10.3.25

El proyecto globalista ingresa en su fase porno

SALVADOR GÓMEZ 
eXtramuros

En tres días entre febrero y marzo Zelensky se peleó en vivo con Trump, no firmó el acuerdo sobre minerales, fue echado a patadas de la Casa Blanca y su cena la comieron los periodistas, viajó a Londres donde Starmer lo consoló y prometió “boots on the ground and planes in the air” en apoyo a la inminente victoria ucraniana, y al día siguiente Zelensky dijo que estaba dispuesto a arreglar las cosas, reconocer que Trump es su firme líder, y firmar el acuerdo sobre minerales “en cualquier formato que se considere conveniente”.
Occidente se divide mientras busca un nuevo camino. El poder viejo, que es el globalismo con sede principal en la City de Londres, más los restos del neocon en EEUU, intenta sus penúltimos trucos. Por su parte, el intento de la administración Trump de tomar el poder efectivo en Estados Unidos, luego de haber ganado las elecciones, enfrenta dificultades esperables. Las demoras favorecen a Londres. La administración Trump sigue con su retórica dadaísta mientras da golpes fuera de cámaras al corazón del proyecto anterior. Pero si matan o derriban a Trump antes de que la derrota en Ucrania se produzca con claridad, todo el cambio puede sufrir un retraso de años



En esta nota sugiero un esquema de interpretación para ubicar las líneas principales de lo que estamos viendo ocurrir a nivel internacional. Para ello, me limitaré a ordenar los elementos principales, yendo de lo general a lo particular.

1) La situación civilizatoria

A nivel de civilizaciones, el esquema sigue totalmente incambiado con respecto a lo que, en diversas notas de esta revista, se ha ya delineado. Mientras que China y Rusia consolidan su alianza estratégica, a la cual zonas del Islam también van integrándose bastante rápido, Occidente ha entrado en una fase de su crisis interna de decadencia, y quizá relanzamiento, que se hace más y más notable por momentos.

Los proyectos civilizatorios occidentales han estado comandados por el mundo anglo en los últimos 210 años, luego de la derrota de Napoleón. La contradicción de base con respecto al rumbo civilizatorio occidental ha estado entre dos proyectos: el proyecto británico, y el proyecto de un Estados Unidos soberano. Londres representa el proyecto globalista, apoyado por determinada proyección universalista de los intereses financieros y corporativos occidentales al resto del mundo. Washington siguió en los últimos 80 años, en los rasgos fundamentales de sus políticas monetaria, financiera y exterior, ese liderazgo británico. Tanto en la creación de la FED, como en la construcción de influencia del Council on Foreign Relations, como en la génesis de la inteligencia americana de posguerra, como en la proyección internacional del mundo financiero “de Wall Street”, entre otros factores, han tenido gran participación y control los británicos. Es inglesa la inspiración para el PNAC neoconservador. Y los lobbies judíos en Estados Unidos, tan influyentes en la política exterior del tiempo de hegemonía global norteamericana, tienen una larga y nunca ocultada vinculación con la City de Londres.

En este momento, lo fundamental que ha cambiado es que, con la segunda administración Trump, ha tomado forma y vuelo el proyecto de un Estados Unidos que se conciba más autónomo del poder, los intereses y la manipulación de Londres. La civilización occidental está, pues, en un momento de quiebre y de redefinición. Las fuerzas de lo viejo, que viene dirigiéndolo todo, especialmente el discurso y la narrativa occidental central desde los inicios de la Guerra Fría, están enfrentando su propia caducidad. Todavía pueden dar un golpe desesperado, que aplace quizá por años su pérdida total de poder, si consiguen derribar la administración Trump o al menos detenerla en todo lo importante, como hicieron ya en 2017.
Mientras tanto, lo que los Estados Unidos están buscando bajo esta nueva y contradictoria administración es retomar un camino propio, que puede ser seguido o no por el resto de Occidente.

2) La situación geopolítica

a) El proyecto globalista de Londres

El proyecto globalista ha ubicado como objetivo estratégico fundamental la guerra en Ucrania, o como se le llama más precisamente a veces, el “Project Ukraine”, que involucra más que el conflicto bélico. Estrictamente, la guerra en Ucrania estuvo perdida por Occidente desde el punto de vista militar desde antes de empezar. Eso no detuvo en absoluto el proyecto de provocarla, pues el objetivo nunca fue ganarla, sino usar a Ucrania, desangrándola por el mayor tiempo posible, para proteger y promover objetivos estratégicos del proyecto globalista. Ucrania es frontera entre civilizaciones. Su destino como escenario de conflicto contra Moscú viene de lejos en la historia. La única guerra directa entre Inglaterra y Rusia ocurrió en Crimea en el siglo XIX, como parte del Great Game, la confrontación de largo plazo entre Londres y Moscú por el control de las conexiones euro-asiáticas. En su última fase, el proyecto Ucrania viene desde que Londres se dio cuenta de que había una “rebelión soberanista” de Putin en curso. “Extending Rusia” (algo así como “estresar a Rusia”), el documento de la RAND de 2019 escrito por viejos halcones guerreristas como James Dobbins o politólogos financiados por la FED como Howard Shatz, no es más que uno de los más notables ejemplos de que el rumbo de acción en política exterior del globalismo (en Washington se los ha llamado neoconservadores) ha sido provocar a Rusia a entrar en conflicto, con el fin de debilitarla, sancionarla, aislarla y, de ser posible, provocar un colapso y un cambio de régimen que abriese las puertas a ciertos recursos rusos en condiciones ventajosas para Occidente. Se intenta volver a los años 90, cuando en conjunción con los oligarcas rusos, el mundo financiero y corporativo globalista se quedaba con enormes tajadas de esos recursos, ante la desaparición de cualquier soberanía rusa. Como continuación de esa línea, en 2022 la RAND publicó otro reporte donde explica por qué hay que “debilitar a Alemania”, objetivo por cierto conseguido ya con total éxito.

Parte importante del asunto han sido pues, y también, los recursos de Ucrania misma, que contienen no solo gas natural y petróleo, sino diversos minerales de gran interés, e inmensos recursos agrícolas. Los acuerdos de Cargill (ej: proyecto Neptuno en el puerto de Pivdenyii en el Mar Negro), Monsanto (ej: inversiones gigantescas en una planta de semillas de maíz) o Dupont (ej: planta de titanio-magnesio en Zaporizhia), o los de consorcios occidentales con Naftogaz por el gas bajo Crimea (gas que los británicos perdieron debido a la vuelta de Crimea a la órbita rusa en 2014, luego de una masiva decisión en plebiscito, que los británicos aun pretenden fue “una invasión”), son ejemplos de todo lo que la intervención rusa destruyó o hizo inviable, y explican, en parte, por qué ese proyecto globalista ha estado peculiarmente obsesionado con la derrota rusa. Ellos lo expresan con frases tremendas del tipo “en Ucrania se juega el futuro de la democracia”. En realidad, lo que ocurre es que por la intervención rusa están perdiendo mucho dinero. Una de las formas de resarcirse ha sido transfiriendo descomunales recursos del contribuyente americano, y/o por vía de la manipulación monetaria, a costa de la destrucción del poder adquisitivo de ese mismo contribuyente. Ucrania no es una nación democrática, sino que está mejor descrita como una dictadura corrupta bajo la fachada de elecciones, también manipuladas por un acoso de años a la población opositora, y una “democracia” que es originalmente fruto de un golpe de estado concretado en febrero/marzo de 2014, con un gobierno títere sumiso a Londres, puesto allí a dedo por los neoconservadores norteamericanos que siempre han respondido a Londres. Gobierno que apenas instalado inició una limpieza étnica contra un tercio de su propia población, de lengua y cultura rusa. Rusia, jugada a la diplomacia y en fase de actualización de su poder militar y sus alianzas estratégicas, demoró mucho en intervenir efectivamente para detener todo esto, pero cuando finalmente lo hizo, estaba claro que iba a salvaguardar sus intereses de seguridad nacional aun frente a la oposición de todo Occidente.

La explicación de por qué nunca creímos en una victoria de Occidente sobre Rusia, tal como lo venimos detallando desde el inicio de esta guerra, es extremadamente simple: ante una Rusia decidida, la única opción es una guerra nuclear.

Si bien es posible que Londres aceptase ir a una guerra nuclear por desesperación, no era fácil obligar a Estados Unidos a inmolarse por el globalismo en una guerra que no tiene el menor interés estratégico para el público norteamericano. Las direcciones anteriores en Washington, en el mismo bote que sus orientadores londinenses, hicieron por cierto sus negocios con la guerra en Ucrania. Entre ambos lograron destruir la industria alemana, al forzar a los alemanes -controlando a su elite política- a suicidarse, abandonando el gas ruso, y mirando para otro lado, cuando la marina británica –según alegación rusa aquí tergiversada por Reuters– hizo volar los gasoductos nordstream. No solo los vendedores de energía en Estados Unidos se vieron beneficiados, sino también los brokers de energía en Londres y Holanda. La transferencia masiva de fondos públicos a las facciones privadas comprometidas con la guerra tomó proporciones épicas en estos tres años, y el negocio financiero de la guerra se vio altamente estimulado. Ni qué hablar del negocio de la reconstrucción. Involucrar a los no muy brillantes políticos que gobiernan Europa en esto garantizó un renovado flujo de fondos europeos hacia el negocio financiero del complejo militar industrial, al aumentar por fuerza el gasto militar de los europeos, y dos nuevos miembros de OTAN, lateralmente, significan más aportes del fisco de esos países a ese casino financiero del complejo militar industrial.
¿Cuál es el rol de la Unión Europea en esto? Prácticamente ninguno, puesto que se trata de una unidad burocrática sin apoyo popular significativo. El día que cese la propaganda que brota de Londres -que ni siquiera forma parte de la Unión-, será difícil para la eurocracia mantenerse en el poder, puesto que la oposición que han suscitado es ya notable en todos lados. Por ejemplo en Grecia o en Rumania estos días.

Para hacer posible esta estrategia, toneladas de propaganda londinense han sido volcadas para sugerir una posible victoria militar ante Rusia, cuya probabilidad es igual a cero. Londres puede aspirar a hacer desaparecer físicamente a Putin, empleando para ello alguna técnica terrorista, o la influencia del lobby occidental en Rusia, pero aun si Putin fuese asesinado o muriese, cosa no imposible, a esta altura hay un rumbo estratégico de Rusia que no cambiaría, y quienes vengan detrás de Putin podrían no tener la firmeza estratégica ni la paciencia del actual líder. Todo esto solo haría la situación más explosiva para Londres.

b) La alternativa americana.

Consciente de que el tiempo de actuar es muy breve, en menos de dos meses la segunda administración Trump ha mostrado con total claridad que tiene una estrategia contraria a la de Londres. Por debajo de una retórica delirante (Groenlandia, Gaza, Canadá, Panamá…) que parece destinada a irritar a la propaganda neocon-londinense y dejarla enredada con su propia ira e indignación, la Casa Blanca procede a toda velocidad a dar golpes al corazón del poder globalista, tanto en suelo americano como a nivel mundial. No solo bloqueó una de las organizaciones principales del soft-power neocon/globalista en el mundo como USAID, sino que le ha puesto la proa al discurso propagandístico exitista sin fundamentos de Londres. Al iniciar conversaciones con Putin, ha hecho varias cosas a la vez. Ha mostrado que el rumbo estratégico que tienen los Estados Unidos de MAGA pasa por la creación de un nuevo orden mundial multipolar que termine de liquidar no solo los mínimos vestigios del orden de la Guerra Fría, sino también el vigente orden neocon de los ’90. Para ello, precisa liquidar la estrategia globalista de una vez para siempre. Y el golpe de gracia a la estrategia globalista pasa por una derrota total de Londres y sus aliados de la UE y de Washington, en Ucrania. Una clara victoria rusa, que no deje el menor lugar a dudas, es la única forma de terminar con cualquier legitimidad para el proyecto futuro del globalismo, de la City de Londres, y de sus seguidores. Desde luego, el globalismo vende una posible derrota en Ucrania como el fin de la democracia, el “mundo libre”, y Occidente entero. Bullshit. Se trata del fin del globalismo y del liderazgo de Londres y los neocon, no del fin de Occidente.

