17.04.26
Trump no improvisa, ni es meramente «manejado por Israel». Prepárese para el invierno
SALVADOR GÓMEZ / Hay una lectura optimista, pero ingenua, de la crisis en Medio Oriente: creer que la decisión de Trump de bloquear él mismo el estrecho de Ormuz —un impulso narcisista, pese a las inconfundibles señales del daño que esto causaría a la economía global y al mercado de combustibles estadounidense— generará tanta resistencia mundial que obligará a Estados Unidos a retroceder. La lectura profunda, sin embargo, es mucho más sombría. Trump está ejecutando una estrategia fríamente planificada para no ceder la supremacía unipolar, a la cual le da exactamente igual lo que el mundo piense. Este plan incluye una guerra a largo plazo, la desaparición total de la civilización iraní y el robo de sus recursos. Dado que Estados Unidos tiene la capacidad destructiva para intentarlo —aunque sea a un alto costo económico y político—, la única pregunta relevante es si los demás actores globales están en condiciones de impedirlo
GLOBO
La guerra en Irán ha dado un giro que confirma lo peor. Confirma que la lógica escalatoria sigue rigiendo al conflicto, que observamos desde el comienzo. Pero varios signos confirman, además, que esto que vemos -llevar al mundo a un colapso económico empleando como herramienta el bloqueo de Ormuz a mediano o largo plazo- podría haber sido parte del plan de Estados Unidos, y que está desplegándose sin mayores inconvenientes. En efecto, el rumbo que ha tomado el conflicto desde el fracaso (claramente programado) de las negociaciones en Islamabad, obliga a priorizar lecturas terribles.
Esta guerra no solo busca aislar energéticamente a China —algo que todo analista advirtió desde antes de empezar—, sino que persigue algo de mayor alcance. En un contexto desesperado para la hegemonía unipolar, donde la instalación y avance de China, Rusia, y otros, es un hecho irreversible, se busca demorar y dañar lo más posible ese avance. Esto es, no es solo China: es el mundo entero el que hay que dislocar. Y los Estados Unidos buscan, en el camino, asegurarse el control de su área «natural» de influencia, las Américas y Europa. Para asegurar esa sumisión, comenzarán debilitándola. Y para ello, tal parece, cualquier costo es poco. Colateralmente, esto habilitaría cumplir con el sueño del globalismo woke de un mundo en crisis energética y alimentaria total. En ese escenario, las ansias de control de las élites globalistas tendrían un panorama inmejorable. Con el miedo, el hambre y el colapso, se puede imponer casi todo el consabido plan o «agenda» a las regiones del mundo dependientes de Estados Unidos: desde la moneda digital de banco central para vigilar las compras de cada ciudadano, hasta las ciudades de 15 minutos y la censura final de voces alternativas. Basta que el miedo sea lo suficientemente extendido y la crisis alimentaria lo suficientemente nítida.
Esta es la peor lectura, y por ahora, la que me parece más convincente. Creo que como aun estamos en la calma que precede a la crisis desatada, no se percibe cuán verdaderamente horrible es. Ha sido avanzada, por ejemplo, por una inteligente nota del escocés Craig Murray, ex embajador británico en Uzbekistán. Murray —en la línea de Brian Berletic aunque no creo que coincidan políticamente en una jota— no cree una palabra sobre la supuesta improvisación del régimen de Trump, ni mucho menos que haya sido «arrastrado por Israel». Aunque ve claro que Trump está protegido por Israel desde el día uno, no cree (y para mí es totalmente lógico) que Israel dirija la política exterior norteamericana. Trump, como actor principal de una trama elaborada en lo más profundo del estado profundo (que no responde desde luego a «Israel»), planeó esto con toda deliberación. Pidió a Lockheed Martin que cuadruplicase la producción de misiles interceptores meses antes del ataque a Irán, e instruyó a otras compañías del complejo militar-industrial en el mismo sentido. Fingió negociar con Irán y, dos veces en menos de un año, traicionó a los negociadores atacando por sorpresa. Y ahora consiguió una tregua solo para acumular más fuerzas militares alrededor del Golfo, para que sus aliados en la región -realmente golpeados por Irán- puedan ser rearmados y reagrupados. Desde luego, los rumores de que «se reabrirían las conversaciones de paz» y que «se mantiene el cese al fuego» son una patraña que será violada nuevamente cuando convenga.
Todo fue organizado con tiempo, y convenientemente azuzado. La genuina ola de reclamos de fin de año por la situación económica en Teherán no tenía intención de cambiar el régimen. Pero agentes del Mossad y la CIA intervinieron —según el manual de siempre— para convertir las protestas en episodios altamente violentos, disparando contra la policía para provocar una represión que luego los medios del régimen norteamericano multiplicaron por cien. A la CIA nunca le importó, ni esperó, un verdadero cambio de régimen en Irán. Lo que buscaba era fabricar la sensación de una «tiranía violenta» para aminorar el rechazo a los ataques de EE.UU. e Israel.
