. Incluso ante el Council of the Americas (AS/COA), en junio pasado Machado señaló en su intervención ante banqueros y ejecutivos de empresas de “la oportunidad del billón de dólares”.

Las sanciones económicas que recaen sobre Venezuela, las operaciones militares en el Mar Caribe y la guerra cognitiva de criminalización que reina desde hace lustros en los mass media globales, marchan a la par de estas élites nativas voceras de proyectos que atentan contra la soberanía nacional. Los premios y el acceso a foros tecnocráticos internacionales le otorgan mayor resonancia a ese discurso, al tiempo que es acrecentada la legitimidad de los ataques sistemáticos y mediáticos hacia Venezuela.

De más está señalar que distintas voces de venezolanos hacen eco de estos proyectos de las élites opositoras y que incluso, fuera de su tierra, llegan a celebrar los acontecimientos intervencionistas de los Estados Unidos del pasado 3 de enero y que culminaron con la sustracción de Nicolás Maduro Moros (https://shre.ink/5LXJ).

Este repliegue de las élites latinoamericanas a los intereses extranjeros es evidenciado también por los líderes opositores a los gobiernos mexicanos de los últimos siete años (https://shre.ink/5LXF y https://shre.ink/5LXZ). De manera irresponsable se instala un discurso mediático relativo a la posible intervención de los Estados Unidos en suelo mexicano en aras de “combatir al crimen organizado”. Desde años atrás, periodistas e intelectuales mexicanos pretenden instalar en la opinión pública la noción de que las organizaciones criminales mexicanas adoptan prácticas terroristas contra las poblaciones de distintas regiones del país. En una lógica de apostar a que el gobierno en turno falle y le vaya mal a México, estas élites hacen alarde de su desconocimiento de la historia y de un entreguismo ramplón que lejos están de las élites políticas y diplomáticas que durante distintos momentos del siglo XX le otorgaron prestigio internacional al país azteca. Aunque cabe puntualizar que ese entreguismo mexicano no es propio de las élites políticas y empresariales opositoras, sino que se observa también a lo largo de las últimas cuatro décadas en las decisiones de política económica adoptadas por el gobierno en turno en aras de afianzar la inserción subordinada de la economía y el territorio mexicano a la lógica de los procesos de acumulación de capital de las corporaciones estadounidenses. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que entró en vigor el primero de enero de 1994 y su reformulación que derivó en el T-MEC –firmado el 30 de noviembre de 2018– son una muestra clara de ello, en consonancia con los cambios geoeconómicos y geoestratégicos en los cuales participan a escala mundial los Estados Unidos. En su momento, el mismo presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, fue obsequioso ante la firma de las reformas al acuerdo comercial enviando a un representante de su equipo de transición para apurar dichos acuerdos. Es de recalcar que su gobierno se caracterizó por una abierta renuncia a la formulación y adopción de una franca política industrial capaz de rearticular el mercado interno. No menos importante fue también su labor obsequiosa y de militarización para generar muros de contención de la migración latinoamericana que se dirige a Estados Unidos teniendo al territorio mexicano como estación de tránsito.

Ante estos hechos concretos, cabe reflexionar en torno al problema de fondo. La vocación entreguista de amplios sectores de las élites latinoamericanas –salvo honrosas excepciones de las élites brasileñas en distintos momentos de la historia contemporánea o del régimen político emanado de la llamada revolución mexicana hasta el gobierno del General Lázaro Cárdenas– es consustancial a la incapacidad para pensar un proyecto de nación bajo criterios y referentes propios. Culturalmente podría argumentarse que es una herencia del vasallaje colonial experimentado por la región durante tres siglos, y que se engarza con la génesis de la dependencia económica, política, cultural e intelectual; con ese afán de deslumbrarse ante lo ajeno, sin valorar lo propio y de imitar lo providente de Europa y los Estados Unidos. Se trata de formas de dependencia sutiles que no precisan de la ocupación militar ni de la imposición a ultranza, sino de la compenetración de esas élites latinoamericanas para con los intereses creados difundidos desde el exterior, no sin mencionar los beneficios tangibles que puedan lograr en esa compenetración.

Es también un problema de (de)formación académica; de la incapacidad de múltiples universidades latinoamericanas para generar pensamiento y ciencia propios, bajo referentes teóricos, metodológicos y epistemológicos también propios y en abierto diálogo con los conocimientos provenientes de otras latitudes. El tema no es baladí, pues tiene impactos en la incapacidad latinoamericana para pensar el desarrollo con cabeza propia, en el marco de un problema más amplio relacionado con la colonización mental. De poco sirve aspirar a la soberanía política y económica, mientras los constructos con los cuales pensamos la realidad y sus problemas sean ajenos –democracia, desarrollo sostenible, libertad, libre mercado, modernización, interculturalidad, igualdad de género, derechos de las minorías, entre muchos otros. Se trata de conceptos y categorías ahistóricos y pretendidamente universales creados para apuntalar la hegemonía cultural del norte del mundo y con ellos es imposible transformar a fondo las lacerantes realidades latinoamericanas. Esos constructos y conocimientos pretendidamente universales y aparentemente legítimos se adoptaron acríticamente en nuestras universidades y desde ellos se formaron a las élites y a los tomadores de decisiones. Estos procesos suponen la marginación autoimpuesta del pensamiento latinoamericano, sea social, económico y/o filosófico. El problema no es técnico o académico estrictamente; es ante todo político, simbólico, semiótico, ético e intelectual; y se relaciona con la capacidad para pensar sobre la base de proyectos emancipatorios que nos alejen de las modas y de referentes descontextualizados y carentes de relación para con las problemáticas latinoamericanas. 