Esa resolución en Ucrania es lo que está en juego aun, y de la resolución de eso, o de su nueva postergación -que es lo que Londres busca- depende el cambio de orden mundial y la apertura a nuevas posibilidades completamente distintas de lo que hemos tenido hasta ahora.
La alternativa americana pasa por un nuevo rumbo en las relaciones internacionales y prioridades del país, un renacimiento industrial y comercial en condiciones más ventajosas para Estados Unidos, una profundización del liderazgo tecnológico americano, la liquidación de los conflictos artificiales promovidos por Londres y el globalismo, una nueva estrategia económica y financiera, y luego probablemente el fin de la OTAN y una reformulación completa del mundo burocrático internacional, eliminando también de él los factores del poder de Londres y neocons, que lo han dominado desde hace décadas.

3) La realidad de la guerra en Ucrania

Para eso, el reconocimiento de la realidad es lo central. Y la realidad es: la City de Londres y sus aliados norteamericanos y europeos han sido derrotados en Ucrania. El armamento que enviaron ha sido metódicamente destruído por Rusia. Los ucranianos, sobrepasados en tropas y armamento y obligados a lanzarse a la ofensiva para recuperar el territorio perdido inmediatamente al comienzo de la guerra, han tenido que enfrentar esas desventajas, perdiendo entre 5 y 7 hombres por cada ruso muerto, y los rusos muertos en la guerra, según el sitio independiente de ideología pro-ucraniana que es el único confiable en materia metodológica, Meduza-Mediazone, son unos 140.000. Esto significa que Ucrania ha perdido al menos 700.000 hombres hasta ahora, además de haber perdido un 20% de territorio, que probablementre al terminar la guerra será más. Volodimir Zelensky ha sido presentado como un héroe por la propaganda inglesa. Sin embargo, se trata de un asset de Londres en su propio país, que ha jugado el rol de facilitar la estrategia londinense de guerra con Rusia, y con ello, ha enviado -usando el discurso ultranacionalista de siempre y, cuando no funcionó más, el reclutamiento forzoso- a centenares de miles de sus compatriotas a la muerte. Hoy se niega tenazmente a que haya elecciones en su país alegando la guerra.

En suma, la estrategia de Londres y los neocon de “estresar a Rusia” claramente ha fracasado. Pese a las sanciones y debido a las imposibilidades que estas representaron para los vínculos de Rusia con la UE -muy especialmente con Alemania-, los rusos se vieron obligados a pivotar hacia Asia. El acuerdo ruso-chino anunciado ya el 4 de febrero de 2022 fue uno de los mojones de la nueva estrategia, que Rusia obviamente ya tenía concebida antes de intervenir y ser mega-sancionada. En febrero de 2022, al comenzar la guerra, el BRICS tenía cinco miembros. Hoy, luego de un supuesto “aislamiento completo” de la Rusia de Putin, tiene 10, y una importante lista de espera. La población de los 10 países del BRICS es el 46% del total de la tierra, y su PPA es 36%. Esto es porque los nuevos miembros incluyen países estratégicamente decisivos, de inmensa población, o muy ricos, como Irán, Indonesia, Egipto o los Emiratos. Antes de 2022 Rusia era claramente un actor secundario en el escenario mundial, mientras que hoy es, aparte de China e India, un articulador central de la diplomacia y economía de ese “otro lado” respecto de Occidente. La economía rusa no colapsó, el rublo se mantuvo a flote, la inflación existe pero ha sido controlada, y con el lanzamiento del primer oreshnik los rusos mostraron a quienes tuvieron la capacidad de admitirlo como acaso el principal experto en armas nucleares norteamericano, Prof. Theodore Postol, que su tecnología militar está, al menos en algunos aspectos, más avanzada que la de Estados Unidos. En cuanto al poder de guerra, en materia no solo de tecnología sino de industria militar y experiencia bélica, las pretensiones de Keir Starmer de liderar un especie de fuerza europea para enfrentar a Rusia son, con todo respeto, una broma. Inglaterra puede, desde luego, provocar un autoatentado o una agresión nuclear contra Rusia. Si lo hace, sería suicida para cualquier proyecto futuro que su elite quiera seguir imponiendo.

¿Qué significan, pues, todos los últimos acontecimientos de febrero-marzo, las reuniones de diplomáticos americanos y rusos, los viajes desesperados de Macron y Starmer a Washington, el “acuerdo por los minerales ucranianos” fallido, la escena que se montaron Zelensky, Vance y Trump el viernes 28, y la subsiguiente “cumbre europea” en Londres?
Desde el punto de vista simbólico, es la exhibición, en versión porno, de la derrota del liderazgo viejo de Occidente en esa guerra.

Es, también, un sombrío recordatorio de que una guerra mundial que envuelva a Europa, Rusia y Estados Unidos (además probablemente de Israel e Irán) no está totalmente fuera de los planes de Londres. Aunque cabe esperar que no la logren, y no es probable que tengan fuerza como para imponerla, es evidente que las fuerzas de lo viejo siguen intentando hacerle creer a la gente que aun tienen un plan.  

Pero lo único que esperan y desean, es algo más de tiempo. Precisan tiempo para ver cómo salen de esta situación. La nota principal de Foreign Affairs -el órgano norteamericano más importante de bajada de línea profesional que tiene la facción globalista dirigida desde Londres, junto al Financial Times– se pregunta desde el título “Cómo hacemos para no terminar la guerra en Ucrania”. Hábleme de pacifistas. Y dice, en esencia, eso: ‘precisamos tiempo’. ‘No hay que correr a una paz que no sea luego sostenible’, argumentan, criticando los acuerdos de Minsk, que ellos mismos violaron. Lo que saben a ciencia cierta es que, sin Estados Unidos -como incluso Starmer admitió en su delirante discurso luego de la Cumbre “todos detrás de Zelensky” del 3 de marzo- no hay otra alternativa que la derrota. Y con Estados Unidos también, que es lo que ya ocurrió, y de lo que la nueva administración intenta desmarcarse.

4) ¿Habrá una reacción antiTrumpista?

¿Tiempo para qué, entonces, si Estados Unidos bajo Trump no muestra ningún interés en sumarse a ninguna estrategia londinense? Bueno, si el objetivo es abortar el cambio de época y volver al rumbo anterior -control del discurso con el fin de imponer una distopía globalista de reinado de las corporaciones con cero democracia efectiva y una población convertida en rebaño digitalizado- lo que precisa Londres es buenos argumentos para acusar a Trump de “traidor a Occidente” o cosas similares. No me refiero en la prensa, donde se hace todos los días, sino a nivel político efectivo. Desde luego, cualquier fin de la situación en Ucrania que muestre la realidad de la guerra en el terreno, será usado por Londres y quienes aun estén dispuestos a ir con él para fundar esa traición, y tratar de construir el espacio político mínimo como para movilizar a la parte del estado profundo yanqui que aun esté con Londres, que no creo que sea pequeña.

Pero el delirio tiene siempre un límite. Mientras voy escribiendo este informe, lo acontecimientos se precipitan. Bastó que los Estados Unidos anunciasen efectivamente la suspensión de toda ayuda militar a ucrania. Casi de inmediato, de las bravatas absurdas de Keir Starmer y la posición europea de “Trump dio un espectáculo deplorable, estamos todos con Zelensky” de domingo 2 y lunes 3, hacia el mediodía del martes nos enteramos que ahora Zelensky está arrepentido, quiere firmar a como dé lugar, admira y ama a los Estados Unidos y a Trump. Sí usted no lo sabe aun, lea el siguiente viraje sorprendente, que se resume en estas declaraciones del jefe ucraniano del día 4 de marzo: “Mi equipo y yo estamos preparados para trabajar bajo el firme liderazgo del presidente Trump para conseguir una paz duradera. Nuestra reunión en Washington, en la Casa Blanca el viernes, no salió como se esperaba. Es lamentable que haya sucedido así. Es hora de arreglar las cosas. Nos gustaría que la cooperación y la comunicación futuras fueran constructivas. En cuanto al acuerdo sobre minerales y seguridad, Ucrania está dispuesta a firmarlo en cualquier momento y en cualquier formato conveniente.”
Se habla insistentemente de reuniones, acuerdos, encuentros en Ryad, etcétera. Mientras tanto, el 8 de marzo Ucrania anuncia que ha sido derrotada ahora también en su minúscula “invasión de territorio ruso” en Kursk.

En fin, se verá cuál es la reacción de Trump y su equipo. Con estas idas y vueltas de Zelensky, Londres mantiene las cosas en movimiento para comprar ese tiempo que hace falta, y quizá encontrar algún error de Trump para comprometerlo más. Para ello, Londres precisa pues ir y venir, y hacer malabares. Tiene que aparentar estar liderando un proceso que no controla, y al mismo tiempo no alejar del todo a los Estados Unidos -al menos retóricamente-, para luego poder acusarlo de traición cuando las cosas sigan su rumbo real en la guerra. Así, por ejemplo, Starmer declaró que UK iba a poner “boots on the ground and planes in the air” en Ucrania para “garantizar” un supuesto “acuerdo de paz”. O sea quiere paz, pero pretende conseguirla derrotando a Rusia en la guerra con sus propias tropas -al tiempo que aclara que esto no puede hacerse sin respaldo norteamericano. Hoy, las fuerzas completas de la Unión Europea en orden de batalla, con todos los recursos militares -los dos portaaviones, los seis destructores y las once fragatas británicas, por ejemplo- durarían muy poco en el teatro ucraniano de guerra real. Rusia ya anunció que trataría a cualquier fuerza extranjera que entre en Ucrania como un beligerante.

Mientras tanto, la propaganda de Londres en los medios masivos igual que en Foreign Affairs -empleando la pluma de un ucraniano que es analista senior del Atlantic Council y del Centre for Defence Strategies creado en Kiev por los ingleses en 2020- busca convencer al mundo de que, si bien los rusos han mantenido una constante superioridad y las armas enviadas no han surtido ningún efecto, de todos modos bastaría con seguir haciendo lo mismo un poco más, para conseguir que Rusia se derrumbe. Sobre esto, ver la nota sobre rusofrenia en esta misma edición. Starmer, además, dice que Europa está “preparando un acuerdo de cese al fuego”. ¿Cómo puede Europa, o Londres, hablar de que van a crear un cese al fuego, si los rusos tienen planeado seguir disparando? Pero bueno, el mundo delirante del poder viejo es así. Siguen controlando los medios grandes, y siguen haciendo que mucha gente crea en el heroísmo de un comediante comprado para jugar el rol de un combatiente por la democracia.

Mientras tanto, y paradójicamente, Trump es la única carta de relativa supervivencia aun para Londres y el mundo globalista. Porque Trump es el único que puede hablar con los rusos y hacer pasar la derrota militar y estratégica del globalismo como un “acuerdo de paz”.- Cuando ese acuerdo se produzca, observe bien si, como resultado del acuerdo que se alcance, pasa alguna de estas cosas: (a) ¿Ingresa Ucrania a la OTAN? (b) ¿Recupera Crimea o cualquiera de los oblast que plebiscitaron su integración a Rusia? (c) ¿Sigue en pie el régimen ultranacionalista y su ejército? (d) ¿Quedan tropas de combate europeas o americanas como garantes exclusivas del acuerdo?

Si la respuesta a estas cuestiones es “si”, entonces Rusia perdió la guerra. Sino, la ganó, pues estos eran todos lo objetivos de Rusia al intervenir. Y Trump sería alguien capaz de mitigar esa derrota ante la opinión pública europea y norteamericana.

Parte de la distorsión perceptiva llamada “visión occidental del mundo”, que es la que hegemoniza la comunicación mainstream en nuestra civilización, consiste en que toda la discusión sobre Ucrania se lleva adelante sin el menor interés por el punto de vista ruso, tanto antes como durante como ahora. Esta anomalía solo puede ser una debilidad: esconder o invisibilizar aquello que daría realidad a las elucubraciones autosatisfactorias. No es ni siquiera Trump el que puede dar realidad final a todo esto, y con ello hacer un bien a la discusión pública occidental, sino Rusia.

