Silvia Ribeiro
Con más de 92 millones de personas contagiadas y 2 millones de muertes
por Covid en el mundo, aún no se sabe a ciencia cierta el
origen del virus que está causando esta debacle global.
Hay consenso científico en que el SARS-CoV2 es derivado de un
virus de murciélago, pero a más de un año de haberlo identificado, no
hay una investigación internacional independiente de intereses creados,
que pueda darnos certeza sobre el verdadero origen de este virus.
El 4 de enero de 2021, el New York Magazine publicó los resultados de
una amplia investigación de Nicholson Baker sobre las
actividades de gobiernos y científicos de Estados Unidos y
China, que aporta datos fundamentales para conocer las hipótesis
al respecto (The lab-leak hypothesis, https://tinyurl.com
/yxkj2j35).
Así resume sus conclusiones: “He llegado a creer que lo que pasó fue
bastante simple. Fue un accidente. Un virus pasó un tiempo en un
laboratorio, y finalmente salió. El SARS-CoV-2, el virus que
causa el Covid-19, comenzó su existencia dentro de un murciélago,
luego aprendió a infectar a la gente en una mina y luego se hizo más
infeccioso en uno o más laboratorios, tal vez como parte del
bien intencionado, pero arriesgado esfuerzo de científicos para
crear una vacuna de amplio espectro. El SARS-2 no fue diseñado como
un arma biológica. Pero sí fue diseñado, creo”.
Es lo mismo que planteó Luc Montaigner, francés y premio Nobel de
medicina, en su investigación sobre el VIH, virus del sida
(https://tinyurl.com/ybjnfrlc). Baker explica, con abundantes
fuentes científicas, que no existen evidencias definitivas de que
haya sido manipulado, pero tampoco las hay para afirmar que fue
solamente zoonótico.
La hipótesis de que el virus haya sido diseñado para lograr un
alto nivel de infectividad en seres humanos y haya sido un escape
accidental, es un tema sobre el que los científicos implicados en
Estados Unidos o China no quieren ni nombrar. Pero conociendo las
condiciones, la hipótesis del escape es muy plausible y debería ser
seriamente investigada.
Varios de los que manifiestan que no es necesario investigar el
tema, como Anthony Fauci, director de uno de los Institutos
Nacionales de Salud (INS) de Estados Unidos, y Peter Daszak, de
la EcoHealth Alliance, han estado involucrados por varios años en
la investigación del laboratorio de Shi Zhengli en el Instituto de
Virología de Wuhan, China, en un proyecto financiada por el INS para
aumentar la infectividad a humanos de un virus de SARS que
es el antecedente más cercano que se conoce al SARS-CoV 2
(https://tinyurl.com/yxaw7b44).
La lógica de ese tipo de investigación explica Baker, tiene
raíces en los programas del gobierno de Estados Unidos,
especialmente después del 11 de septiembre. Poco después del 11/9
hubieron varias cartas-atentado con un polvo que contenía ántrax. Los
atentados fueron la base para una enorme expansión de la investigación
en armas biológicas y biodefensa, con el argumento de estar
preparados con una vacuna u otros medios para prevenir ataques
extranjeros. Más tarde se comprobó que las cartas fueron enviadas por un
ciudadano estadunidense, uno de sus propios investigadores en
bioarmas, que quería que el gobierno comprara su vacuna para el
ántrax.
En 2003 el Congreso aprobó el programa BioShield para biodefensa, que en
la administración de Obama continuó con el nombre Predict. El
presupuesto del rubro se multiplicó por 15. Desde el comienzo,
primero con Bush, luego con Obama y después con Trump, Anthony Fauci
ha tenido posiciones de liderazgo en el sector. En la pandemia, ha
sido la persona oficial de referencia. Desde 2003, Fauci lideró
programas de biodefensa que manipulaban virus, incluso colectados
en China y los defendió frente a la protesta de cientos de científicos
que exigieron que esos fondos debían ser para enfermedades que
afectaban mucho más a la población del país.
Hay una línea solamente virtual entre la investigación para
biodefensa y la producción de armas biológicas. Para desarrollar
antídotos primero desarrollan el virus u otros agentes
infecciosos. Desde hace más de una década se han estado usando
virus de SARS y MERS (otros coronavirus), recombinándolos en
laboratorio, a menudo con sistemas de inteligencia artificial, para
producir mayor infectividad en humanos, a ver hasta dónde
podrían llegar. A esto se le llama “ganar funciones” para los
virus ( gain-of-function). En 2012, la investigadora Lynn Klotz
alertó en el Bulletin for Atomic Scientists que una pandemia producida
por seres humanos podría suceder en un máximo de 12 años con 80 por
ciento de probabilidades. En ese año, algunos experimentos que se
hicieron para lograr que la gripe aviar infectara hurones (que antes
no eran susceptibles a la enfermedad) indignó a una gran cantidad
de científicos y en 2014 se suspendieron los programas para este
tipo de investigación.
Esto precipitó que algunos de los que estaban en este tipo de
investigación, como Ralph Baric y Peter Daszak, buscarán más
colaboración con laboratorios en otros países, ya que no podían
hacerlo en Estados Unidos. Desde entonces, laorganización
EcoHealth Alliance, que preside Daszak, ha estado canalizando
fondos del gobierno de Estados Unidos a varios laboratorios,
entre ellos el de Wuhan.