Las políticas públicas se diseñan bajo criterios de ideologías y proyectos provenientes desde el exterior, donde se idealizan sociedades con pasados y presentes distintos y distantes a los propios. Ello no es menor, puesto que contribuyen dichos instrumentos de política a las dinámicas propias de la geopolítica y la geoeconomia del capital que reducen a América Latina a una condición de dependencia y subordinación. Se trata, en el fondo, de afianzar desde las élites, una estructura de dominación y hegemonía que reproduzca en la región valores y cosmovisiones ajenos, que se valida institucionalmente, y que en última instancia otorga estabilidad, previsibilidad, certidumbre y alineamiento en la relación con potencias como los Estados Unidos. 

La subordinación intelectual de las élites es funcional a medida que establece las directrices de lo imaginable, de lo pensable y de lo que es concebido como problema público prioritario. El discurso del libre mercado, de la retracción del Estado desarrollista, y del Business environment o de las “adecuadas condiciones institucionales para las inversiones”, son ostentadas por estas élites políticas y académicas como inevitables y como discursos que contribuyen a la gestión de la dependencia y a la perpetuación de la hegemonía externa desde adentro de los propios países latinoamericanos. No se trata de pensar proyectos de nación propios, sino de administrar los intereses oligárquicos y contribuir con ahínco a la desigual arquitectura de la geopolítica y la geoeconomia contemporáneas. De ahí la urgencia histórica latinoamericana de pensar el desarrollo con cabeza propia y de anteponer contrapesos intelectuales a esas élites extractivistas y rentistas.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

18.1.26

El síndrome de China y el declive estadounidense

Richard Seymour


I.

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) sorprende, dada la histórica agonía de Trump ante el auge de la superpotencia china, ya que en su mayor parte no trata sobre China.

Su principal preocupación es la defensa de la patria, es decir, las guerras culturales, las fronteras y la preservación del dominio étnico blanco. En segundo lugar, en la escala de preocupaciones, se encuentra Europa, especialmente el refuerzo de la extrema derecha europea contra la «eliminación» de la civilización. China, retratada desde la NSS de 2015 como una «potencia revisionista», ocupa el tercer lugar. Gran parte del documento se dedica a alabar la política comercial de Trump, que ha fracasado estrepitosamente este año.

Voy a argumentar que la política comercial de Trump fracasó porque, entre otras razones, se basaba en una comprensión espectacularmente anticuada e inexacta del capitalismo chino. Pero hay que distinguir entre lo que se sabe oficialmente y lo que se fantasea extraoficialmente. La administración Trump tiene acceso a información extremadamente sofisticada y actualizada sobre China, y se basa en ella. Sin embargo, la formulación de políticas se ha visto distorsionada durante años por un «síndrome de China» bipartidista, que oscila entre la fascinación sinomaníaca y el pánico sinófobo, el odio y la admiración por un país que actúa sin piedad, que controla los medios de producción (dixit Hillary Clinton) y logra lo que nosotros no nos atrevemos, la moralización compensatoria sobre las prácticas «desleales» y el «engaño» de China, salpicada de exuberantes arrebatos de envidia emulativa (deberíamos ser más como ellos), las fantasías recurrentes sobre China como titiritero omnipotente, invasor y espía (TikTok, pánico por los globos meteorológicos), máquina hiperracional, déspota oriental irracional, etc., todo ello sugiere que China no es solo otro rival geopolítico, sino una pantalla en la que la clase dirigente estadounidense percibe su propio estancamiento, incoherencia y decadencia.

Como sabemos, los aranceles de Trump a China se basaban en última instancia en una versión idiota de la hipótesis de Pettis-Miran, y el documento refuerza esta lógica. Según la teoría, China ha podido crecer mientras reprimía el consumo interno y acumulaba un exceso de ahorro gracias al enorme superávit comercial generado por la manipulación monetaria. El papel de Estados Unidos como emisor de la moneda de reserva mundial le obliga a absorber el exceso de ahorro de otros países a través de los déficits comerciales. El resultado del espectacular crecimiento de China ha sido que Estados Unidos y Europa se han visto inundados de productos básicos baratos que han dejado de fabricar ellos mismos. Esto ha hecho que Estados Unidos sea menos competitivo, incluso en la floreciente región del Indo-Pacífico. Los aranceles, al obligar a China a internalizar la demanda en lugar de exportarla —es decir, a redistribuir los ingresos entre los hogares— corregirían este desequilibrio.