Pero ya lo sabemos: para la dirigencia globalista, toda referencia a la realidad es calificada como un discurso de odio.

4) Incertidumbres

Si Trump concretase definitivamente las siguientes cosas que ya ha esbozado, el mundo se abriría a una perspectiva completamente distinta a la anterior. Enumero esas cosas:
– fin de las guerras artificialmente provocadas (Serbia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Ucrania)  por el globalismo neocon norteamericano y londinense
– normalización diplomática con Rusia y fin de las sanciones
– apertura de EEUU a nuevas relaciones comerciales con China, Rusia y el resto, en base a la estricta competencia por la defensa de los intereses comerciales de cada uno de los participantes
– crecimiento del BRICS y, con ello, oportunidades de crédito y comercio más amplias y menos condicionadas para los países en desarrollo
– destrucción del poder globalista en Naciones Unidas, desfinanciamiento de ONGs globalistas y agendistas, y reformulación de ese poder para que refleje el orden actual (en ese caso, por ejemplo, los británicos y franceses no tienen nada más que hacer en el Consejo de Seguridad, al que deberían agregarse, con derecho a veto, naciones que representen los intereses de África, Asia y América del Sur)
– defensa por principios de la libertad de expresión y otros derechos constitucionales.
– Desarticular los organismos y mecanismos de censura de redes sociales armados en los últimos 8 años
– limpieza del pantano gubernamental via DOGE
– abandono de las estrategias de soft-power imperial norteamericano, como por ejemplo el desmantelamiento de USAID
– liquidación de los programas Bid y Banco Mundial que tengan orientaciones tendientes a mantener el subdesarrollo y destruir la educación de los países dependientes
– tratar a Europa como un mercado posible, no como un vasallo, y tampoco como un aliado estratégico a usar contra terceros
– limpiar los organismos reguladores de salud y alimentación de su dependencia del complejo científico-médico-corporativo
– abandonar los planes del estado profundo de dominio mundial en base a armas químicas y bacteriológicas, etc.
– promover, a largo plazo, un desarme nuclear real
– ¿cuáles serán las relaciones reales entre Trump e Israel? La retórica actual de convertir Gaza en un resort-casino lleno de oro suenan totalmente irreales.
etc.

Con sus decisiones, en menos de dos meses de gobierno la administración americana actual ha mostrado una cara muy distinta a la de la primera administración Trump. Ahora parece tener de su lado no solo un apoyo popular que se manifestó en las urnas, sino ambas cámaras, y está por primera vez interviniendo directamente en los resortes directos del poder del estado profundo: inteligencia, soft-power, burocracia.
Con este enfrentamiento por vez primera al poder real establecido durante décadas, es evidente que Trump arriesga ser asesinado, o un golpe de estado puede ser montado abierta o encubiertamente en los Estados Unidos.

Algo de eso ya ocurrió en 2020 cuando el partido Demócrata robó las elecciones aprovechando la extrema debilidad de aquella primera administración Trump y usando, entre otras cosas, el caos que Covid y las movilizaciones raciales fogoneadas desde el estado profundo causaron. ¿Quién tomaría la posta de Trump, y cómo reaccionaría el pueblo norteamericano a esa eventualidad? Esa pregunta solo puede ser formulada, pero cualquier respuesta hoy sería mera conjetura. El mundo actual y la política actual no son las de 2020 o 2022, cuando las redes sociales estaban totalmente controladas por el discurso globalista y la propaganda neocon- londinense. Hoy los grandes medios siguen -en menor medida- controlados por esa propaganda, simplemente porque el poder político actual en Estados Unidos aun no tuvo tiempo de generar una comprensión política más amplia, que solo se logra en base a resultados palpables por parte de la gente. Pero sí que tuvo tiempo de respaldar la libertad de expresión en el mundo digital, lo cual es de cierta importancia.

Tanto lo es, que con años de atraso, Pedro Sánchez ha reunido a los presidentes de Colombia, Chile, Brasil y Uruguay para animarlos a que comiencen a censurar las redes sociales en sus propios países.
Tal parece que los políticos contemporáneos son incapaces de aprender nada.

Ya fue De Moraes el hazmerreír del Brasil y del mundo entero cuando quiso terminar con Telegram primero, con X/Twitter después. Su orden duró menos de 24 horas, y todo Brasil tuiteaba por VPN desde Manaos a Porto Alegre. Sigilosamente, el gobierno brasileño “llegó a un acuerdo” con Musk, y X (y Starlink) siguen operando en Brasil igual que antes. Pero en verdad “Xandâo” no llegó a ningún acuerdo: fue aplastado por la realidad, pese al respaldo de lo más refinado de la izquierda VIP globalista, como Zuboff o Varoufakis.

Estos gobiernos “de izquierda” -en realidad, gobiernos adeptos al proyecto occidental viejo, dirigido desde la City de Londres y en derrota civilizatoria hoy día- ahora dicen que van a “moderar los contenidos” en redes sociales, dado que esa “moderación” no se produce ya en el Estados Unidos de Trump. No pudieron hacerlo cuando Biden gobernaba, pero lo volverán a intentar ahora. Lo que ellos quieren es imponer la censura de toda la información que avive a la gente respecto de lo estentóreo de su actual debacle, no solo en Ucrania sino como proyecto en sí. No entienden que los viejos conceptos del orden ideológico de la Guerra Fría no tienen más vida ni referencia. Siguen sin entender que no basta con acusar a todo el que vea el mundo distinto a ellos de “ultraderechista”, que es en realidad lo que ellos son: partidarios de un régimen global de eliminación de la libertad individual y los derechos de las personas, en nombre de ideas supuestamente unánimes que deben ser impuestas eliminando las opiniones en contrario, e intentando usar la nueva tecnología para controlar toda esa imposición. Los liberales, el centro socialdemócrata, y buena parte de la derecha, en América del Sur, mientras tanto, siguen en Babia. No han alzado su voz denunciando la conferencia de Pedrito Sánchez y sus acólitos. Son parte del orden viejo y no tienen permitido, por sus propios tabúes internos, comprender el cambio de época, que quien sabe si progresará o se verá aplazado por un tiempo más.

7.3.25

The agony of the “political West”

Last week, I recounted the events concerning the Ukrainian conflict, emphasizing that the French president, Emmanuel Macron, as brilliant as he is, was incapable of adapting to changes in the world.
This week, I take the same elements, and many others that followed, to show that the divorce of Europeans from each other and of the EU from the United States has become a reality.
There is no longer time to procrastinate: the ancient world has just been destroyed. If we do not position ourselves immediately, we will be swept away with him.
However, for the moment, the United Kingdom and France are competing to take the place of the United States on the continent and not to reform.


Christoph Heusgen, former permanent representative of Germany to the United Nations and current president of the Munich Security Conference, cries upon discovering the divorce between the United States and the Europeans.

The last two weeks, we have experienced a turning point in History comparable to that of the Battle of Berlin, in April-May 1945, when the Red Army took Berlin and overthrew the Third Reich: this time, it was the Trump administration which definitively put the European Union back on the ropes.

For the moment, the EU, the G7 and the G20 have not yet been dissolved, but these three structures are already dead. The World Bank and the United Nations could follow.

Let’s look back at these events, which happened so quickly that almost none of us followed them and understood their consequences.

WEDNESDAY, FEBRUARY 12

The major European powers (i.e. Germany, Spain, France, Italy, Poland, the United Kingdom and the European Union), who feared what the Trump administration might decide, met in Paris on February 12 to develop a common position on the Ukrainian conflict. In this case, they agreed to continue what they have been doing for three years:
 deny having violated the commitments made during German reunification not to extend NATO to the East,
- deny that Ukraine is in the hands of “integral nationalists” (i.e. the party of Nazi collaborators)
-and continue the Second World War, no longer against the Nazis, but against the Russians.

Meanwhile, in Kiev, Treasury Secretary Scott Bessent presented the US aid bill: $500 billion and proposed paying it by exploiting the rare earths of which the country is proud. I have already explained that this proposal was only a response from the shepherd to the shepherdess: Ukraine having falsely claimed to ultimately offer Westerners the opportunity to exploit these riches which do not exist. However, from a European point of view, what was going on was frightening: if the United States seized these so-called riches, they excluded the Europeans from benefiting from the sharing they had agreed upon. Without informing their fellow citizens, they shared Ukraine between them during its reconstruction: to the British, the ports, to the Germans, the mines, etc. They had already done this during the invasions of Iraq and Libya and during the war against Syria.

Above all, while Washington and Moscow were exchanging prisoners, the American presidents, Donald Trump, and Russian presidents, Vladimir Putin, spoke by telephone for an hour and a half. This summit was preceded by a conversation, in the Kremlin, between President Putin and Steve Wilkoff, President Trump’s special envoy who came to organize the prisoner exchange. Wilkoff had given his president a report on his mission that shattered everything NATO claimed to know about Ukraine.

Both bosses now had the same information.

The direct line between the White House and the Kremlin had just been reestablished.

THURSDAY, FEBRUARY 14

On February 14, the Vice President of the United States, JD Vance, addressed the diplomatic and military elite of the EU at the Security Conference in Munich. He drew up an indictment against the autism of European leaders: They refuse to respond to the concerns of their fellow citizens in terms of freedom of expression and immigration. However, if they are afraid of their people, the United States will be able to do nothing for them, he asserted, making the president of the conference, the German ambassador Christoph Heusgen, cry.

MONDAY, FEBRUARY 17

A second meeting was held on February 17, still in Paris, with the same participants, plus Ursula von der Leyen, President of the European Commission, and Mark Rutte, Secretary General of NATO. They agreed to stand together against Donald Trump and not to accept any questioning of Western policy towards Russia.

Olaf Scholz, outgoing German chancellor, declared after the summit: “There must be no

division of security and responsibility between Europe and the United States. NATO is built on the fact that we always act together and share risks […]. This should not be questioned. »

Donald Tusk, Prime Minister of Poland, said: “No matter what everyone may say to each other, sometimes in harsh words […], there is no reason why the Allies cannot find a common language among themselves on the most important issues. [It is] in the interest of Europe and the United States to cooperate as closely as possible. »

Also on February 17, the Ukrainian army attacked US, Israeli and Italian interests in Russia. It bombed facilities partially owned by Chevron (15%), ExxonMobil (7.5%) and ENI (2%). Around twenty drones caused serious damage to the Caspian Pipeline Consortium (CPC), which supplies Israel with Russian oil.

The Europeans reacted no more to this operation than when the CIA sabotaged the Nord Stream gas pipeline (September 26, 2022), although it is owned not only by the Russian Gazprom (50%), but also by the Germans BASF/Wintershall and Uniper, the French Engie, the Austrian OMV and the British Royal Dutch Shell. This sabotage has thrown Germany into an economic recession, which continues to spread to the rest of the EU, not to mention increasing energy prices for all EU households.

In both cases (the Nord Stream sabotage and the CPC attack), the Europeans were unable to defend their interests. They successively let their main ally hurt them, then their allies fight each other.

TUESDAY, FEBRUARY 18

The European powers learned with astonishment that, at their first meeting in Riyadh (Saudi Arabia), on February 18, the US and Russian delegations agreed:
 to denazify and neutralize Ukraine,
 to respect the commitments made during German reunification and to withdraw NATO troops from all countries that joined the Atlantic Alliance after 1990.

President Trump had suddenly abandoned the plan of General Keith Kellogg, his special envoy for Ukraine, as it had been published in April 2024 by the America First Foundation. On the contrary, he had used the plan of his friend Steve Witkoff, special envoy for the Middle East, who had met Vladimir Putin in Moscow through the Saudi Crown Prince Mohamed bin Salman (known as “MBS”), hence the choice of Riyadh for these negotiations. Kellogg reasoned with NATO’s ideas, while Witkoff listened, heard and verified the validity of the Russian position.

The European powers were quickly able to verify that the order to withdraw had been transmitted to certain US troops, in the Baltic countries and in Poland. The security architecture in Europe, that is to say the system ensuring peace, was destroyed. Of course, there is no immediate threat of invasion, Russian or Chinese, but in the long term and given the time required for rearmament, everyone must immediately prepare for the best or the worst.