Murray explica que el «bloqueo naval del petróleo venezolano por parte de Trump ha asegurado el monopolio norteamericano de su venta y distribución. Igual que pasó con Irak, sólo contratistas aprobados por EEUU pueden comprar ese petróleo, y los pagos se hacen a una cuenta controlada por el propio Trump en Qatar, de la cual la ganancia es transferida al gobierno de Venezuela a discreción de Trump«. Esto es corrupción a una escala no vista, al menos no comúnmente. Una cosa es cobrar una coima, y otra es cobrarse el entero petróleo de Venezuela en una cuenta propia en Qatar y manejarla discrecionalmente, bajo el paraguas institucional de los Estados Unidos. Murray observa que el secuestro de Venezuela blindó aun más a Estados Unidos de las consecuencias del cierre de Ormuz.
De paso, debe destacarse que la corrupción es parte integral del gobierno Trump, igual que de los anteriores. En este caso, durante las negociaciones en Islamabad, Kushner introdujo en un momento la posibilidad de que se le diese «al gobierno» una parte de los «peajes» que Irán cobra a los buques que atraviesan Ormuz. Sobre las negociaciones en sí, también se ha sabido que Vance las llevó razonablemente durante todo un día de trabajo, consultando con Trump unas diez o doce veces telefónicamente. Hasta que, a altas horas de la noche, aparecieron en escena Kushner y Witkoff, explicaron que las demandas de máxima de Israel eran innegociables, y allí se terminaron las conversaciones. A continuación, el Washington Post llamó en una pieza editorial a asesinar a los negociadores iraníes. Estos, enterados en el avión del asunto, aterrizaron lo antes que pudieron en el extremo oriental de Irán, y terminaron el viaje separados y por tierra, en autos y trenes.
El «costo político y económico» no prima sobre la angustia estratégica
En cuanto al cierre de Ormuz, y el bloqueo, el razonamiento debe seguir en esa misma línea. Alguien puede argumentar que esto perjudicará al ciudadano norteamericano y a «la economía mundial». So what? A la administración norteamericana no le importa el ciudadano norteamericano, ni la economía mundial: les importa su propia ganancia, y el resultado estratégico. Digamos que esto tiene un costo político altísimo para «la imagen de Estados Unidos en el mundo». Bien, con los años eso se licúa. Eso a la larga volverá a cambiar, siempre que Estados unidos no pierda su hegemonía unipolar. Así, a todas luces, razona la gente que está ordenando estos disparates desesperados. «Trump», «la democracia» u «occidente» son costos menores en el largo y gran tablero. Además, a las empresas armamentistas y petroquímicas del complejo militar industrial no les está yendo mal para nada, ni tampoco a toda clase de personajes importantes conectados al cogollo de la administración. Si se observan las ganancias ultimas de Chevron, o de Lockheed Martin, o de la empresa petrolera que usted elija (salvo que dependa del Golfo para vivir), o si se presta atención a los informes e investigaciones que vienen divulgando los expertos financieros, usted verá que hay mucha gente que está haciendo un montón de dinero con el cierre del estrecho.
Por todo lo anterior, esta será una guerra larga. El pedido de 200.000 millones de dólares que hizo Trump no es para financiar una escaramuza. En una guerra larga, Irán al final siempre pierde. El objetivo no es destruir nuclearmente a Irán, al menos por ahora. Probablemente nunca, porque el petróleo persa es importante y debe poder ser explotado, luego de que el régimen norteamericano se libre de los molestos habitantes que viven encima. Se trata pues de destruir esa civilización, y hacer polvo el nivel de vida de 92 millones de persas. En el camino quedarán probablemente algunos aliados de EEUU en el Golfo. Toda guerra tiene bajas colaterales.
El lector no encontrará agradables estas interpretaciones. Nosotros tampoco. Así como Rusia tiene el nivel máximo de poder escalatorio en su conflicto con Ucrania, y por tanto siempre iba a ganarlo, aun desde antes de empezar, algo similar pasa, al revés, con el conflicto en Medio Oriente. Aquí es Estados Unidos el que está relativamente a salvo -Irán no puede alcanzarlo ni dañarlo en nada sustancial, salvo su imagen, que de todos modos se arrastra en el barro hace rato-, y tiene las opciones finales, y muchas de las intermedias, mientras que Irán solo puede apostar a destrucción mutua con sus vecinos del Golfo, y a crear una crisis global de proporciones bíblicas, para la cual Estados Unidos está bastante mejor preparado que muchos otros. Esto no implica abrir juicio sobre el rumbo de decadencia occidental, que parece agudizarse con cada nuevo giro de los hechos. Pero una civilización en decadencia aun puede hacer -y sobre todo hacerse- una cantidad incalculable de daño.
Las alternativas a este bituminoso panorama solo podrían venir de reacciones conjuntas de otros actores que puedan torcer este rumbo de las cosas. Eso es, como lo venimos diciendo desde el primer día, más escalamiento. Todo el mundo sabe cuáles son los escalones que faltan.
Fuente: extramurosrevista.com
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