Si esto le parece más plausible de lo que esperaba, hay una razón para ello. La versión del argumento representada por Michael Pettis tiene su origen en la izquierda y ha sido muy influyente en ella. Tanto The Great Rebalancing (2013) como Trade Wars are Class Wars (con Matthew Klein, 2020) afirman esta relación entre la balanza por cuenta corriente y la desigualdad interna. Por lo que yo sé, los datos empíricos son bastante confusos en cuanto a si esta relación se aplica de manera general, pero parecía encajar bastante bien con China. Al fin y al cabo, China había crecido gracias a una espectacular explotación laboral, se había expandido a través de las exportaciones a Estados Unidos y Europa, tenía unas tasas de consumo de los hogares comparativamente bajas y había acumulado un exceso de ahorro que gastó en gran parte en bonos del Tesoro estadounidense. Ho-fung Hung acogió con satisfacción The Great Rebalancing con algunas salvedades cuando se publicó por primera vez, y ofreció una versión de la tesis en su propio libro The China Boom (2015).

La teoría encajaba en un conjunto más amplio de argumentos sobre China que iban en contra de la corriente de la sinomanía y sus productos intelectuales. Por ejemplo, Martin Jacques, en When China Rules the World, argumentaba que la civilización-Estado china estaba a punto de desplazar a Occidente como centro de gravedad económica en favor de un orden más flexible y sinocéntrico, basado no en bases militares ni siquiera en la aceptación de valores, sino en el crecimiento, el crédito y las oportunidades. Pero la tesis de Pettis apoyaba el argumento de que China no era ni una alternativa al neoliberalismo ni un serio competidor por el poder mundial, porque dependía demasiado de las instituciones neoliberales y de Washington. Luchaba por mejorar su posición dentro de un orden liderado por Estados Unidos, no por erigirse en rival.

Desgraciadamente, esos argumentos, que habrían estado muy de moda en los años noventa y principios de los dos mil, ya estaban quedando obsoletos en la década de 2010.

II.

Tomemos como ejemplo The China Boom, de Ho-fung. En esencia, sostiene que el auge de China se basó en invertir en las ciudades costeras para impulsar las exportaciones: el «segmento de la economía» más «integrado en el orden neoliberal global». Al estar impulsado por las exportaciones, suprimió el consumo interno y produjo desigualdades asombrosas (especialmente entre las zonas urbanas y rurales), lo que lo hizo dependiente de los mercados estadounidenses y europeos. Su stock acumulado de inversión extranjera directa (IED) fue pequeño (317 000 millones de dólares, frente a los 3,3 billones de dólares de Estados Unidos).

Esta dependencia también implicó a China en la perpetuación de la hegemonía del dólar, tanto por la vinculación del renminbi al dólar desde 1994 para impulsar las exportaciones como por la adquisición de 1,2 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense para absorber sus enormes reservas de divisas: Krugman calificó su compulsión por comprar valores estadounidenses como la «trampa del dólar» . Esto le dio a China la opción nuclear de deshacerse de sus activos en dólares en cualquier momento, para provocar el caos financiero y fiscal en Estados Unidos, pero no tenía ningún incentivo para hacerlo. China, lejos de representar una alternativa al capitalismo neoliberal liderado por Estados Unidos, había elegido un camino de desarrollo que la hacía dependiente del dominio estadounidense y la encerraba en una codependencia desequilibrada con el capitalismo estadounidense: lo que Niall Ferguson denominó «Chimerica». Al reproducir el neoliberalismo a nivel interno, también sufrió una acumulación de deudas incobrables y una sobreacumulación de capital, problemas que las intervenciones estatales solo habían aplazado, pero no resuelto.

Algunos de estos argumentos quedaron obsoletos tan pronto como China se unió a la Organización Mundial del Comercio. Por ejemplo, el RMB no había estado vinculado al dólar desde 2005 (y de nuevo, brevemente en 2008-10), y la moneda se había apreciado frente al dólar durante la década siguiente. La inversión comenzó a desplazarse hacia el interior con una serie de estrategias regionales: «Apertura del Oeste» (2000), «Revitalización del Noreste» (2003) y «El auge del Centro» (2004). En consecuencia, la tendencia al alza de la desigualdad interna se detuvo (sin revertirse de manera significativa). La participación del comercio en el PIB había disminuido sustancialmente desde mediados de la década de 2000. En consecuencia, la fuerte caída de la participación del consumo de los hogares en el PIB se detuvo y se invirtió alrededor de 2010. Las cifras recientes sugieren que el consumo de los hogares representa la mayor parte del crecimiento (82,5 % el año pasado).

Esto no es principalmente el resultado de las transferencias sociales. Como dijo Xi Jinping en 2021, denunciando el izquierdismo latinoamericano, el Gobierno estaba decidido a no apoyar a «los perezosos a través del «asistencialismo»». Más bien refleja una combinación de maduración estructural, el ascenso de China en la cadena de valor mundial y las políticas desplegadas bajo la rúbrica de la iniciativa «Made in China» (2015), diseñada para estimular el consumo interno de productos chinos.