WEDNESDAY, FEBRUARY 19

On February19, EU ambassadors approved the 16th package of unilateral coercive measures (misleadingly called “sanctions” by Atlantic propaganda) against Russia. It was to be officially approved on 24 February by the Foreign Affairs Council on the occasion of the third anniversary of the Russian special military operation in Ukraine. In addition, the EU decided to disconnect 13 banks from the Swift system and to ban three financial institutions from trading. In addition, 73 ships of the Russian “ghost fleet” were sanctioned, and 11 Russian ports and airports that circumvent the oil price cap were banned from trading. Finally, 8 Russian media outlets also had their broadcasting licenses in the EU suspended.

Meanwhile, on the same day, February 19, President Donald Trump vented his anger at his unelected Ukrainian counterpart, calling him a “modestly successful comedian” and an “unelected dictator,” and then accusing him of provoking the war. Meanwhile, General Kellogg, the White House’s special envoy to Kiev, canceled his press conference with Volodymyr Zelensky. The Trump administration had broken with the Kiev government that the Biden administration had praised to the skies.

THURSDAY, FEBRUARY 20

Libertarian Senator Mike Lee (Utah) introduced a bill in the Senate on February 20 to completely withdraw the United States from the United Nations. Representative Chip Roy (Texas) introduced the same bill in the House of Representatives the following day.

While President Donald Trump is a “Jacksonian” (i.e., a disciple of Andrew Jackson, who wanted to replace war with business), Washington has now embraced “American exceptionalism.” This is a political theology according to which the United States is a chosen people who must bring the light they have received to the rest of the world. As such, they do not have to negotiate anything with others and especially not be accountable to them.

“American exceptionalism” should not be confused with the “isolationism” that led the Senate to refuse to join the League of Nations in 1920. This organization, unlike the UN that succeeded it, had provided for military solidarity between states that recognized international law. Consequently, the United States would have had to maintain troops to maintain peace in Europe and the Europeans could have intervened in Latin America (Washington’s “backyard” according to the “Monroe Doctrine”) to maintain peace there.

SATURDAY, FEBRUARY 22

Without waiting, Polish President Andrzej Duda went to Washington uninvited on February 22. He managed to meet President Donald Trump for ten minutes, not at the White House, but on the sidelines of the Conservative Political Action Conference (CPAC). He asked him not to withdraw US troops from his country, giving Poland time to complete its military restructuring. Since Warsaw has already initiated a profound internal revolution by reestablishing universal military service and building a very large army, he managed to get him to postpone, not cancel, his order.

Andrzej Duda is Polish President, at least until the May elections. Constitutionally, he does not exercise executive power, but he is nonetheless the head of the armed forces. His Prime Minister, Donald Tusk, had promised in Paris not to negotiate separately with the United States.

So, whatever one might say, the united front of the Europeans was broken. It had only lasted ten days.

MONDAY, FEBRUARY 24

On the third anniversary of the Russian special military operation in Ukraine, on 24 February, Roberta Metsola, President of the European Parliament, António Costa, President of the European Council and Ursula von der Leyen, President of the European Commission, issued a completely out-of-place joint statement. In it, they called for “a comprehensive, just and lasting peace based on the Ukrainian peace formula”, meaning they stuck to the old narrative: there are no Nazis in Ukraine and Russia is the aggressor. In doing so, they contradicted not only the facts, but also the recent statements of their economic and military overlord, the United States.

On the same day, French President Emmanuel Macron travelled to Washington, on behalf of all Atlanticist Europeans. Before receiving him, President Donald Trump had his chief of staff take him to a wing of the White House to participate in a G7 video conference that he was chairing… from another room.

For two hours, the heads of state and government of the G7, plus the Spanish Prime Minister and the unelected Ukrainian president, tried in vain to make their overlord relent. He would not budge: the Ukrainian conflict was not started by Russia, but by the Ukrainian fundamentalist nationalists hiding behind Zelensky alone. In any case, as a matter of principle, it is not possible to defend people who have just attacked US interests, even if they are located in Russia. To make himself clearly understood, Donald Trump refused to sign the final communiqué prepared by the Europeans and announced to them that, if this text were published (it had already been distributed under embargo to journalists), he would deny it and his country would leave the G7.

Only after this scandal did he receive President Emmanuel Macron. The latter chose not to confront him, but to celebrate transatlantic friendship. At the joint press conference, he interrupted his host when the latter repeated that Ukraine, not Russia, had provoked the war, but ultimately did not dare contradict him.

Meanwhile, in New York, the UN General Assembly was debating a resolution proposed by Ukraine. It denounced “the total invasion of Ukraine by the Russian Federation” and demanded that it withdraw “immediately, completely and unconditionally all its military forces from the territory of Ukraine within the internationally recognized borders of the country and that the hostilities conducted by the Russian Federation against Ukraine, in particular all attacks against civilians and civilian objects, cease immediately.”

For the first time in history since World War II, the US delegation voted against a text, along with that of Russia, against those of Canada, the Europeans and Japan who approved it.

Then, the United States presented a second resolution itself so that “the conflict be ended as soon as possible.” This text aimed to align the General Assembly with the position of the US negotiators in Riyadh. But Russia voted against it because the text “advocates for a lasting peace between Ukraine and the Russian Federation” and not for a “lasting peace within Ukraine.” As a result, the United States, considering that it had poorly drafted its proposal, abstained on its own text, while Canada, the Europeans and Japan condemned it.

TUESDAY, FEBRUARY 25

Kaja Kallas, EU High Representative for Foreign Affairs and Security Policy, travelled to Washington to meet with Secretary of State Marco Rubio. The meeting, which had been announced for a long time, was cancelled at the last minute by Mr Rubio’s secretariat, officially due to his overbooked schedule.

Ms Kallas said that instead, she would meet “with senators and (…) members of Congress to discuss Russia’s war against Ukraine and transatlantic relations”.

After EU members voted against the US at the UN, the Secretary of State refused to meet his European counterpart.

WEDNESDAY, FEBRUARY 26

At a press conference in kyiv, Volodymyr Zelensky assured on February 26 that without security guarantees from the United States and NATO, any peace agreement would be unfair and there would be no real ceasefire.

THURSDAY 27 FEBRUARY

Before leaving Washington, Kaja Kallas, High Representative of the EU for Foreign Affairs and Security Policy, gave a lecture at the Hudson Institute on February 27. She said: “We need to put pressure on Russia to also want peace. It is in a position where it does not want peace.”

Keir Starmer, British Prime Minister, went to the White House, carrying an invitation from King Charles III for a second state visit to the United Kingdom. Her Majesty’s diplomats believe that President Trump greatly enjoyed the premiere and that, given his pride, he would be sensitive to the pomp of the Crown.

During the two leaders’ press conference, President Trump claimed not to remember calling Volodymyr Zelensky a “dictator” (“Did I say that? I can’t believe I said it!”). In addition, he expressed openness to the idea of the 25% tariff hike not affecting the United Kingdom and to London returning the Chagos Islands (including the Diego Garcia base) to Mauritius.

On the substance, Keir Starmer managed to renew his country’s "special relationship" with the United States. This includes the "Five Eyes" global interception and espionage system and the delegation of the strike force (remember that the British atomic bomb could not work without the support of US military scientists).

Meanwhile, US and Russian negotiators met for six and a half hours at the US Consulate General in Istanbul for a second round of negotiations, at a "technical level". It was not a question of progress on the substance, but of resolving problems that had been addressed by the ministers in Riyadh. Namely, the operating conditions of the respective embassies in Washington and Moscow, which President Joe Biden had considerably supervised and to which Moscow had responded identically.

FRIDAY, FEBRUARY 28

The unelected Ukrainian President, Volodymyr Zelensky, visited the White House on February 28. President Trump and Vice President Vance received him, not to listen to his version of events, but to sign an agreement on rare earths that Ukraine claims to possess. Of course, he could not have done so, since they do not exist, but it was a way for the Trump administration to show the man who is no longer known whether it considers him a “democrat” or a “dictator” that he no longer had any cards in his hand.

The welcome press briefing will be remembered. The Western press was shocked by the altercation between President Trump and his guest. We must be wary of images here: they do not say the same thing at all if we stick to a selected excerpt or if we listen to the entire exchange. In an excerpt, we remember the arguments that are stated, while overall, we understand why they are stated.

During the fifty minutes of this press briefing, President Donald Trump constantly recalled that he was not aligned with either party, Russian or Ukrainian, but that he was negotiating with Russia to defend the interests of his country and, ultimately, for all of Humanity. As President of the United States, he speaks with everyone, is careful not to insult anyone and recognizes the positive points of each. On the contrary, Volodymyr Zelensky has constantly accused Russia of aggression since 2014, of murders, kidnappings and torture. He even claimed that President Vladimir Putin had violated his own signature 15 times.

Contrary to what the Western press saw, this press briefing did not focus on military aid, rare earths and even less on a division of territories. It escalated when Vice President Vance noted that his host’s narrative was “propaganda,” then returned to the charge, declaring of both versions of the facts: “We know you’re wrong!” Ultimately, President Trump noted that Ukraine was in bad shape and that his guest not only was not grateful for U.S. support, but did not want a ceasefire. Exasperated, he observed that Vladimir Putin had never violated his signature, neither with Barack Obama nor with him, but only with Joe Biden because of what the latter did to him. He then recalled the repeated false accusations made against Russia by President Biden.

SUNDAY, MARCH 2

British Prime Minister Keir Starmer said Europe is “at a crossroads of history” as he welcomed to Downing Street the leaders of Ukraine, France, Germany, Denmark, Italy, the Netherlands, Norway, Poland, Spain, Canada, Finland, Sweden, the Czech Republic and Romania, as well as the Turkish foreign minister, the NATO secretary general and the presidents of the European Commission and European Council.

The UK and France are competing to replace the US and guarantee peace on the European continent. Both countries are said to be prepared to guarantee the security of others with their nuclear weapons. However, no one seriously considers that these would be sufficient to ensure peace in the absence of serious conventional forces, which neither London nor Paris has. At most, Warsaw began reorganising its armies and generalising conscription for its young people more than two years ago, but it still does not have enough weapons.

After the meeting, which aimed to create a “coalition of the willing”, Keir Starmer said on behalf of all participants:

“Today I welcomed to London counterparts from across Europe, including from Türkiye, as well as the Secretary General of NATO and the Presidents of the European Commission, the Council of the EU and Canada, to discuss our support for Ukraine.

Together, we reaffirmed our determination to work towards a permanent peace in Ukraine, in partnership with the United States. Europe’s security is our primary responsibility. We will tackle this historic task and increase our investment in our own defence.

We must not repeat the mistakes of the past when weak agreements allowed President Putin to invade again. We will work with President Trump to secure a strong, just, and lasting peace that ensures Ukraine’s future sovereignty and security. Ukraine must be able to defend itself against future Russian attacks. There must be no talks on Ukraine without Ukraine. We agreed that the United Kingdom, France, and others will work with Ukraine on a plan to end the fighting that we will discuss further with the United States and move forward together (…) In addition, many of us have expressed our readiness to contribute to Ukraine’s security, including through a force of European and other partners, and will intensify our planning. We will continue to work closely together to advance next steps and make decisions in the weeks ahead.”

The participants in this summit have not changed their analysis of the Ukrainian conflict at all. They remain deaf to the United States and, as a result, no longer understand it. They managed to unite not to deploy a peace stabilisation force in Ukraine, but to protect critical infrastructure in western Ukraine or in similar strategic areas. They agreed not to make fragmented national efforts, but to take advantage of the economic power of the European Union (EU) by redirecting its recovery funds. They therefore convened a special European Council on March 6. However, to transform the EU from a common market to a military alliance, they will need not a majority, but the unanimity of the 27 Member States, including Hungary and Slovakia.

And yet, already, Viktor Orbán, the Hungarian Prime Minister, has responded to the draft final declaration of the European Council by stressing that there are “strategic differences” between the EU states. He therefore advocates that there should be no written conclusions, because "any attempt to do so would project the image of a divided European Union."