Estados Unidos es el país que ha invertido más fondos y
recursos en investigación de armas biológicas, siempre bajo el título de
biodefensa. Incluye la manipulación genética –u otros medios– de virus y
bacterias para hacerlos más infecciosos a seres humanos, supuestamente
en busca de vacunas o antídotos contra ellos. El laboratorio de Ralph
Baric, uno de los más activos investigadores en esta área, por lo que
recibe fondos gubernamentales desde hace dos décadas, es llamado por sus
pares salvaje oeste
. Varios de sus experimentos con virus de
gripe aviar y coronavirus SARS han sido para aumentar infectividad en
humanos a través de las vías respiratorias. Es una de las razones que
motivaron protestas de cientos de científicos, lo que en 2014 llevó a
una suspensión de fondos para este tipo de investigación (Ver artículo
de N. Baker, enero 2021, https://tinyurl.com/yxkj2j35).
Baric se enfocó entonces en la colaboración con la doctora Shi Zhengli del Instituto de Virología de Wuhan, China, en proyectos cofinanciados por los Institutos Nacionales de Salud y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por sus siglas en inglés), entre otros, para aumentar la infectividad de virus de murciélagos en vías respiratorias humanas. Incluso de un coronavirus (RaTG13 o BTCoV-4991) que se considera el ancestro conocido más próximo genéticamente al SARS-2 que causó la pandemia Covid-19.
Los fondos fueron canalizados a Wuhan a través de la ONG EcoHealth
Alliance, con base en Estados Unidos y presidida por Peter Daszak,
zoólogo que ha convertido lo que llama la lucha contra los virus
,
en una guerra casi religiosa. Al igual que Baric, se sumó a la
colaboración con la investigación del laboratorio de Wuhan para optimizar
la infectividad de virus de SARS.
La doctora Shi Zhengli es una experta en virus de murciélago reconocida internacionalmente. Su laboratorio es el único en China que cuenta con la clasificación de bioseguridad nivel 4, el más alto. Por ello se hacen allí este tipo de experimentos de alto riesgo. Cuenta con esa clasificación desde 2018, pero la recolección del virus RaTG13, se hizo en 2012 y 2013, en una mina de la provincia de Yunnan y en un hospital donde mineros afectados sufrieron –y algunos murieron– por una enfermedad que podría ser hoy vista como Covid-19 (https://tinyurl.com/yx8znl8m).
Baker pregunta ¿cuántas chances hay de que el inicio de la pandemia se identificara en la ciudad que tiene el único laboratorio de bioseguridad 4 en China, donde Estados Unidos y China estaban realizando experimentos con el virus conocido más cercano al SARS-2 y que esto no esté relacionado? (https://tinyurl.com/yxkj2j35).
Cuando varios científicos y científicas empezaron a hacer preguntas
sobre esta posibilidad, se encontraron con una muralla de silencio de
varias capas. Una del gobierno de China, que detuvo y clasificó
cualquier investigación al respecto. Otra de parte de una veintena de
científicos que ya en febrero 2020 y antes de que se iniciara cualquier
investigación, publicaron una declaración en la revista The Lancet, afirmando que el origen del virus era natural
y que la posibilidad de una manipulación de laboratorio debía ser descartada.
Más tarde, la organización US Right To Know reveló (analizando
correos electrónicos obtenidos por acceso a la información pública), que
esa declaración fue escrita y orquestada por Peter Daszak, actor clave
del proyecto de manipulación del SARS-2 (https://tinyurl.com/y5y9roh5).
Cuando más tarde en 2020 los fondos para este proyecto en Wuhan fueron
suspendidos por un breve lapso, Daszak presentó el hecho a los medios
como un ataque a la ciencia
, lo cual era fácil de creer por ser
la administración Trump. Daszak nunca aclaró que cientos de científicos
serios y responsables en su país pedían desde mucho antes terminar este
tipo de investigación.
A partir de muchas interrogantes sin respuesta, a finales de 2020, la OMS y The Lancet, –separadamente– formaron comisiones de investigación sobre el origen del virus, lo cual parece una iniciativa sensata. Lamentablemente, Peter Daszak logró integrar ambas comisiones, incluso presidir la de The Lancet, lo cual es una locura, ya que Daszak es uno de los actores principales que debe ser investigado.
Haya sido o no un escape de laboratorio, está claro que los riesgos de este tipo de investigación son inaceptables, no están justificados en ningún caso y deben ser prohibidos en todo el mundo. Los accidentes en laboratorios de alto nivel de bioseguridad suceden mucho a más a menudo de lo que imaginamos. Desde una mordida de ratón a un pinchazo de aguja accidental o la cantidad de investigadores que tienen acceso, pero no capacitación suficiente, los riesgos son múltiples (https://tinyurl.com/yyxcxjco).
Otras hipótesis que señalan el origen y difusión del SARS-2 –y otras enfermedades zoonóticas y pandémicas, como gripe aviar y porcina– a las interacciones del sistema alimentario y agropecuario industrial, la destrucción de la biodiversidad, aumento de transportes por tratados de libre comercio, deficientes sistemas de salud y falta de acceso a agua y alimentación sana, no son opuestas. Son complementarias y en cualquier caso amplifican los impactos. Pese a enormes inversiones públicas en riesgosas aventuras corporativas como vacunas génicas, las causas de la pandemia siguen intactas, gestando las próximas.
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