Para ser justos, el análisis de Ho-fung sobre las tenencias del Tesoro chino, el énfasis en las exportaciones a los mercados de EE. UU. y la UE, y la inversión extranjera directa acumulada aún no estaba claramente desfasado en 2015. Sin embargo, desde entonces, la inversión china tanto en EE. UU. como en la UE se ha desplomado, sus tenencias de bonos del Tesoro estadounidense han caído desde el máximo alcanzado en 2012 (no se trata solo de una venganza por el «Día de la Liberación») y el stock acumulado de IED de China a finales de 2024 era de 3,14 billones de dólares. Durante años, ha estado entre los tres principales inversores extranjeros. China, como admite la NSS, se ha convertido en un importante exportador de capital, cada vez más, a través de la Iniciativa del Cinturón y Rutas de la Seda, a países de ingresos bajos y medios. En otras palabras, desde su adhesión a la Organización Mundial del Comercio, China se ha vuelto mucho menos dependiente de los mercados estadounidenses, las exportaciones y el dólar.

Lejos de que la rivalidad entre Estados Unidos y China esté impulsada por los desequilibrios comerciales, el último libro de Ho-fung, Clash of Empires (2022), presenta un argumento muy bien documentado de que surge de una lucha entre las empresas estadounidenses y los gigantes chinos emergentes respaldados por el Estado. Las empresas estadounidenses habían formado un gran y poderoso lobby chino en el Congreso durante las décadas de 1990 y 2000. En la década de 2010, se dieron cuenta de que, a medida que China ascendía en la cadena de valor, también promovía a sus propias empresas nacionales líderes en los mercados chinos y se preparaba para competir con el capital estadounidense en los mercados extranjeros. Retiraron su apoyo y se produjo un rápido movimiento bipartidista contra China, lo que creó el espacio político en el que la Administración Trump pudo iniciar las guerras comerciales. La ironía es que, al hacerlo, hizo más plausible la predicción de Jacques.

III.

¿Qué pasó con el capitalismo chino y cómo? En 2018, Xi Jinping se jactó de que el liderazgo del PCCh era la «mayor ventaja competitiva» del país. «En los ámbitos militar, científico y civil, en todas las direcciones, el liderazgo del Partido lo es todo».

Tal es la grandilocuencia del poder, concretamente de los príncipes, la nomenklatura y los «capitalistas rojos» que gobiernan el PCCh. Tal es también la confianza en sí mismo de un sistema de poder dinástico: Xi proviene de una generación de hijos de líderes revolucionarios. Sin embargo, cuando se consideran las transformaciones impulsadas por las políticas del capitalismo chino (estrategias de desarrollo interior, «Belt and Roads», «Made in China») y la incapacidad equivalente de los Estados capitalistas occidentales para ajustarse racionalmente a sus propios intereses —para comportarse como el «capitalista colectivo ideal», como Engels describió al Estado capitalista—, es casi tentador pensar que tiene razón. De hecho, el extraordinario éxito del partido-Estado en el desarrollo capitalista ha provocado en la última década un renovado interés por las ideas del «capitalismo de Estado». Y es cierto que los cambios que describo fueron coextensivos con una centralización del poder económico decisivo en manos del Estado, una difusión del control del partido en el capital privado y una infusión de la alta burguesía en el partido.

Pero el «capitalismo de Estado» es un concepto demasiado abstracto para captar la forma cambiante del sistema chino. No capta las especificidades y tensiones de la relación entre el Estado y el capitalismo en la China actual. Irónicamente, la etiqueta se aplica mejor al período en el que China no se proclamaba capitalista: los treinta años transcurridos desde la revolución hasta 1978. (Véase Owen Miller et al para un estudio comparativo del capitalismo de Estado en el Asia oriental de la posguerra). La revolución dio poder al liderazgo de un ejército guerrillero de base campesina que, cuando tomó el control de la industria, la tierra, los bancos y el comercio, se convirtió en una nueva clase burocrática estatal. La burocracia se comportó como un capitalista colectivo, explotando la mano de obra bajo la presión de la competencia geopolítica, a través de la cual se impuso la ley del valor. (Existe un debate válido, que aquí solo señalo, sobre hasta qué punto la ley del valor puede aplicarse realmente cuando la mano de obra no está generalmente mercantilizada). A través de la colectivización forzosa y el Gran Salto Adelante, el Estado trató de disciplinar a la mano de obra, romper los cuellos de botella en la producción y acelerar la acumulación primitiva de capital industrial. Las reformas posteriores a 1978 no fueron una restauración, sino una mutación, impulsada en parte por la necesidad desesperada de producir en masa bienes de la industria ligera.

Lo que surgió en la década de 1980 fue una forma extrañamente rural y descentralizada de capitalismo dirigido por el Estado, sin ningún equivalente al MITI japonés o a la Junta de Planificación Económica de Singapur. Los gobiernos locales debían crear empresas municipales y rurales (TVE) en el campo, controlar los ingresos y gestionarlas como corporaciones diversificadas.

Yasheng Huang, defensor del espíritu emprendedor del capitalismo rural chino, afirma que de los 12 millones de TVE que había en 1985, unos 10 millones eran «completa y manifiestamente privadas». Eso no es literalmente cierto. La mayoría eran propiedad y estaban gestionadas por partidos locales, y empleaban a unos 69,8 millones de personas. Las empresas privadas, que empleaban a unos 4,75 millones de personas, a menudo se hacían pasar por públicas —lo que se conoce como «llevar el sombrero rojo»— porque el sistema bancario estatal estaba cerrado a los capitalistas privados. (Nota: el término «privado» se utiliza aquí por conveniencia: nunca ha tenido una definición jurídica clara en China). Esto era importante: la apertura del capitalismo privado tenía que gestionarse políticamente. Mientras que las empresas estatales (SOE) seguían teniendo la obligación de proporcionar empleo de por vida, vivienda, asistencia sanitaria, escuelas, pensiones, etc. —el «bol de arroz de hierro»—, las TVE no solo absorbían el excedente de mano de obra, sino que eran la base de ingresos de los pueblos y municipios. Lo que es justo decir es que se comportaban más como capitalistas privados que como empresas estatales, aplicando un régimen laboral sin prestaciones sociales completas y, por lo tanto, explotando la mano de obra de forma más eficaz. Su productividad se disparó, mientras que las OSE se quedaron rezagadas.