Translation
Roger Lagassé

3.3.25

El plan maestro de Donald Trump para la economía

Yanis Varoufakis


Frente a las medidas económicas del presidente Trump, sus críticos centristas oscilan entre la desesperación y una conmovedora fe en que se desvanezca su frenesí arancelario. Suponen que Trump resoplará y resoplará hasta que la realidad deje al descubierto la vacuidad de su razonamiento económico. No han estado prestando atención: la fijación arancelaria de Trump forma parte de un plan económico global que es sólido, aunque sea algo intrínsecamente arriesgado.

Su forma de pensar [de ellos] conecta directamente con un concepto erróneo de cómo se mueven el capital, el comercio y el dinero en todo el mundo. Como el cervecero que se emborracha con su propia cerveza, los centristas acabaron creyéndose su propia propaganda: que vivimos en un mundo de mercados competitivos en el que el dinero es neutral y los precios se ajustan para equilibrar la oferta y la demanda de todo. Ese Trump tan poco sofisticado es, de hecho, mucho más sofisticado que ellos en el sentido de que entiende cómo el poder económico en bruto, y no la productividad marginal, decide quién hace qué a quién, tanto a escala nacional como internacional.

Aunque nos arriesgamos a que el abismo nos devuelva la mirada cuando intentamos darle una ojeada a la mente de Trump, necesitamos comprender su pensamiento en relación con tres cuestiones fundamentales: ¿por qué piensa él que los Estados Unidos están explotados por el resto del mundo? ¿Cuál es su visión de un nuevo orden internacional en el que los Estados Unidos puedan volver a ser “grandes”? ¿Cómo piensa conseguirlo? Sólo entonces podremos elaborar una crítica sensata del plan director económico de Trump.

¿Por qué cree el presidente que los Estados Unidos ha recibido un trato malo? Su principal queja consiste en que la supremacía del dólar puede conferir enormes poderes al gobierno y a la clase dirigente de los Estados Unidos, pero, en última instancia, los extranjeros la están utilizando de forma que garantiza el declive de los Estados Unidos. Así es que lo que la mayoría considera un privilegio desorbitado de los Estados Unidos, lo ve él como una carga desorbitada.

Trump lleva décadas lamentando el declive de la industria manufacturera estadounidense: “Si no tienes acero, no tienes país”. Pero ¿por qué culpar de esto al papel global del dólar? Pus porque, responde Trump, los bancos centrales extranjeros no dejan que el dólar se ajuste a la baja hasta el nivel “correcto”, en el que las exportaciones estadounidenses se recuperan y las importaciones se frenan. No es que los bancos centrales extranjeros estén conspirando contra los Estados Unidos. Es tan solo que el dólar es la única reserva internacional segura de la que pueden echar mano. Es natural que los bancos centrales europeos y asiáticos atesoren los dólares que fluyen hacia Europa y Asia cuando los norteamericanos importan cosas. Al no cambiar sus reservas de dólares por sus propias monedas, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón, el Banco Popular de China y el Banco de Inglaterra suprimen la demanda de sus monedas (y, por tanto, su valor). Esto ayuda a sus propios exportadores a aumentar sus ventas a los Estados Unidos y ganar aún más dólares. En un círculo sin fin, estos dólares frescos se acumulan en las arcas de los banqueros centrales extranjeros que, para ganar intereses con seguridad, los utilizan para comprar deuda pública estadounidense.

Y ahí está el problema. Según Trump, los Estados Unidos importan demasiado porque son un buen ciudadano global que se siente obligado a proporcionar a los extranjeros los activos en dólares de reserva que necesitan. En resumen, la industria manufacturera estadounidense entró en declive porque los Estados Unidos son un buen samaritano: sus trabajadores y su clase media sufren para que el resto del mundo pueda crecer a su costa.

Pero el estatus hegemónico del dólar también apuntala el excepcionalismo estadounidense, como bien sabe y aprecia Trump. La compra de bonos del Tesoro norteamericano por parte de los bancos centrales extranjeros permite al gobierno norteamericano incurrir en déficit y pagar un ejército sobredimensionado que llevaría a la bancarrota a cualquier otro país. Y al constituir el eje de los pagos internacionales, el dólar hegemónico permite al presidente ejercer el equivalente moderno de la diplomacia de las cañoneras: sancionar a voluntad a cualquier persona o gobierno.

Esto no es suficiente, a los ojos de Trump, para compensar el sufrimiento de los productores norteamericanos que se ven debilitados por extranjeros cuyos banqueros centrales explotan un servicio (las reservas de dólares) que los Estados Unidos les prestan gratuitamente para mantener sobrevalorado el dólar. Para Trump, Estados Unidos se está socavando a sí mismo por la gloria del poder geopolítico y la oportunidad de acumular beneficios ajenos. Estas riquezas importadas benefician a Wall Street y a los agentes inmobiliarios, pero sólo a expensas de las personas que le han elegido dos veces: los norteamericanos de las zonas centrales que producen aquellos bienes «varoniles» como el acero y los automóviles que una nación necesita para seguir siendo viable.

Y esa no es la peor de las preocupaciones de Trump. Su pesadilla es que esta hegemonía sea efímera. Ya en 1988, mientras promocionaba su Art of the Deal con Larry King y Oprah Winfrey, se lamentaba: “Somos una nación deudora. Va a pasar algo en los próximos años en este país, porque no se puede seguir perdiendo 200.000 millones de dólares al año”. Desde entonces, está cada vez más convencido de que se acerca un terrible punto de inflexión: a medida que la producción de los Estados Unidos disminuye en términos relativos, la demanda mundial del dólar aumenta más rápidamente que los ingresos norteamericanos. El dólar tiene entonces que apreciarse aún más rápido para satisfacer las necesidades de reservas del resto del mundo. Esto no puede durar eternamente.

Cuando los déficits norteamericanos superen un cierto umbral, los extranjeros entrarán en pánico. Venderán sus activos denominados en dólares y buscarán otra moneda con la que atesorar. Los norteamericanos quedarán en medio del caos internacional, con un sector manufacturero destrozado, unos mercados financieros en ruinas y un Gobierno insolvente. Este escenario de pesadilla ha convencido a Trump de que tiene la misión de salvar a los Estados Unidos: que tiene el deber de marcar el comienzo de un nuevo orden internacional. Y esa es la esencia de su plan: llevar a cabo en 2025 un decisivo shock anti-Nixon, una conmoción global que anule la obra de su predecesor al poner fin al sistema de Bretton Woods de 1971, que fue la punta de lanza de la era de la financiarización.

Un elemento central de este nuevo orden mundial sería un dólar más barato que siguiera siendo moneda de reserva mundial, lo cual reduciría aún más los tipos de interés de los préstamos a largo plazo de los Estados Unidos. ¿Puede Trump nadar (con un dólar hegemónico y unos bonos del Tesoro norteamericano de bajo rendimiento) y guardar la ropa (con un dólar depreciado)? Sabe que los mercados nunca lo conseguirán por sí solos. Sólo los bancos centrales extranjeros pueden hacerlo por él. Pero para que acepten hacerlo, primero hay que provocarles una sacudida. Y ahí es donde entran en juego sus aranceles.

Y esto es lo que sus críticos no entienden. Creen erróneamente que él piensa que sus aranceles reducirán por sí solos el déficit comercial de Estados Unidos. Él sabe que no lo reducirán. Su utilidad estriba en su capacidad para conmocionar a los bancos centrales extranjeros y hacer que reduzcan los tipos de interés nacionales. En consecuencia, el euro, el yen y el renminbi se debilitarán frente al dólar. Esto anulará las subidas de precios de los bienes importados a Estados Unidos y no afectará a los precios que pagan los consumidores norteamericanos. Los países con aranceles pagarán de hecho los aranceles de Trump.

Pero los aranceles son únicamente la primera fase de su plan maestro. Con unos aranceles elevados como nuevo valor por defecto, y con el dinero extranjero que se acumula en el Tesoro, Trump puede esperar su momento mientras claman por hablar amigos y enemigos en Europa y Asia. Es entonces cuando entra en acción la segunda fase del plan de Trump: la gran negociación.

A diferencia de sus predecesores, de Carter a Biden, Trump desdeña las reuniones multilaterales y las negociaciones multitudinarias. Es un hombre del tú a tú. Su mundo ideal es un modelo de centro y radios, como la rueda de una bicicleta, en el que ninguno de los radios individuales influye demasiado en el funcionamiento de la rueda. En esta visión del mundo, Trump confía en que puede tratar cada radio secuencialmente. Con los aranceles por un lado y la amenaza de retirar el escudo de seguridad de Estados Unidos (o desplegarlo contra ellos) por el otro, cree que puede conseguir que la mayoría de los países den su aquiescencia.

¿Aquiescencia a qué? A una apreciación substancial de su moneda sin liquidar su tenencia de dólares a largo plazo. No sólo esperará que cada interlocutor recorte los tipos de interés nacionales, sino que exigirá cosas distintas de los distintos interlocutores. A los países asiáticos, que son los que más dólares atesoran en la actualidad, les exigirá que vendan una parte de sus activos en dólares a corto plazo a cambio de su propia moneda (que se apreciará). A una eurozona relativamente pobre en dólares y plagada de divisiones internas, lo cual incrementa su poder de negociación, Trump puede exigirles tres cosas: que acepten cambiar sus bonos a largo plazo por bonos a muy largo plazo o incluso perpetuos, que permitan que la fabricación alemana emigre a Estados Unidos, y, naturalmente, que compren muchas más armas fabricadas en los Estados Unidos.

¿Se imaginan la sonrisa de Trump al pensar en esta segunda fase de su plan maestro? Cuando un gobierno extranjero acceda a sus demandas, se habrá apuntado otra victoria. Y cuando algún gobierno recalcitrante se resista, los aranceles no se moverán, proporcionando a su Tesoro un flujo constante de dólares de los que podrá disponer como mejor le parezca (ya que el Congreso sólo controla los ingresos fiscales). Una vez completada esta segunda fase de su plan, el mundo se habrá dividido en dos bandos: un bando protegido por la seguridad norteamericana a costa de una moneda apreciada, la pérdida de plantas de fabricación y la compra forzosa de exportaciones norteamericanas, incluidas las armas. El otro campo estará estratégicamente más cerca tal vez de China y Rusia, pero todavía conectado a los EE.UU. a través de un comercio reducido que todavía proporcionará a los EE.UU. ingresos arancelarios regulares.

La visión de Trump de un orden económico internacional deseable puede ser violentamente diferente de la mía, pero eso no nos da a ninguno de nosotros licencia para subestimar su solidez y propósito, como hace la mayoría de los centristas. Como todos los planes bien trazados, esto puede torcerse, por supuesto. La depreciación del dólar puede que no sea suficiente para anular el efecto de los aranceles sobre los precios que pagan los consumidores norteamericanos. O puede que la venta de dólares sea demasiado grande como para mantener lo suficientemente bajos los rendimientos de la deuda norteamericana a largo plazo. Pero además de estos riesgos manejables, el plan maestro se pondrá a prueba en dos frentes políticos.

La primera amenaza política a su plan maestro es interna. Si el déficit comercial empieza a reducirse según lo previsto, el dinero privado extranjero dejará de inundar Wall Street. De golpe, Trump tendrá que traicionar a su propia tribu de financieros y agentes inmobiliarios indignados o a la clase trabajadora que le eligió. Mientras tanto, se abrirá un segundo frente. Considerando a todos los países como radios de su eje, Trump puede pronto descubrir que ha fomentado la disidencia en el exterior. Pekín puede abandonar sus precauciones y convertir los BRICS en un nuevo sistema de Bretton Woods en el que el yuan desempeñe el papel de anclaje que desempeñó el dólar en el Bretton Woods original. Este sería acaso el legado más asombroso, y el merecido que recibiría el plan maestro, impresionante por demás, de Trump.
 
Yanis Varoufakis  exministro de Finanzas de Grecia, dirigente del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas. Su último libro es “Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo” (Ed. Argentina, 2024).
Fuente:
Unherd, 12 de febrero de 2025, https://unherd.com/2025/02/why-trumps-tariffs-are-a-masterplan/

2.3.25

Trump y Vance acusan a Zelensky de provocar la tercera guerra mundial: ¿suicidio europeo o "síndrome de Masada"?

 Alfredo Jalife-Rahme

En el encontronazo del presbiteriano Trump y su vicepresidente, el católico J. D. Vance, con el clepto-porno-comediante jázaro (https://bit.ly/3QqemJr) Zelensky resaltó lo que verdaderamente está en juego: una tercera guerra mundial (TGM) contra Rusia instigada por los cuatro jinetes BlackRock/Banca Rothschild/George Soros/Bloomberg, amos del ilegítimo presidente ucranio quien finiquitó su mandato en mayo del año pasado.

Además, está en juego el vellocino de oro del siglo 21: US$13 billones (trillones en anglosajón) de tierras raras en Ucrania y su inigualable “tierra negra ( chernozem)”, donde los cuatro jinetes apostaron pletóricos capitales y quienes, al parecer, prefieren una TGM antes de que estalle la burbuja financiera de los “derivados financieros (https://bit.ly/3D5i6gw)” que se manejan fuera de los balances contables tradicionales (off-balance-sheet) y que pueden alcanzar la aterradora cifra de US$2 mil billones (¡ megasic!), inherentes al modelo especulativo de la globalización financierista, cuya explosión sería peor a una conflagración termonuclear. Poco se presta atención a la grave situación financiera en Occidente cuando nada menos que Elon Musk reconoce la inviabilidad de la deuda de EU con el pago de sus intereses que exceden su gasto militar anual (https://bit.ly/41zEzvE). That’s the name of the game!

Más allá de la folclórica expulsión de Zelensky de la Casa Blanca (https://bit.ly/3QEQ3Yz), The Telegraph expone su grave error por haber interpelado al vicepresidente Vance (https://bit.ly/3XmtRWW), como parte de su desastre diplomático, cuando Trump conminó al ilegítimo presidente ucranio a “regresar cuando esté listo para hacer la paz (https://bit.ly/4hXNNHR)”. Se suicidó Europa –en particular la triada bélica Londres/París/Berlín– transmutada en el clepto-porno-comediante jázaro Zelensky, quien practica el clásico “síndrome de Masada (https://bit.ly/4iepUfz)” de sus correligionarios. The Economist, de los banqueros Rothschild, reconoce el doble desastre de Zelensky y Ucrania en la Casa Blanca (https://bit.ly/3XpLSUh).

Más allá de que los neonazis (literal) de la facción Bandera hoy festejen en los bares de Kiev que Zelensky confrontó a Trump y a J. D. Vance en la Casa Blanca, lo real es que Ucrania se quedó huérfana del relevante apoyo de su otrora principal aliado EU. Ahora los omnipotentes multimedia que controlan los cuatro jinetes jázaros se han lanzado en nado sincrónico a la yugular de Trump al tildarlo, en la revista gala Le Point, de “agente de la KGB (https://bit.ly/4bpNR0Q)” con el mote de Krasnov, y tanto The Economist (https://bit.ly/43hgKdu) como el jázaro Thomas Freedman, del NYT, lo injurian de “gánster (https://bit.ly/4h2j23l)”. ¡No, bueno!

El problema es que los dos bandos que hoy chocan por el alma de Occidente –Trump/Vance/Musk vs los cuatro jinetes BlackRock/Banca Rothschild/George Soros/Bloomberg– se tildan mutuamente de gánsteres, como es el caso notorio de Kash Patel, hoy flamante director de la FBI con Trump, quien publicó hace año y medio su estrujante libro Los gánsteres del gobierno: el DeepState, la verdad y la batalla por nuestra democracia (https://bit.ly/4gYrVuR)”.

El muy influyente senador republicano Lindsey Graham descuartizó al ya despellejado Zelensky al reclamar su renuncia o defenestración expeditas (https://bit.ly/41CZxtR). Seguirá resonando la frase de Trump cuando interrumpió a Zelensky para decirle que carecía de cartas para jugar frente a Rusia sin la ayuda de EU. En efecto, el destino de Ucrania y Zelensky se definieron hace mucho en el campo de batalla.

Hoy Putin detenta y ostenta las cartas, quien, por cierto, se entrevistó largamente por teléfono con el mandarín Xi Jinping, otro gran triunfador del nuevo orden mundial que cada vez más se asienta que será tripolar o no será. En la fase post-Zelensky (https://bit.ly/4hYgjt4), Trump/Vance ya pueden cooperar con Putin sobre las pletóricas tierras raras que detenta Rusia en su propio territorio y que conquistó en la misma Ucrania (https://bit.ly/3EZPu97).

27.2.25

Gaza

Fabrizio Mejía Madrid

¿Qué voy a opinar yo de Gaza si cuando escucho un avión mi reflejo no es agacharme en anticipación del estruendo de la bomba que está a punto de arrojar sobre mi casa?


¿Qué voy yo a decir de Gaza, un mexicano que vive en un islote democrático y con un Gobierno a favor de los más pobres? Nada. Si acaso que pasamos de la idea de que podíamos parar el genocidio de los palestinos con mensajes en redes o boicots que sólo demostraron la patológica sumisión de nuestras universidades a todo lo que huela a poderoso, de eso, a la impotencia más absoluta, a que la solución llegue algún día, quién sabe cómo y por quién. ¿Qué voy a opinar yo de Gaza si cuando escucho un avión mi reflejo no es agacharme en anticipación del estruendo de la bomba que está a punto de arrojar sobre mi casa? ¿Qué voy a sentir por Palestina si ya tiene rato que paso rápido los videos de los niños muertos y los hospitales en llamas? Nada. Es porque me he quedado sin nada que decir, opinar y sentir por lo que esta columna recoge las voces de ellos, de los palestinos que están viviendo la catástrofe contínua y que, aún así, están seguros de que no se irán de lo que ha sido su tierra durante cinco mil años. Para quienes no irse es una obligación moral.

Empecemos con el dramaturgo Hossam Madhoun, que ha escrito un diario en cuya entrada del 23 de noviembre de 2023 se lee: “Ella estaba colgando la ropa de su hijo muerto en el tendedero, como si nada hubiera pasado. Lavó la ropa de su hijo muerto y la puso a secar al sol para que cuando regresara pudiera ponérsela. La miré y busqué las palabras que explicaran lo que siente, lo que piensa. No pude encontrarlos. Perdió a su marido y a su hijo de seis años. El hijo fue encontrado y enterrado, y el marido todavía estaba bajo los escombros con otras catorce de las treinta y siete personas”. Más adelante, hace un breviario de cómo el sentido del oído se agudiza con las bombas. Escribe Madhoun: “El sonido del cohete impacta, muy fuerte, muy agudo. Es tan rápido que si te golpea, no lo oirás. Cualquiera en Gaza que escuche el cohete sabe inmediatamente que ha alcanzado a otras personas, dejando tras de sí muerte y destrucción. Si lo escuchas, entonces sabes que sigues vivo. Hay una manera de sobrevivir el bombardeo. Sentado en la oscuridad, tratando de ignorar los fuertes sonidos de la muerte y concentrarse en los pequeños sonidos de la vida”.

Lina Mounzer, escritora libanesa, escribe con el estilo de quien tiene derecho a la indignación: “Este genocidio, esta ocupación, es sobre quién tiene derecho a estar enojado, y por qué, y cómo se puede gastar la ira cuando es un pueblo entero que está furioso, furioso por el presente pero aguijoneado con la furia bíblica por los fantasmas del pasado. La ira israelí siempre ha sido vista como justa y arraigada históricamente, mientras que la ira palestina surge simplemente de una barbarie innata y sin causa. Si algo nos ha enseñado la historia reciente de las guerras occidentales es que si la ira es lo suficientemente justa, entonces cualquier violencia nacida de esa ira también lo es. Por lo tanto, puedes involucrarte en una matanza masiva y permanecer prácticamente libre de culpa ante los ojos del mundo”.

El médico palestino, el Dr. Belal Aldabbour escribió el 11 de octubre de 2023 en su cuenta de la red X: “Pronto se agotará el último tramo de electricidad y conexión. Si muero, recuerda que yo, nosotros, éramos individuos, humanos, teníamos nombres, sueños y logros, y nuestro único defecto fue que simplemente nos clasificaron como inferiores”. El 20 de enero de 2025 escribió de nuevo: “He sobrevivido el genocidio físico, pero estoy arruinado en mi interior”.

En un diccionario de la debacle, Mosab Abu Toha, el poeta que creó la Biblioteca Edward Said, escribe: “Hablo árabe e inglés pero no sé en qué idioma mi destino está escrito. Un poema no son sólo palabras colocadas en una línea. Es una tela. Mahmoud Darwish quería construir su hogar, su exilio, a partir de todas las palabras del mundo. Tejo mis poemas con mis venas. Quiero construir un poema como un hogar sólido, pero ojalá no con mis huesos. ¿Cómo te llamas? Mosab. ¿De dónde eres? Palestina. ¿Cuál es tu lengua materna? Árabe, pero está enferma. ¿Cuál es el color de tu piel? No hay suficiente luz para ayudarme a ver. El nombre de mi hijo es Yazzan. Nació en 2015, o un año después de la guerra de 2014. Así es como fechamos las cosas. Una vez vio un enjambre de nubes. Gritó: “Papá, hay bombas. ¡Cuidado!". Pensó que las nubes eran humo de bomba. Incluso la naturaleza nos confunde. En agosto de 2014, Israel bombardeó el edificio administrativo de mi universidad. El departamento de inglés quedó en ruinas. Mi ceremonia de graduación se pospuso. Asistieron las familias de los muertos, para recibir no un título, sino un retrato de sus hijos”.

En otra entrada del diccionario describe: “Gaza es ese lugar donde puedes encontrar a un hombre plantando una rosa en el espacio hueco de una bala de tanque sin explotar, usándola como un jarrón”.

El historiador, Ilán Pappé, trata de pensar a Palestina como una historia de quienes han querido borrar no sólo su existencia física en el presente, sino su historia milenaria: “Palestina, como unidad geopolítica coherente, se remonta al año 3, 000 a.C. Desde ese momento en adelante, y durante otros mil 500 años, fue tierra de los cananeos. Alrededor del año 1, 500 a. C., la tierra de Canaán cayó bajo el dominio egipcio, no por última vez en la historia, y luego con éxito bajo el dominio de los filisteos (1200–975), israelitas (1000–923), fenicios (923–700), asirios (700–612), babilónicos (586–539), persas (539–332), macedonios (332–63), romanos (63 a. C.-636 d. C.), árabes (636-1200), cruzados (1099-1291), ayubi (1187-1253), mameluco (1253-1516) y dominio otomano (1517-1917). El movimiento sionista que nace en Alemania en 1882 hace entonces referencia a un siglo de dominación israelita dentro de una historia de cuatro milenios. En la geografía del sufrimiento que es Palestina, sus habitantes no se ven a sí mismos como víctimas, sino como personas que todavía esperan ganar su batalla por la libertad y la justicia. Esta historia de setenta años es una Nakba en curso, o la “catástrofe” en curso, y al mismo tiempo los palestinos se ven a sí mismos en una lucha constante por la supervivencia, una especie de intifada (resistencia) en curso. No son héroes que necesariamente derrotaron a sus enemigos, pero sí derrotaron al derrotismo, que es una de las razones de ser de la actual resistencia. Es posible que la Palestina exiliada y la Palestina ocupada sean un mismo espacio: puedes ser un palestino exiliado dentro de la Palestina histórica, viviendo a menos de una milla de tu pueblo original que ya fue colonizado y judaizado ante tus ojos, o estar en un campo de refugiados en la Franja de Gaza o Cisjordania, además de estar vigilado y asediado”.

En el mismo sentido ha reflexionado Karim Kattan, cuando narra cómo una universidad en Suiza le llama para solicitarle que no hable de Palestina, aun siendo un autor de esa Nación y sobre todo porque está invitado a presentar su novela precisamente sobre Palestina. Escribe Kattan el 21 de octubre de 2023: “Durante años hemos sabido que nuestra humanidad, como palestinos, era condicional a los ojos del mundo, e incluso cuando se concedía, nunca se reconocía plenamente. Ocasionalmente se nos concedía este privilegio si éramos educados, reservados, casi invisibles. “Pero éste era un niño”, les quiero decir, “y éste un adulto”. No una cosa destinada a sufrir una muerte espantosa en una ciudad devastada, sino un niño que habría crecido junto al mar, que habría sido, tal vez, un buen nadador y malo en matemáticas o habría llegado a amar realmente los autos o la cocina. “Y esto”, quiero decirles, “era un edificio de viviendas, éste un restaurante a la orilla del mar, ésta una casa con un jardín, donde alguien jugaba o se peleaban en la cocina, y todo esto desapareció. En los medios de comunicación, Gaza es una abstracción, un espacio diseñado para la muerte violenta de un pueblo abstracto que lo habita. Esta muerte llega a manos de una fuerza natural e impersonal, que no es Israel”.