El PCCh no tenía intención de abolir simplemente el sistema de planificación, por lo que desarrolló un mercado basado en la pequeña producción de mercancías paralelo a él. Sin embargo, a finales de los años ochenta ya se había alcanzado el límite máximo. La producción rural estaba muy dispersa, era de baja tecnología, requería mucha mano de obra y no podía integrarse fácilmente en los mercados mundiales. Aquí es donde entran en juego las zonas económicas especiales (ZEE) y la estrategia de desarrollo costero. Las ZEE se abrieron por primera vez a principios de la década de 1980, basándose en un concepto del capitalismo irlandés de la posguerra en el que se atraía la inversión extranjera directa con incentivos fiscales especiales. Las primeras ZEE se abrieron en Shenzhen, Shantou, Zhuai y Xiamen, y se crearon como enclaves controlados políticamente en los que operaban el capital extranjero, la fabricación para la exportación y los precios de mercado. La tierra seguía siendo de propiedad estatal, las finanzas estaban bajo control estatal y la mano de obra migrante procedente del campo se veía políticamente precaria debido al sistema hukou.

El capitalismo chino se elaboró, entonces, a través de modelos de explotación en capas, dentro de las limitaciones impuestas por los requisitos de seguridad del régimen. En los años ochenta, el capitalismo rural lideraba; en los noventa, el capitalismo industrial de exportación estaba al mando, con la expansión y el alcance de las ZEE. El cambio al capitalismo de exportación estaba fuertemente vinculado a los mercados estadounidenses. La mayoría de las exportaciones se dirigían directamente, o a través de Hong Kong, a los Estados Unidos. Y el PCCh cortejó a empresas estadounidenses como Boeing, AT&T y Caterpillar, para asegurarse de que el estatus de «nación más favorecida» de China no estuviera vinculado a los derechos humanos, como exigían los sindicatos estadounidenses. En esto, como documenta Ho-fung, tuvieron éxito. El efecto de este modelo fue prácticamente el que describe Pettis: un aumento vertiginoso de la desigualdad por clases y regiones, una caída en picado de la participación del trabajo en la renta nacional, una disminución del consumo de los hogares y un superávit comercial constante. Es más difícil demostrar la afirmación de Ho-fung, y también la de altos cargos de la Administración Trump, de que esto costó puestos de trabajo en el sector manufacturero estadounidense, ya que la participación del empleo en este sector llevaba décadas disminuyendo en las principales economías capitalistas.

IV.

Obviamente, la adhesión a la Organización Mundial del Comercio en 2001 impulsó inicialmente esas tendencias. China se convirtió en la «fábrica del mundo» y su superávit por cuenta corriente se disparó. Sin embargo, el partido-Estado no se contentaba con permanecer en la parte inferior de la cadena de valor.

Y el PCCh reforzó su control económico incluso después de la «gira por el sur» de Deng, en la que se alabaron las reformas del mercado, a pesar de que las TVE y las SOE fueron despojadas de sus obligaciones sociales y privatizadas (una vez que el sector exportador fue lo suficientemente grande como para absorber la mano de obra desplazada), e incluso cuando se estaba desarrollando un sistema financiero moderno bajo el impulso de Zhu Rongji.

La construcción de la distintiva máquina de inversión de China en la década de 2000 se produjo en un contexto de reacción contra el bloque liberalizador, costero y orientado a las finanzas del Politburó, cuyas reformas fueron acusadas de causar anarquía, desigualdad excesiva y hacer que China dependiera demasiado del capital extranjero. El liderazgo de Hu Jintao y Wen Jiabao reflejó ese cambio, y los planes de desarrollo regional resultantes movilizaron enormes esfuerzos crediticios, infraestructurales e industriales para mitigar las desigualdades desestabilizadoras. Se ampliarían los mercados, pero se reforzaría el control político sobre las condiciones del metamercado.

Los cuatro grandes bancos creados a partir del Banco Popular de China se comercializaron, pero siguieron bajo control político. Justo antes de que China se incorporara a la OMC, Zhu Rongji había orquestado una limpieza del caos bancario derivado de la crisis financiera asiática de 1998. Las deudas impagables de los bancos estatales se transfirieron a empresas de gestión de activos creadas especialmente para ello, y los bancos se recapitalizaron. Esto los dejó en buena salud y listos para salir a bolsa con éxito, pero las acciones de control seguían en manos de Central Huijin Investment (un fondo soberano estatal) y del Ministerio de Finanzas. El crédito siguió estando subvencionado y fácilmente disponible para las empresas estatales que, a pesar de su retraso en productividad, eran estratégicamente importantes. El control estatal de la tierra también se convirtió en un elemento central de su modelo fiscal, ya que los gobiernos locales utilizan las rentas de la tierra como garantía para el crédito bancario.