La periodista Dena Takruri y la activista Ahed Tamimi hacen esta viñeta que da una idea de la opresión que Israel ejerce sobre Palestina. Las dejo hablar:

“El ejército israelí introdujo un nuevo método de control de multitudes: el agua de zorrillo. Es difícil describir con palabras el hedor pútrido del agua de zorrillo, porque no se parece a nada que hayas olido antes o después. Pero lo intentaré de todos modos. Imagínese el olor de un par de calcetines arrancados de los pies de un cadáver en descomposición y empapados en aguas residuales durante días. Esa es agua de zorrillo. Nadie tenía idea de qué era cuando hizo su debut en mi pueblo. Estábamos marchando en una manifestación pacífica ese día cuando me di cuenta de que todos miraban con asombro un camión cisterna blindado equipado con un cañón giratorio. Estaba arrojando potentes chorros de agua por todo el pueblo. Una de las muchas consecuencias horribles de los Acuerdos de Oslo es que dieron a Israel el control total del suministro de agua en Cisjordania. En el mejor de los casos, sólo tenemos unas doce horas de agua corriente a la semana, en comparación con el suministro de agua de veinticuatro horas al día (más piscinas) del que disfrutan los colonos de Halamish, al otro lado de la carretera. Es una de las razones por las que la pérdida de nuestra primavera fue tan devastadora para nosotros. La naturaleza sádica del agua de zorrillo es que su hedor persiste durante días, no sólo en el cuerpo y el cabello, sino también en la calle, un hedor que parecía activarse aún más con el rocío de las mañanas. Fue inventado por una empresa israelí llamada Odortec, que se autodenomina una empresa "verde" y llama a su producto "100 por ciento seguro para personas, animales y plantas”

El cineasta Saeed Taji Farouky da otra dimensión del horror: el intento de desaparecer las imágenes de los palestinos. Escribe: “La memoria es necesaria. Al igual que otras culturas que se resisten a la limpieza étnica, recordar es un deber, aunque preferiríamos olvidarlo. Los soldados sionistas robaron cajas, álbumes, archivos enteros de fotografías y documentos de los hogares de familias palestinas durante las guerras de 1948 y 1967 (y, sin embargo, de alguna manera tiro yo a la basura viejas fotografías familiares sin mucha vacilación). En 1982, el ejército israelí robó el archivo cinematográfico palestino cuando se retiraba de Beirut y nunca fue recuperado. De vez en cuando aparecen imágenes de ese archivo en un documental israelí o en un segmento de noticias de televisión, entonces es como ver un vídeo de rehenes. Es una prueba de vida, sí, pero un recordatorio de que su ser querido todavía está cautivo”.

El poeta Mohamed El-Kurd cuenta este recuerdo de su infancia en una de las primeras limpiezas étnicas tras la invasión israelí de 1948. Escribe: “Una caballería vino a confiscar nuestros globos. Parecían ridículos al bajarse de sus altos caballos para subir a la escalera de los colonos, desenredando los globos de los cables eléctricos. Nos reímos todo lo que pudimos ante los gases lacrimógenos. Hay un circo en su brutalidad. En el interrogatorio me preguntaron cómo nos atrevemos a pintar banderas palestinas en la cara de los niños. Me preguntaron ¿cuál es tu problema con la policía? Nada, respondí. Nada más que las esposas en mis manos y pies. Los moretones y las culatas de sus rifles. Están arrestando a todos y a mi madre. Arrestando palos de escoba y burros. Arrestan a colegialas con banderas palestinas. Nuestro querido sistema de altavoces, también. Un papalote, un sombrero, mi límite para el asombro”.

Quisiera terminar con los poetas. Igual que muchos países colonizados, como México, la poesía es un escape de un lenguaje que es anterior a su propio sentido. Es la palabra preferida de la resistencia. Traigo acá un poema de Noor Hindi que se llama: “A la mierda con tu conferencia sobre las artesanías, mi gente se está muriendo” y dice: Los colonizadores escriben sobre flores/ Yo les hablo de niños que tiraban piedras a los tanques israelíes, segundos antes de convertirse en margaritas/Quiero ser como esos poetas que se preocupan por la luna. /Los palestinos no ven la luna desde las celdas y las prisiones. /Es tan hermosa, la luna. /Son tan hermosas las flores./ Recojo flores para mi padre muerto cuando estoy triste/ Miraba Al Jazeera todo el día. Ojalá Jessica dejara de enviarme mensajes de texto con lo del “Feliz Ramadán”. /Sé que soy estadounidense porque cuando entro en una habitación algo muere. /Las metáforas sobre la muerte son para poetas que creen que a los fantasmas les importa el ruido/ Cuando muera, prometo perseguirte para siempre/ Y algún día escribiré sobre las flores como si fueran nuestras.

El último poema es de Zeina Azzam que se viralizó en las redes en los días de las huelgas de los hijos de la élite académica de los Estados Unidos. Dice: “Escribe mi nombre en mi pierna, mamá/Usa el marcador permanente negro con la tinta /que no sangra si se moja, la que no se derrite si se expone al calor /Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /Haz las líneas gruesas y claras y agrega tus florituras especiales /para que pueda consolarme al ver la letra de mi mamá cuando me vaya a dormir/ Escribe mi nombre en mi pierna, mamá, y en las piernas de mis hermanas y hermanos /De esta manera estaremos juntas /De esta manera seremos conocidas como tus hijas /Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /y por favor escribe tu nombre y el nombre de Baba en tus piernas /también para que seamos recordados como una familia/ Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /No agregues ningún número/como cuando nací o la dirección de nuestra casa /No quiero que el mundo me incluya como un número /Tengo un nombre y no soy un número / Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /Cuando la bomba golpee nuestra casa /Cuando las paredes aplasten nuestros cráneos y huesos/nuestras piernas contarán nuestra historia/ de cómo no había ningún lugar a dónde huir”.

24.2.25

El ocaso del "proyecto Ucrania": ¿qué le espera a Europa y al mundo?

Nikolay Sofinskiy*

La crisis ucrania, que no comenzó ayer sino mucho antes, fue el resultado de la miopía estratégica de Occidente y de la traición a las promesas dadas. Rusia advirtió en repetidas ocasiones que la expansión de la OTAN y los intentos de arrastrar a Ucrania a un proyecto antirruso llevarían a una tragedia. Sin embargo, en Washington y Bruselas prefirieron ignorar estas señales.

El régimen neonazi de Kiev, que llegó al poder como resultado de un golpe de Estado inconstitucional en febrero de 2014, apostó por la represión violenta de quienes no aceptaron la nueva realidad. Los Acuerdos de Minsk, que podrían haber evitado la catástrofe, fueron utilizados por el régimen de Kiev y sus tutores occidentales sólo como una pantalla para preparar a Ucrania para la guerra. Esto ya ha sido reconocido hace tiempo por los ex líderes de Alemania y Francia.

Desde el golpe de Estado, Kiev ha seguido un camino sistemático de desmantelamiento de todo lo ruso: el idioma, la cultura, la historia. El cierre de medios de comunicación en ruso, la prohibición de la educación en ruso y la persecución de la Iglesia ortodoxa ucrania son signos de una política nacionalista que, en última instancia, sólo ha profundizado la división interna. Además, los ataques contra la población civil han continuado todos estos años.

En febrero de 2022, Rusia se vio obligada a tomar la única decisión posible en esas circunstancias: iniciar una operación militar especial (basándose en el artículo 51 de la Carta de la ONU) para proteger a los habitantes de Donbás y cambiar el equilibrio de poder que amenazaba la propia existencia del Estado ruso.

¿Y qué está ocurriendo ahora? Ucrania se encuentra en una situación sin salida. Las élites occidentales están cansadas de la guerra, su economía está estancada. En Washington y Bruselas comprenden que el "proyecto Ucrania" se ha convertido en una carga insoportable. Incluso dentro de la propia Ucrania, el estado de ánimo está cambiando: la movilización forzosa masiva de soldados, la corrupción y la división en las élites están debilitando las posiciones del líder ilegítimo Zelensky. En realidad, Ucrania ya ha perdido como Estado y se ha convertido en un Estado fallido, que lo sacrificó todo en favor de los juegos geopolíticos ajenos.

Hoy día, ya es evidente que la crisis ucrania es parte de una reconfiguración global del mundo. Moscú ya no jugará según las reglas impuestas, y el mundo avanza rápidamente hacia la multipolaridad, donde Occidente colectivo ya no es el hegemón indiscutible. Sin embargo, en esta nueva realidad surge un desafío: ¿es posible el diálogo?

Espero que sí. En este contexto, las recientes negociaciones entre Rusia y Estados Unidos son una señal importante. Washington, que hasta hace poco rechazaba categóricamente la posibilidad de discutir una solución pacífica con Moscú, ha cambiado su posición. El presidente Trump es el único líder occidental que ha declarado pública y abiertamente que una de las causas fundamentales de la situación en Ucrania fue la línea agresiva de la administración anterior para arrastrar a Ucrania a la OTAN.

¿Está Rusia preparada para el diálogo? Sin duda. Nuestro país ha afirmado durante todos estos años que es necesario resolver el problema de la seguridad mundial. En estas condiciones, Rusia propone crear en Eurasia un nuevo sistema de seguridad que tenga en cuenta los intereses de todos los estados de este vasto continente, basado no en una estructura de bloques, sino en garantías de seguridad colectiva bilaterales y multilaterales. Proponemos un modelo basado en los principios del diálogo, la cooperación y el respeto por las decisiones soberanas de sus participantes.

Es importante que esta nueva arquitectura esté abierta para todos: tanto para los países de Europa como para los miembros de la OTAN. Es evidente que esto no puede lograrse de inmediato, pero en un futuro previsible se podría acercar a una discusión con los europeos sobre posibles formas de establecer en el continente euroasiático un marco de seguridad equitativo e indivisible. Esto responde objetivamente a los intereses de Europa, si desea mantenerse como uno de los centros independientes del desarrollo mundial. Sin garantías de seguridad confiables y buenas relaciones con Rusia, este objetivo difícilmente será alcanzable.

*Embajador de Rusia en México

13.2.25

El imperio del dolor

Fabrizio Mejía Madrid

Hay un dolor crónico que puede ser físico y sobre todo social. Quizás es con ese dolor crónico que los Estados Unidos está tratando de lidiar.


Empiezo con un dato: en México hay 433 casos de adicción al fentanilo mientras en los Estados Unidos hay 5.6 millones de adictos. Interpreto el dato: lo que tiene EU es una epidemia de dolor. Podemos hacer la historia de cómo las farmacéuticas como Purdue Pharma, pero también Johnson & Johnson, Janssen y otras usaron un marketing abusivo para convencer a los doctores y al público de que productos como la oxicodona no eran adictivos. Podemos hablar de cómo los vendedores de la Oxycodin anunciaron el derecho de sus consumidores a “vivir sin dolor”. Cómo los médicos comenzaron a recetar los opioides para dolores que podían menguar con simples aspirinas o ibuprofeno. Podemos, también, contar la historia del empleado público, Curtis Wright, quien dio la autorización de parte de la FDA ---la Cofepris de allá--- en tiempo récord para comercializar ese analgésico. Nomás aprobado el propio Curtis Wright renunció a su cargo y aceptó un puesto de dirección en la farmacéutica con un salario tres veces mayor al del Gobierno. Podemos contar cómo Purdue recibió 3 mil demandas en 2007 y cómo sacaron 10 mil millones de dólares de la empresa para poderse declarar en bancarrota y no pagar. Cómo los nombres de la familia dueña de Purdue, los Sackler, fue retirada del Museo de Arte Moderno, el Louvre, y el Guggenheim por la vergüenza pública que significaba estar financiados por los negociantes del dolor ajeno. Podemos, digo, hacer toda esa historia y acaso también podemos enfrentar dos datos: las 114 mil personas que en el pico de la adicción a los opioides perdieron la vida en EU en 2021 mientras que 35 mil personas en México perdían también su vida, no por sobredosis, sino por disparos de armas de fuego, que en un 80 por ciento provienen de Arizona, Nuevo México, Texas y California. Se trata del mismo problema: armas de fuego vendidas ilegalmente en México por las compañías estadounidenses y las muertes por fentanilo que han bajado ya a 58 mil personas, aunque Donald Trump siga diciendo que son 300 mil al año. Podemos hablar del 86 por ciento de los narcos detenidos son ciudadanos norteamericanos, no inmigrantes ilegales: Podemos hablar de que estos narcos del fentanilo pasan la frontera por los carriles de alta, en automóviles estadounidenses, no por el desierto como afirman Trump, la DEA y el NYT. Incluso podríamos hablar de cómo una mayoría de los detenidos en posesión de las pastillas son blancos y con estudios de preparatoria. Podemos hacer todas esas historias pero esta columna quiere poner la atención en algo: EU tiene una crisis de dolor.