La reforma de las empresas estatales restantes también afianzó el control del partido-Estado. Pasaron a estar bajo el paraguas de la Comisión de Supervisión y Administración de Activos Estatales del Consejo de Estado (SASAC), que, como accionista estatal de las principales empresas estatales, actuaba como gestora de activos. El objetivo de la SASAC era hacer que las empresas estatales funcionaran más como gigantes comerciales, manteniendo al PCCh al mando. El antiguo sistema de planificación no se desmanteló, sino que se reformó. La Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (NDRC) no planificaba directamente la producción y el consumo como la antigua Comisión Estatal de Planificación. Más bien, trasladó la planificación a un nivel más abstracto, movilizando recursos y orientando las políticas hacia objetivos generales de desarrollo. Y el plan era, según el Plan a Medio y Largo Plazo para la Ciencia y la Tecnología publicado por el Consejo de Estado en 2006, con la aportación de miles de expertos, sacar a China del montaje de bajo valor y empujarla hacia sectores de mayor valor y alta tecnología.

Cuando Xi Jinping asumió la presidencia en 2012, las élites costeras podrían haber esperado un nuevo impulso hacia la reforma impulsada por el mercado. Xi no era un representante de la izquierda del partido, había hablado de «reformas del lado de la oferta» y estaba especialmente comprometido con la liberalización del sector financiero. De hecho, inicialmente siguió adelante con medidas para reformar los tipos de interés, dar más libertad a los bancos comerciales y abrir los mercados de capitales a los inversores extranjeros, pero todo ello se vio frenado por la agitación del mercado de valores en 2015. Lo que surgió entonces fue un Xi muy diferente, estatista, bajo cuyo mandato el PCCh extendió su alcance a todos los aspectos de las relaciones internas y externas de China, incluyendo sobre todo el resurgimiento de las células del partido dentro de las empresas: más del 73 % de las empresas privadas habían establecido células del partido en 2018. Si los mercados iban a expandirse, el liderazgo político a nivel de la toma de decisiones corporativas era aún más vital. El Estado también creó empresas de inversión de capital para comprar participaciones en empresas privadas y así obtener más influencia, lo que resultó crucial durante la crisis financiera de 2015, ya que los fondos de participación estatal pudieron comprar un total de 1,3 billones de RMB en acciones.

La política industrial también se amplió al sector privado. Antes de 2015, la política industrial funcionaba a través de las empresas estatales, los bancos estatales, las infraestructuras y la contratación pública. Sin embargo, el problema es que las empresas estatales acumulan pérdidas y emplean a una pequeña parte de la población activa. Son estratégicamente importantes, pero no constituyen una gran fuente de influencia industrial. Made in China 2015 cambió eso: identificó sectores clave como la robótica, la industria aeroespacial y los semiconductores, y les fijó objetivos explícitos. Si aceptaban estos objetivos nacionales, obtendrían acceso a crédito barato, demanda estatal, ventajas normativas, financiación para I+D, concesiones de terrenos y mercados nacionales protegidos. «Campeones» nacionales como Huawei, BYD, CATL, DJI y SMIC se vieron envueltos en esta red de coordinación público-privada. Este es el tipo de desarrollo que enfrentó a las empresas estadounidenses con China y llevó a un importante grupo de presión empresarial (Morgan Stanley, GM, Playboy, etc.) a exigir medidas contra las distorsiones del mercado chino y la manipulación de la moneda. Esta es la base de la rivalidad interimperialista que se está desarrollando entre China y Estados Unidos, y del síndrome de China.

Lo que hemos visto aquí no es una retirada progresiva del poder estatal de la economía. Más bien, el control estatal se reestructuró en torno al control estratégico de los fundamentos de la producción y las finanzas, y luego del propio sector empresarial. La tendencia ha sido difuminar la distinción entre lo estatal y lo no estatal, tanto en la economía como en la sociedad en general. Por eso, la mejor descripción de lo que ha surgido bajo Xi (Pearson et al, 2023) es «capitalismo de partido-Estado». Si los filamentos de la organización del partido sobresalen de los niveles más enrarecidos del Estado, ahora están conectados a los niveles más inmediatos de la producción. A través del control directo, la planificación industrial, la influencia indirecta y la vigilancia, el partido-Estado fusiona el poder político con el ámbito de clase de la dirección interconectada.

Esto, por supuesto, ha causado cierta tensión con los capitalistas privados que no quieren ser funcionarios de un proyecto de acumulación nacional. Pero la mayoría de ellos, como quieren hacerse ricos, y luego hacerse aún más ricos, y hacerse aún más ricos, obscenamente ricos, increíblemente ricos, más riquezas, más dinero, más riqueza, más casas, más jets, acumular, explotar la mano de obra viva hasta hartarse y seguir explotándola— no critican públicamente como lo hizo Jack Ma. Las críticas de Ma a la regulación financiera le llevaron a ceder el control del gigante fintech, Ant Group, y salió relativamente bien parado en comparación con Sun Dawu, que fue encarcelado durante dieciocho años aparentemente por una disputa territorial con el Estado. El capital privado es extremadamente poderoso en China, pero no es soberano y no está en condiciones de desafiar la soberanía del partido-Estado.

La economía construida a través de ese control del partido-Estado sigue haciendo las delicias de la prensa económica: casi supera a Estados Unidos en investigación y desarrollo, avances en baterías, energías renovables, robótica, combustibles alternativos y productos farmacéuticos. Básicamente, China está tomando la delantera en las industrias del futuro. Mientras Estados Unidos se obsesiona con la IA, las inversiones de China están mucho más diversificadas. Mientras Estados Unidos dificulta la vida a los estudiantes chinos, China les da una calurosa bienvenida: una fuga de cerebros inversa. Nada de esto contradice los graves desequilibrios de la economía china, la acumulación de deuda, los probables problemas del envejecimiento de la sociedad y el descenso de la productividad, la enorme duplicación y el desperdicio de recursos, o la posibilidad muy real de una crisis incontrolable que suponga un peligro político existencial para el PCCh. El intento de estimular un crecimiento fantasma con préstamos fantasma muestra cómo el control del partido-Estado puede, como se suele decir, agudizar las contradicciones. Y, sin embargo, tampoco se trata solo de un despotismo irracional. Como digo, la fanfarronada de Xi de que el liderazgo del partido lo es «todo» tiene, si se cree en el capitalismo, un pequeño punto muy discutible, pero muy palpable.

V.

Así que estaba diciendo algo sobre Trump y su nueva Estrategia de Seguridad Nacional. En abril, los aranceles del «Día de la Liberación» se declararon como un marco de influencia generalizado. Como instrumento coercitivo, los aranceles castigaban a otros países por tener superávit comercial con Estados Unidos, probablemente con el fin de obtener diversas concesiones no comerciales. Como instrumento fiscal, gravaban a los consumidores estadounidenses para financiar objetivos fiscales y apoyar recortes de impuestos sobre el patrimonio, los beneficios y los ingresos. Pero el supuesto objetivo a largo plazo era reestructurar el comercio y las finanzas y forzar la relocalización de la industria manufacturera.

La amenaza de aranceles superiores al cien por cien a China, con una desconexión espectacularmente destructiva de las dos mayores economías comerciales, se suponía que iba a ser la palanca de esa reestructuración. En lugar de llevar a cabo una desconexión total, parece que la administración Trump tenía la intención de utilizar los aranceles en un proceso de negociación diseñado para obligar a China a reajustar la integración entre las dos economías, dejando que su moneda se apreciara, pagando una compensación u ofreciendo otras concesiones no comerciales. Así, en términos generales, es la interpretación de Stephen Miran sobre el asunto. Si esa era la estrategia, no funcionó. Las concesiones de China fueron menores y recíprocas. Suspendió el control de las exportaciones de tierras raras a cambio de que Estados Unidos suspendiera sus propias normas recientes sobre licencias de exportación. A cambio de que Trump suspendiera las tasas portuarias a los buques chinos, China renunció a sus contramedidas contra los buques estadounidenses. Los ajustes arancelarios y la cooperación en cuestiones como el fentanilo, TikTok y el comercio agrícola también fueron mutuos. La imposición de una crisis existencial tuvo escasos beneficios. En pocas palabras, fue una importante retirada de Trump, una derrota que reforzó la posición global de China. ¿Por qué?

Una razón obvia es que China podía soportar más fácilmente los costes de la desconexión que Estados Unidos, precisamente porque no depende de las exportaciones a Estados Unidos y ahora es una economía compleja y de alta tecnología con un mercado interno desarrollado. Las exportaciones de China a Estados Unidos, como admite con pesar la NSS, ahora representan «algo más del 2 % de su PIB». Otra razón es que, en la medida en que sigue siendo una economía muy dependiente de las exportaciones, ahora cuenta con vastos mercados más allá de Estados Unidos. Como dice la NSS con desesperación y admiración: «Las exportaciones de China a los países de bajos ingresos son hoy casi cuatro veces superiores a sus exportaciones a Estados Unidos». Sin embargo, la NSS sigue hablando de políticas comerciales diseñadas para «reequilibrar la economía china hacia el consumo doméstico», lo que nos lleva a pensar en expresiones como «cerrar la puerta del establo» o «tarde demasiado». También habla de la posibilidad de elaborar algún día una especie de «plan conjunto para el llamado “Sur Global”» para contrarrestar la ventaja comercial de China, aunque deja esa perspectiva tentadoramente vaga. De hecho, aunque el documento tiene razón en cuanto a los recursos económicos que Estados Unidos puede movilizar para ese fin, Estados Unidos simplemente no tiene los recursos políticos para orquestar un plan de ese tipo. Así pues, la guerra comercial es inútil, la guerra comercial se está perdiendo y la batalla por el control de las tecnologías y los combustibles del futuro (aparte de la IA) se ha cedido de antemano, lo que deja a Estados Unidos con la ventaja militar, siempre y cuando China no explote su capacidad industrial y militar, mucho mayor. Y la NSS habla debidamente de «disuasión» en el Indo-Pacífico, aunque Estados Unidos también reconoce tácitamente la primacía china en ciertos corredores marítimos.