Déjenme comenzar con las esculturas de mármol que los griegos del último tercio del siglo V antes de nuestra era le dedicaron a la amapola. Ahí, donde se inventaron las palabras “clínica” y “terapia”, en la cámara central del templo del culto de curación de Asclepio en Epidauro, se despliegan las flores de donde se saca el opio, como una especie de diosa del alivio del dolor. Al lado de las flores está el que todavía funciona como nuestro símbolo de la medicina: una serpiente entrelazada en un bastón. Los griegos y romanos ---que llamaron Escolapio a ese dios--- tenían clínicas gratuitas para atender los dolores y enfermedades. Todas estaban inspiradas en ese mismo dios de la medicina que usaba la amapola para aliviar.

Pero vayamos al dolor. Es tan obvio que hasta resulta tonto decirlo: dolerse es sentir dolor. Finalmente, cada uno de nosotros somos nuestra propia autoridad sobre si sentimos o no dolor. Si creo que tengo dolor, entonces tengo dolor. No hay distinción entre apariencia y realidad. Hay tres secuencias distintas cuando sentimos dolor. La primera es cuando lo sientes por primera vez, esa sensación desagradable y perturbadora que se acompaña de una excitación como de adrenalina. La siguiente etapa es más compleja y se basa en una reflexión más elaborada relacionada con aquello que se recuerda o imagina como doloroso. Es la parte de la memoria del malestar o de la aflicción. Son sobre las implicaciones: ¿qué tengo? ¿Será algo grave? ¿Qué hay debajo de la piel de mi propio cuerpo que puede estarse incomodando? ¿Se quitará solo o habrá que recurrir a un medicamento? ¿Ya lo he sentido antes? ¿Cómo me lo quité de encima en ese entonces? Esa memoria de las dolencias la tenemos todos pero se mueve, también, hacia el futuro. Son las consecuencias de tenerlo y qué padecimiento está revelando.

Quienes fueron recetados en algún momento con un opiáceo como la morfina, diacetilmorfina (heroína), hidromorfona, oxicodona, fentanilo o la metadona, saben del tormento permanente que sólo es aliviado por un breve tiempo y que les genera tolerancia a las dosis y la necesidad de contar con más. Pensemos en la epidemia de consumo de Oxycontin entre los mineros del carbón en Virginia Occidental, Pensilvania, Wyoming. Trabajaban con fracturas en los hombros o las piernas y empezaron a recurrir al opioide que los médicos les decían que estaba aprobado como no-adictivo por la mismísima FDA. Luego, pensemos en las amas de casa que fueron recetadas con opioides por dolores de espalda o estrés. Pensemos finalmente en los jóvenes de la pandemia que podían comprarlo ya en su faceta ilegal y adulterada como fentanilo por medio del Whatsapp o el Facebook. Este fentanilo se consumió por diversión y para no enterarse de nada: despiértenme cuando haya pasado. Mineros, amas de casa, estudiantes por zoom, todos son ahora parte de los 5.7 millones de adictos.

Hay que pensar, también, en que el fentanilo es una fuga de un sistema como el estadounidense que les exige disolver los síntomas del malestar cotidiano por el desempleo, la falta de salud, la violencia, sin responsabilizar las causas sociales, políticas, morales de éstos. No importa que EU se haya empobrecido material y espiritualmente en estas últimas décadas de ocaso, el cambio no puede venir más que de ti mismo, único responsable y culpable de tus propias desgracias. Imagínense ese sistema que te ha dejado solo, tú contra todos, para resolverlo. Un sistema donde todas tus relaciones son instrumentales, donde todos los que te rodean deben obedecer a la lógica del costo-beneficio. Un sistema que te define, ya no por el empleo u oficio que desempeñas, sino por lo que consumes, donde es la mirada externa la que define si eres o no exitoso, donde el fracaso es dejar de ser valioso, dejar de existir. El fracaso como estigma moral te lleva, en este sistema, a una guerra contra los demás por sobresalir, por actuar más rápido, como si todo tu ser fuera una demanda para adaptarse a las crisis. En este sistema llega, entonces, una pandemia que agudiza la falta de sociabilidad, que des territorializa tus acciones, que te hace un fantasma en una pantalla. Lo que se hace, la suma de éxitos o fracasos es tu verdadera naturaleza: tu potencial latente, nunca desarrollado porque no te esfuerzas lo suficiente.

Imagínense un pobre cuerpo en ese sistema. Un cuerpo al que se le exige silenciarlo porque un cuerpo enfermo o con dolor, una mente con dudas, una reflexión más allá del instante, estorba para que logres tus fines. Se elige ser rico y poderoso. Se elige ser pobre y menesteroso. Todo depende de la calidad de los pensamientos que determinan la calidad de tu vida. El cuerpo interfiere y habría que anularlo, silenciarlo, desprenderse de él. Esa es la función del analgésico usado para suspender un dolor que no es de un tejido dañado, de un hueso roto, de una espalda sobre trabajada, sino que proviene de la discordancia entre la apariencia y la estructura, de cómo no coincide lo que se te exige con lo que el propio sistema te brinda para lograrlo. Ahí es donde entra el relajante, el que te desconecta del entorno y de ti mismo, el anestésico que te hace ir por el mundo sin siquiera estar en él.

Dice el dicho que “la mayoría de las personas preferimos que nos rompan un hueso a que nos rompan el corazón”. El rechazo social, la exclusión o la pérdida son de las experiencias más “dolorosas” que soportamos. Una investigación, en gran parte procedente del laboratorio de Naomi Eisenberger en la UCLA, sugiere que los sentimientos dolorosos producidos por la desconexión social comparten los mismos sustratos neurobiológicos que las experiencias de dolor físico. Ella ha planteado la hipótesis de que “las amenazas a la conexión social pueden ser tan perjudiciales para la supervivencia como las amenazas a la seguridad física básica y, por lo tanto, pueden ser procesadas por algunos de los mismos circuitos neuronales subyacentes”. Ella sugiere que en todos los primates sociales, nosotros, entre ellos, “el sistema de apego social puede haberse aprovechado de los sustratos opioides del sistema de dolor físico, nuestras endorfinas, para mantener la proximidad con los demás, provocando angustia tras la separación (a través de una baja actividad de los receptores opioides) y consuelo al reunirse (a través de una alta actividad de los receptores opioides que llamamos endorfinas)”. Por eso, concluye el estudio de la doctora Eisenberger, los tratamientos para el dolor físico sirven también para el dolor social. ¿Qué más dolor social que la desconexión por la pérdida del empleo, el desalojo de tu casa, la deuda impagable? ¿Qué más dolor social que ser considerado por tu propio país como un sujeto sin valor mientras la televisión y las redes como Instagram te muestran a gente exitosa, opulenta y poderosa en mansiones de oro de 24 kilates, yates monumentales, islas privadas? ¿No es esa desazón, ese ninguneo, el fondo de la crisis del fentanilo de los estadounidenses?

Es este mismo sistema el que elige a Donald Trump que le restriega a todos los demás su peculiar historia personal del privilegio: de ser hijo de un magnate, de ser socio de los políticos, de ser el que siempre se sale con la suya, a ser su Presidente por segunda vez. Él emprende una denuncia igualmente cruel contra el tema del fentanilo y el consumo descomunal de opiáceos, único en el planeta. Criminaliza la droga como si la sustancia tuviera una maldad intrínseca y no la relación que 5.7 millones estadounidenses tienen con ella. Criminaliza a los inmigrantes porque, si evidencia alguna, fantasea que las pastillas llegan en los hombros de personas que pasan a pie por los desiertos mexicanos. Criminaliza a los adictos porque no tiene empatía con su dolor, sea físico o emocional. Finalmente, la utiliza como un arma para conseguir sus fines políticos adjudicándole a México la autoría completa de la perversidad de los tráficos ilícitos, sean de sustancias, personas, o colores de piel. Todo a cambio de unas tarifas a la importación de cosas.

La ideología de que las drogas son portadoras de la maldad social trata a la adicción como algo individual, de falta de voluntad, de exceso de diversión, de debilidad ante el apetito. Es la forma en que los fanáticos religiosos tratan las adicciones que no son de las personas, son de las sociedades. En los estudios de la DEA, por ejemplo, leemos cómo se determina químicamente el trastorno, en lugar de entenderlo como  una adaptación desesperada a un entorno social empobrecido y una falta de integración emocional y social. Cuando las leyes se construyen únicamente a partir de una adicción individualizada o asocial, pretenden disuadir al adicto individual o al "adicto potencial" de establecer un contacto cercano con sus o su sustancia preferida, todo se convierte en una cosa de policías y jueces, de castigos y penas a quienes que faciliten la ingestión de dichas sustancias o que las posean para su consumo posterior. Ya sólo tratan el problema de las conductas adictivas, es decir, de tratar por todos los medios de que la sustancia no llegue al consumo.

Trump por supuesto se niega a tratar la adicción como un trastorno de los vínculos sociales, porque hacerlo lo obligaría a reformular toda su ideología neoliberal. Si se considerara, como en México, ayudar a los usuarios problemáticos a conectarse a los servicios sociales y de salud necesarios y asumiría la tarea de tener empatía y hasta compasión con las personas que están sintiendo el dolor del aislamiento social, que están desconectadas socialmente o traumatizadas psicológicamente por las violencias estructurales y cotidianas, en un país con casi 650 tiroteos masivos al año. Le obligaría a Trump repensar un sistema público de salud que, hasta la fecha, sólo atiende al 20 por ciento de los adictos al fentanilo. El restante 80 por ciento anda en las calles buscando conectar unas pastillas para su día. Imagínense la irresponsabilidad del Estado norteamericano. Su crueldad y falta de empatía social.

Finalmente me gustaría hablarles de cómo el dolor, el físico y el social, se comportan casi como cualquier otra de nuestras ideas. Me refiero a que, en lo social, el dolor persistente puede experimentarse como una grave amenaza a la libertad, al significado de la vida y, en última instancia, a la autoestima. Mientras que el malestar y la perturbación inmediatas se basan en el presente, las emociones que le siguen al dolor se basan en la consideración del pasado y del futuro. Así, así como uno puede sentirse inmediatamente temeroso, angustiado o molesto durante la intrusión inmediata y la perturbación del dolor, también puede sentirse ansioso o deprimido por las implicaciones a largo plazo del dolor persistente. El dolor a menudo se experimenta no sólo como una amenaza inmediata al cuerpo, la comodidad o la actividad, sino también al bienestar y a la vida en general. Son, entonces, los significados de cómo el dolor influye en las actividades de la vida y el futuro los que alimentan gran parte del sufrimiento. Hay depresión, ansiedad, frustración, ira y miedo que interrumpen la vida, dificultan el soportarla, y encubren angustias por lo que podría pasarnos en el futuro. Hay un dolor crónico que puede ser físico y sobre todo social. Quizás es con ese dolor crónico que los Estados Unidos está tratando de lidiar. Ni Trump, ni la salud pública, ni el Congreso lo están ayudando. De hecho, están solos los estadounidenses,. Nadie los está ayudando.