Curiosamente, una versión larga secreta del documento propone un resultado diferente. Afirma abiertamente que la «hegemonía» ha fracasado y que siempre fue «algo erróneo». Según dice, Estados Unidos no debería intentar gobernar el mundo. Lo que no se dice, pero se entiende claramente, es que la hegemonía es una trampa liberal que debilita a Estados Unidos. Para ser justos, esto no es más que una versión de lo que los «realistas» de la Administración Trump han dicho abiertamente, y la eliminación de programas como USAID forma parte de esa lógica. A continuación, se habla de reestructurar el liderazgo mundial con una nueva organización llamada «Core 5», basada en las potencias continentales: Estados Unidos, Rusia, China, India y Japón. No creo que sea una casualidad que esto excluya a la Unión Europea, o que la administración se centre en apoyar a la extrema derecha nativista contra la clase política europea, o que Trump esté mostrando su disposición a romper la alianza de la OTAN mediante la anexión de Groenlandia.

Tácitamente, el mundo se dividiría en esferas de influencia: Estados Unidos en su «hemisferio», Rusia en Eurasia, China en el Indo-Pacífico. Esto no se explica formalmente como un objetivo estratégico, pero la retirada de la hegemonía global es real, al igual que la retirada hemisférica de Estados Unidos bajo la rúbrica de la «Doctrina Donroe».

Permítanme concluir poniendo esto en contexto. La hegemonía, en las relaciones internacionales, no tiene que ver con el «poder blando». Es una interpretación errónea de Gramsci considerar que la hegemonía opera únicamente a través de la producción de consentimiento. Los mecanismos del derecho, los incentivos materiales, las garantías de seguridad y las interpelaciones ideológicas siempre están inscritos en la violencia. El consentimiento y la coacción, según Poulantzas, son co-constitutivos. La hegemonía estadounidense desde 1945 ha consistido en la gestión geopolítica del desarrollo desigual y combinado, en este caso, a través de la globalización del Estado y el capital, las infraestructuras, los métodos de producción y las cadenas de valor y las normas estadounidenses. Estados Unidos ha sido patrocinador, garante y ejecutor de un orden basado en normas al que no estaba sujeto de la misma manera que otros Estados, pero que confiere cierta previsibilidad al sistema. En el núcleo de ese sistema, dotándolo de fuerza material, se ha encontrado la alianza euroamericana, consolidada no solo a través de la OTAN, sino también a través de los esfuerzos estadounidenses por impregnar a los Estados aliados (políticamente subordinados) con sus imperativos, promover bloques de poder atlantistas y organizar incentivos materiales para que acojan e incluso exijan el «liderazgo» estadounidense . Esa alianza ha sido la columna vertebral de un orden basado en instituciones multilaterales y en la aplicación de la violencia hacia las naciones consideradas una amenaza para ese orden. Esto, la globalización del capitalismo estadounidense, va mucho más allá del marco neoliberal.

Ese orden lleva tiempo en decadencia, y Trump no es el primero en reconocerlo. Sin embargo, la administración Biden todavía creía que podía evitar el colapso mientras reestructuraba el capital estadounidense para otros cien años de dominio en un acuerdo posneoliberal: de eso se trataba el discurso sobre un «punto de inflexión» en la NSS 2022. Seguía favoreciendo las alianzas fundamentales (OTAN, AUKUS, el Quad, etc.) detrás del dominio global en lugar de las áreas geográficas de dominio. Seguía favoreciendo el lenguaje de las normas globales, el Estado de derecho, etc. Y, en última instancia, aunque su política arancelaria era una continuación y radicalización de los aranceles del primer mandato de Trump, su intención era utilizar los aranceles y otras herramientas políticas para seguir siendo la potencia global preeminente frente a «potencias revisionistas» como Rusia y China.

Lo que la administración Trump parece estar contemplando ahora no es solo el repudio del multilateralismo, el «estado de derecho» y una esfera de influencia global, sino una ofensiva contra las mismas alianzas que sustentaban la hegemonía global. Sin duda, como sospechan algunos analistas chinos, lo ven como algo parecido a una reducción de plantilla en una empresa, recortando las inversiones deficitarias y resurgiendo como una potencia agresiva y dominante. Pero no racionalicemos esto. La ruptura con Europa, la obsesión por las fronteras y el dominio étnico, el anhelo por Groenlandia, el recorte de la financiación para la investigación científica, la demolición de la salud de la población trabajadora, el ataque a la propia base productiva de Estados Unidos mediante el recorte de la inversión en tecnologías renovables... Todo esto es profundamente ideológico y contraproducente. Es, quizás, la verdad última del síndrome de China, a saber, que la fascinante hostilidad hacia China fue siempre, en parte, la expresión de un profundo desprecio hacia sí mismo y una voluntad de autodestrucción.

Richard Seymour  es autor de varios libros, entre ellos Corbyn: The Strange Rebirth of Radical Politics (Verso, 2016). Su último libro, The Twittering Machine (Indigo Press, 2019), es un ataque muy bien recibido por la crítica a la industria social: Twitter, Facebook, YouTube y los efectos políticos y culturales de la captura capitalista de la vida social. Además, es editor fundador de la revista Salvage. Escribe principalmente comentarios políticos marxistas.